KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

isaac asimov

coja una cerilla (es)

Save as PDF
El espacio era un abismo negro. No se veía nada, ni siquiera una estrella.
No porque no hubiera estrellas...
Sin embargo, la idea de que quizá no hubiera estrellas -literalmente- le había revuelto el estómago a Per Hanson. Era la vieja pesadilla que acuciaba subliminalmente el cerebro de todo viajero del espacio profundo.
Cuando efectuabas un salto en el universo taquiónico, no sabías con certeza dónde surgirías. La sincronización y la cantidad de energía podían estar rigurosamente controladas y hasta pudiera ser que contases con el mejor fusionista del espacio, pero el principio de incertidumbre era el rey supremo, así que siempre era probable (y aun inevitable) un error. Y en el ámbito de los taquiones un error milimétrico podía equivaler a mil años luz.
¿Qué ocurriría si aparecías en ninguna parte o tan lejos de cualquier parte que no tuvieras modo de averiguar tu paradero y nada pudiese guiarte de vuelta a alguna parte?
Imposible, decían los expertos. No había ningun sitio del universo desde el cual no se pudieran ver cuásares, y ellos te permitirían localizar tu posición. Además, la probabilidad dc que durante un salto el azar te llevara fuera de la galaxia era de sólo uno contra diez millones, y la de llegar a la galaxia de Andrómeda o a Maffei-1 era de uno contra un trillón.
Olvidese de ello, decían los expertos.
De modo que, cuando la nave emergía del salto y regresaba de las extravagantes paradojas de los taquiones ultraluminicos al conocido territorio de los tardiones y los protones, era del todo punto imposible que no hubiera estrellas visibles. Si no las veias, eso es que estabas en una nube de polvo; era la única explicación. Había zonas brumosas en la galaxia, o en cualquier galaxia en espiral, como antaño las hubo en la Tierra, cuando era el único hogar de la humanidad en vez de esa pieza de museo preservada y controlada en que se había convertido. Hanson era alto y huraño, tenía la tez curtida y, si había algo que él no supiera sobre las hipernaves que surcaban la galaxia y sus inmediaciones -siempre con excepción de los arcanos de los fusionistas-, era porque aún no estaba resuelto. En ese momento se encontraba solo en el cubículo del capitán. Disponía de todos los medios para comunicarse con cualquier hombre o mujer de a bordo y para recibir los resultados de cualquier pieza del equipo, y a él le gustaba ser una presencia invisible.
Ahora nada le agradaba. Activó la comunicación y dijo:
— ¿Qué más, Strauss?
— Estamos en un cúmulo abierto -se oyó la voz de Strauss. (Hanson no encendió la pantalla, pues habría revelado su rostro y prefería mantener su preocupación en secreto)-. Al menos parece ser un cúmulo abierto, por el nivel de radiación que recibimos en las zonas del infrarrojo y de las microondas. El problema es que no podemos localizar las posiciones con precisión suficiente para averiguar nuestro paradero. Nada.
— ¿Nada en la luz visible?
— Nada. Ni en el infrarrojo cercano. La nube de polvo es espesa como una sopa.
— ¿Qué tamaño tiene?
— No hay modo de saberlo.
— ¿Puedes estimar la distancia hasta el borde más próximo?
— Ni siquiera en un orden de magnitud. Tal vez esté a una semana luz. Tal vez a diez años luz. No hay modo de saberlo.
— ¿Has hablado con Viluekis?
— Si.
— ¿Y qué dice?
— No mucho. Está de malhumor. Se lo ha tomado como un insulto personal, desde luego.
— Por supuesto. -Hanson suspiró. Los fusionistas eran como niños consentidos, pero se los toleraba porque desempeñaban un papel romántico en el espacio profundo~. Le habrás dicho que estas cosas son imprevisibles y que pueden ocurrir en cualquier momento.
— Se lo dije. Y respondió, como te puedes imaginar: «~No puede ocurrirle a Viluekis.»
— Pero le ha ocurrido. Bien, yo no puedo hablar con él. Interpretará que trato de imponer mi rango y luego no podremos sonsacarle nada. ¿No quiere activar la pala?
— Dice que no puede. Dice que se dañará.
— ¿Cómo se puede dañar un campo magnético?
— Ni se lo digas -gruñó Strauss-. Te responderá que un tubo de fusión es algo más que un campo magnético y luego dirá que tratas de subestimarlo.
— Si, lo sé... Bien, que todo el mundo estudie esta nube. Tiene que haber un modo de deducir hacia dónde y a qué distancia queda el borde más próximo. Cerró la comunicación y escrutó la lejanía.
¡El borde más próximo! Era dudoso que a la velocidad de la nave (en relación con la materia circundante) se atrevieran a consumir la energía requerida para efectuar una drástica alteración del curso.
