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evelio rosero

una fábula: homo eroticus (es)

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Desde que tuvo noción de lo que era el sexo, Homo empezó a sufrir. Homo era horrible: casi un enano, jorobado, unas cejas espesas y rojizas por encima de unos ojillos encendidos que causaban más terror que compasión, una frente estrecha y un cabello hirsuto, a modo de matorral, todo eso conformaba su físico estremecedor. Había heredado un modesto piso de sus padres —una pareja de comediantes de circo muertos por un león—, y su profesión era la de bibliotecario. Si a esto se añadiera la prudencia que entrega la resignación, la ecuanimidad del espíritu, Homo, seguramente, hubiese sido feliz. Pero dentro de su cuerpo estrecho y mal ensamblado bullía la pasión, la voluptuosidad sin límites, el amor desaforado por cualquier visión femenil que transcurriera contoneándose frente a él. Porque a pesar de su fealdad, o precisamente por ella, Homo era un implacable adorador de la belleza: no toleraba la desproporción en una mujer; cerraba los ojos, despechado, y su voz cavernosa injuriaba al mundo.
Había intentado ahogar su pasión convirtiéndose en erudito; consultó libros antiguos en latín; aprendió alemán, inglés y griego; el francés era para él un juego de niños, y, sin embargo, todas y cada una de sus lecturas, incluso las desentrañadas de libros santos y ascéticos que pregonaban la pureza de cuerpo, la espiritualidad, y sobre todo los minuciosos capítulos dedicados a mártires y doncellas sacrificados en fuego, no hacían otro efecto que reavivar su lúbrico delirio. Era como si en cada santo hallara un hermano, su semejante.
Pero fue al consagrarse al italiano, idioma armónico y dulce, cuando Homo encontró la clave de su salvación: leyó un cuento de Girolamo Morlini, feliz autor napolitano que vivió y amó a finales del siglo XV. Se trataba de un jorobado idéntico a él, su espejo antepasado. El cuento se titulaba: «De un bufón que fornicó con una gran dama», y Janni, el personaje, solo se diferenciaba de Homo en que este sabía leer —por algo era un bibliotecario con pretensión a erudito—, y aquel no leía, era un completo ignorante, un sencillo bufón. Y la gran semejanza estribaba en el miembro, regalo de dioses —pensaba Homo—, objeto de adoración en la memoria de los hombres. Pues tanto Janni como Homo eran dueños de armas portentosas, descomunales como las de un asno.
Innumerables noches había contemplado entristecido su rubicunda bandera, mientras hacía el amor consigo mismo, solitaria comunión, debiendo emplear para ello sus dos manos, como si manipulara una botella de buen vino. Cada noche se daba a esos desamparos, atribulado de no poder —o no saber— usar la exuberante asta donde debía. Ni siquiera las prostitutas más avezadas aceptaban acompañarlo, las noches que él ignoraba sus propias exigencias con la belleza. Lo rechazaban aunque duplicara la paga, así de horrendo y repugnante era Homo. Incontables ocasiones sufrió el desprecio más vergonzoso: que muchas de aquellas mujerucas, las más relegadas y marchitas, lo arrojaran de su lado. Y era que Homo no empleaba la sensatez, no se acercaba a ellas con lastimero mohín, le era imposible evitar su odio por la fealdad, quería poseerlas ignorándolas, cerrando los ojos, denigrándolas, y ellas olfateaban la afrenta altanera, semejante afrenta viniendo de aquel monstruo, y lo repudiaban. Pobre Homo, pensaba Homo, escabullándose entre las calles nocturnas.
En la biblioteca el suplicio era peor; las subalternas procuraban no mirarlo para no trastornarse de pánico. Homo las contemplaba embebido, sufriendo en silencio, disfrazando el deseo asfixiante bajo una vergonzosa máscara de meditación. Intentaba afligido entrever detrás de las faldas relampagueantes los soberbios cuerpos redondos, apretados, las regiones preciosas y cálidas, los centros sabiamente insinuados, huidizos, al disimulo —para adivinar—, blandos y triangulares como frutos lejanos que jamás le sería dado alcanzar. El director de la biblioteca, enterado de estos delitos de contemplación, había optado por relegarlo a un húmedo sótano, para que también las lectoras no sufrieran de sus miradas y los lectores acuciosos no dispersaran su atención. Pobre Homo, pensaba Homo, desempolvando mamotretos, reparando lomos. Nunca había acercado sus labios al pecho de una mujer que no fuera el de su madre muerta —aunque de esto ni se acordaba, y resultaba necio imaginarlo—. Pobre Homo, pensaba Homo, amándose a sí mismo, egoísta por fuerza mayor.
