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james graham ballard

esperaré en murak (es)

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Lo que Henry Tallis, mi predecesor en el Radio Observatorio de Murak, sabía en realidad, no puedo decirlo. Daba la impresión de saberlo todo y de que aquellas tres semanas que estuvo conmigo en la estación enseñándome —cosa que podía haber hecho fácilmente en tres días—, fueron únicamente para decidir si contármelo o no. Lo cierto es que nunca lo hizo, y este juicio implícito en contra mía es una de las cosas que no he comprendido nunca.
Recuerdo que el primer día después de mi llegada a Murak me hizo una pregunta que me ha tenido preocupado desde entonces.
Estábamos en la sala del observatorio, contemplando los arenosos escollos y los conos fósiles de la jungla de volcanes, mientras caía el falso crepúsculo; la gran cúpula acerada del telescopio, de setenta metros de diámetro, enfocaba, sobre nosotros, su ojo al espacio.
—Dígame, Quaine —me preguntó Tallis de improviso—: ¿dónde le gustaría estar cuando llegue el fin del mundo?
—En realidad —admití—, no he pensado mucho sobre eso. ¿Es que es urgente?
—¿Urgente? —sonrió burlón—. Espere a estar un poco más tiempo.
El estaba casi a punto de acabar su período en el observatorio y supuse que se refería a la desolación reinante a nuestro alrededor y que, después de quince años, iba a dejar a mi único cuidado. Más adelante, desde luego, me di cuenta de lo equivocado que estaba cuando juzgué, erróneamente, la complicada personalidad de Tallis.
Era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto ascético, moderado y pensativo. Le vi por vez primera al desembarcar de la nave que me había trasladado a Murak. En lugar de esperarme en la rampa, permaneció sentado en su coche oruga, cien metros más allá, en el límite del puerto, contemplando, a través de sus gafas oscuras, cómo yo cogía mis maletas bajo un sol ardiente, con las piernas pesadas por la masiva desaceleración y moviéndome en una gravedad desconocida.
El gesto parecía característico. Tallis era reservado y sarcástico, todo lo que decía tenía el mismo tono deliberadamente ambiguo y el mismo aire de misterio. No es que Tallis estuviera enfermo: nadie puede pasar quince años, ni siquiera seis meses, abandonado, virtualmente solo, en una remota escoria planetaria como Murak, sin desarrollar unas costumbres especiales. En efecto, pronto me convencí de que lo más curioso en Tallis era lo bien que había sabido conservar su cordura.
* * *
Escuchó con atención las últimas noticias de la Tierra.
—Las próximas naves sin piloto al Próximo Centauro están proyectadas para el dos mil doscientos cincuenta... La Asamblea de la ONU en el lago Success se ha declarado Estado soberano... La suspensión de la conmemoración del Día V-R... Debe de haber oído esto en todas las radios.
—No tengo radio aquí —dijo Tallis—. Únicamente la de arriba, y esa está sintonizada con la gran red espiral de Andrómeda. En Murak escuchamos solo las noticias importantes.
Comprendí que cuando las noticias llegaran a Murak, aun las más importantes, tendrían un millón de años de antigüedad; pero aquella primera tarde estaba preocupado tratando de adaptarme al desconocido planeta: la densidad de su atmósfera era notablemente alta; con una gravedad levemente elevada (1,2 E) y tenía una temperatura horrible, que oscilaba entre treinta grados bajo cero y ciento sesenta grados sobre cero; debía preocuparme también de programar algunas actividades para pasar las dieciocho horas diarias de Murak.
Sobre todo estaba la perspectiva de dos años de aislamiento absoluto.
Únicamente diez kilómetros del planeta estaban colonizados. El observatorio estaba situado en la primera colina que marcaba el límite de la Selva de volcanes apagados, que aumentaba hacia el sur del ecuador de Murak. El observatorio consistía en un telescopio gigante y algunos edificios anexos con cúpulas de asbesto, donde se alojaban el archivador automático de datos, el generador y refrigerador, además de diversos almacenes con repuestos para vehículos, talleres, etc.
El observatorio se bastaba a sí mismo en lo referente a energía eléctrica y agua. En las granjas sitas en las colinas cercanas había baterías solares que habían sido colocadas en una extensión de un cuarto de kilómetro; los millares de elementos centelleaban a la luz del sol como un campo de diamantes, extrayendo energía del sol y aplicándola a las dínamos. En otra colina, con su boca permanentemente abierta en la cara de la roca, una corriente de agua sintética se arrastraba con lentitud por la corteza del desierto, extrayendo oxígeno e hidrógeno combinado a la superficie de los minerales.
—Tendrá usted mucho tiempo libre —me había dicho el diputado director del Instituto Astrográfico de Ceres cuando firmaba el contrato—. Es todo rutinario: pasar la corriente al campo del reflector y a las unidades del proceso, pero sin necesidad de tocar el telescopio. Un gran cerebro electrónico hace todo lo más importante grabando los datos en un programa de dos mil horas. Traerá el envase con usted a su regreso.
—Así que, excepto apartar la arena de la puerta, ¿no tengo nada más que hacer? —comenté.
—Y recibirá un sueldo además. Probablemente no tan elevado como usted merece. Dos años parecen mucho tiempo, aun con dos períodos de descanso. Pero no tenga miedo de volverse loco. No está solo en Murak. Usted nos cuesta dos mil libras esterlinas para ser exactos. Sin embargo, dijo que tenía que escribir una tesis. Puede usted hacerlo allí. Tallis, el observador a quien usted va a relevar, fue allí en el año dos mil doscientos tres solo por dos años, como usted, y ha estado quince. El le enseñará todo. Es un hombre encantador en todos los sentidos, aunque quizá un poco extravagante.
Tallis me llevó al día siguiente al puerto para recoger mi pesado e inútil equipaje.
—Murak —señaló mientras su viejo Chrysler se agitaba sobre la ceniza que cubría la carretera metálica.
Cruzamos una serie de antiguos lagos de lava, unos discos de color gris mate de medio kilómetro de anchos, con sus lechos alterados por los incontables meteoros que habían caído en Murak durante un millón de años. En la distancia se distinguían un grupo de cobertizos y tres altos ascensores de mineral.
—Supongo que le habrán advertido. Hay solo un un almacén, una radio y la concesión mineral. Las últimas estadísticas fidedignas fijan la población de este planeta en siete habitantes.
Yo contemplaba a mi alrededor el desierto, agrietado por el calor, y las masas de conos volcánicos amarillentos en la arena caliza. Eran las cuatro, hora local —a primera mañana—, pero la temperatura era ya de más de ochenta grados. Marchábamos con las ventanillas cerradas, las cortinillas corridas y el refrigerador funcionando ruidosamente.
—Debe de ser muy divertido el sábado por la noche —comenté—. ¿No hay nada más aquí?
—Las tormentas térmicas, y a media tarde una temperatura de ciento sesenta grados.
—¿A la sombra?
Tallis rió.
—¿Sombra? Debe de tener usted un gran sentido del humor. No hay sombra en Murak. No lo olvide. Media hora después del mediodía, la temperatura asciende a razón de dos grados por minuto. El estar fuera de casa significa tanto como suicidarse.
Murak era un sucio agujero. En la parte trasera del almacén los molinos de mineral y las vagonetas de las plantas de extracción resonaban y crujían. Tallis me presentó al agente, un viejo malhumorado llamado Pickford, y a dos jóvenes ingenieros, ocupados en un nuevo nivelador. Nadie habló nada. Nos saludamos brevemente, pusimos mi equipaje en el asiento trasero y regresamos al observatorio.
