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evelio rosero

un dinosaurio (es)

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Se ve venir a Saurio, un alemán senil, bamboleando su vejez contra el viento. Tiene deseos de hablar, tiene secretos. Para las damas del barrio la charla de Saurio, «señor Meyer», es una prueba de pudor. Las mira y se relame y tiembla. Saurio actuó de joven en la guerra, un buen nazi, un buey, decimos, de seis cuernos; informan los que saben que fue miembro de las SS. Y ahora medra y duerme en Bogotá, quién lo creyera. Tiene setenta años. Debía tener treinta cuando en los Campos de la Vergüenza los nazis asaron a seis millones de semejantes. No está casado, o nadie lo acompaña, excepto un mastín, pero ninguna mujer padece sus ventosidades, ¿o su alegría?, la alegría de salirse con la suya. Visita viudas, eso sí. Está repleto por dentro de todas las vidas del edificio; vive de eso: es el administrador, un tipo con mil orejas. Su antigüedad, cuando camina, hace reverencias. Nosotros lo aguardamos mientras fumamos, muy bien recostados contra las puertas de vidrio del edificio. Lo vemos arribar, enrojecido; barbota saludos. Respiramos un olor intenso de antiséptico que brota, igual que amargo sudor, de todos sus poros. En el bolsillo de su gabán asoma el sonoro peso de las llaves del edificio como una sabia advertencia de su autoridad. Lejano en su murmullo —ronco, espeso, empalagado en saliva—, nos habla en secreto de unos ratones muertos que ha tenido que recoger hoy por la mañana. «Eran gordos», susurra, «gordos y tiesos, peor que cualquier plaga, dispersos en todos los pisos». Su gruñido incomprensible sigue yéndose y volviendo en busca de culpables. Dos labios humeantes nos paladean. Su caja de dientes sería capaz de triturarnos. Por algo somos los tres jóvenes mines del edificio, nos llaman «los caspas», en realidad somos solo universitarios que no asisten a clase, marihuaneros, lectores de E. T. A. Hoffmann, cómo no. Sí, tenemos en el barrio un dinosaurio desde hace años. Es Saurio, nosotros lo bautizamos, qué espanto: cuando se instaló en el edificio éramos niños de seis años.
Saurio trae con él a Joshua, su horrible perro, de una cadena, ambos terribles y calientes, relampagueantes, olfateándonos, los ojos rojos de rabia. Los mismos ojos que nos ciñeron de terror cuando niños nos ciñen ahora, mientras se acerca, sus ojos más rojos que los ojos de su perro; brincan todos ellos, los ojos, Saurio, su perro, desesperados como serpientes queriéndose arrojar a nuestros cuellos, sí señores, el único alemán que conocemos vivo es este dinosaurio, alto y torpe, babea, nos habla realmente colérico, carne cruda enrojece los grandes canastos que lleva, con seguridad para su perro, qué no diera mamá por esa carne en su nevera, ¿de qué vive Saurio, aparte de su irrisorio sueldo de administrador? Sustanciosos billetes le llegan desde Montevideo, tiene muy buenos cofrades en Chile, todos ex-SS. Culpables. Perversos. Canallescos. Y se protegen. Lo dice un periodista viejo, padre de seis hijos, vecino del quinto piso.
—Eran gordos, y grises, los ratones —insiste Saurio.
Nosotros vemos sus zapatos: acaban de convertirse en ratones. Son pasos peludos y circulares, amenazándonos. «¿Cuándo los descubrió?», preguntamos, aunque ya sabemos que Saurio despierta de madrugada y da su ronda de vigilante. «Qué asco», nos dice, «eran ratones orejudos, pelados y peludos, eran un rastro inmundo que arrancaba desde mi puerta». Habla en muy buen español. Y se frota los nudillos de una mano. «Calamidad —nos dice que gritaba al recogerlos—, mi edificio lleno de ratones». De modo que el edificio donde vivimos es su edificio, carajo, eso no lo sospechábamos. Saurio nos contempla, uno por uno: «Alguien, alguien los eligió de los mejores para traerlos y repartirlos en cada piso, alguien, o alguienes». Aquí su español desmejora. Sigue diciendo «alguienes, alguienes», y baila su gran dedo manchado en el aire sin señalarnos. Ratones, pensamos, llevarlos y repartirlos como periódicos nuevos en cada piso, esa fue la consigna. Y todavía oímos que se jacta: impidió que los honestos habitantes de su edificio enfrentaran la desgracia de una mañana con ratones.
«Es usted un buen administrador», replicamos, «nos enorgullecemos».
Por un instante Saurio desfallece, incrédulo. Habla consigo: «Casi se muere mi estómago».
«Alguienes debió hacerlo a propósito, señor Meyer, nosotros lo ayudaremos a encontrarlo».
Y pensamos: Su edificio era bonito esta mañana. «Un alma mala», insistimos, y Saurio: «Que no vuelva a ocurrir esa catástrofe…». Suspira calor en nuestras caras, amenazante: «O suelto a mi perro». Suéltelo, pensamos, suéltelo, que uno de nosotros tiene veneno, y si prefiere ácido cianhídrico, su favorito, se lo daremos, y no solo a su perro.
Saurio merodea otros momentos, al acecho. Nos dice que ya los guardó en la basura, uno por uno, cola por cola, y confiesa sin percatarse que sufre del corazón. «Esto no es bueno a mi corazón», dice. Después estornuda y penetra al edificio. De modo que Saurio sufre del corazón, decimos.
Pero qué corazón, cómo resiste. Y ya nos vamos del edificio cuando vemos que Saurio regresa sobre sus pasos. Trae una cara que da miedo: ha olisqueado a los que busca, sin duda, sus culpables. Nos ha descubierto. Qué gran miedo provoca su cara rojiza, sus dos ojillos azules encendidos, taladrándonos. Ha puesto su cara a un centímetro de las nuestras. Qué espanto. Su voz hiere como un cuchillo mientras enarbola dos tiesos ratones recién sacados de su bolsillo. Su perro ruge y muestra los colmillos. Saurio sigue agitando ratones, nos mira rojizo y nos dice: «Se los haré tragar», y vuelve a marchar con su perro. Uno de nosotros, pálido, acaba de orinarse del puro susto en los pantalones.
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