Y, sin embargo, al concluir la lectura de Girolamo de Nápoles, Homo había hallado la moraleja que lo salvó: «Esta historia demuestra que las mujeres aprecian más el grosor del miembro que la belleza del rostro». ¡Ah!, por fin desataba el meollo de su alegría; en esa gran frase bullía el final de su soledad. Llevó el fabuloso libro a su piso, dio un grito de infantil rebeldía frente al espejo, juró venganza por todas las noches desperdiciadas, la saliva cubrió sus labios contraídos en una mueca feroz, sus cejas se agazaparon como dos animalillos peludos sobre los ojos chispeantes. El falo, el enorme falo, tuvo un estremecimiento de goce premonitorio. Y leyó por tercera vez que Janni, su gemelo, había sentido un día el apremiante deseo de orinar, y así lo hizo, sin ocultarse, y fue contemplado «por una dama de gran nobleza que experimentó un violento deseo al mirar aquel monstruoso artefacto». Releyó la historia y su falo no pudo más: el pantalón cedió en sus costuras y la pulposa cabeza asomó, igual que si quisiera hablar: dio una sacudida y avanzó rojiza en el aire, ante el espejo. Homo mismo admiró la envergadura del miembro acezante, ¿cómo lo exhibiría?, en esta época existían los excusados, públicos y particulares; no era común orinar en una calle donde cualquier dama se rindiera al descubrir su lanza orgullosa, no. Tendría que pensar.
Homo, las manos temblando, tenso su cuerpo contrahecho, decidió, por primera vez en su vida, que había llegado la hora de acabar con sus juegos de soledad. Guardó como pudo su árbol ardiente y se sosegó. Pensó, bajo la ducha fría, que tendría que ser precavido si no quería dar con sus huesos en un calabozo, sin su modesto trabajo en la biblioteca y condenado además por exhibicionista que atenta contra la paz. De manera que ideó su plan: la playa. Era verano en Barcelona. El puerto se iluminaba de sol. Homo jamás iba a bañarse. Pensaba que el mundo, al verlo, habría salido volando, dejándolo solo en la tierra, o que una docena de guardias se lo hubiese llevado, confundiéndolo con mono escapado del zoo. Pero la playa era el sitio ideal. Dejaría ver su falo como un regalo de Dios caído de dos nubes, un fruto dispuesto en el huerto del mundo para la primera mujer que lo descubriera. Alguna dama existiría en un instante sagrado esperándolo a él, Homo. El gran Girolamo de Nápoles no podría equivocarse: más que un obscuro escritor había sido un vidente al conseguir la moraleja del cuento de Janni el bufón. Ah, cuántas veces Homo repitió en voz alta, de memoria, las palabras de la gran dama incitando a Janni, su gemelo, para que la atravesara: «¡Empuja, querido, empuja! ¡Jamás tuve tanto placer!». Las repetía frenético, aferrando con ambas manos su artefacto para que no estallara y malograra otro de sus pantalones. Y repetía como un rezo mágico: «La dama cogió el maravilloso miembro que sus caricias hacían enderezar y, aproximándolo a su vulva, con hábiles movimientos consiguió introducirlo hasta el fondo». ¡Ah!, se asombraba Homo, redimido por la lujuria, y lo entristecía entender que aquel bufón de pavoroso miembro hubiese sido feliz de no ser por la intromisión de un prior envidioso que lo hizo regresar a su país, lejos de la dama, pobre Janni, pensaba. Pero con él no ocurriría. Ningún prior indigno se entrometería.