Se habían sumergido en el salto a velocidad semiluminica -en relación con el núcleo galáctico del universo tardiónico- y emergieron a la misma velocidad. Eso siempre suponía un riesgo. A fin de cuentas, si al emerger te encontrabas cerca de una estrella y enfilabas hacia ella a velocidad semilumínica...
Los teóricos negaban esa posibilidad. No cabía esperar que uno se aproximara peligrosamente a un cuerpo masivo mediante un salto. Eso decían los expertos.
El salto implicaba fuerzas gravitorias y esas fuerzas se repetían en la transición tardión/taquión y taquión/tardión. De hecho, la incertidumbre del salto se explicaba en gran medida por el efecto aleatorio de una fuerza gravitoria neta que nunca se pudo deducir en todos sus detalles.
Además, decían, había que confiar en el instinto del fusionista. Un buen fusionista nunca se equivoca.
Pero este fusionista los había metido en una nube.
¡Ah, eso! Pasa continuamente. No importa. Ya se sabe cómo son esas nubes tenues. Ni siquiera nota uno que está en ella.
(No es el caso de esta nube, querido experto.)
Más aún, las nubes son buenas. Las palas no tienen que trabajar tanto para mantener la fusión en marcha y el acopio de energía.
(No es el caso de esta nube, querido experto.)
Bien, hay que confiar en que el fusionista halle una solución.
(¿Y si no hay solución?)
Hanson se asustó ante ese pensamiento. Trató de olvidarlo. ¿Pero cómo olvidas un pensamiento que es un rugido en tu cabeza?
Henry Strauss, astrónomo de a bordo, se encontraba bastante deprimido. Habría podido aceptar una catástrofe cualquiera. En una hipernave era imposible cerrar los ojos a la posibilidad de una catástrofe. Estabas preparado, o procurabas estarlo. En todo caso, resultaba más difícil para los pasajeros.
Pero cuando la catástrofe involucraba algo que te desvivías por observar y estudiar, y cuando descubrías que el hallazgo profesional de toda tu vida era precisamente lo que te estaba matando...
Suspiró.
Era un hombre corpulento, con lentes de contacto de color que daban un brillo espurio a unos ojos que en caso contrario habrían armonizado con una personalidad totalmente descolorida.
El capitán no podía hacer nada. Lo sabia. El capitán podía ser un déspota con el resto de la nave, pero los fusionistas eran una ley aparte. Incluso para los pasajeros (pensó con disgusto), el fusionista es el emperador de las rutas espaciales y todos los demás quedan reducidos a la nulidad.
Era una cuestión de oferta y demanda. El ordenador podía sincronizar y calcular el suministro de energía, el lugar y la dirección exactas (si «dirección» significaba algo en la transición de tardión/taquión), pero el margen de error era enorme y sólo un fusionista de talento podía reducirlo.
Nadie sabía de dónde sacaban su talento. El fusionista nacía, no se hacía. Pero los fusionistas sabían que poseían ese talento y sacaban partido de la situación.
Viluekis no era mal tipo, para ser fusionista; aunque eso no fuese decir mucho. Al menos, ellos dos mantenían una relación cordial, a pesar de que Viluekis se había apropiado sin esfuerzo de la más bonita pasajera de a bordo, por mucho que Strauss la hubiese visto primero. (Formaba parte de los derechos imperiales de los fusionistas en viaje.)
Strauss llamó a Anton Viluekis. La comunicación tardó un tiempo, y Viluekis apareció irritado y ojeroso.
— ¿Cómo está el tubo? -preguntó Strauss, en un tono amable.
— Creo que lo apagué a tiempo. Lo he revisado y no veo ningún daño. Ahora tengo que asearme. -Se miró la ropa.
— Al menos no está dañado.
— Pero no podemos usarlo.
— Podríamos usarlo -insistió Strauss-. No sabemos qué sucederá ahí fuera. Si el tubo estuviera dañado, no importaría lo que ocurriese fuera, pero así, si la nube se despeja...
— Si esto, si lo otro... Pues voy a decirte otro «si». Si los estúpidos astrónomos hubierais sabido que esa nube estaba aquí, yo podría haberla evitado.
Eso estaba fuera de lugar, y Strauss no mordió el anzuelo.
— Tal vez se despeje -insistió.
— ¿Cuál es el análisis?
— No es bueno, Viluekis. Es la nube de hidroxilo más densa que se haya observado. No hay en la galaxia, por lo que yo sé, un lugar donde el hidroxilo esté tan concentrado.
— ¿Y no hay hidrógeno?
— Un poco de hidrógeno, por supuesto. Un cinco por ciento.
— No es suficiente. Hay algo más aparte del hidroxilo. Hay algo que me ha causado más problemas que el hidroxilo. ¿Lo detectaste?
