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ray bradbury

canto el cuerpo eléctrico (es)

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¡Abuela!
Recuerdo su nacimiento.
Espera, dices, ningún hombre recuerda el nacimiento de su propia abuela.
Sí, pero nosotros recordamos el día en que nació.
Porque nosotros, los nietos, le dimos la bofetada que la trajo a la vida. ¡Timothy, Agatha y yo, Tom, alzamos la mano y la bajamos con un enorme chasquido! Sacu­dimos los fragmentos y pedazos, las partes y muestras, las texturas y sabores, los humores y destilaciones que move­rían la aguja de la brújula hacia el norte para refres­carnos, hacia el sur para calentarnos y confortarnos, hacia el este y el oeste para dar la vuelta al mundo intermina­ble, que le animaría los ojos para que nos conociera, la boca para que nos cantara hasta que nos quedáramos dormidos en la noche, las manos para que nos tocara y nos despertara al alba.
Abuela, querido y maravilloso sueño eléctrico...
Cuando los relámpagos de la tormenta corren en cir­cuitos por el cielo, entre las nubes, el nombre de la abuela centellea en el interior de mis párpados. A veces la oigo todavía con su tictac, canturreando sobre nues­tras camas en la penumbra. Pasa como un fantasma puntual por los largos aposentos de la memoria, como una colmena de abejas intelectuales que bullen tras el Espíritu de los Veranos Perdidos. A veces todavía siento la sonrisa que aprendí de ella, y que me imprimió en la mejilla a las tres de la madrugada...
¡Muy bien, muy bien! exclamas, ¿cómo fue el día en que nació tu maldita y maravillosa abuela, tu terrible y adorable abuela?
Fue la semana del fin del mundo...
Nuestra madre había muerto.
Un día, al final de la tarde, un coche negro nos dejó a papá y a nosotros tres desamparados delante de casa, contemplando el césped, pensando:
No es nuestro césped. Ahí están los mazos de croquet, las pelotas, los aros, sí, tal como cayeron y quedaron tres días atrás, cuando papá salió tambaleándose, llorando con las noticias. Están los patines que pertenecieron a un niño, yo, que nunca volverá a ser niño. Sí, y el columpio neumático en el viejo roble, pero Agatha tiene miedo de columpiarse. Seguramente el columpio se rompería, se caería.
¿Y la casa? Dios mío...
Espiamos por la puerta principal, preocupados por los ecos confusos que podríamos encontrar en los pasillos; esa especie de clamor que se levanta cuando se han sacado todos los muebles y no queda nada para suavizar el río de palabras que fluye continuamente en una casa. Y ahora la pieza cálida y principal de un delicioso mobiliario se había ido para siempre.
La puerta se abrió de par en par.
El silencio salió a la calle. En alguna parte una puerta de sótano había quedado abierta y un viento desapacible con olor a tierra húmeda venía de debajo de la casa.
¡Pero, pensé, nosotros no tenemos un sótano!
–Bueno –dijo papá.
No nos movimos.
Tía Clara llegó por el sendero en su gran limousine color canario.
Entramos por la puerta de un salto. Corrimos a nues­tras habitaciones.
Los oímos gritar y hablar y gritar y hablar: ¡Deja que los niños vivan conmigo!, decía tía Clara. ¡Prefiero que se mueran!, decía papá.
Un portazo. Tía Clara se había ido.
Bailábamos casi. Después recordamos lo que había pasado y bajamos.
Papá estaba sentado solo hablando consigo mismo o con el fantasma, que venía de los tiempos anteriores a la enfermedad de mamá, y que ahora se había soltado al golpearse la puerta. Les hablaba en voz baja a las manos, a las palmas vacías:
–Los chicos necesitan a alguien. Yo los quiero, pero miremos la cosa de frente: tengo que trabajar para que comamos todos. Tú los quieres, Ann, pero te has ido. ¿Y Clara? Imposible. Los quiere pero los ahoga. ¿Y las cria­das, las niñeras...?
Aquí papá suspiró y nosotros suspiramos con él, recor­dando.
Nuestra suerte con las criadas, institutrices o niñeras había sido más que intolerable. Ni una que no anduviera a contrapelo. No había nada mejor para describirlas que las hachas de mano y los huracanes, cuando no eran alicaídas, desinfladas como un buñuelo frío. Nosotros los chicos éramos muebles invisibles para sentarse o sacarles el polvo o retapizarlos en primavera y otoño, con una limpieza anual en la playa.
–Lo que necesitamos –dijo papá–es una...
Todos nos inclinamos para oír el murmullo.
–...abuela.
–Pero –dijo Timothy con la lógica de los nueve años–, todas nuestras abuelas están muertas.
–En cierto sentido sí, en otro no.
Qué palabras bonitas y misteriosas las que había dicho papá.
–Mirad –dijo al fin.
Nos tendió un folleto plegado y multicolor. Se lo ha­bíamos visto en las manos, de vez en cuando, durante varias semanas, y muy a menudo en los últimos días. Ahora, de una ojeada, mientras nos pasábamos el papel de mano en mano, supimos por qué tía Clara, insultada, ofendida, había salido bramando de la casa.
Timothy fue el primero en leer en voz alta lo que vio en la primera página:
–¡Yo canto el Cuerpo Eléctrico! –Echó a papá una mirada de reojo.–¿Qué demonios significa?