Fue a la playa un domingo abrasador, a las once en punto de la mañana. Mujeres de torso desnudo, de artificioso movimiento, muchachas que parecían un fuego sinuoso, enajenador, rodeaban a Homo. Jóvenes bulliciosas doraban su piel, la arena resplandecía de rostros. Homo sudaba —más por la certidumbre de su próxima treta que por el calor—. Respiraba difícil, atosigado ante tanta bella extendida en la playa, bocabajo o bocarriba, entre voces y risas como de agua, oasis impermanentes y dispersos, acaso más solitarios que él, pensó, cuerpos brillantes de agua y de luz, sus más tórridos sitios apenas ocultos tras una minúscula pieza multicolor. Ah, se decía, inmóvil ante el primer golpe de su pasión, llegará el día en que nadie sufra, cuando todo sea puro y elemental y cualquier bella no tenga prejuicio en complacer y disfrutar el requerimiento amoroso de cualquier contrahecho como él, en cualquier instante y en cualquier lugar, solos o en público, ayudados por la idéntica comprensión de lo efímera que es esta carne, por la misma compasión de los cuerpos, por el deseo intenso de vivir lo poco que queda por vivir. Ese día las guerras no existirán —pensaba—, gracias a la alegría de entregarse y resucitar. En eso comprendió que si antes no frecuentó la playa no fue por miedo a causar terror sino por miedo a morir de belleza. Ese era su terror.
A pesar de sus aprensiones siguió firme, deforme sobre la arena, lúbrico pero atemperado, lentísimo jorobado entre la multitud. Solo de vez en cuando experimentaba aturdido la inquisición de una que otra mirada explosiva, herida de contemplarlo, pero él continuaba adelante, ignorando la repugnancia que provocaba. Y era que un intolerable, tibio y profundo olor de cuerpos húmedos invadía sus pulmones, repletándolos de sensualidad. El ruido del mar era otro cuerpo girando, iluminado de espuma, rodando en gotas incandescentes hasta él, el mar era otra mujer, la última, sus aguas como otra cintura se contoneaban, subiendo y bajando los lomos debajo del otro cuerpo macizo del sol. Por todas partes la luz incendiaba misterios femíneos, secretos vertiginosos que Homo, en su frenesí de erudito, no dudó en calificar como pudorosamente impúdicos. Aquella paradoja le gustó y sonrió para él, feliz, pletórico, casi platónico:
—¡Qué bella es mi obscenidad!
Soy un artista, pensó, soy feo como Miguel Ángel, pero yo cincelaré mujeres vivas, nunca de mármol. Rio más, un animal feliz, pensó, y era como si su gran árbol se sacudiera un instante para responder: Sí, sí, un feliz animal. Imaginó los sexos femíneos, llanos y suaves, abismales, altos o anchos, algunos de vello bermejo, otros igual que una noche, algunos escasos de vello, dorados, rutilantes, otros igual que un manojo largo de musgo, todos calientes de sol, esperándolo a él.
Se detuvo y cerró los ojos.
Su sombra agazapada y enjuta temblaba en la arena mojada. Recordó quién era y se aplacó. ¡Cuidado! Evitar a toda costa que su miembro ciclópeo desbordara su amor y rompiera salvaje su pantalón y un escándalo público lo traicionara. La playa entera estaba llena de Hornos como él, no contrahechos, pero bastante menos dotados y por eso mismo celosos. Cada uno de esos Hornos exiguos era un prior envidioso en potencia. ¡Atención! Llevaría a cabo su plan paso a paso: tan pronto quedara en traje de baño fingiría juguetear en la orilla, su pantaloneta se escurriría de súbito hasta las rodillas, desmazalada por una cómplice ola, y todo eso enfrente de una gran dama. Tendría que ser una mujer total; Homo pondría a prueba su sicología enciclopédica: sencillamente una mujer cuya mirada delatara en un instante precioso, arcaico, natural, ineludible, que ya sabía qué era el amor, que ya había disfrutado incansable del movimiento que eleva al Hombre a Dios, por encima de todas las muertes. Así sufría Homo, observando su alrededor; no debería equivocarse en esto último: si lo miraban las vírgenes, las jovencitas —tan deseosas como él pero todavía tímidas— o las santas —idénticas a él pero muertas de beatitud—, estaría perdido, no harían otra cosa que correr, reír histéricas, pedir auxilio, y entonces los peligrosos, los insensibles, los descabellados códigos de civilización lo ajusticiarían.