—Un grupo de taciturnos —dije—. ¿Qué es lo que extraen?
—Tántalo, colombio y tierras raras. Un trabajo abrumador; las concentraciones son muy difíciles de trabajar. Vinieron a Murak tentados por unas comisiones fabulosas, pero se conforman con completar la mínima señalada.
—No puede sentir usted dejar esto. ¿Cómo ha podido aguantar aquí quince años?
—Me llevaría otros quince años explicárselo —replicó Tallis—. Me gustan las colinas desiertas y los lagos vacíos.
Hizo algunos comentarios, y al ver que yo no quedaba satisfecho tomó un puñado de arena del asiento y lo dejó escurrirse entre sus dedos.
—Tierra arcaica. Pura roca. Escupa sobre ella y todo puede ocurrir. Quizá me comprenderá si le digo que he estado esperando la lluvia.
—¿Lloverá alguna vez?
—Dentro de dos millones de años; así me lo dijo alguien que vino aquí.
Hizo esta afirmación completamente en serio.
Durante los días siguientes, mientras hacíamos el inventario de los almacenes y equipos y recorríamos las instalaciones, comencé a preguntarme si Tallis no habría perdido su sentido del tiempo. La mayoría de los hombres abandonados por un período indefinido desarrollan alguna ocupación: ajedrez o cualquier otro pasatiempo, como tallar maderas con una navaja. Pero Tallis, por lo que yo podía apreciar, no había hecho nada. La cabina, un edificio de tres pisos con cúpula construido alrededor de una columna refrigerada central, era sobria y confortable. La única ocupación de Tallis parecía ser la contemplación de la selva volcánica. Era casi una actividad obsesiva: toda la mañana y parte de la tarde las pasaba en el salón mirando los cientos de conos extinguidos, visibles desde el observatorio; sus colores recorrían el espectro, desde el rojo al violeta, según el día iba dejando paso a la noche.
La primera indicación reveladora de lo que Tallis miraba llegó una semana antes de su marcha. Había empaquetado sus cosas y estábamos limpiando uno de los almacenes cercanos al telescopio. En la oscuridad, entre un montón de ventiladores, cadenas de tractor y bidones de cerveza, había un juego de pedales para mover un refrigerador, unos enormes sacos engorrosos, cajas y ciclo de engranajes operados a mano.
—¿Ha usado eso alguna vez? —pregunté a Tallis, presintiendo lo que la falta de un generador podría significar allí.
Movió su cabeza.
—Son los restos de un equipo que estuvo trabajando en los volcanes. Hay un campamento entero amontonado en estos cobertizos, en caso de que quiera irse a pasar el fin de semana o de safari.
Tallis estaba en la puerta. Moví la linterna y estuve a punto de apagarla cuando vi algo que brillaba en el suelo. Fui hacia el revoltijo, encontrando un pequeño cofre de aluminio, de unos sesenta centímetros de largo por treinta de alto. En la parte trasera tenía una batería, un termostato y un selector de temperatura. Era un recuerdo típico de una expedición montada sin mirar su coste. Probablemente sería una coctelera o algo así. Grabadas en letras de oro estaban las iniciales «C. F. N.».
Tallis vino hacia mí.
—¿Qué es eso? —preguntó duramente, encendiendo su linterna.
Yo podía haber dejado la caja donde la encontré; pero hubo algo en la voz de Tallis, una inflexión distinta, de asombro, que me hizo sacarla a la luz del sol.
Limpié el polvo que la cubría con Tallis a mi espalda. La abrí. Dentro había un pequeño magnetófono, un carrete y un micrófono telescópico que quedaba a poca distancia de mi boca. Era una pieza magnífica, una estupenda joya hecha a mano por algún especialista, y que costaría por lo menos quinientas libras esterlinas, aparte de la caja.
—Estupendamente equipada —señalé a Tallis—. La cámara de aire está aún intacta.
Pasé mis dedos sobre el indicador de velocidades y el selector de seis canales que estaba sobre él. Estaba equipado con un selector de sonidos mediante el cual se podía detectar cualquier ruido, desde el vuelo de una mosca al paso de una cigüeña.
El carrete con la cinta se había perdido, y me pregunté si podía haber desaparecido con él, cuando vi que alguien se me había adelantado. La cinta había sido arrancada tan rudamente que uno de los carretes había salido de su cojinete. El otro estaba vacío y solo había unos fragmentos de la cinta perdida.
—El que lo haya hecho tenía prisa —comenté en voz alta.
Cerré la tapa, limpié con mis dedos las iniciales y añadí:
—Debe de pertenecer a alguno de los miembros de la expedición C. F. N. ¿Quiere llevárselo para devolvérselo?
Tallis me miró pensativo.
—Creo que los dos miembros de la expedición murieron aquí. Hace ya dos años.
Me habló del incidente. Dos geólogos de Cambridge había negociado con el Instituto la ayuda de Tallis para establecer un campamento dentro de la selva volcánica, donde trabajarían durante un año analizando los materiales del centro del planeta. El coste del flete de un vehículo a Murak era prohibitivo; por eso Tallis había transportado todo el equipo al campamento.
—Solía visitarlos una vez por mes, con latas de Combustible, agua y suministros. La primera vez todo iba bien. Los dos tenían unos sesenta años, pero soportaban bien el calor. El campamento y el laboratorio estaban en terreno liso y tenían un pequeño transmisor para casos de urgencia. Los vi tres veces más. En mi cuarta visita se habían evaporado. Pensé que habrían salido durante una semana. Todo estaba en orden. El transmisor funcionaba, y no faltaban ni agua ni combustible. Por eso deducí que habrían ido a recoger algunas muestras, se habían perdido y habían muerto a causa de la elevada temperatura de la tarde.
—¿No encontró nunca sus cuerpos?
—No. Estuve buscándolos, pero en la selva volcánica los contornos del piso del valle cambian de hora en hora. Lo notifiqué al Instituto, y dos meses después vino un inspector de Ceres. Recorrí los alrededores con él, sin ningún fruto. Certificó sus muertes y me ordenó que desmantelara el campo y lo trajese aquí. Había pocas cosas personales; pero no he oído nada sobre si tenían amigos o parientes.
—Trágico —comenté.
Llevé el magnetófono al cobertizo. Era la una de la tarde, y el sol que caía sobre el tejado parecía un líquido de fuego.
Me volví hacia Tallis y le dije:
—¿Qué esperaban encontrar en la jungla? El carrete con la cinta se ha perdido.
—¿De verdad? ¿Qué quiere sugerir?
—Nada. Es curioso. Me sorprende que no hubiese nada más que una investigación.
—¿Por qué? Venir aquí cuesta ochocientas libras esterlinas desde Ceres, que es el punto más cercano, y más de tres mil desde la Tierra. Trabajaban privadamente. ¿Por qué gastar tiempo y dinero en lo que estaba perfectamente claro?
Intenté sonsacar a Tallis para que me proporcionara más detalles; pero sus últimas palabras parecían cerrar el episodio. Comimos en silencio; después recorrimos las granjas solares, reemplazando los pares térmicos quemados. Iba a quedarme solo, con una cinta perdida, dos muertos y la vaga sospecha de que algún secreto los unía.
En los días siguientes esperé que Tallis me revelara alguna clave del enigma tejido a su alrededor.
Supe algo que me dejó atónito.