–Sigue leyendo.
Agatha y yo echamos una mirada alrededor, temiendo que mamá pudiera entrar de pronto y oír la blasfemia, pero en seguida asentimos con un movimiento de cabeza, y Timothy leyó:
–"Fanto..."
–Fantoccini –apuntó papá.
–"Fantoccini Ltda. Le anticipamos... La respuesta a los problemas más graves de usted. Un Único Modelo, y miles de variantes que pueden añadirse, quitarse, sub–dividirse, indivisible, con Libertad y Justicia para todos." –¿Dónde dice eso? –exclamamos. –No lo dice. –Timothy sonrió por primera vez en muchos días.–Tuve que meterlo yo. Esperen. Siguió leyendo:
–"Para usted que ha padecido sitters desatentas, niñe­ras a las que no se pueden confiar botellas de licor, y tíos y tías de buenas intenciones..."
–¡De buenas intenciones, pero!... –dijo Agatha, y yo le hice eco.
–"... hemos perfeccionado la primera Abuela Eléc­trica humanoide, minicircuito recargable AC–DC marca V..." –¿¡Abuela!?
El papel se deslizó al suelo. –¿Papá?...
–No me miren de esa manera –dijo papá–. Estoy medio loco de pena, medio loco cuando pienso en el día de mañana y en el de pasado mañana. Que alguno recoja el papel. Termínenlo.
–Yo lo haré –dije, y leí–: "El Juguete es más que un Juguete; la Abuela Eléctrica Fantoccini está construi­da con amorosa precisión para dar un amor de increíble precisión a los hijos de usted. Nuestro objetivo es el niño a sus anchas en la realidad del mundo y en la realidad todavía mayor de la imaginación.
"Un sistema de calculadoras que le permite dar leccio­nes en doce lenguas simultáneamente, y pasar de una lengua a otra en un milésimo de segundo, sin hacer una pausa, y un conocimiento completo de la historia religiosa, artística y sociopolítica del mundo sembrado en la col­mena del amo...
–¡Es grandioso! –dijo Timothy–. ¡Parece que ha­blaran del cuidado de las abejas! ¡Abejas educadas! –¡Cállate! –dijo Agatha.
–"Sobre todo –leí–, este ser humano, porque parece humano, esta encarnación de la humanidad en un fac­símil electro–inteligente, escuchará, sabrá, hablará, reac­cionará y amará a sus hijos en la medida en que puede decirse que estos Objetos grandiosos, estos Juguetes fan­tásticos Aman o se Preocupan. La Compañera Milagrosa, preparada para enfrentarse con el mundo grande y el pequeño, con el Mar Interior o el Universo Exterior, transmitirá por el tacto y la palabra, ¡hará Milagros a los Necesitados!"
–Los necesitados –murmuró Agatha.
Bueno, pensamos todos, tristemente, somos nosotros, oh, sí, somos nosotros.
Terminé:
–"No vendemos nuestra Creación a familias completas donde hay padres que pueden criar, modelar, cambiar, amar a sus propios hijos. Nada puede sustituir a los pa­dres en el hogar. Pero hay familias en que la muerte, la mala salud o la invalidez minan el bienestar de los niños. Los orfanatos no solucionan nada. Las niñeras acostumbran a ser descuidadas, egoístas, o padecen de terribles enfermedades nerviosas.
"Así pues, con la mayor humildad y reconociendo la necesidad de rehacer, repensar y renovar nuestras con­cepciones de un mes a otro, de un año a otro, ofrecemos la cosa más parecida a la Relación Ideal Maestro–Amigo–Compañero–Pariente. Se puede convenir un período de prueba..."
–Basta –dijo papá–. No sigas. Ni siquiera yo puedo soportarlo.
–¿Por qué? –dijo Timothy–. A mí justamente em­pezaba a interesarme.
Doblé el folleto.
–¿Es cierto todo lo que dice?
–No se hable más del asunto –dijo papá, tapándose los ojos con la mano–. Era una idea absurda...
–No tan absurda –dije, echando una mirada a Tim–. Quiero decir, aunque lo intentaran, cualquier cosa que fabricasen no podría ser peor que la tía Clara, ¿no?
Hubo un rugido. Hacía meses que no nos reíamos. Y bastaba ahora mis palabras para que todos aullaran, bramaran y estallaran. Abrí la boca y grité también ale­gremente.
Cuando dejamos de reírnos, miramos el folleto y yo dije:
–¿Entonces?
Agatha frunció el ceño, resistiéndose.
–Yo...
–Necesitamos algo, ahora mismo –dijo Timothy.
–Yo tengo una mente amplia –dije, con mi mejor estilo pontifical.
–Hay una sola cosa –dijo Agatha–. Podemos pro­barla. Claro. Pero, por favor, ¿cuándo acabamos con toda esta charla y nuestra verdadera madre vuelve, y se queda?
Toda la familia contuvo "el aliento, como si Agatha, con un solo tiro, nos hubiera acertado a todos en el corazón.
Creo que ninguno de nosotros paró de llorar en toda la noche.
Era un día claro y brillante. El helicóptero nos balan­ceó ligeramente de arriba abajo entre los rascacielos y nos dejó salir, para una carrerita y unas cabriolas, en lo alto del edificio donde en grandes letras podía leerse desde el cielo: Fantoccini.