Rogando porque la vorágine de ojos lo ignorara, Homo, el bibliotecario, esclavo de libros, gran solitario, escondía la faz repugnante de su cara debajo de un duendesco sombrero. Llevaba una Ilíada en la mano y una toalla —en caso de que debiera ocultar lo que solo en un sabio momento tenía que presentar—. Un recodo abundante de damas como un rebaño lo decidió: agazapado, igual que un molusco en la orilla, miraba atento con el ojo encendido al redil. Presentía, olía en la brisa de cuerpos la proximidad de su gran dama. ¡Ah!, recordó de improviso, si hubiese logrado cautivar a Carmela, la bibliotecaria que más lo atraía, a la que solo una vez insinuó, penosa, dolorosamente, su amor infinito. ¡Ah!, se gritaba, en ese caso no estaría aquí, muriendo de amor loco. ¡Carmela! Sus manos huesudas describieron su angustia, impotentes de asir el humo de sexos que lo asfixiaba. ¡Carmela, por qué despreciaste a Homo, por qué lo odiabas en público con tu mirada azul! ¡Pobre Carmela consumiendo su delicado sexo entre Aquino y Descartes! Y su aflicción fue tan grande que Homo quiso soñarla, un minuto, tormentosamente bella, la bella Carmela debajo de su cuerpo horrible, ¡ah!, retorciéndose de placer, conduciendo el precioso ariete ella misma hasta su mismo centro, igual que la feliz dama de la historia de Girolamo, Carmela —llamó con voz larga, gutural, de monstruo sufriendo—, ya te veré rogarme, desnuda, sin Orden ni Ley que nos separen. La emoción aguó sus ojos enrojecidos y se creyó otra vez niño porque pensó que iba a llorar. Sus manos cayeron, su joroba languideció, inmóvil como una roca al acecho. De pronto se sobresaltó. Sintió briznas de agua en el aire. Sus labios lascivos dijeron «Carmela» y un gustillo salado, acaso la sustancia más honda de ella, en el aire, lo sofocó. Su gran miembro dio un vuelco, empantanado en aceite: por fin había encontrado lo que buscaba, no era Carmela, no, pero era Carmela, el mismo cabello rubio y crespo, la misma furiosa naricita de altivez catalana, la mirada infinitamente alta, dispersa en el mar.
Sentada, enteramente apoyada sobre los brazos rectos, los dedos brillantes entre la arena húmeda. Debía tener treinta años. Los hombros pálidos todavía no sucumbían al color del sol. De vez en cuando alargaba una pierna y su cabeza se replegaba hacia atrás. El pelo se regaba como una ola en rizos sobre la espalda. Tenía un lunar grande debajo de un seno, respiraba al tiempo que el aire, vibraba en cada gesto, era una mujer que desbordaba fiebre, perfectamente larga, su sensualidad la envolvía como un haz de luz. En ese momento separaba sus muslos, en amplia posición de loto, como si ya de antemano presintiera a Homo y se dispusiera a recibir su prodigioso don, su ofrecimiento más puro, su más prehistórica veneración.
El molusco, la roca palpitante, se aquietó a dos metros enfrente de ella, jadeando, pidiendo al cielo que no huyera. El mar bufaba a otros dos metros. Era ella. Tenía que ser. El cuerpo que él había imaginado cientos de veces, el mismo sueño, de idéntica desnudez, la misma línea entreabierta, la misma huella entreoculta tras una breve prenda amarilla… El mismo rostro soñado, Carmela, solo que con otros ojos, más humanos, menos hirientes y despiadados. Homo descubrió sorprendido que junto a ella jugueteaba una pareja de niños. Sus hijos, pensó. ¿La abandonaría? ¿Buscaría una mujer sola? No. Tanto mejor, se dijo, si su Carmela era mamá, su amplia, húmeda gruta, lo acogería espléndido, lo abarcaría, lo estrecharía por completo. Homo extendió valiente la toalla y, al recostarse, sintió sin dar crédito que su corazón debía ser más grande que todo su cuerpo: daba golpes sin orden, ¿iba a romperse? No, se gritó.
Puso la Ilíada en la arena y después el sombrero; rogaba que la brusca aparición de su pelo de cerdas hirsutas no lo pusiera en evidencia. Cuando empezaba a desvestirse no tuvo otro susto mayor en su vida: se detuvo, cobarde, atenazado. ¿Y si no estaba sola? ¿Si…? Herido en la médula de su pasión comprobó durante minutos furiosos que todos estaban solos. Ella. Los niños. Él. No había otro Homo con ellos. Y, en todo caso, él era el único Homo, asombro de Hornos, raro prodigio de la naturaleza.