Le pregunté acerca de sus planes para el futuro. Eran indefinidos; dijo vagamente algo sobre unas vacaciones, pero todo sin energía, como si no le agradara su retiro. En los últimos días, poco antes de su partida, todo su pensamiento estaba fijo en la selva volcánica. Desde muy temprano hasta última hora de la noche, permanecía sentado, silencioso, en su silla, mirando el fantasmagórico panorama de los conos, sumido en algún mar de tiempo privado.
—¿Cuándo regresará? —pregunté, en parte burlón y en parte curioso por saber por qué dejaba Murak.
Tomó la pregunta en serio.
—Creo que no volveré. Quince años es mucho tiempo, casi el límite de lo que uno puede pasar sin interrupción en un mismo sitio. Después de eso, uno se encuentra institutionalizado...
—¿Sin interrupción? —le interrumpí—. ¿No ha disfrutado sus permisos?
—No. Estuve ocupado aquí.
—¡Quince años! —exclamé—. Dios mío, ¿por qué? ¿Y precisamente aquí! ¿Y qué quiere decir «ocupado»? Ha estado sentado aquí, esperando para nada. ¿Qué esperaba encontrar, de todas formas?
Tallis sonrió evasivamente, intentó decir algo, pero después juzgó más oportuno no hacerlo.
* * *
Las preguntas llovían a su alrededor. ¿Qué esperaba? ¿Podían estar aún vivos los geólogos? ¿Qué esperaban para regresar o hacer alguna señal? Mientras le veía pasear por la cabina en su última mañana en Murak me iba convenciendo de que había algo que no quería decirme. Miraba el desierto casi de un modo melodramático, retrasando su partida hasta escuchar la sirena de aviso en el puerto. Cuando subíamos al oruga, yo esperaba ver aparecer los ardientes espectros de los dos geólogos, saliendo amenazadores de la selva de volcanes, lanzando gritos de muerte y venganza. Estrechó calurosamente mi mano antes de subir a bordo.
—¿Ha anotado bien mi dirección? ¿Seguro?
Por alguna razón, lo que confundió mis sospechas, había insistido en que el Instituto y yo estuviéramos en contacto con él.
—No se preocupe —contesté—. Le comunicaré si llueve.
Me miró sombríamente.
—No espere demasiado.
Sus ojos se volvieron hacia el Sur y su vista se perdió en el horizonte, en las colinas que marcaban el fin del mar de conos. Y añadió:
—Dos millones de años es mucho tiempo.
Cogí su brazo mientras caminábamos hacia la rampa.
—Tallis —le pregunté—, ¿qué es lo que espera? Hay algo aquí, ¿verdad?
Se apartó de mí, mirando su reloj de pulsera y diciendo solo:
—¿Qué?
—Ha estado intentando decírmelo toda la semana —insistí—. Dígamelo ya, hombre.
Movió su cabeza, murmuró algo acerca del calor y desapareció rápidamente por la pasarela.
Yo comencé a gritar:
—¡Esos dos geólogos viven!
Pero la sirena sonó y Tallis desapareció en la cabina de pasajeros, mientras la tripulación retiraba la escala.
Permanecí en el puerto hasta que la nave despegó, esperando hasta el último momento que Tallis me diera una explicación. Media hora más tarde se había ido.
* * *
En los días siguientes Tallis comenzó a obsesionarme. Gradualmente iba al observatorio e inventaba nuevas rutinas para pasar el tiempo siempre en movimiento. Mayer, el metalúrgico de la mina, venía muchas tardes a jugar al ajedrez y a olvidar las bajas cantidades extraídas. Era un hombre grande, musculoso, de unos treinta y cinco años, que odiaba el clima de Murak, geólogo y buen compañero, un poco rudo, pero el tipo de tónico que yo necesitaba tras la sobredosis de Tallis.
Mayer había visto a mi antecesor solo una vez, y no había oído hablar nunca de la muerte de los dos geólogos.
—¿Qué buscarían esos locos? Desde luego, nada relacionado con la geología. Murak no tiene nada.
Pickford, el viejo agente del almacén, era la única persona en Murak que recordaba a los dos hombres; pero el tiempo había casi borrado sus recuerdos.
—Eran vendedores —me dijo, cargado su pipa—. Tallis hizo mucho trabajo para ellos. Y nunca más han venido tratando de vender todos esos libros.
—¿Libros?
—Cajas llenas. Biblias, si no recuerdo mal.
—Podían ser libros de texto —sugerí—. ¿No los ha visto?
—Desde luego —respondió—. Lujosos, bien encuadernados, caros. «No podrán venderlos aquí», les dije.
Esto sonaba exactamente igual que una obra del más puro humor académico. No imaginaba a Tallis y a los científicos riéndose de Pickford y enseñándole algunos de sus libros como si fueran representantes.
* * *
Supongo que yo habría olvidado todo el episodio, de no haber encontrado unos mapas hechos por Tallis que de nuevo despertaron mi interés. Había unos veinte mapas, de un radio de treinta y cuatro kilómetros del observatorio, y que comprendían la selva de volcanes. Uno de ellos tenía una señal, que comprendí debía ser el campamento de los geólogos y la ruta a seguir para llegar hasta él desde el observatorio. El campamento estaba justamente a dieciséis kilómetros, en un terreno rugoso, pero no difícil de alcanzar para un coche oruga.
Sospechaba que me estaba preocupando inútilmente. La dirección de una flecha en un mapa, la débil sugestión de una misteriosa X, y yo partiría como un cohete tras una mina o dos tumbas misteriosas. Estaba casi seguro de que Tallis no había sido responsable, ni siquiera por negligencia o descuido, de la muerte de los dos hombres, pero aún quedaba un gran número de preguntas sin respuesta.
Al amanecer el día siguiente subí al oruga, metí mi pistola de llama en la pistolera y partí para recomendar a Pickford que estuviera a la escucha de alguna llamada, con la contraseña «Primero de mayo», procedente del transmisor del Chrysler.
Después saqué el oruga fuera del recinto del observatorio y me dirigí hacia un camino entre dos granjas de baterías, siguiendo la ruta marcada en los mapas. A mi espalda, el telescopio movía lentamente sus bujías, con su gran oído de acero pendiente de Cefeo. La temperatura era baja, diecisiete grados, una temperatura muy baja para Murak; el cielo tenía un tono cereza, cortado por franjas de índigo que arrojaba luces violetas en dirección de los conos gris ceniza de la selva.
Pronto quedó atrás el observatorio, oscurecido por el polvo. Pasé el sintetizador de agua, y en menos de veinte minutos llegué al primer cono, un gigante blanco de sesenta metros de altura, y, rodeándolo, entré en el primer valle. A ciento cincuenta metros, en las sombras, los volcanes parecían una manada de enormes elefantes, separados por los estrechos y polvorientos valles, algunos de solo noventa metros, y aquí y allá el lecho de un lago de lava fósil. Procuré seguir las huellas dejadas por el Chrysler en sus viajes anteriores.
Llegué al lugar pasadas tres horas. Lo que había sido el campamento estaba en una especie de playa mirando a uno de los lagos; se reducía a una pequeña colección de bidones de combustible y vacíos tanques de agua, casi enterrados en el polvo arrastrado por las brisas. En el extremo más lejano del lago, los conos se extendían hacia el Sur. Detrás, un grupo de agudos riscos se recortaban contra el cielo.
Caminé hacia el campamento, en busca de algún rastro de los geólogos. Una mesa metálica de campo, muy estropeada, estaba en el suelo. La volví y no encontré nada, excepto un cuaderno de notas y un teléfono, con el receptor sólidamente unido a la horquilla.