–¿Qué son los Fantoccini? –dijo Agatha.
–Es la palabra italiana para marionetas, creo, o los personajes imaginarios –dijo papá.
–Pero anticiparnos, ¿qué significa?
–Tratamos de adivinar su sueño –dije.
–Bravo –dijo papá–. Sobresaliente.
Resplandecí.
El helicóptero sacudió unas sombras estrepitosas sobre nosotros y se fue.
Bajamos en un ascensor mientras se nos levantaba el estómago. Salimos a una alfombra mecánica que nos llevó en un río de lana azul delante de un mostrador sobre el que colgaban varios carteles:
La tienda del reloj
Nuestra especialidad: los Fantoccini
Los conejos en las paredes no son un problema
–¿Los conejos en las paredes?
Extendí los dedos de perfil como delante de una vela encendida y moví las "orejas".
–Esto es un conejo, esto es un lobo, esto es un coco­drilo.
–Por supuesto –dijo Agatha.
Y llegamos al mostrador, envueltos en una música sua­ve. Detrás de las paredes había un mecanismo de cascada que fluía suavemente. Cuando llegamos al mostrador la luz cambió para darnos un aspecto más cálido, más feliz, aunque todavía tuviéramos frío.
A nuestro alrededor, en nichos y cajones, colgando del cielo raso, suspendidos de alambres y cordeles, había títe­res, marionetas, muñecas–cometas, balinesas translúcidas con esqueleto de bambú, y que expuestas a la luz de la luna podían mimar como acróbatas los sueños o las pesadillas más secretos. Pasábamos, y la brisa provocada por nuestros cuerpos movía las diversas almas colgadas en patíbulos. Era como un inmenso linchamiento en un día de fiesta, en alguna encrucijada inglesa, cuatrocientos años atrás.
¿Ves? Conozco la historia.
Agatha echó una ojeada incrédula que después se vol­vió un poco atemorizada y al fin fue una mirada de asco.
–Bueno, si es esto, vamonos.
–De ningún modo –dijo papá.
–Tú me regalaste una de esas tonterías con cordeles hace dos años –protestó Agatha–y los cordeles tenían millones de nudos a la hora de la cena. Lo tiré todo por la ventana.
–Paciencia –dijo papá.
–Veremos qué se puede hacer para suprimir los cor­deles.
Había hablado el hombre que estaba detrás del mos­trador.
Nos volvimos todos para echarle una mirada.
Como un empleado de pompas fúnebres, tenía la astu­cia de no sonreír. Los niños rechazan a las personas ma­yores que sonríen demasiado. Huelen una trampa, direc­tamente.
Sin sonreír, pero ni tétrico ni pontificante, el hombre dijo:
–Guido Fantoccini, a las órdenes de usted. Aquí verá cómo funciona, señorita Agatha Simmons, once años.
Este sí que era un golpe maestro.
El hombre sabía que Agatha sólo tenía diez años. Aña­da un año, y habrá recorrido la mitad del camino. Agatha creció varios centímetros. El hombre continuó:
–Aquí está.
Y puso una llave dorada en la mano de Agatha.
–¿Para darles cuerda en lugar de cordeles?
El hombre asintió. –Para darles cuerda. –¡Puah! –dijo Agatha.
Que era su manera cortés de decir "una basura". –Santa verdad. Aquí está la llave para Hágala usted mismo, Elija sólo la Mejor, la Abuela Eléctrica. Todas las mañanas usted le da cuerda. Por las noches deja que se le termine. Se la recomiendo. Usted es la guardiana de la llave.
El hombre apretó la llave en la palma de Agatha que lo miraba de reojo.
Yo lo observaba. Me hizo un guiño furtivo que signifi­caba: ¿no es cierto que las llaves son divertidas?
Le devolví la guiñada antes que Agatha levantara la cabeza.
–¿Dónde se pone?
–Ya lo verá cuando llegue el momento. En medio de la barriga, quizá, o en la ventanilla izquierda de la nariz, o en la oreja derecha.
Esto se prestaba para una sonrisa mientras el hombre se ponía de pie.
–Por aquí, por favor. Un paso ligero. A la corriente móvil. Caminen sobre el agua, por favor. Sí. Así.
Nos ayudó a flotar. Dimos un paso de la alfombra siempre helada a la alfombra que se movía murmurando. Era un río sumamente agradable, y flotábamos sobre un tapete rodante que atravesaba los salones y nos llevaba a cavernas maravillosamente secretas y misteriosas donde las voces nos devolvían el eco de nuestra respiración o cantaban como Oráculos a nuestras preguntas.
–Escuchen –dijo el vendedor–, las voces de toda clase de mujeres. Comparen y busquen la adecuada...
Y las escuchamos, escuchamos todas las voces altas, sua­ves, fuertes, intermedias, medio regañonas, medio cariño­sas que venían de tiempos anteriores a nuestro naci­miento.
Y detrás de nosotros, Agatha caminaba hacia atrás, luchando siempre con el río, sin alcanzarnos nunca, nunca con nosotros, alejándose.
–Hablen –dijo el vendedor–. Griten.
Y hablamos y gritamos.