Nació para ella.
Suspiró cauteloso. No lo habían visto. El bullicio de cuerpos flotando en la orilla lo protegía. Un barco pitó sepulcral en la distancia. Las gaviotas trizaron el cielo como pedradas. Homo se escalofrío de suspenso; sentía miedo de que al percatarse de su fealdad el niño y la niña lanzaran un alarido y echaran a llorar inextinguibles y entonces la madre se los llevara lejos de él, de la aparición jorobada, pero nada de eso ocurrió. Eran cientos los hombres y mujeres ese domingo en la playa. Difícilmente podría ser señalado, clasificado y reconocido por un par de niños. Él era uno entre miles. Olvidó a los niños. Hizo un esfuerzo sobrehumano para ignorar el paso lumbroso de otras mujeres que lo cercaban. Un renovado estremecimiento del miembro lo espeluznó. Hacía una semana que no lo complacía con artificios. El miembro, exasperado, inmerso en su lodo, daba un vigoroso empellón por cada contorno de mujer que se desvanecía. «Si supiera tu idioma te diría quédate quieto por Dios» le dijo Homo a su sexo. La deliberación sobre cuál sería el idioma indicado para hablar a aquel engendro de amor volvió a distraerlo. Así se quitó la camisa, ensopado en angustia, suplicando a sus dioses, terrenos y celestiales, que nadie le viera. Y luego el pantalón, la peor prueba. Detrás de su pantaloneta de baño —plomiza, de gran talla—, comprobó tranquilizado que el monte había decrecido. En ese momento los dos hijos de su gran dama jugaban a poca distancia: hacían un castillo de arena. Tragó saliva. Por fin. La suerte giraba en un dado, todo estaba dispuesto. Y, sin embargo, desnudo, y por ese motivo más contrahecho que nunca, Homo se contempló sin proponérselo: extendido bocarriba, gravitando sobre los codos, las piernas cortas y angostas, terrosas, desmañadas, los torcidos y minúsculos pies de duendecillo, y su sombra a su lado, infatigable enemiga, su joroba un músculo extraño a su cuerpo, una montaña afilada brotando indecente desde su espalda, su grotesco perfil de nariz chata, las orejas puntudas; inclinó la quijada y examinó escarnizado su hundido pecho de tetillas peludas, su ombligo rosado y prominente, de ovejo recién nacido, su carne de cuero de morsa contrita, milenaria, sus rodillas aguzadas como dagas, su corazón gastado, a pesar de sus treinta y tres años, la edad de Jesús —pensó.
Desnudo. Él. Homo. Sacúdete, pensó, elévate.
Había que fingir la precisa escena: un accidente común, menos gracioso que trágico, pero siempre tan humano. Se sumiría en el agua hasta la cintura, enfrente de su dama, corretearía en círculos de espuma, chapoteando feliz, acaso confundido con otro niño —en más de una ocasión, Homo, visto de espaldas, había sido confúndido con niño—, y entonces, al decidirse a abandonar el agua, histrión —por algo era hijo de una pareja de comediantes—, al avanzar, algo más cerca de la mujer pensativa, de la voluptuosa espectadora, en ese instante glorioso, Homo deslizaría hacia abajo su prenda color plomo. Nadie más lo vería. Ella y él, solos. El inaudito árbol se desplegaría de golpe, y él se daría prisa —lentamente, claro, fingidamente pudoroso, ignorante como Janni, casi ruborizado— para ocultarlo, pero la misma longitud del monstruo sería un obstáculo; esto último resultaba muy fácil; más de una vez le ocurrió tal percance al acabar de orinar en el servicio público. En definitiva, todo transcurriría en el tiempo justo para que los ojos luminosos de la gran dama repararan en el portento. Después se iniciaría la charla, Homo se fingiría apenado, sería al principio una charla baladí, pero él daría rienda suelta a sus palabras: su inteligencia de bibliotecario la apabullaría hasta vencerla y convencerla y quebrantarla. No en vano Homo había leído a Girolamo de Nápoles. Sabio filósofo, pensó, te haré un altar.