Tallis había recogido aquello demasiado bien.
La temperatura estaba ya por encima de los cien grados cuando volví a subir al oruga, y un par de kilómetros más adelante tuve que detenerme, porque la unidad de refrigeración estaba agotando la bujía y atascaba el motor. La temperatura fuera era de 130 grados. El cielo parecía una concha, reflejado en los conos a mi alrededor, de tal forma que parecía echarme encima cera derretida.
Conseguí arreglarlo de forma que el antiguo motor proveyera aún de energía al refrigerador. Tardé casi una hora en regresar, oyendo constantemente el rugido del motor, con el pie derecho dormido, y pensando en Tallis y en los dos geólogos.
Aquella tarde estaba algo quemado por el sol y determiné empezar a escribir mi tesis.
Una tarde, dos o tres meses después, mientras jugábamos al ajedrez, Mayer dijo:
—He visto a Pickford esta mañana. Me dijo que tenía algo que enseñarle.
—¿Video tipos?
—Biblias. Creo que fue eso lo que dijo.
Fui a ver a Pickford en cuanto bajé a la colonia. Estaba en la sombra, tras el mostrador, con un traje sucio y arrugado.
—Esos vendedores por los que preguntaba —explicó—. Le dije que vendían Biblias.
Asentí.
—¿Y bien?
—He encontrado algunas.
—¿Puedo verlas? —dije, apagando mi cigarrillo.
Me señaló el final del mostrador con su pipa.
—Al final.
Le seguí por entre los estantes, llenos de ventiladores, radios y televisores, todos modelos anticuados, importados años antes para servir a unos colonos de Murak que no habían llegado nunca.
—Aquí están.
Contra la pared del almacén había tres cajas de madera con tapa metálica. Pickford buscó algo para abrirlas.
—Creo que usted comprará alguna.
—¿Cuánto tiempo llevan aquí?
—Casi un año. Tallis olvidó recogerlas. Las encontré la semana pasada.
Dudoso, pensé: «Más probable era que él las hubiera ocultado.» Esperé que la abriera. Pickford levantó los precintos con cuidado, y un grupo de libros encuadernados en piel negra con adornos de marroquinería quedó al descubierto.
Tomé uno de ellos y acerqué el lomo a la luz.
Era una Biblia, como Pickford había dicho. Debajo había una docena más.
—Estaba usted en lo cierto —le dije.
Pickford cogió una silla y se sentó sin dejar de mirarme.
Cogí otra Biblia. Era la versión autorizada del rey James. Una etiqueta del volumen cayó al suelo, y me di cuenta de que no procedían de ninguna biblioteca particular.
Las encuadernaciones eran distintas. El siguiente volumen que cogí era un ejemplar de la Vulgata.
—¿Cuántas cajas dejaron? —le pregunté.
—¿De Biblias? Con esta, catorce o quince. Las encargaron todas antes de partir. Esta era la última.
Sacó otro volumen y dijo:
—Buenas condiciones, ¿eh?
Era un Corán.
Continué sacando volúmenes, y Pickford me ayudó a colocarlos en los estantes. Cuando acabé había noventa en total: treinta y cinco Biblias (veinticuatro versiones autorizadas y once Vulgatas), quince ejemplares del Corán, cinco del Talmud, diez del Bhagavat Gita y veinticinco del Upanishads.
Tomé un ejemplar de cada uno y pagué diez libras a Pickford.
—Si alguna vez desea más, quizá pueda hacerle un descuento.
* * *
Cuando Meyer vino aquella tarde, en seguida vio los seis volúmenes en mi mesa.
—Los ejemplares de Pickford —le expliqué.
Le dije también que habían encontrado la caja en el depósito y que había sido entregada por los geólogos después de su llegada.
—Según él, tenían un total de quince cajas. Todas Biblias.
—Es un viejo.
—No. Su memoria es buena. Había otras cajas, puesto que esta estaba allí y él sabía que contenía Biblias.
—Quizá fueran vendedores.
—Lo cierto es que no eran geólogos. ¿Por qué diría Tallis que lo eran? Además, ¿por qué no mencionó él nunca esas Biblias?
—Tal vez las había olvidado.
—¿Quince cajas de Biblias? ¿Qué harían con ellas?
Mayer se encogió de hombros.
—¿Quiere que me ponga en contacto con radio Ceres?
—Todavía no. No hay nada que comunicar.
—Puede haber una recompensa. Probablemente cuantiosa. ¡Podría volver a casa!
—Tranquilícese; primero hay que averiguar qué hacían aquí esos geólogos, por qué encargaron esa fantástica cantidad de Biblias. Por lo que quiera que fuere, juraría que Tallis lo sabía. Al principio pensé que debieron haber descubierto una mina y fueron eliminados por Tallis: esa cinta magnetofónica era sospechosa. O también pudieron fingir sus propias muertes, de forma que pudieran pasar un par de años trabajando la mina, utilizando a Tallis como proveedor. Pero todas esas Biblias significan que debemos comenzar a pensar de una forma completamente distinta.
Durante tres días, pendiente del reloj, descansando solo un poco para dar una cabezada en el asiento del Chrysler, exploré la selva de volcanes, recorriendo todo el laberinto de valles, trepando a la cresta de cada cono, explorando con cuidado cada vena de cuarzo, cada risco o cueva que pudiera esconder lo que yo buscaba.
Mayer se encargaba del observatorio, yendo allí todos los días por la tarde. Me ayudó a reacondicionar un viejo generador Diesel que encontramos en uno de los almacenes, y que colocamos en el asiento trasero para dar a la cabina el calor necesario para soportar los treinta grados bajo cero nocturnos y alimentar los tres grandes faros, que colocamos en el techo. Hice dos viajes con combustible al campamento, limpiándolo y convirtiéndolo en mi base.
En la inmensa franja de arena de la selva volcánica calculamos que un hombre de sesenta años podía caminar, como mucho, un kilómetro y medio en una hora, y en dos horas dada la temperatura de setenta grados. Esto significaba que, dondequiera que se encontraran sus cuerpos, tenía que ser en unos veinte kilómetros cuadrados, sin incluir el regreso.
Exploré los volcanes todo lo minuciosamente que pude, marcando cada cono y los valles adyacentes en el mapa, según los iba recorriendo, a una velocidad de ocho kilómetros por hora y con el motor del coche rugiendo sin cesar, desde la tarde, cuando los valles se llenaban de fuego y parecía que la lava corría por ellos de nuevo, hasta la medianoche, en que los conos parecían enormes montañas óseas, sombríos cementerios, presididos por las fantásticas columnatas y galerías de arena, suspendidas de las orillas del lago como catedrales invertidas.
Forcé el Chrysler, bajando el parachoques para desarraigar cualquier peñasco o roca sospechosos que pudieran esconder una mina, martillando entre las dunas de arena blanca que levantaba nubes alredor del oruga, nubes que parecían polvo de seda.
No encontré nada. Los promontorios y los valles estaban desiertos; los cráteres, vacíos; su suelo, hundido con meteoros, rocas sulfurosas y polvo cósmico.
Decidí esperar otro día más, y descansé un poco.
—Voy a regresar —comuniqué a Mayer con el transmisor—. No hay nada. Recogeré el combustible que hay aquí y le veré para el desayuno.
La aurora me sorprendió cuando ya casi estaba en el campamento. Recogí las latas de combustible y las puse en el asiento de atrás, al mismo tiempo que cogía otras cosas, ya que pensaba que aquel sería mi último viaje. Me senté ante la mesa de campo y esperé que el sol saliera tras los conos, sobre el lago. Cogí un puñado de arena de la mesa y lo examiné.