— Oh, sí. Formaldehido. Hay más formaldehido que hidrógeno. ¿Comprendes lo que eso significa? Algún proceso ha concentrado el oxigeno y el carbono del espacio en cantidades inauditas, suficientes para consumir el hidrógeno en un volumen de varios años luz cúbicos. No conozco ni puedo imaginar nada que explique semejante cosa.
— ¿Qué estás diciendo, Strauss; que ésta es la única nube de este tipo en el espacio y que yo soy tan tonto que aparezco en ella?
— No digo eso, Viluekis. Sólo digo lo que me oyes decir y no me has oído esas palabras. Pero para salir dependemos de ti. No puedo pedir auxilio porque no puedo apuntar un hiperhaz sin saber dónde estamos. No puedo averiguar dónde estamos porque no puedo localizar ninguna estrella...
— Y yo no puedo usar el tubo de fusión, así que ¿por qué he de ser el villano? Tú tampoco puedes hacer tu trabajo; ¿por qué el fusionista es siempre el villano? Depende de ti, Strauss, depende de ti. Dime adónde dirigir la nave para hallar hidrógeno. Dime dónde está el borde de la nube... ¡O al cuerno con el borde de la nube! Encuéntrame el borde de esta concentración de hidroxilo y formaldehido.
— Ojalá pudiera, pero hasta ahora únicamente puedo detectar hidroxilo y formaldehido, por más que lo intento.
— No podemos fusionar esas sustancias.
— Lo sé.
— Pues bien -arremetió con violencia Viluekis-, aquí tienes una prueba de por qué el Gobierno se equivoca cuando legisla en materia de seguridad en vez de dejar el asunto al criterio de los fusiotistas. Si tuviéramos capacidad de doble salto no habría ningún problema.
Strauss sabía muy bien a qué se refería Viluekis. Siempre existía la tendencia a ahorrar tiempo efectuando dos saltos en rápida sucesión, pero claro, si un salto implicaba incertidumbres inevitables, dos saltos las multiplicaban inmensamente y ni siquiera el mejor fusionista podría hacer gran cosa. El error multiplicado alargaba casi invariablemente el tiempo total de viaje.
Una regla estricta de la hipernavegación imponía como mínimo un día entero de navegación a velocidad de crucero entre un salto y otro (se prefería tres días enteros) para dar tiempo a preparar el siguiente salto con cautela. Para evitar la violación de esa regla, cada salto se efectuaba en unas condiciones que dejaban energía insuficiente para el segundo. Al menos durante un tiempo, las palas debían recoger y comprimir hidrógeno, fusionarlo y almacenar energía hasta que alcanzara para la ignición. Y habitualmente se necesitaba por lo menos un día para almacenar energía suficiente para un salto.
— ¿Cuánta energía te falta, Viluekis? -preguntó Strauss.
— No mucha. Sólo esto. -Viluekis separó apenas unos milímetros el pulgar y el indice-. Pero es suficiente.
— Qué lástima -se lamentó Strauss. El suminastro energético quedaba registrado y podía ser inspeccionado, pero aun así los fusionistas a veces embarullaban los datos y se dejaban margen para un segundo salto-. ¿Estás seguro? Supongamos que activaras los generadores de emergencia, que apagaras todas las luces...
— Y la circulación del aire y los aparatos y el jardín hidropónico. Lo sé, lo sé. He hecho los cálculos, pero no alcanza. ¿Ves para qué sirve esa estúpida regulación de la seguridad?
Strauss logró seguir conteniéndose. Sabia -todos lo sabían- que la Hermandad de Fusionistas fueron los que más impulsaron esa regulación. Un doble salto, a veces exigido por el capitán, a menudo dejaba mal parado al fusionista. Pero al menos había una ventaja: al existir una pausa obligatoria entre salto y salto, quedaba una semana hasta que los pasajeros empezaran a inquietarse y a entrar en sospechas, y en esa semana algo podía cambiar. De momento, no había transcurrido ni un día entero.
— ¿Estás seguro de que no puedes hacer nada con el sistema? ¿No puedes filtrar algunas impurezas?
— ¡Filtrar! No son impurezas, sino todo lo contrario. Aquí la única impureza es el hidrógeno. Escucha, necesitaré quinientos millones de grados para fusionar átomos de carbono y oxigeno, tal vez mil millones. Es imposible y no pienso intentarlo. Si intento algo y no funciona, seria culpa mía, y no voy a correr ese riesgo. De ti depende llevarme hasta el hidrógeno, así que encárgate de ello. Lleva esta nave hasta el hidrógeno. No me importa lo que tardes.
