un beso frío (es)
1
Roberto Grillo. Treinta años. Nariz: recta. Señales: ninguna.
2
Se detuvo en una esquina de la calle 19, y buscó los cigarrillos. Encontró el paquete, vacío. Estrujó el paquete y, sin saber por qué, volvió a guardarlo en su gabán. Antes de entrar al restaurante miró a través de los cristales. Ahí estaban ellos. Le hicieron una seña, con más desesperanza que alegría. Se sentó con ellos.
—¿Alguien me regala un cigarrillo?
—Nadie —le respondieron—. Esperábamos que tú invitarías, Grillo. Por lo menos un caldo, la noche es fría.
Se contemplaron con seriedad. Todos tenían ojeras, todos escuálidos, chaquetas raídas, zapatos descascarados, músicos del mismo grupo, la misma música y sin alternativa. De vez en cuando trabajaban: pintaban avisos, o se vestían de payasos para amenizar piñatas y primeras comuniones. Esos días nada resultaba. Nadie los contrataba. De hecho, la batería y la guitarra eléctrica ya estaban empeñadas; una orquesta en declive: deberían pedir un anticipo para desempeñar los instrumentos. Grillo era el de peor suerte: tocaba el saxo, y hacía dos semanas se lo habían robado, justamente a las tres de la mañana: todavía perplejo por la sorpresa de la muerte en la punta de un cuchillo escalofriándolo, Roberto Grillo divisó a los ladrones huyendo con su saxo, el saxo-tenor que se compró con tres años de duro trabajo. Y se preguntó por qué, por qué yo. Le arrebataron el saxo y lo único que hizo fue mirar la hora, en el reloj electrónico del Banco de la República: tres de la mañana, adiós saxo.
3
—Cuatro pollos —especificó Grillo. El mesero se hizo repetir la orden, fingiendo sordera, pero después encogió los hombros, los dejó solos, y Grillo se sintió interrogado por seis ojos contentos que brillaban.
—Grillo —le dijeron—, eres hermoso. ¿Ganaste la lotería?
—No exactamente —repuso Grillo—. Debo subir ahora.
Los padres de Roberto Grillo habitaban un apartamento, en el edificio cercano al restaurante. A veces, cuando las cosas andaban a la deriva, Grillo subía y, después de la vista, invitaba a café y cigarrillos. Lo sorpresivo, aquella noche, fue que invitara a cerveza y comida: cuatro pollos, cuatro, uno para cada uno, y Marlboro.
—Entonces vuela —le dijeron—. Ya nos traen las cervezas, Grillito.
Roberto Grillo se bebió su cerveza de un sorbo. No respondió al entusiasmo, pero se despidió con un gesto sereno que inspiró confianza en los músicos, y abandonó el restaurante, las manos en los bolsillos. Eran las ocho de la noche.
4
En el apartamento del piso 27, su madre acudió a abrir la puerta.
—Es mejor que nos saludes otro día —le dijo—. Hoy ha bebido.
—Solo una llamada. Es urgente. Ya sabes cómo son los teléfonos públicos.
La madre se mordió los labios. Iba a cerrar la puerta, impidiendo por fuerza la entrada del hijo, cuando se escuchó una voz desde la sala.
—Déjalo.
Se quedaron como témpanos, un segundo. Oyeron:
—Viene a pedir dinero, estoy seguro. Pero hoy no hay ni un céntimo.
Y luego:
—Le dimos todo, al bendito, y nada pudo hacer. No tiene vergüenza ni coraje. Deja pasar al prodigio.
Roberto entró en la sala y saludó a su padre: repantigado en la poltrona, con un vaso de whisky en la mano convulsa, babeaba.
—No quiero dinero —dijo Roberto—. ¿Cómo están por aquí?
—Bien, mil veces bien. Contentos de verte esa cara de gusano, fantoche inútil, descrédito de mi sangre, si acaso eres mío, porque no lo pareces.
Roberto siguió de largo:
—Solo vine a hacer una llamada.
Atravesó un pasillo estrecho, se detuvo. Miró hacia atrás. Perfecto: su madre no lo seguía. Debía encontrarse en la cocina. Se oían las ollas, el agua. La espuma del jabón olía. Sigiloso, oscuro, Roberto entró en la alcoba de sus padres; se arrojó a una mesita de noche, abrió el cajón y buscó entre carpetas y facturas. Sacó un revólver diminuto, luminoso. Comprobó que estaba cargado y se lo guardó detrás, en la cintura. Después descolgó el teléfono y habló:
—Soy yo, Grillo. ¿Hay función esta noche?
Un silencio de ollas y cucharas respondió desde la cocina.
—¿Sí? Magnífico. La casa del gordo. Voy para allá. Pensé que no se había concretado nada.
Su padre se balanceaba ahora en la puerta de la habitación. Tenía la corbata en las manos. La enarbolaba como una horca.
—Perro miserable, músico de mala estofa —dijo—. Mariguanero.