—Tierra arcaica —dije, repitiendo las palabras de Tallis.
Estaba a punto de escupir sobre la tierra cuando me di cuenta de algo.
Unos ocho kilómetros, en la parte más lejana del lago, siluetada contra el sol naciente sobre los volcanes, había una escarpadura de unos treinta metros de alta, cuya roca pizarrosa corría a lo largo de tres kilómetros y desaparecía entre los conos del Sudoeste. Sus contornos eran duros y bien definidos, y sugerían que los materiales eran anteriores al período volcánico del planeta. Los riscos cruzaban el desierto, rígidos, y parecían indicar que así había sido Murak en sus principios, cuando los arenosos conos y los verdes agujeros no existían, y había sido el único testigo del fin del planeta.
No era más que una suposición, pero hubiera apostado mi paga de los dos años a que las rocas eran arcaicas. Estaban a tres millas del área que yo había recorrido.
¡La idea de una mina me invadió de nuevo!
* * *
El lago estaba a mitad de camino. Lo crucé con el oruga a cuarenta, perdiendo treinta minutos buscando un camino entre unos complicados escollos de arena, y después entré en un profundo valle que conducía directamente a las escarpaduras.
Aproximadamente a un kilómetro de distancia vi que no era un risco estrecho y continuo, sino una meseta circular. Era curioso el casi perfecto plano de la cima, como si hubiera sido cortada por una espada gigantesca. Sus vertientes eran simétricas; tenían un mismo ángulo de unos treinta y cinco grados, y formaban una roca uniforme, sin fisuras ni grietas.
Alcancé su pie en una hora, paré el coche y caminé hacia la roca azulada que se extendía frente a mí, como una isla en medio del desierto.
Puse de nuevo en marcha el motor y pisé a fondo el acelerador. Conduciendo el Chrysler oblicuamente a su falda, reduciría al mínimo el ángulo de ascensión. Trepé poco a poco, conduciendo el oruga en zigzag.
Llegué a la cima y miré la meseta, de unos tres kilómetros de diámetro, desnuda, excepto por un ligero y brillante polvo cósmico azulado.
En el centro había un enorme lago que ascendía en espiral desde el oscuro fondo.
Saqué la cabeza por la ventanilla, manteniendo la velocidad y conduciendo con cuidado. No había allí meteoritos ni rocas; probablemente el lago se helaba por la noche y se fundía y extendía según la temperatura iba subiendo.
Todo parecía tan duro como el acero; me detuve cerca del borde y subí al techo del coche.
La perspectiva era suficiente. El lago no parecía ser más que un charco poco profundo de medio kilómetro de ancho.
Volví a la cabina y aceleré. La charca, como la meseta, era un círculo perfecto, imitando un cráter volcánico.
Llevé el oruga hasta la orilla, y salí.
En el centro del charco, cinco enormes rectángulos de piedra salían de una amplia base pentagonal.
Este era el secreto que Tallis no quiso revelarme.
El lago estaba vacío, el aire era cálido y me rodeaba un extraño silencio tras los tres días de escuchar el motor del coche.
Empecé a caminar hacia el centro. Por primera vez desde mi llegada a Murak me resultaba imposible ver los brillantes colores del desierto y de la selva volcánica. Estaba en un mundo azul pálido, tan puro y exacto como una ecuación geométrica, compuesto por el piso circular, la base pentagonal y los cinco rectángulos de piedra que se levantaban hacia el cielo, como el templo de una extraña religión.
Tardé casi tres minutos en llegar al monumento. A mi espalda quedaba el oruga.
Llegué a la base, que tenía un metro de espesor y debía de pesar por lo menos mil toneladas, y puse las palmas de mis manos en su superficie. Como los megalitos que estaban encima, el pentágono no tenía adornos y era geométricamente perfecto.
Me aproximé al primer megalito. Las sombras que me rodeaban eran enormes paralelogramos aguzando sus ángulos según se levantaba el sol. Estaba en el centro del grupo, dándome cuenta de que ni Tallis ni los dos geólogos podían haber levantado estas piedras, cuando vi que la superficie entera del megalito más cercano estaba cubierta, fila a fila, por jeroglíficos finalmente cincelados.
Pasé mi mano por su superficie. Muchos trozos se habían desprendido, dejando un rastro indescifrable, pero la mayor parte de la superficie estaba intacta, llena de símbolos pictográficos y complicada escritura cuneiforme que corría de arriba abajo por las estrechas columnas.
Fui hasta otro megalito. Este también estaba cubierto por cientos de miles de símbolos diminutos, con las columnas separadas por una fina raya, que recorría toda la longitud del megalito.
Estaban escritos en media docena de lenguas, en alfabetos que yo nunca había visto antes, y con cifras, sin significado aparente, entre ellos. Pude ver unos asteriscos, símbolos que parecían ser numerales, y una peculiar forma serpentina que podía representar una figura humana estilizada.
De repente vi:
CYR*RK VII A*PHA LEP**IS A*O 1317
Abajo había otra, estropeada, pero legible:
AMEN*TEK LC*V *LPHA LE*ORIS AÑO 13**
Había espacios en blanco entre las letras, en los cuales el tiempo había arrebatado pequeños granos de piedra.
Mis ojos recorrieron la columna. Había muchas más notas:
PON*AR*H* CV ALPH* L*PORIS A** *318
MYR*K LV* A**HA LEPORI* AÑO 13*9
KYR** XII ALPH* LEP*RIS AÑO 1*19
........................... ............................ ....................
La lista de nombres, todos del Alpha Leporis, continuaba a lo largo de la columna. Los seguía hasta el final, donde la lista de nombres continuaba hasta solo unos centímetros de la base, y leí tres o cuatro nombres al azar:
M*MARYK XX*V A*PHA LEPORI* AÑO 1389
CYRARK IX ALPHA *EPORIS AÑO 1390
........................... ............................ ....................
Me dirigí al megalito situado a mi izquierda, y comencé a examinar las inscripciones con cuidado.
Aquí se leía:
MINYS-259 DELTA ARGUS AÑO 1874
TYLNYS-413 DELTA ARGUS *ÑO 1874
........................... ............................ ....................
Había menos espacios blancos; a la derecha de la cara, las anotaciones eran más recientes, la escritura más aguda. Todos estaban en cinco lenguas distintas, cuatro de ellas, incluido el terrícola, eran traducciones de la primera, escritos de izquierda a derecha, al margen de cada columna.
El tercero y cuarto megalitos tenían anotaciones del Gamma Grus y de Beta Triánguli. Seguían el mismo patrón: sus superficies divididas en columnas, cada una de las cuales tenía unas cuantas filas de anotaciones, las cuatro escrituras jeroglíficas seguidas por la terrestre, señalando los mismos datos por la misma fórmula: nombre, lugar, fecha.
Cuando miraba el cuarto megalito, el quinto estaba con su cara oculta.
Fui hacia él, curioso por adivinar el inmenso catálogo de nombres que podía encontrar en él; pero el quinto megalito estaba en blanco.
Mis ojos recorrieron su limpia superficie, con el único trazo de la línea que separaba las columnas y que algún maestro de las estrellas había cincelado para registrar nombres de la Tierra que nunca habían llegado.