— No podemos ir más deprisa, Viluekis, teniendo en cuenta la densidad del medio. Y a velocidad semilumínica quizá tengamos que viajar durante dos años, tal vez veinte...
— Bien, pues encuentra una salida. O que la encuentre el capitán.
Strauss cortó la comunicación angustiado. No había modo de entablar una conversación racional con un fusionista. Había oído la teoría (postulada con toda seriedad) de que los saltos repetidos afectaban el cerebro. En el salto, cada tardión de materia común se transformaba en un taquión equivalente y, luego, se retransformaba en el tardión original Si la doble conversión adolecía de una mínima imperfección, sin duda el efecto se manifestaría primeramente en el cerebro, el fragmento de materia más complejo de esa transición. Nunca se habían demostrado efectos perniciosos experimentalmente, y los oficiales de las naves no parecían sufrir ningún deterioro que no pudiera atríbuirse al mero envejecimiento. Pero quizá los cerebros de los fusionistas, que les permitían superar por mera intuición a los mejores ordenadores, fueran particularmente complejos y, por ende particularmente vulnerables.
¡Qué diablos ¡No tenía nada que ver! ¡Los fusionistas sólo eran niños malcriados!
Titubeó. ¿Debía tratar de comunicarse con Cheryl? Ella quizá limara las asperezas y, una vez que el nene Viluekis se repusiera de su berrinche, quizá se le ocurriera un modo de activar los tubos de fusión a pesar del hidroxilo.
¿Pero de veras creía que Viluekis podía hacerlo, o simplemente no toleraba la idea de surcar el espacio durante años? Sin duda, las hipernaves se hallaban preparadas para esa eventualidad. En principio, pero nunca se había presentado y los tripulantes -por no hablar de los pasajeros- no estaban preparados para ella.
Pero si hablaba con Cheryl ¿qué podría decirle sin que pareciera una orden para seducirlo? Sólo había pasado un día y aún no estaba dispuesto a hacer de alcahuete por un fusionista
Esperaría. Un tiempo, por lo menos.
Viluekis frunció el ceño. Se sentía mejor después de darse un baño y le complacía haber sido severo con Strauss. No es que el hombre fuese un mal tipo, pero como todos ellos (capitán, tripulantes, pasajeros; todos los imbéciles del universo que no eran fusionistas) quería eludir la responsabilidad. Endósaselo al fusionista era una vieja cantinela, pero él no estaba dispuesto a escucharla.
Toda esa cháchara acerca de una travesía que podía durar varios años era un modo de intimidarlo. Si se pusieran a ello, podían calcular los límites de la nube, y en alguna parte tenía que haber un borde más cercano. Seria demasiada mala suerte haber aparecido justo en el centro. Claro que si habían emergido cerca de un borde y enfilaban hacia el otro...
Viluekis se levantó y se desperezó. Era alto y las cejas le colgaban sobre los ojos como doseles.
¿Y si tardaban años? Ninguna hipernave había viajado durante años. La travesía más larga duró ochenta y ocho días y trece horas. cuando una nave se encontró en una posición desfavorable respecto de una estrella difusa y tuvo que retroceder a la velocidad de la luz antes de poder efectuar el salto.
Habían sobrevivido, aunque fueron tres meses de viaje. Claro que veinte años...
Pero era imposible.
La señal parpadeó tres veces antes de que él se diera cuenta de ello. Si era el capitán, que venía a verlo personalmente, se iba a ir a mayor velocidad que al venir
— ¡Anton!
Esa voz sedosa y apremiante lo tranquilizó. Activó la puerta deslizante, para que entrase Cheryl, y la cerró.
Cheryl tenía unos veinticinco años, ojos verdes, barbilla firme, cabello rojo y opaco y una figura despampanante.
— Anton, ¿ocurre algo malo?
Viluekis no se quedó tan sorprendido como para admitir una cosa así. Hasta un fusionista sabía que no debía hacer revelaciones prematuras a un pasajero.
— En absoluto. ¿Por qué lo preguntas?
— Lo dice uno de los pasajeros. Un hombre llamado Martand.
— ¿Martand? ¿Qué cuernos sabrá él? -Y añadió con suspicacia-: ¿Y por qué escuchas a ese necio? ¿Qué pinta tiene?
Cheryl sonrió dócilmente.
— Es sólo alguien con quien conversaba en el salón. Es un sesentón inofensivo, aunque sospecho que preferiría no serlo. Pero eso no importa. No hay estrellas a la vista. Cualquiera se da cuenta de eso, y Martand dijo que era importante.
— ¿Eso dijo? Estamos atravesando una nube, eso es todo. Hay muchas nubes en la galaxia y las hipernaves las atraviesan continuamente.
— Sí, pero Martand dice que habitualmente se ven estrellas, aun desde una nube.
