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gianni rodari

la enfermedad de tino (es)

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Érase una vez un contable. Se llamaba el contable Bianchi y trabajaba en un banco. Estaba casado con la señora Rosa y tenían un niño de pocos meses. Un precioso niño de ojos avispados e inteligentes. Con su buena mata de pelo negro. Lo que se dice un niño guapo.
Se llamaba Giovanni Batista, pero como un nombre así resultaba demasiado largo para un niño todavía tan pequeño, sus padres le llamaban Tino.
Tras el primer cumpleaños vino el segundo. Pero antes de que llegase el tercero, Tino manifestó los primeros síntomas, los primeros indicios de una enfermedad un tanto insólita.
Un día, al volver de la compra, la señora Rosa lo vio acuclillado sobre una alfombra jugando melancólicamente con un caballo de goma. De repente, a la señora Rosa se le encogió el corazón... Tino... eso era; Tino le parecía tan pequeño, francamente más pequeño de como le había dejado cuando salió... Corrió hacia él, lo alzó en brazos, llamándolo por su nombre, acariciándolo... Menos mal, se había equivocado: Tino era el mismo de siempre. No había cambiado el peso, ni la estatura, ni tampoco la vivacidad con la que volvía a jugar con el caballo de goma, golpeándolo enérgicamente contra el suelo.
Otro día el contable Bianchi y la señora Rosa dejaron solo a Tino en el cuarto de estar durante un momento. Cuando volvieron, lanzaron un grito al unísono.
—¡Tino!
—¡Tino!
El niño levantó los ojos, sonrió... La señora Rosa lanzó un suspiro de alivio:
—Cielo santo, qué susto...
—A quién se lo vas a decir.
—De repente me pareció, no sé... como si estuviera más delgado, más pequeño...
—Por un momento, lo vi tan pequeño como un muñequito.
—¿Qué nos habrá pasado?
—Es extraño que los dos...
—Sabes, a mí me pasó otra vez; volví del mercado y lo vi allí, en aquel rinconcito, tan pequeño, tan chiquitín tan chiquitín...
Aquel día el contable Bianchi y la señora Rosa se tranquilizaron. Pero más adelante volvió a repetirse lo mismo, y otra vez más. Entonces, como es lógico, decidieron llevarle al médico. El médico reconoció a Tino, lo midió, lo pesó, le hizo decir treinta y tres, le ordenó toser, le miró la garganta con una cuchara, y concluyó:
—Me parece un niño estupendo. Sano, fuerte. Todo bien.
—Pero entonces, doctor...
—Entonces, entonces... Vamos a hacer una prueba. Saldremos los tres, dejándolo solo un momento y vamos a ver qué pasa.
Salieron del despacho y se quedaron escuchando detrás de la puerta. Ni un ruido. Tino no lloraba, no se movía, no daba señales de seguir allí dentro.
Cuando volvieron a entrar, vieron los tres lo mismo: vieron que Tino se había hecho pequeño, pero pequeño pequeñísimo... Aunque sólo por unos instantes. En cuanto vio al papá y a la mamá y al médico volvió a ser el que era: un hermoso chiquillo, sano y fuerte, incluso bastante alto para su edad.
El doctor dijo:
—Ya entiendo, ya entiendo. No es exactamente una enfermedad, pero es una cosa rarísima. Solamente sucedió una vez, hace cien años, en América...
—¿Y de qué se trata? —preguntó el contable Bianchi.
—¿Es grave? —apremió la señora Rosa.
—Grave no, no diría eso. Es una cosa así —murmuró el doctor.
—Una cosa ¿cómo?
—Díganoslo, doctor, no nos deje con esta preocupación. ..
—Calma, calma, señores —dijo el médico—. No hay motivo para alarmarse. Este niño lo que necesita es no quedarse nunca solo. Cuando se queda solo, empequeñece. Esto es todo. Necesita compañía, ¿entienden?
—Pero nosotros nunca lo dejamos solo.
—Al menos, casi nunca...
—Entiendo, entiendo. Pero no se trata de esto. El niño necesita estar con otros niños de su edad, ¿comprenden? Un hermanito, amigos. Mandarlo al colegio, buscarle compañeros de juego, ¿entienden?