Volví a los otros megalitos y permanecí media hora leyendo nombres al azar, pasando las manos, involuntariamente, por las grandes inscripciones, siguiendo con los dedos las evoluciones de los jeroglíficos, buscando en ellos alguna clave de la identidad y propósito de la raza estelar:
COPT*C LEAGUE MLV BETA TRIANGULI *ÑO 1723
ISARI* LEAGUE VII BETA *RIANGULI AÑO 1724
MAR-5-GO GAMMA GRUS AÑO 1959
VEN-7-GO GAMMA GRUS AÑO 1960
TETRARK XII ALPHA LEPORIS AÑO 2095
Las dinastías se repetían una y otra vez: Cyrark, Minys, Go, separadas por veinte o treinta años de intervalo; parecían ser generaciones. Antes del año 1200 todas las anotaciones eran ilegibles. Representaban casi la mitad del total. Las superficies de los megalitos estaban cubiertas casi por completo, y supuse que la anotación más antigua debía haber sido hecha hacía 2.200 años, es decir, poco después del nacimiento de Cristo. Sin embargo, la frecuencia de las anotaciones aumentaba algebraicamente: en el siglo xv había una o dos por año; del siglo xx, cinco o seis, y en el año que corría el número oscilaba de veinte anotaciones del Delta Argus a más de treinta y cinco de Alpha Leporis.
La última, en el extremo de la derecha, casi junto a la base del megalito, era:
CYRARK CCCXXIV ALPHA LEPORIS AÑO 2218
Las letras estaban grabadas recientemente, quizá no hacía más de un día, o solo unas pocas horas.
Acabado mi escrutinio, busqué huellas de neumático de algún vehículo o de pies en la charca, o bien los instrumentos o andamiaje.
Pero no se veía nada en el polvo, excepto las huellas de mi coche.
Estaba sudando; el termo-alarma sujeto a mi muñeca señaló que la temperatura era de ochenta y cinco grados a noventa minutos del mediodía. Alcanzaría los cien grados mirando a los megalitos, y después regresé al coche.
La brisa levantaba nubes de polvo del piso del lago, y el cielo era de un color rojo oscuro, moteado por las presiones térmicas, que aparecían sobre mí como nubes tormentosas. Corrí durante media hora, deseando encontrar a Mayer. Sin su confirmación las autoridades de Ceres podían tomar mi noticia como una fantasía de lunático. Además, quería que él llevase su máquina de fotografiar; podíamos revelar las fotografías en media hora y radiarlas como una prueba irrefutable.
Y lo que era más importante: quería compartir mi descubrimiento con alguien entendido en números. La frecuencia de las anotaciones en los megalitos y la virtual carencia de espacio —al menos que utilizaran los reversos de las columnas— sugerían que se acercaba el punto culminante; probablemente era lo que Tallis había estado esperando. Cientos de anotaciones se habían grabado durante los quince años que él había estado en Murak; mirando todo el día desde el observatorio debía de saber quién era el autor.
Una vez dentro del coche pulsé instintivamente el transmisor de urgencia. Pronto escuché la voz de Mayer.
—¿Quaine? ¿Es usted? ¿Dónde se ha metido, hombre? He estado a punto de dar la alarma.
Estaba en el campamento. Había llamado allí desde el observatorio cuando llegó, y temió que se hubiera estropeado el coche y salió a buscarme.
Llegué al campamento media hora después. Mayer intentó convencerme para regresar; pero, sin decir nada, llevé el coche hacia el lago, siguiendo las huellas de mis dos viajes, el de ida y el de regreso. La temperatura era de noventa y cinco grados, y la arena y el valle comenzaban a parecer adustos y antipáticos.
Mientras conducía a Mayer al lago, mi pensamiento giraba como una rueda loca, y cuando el coche subía hacia la meseta empecé a sentir miedo.
El centro de la meseta estaba oscuro. Conducí hacia él. Mayer se movía inquieto. A algunos metros de la orilla, el aire se aclaró y pudimos ver los megalitos. Mayer saltó al exterior en cuanto detuve el motor. Bajamos al lago y preparamos las pistolas, dirigiéndonos rápidamente hacia el centro.
Tenía el presentimiento de que alguien nos esperaba, pero los megalitos estaban desiertos. Llegué al pentágono algunos metros antes que Mayer y le ayudé a subir.
Comenzamos a examinar las columnas leyendo las anotaciones. Entonces le llevé a las otras, recapitulando sobre lo que yo había descubierto, e indicándole el que estaba en blanco, reservado para la Tierra.
Mayer me escuchaba, mirando estúpidamente los megalitos.
—Quaine ha encontrado algo importante—murmuró—. Debe de ser algún templo.
—Mírelos, Mayer. ¡Han estado viniendo aquí desde hace miles de años! ¿Comprende lo que esto significa?
Mayer tocó uno de los megalitos.
—Argive League veinticinco... Beta Tri... —leyó—. Hay otros, entonces. Dios Todopoderoso. ¿Qué cree usted que son?
—¿Qué importa eso? Escuche. Deben de haber construido esta meseta ellos mismos, cavado este lago y cortado las losas de la misma roca. ¿Puede imaginar las herramientas necesarias?
Estábamos en un estrecho rectángulo de sombra. La temperatura había aumentado a 105 grados.
* * *
—¿Qué es, entonces? —preguntó mi acompañante—. ¿Su cementerio?
—No. ¿Para qué reservar, entonces, una losa para la Tierra? Si son capaces de aprender nuestro idioma, debe ser con algún fin. Y, además, las complicadas costumbres fúnebres son signos de decadencia, y aquí hay algo que sugiere exactamente lo contrario. Estoy convencido de que en algún tiempo futuro tomarán parte en algo que se celebrará aquí.
—Puede ser, pero ¿qué? Piense en nuevas categorías —Mayer miraba de reojo a los megalitos—. Puede ser una enorme lista de los invitados a una reunión cósmica.
De pronto notó algo. Presionó con sus manos la superficie del obelisco que estaba ante nosotros y lo examinó detenidamente.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—¡Cállese! —gritó.
Arañó con sus uñas la superficie, intentando despegar algunos granos, y añadió:
—Quaine, estos monolitos no son de piedra.
Sacó una navaja del bolsillo de su chaqueta y consiguió desprender un trozo de unos centímetros.
Intenté detenerle, pero me apartó y siguió tratando de recoger más fragmentos.
Se volvió hacia mí.
—¿Sabe lo que es? ¡Oxido de tántalo! El noventa por ciento. No me extraña que nuestras extracciones sean fantásticamente pequeñas. No podía comprenderlo, pero esta gente... —golpeó los megalitos con furia— han vaciado el planeta para construir estas estupideces.
Temperatura de ciento quince grados —el aire comenzaba a tomar un tono amarillento, y respirábamos con dificultad.
—Volvamos al coche —traté de tranquilizarle.
Mayer había perdido el control y estaba furioso. Con su ancha espalda, mirando los cinco megalitos, la cara contorsionada por el calor, parecía un sub-hombre loco cogido como trofeo de un super-cazador galáctico.
Nos dirigimos al oruga.
—¿Qué quiere usted hacer? —le grité—. ¿Derribarlos y arrastrarlos hasta su molino?
Mayer se detuvo; el polvo azul se enredaba en sus piernas. El aire se espesaba mientras el piso del lago extendía el calor. El coche estaba solo a sesenta metros, brindándonos su cabina refrigerada como un asilo.
—Eso es imposible. Podríamos almacenarlas cerca del observatorio, para llevarlas más tarde a mi refinadora.
Continué caminando, negando con la cabeza. El calor estaba dañando a Mayer, haciéndole verter la amargura de varios años de fracaso.