— ¿Qué cuernos sabrá él? -replicó Viluekis-. ¿Es un veterano del espacio profundo?
— No -admitió Cheryl-. Es su primer viaje, creo. Pero parece saber mucho.
— Seguro. Escucha, aconséjale que cierre el pico. Lo pueden encerrar en solitario por esto. Y no andes repitiendo esas historias.
Cheryl ladeó la cabeza.
— Francamente, Anton, hablas como si hubiera realmente problemas. Louis Martand es un tipo interesante. Es maetro de escuela, de Ciencias Generales del Octavo Curso.
— ¡Un maestro de escuela! ¡Santo Cielo, Cheryl...!
— Pero deberías escucharle. Dice que enseñar a los niños es una de las pocas profesiones en las que debes saber un poco de todo porque los chicos hacen preguntas y huelen las respuestas falsas.
— Pues bien, tal vez tú también debieras especializarte en oler respuestas falsas. Ahora, Cheryl, vete a decirle que se calle o lo haré yo mismo.
— De acuerdo. Pero primero... ¿es verdad que atravesamos una nube de hidroxilo y que el tubo de fusión está apagado?
Viluekis abrió la boca y la volvió a cerrar, poco antes de preguntar:
— ¿Quién te dijo eso?
— Martand. Ya me voy.
— ¡No! -chilló Viluekis-. Espera. ¿A cuántos más les ha dicho eso?
— A nadie. Dice que no quiere sembrar el pánico. Me da la impresión de que yo estaba allí justo cuando él pensaba en ello y supongo que no pudo contenerse.
— ¿Sabe que me conoces?
Cheryl frunció el ceño.
— Me parece que se lo mencioné.
Viluekis resopló.
— No creas que es a ti a quien ese viejo loco intenta apabullar con sus conocimientos. Trata de impresionarme a mi a través de ti.
— En absoluto. Más aún, me pidió que no te contara nada.
— Sabiendo muy bien que vendrías a mí de inmediato.
— ¿Para qué iba a querer él que yo hiciera eso?
— Para ponerme en evidencia. ¿Sabes lo que pasa con los fusionistas? Todos nos tenéis rencor porque nos necesitais, porque...
— ¿Pero eso qué tiene que ver? Si Martand se equivoca, ¿en qué te perjudicaría? Y si está en lo cierto... ¿Está en cierto, Anton?
— Bien, ¿qué dijo exactamente?
— No sé si recuerdo todo -respondió Cheryl pensativamente-. Fue cuando emergimos del salto, algunas horas después. Todos comentaban que no había estrellas a la vista. En la sala todo el mundo decía que pronto habría otro salto porque de nada servía viajar por el espacio profundo sin una buena vista. Por supuesto, sabíamos que deberíamos seguir viaje por lo menos durante un día. Entonces entró Martand, me vio y se acercó para hablarme. Creo que le agrado.
— Y yo creo que él no me agrada -refunfuñó Viluekis-. Continúa.
— Le comenté que un viaje sin vistas resultaba bastante lúgubre y él dijo que seguiría así por un tiempo, y parecía preocupado. Le pregunté que por qué y me contestó que el tubo de fusión estaba apagado.
— ¿Quién le dijo eso?
— Según él, en uno de los lavabos de hombres se oía un zumbido que había dejado de oírse, y que en ese armario de la sala de juegos donde guardan los tableros de ajedrez existía un punto en el que el tubo de fusión entibiaba la pared, y esa pared ahora estaba fría.
— ¿Son ésas las pruebas que tiene?
Cheryl ignoró el comentario y continuó:
— Dijo que no se ven estre las porque estábamos en una nube de polvo y que los tubos de fusión debían de estar parados porque no había hidrógeno suficiente, y que probablemente no hubiera energía suficiente para iniciar otro salto y que si buscábamos hidrógeno tendríamos que viajar durante años para salir de la nube.
Viluekis se enfureció.
— Está sembrando el pánico. ¿Sabes qué...?
— Todo lo contrario. Me pidió que no se lo contara a nadie porque sembraría el pánico y aseguró que no pasaría nada, que sólo me lo contaba en un arranque de entusiasmo porque acababa de deducirlo y quería hablar con alguien, pero que existía una salida fácil y el fusionista sabría qué hacer y no había que preocuparse. Y como tú eres el fusionista se me ocurrió preguntarte que si era verdad lo de la nube y si ya habías solucionado el problema.
— Ese maestrito no sabe nada de nada. Aléjate de él... Oye, ¿te comentó cuál era esa salida fácil?
— No. ¿Tenía que habérselo preguntado?
— No. ¿Por qué ibas a preguntárselo? ¿Qué puede saber él? Pero... En fin, pregúntaselo. Me gustaría saber qué tiene en mente ese idiota. Pregúntale.