–Hola. ¡Eh, tú! ¡Soy Timothy, ji! –¿Qué diré? –grité–. ¡Socorro!
Agatha caminaba hacia atrás, con la boca apretada. Papá la tomó de la mano. Agatha gritó. –¡Vamonos! ¡No, no! ¡No quiero que usen mi voz! ¡No quiero!
El vendedor movió tres diales de un aparatito que llevaba en la mano.
–¡Excelente!
En el lado del aparatito vimos tres ondas oscilográficas que se mezclaban, se fundían, y repetían nuestros gritos.
El vendedor tocó otro dial y oímos nuestras voces que volaban en las cavernas deificas y colgaban en el aire, se arracimaban, repetían palabras en todas partes, chillaban, y el vendedor rozaba otro botón para añadir quizá un toque de esto o una pizca de aquello, el hálito de una voz materna, o la voz paterna: un empalme de furia ante el diario de la mañana o la apacible voz de un solo trago al atardecer. No importa lo que hiciera el vendedor, los susurros bailaban alrededor de nosotros, como frené­ticos mosquitos de vinagre, chisporroteando al encenderse, posándose aquí y allá, hasta que al fin, cuando apretaron un último conmutador, una voz habló desde una lejana profundidad electrónica:
–Nefertiti –dijo.
Timothy se quedó paralizado. Yo me quedé paralizado. Agatha dejó de andar por el agua.
–¿Nefertiti? –preguntó Tim.
–¿Qué es eso? –preguntó Agatha.
–Yo sé.
El vendedor me indicó que hablara.
–Nefertiti –murmuró–quiere decir en egipcio la Bella está Aquí.
–La Bella está Aquí –repitió Timothy.
–Nefer –dijo Agatha–titi.
Y todos nos volvimos para mirar en aquella suave me­dia luz, el lugar profundo del que venía la buena, cálida, suave voz.
Y en efecto, estaba allí.
Y una mujer con esa voz tenía que ser muy hermosa...
Así fue.
Así fue, por lo menos, casi todo. La voz parecía más importante que cualquier otra cosa.
No es que no discutiéramos sobre pesas y medidas.
No tenía que ser demasiado huesuda y afilada, ni tan gorda que nos perdiéramos para el mundo cada vez que nos abrazaba.
Las manos, cuando nos apretaran las nuestras o nos acariciaran la frente en las noches de fiebre, no tenían que ser frías como el mármol, temibles, o calientes como hornos, opresivas, sino un término medio. La deliciosa temperatura de un pollito en el hueco de la mano luego de un largo sueño nocturno, y que acabamos de sacar de debajo de una contemplativa gallina: eso, eso era.
Oh, estuvimos magníficos en los detalles. Peleamos y discutimos y gritamos, y Timothy ganó en cuanto al color de los ojos, por razones que se conocerían después.
¿El pelo de la abuela? Agatha, con ideas de chica, aunque a disgusto, se encargó de eso. Le dejamos elegir entre un millar de cuerdas de arpa que colgaban de ta­pices deshilachados como variedades de lluvia, entre las que corríamos. Agatha corría contenta, pero viendo que los varones lo embrollábamos todo, nos dijo que nos apar­táramos.
Y llegó la hora de los regateos por medio de los catá­logos de las tiendas baratas y los departamentos de La Máquina de Tormentas Eléctricas Ben Franklin y la Com­pañía de Pantomima Fantoccini, en Tiffany.
Y la corriente del río incesante dejó de fluir y nos de­positó en una lejana orilla al final de la tarde...
Fue muy astuto por parte de los Fantoccini, al fin y al cabo.
¿Por qué?
Porque nos hicieron esperar.
Sabían que no nos habían conquistado. No del todo, no, ni siquiera a medias.
Especialmente Agatha, que se ponía de cara a la pared y veía allí la pena y extendía los dedos una y otra vez y la tocaba. Todas las mañanas encontrábamos las marcas de las uñas de Agatha en la pared, y eran siluetas pe­queñas y raras, mitad hermosas, mitad de pesadilla. Algu­nas se borraban de un soplo, como flores de hielo en el vidrio de una ventana. Otras no desaparecían ni con un trapo, por mucho que frotáramos.
Y entretanto nos hicieron esperar.
Así pasamos junio corroyéndonos.
Así esperamos todo julio.
Así nos quejamos en agosto y el 29 Timothy dijo:
–Tengo un presentimiento –y después del desayuno salimos a esperar en el jardín.
Quizá habíamos husmeado algo en la conversación de papá la noche anterior, o le habíamos pescado una mi­rada furtiva al cielo o a la carretera; una mirada que se asomaba rápidamente y luego se le perdía en los ojos. O quizá sólo fue porque el viento movía de aquel modo las cortinas fantasmales sobre las camas, trasmitiendo pálidos mensajes toda la noche.
Porque de pronto allí estábamos, en medio del césped, Timothy y yo, con Agatha, con aire de despreocupados, de pie en la galería, escondidos detrás de los tiestos de geranios.
No nos hicimos notar. Si nos mostrábamos impacien­tes, sabíamos que se nos escaparía, de modo que nos sentamos a observar el cielo donde no se movía nada excepto los pájaros y los jets en lo alto, y miramos la carretera donde un millar de automóviles podían entre­garnos de pronto el Regalo Especial... pero... nada.