—Es una idea. ¿Por qué no nos ponemos en contacto con Gamma Grus? Puede ser que nos den permiso.
—En serio, Quaine —me dijo él—. En un par de años seremos ricos.
—¡Está loco! El calor ha desquiciado su cerebro.
Comencé a escalar el borde. La próxima hora en la cabina se presentaba difícil, junto a un maniático empeñado en desmenuzar las estrellas. El bulto de la pistola me tranquilizó; un poder insignificante contra la psique de Mayer.
Casi había salido del lago cuando oí sus pies arrastrarse por el polvo. Empecé a volverme, en el mismo momento que él se acercaba a mí con un tremendo pedrusco en la mano, y me golpeó en la cabeza. Caí, le miré un momento y me levanté de un salto, abalanzándome hacia él. Luchamos un momento; pero él, más fuerte, me asestó un derechazo en la cara.
Caí de espalda, aturdido; el golpe parecía haberme roto todos los huesos de la cara. Mayer echó a correr. Alcanzó el borde y se dirigió al coche.
Desenfundé la pistola de llamas, quité el seguro y apunté a Mayer. Estaba ya abriendo la portezuela del oruga. Apreté el gatillo en el momento en que abría la puerta. Se volvió al oír la detonación y vio el plateado proyectil cortando el aire hacia él. Entonces se agachó.
El proyectil pasó rozándole y se estrelló contra la cabina del oruga. Hubo un brillante estallido de luz que se convirtió, segundos más tarde, en globo de fuego incandescente de vapor de magnesio de varios metros de diámetro. Poco a poco, las paredes y el parabrisas del oruga se iban fundiendo. Fuera, entre un remolino, la figura de Mayer se cubría la cara con las manos. Caminó hacia el borde y cayó sobre el polvo, como un fardo.
Miré mi reloj. Faltaban diez minutos para el mediodía. La temperatura era de 130 grados. Me levanté y traté de alcanzar el coche; mi cabeza bullía como un volcán y no estaba seguro de tener fuerzas suficientes para salir del cráter.
Pude ver el coche, casi derretido.
Enfundé la pistola y miré a mi alrededor.
Faltaban cinco minutos. Todo parecía cubierto de fuego, que caía como una cascada desde el cielo, llenaba el fondo del lago y ascendía de nuevo como un torrente sin fin. Los megalitos estaban ocultos por cortinas de luz brillantes; pero entre ellos quizá hubiera sombra.
Anduve algunos metros. El sol estaba exactamente encima de mí. Su disco era como el lago, y parecía estar a pocos metros de mi cabeza, con ríos de fuego saliendo de su superficie y extendiéndose en todas direcciones. Había un terrorífico rumor, como si todos los volcanes quisieran entrar de nuevo en erupción. Caminé como en un sueño, con los ojos cerrados, por el horno que me rodeaba. Entonces descubrí que estaba sentado en el suelo.
Y una extraña visión se adueñó de mi pensamiento.
Caía entre los eones, en una espiral, girando en un remolino, extendiéndome entre la desintegrante matriz de lo continuo, una pesadilla de un vuelo desde el cósmico Ahora. Entonces un millón de chispas luminosas se encendían a mi alrededor, iluminando los curvados terraplenes de tiempo y espacio, virando entre las estrellas hacia el borde de la galaxia. Mis dimensiones se perdían en una metafísica extensión del cero astral, y era empujado hacia las estrellas. Pasillos luminosos se encendían y apagaban a mi alrededor, y pasé Aldebarán, subí por encima de Vega, zumbaba al pasar Antarés; finalmente distinguí cientos de años luz cerca de la corona de Conopus.
Las épocas se sucedían. El tiempo se amasaba en frentes gigantescos, chocando contra mutilados universos. Abruptamente, el infinito mundo del mañana apareció ante mí: diez mil años, cien mil, innumerables millones corrían adelantándome en un estallido de luz, una iridiscente catarata de estrellas y nebulosas, entrelazadas por súbitas trayectorias de vuelo y exploración.
Y entré en el profundo tiempo.
Tiempo: 1.000.000 de megaaños. Vi la Vía Láctea, un carrusel de fuego, y los remotos descendientes de la tierra, incontables razas habitantes de cada sistema estelar de la galaxia. Las áreas oscuras entre las estrellas eran un continuo y tintineante campo de luz, un gigantesco océano fosforescente, lleno de pulsos vibrantes de caminos de comunicación electromagnéticos.
Para cruzar los enormes espacios entre las estrellas habían atrasado progresivamente su tiempo psicológico, primero diez, después cien pliegues, acelerando así el tiempo galáctico y estelar. El espacio había cobrado vida con el tráfico de cometas y meteoros, las constelaciones habían comenzado a cambiar y a dislocarse; la lenta y majestuosa rotación del universo mismo era, al fin, visible.
Tiempo: 10.000.000 de megaaños. Ahora, habían abandonado la Vía Láctea, que comenzaba a fragmentarse y disolverse. Para alcanzar las islas galácticas, habían disminuido más su tiempo proyectado por un factor de 10.000, y podían comunicarse unos con otros a través de las enormes interdistancias galácticas en un período subjetivo de solo unos años. Se extendían continuamente por el profundo espacio, habían extendido su dependencia psicológica sobre bancos de memorias electrónicas que almacenaban los modelos atómicos y moleculares sin sus cuerpos, transmitiéndolos a la velocidad de la luz, y uniéndolos más tarde.
Tiempo: 100.000.000 de megaaños. Habían pasado a todas las galaxias vecinas, engullendo miles de nebulosas. Su tiempo había decelerado un millón de pliegues y eran las únicas formas permanentes en todos los mutables mundos. En solo un instante de sus vidas, una estrella nace y muere, nace un subuniverso, evoluciona una veintena de sistemas planetarios, para desvanecerse más tarde. A su alrededor, el universo centellea y parpadea con múltiples puntos luminosos, como incontables constelaciones aparecen y desaparecen.
Ahora, finalmente, se han desprendido también de sus formas orgánicas y son compuestos de campos electromagnéticos, el primer substrato de energía del universo, complejas redes de múltiples dimensiones, vivas en el constante temblor de los sensibles mensajes que llevan, orientando los caminos de la carrera de la vida.
Al poder de esos campos, han captado galaxias completas cabalgando en las olas expansivas de las explosiones estelares hacia la volutas terminales del universo.
Tiempo: 1.000.000.000 de megaaños. Han comenzado a gobernar la forma y las dimensiones del universo. Al eliminar las distancias que circunscriben el cosmos han reducido su período de tiempo a 0,00000001 de su fase previa. Las grandes galaxias y nebulosas espirales que una vez parecían ser eternas son ahora de tan escasa duración que no son visibles mucho tiempo. El universo está ahora casi lleno por el gran manto vibrante de ideas, una enorme y trémula arpa, que se ha trasladado ella misma en una forma de ola, independiente de cualquier fuente generatriz.
Según el pulso del universo disminuye, sus propios vórtices de energía se flexionan y se dilatan, así los campos de fuerza de la ideación se flexionan y dilatan por simpatía, creciendo como un embrión sin la matriz del cosmos, un niño que crece rápidamente y devora a sus padres.
Tiempo: 10.000.000.000 de megaaños. Los campos de ideación han devorado ya el cosmos, sustituyendo su propia dinámica, sus propias dimensiones temporales y espaciales. Todo el tiempo primario y los campos de energía han sido inundados. Buscando la extensión final de él mismo, ha reducido su período de tiempo a casi un infinitesimal 0,00000000...n de su intervalo previo. El tiempo, virtualmente, ha dejado de existir; el campo de ideación es casi estacionario, infinitamente más lento.
