violeta flor (es)
¿O prefieren que no hablemos de Violeta?
Lo único que pudo mirar fue el cielo, extendida sobre la hierba húmeda. Descomunales, borrachos, nos arrojamos encima. Testigo único: un cielo azul entre la noche, ligeramente despedazado por la luz azul de las estrellas. Después el otro resplandor, la luminosidad de su cuerpo. Solo queríamos divertirla, ¿quién se puso a estrangularla?
¿Muerta?
Nadie sabía.
Huimos.
Cadenas chocando contra los muslos, los pantalones de cuero, cabezas rapadas, una pandilla: los Calaveras del barrio Las Cuadras.
Era delgada. Pero su delgadez era dura. A más de un convaleciente había favorecido. A más de un desahuciado. Era enfermera. A más de un abuelo insufrible empecinado en no morir. A más de un sobrino retardado. A más de un sacerdote espantado de soledad.
Con el fin de rasurarnos la barba se aparecía, cualquier tarde, en el «club» (una cueva, un retiro agresivo entre montañas). La primera vez que llegó dijo eso, que iba a afeitarnos, y lanzó una risotada. Siempre que se aparecía anunciaba lo mismo y nunca nos afeitó, claro. Empezó con un beso para todos. Ninfómana, se la acusaba. Para lograr superarla en la carcajada nos emborrachábamos. La veíamos llegar hasta la cueva, asombrados. Se atrevía. Mujer y sola. Una voz parsimoniosa, un reto absurdo, ajeno al terror que inspiraba nuestra violencia famosa. ¿Yace ahora derruida, su sexo un basurero? Ahí la dejamos. Cuando volvimos no estaba. Supimos que la encontraron un campesino y su perro. ¿La recuerdan? Se ofrecía entera. «Hagan cola para entrar, como en el cine, supermanes», se burlaba. Su cuerpo lanzaba su olor, su color. Nunca desapareció de nosotros el vaho caluroso de sus labios, un olor a café y cigarrillo, aunque nos estregáramos las bocas con dentífrico, furiosos.
Después se metamorfoseó, fantasmagórica. Era el recuerdo de un cuerpo igual que un conejo amarillo. Se aparecía en los espejos, en las pesadillas, gesticulaba, una invisible carcajada, y luego su voz enronquecía, se asfixiaba, una silueta rígida y desesperada, casi enloquecimos, la fiebre en las cabezas, ella desnuda, una osamenta pulverizándose en el aire, pero también disolviéndonos en su abrazo, era un vestido blanco que saluda, era un espectro riéndose ronco, nosotros nos espantábamos: se oye que está muerta y sin embargo suspira. Nos reconveníamos: «¿A quién le dio por ahorcarla?». Bebíamos en la discoteca. Cerveza para los Calaveras. Nuestras motocicletas nos aguardaban, fieles animalitos, todo como en el cine, americanos de New York. En realidad somos de esta ciudad de los Andes, todos en quinto y sexto de bachillerato, colegio San Francisco Javier. Seguimos bebiendo. Ninguno quiere volver a dormir en la respetable cama. En voz alta nos burlamos desafiantes, a la salud de Violeta Flor. Y en ese justo momento, como ocurre tarde o temprano, alguien se acerca y sonríe de manera profesional. Un hombrecillo. El inspector Malo —y bien malo. «De manera que quieren otra cerveza», nos dice. «Tanto mejor». Y hace una seña: varios tipos nos rodean, imposible pelear. El inspector reza: «Encadenen ya mismo a estos engendros».
Y aquí estamos, como pueden ver, entre rejas. ¿Quién nos encerró? Violeta Flor, una enfermera que supo hacerse la muerta. Nos dicen que sigue riéndose y busca más barbas para afeitar. En la jerga policial la llaman La Anzuela.