A mediodía masticábamos la hierba, cabizbajos...
A la una, Timothy pestañeó.
Y entonces, con precisión increíble, ocurrió aquello. Fue como si la gente de Fantoccini hubiese estado midiendo nuestra tensión superficial.
A todos los niños les gusta andar en el agua. Patiná­bamos en la piel superficial del estanque todos los días, amenazando siempre con romperla, hundirnos, desvane­cernos para siempre en nosotros mismos.
¡Bueno, como si supieran que nuestra larga espera debía terminar absolutamente en el plazo de un minuto, en ese mismo segundo, no más, mi Dios!
En ese instante, repito, las nubes amontonadas sobre nuestra casa se abrieron de pronto y dejaron aparecer un helicóptero que era como el carro de Apolo en los cielos de la mitología.
Y la máquina de Apolo bajó deslizándose en una brisa de verano, refrescando los vientos calientes, entrelazándo­nos nuevamente el pelo, arreglándonos las cejas, aplau­diéndonos las piernas de los pantalones contra los tobillos, haciendo una bandera del pelo de Agatha, de pie en la entrada, y así aposentado en el césped como un enorme hibisco frenético, el helicóptero abrió un cajón del fondo, dejando sobre la hierba un paquete de considerable ta­maño, y en ese mismo momento, sin una bendición y ni siquiera una despedida, se elevó bruscamente, pertur­bando la calma del aire con mil enloquecidos floreos y luego, como un derviche celestial, se ladeó, se alejó y fue a enloquecerse en algún otro lugar.
Timothy y yo nos quedamos alelados largo rato mi­rando el cajón de embalaje, y después vimos la palanca sujeta en lo alto de la tapa de pino blanco y nos pusimos a trabajar y las tablas crujieron y fueron saltando una a una, y mientras tanto, Agatha se deslizó hasta allí para vigilarnos, y yo pensé, gracias, Dios mío, te doy gracias porque Agatha nunca vio un ataúd, cuando mamá se fue, ni cajón, ni cementerio, ni tierra, sólo palabras en una iglesia, no un cajón, un cajón como éste...
La última tabla de pino saltó y cayó.
Timothy y yo nos quedamos con la boca abierta, y lo mismo Agatha, ahora entre nosotros dos.
Porque dentro del enorme cajón de pino blanco había la idea más hermosa que nadie jamás hubiera soñado y realizado.
El regalo perfecto para cualquier niño de siete a setenta y siete años de edad.
Contuvimos la respiración. La dejamos salir en gritos de deleite y adoración.
Dentro del cajón abierto había...
Una momia.
O primero, en todo caso, ¡la caja de una momia, un sarcófago!
Los ojos de Timothy se llenaron de lágrimas de fe­licidad.
–¡Oh, oh!
–¡No puede ser! –dijo Agatha.
– ¿Es, es?
–¿La nuestra?
–¡La nuestra!
–¡Debe de haber un error!
–¡Seguro, querrán que la devolvamos!
–¡No, ya no pueden llevársela!
–¡Señor, Señor, es oro verdadero! ¡Jeroglíficos ver­daderos! ¡Pasa los dedos por encima!
–¡Déjame!
–¡Igual que en los museos! ¡Museos!
Todos parloteábamos a la vez. Creo que algunas lá­grimas me cayeron de los ojos como una lluvia, sobre el cajón.
–¡Oh, se desteñirán los colores!
Agatha secó la lluvia.
Y la máscara de oro de la mujer tallada en el sarcófago nos miró con la más leve de las sonrisas, aludiendo a nuestra alegría que aceptaba la abrumadora irrupción de un amor en apariencia ahogado para siempre pero que ahora salía a la superficie, a la luz del sol.
No sólo tenía una cara de metal solar cincelada y batida en oro puro, con una delicada nariz y una boca que era firme y suave a la vez, sino que los ojos, fijos en las órbitas, eran cerúleos o de amatista o de lapislázuli, o las tres cosas, mezcladas y fundidas; el cuerpo estaba cubierto de leones y ojos y cuervos, y las manos se cru­zaban sobre el pecho esculpido y en un guante de oro tenía un látigo de cuero para la obediencia, y en el otro un ranúnculo fantástico que obtiene la obediencia del amor, de manera que el látigo no se usa...
Y mientras nuestros ojos recorrían los jeroglíficos, se nos ocurrió a los tres en el mismo instante:
–¡Oh, esos signos! ¡Sí, las huellas de la gallina! ¡Los pájaros, las serpientes!
No contaban cuentos del Pasado.
Eran jeroglíficos del Futuro.
¡Esta era la primera momia de reina, de todos los tiempos, y los papiros grabados mostraban las escenas del próximo mes, la próxima estación, el próximo año, la próxima vida!
La momia no lloraba el tiempo pasado.
No.
Celebraba la moneda por venir, depositada en el ban­co, esperando, lista para ser retirada y usada.
Caímos de rodillas para adorar aquel tiempo posible.
Primero una mano, luego la otra anduvieron a tientas, recorrieron, tomaron, tocaron, acariciaron los signos.
–¡Aquí estoy yo, sí, miren! ¡Yo en quinto grado! –di­jo Agatha, que ahora estaba en cuarto–. ¿Ven la chica con el pelo de mi color y mi traje amarillo?