Últimamente alcanza el predicado final de tiempo y espacio, eternidad e infinidad, y lentamente va hacia el cero absoluto. Entonces, sin un cataclismo, se desintegra, incapaz de contenerse por más tiempo a sí mismo. Sus vastos patrones de energía comienzan a apagarse, y todo el sistema se retuerce y gira en una agonía mortal, arrojando cataratas de fragmentada energía. Paralelamente, el tiempo emerge.
En sus ruinas se forman los primeros campos protogalácticos, moviéndose para formar las galaxias y nebulosas, las estrellas rodeadas por sus cuerpos planetarios. Entre estas, desde el mar elemental, basado en el átomo de carbono, emerge la primera forma de vida.
El ciclo se renueva a sí mismo.
Las estrellas saltan, sus patrones brillan en una docena de constelaciones. Las novas aparecen en la oscuridad como arcos, revelando los perfiles familiares de la Vía Láctea, las constelaciones de Orión, Coma Berenices, Cisne.
Levantando mis ojos al cielo tormentoso vi los cinco megalitos. Estaba de vuelta en Murak. A mi alrededor, el lago estaba lleno por muchas figuras silenciosas, extendiéndose alineadas hombro con hombro en innumerables filas, como espectadores de un circo espectral.
A mi lado habló una voz, y parecía haberme contado todo lo que había presenciado en mi viaje cósmico.
Poco antes de volver en mí intenté por última vez hacer la pregunta que estaba siempre presente en mi pensamiento; pero la contestaron antes que yo hablara; las estrellas, los megalitos y la multitud contemplativa se esfumaban como en un sueño cuando la voz decía:
«Mientras tanto, esperamos aquí, en el umbral del tiempo y del espacio, celebrando la identidad y la reunión de las partículas con nuestro cuerpo con las del sol y las estrellas, de nuestros breves tiempos privados con los vastos períodos de las galaxias, con el unificado tiempo total del cosmos...»
Me desperté con el rostro contra la arena fría del anochecer; las sombras llenaban el lago casi por completo; el viento levantaba una brisa sobre mi cabeza. Al frente, los megalitos se levantaban hacia el cielo, partidos por una línea de sombra del sol poniente. Quedé silencioso e inmóvil, estirando mis brazos y piernas, consciente de los gigantescos precipicios que había recorrido mi pensamiento. Tras algunos minutos, me incorporé y miré a mi alrededor, con el recuerdo de la fantástica visión vivida en mi mente.
El numeroso auditorio que había llenado el cráter, el sueño del ciclo cósmico, la voz de mi interlocutor, eran aún reales para mí, un mundo paralelo al que había llegado y cuya puerta estaba en algún lugar, cerca de mí.
¿Había soñado todo, mientras deliraba en el calor de la tarde, siendo salvado por algún rincón termodinámico de la arquitectura del cráter?
Consulté mi termoalarma. Marcaba los niveles máximos y mínimos. El máximo era de 162 grados. ¡Y yo había sobrevivido! Me sentí descansado, casi rejuvenecido. Ni mis manos ni mi cara se habían quemado: una temperatura superior a los 160 grados podía haber derretido mi carne y mis huesos.
A mi espalda vi el oruga junto al borde. Corrí hacia él, y recordé por primera vez la muerte de Mayer. Tenté mi rostro. Sorprendentemente, el puño de Mayer no había dejado magulladuras.
¡El cuerpo de Mayer había desaparecido! Una sola línea de pisadas iba del oruga a los megalitos; por todo lo demás, el brillante polvo azulado estaba intacto. Las huellas de Mayer, los signos de nuestra lucha, también se habían desvanecido.
Salí rápidamente del cráter y alcancé el oruga, examinando el chasis y las cadenas. La puerta de la cabina estaba abierta y el compartimiento vacío.
Todo estaba intacto. No había señales en la pintura de la puerta y del capó, ni en el metal que rodeaba las ventanillas. Me agaché para buscar algún rastro del proyectil de magnesio. Junto a mi rodilla, mi pistola de llamas aparecía segura dentro de la pistolera.
Dejé el Chrysler, volví a bajar al lago y corrí hacia los megalitos. Durante una hora vagué por los alrededores, intentando resolver las incontables preguntas que acudían a mi mente.
Poco antes de regresar me acerqué al quinto megalito, y miré la parte superior, preguntándome si podría haber sido yo su primera anotación, de haber muerto aquella tarde.
Una fila de letras, llenas de sombras de la luz poniente, se veía allí.
Retrocedí e intenté leerlas. Estaban los símbolos de las cuatro lenguas aliadas, y entonces, orgullosamente contra las estrellas:
CHARLES FOSTER NELSON TIERRA AÑO 2217
«Dígame, Quaine, ¿dónde le gustaría estar cuando llegue el fin del mundo?
Han pasado siete años desde que Tallis me hizo esta pregunta, que yo he reexaminado un millar de veces. Hay algo en ella que parece ser la clave de todos los extraordinarios acontecimientos que han ocurrido en Murak, con sus ilimitadas implicaciones para el pueblo de la Tierra (a mi entender, una respuesta satisfactoria contiene la declaración de la propia filosofía y creencias, una descarga adecuada de nuestra deuda moral para con nosotros mismos y para con el universo).
No es que el mundo esté llegando a «su fin». La implicación es sencillamente que ya ha terminado y se ha regenerado a sí mismo un infinito número de veces y, por tanto, la única pregunta que resta es qué hacer con nosotros mismos en el entretanto. Las cuatro razas estelares que levantaron los megalitos escogieron venir a Murak. No estoy seguro de lo que están esperando aquí. Una redención cósmica, quizá el primer signo del amplio manto de ideación que yo vislumbré en mi visión. Pensando en el período de dos millones de años que Tallis citó como necesarios para que la vida aparezca en Murak, puede ser que el nuevo ciclo cósmico reciba su ímpetu aquí, y que nosotros seamos espectadores avanzados; cinco reyes vienen a esperar el génesis de una superespecie que deberá sustituirnos.
Hay otros aquí, otros seres invisibles y sostenidos por fuerzas preternaturales, esto está fuera de duda. Aparte de que es imposible sobrevivir en una tarde de Murak, yo no saqué el cuerpo de Mayer del cráter y lo coloqué de tal forma, en el observatorio, que pareciera que había muerto electrocutado por un contacto de uno de los archivadores de datos. Ni tampoco concibo la visión del ciclo cósmico debida a mis propios medios.
Parece como si los dos geólogos tropezaran con esa zona de espera y, de algún modo, adivinaran su significado, haciendo a Tallis partícipe de su descubrimiento. Quizá discutieron, como hicimos Mayer y yo, y Nelson se vio forzado a matar a su compañero, y a morir él mismo un año más tarde en el curso de su espera.
Como Tallis, esperaré aquí, si es necesario, quince años. Voy hasta los megalitos una vez por semana, y el resto de los días permanezco mirándolos desde el observatorio. Hasta ahora no he visto nada, sino que dos o tres nombres más se han sumado a los ya inscritos. Sin embargo, estoy seguro de que lo que estamos esperando llegará pronto. Cuando estoy cansado e impaciente, lo que me ocurre a menudo, me recuerdo a mí mismo que ellos han estado viniendo a Murak para esperar aquí, generación tras generación, durante diez mil años.
Sea lo que fuere, vale la pena esperar.
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