Cheryl asintió con la cabeza.
— Le preguntaré. ¿Estamos en apuros?
— ¿Por qué no lo dejas en mis manos? No estamos en apuros mientras yo no lo diga.
Se quedó mirando a la puerta cuando ella se fue, furioso e inquieto. ¿Por qué ese tal Louis Martand, el maestro de escuela, andaba fastidiando con sus elucubraciones?
Si al final resultaba necesario efectuar una larga travesía, habría que explicárselo todo a los pasajeros, pues de lo contrario ninguno sobreviviría. Y Martand proclamaría a voz en cuello...
Viluekis tecleó exasperadamente el número del capitán.
El delgado y pulcro Martand parecía encontrarse siempre a punto de sonreír, aunque su semblante se hallaba marcado por una serena gravedad; una gravedad expectante, como si estuviese a la espera de que su interlocutor le dijese algo muy importante.
— Hablé con el señor Viluekis -le dijo Cheryl-. Es el fusionista. Le repetí todo lo que usted me dijo.
Martand sacudió la cabeza sobresaltado.
— ¡Me temo que no debiste hacerlo!
— Parecía muy disgustado, si.
— Desde luego. Los fusionistas son muy especiales y no toleran que los extraños...
— Ya lo noté. Pero insistió en que no había nada de qué preocuparse.
— Claro que no -dijo Martand, tomándole la mano y palmeándola en un gesto confortante, pero luego no la soltó-. Te dije que existía una salida fácil. Tal vez ya la esté preparando. Aun así, supongo que tardará un rato en pensarlo.
— ¿Pensar en qué? ¿Por qué no habría de pensarlo, si usted lo ha hecho?
— Pero él es un especialista, mi joven damisela. A los especialistas les cuesta salirse de su especialidad. Yo, en cambio, no puedo encajonarme. Cuando organizo una demostración en clase, casi siempre tengo que improvisar. Nunca he estado en una escuela donde haya micropilas protónicas disponibles, y he tenido que preparar un generador termoeléctrico de queroseno para salir de excursión.
— ¿Qué es el queroseno?
Martand se rió con deleite.
— ¿Ves? La gente olvida. El queroseno es un líquido inflamable. Y a menudo he debido usar una fuente de energía aún más primitiva, que es la madera prendida por fricción. ¿Alguna vez lo has visto? Coges una cerilla... -Cheryl puso cara de no entender y Martand decidió olvidar el tema-. Bien, no importa. Sólo trataba de explicarte que ese fusionista tendrá que pensar en algo más primitivo que la fusión y eso le llevará tiempo. Pero yo estoy habituado a trabajar con métodos primitivos. Por ejemplo, ¿sabes qué hay allá fuera?
Señaló la ventana, donde no se veía nada. Se veía tan poco que no había ningún pasajero frente a la ventana panorámica.
— Una nube. Una nube de polvo.
— Ah, pero ¿de qué clase? Lo único que se halla por doquier es el hidrógeno. Es el elemento original del universo y las hipernaves dependen de él. Ninguna nave puede transportar combustible suficiente para efectuar varios saltos o para acelerar y desacelerar repetidamente a la velocidad de la luz. Hay que usar palas para recoger combustible en el espacio.
— ¡Y yo que pensaba que el espacio exterior estaba vacío!
— Casi vacio, querida mía, y ese «casi» es bastante exacto. Cuando viajas a ciento cincuenta mil kilómetros por segundo, se puede sacar y comprimir bastante hidrógeno, aunque haya sólo algunos átomos por centímetro cúbico. Y las pequeñas cantidades de hidrógeno al fusionarse proporcionan la energía que necesitamos. En las nubes, el hidrógeno suele ser aún más denso, pero las impurezas pueden causar problemas, como ocurre en este caso.
— ¿Cómo sabe usted que hay impurezas?
— Porque de lo contrario el señor Viluekis no hubiera apagado el tubo de fusión. Después del hidrógeno, los elementos más comunes en el universo son el helio, el oxigeno y el carbono. Si las bombas de fusión están paradas, significa que falta el combustible, es decir, el hidrógeno, y que hay algo que puede dañar el complejo sistema de fusión. No puede ser helio, que es inofensivo. Tal vez sean grupos de hidroxilo, una combinación de oxigeno e hidrógeno. ¿Entiendes?
— Creo que sí. Estudié Ciencias Cenerales en la universidad y estoy recordando algo. El polvo consiste en grupos de hidroxilo adheridos a granos de polvo sólidos.
— O libres en estado gaseoso. En dosis moderadas, el hidroxilo no es demasiado peligroso para el sistema de fusión, pero los compuestos de carbono sí. El formaldehido es el más probable, y yo estimaría que hay una proporción de uno por cada cuatro hidroxilos. ¿Entiendes ahora?