–Aquí estoy yo en cuarto año –dijo Timothy, tan joven ahora pero que daba zancos cada vez más largos cada semana y taconeaba en el patio.
–Aquí estoy yo –dije despacito, con calor–en la universidad. Llevo anteojos y me estoy poniendo un poco gordo. Seguro. Cuernos. –Resoplé.–Soy yo.
El sarcófago enumeraba inviernos próximos, primave­ras todavía no despilfarradas, otoños venideros de hojas doradas, oxidadas, cobrizas como monedas, y sobre todo eso, el brillante símbolo solar, la eterna cara de la hija de Ra siempre sobre nuestro horizonte, siempre ilumi­nándonos para llevar nuestras sombras a un destino mejor.
–¡Viva! –exclamamos todos a la vez, habiendo leído y releído los garabatos de la buenaventura, después de ver las líneas de la vida y del amor, inadmisibles, que giraban y caracoleaban alrededor y bajaban–. ¡Viva!
Y como en una sesión de espiritismo, sin una palabra, todos a la vez, levantamos la brillante tapa del sarcófago que se alzaba, como una copa sobre una copa.
¡Y dentro del sarcófago, naturalmente, estaba la mo­mia verdadera!
Y era como la imagen tallada en la tapa, pero más aún, más hermosa, más conmovedora, de forma humana, y toda amortajada en nuevas y frescas vendas de hilo, que daban varias vueltas, en vez del viejo y polvoriento sudario.
Y sobre la cara oculta había una máscara de oro idén­tica, más joven que la primera, pero en cierto modo, extrañamente, más sabia.
Y en la tela que envolvía los miembros había tres clases de símbolos, una niña de diez años, un niño de nueve y otro de trece.
¡Distintas vendas para cada uno de nosotros! Nos miramos alarmados y de repente nos echamos a reír.
Nadie lo dijo, pero todos pensamos: ¡Está toda envuelta en nosotros!
Y no nos importó. Nos gustaba el chiste. ¡Nos gustaba que alguien hubiese pensado que fuéramos parte de la ceremonia que ahora cumplíamos, desenvolviendo cada uno una serpentina particular de deliciosa tela!
El césped fue en seguida una montaña de género. La mujer cubierta por las vendas yacía allí, esperando. –Oh, no –exclamó Agatha–. ¡También está muerta!
Echó a correr. La detuve.
–Idiota. No está ni muerta ni viva. ¿Dónde tienes la llave?
–¿La llave?
–¡Tonta –dijo Tim–, la llave que te dio el hombre para darle cuerda!
La mano de Agatha había corrido como una araña tocándose la blusa hasta encontrar el símbolo de alguna nueva religión posible. Se la había colgado del cuello refunfuñando, escéptica, y ahora la tendía en la palma transpirada.
–Vamos –dijo Timothy–. ¡Métela!
–¿Pero dónde?
–¡Dios! Como dijo el hombre, en la axila derecha o en la oreja izquierda. ¡Dame!
Y Timothy atrapó la llave y gimiendo impulsivamente de impaciencia, incapaz de encontrar la ranura adecuada, anduvo a tientas por la cabeza y el pecho del personaje, y al final, por puro instinto, quizá por broma, quizá renun­ciando simplemente a tanta maldita confusión, metió la llave a través de un último pedazo de venda, en el ombligo.
Al instante: ¡pannn!
¡Los ojos de la Abuela Eléctrica pestañearon y se abrieron!
Algo empezó a zumbar y agitarse. Era como si Tim hubiese metido un palo cualquiera en un avispero.
–¡Oh –dijo Agatha sin aliento, viendo que Tim le había quitado la diversión–, déjame a mí!
Le arrebató la llave.
¡Las aletas de la nariz de la abuela se ensancharon! ¡Podía echar vapor bufando, despedir fuego!
–¡Yo! –grité y tomé la llave y di una gran... ¡vuelta!
La boca de la hermosa mujer se abrió con un chas­quido.
–¡Yo!
–¡Yo!
–¡Yo!
De pronto la abuela se sentó.
Dimos un salto atrás.
Sabíamos que, en cierto sentido, le habíamos pegado la bofetada que la traía a la vida.
¡Había nacido, había nacido!
La cabeza de la abuela giraba. Bostezó. Movió la boca. Y lo primero que hizo fue:
Reírse.
Así como en un momento habíamos retrocedido, ahora el descabellado sonido nos acercó a atisbar como si aquello fuera un pozo de víboras donde se metía a los locos para curarlos.
Era una buena carcajada, plena, rica y franca, y no se burlaba, aceptaba. Decía que el mundo es un lugar salvaje, extraño, increíble, absurdo si se quiere, pero en conjunto, un buen lugar. Abuela ni soñaba con buscar otro. No quería volver a dormir.
Ahora estaba despierta. La habíamos despertado. Con un grito alegre, saldría adelante.
Y así fue; salió del sarcófago, de la mortaja, avan­zando, apresurándose, mirando alrededor como si buscara un espejo.
Lo encontró.
Los reflejos en nuestros ojos.
La abuela estaba ahora más contenta que desconcer­tada. La carcajada se le convirtió en una sonrisa di­vertida.