Iba ya Homo a incorporarse para meterse al mar cuando, desgracia absoluta, la parejita de niños lo rodeó súbitamente: ambos perplejos, ella y él observándolo en detalle, con aquel desparpajo que solo la inocencia posee. Las dos caritas inquietas, aviesas, curiosas, no dejaban de recorrer a Homo, desde la primera raíz de su pelo hasta el último dedo de sus pies. Y había incluso una suerte de ternura en su profuso reconocimiento. «Niños diabólicos» pensó Homo, y podía jurar que su corazón iba a partirse.
Fue la niñita quien preguntó:
—¿No eres tú el jorobado del cine?
Abrió la boca, agobiado, sin lograr responder, no por la demoledora pregunta sino porque en ese momento tenía, también sobre él, inclinada, a la mujer: ahí estaba ella, ocupando la luz, la eternidad. Sus senos rotundos, inmemoriales, conjurando en sus pezones todo el espanto y la noche de amor más antiguos, su rostro ovalado y brillante, los labios mojados, abiertos, la punta rosada de la lengua llena de luz. Todo ese cuerpo desnudo a escasos centímetros de Homo: la vida y la muerte repartidas. Las venas azules detrás de su piel fértil, y el aire, todo su aire, desplazado por ella, ahora demencialmente tragado por Homo. «Disculpe», dijo ella, que había oído la pregunta de su hija, y, ciñendo delicada las manos de los niños, los llevó de vuelta a su castillo de arena. Petrificado, Homo la vio sentarse lenta y etérea, más cercana que antes; vio cómo tembló en un solo vaivén la piel incandescente de las nalgas, las puntas rojas y enhiestas de sus pezones, hasta él llegó veloz el olor más arcaico, la suavidad de la sangre en el aire que ella provocó. Pero no había escapado. Su dama no huyó. Nadie le había gritado. Y ocurrió algo que lo hizo morir a pedazos. La mujer volteó a mirarlo y le dijo, mientras se pasaba una mano larga por el cabello dorado, mientras lo reanimaba y resucitaba con la sonrisa más plena: «Los niños de hoy». Su voz sonó igual que un pozo incendiado. Homo intentó sonreír, aferrado a su esperanza, a la ilusión trabajada por años, quiso corresponder, tenía que hacerlo, quiso iniciar la charla y decir «Pierda cuidado», quiso gritar, pero ya la mujer seguía embebida en la distancia, al lado de la parejita de niños que nuevamente reía sobre el castillo de arena.
Tuvo que esperar unos segundos para calmar los golpes del corazón. Y era que, instantáneo, a la vista de aquel ombligo profundo, dorado de vellos minúsculos, en la borrachera veloz de la piel caliente y extraña que como un relámpago se avecinó, en la agonía de su olor, resinoso, filudo, primitivo, el alma de Homo, su razón de ser, su falo increíble se había estremecido y crecido como otro joroba en otro lugar. El traje de baño temblaba abultado, un monte de pie, y Homo, afligido, le dio un golpecito amistoso, como quien pide a su perro que no ladre más. Por un segundo tuvo la ilusión, el fugaz espejismo, de que la dama de treinta años había vislumbrado y acaso escudriñado —cuando se aproximó— el vertiginoso erigir de su ariete, el fardo montuno bajo la tela, el llamado angustioso de su carne, y que aquella rápida deducción la había estatizado encima de él, enardeciéndola entre su piel más íntima, asperezándola en los vellos de sus brazos y en las aletas de la nariz. Pero desechó aquella idea y la consideró fruto de su pasión demencial. Ya no tenía opción, únicamente seguir adelante, por encima del dolor universal. Y, sin embargo, un desasosiego muy hondo lo invadió. Se vio, creyó verse fugazmente solo en la biblioteca, más solo y más infeliz que nadie en el mundo. Recordó su plan, como la salvación. «Tengo que hacerlo», pensó, resuelto a defenderse de su desánimo ignoto. Y pensó en Girolamo de Nápoles, en Janni, su gemelo, en la gran dama del siglo XV, y volvió a traer a Janni: a su memoria, su gemelo, el bufón, y entonces dio un salto y dos y tres y cruzó la orilla y se ahogó.
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