Padre e hijo se observaron expectantes. Entró la madre:
—Bueno, ¿llamaste?
—Sí, y ya me voy.
—Escucha, puerco —gritó el padre. El aire entero se llenó de su vaho—. No quiero volver a verte jamás. Ya no voy a mantenerte. Y tú —añadió volviéndose a la madre—, tú, cretina, deja de entregarle mi dinero, el que yo gano, con el sudor de esta frente. —Se dio una dura palmada en la frente—: Maldita seas, ¿cuánto le has dado ahora?
—Adiós —dijo Roberto, y pasó por entre sus padres; cruzó el pasillo pero no salió. Se detuvo en la sala, escuchándolos:
—Acuéstate —decía ella—. Te traigo la comida a la cama.
—Qué carados —respondía él.
Se oyó el ruido de resortes de la cama; las almohadas, los zapatos, las cobijas destendidas. Roberto sintió calor. Sudaba. Lamentó no llevar consigo un cigarrillo. Reconoció largamente una foto en la pared: él a los seis años tocando la flauta. Oyó que su padre roncaba. Se asomó a la ventana de la sala. Piso 27. La abrió: un viento frío y murmurante abombó las cortinas. La ventana era alta y estrecha. Roberto sacó medio cuerpo afuera. El frío lo bañó como un beso intempestivo, erizándolo. Abajo el mundo palpitaba, pululaban luces amarillas, pitos y gritos distantes, esporádicos. Se creyó en lo alto del trapecio de un circo donde él mismo ocupaba —multiplicado— toda la silletería, y él mismo se observaba, estático.
—¿Qué haces? ¿Quieres volar? Quítate de ahí —dijo su madre.
Roberto Grillo se retiró con prontitud y caminó hasta la puerta. En el trayecto, al pasar junto a su madre, vio que ella le extendía un billete de mil.
—No, madre. Hoy no lo necesito.
Y entonces, como algo extraordinario para los dos, la besó en la mejilla. Ella siguió tras él, asombrada.
—¿A dónde vas? —le preguntó.
—A tocar el saxo.
Suavemente, la puerta se cerró a sus espaldas.
5
El primer piso del edificio era un centro comercial. Grillo caminó directamente al Autoservicio. Se acercó al cajero
—que era también el dueño— y, sin dudar un segundo, lo encañonó con el revólver.
—Deme lo que tenga —susurró.
El dueño, un cincuentón alto y enrojecido, lo confrontó atónito.
—¿Qué dice? —Su boca, absolutamente abierta, rezumaba un olor de salchichas crudas. Sus manos descansaba abiertas sobre el mostrador. Después, ya más repuesto, dedicó a examinar a Roberto con incredulidad—. Yo lo conozco —dijo, y su voz temblaba—, usted es hijo del doctor Grillo. ¿Se ha vuelto loco?
Los clientes de esa hora aún no se percataban. Hacían cola detrás de Grillo, impacientes por pagar y marcharse.
—Loco, por qué no. Deme lo que tenga, o se muere.
Grillo tenía los ojos enrojecidos y apretaba los diente. Pero su mano de saxofonista no dudaba.
—No llegará lejos, desgraciado —dijo el dueño. Era como si empezara a llorar. Y todavía ningún cliente se percataba. Abrió la caja de registro y puso los billetes encima del mostrador: trescientos ochenta mil pesos en billetes de distinto valor. Grillo eligió seis billetes de diez mil. El resto lo dejó intacto. El dueño, la boca desencajada, pasmado ante ese detalle, solo empezó a gritar cuando ya Roberto Grillo caminaba lejos del edificio.
6
Llegó al restaurante y se sentó resoplando ante un plato de caldo que humeaba. La mesa entera se atiborraba de pedazos calientes de pollo, alas y pechugas, muslos dorados, empapados en aceite.
—No comió nada —dirían después sus amigos—, solo pidió un cigarrillo y nos dijo que había perdido el apetito. Pagó la cuenta antes de que termináramos con los pollos. Nos regaló a cada uno un billete de diez mil. Nos dijo que sus padres habían celebrado su cumpleaños. Nosotros creíamos que era verdad y lo felicitamos. Le dijimos que con esos billetes íbamos a desempeñar los instrumentos. Que estábamos resucitados.
Dio a cada uno un billete de diez mil y terminó de fumar su cigarrillo. Después se puso a vigilar la entrada del restaurante, nada más; solo miraba hacia la puerta, hasta que lo vio llegar, conmocionados: dos policías, el dueño del Autoservicio, y sus padres en piyama.
—Ahí está —gritó el del Autoservicio.
Grillo se incorporó con lentitud. Caminó tranquilamente en dirección al grupo, que lo esperaba estupefacto en el umbral. Cuando los dos policías quisieron reaccionar, Roberto Grillo sacó el revólver y se descerrajó un tiro en la cabeza.
—Esta noche me dio un beso —decía su madre, y se lo repetía a todos.