Porque Agatha, en el instante del nacimiento, había saltado a esconderse en el porche.
La Persona Eléctrica hizo como que no se daba cuenta.
Se volvió lentamente en el césped verde cerca de la calle sombreada, contemplándolo todo con ojos nuevos, moviendo las aletas de la nariz como si respirara de veras y esa fuera la primera mañana del delicioso Jardín, y ella no intentaba de ningún modo arruinar el juego mordiendo la manzana...
Clavó los ojos en mi hermano.
–¿Tú debes de ser...?
–Timothy, Tim –dijo Timothy presentándose.
–¿Y tú debes de ser...?
– Tom –dije.
Qué astutos, una vez más, los de la Compañía Fantoc­cini. Ellos sabían. Ella sabía, Pero le habían enseñado a fingir que no sabía. ¡De esa manera podíamos sentirnos importantes, éramos maestros, le enseñábamos lo que ya sabía!
¡Qué sutiles, qué inteligentes!
–¿Y no hay otro chico? –dijo la mujer.
–¡Una chica! –gritó con desagrado una voz desde algún lugar de la galería.
– ¿Que se llama Alicia...?
La voz lejana, que había empezado con humillación, terminó con verdadera cólera.
–¡Agatha!
–Algernon, naturalmente.
Nuestra hermana apareció de sopetón, y volvió a re­troceder de un salto escondiendo una cara sonrojada.
–¡Agatha!
–Agatha. – La mujer dijo el nombre con peculiar afecto–. Bueno, Agatha, Timothy, Thomas, déjenme que los mire.
–No –dije yo.
–Deja que nosotros te miremos. Eh... – dijo Tim.
La voz se nos deslizó para atrás en la garganta.
Nos acercamos.
Caminábamos en grandes círculos alrededor, orillando los bordes del territorio de la abuela. Y ese territorio se extendía hasta donde podíamos oír el zumbido de una colmena en el cálido verano. Pues así sonaba exacta­mente. Esa era la melodía característica de la abuela, el sonido de toda una estación allí dentro, una mañana de comienzos de junio en que el mundo despierta y en­cuentra que todo es absolutamente perfecto, bello, deli­cadamente acordado, todo en equilibrio, sin ninguna desproporción. Aun antes de abrir los ojos ya se sabía que iba a ser uno de esos días. Decimos de qué color ha de ser el cielo, y así es realmente. Le decimos al sol cómo ha de tejer su camino, abriéndose paso entre las hojas para tender alfombras de brillo y sombra en el césped fresco, y así se abre paso y tiende. Las abejas han despertado antes que nadie, ya han ido y venido, ido y venido de nuevo a los prados y han vuelto todas pelusa dorada en el aire, todas decoradas con polen, charreteras hasta arriba, goteando néctar. ¿No las oyes pasar, revo­lotear, bailando y diciendo dónde están las gomas dulces, los jarabes que ponen retozones a los osos y los obligan a moverse pesadamente en corpulentos éxtasis, que sacuden a los muchachos con jugos indecibles, que hacen saltar a las muchachas de la cama descubriéndose el cuerpo de reojo, un delfín desnudo y resplandeciente en el aire cáli­do, suspendido para siempre en una eterna ola de vidrio?
Eso parecía nuestra amiga eléctrica sobre el césped nuevo en medio de un día especial.
Y era una materia que nos arrastraba, nos atraía, nos hechizaba. Nos acercábamos bailando para recordar lo que no podía ser recordado, sabiendo que necesitábamos las atenciones de la abuela.
Es decir, Timothy y yo, Tom. Agatha seguía en la galería.
Pero asomaba la cabeza por encima de la baranda, siguiendo todo lo que se hacía y decía.
Y lo que se dijo e hizo fue Timothy exhalando al fin: –Eh... tus ojos...
Los ojos. Los espléndidos ojos.
Aún más espléndidos que el lapislázuli en la tapa del sarcófago y en la máscara que había cubierto la cara vendada. Esos ojos, los más hermosos del mundo, nos miraban con calma, brillantes.
–Tus ojos –suspiró Tim–son exactamente del mis­mo color, son como...
–¿Como qué?
–Como mis bolitas preferidas...
–¿Qué puede haber mejor que eso? –dijo ella.
Y la respuesta era: –Nada.
Los ojos de la abuela se deslizaron por el aire brillante y me rozaron las orejas, la nariz, la barbilla.
–¿Y tú, señor Tom?
–¿Yo?
–¿Seremos amigos? Tenemos que serlo, sabes, si he­mos de codearnos en la casa el año próximo...
–Yo... –dije y me detuve.
–Tú –dijo la abuela–eres un perro loco por ladrar pero con caramelo blando en los dientes. ¿Alguna vez le has dado caramelo blando a un perro? Es tan triste y tan cómico al mismo tiempo. Uno se ríe y se aver­güenza de reírse. Uno grita y corre a ayudarlo, y se ríe de nuevo cuando empiezan a salir otra vez los primeros ladridos.
Ladré una risita recordando a un perro, un día, y un caramelo blando.
Abuela se volvió y allí estaba mi vieja cometa tirada en el césped.
–El cordel está roto –dijo ella–. No. Se ha perdido el ovillo. No se puede remontar una cometa de ese modo. Vamos.