— No -dijo Cheryl sin rodeos.
— Esos compuestos no se fusionan. Si los calientas a unos pocos cientos de millones de grados, se descomponen en átomos simples y la concentración de oxígeno y carbono daña el sistema. ¿Pero por qué no absorberlos a temperaturas comunes? El hidroxilo se combinará así con el formaldehído después de la compresión, en una reacción química que no causará daño al sistema. Al menos, estoy seguro de que un buen fusionista podría modificar el sistema de tal modo para manipular una reacción química a temperatura ambiente. La energía de la reacción se puede almacenar y, al cabo de un tiempo, habrá suficiente para posibilitar un salto.
— Pero no lo entiendo del todo. Las reacciones químicas producen muy poca energía, comparadas con la fusión.
— Tienes toda la razón, querida. Pero no necesitamos mucha cantidad. El salto anterior nos dejó con energía insuficiente para un segundo salto inmediato, ésas son las normas; pero apuesto a que tu amigo el fusionista se encargó de que faltara la menor cantidad posible de energía. Los fusionistas suelen hacerlo. La escasa cantidad adicional que se requiere para alcanzar la ignición se puede obtener a partir de reacciones químicas comunes. Luego, una vez que el salto nos saque de la nube, una travesía de una semana nos permítirá llenar los tanques de energía y podremos continuar sin problemas. Desde luego...
Martand enarcó las cejas y se encogió de hombros. — ¿Sí?
— Desde luego, si por alguna razón el señor Viluekis se demora, puede haber problemas. Cada día que pasamos sin saltar se consume energía por la vida cotidiana de la nave, y al cabo de un tiempo las reacciones químicas no nos suministrarán la energía necesaria para la ignición. Espero que no tarde demasiado.
— Bien, ¿por qué no se lo dice? Ahora.
Martand mencó la cabeza.
— ¿Decirle algo a un fusionista? Imposible, querida.
— Entonces lo haré yo.
— Oh, no. Sin duda se le ocurrirá a él mismo. Te hago una apuesta, querida. Dile lo que te he dicho y dile también que he dicho que él ya lo había pensado y que el tubo de fusión ya estaba funcionando. Y, por supuesto, si gano...
Martand sonrió. Cheryl también sonrió y dijo:
— Ya veremos.
Martand la siguió con los ojos, sin pensar precisamente en Viluekis. No se sorprendió cuando un guardia apareció de pronto.
— Por favor, acompáñeme, señor Martand.
— Gracias por dejarne termnar -susurró Martand en un tono tranquilo-. Temí que no me lo permitiera.
El capitán tardó unas seis horas en recibirlo. Martand estaba encarcelado (así lo entendía él) en solitario, pero la situación no era molesta. Finalmente lo recibió el capitán, que parecía más fatigado que hostil.
— Me han comunicado que usted difundía rumores destinados a sembrar el pánico entre los pasajeros. Es una acusación grave.
— Hablé con una sola pasajera, señor, y con un propósito.
— En efecto. Le pusimos de inmediato bajo vigilancia y tengo un informe bastante completo de la conversación que usted entabló con Cheryl Winter. Fue la segunda conversación sobre el tema.
— Si.
— Al parecer, usted deseaba que lo esencial de la conversación le fuera comunicado al señor Viluekis.
— Si, señor.
— ¿No pensó en acudir personalmente al señor Viluekis?
— Dudo que me hubiera escuchado.
— ¿Por qué no acudió a mi?
— Tal vez usted me hubiera escuchado, pero ¿cómo le hubiera pasado la información al señor Viluekis? También tendría que haber recurrido a la señorita Winter. Los fusionistas tienen sus peculiaridades.
El capitán asintió distraídamente.
— ¿Qué esperaba usted que ocurriera cuando la señorita Winter le pasara la informaci6n al señor Viluekis?
— Tenía la esperanza de que él se mostrara menos a la defensiva con la señorita Winter que con otras personas, que se sintiera menos amenazado. Esperaba que se echara a reír y dijera que era una idea sencilla, que ya se le había ocurrido a él mucho antes y que las palas ya estaban trabajando con el propósito de generar la reacción química. Luego, en cuanto se librara de la señorita Winter, activaría las palas a toda prisa y le comunicaría la decisión a usted, señor, omitiendo toda referencia a mi persona o a la señorita Winter.
— ¿No pensó que podría desechar la idea como impracticable?
— Existía ese riesgo, pero no ocurrió así.
— ¿Cómo lo sabe?
— Porque media hora después de mi detención las luces de la habitación donde me hallaba se pusieron más tenues y no recobraron el brillo. Supuse que el gasto de energía de la nave se estaba reduciendo al mínimo, y también supuse que Viluekis se estaba valiendo de todo el suministro disponible con el fin de que la reacción química le proporcionara energía para la ignición.
