KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

evelio rosero

una artista (es)

Save as PDF
Se alejó de un salto sobre sus piernas menudas, pero la detuvieron. Sus tacones repiqueteaban como clavos. Decía que era un artista, la boca muy abierta: tenía dos dientes de plata (los colmillos), y el central superior era de oro. «No tengo tiempo de charlas», dijo, fingiendo un compromiso mortal, «debo irme». No se lo permitieron. Frente al señor Capilla, gerente del Residencial Waterloo, varias señoras se quejaban, con ella en medio, la prisionera. Sobre todo, se lamentaban, no deja dormir. Son sus exclamaciones, decían, sus declamaciones, se corregían, sus gritos a medianoche. «Es que mi trabajo es de insecto» replicó ella, como una excusa infalible. «Váyase al manicomio», le respondieron. En el pequeño vestíbulo reverberaba un océano furibundo, lleno de ecos. Usted grita por la ventana, le dijeron, usted es quien envía esos anónimos pornográficos, usted asusta a los niños, sube y baja desnuda por las escaleras, usted fue sorprendida leyendo tontadas a doña Pina, que es sorda, usted es una burla, rompió con la punta de su sombrilla la única flor que ponemos en la portería, la hizo trizas, dijo que el color de la flor no iba con su vestido. «Y, lo que es peor», añadió el gerente, «usted no ha pagado aún, señora, desde hace tres meses, y este Residencial es de gente decente».
Y todavía añadió:
—Por lo menos págueme con sus dientes.
Después de un silencio atónito, ¿el señor Capilla hablaba en serio?, hubo otra cadena de reclamos; ella no se resistió: era una máscara de teatro, de las tristes. Nadie la compadeció. De pronto elevó las manos ensortijadas y recitó desmoronándose un poema:
«La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color…».
«Peor que una cabra», la interrumpió una señora, de las más corpulentas. Las otras se encogieron de hombros. Entonces su cuerpo esquelético retrocedió, sonoro de huesos, un barco desmadejado en busca de puerto. De inmediato la persiguieron. «Soy una artista», insistió, «mi trabajo es de insecto». ¿Qué quería decir con eso? A nadie le interesó. Ya los dos porteros del Residencial, uniformados de rojo, habían puesto sus cuatro maletas de cuero con todas sus pertenencias a una orilla de la puerta principal. «Un taxi la espera», dijo el gerente. Las señoras se dedicaron exasperadas a recordar los compromisos que esa mañana habían relegado por culpa de la maniática, como decían. «Que se lleven a esta maniática en cuanto puedan, ella sólita no se va a ir». Por lo visto aguardaban una acción eficaz. El gerente resopló decidido y lanzó una señal subrepticia a un portero: guiñó un ojo, igual que si dijera llévensela. Y fue cuando la artista me miró. Yo era uno de los porteros del Residencial, ¿no lo había dicho?, yo era ese portero. Ella me pidió con un dedo que me acercara, y me dispuse, diligente, aunque nadie me abrió paso. Del otro lado de cuerpos ella seguía llamándome con su dedo como un garfio. Al encontrarme a su lado suspiró con fuerza, como si concluyera que por fin iba a explicarse con alguien verdaderamente razonable y comprensivo, yo. Y fue cuando me dijo, con un hilo de voz que resonó en el silencio, me dijo que si yo quería acompañarla hasta el fin del mundo. Así me lo dijo, y, por supuesto, yo dije que no. Rio, radiante, sin dejar de mirarme. Olía a aguardiente. Entonces el mismo señor Capilla la apresuró, la empujó levemente por la espalda y nos lanzó a los porteros otra señal de inteligencia. Nosotros la aferramos cada uno de los brazos. Sus pestañas embadurnadas de crema se derritieron, parecía que iba a llorar. La escoltamos al taxi. En el camino me iba repitiendo que si la acompañaba hasta el fin del mundo, y acostaba su cabeza en mi hombro; subimos las cuatro maletas a la cajuela; ella me dijo que si le regalaba un cigarro, «No», dije, y ella insistió. Le dije que no otra vez, «No fumo, señora». El otro portero me recordó malicioso como una sentencia: «Pero si tú fumas, Joselo». Ella no oyó, ya se iba en su taxi, justo cuando la vergüenza enrojecía mi rostro.
Save as PDF