—Sí, doctor.
—Gracias, doctor. ¿Y siempre será así?
—¿Qué quiere decir, señora?
—Quiero decir: ¿incluso cuando crezca tendrá que estar siempre con alguien para no hacerse pequeño pequeño?
—Eso se verá —dijo el médico elevando los brazos al cielo—. Pero aunque fuera así, ¿sería una desgracia?
El contable Bianchi y la señora Rosa se llevaron a casa al pequeño Tino: bueno, como ya he dicho, no tan pequeño, y se preocuparon por él aún más que antes. Tino tuvo un hermanito, fue al colegio, crecía bien en todos los sentidos, o sea que se hacía alto, inteligente y activo... Verdaderamente era un chico estupendo y todos lo querían: no iniciaba una riña, era él el que ponía paz entre los contendientes. Luego se hizo un mozalbete, fue a la Universidad...
Una vez, cuando ya tenía veinte años, estiba estudiando en su habitación. Esa vez estaba totalmente solo, aunque de costumbre venía algún amigo a estudiar con él... El contable Bianchi y la señora Rosa tuvieron el mismo pensamiento.
—¿Vamos a ver?
—No sé. Ya han pasado tantos años...
—Vamos, anda... quiero saber si todavía...
Y de puntillas, uno detrás de otro, miraron por el agujero de la cerradura...
Primer Final
...Después de mirar, el matrimonio Bianchi se echó los brazos al cuello y estalló en llanto.
—¡Pobre Tino!
—¡Pobre hijo nuestro!
—No se ha curado, no se curará nunca...
Tino, de golpe, había vuelto a hacerse pequeño como un niño de tres o cuatro años. Seguía teniendo su cara de jovencito, los pantalones largos y el jersey verde, pero tenía la estatura de un enano.
—Es inútil —suspiró el contable Bianchi—, no se lo puede dejar solo ni un minuto.
—Es inútil —sollozó la señora Rosa—, quizá ha sido culpa nuestra: no le hemos dado suficientes vitaminas.
—¿Qué hacemos? —preguntaron al médico, por teléfono, para recibir antes la contestación.
—Vamos, vamos, no se desesperen —contestó el doctor—, hay una solución. Que se case con una buena chica, tendrá hijos que no lo dejarán en paz ni un minuto y ya no correrá peligro.
—Pues es verdad —exclamó muy contento el contable Bianchi.
—Pues claro —se alegró la señora Rosa—, ¡se nos podía haber ocurrido a nosotros!
Segundo Final
.. .Después de mirar, el matrimonio Bianchi se abrazó y lloró de alegría.
—¡Qué bien!
—¡Qué maravilla!
—Se ha quedado igual.
—¡Ha curado del todo!
Y en realidad Tino no había menguado ni siquiera un centímetro, ni tan sólo un milímetro, y continuaba estudiando tranquilamente, sin sospechar ni remotamente el drama protagonizado por sus padres al otro lado de la puerta.
Tenía tantos amigos, tantos hilos que le unían a la vida, tantos proyectos y esperanzas y tantas ganas de trabajar: todas estas cosas uno las lleva consigo cuando está solo. Por eso, verdaderamente solo no está nunca.
Tercer Final
...Después de mirar por turno por el agujero de la cerradura, el contable Bianchi y la señora Rosa se quedaron con los ojos desorbitados, sin palabras, durante sesenta segundos.
—Esto si que...
—Quién iba a imaginarse que...
—Rosa, por favor, hazme un café bien fuerte, te lo ruego.
—Sí, sí, yo también lo necesito. Una cosa así...
—Es algo nunca visto...
¿Pero qué es lo que habían visto?
Habían visto a su Tino hacerse el doble de alto de su estatura normal: tenía que encorvarse un poco para no dar con la cabeza contra el techo, tenía las piernas y los brazos largos como las patas de una jirafa. Pero no parecía darse cuenta y continuaba estudiando y tomando apuntes con un lápiz que, en su inmensa mano, parecía un palillo de dientes.
—Ahora tiene la enfermedad opuesta —suspiró el contable Bianchi, soplando el café hirviendo.
—Es un auténtico fenómeno —decidió la señora Rosa.
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