El capitán arrugó el entrecejo.
— ¿Por qué estaba tan seguro de poder manipular al señor Viluekis? Sin duda usted nunca ha tratado con fusionistas.
— Ah, pero enseño en octavo curso. He tratado con otros niños.
El capitán permaneció impertérrito unos instantes, pero al fin sonrió.
— Usted me resulta simpático, señor Martand, pero eso no va a ayudarle. Sus expectativas se cumplieron, casi tal como usted esperaba. ¿Pero entiende usted las consecuencias?
— Las entenderé si usted me lo explica.
— El señor Viluekis tuvo que evaluar su sugerencia y decidir al instante si era práctica. Hubo de introducir varios ajustes en el sistema para permitir reacciones químicas sin eliminar la posibilidad de una fusión futura. Tenía que determinar el máximo porcentaje con seguridad de reacción, la cantidad de energía almacenada que debía ahorrar, el punto en que la ignición se podría intentar sin peligro, y la clase y la índole del salto. Todo se debía hacer deprisa y sólo un fusionista podía hacerlo. Más aún, no cualquier fusionista podía hacerlo. Viluekis es excepcional incluso entre los fusionistas. ¿Entiende?
— Perfectamente.
El capitán miró al reloj de la pared y activó su ventana.
El cielo estaba tan negro como en los dos últimos días.
— El señor Viluekis me ha informado de la hora en la que intentaremos la ignición para el salto. Piensa que funcionará y confío en su juicio.
— Si se equivoca -dijo sombríamente Martand-, tal vez nos encontremos en la misma situación que antes, sólo que privados de energía.
— Lo sé, y como tal vez usted se sienta algo responsable por haber metido la idea en la cabeza del fusionista pensé que le gustaría compartir estos escasos momentos de espera que nos quedan.
Ambos hombres callaron, observando la pantalla, mientras los segundos y los minutos pasaban deprisa. Hanson no había mencionado el momento justo, así que Martand no tenía modo de saber cuán inminente era. Únicamente podía mirar de soslayo al capitán, que conservaba un semblante deliberadamente inexpresivo.
Y luego sintió ese extraño retortijón que desaparecía de inmediato, como una contracción en la pared abdominal. Habían saltado.
— ¡Estrellas! -exclamó Hanson con un jadeo de satisfacción. Una explosión de astros iluminaba la pantalla y Martand no recordaba haber presenciado un espectáculo más agradable en toda su vida-. Y en el segundo exacto. Una magnífica tarea. Ahora carecemos de energía, pero nos reabasteceremos en unos días y durante ese tiempo los pasajeros tendrán la posibilidad de contemplar las vistas.
Martand se sentía demasiado aliviado para poder hablar.
El capitán se volvió hacia él.
— Bien, señor Martand. Su idea fue meritoria. Podria argumentarse que ha salvado la nave y a todos sus ocupantes. También se podría argumentar que al señor Viluekis se le habria ocurrido pronto. Pero no habrá discusiones sobre ello, pues la participación de usted no se puede difundir. El señor Viluekis realizó la tarea y fue un alarde de virtuosismo, aunque usted la haya inspirado. El recibirá los elogios y los grandes honores. Usted no recibirá nada.
Martand calló un instante.
— Entiendo -dijo al fin-. Un fusionista es indispensable y yo no cuento para nada. Si se lastima el orgullo del señor Viluekis, puede volverse inútil para usted, y usted no puede perderlo. En cuanto a mí..., bien, que sea como usted dice. Hasta pronto, capitán.
— No tan deprisa. No podemos confiar en usted.
— No diré nada.
— Tal vez no tenga la intención, pero eso no basta. No podemos correr el riesgo. Durante el resto del vuelo permanecerá en arresto domiciliario.
— ¿Por qué? -exclamó Martand-. Le he salvado a usted y a la maldita nave... y al fusionista.
— Exactamente por eso. Por salvarlo. Así funcionan las cosas.
— ¿Dónde está la justicia?
El capitán sacudió lentamente la cabeza.
— Es un bien raro, lo admito, y a veces demasiado costoso. Ni siquiera podrá regresar a su habitación. No verá a nadie durante el testo del viaje.
Martand se frotó la barbilla.
— No creo que lo diga literalmente, capitán.
— Me temo que sí.
— Pero hay otra persona que podría hablar... accidentalmente y sin proponérselo. Será mejor que también ponga a la señorita Winter bajo arresto domiciliario.
— ¿Y que duplique la injusticia?
— La mutua compañía es un buen consuelo para los infortunados -sugirió Martand.
Y el capitán sonrió.
— Tal vez tenga usted razón -dijo.
Save as PDF