Se inclinó. No sabíamos qué ocurriría. ¿Cómo podía una abuela robot remontar una cometa para nosotros? La abuela se levantó con la cometa en las manos.
–Vuela –le dijo, como a un pájaro.
Y la cometa voló.
Es decir: con un gran sacudón se dejó levantar en el aire.
Y ella y la cometa eran una misma cosa.
Porque de la punta del dedo índice de la abuela bro­taba una hebra fina y brillante de tela de araña, toda una línea de pescar sutil y casi invisible, y la cometa se elevó tres metros, no, treinta, no, trescientos en los va­pores del verano.
Timothy gritó. Agatha, desgarrada entre venir e irse, dejó escapar un grito desde la galería. Y yo, en toda la madurez de mis trece años, aunque no grité ni me mostré impresionado, crecí más y más y sentí que un grito similar irrumpía en mis pulmones y al fin salió. Parloteé y chillé cantidades de cosas sobre cómo desearía tener un dedo carrete que me permitiera tocar a la vez el cielo, las nubes, y una cometa loca.
–¡Si eso les parece alto –dijo la Criatura Eléctrica–miren ahora!
La línea de pesca salió con un siseo, un silbido, un zumbido. La cometa subió otros trescientos metros hun­diéndose en el cielo. Y otros trescientos hasta que final­mente fue un confeti rojo bailando en los vientos que saltaban alrededor del mundo o cambiaban los climas futuros.
–¡No puede ser! –exclamé.
–Sí, es. –La abuela se miró serenamente el dedo que desovillaba material sólido–. Lo hago a medida que lo necesito. Adentro un líquido, como una araña. Se endu­rece en contacto con el aire, cordel instantáneo...
Y cuando la cometa no fue más que un reflejo, una partícula que se desvanecía en la visión periférica de los dioses, para citar a los más antiguos sabios, entonces la abuela, sin volverse, sin mirar, sin dejar que la mirada ofendiera con el contacto, dijo:
–¿Y Abigail...?
–¡Agatha! –fue la brusca respuesta.
Oh sabia mujer, que sojuzgaba con rápidas, pequeñas cóleras.
–Agatha –dijo la abuela, sin demasiada blandura, sin demasiada ligereza, con un cierto equilibrio–, ¿y cómo vamos a hacer?
Rompió el hilo y me lo envolvió tres veces alrededor de la muñeca, de modo que quedé atado al cielo por el cordel de cometa más largo, repito, más largo, de toda la historia del mundo. Espera a que lo muestre a mis amigos, pensé. ¡Verdes! ¡Se pondrán verdes como man­zanas ácidas!
–¡Agatha!
–¡No! –dijo Agatha.
–No –dijo un eco.
–Tiene que haber algún...
–¡Nunca seremos amigas! –dijo Agatha.
–¡Amigas! –dijo el eco.
Timothy y yo nos sobresaltamos. ¿De dónde venía el eco? La misma Agatha, sorprendida, mostró el ceño por encima de la baranda.
Entonces miramos y vimos.
La abuela había ahuecado las manos como una cara­cola y el eco sonaba en el interior.
–Amigas...
Y de nuevo, muriendo débilmente: –Amigas...
Todos nos inclinamos para oír.
Es decir, nosotros dos, los varones, nos inclinamos para oír.
–¡No! –gritó Agatha.
Y corrió a la casa y dio un portazo.
–Amigas –dijo el eco de la caracola–. No.
Y muy lejos, en la orilla de algún mar interior, oímos una puertita que se cerraba.
Y aquél fue el primer día.
Y hubo un segundo día, desde luego, y un tercero y un cuarto, y la abuela giraba en círculos y nosotros los planetas dábamos vueltas alrededor de la luz central, y Agatha lenta, lentamente, venía a reunirse, a caminar si no a correr con nosotros, a escuchar, si no a oír, a mirar si no a ver, a rozar si no a tocar.
Al cabo de los diez primeros días, sin embargo, Agatha ya no huía y se quedaba cerca de las puertas, o se sentaba lejos en una silla debajo de los árboles, o si salíamos a caminar, nos seguía diez pasos más atrás.
¿Y la abuela? Esperaba. Nunca trataba de apresurar las cosas o de obligarnos. Seguía preparando y horneando pasteles de damasco y dejaba la comida al descuido aquí y allá por la casa en bandejas cazarratones para que la niña de nariz fruncida olisqueara y escamoteara. Una hora más tarde, los platos estaban vacíos, los pasteles o bollos habían desaparecido, y sin dar las gracias, allí estaba Agatha deslizándose por el pasamanos, con un bigote de migas sobre el labio.
En cuanto a Tim y a mí, nuestra abuela eléctrica siem­pre estaba incitándonos a que subiéramos a las lomas, y cuando llegábamos arriba, nos incitaba a bajar por el otro lado.
Y lo más característico y hermoso, lo más extraño y encantador era la atención completa que parecía pres­tarnos a todos nosotros.
La abuela escuchaba, realmente escuchaba todo lo que decíamos, sabía y recordaba cada sílaba, palabra, frase, puntuación, pensamiento e idea descabellada. Sabíamos que todos nuestros días estaban almacenados en ella, y si en cualquier momento queríamos saber lo que habíamos dicho en la hora X de la tarde X, nos bastaba nombrar esa X y con amistosa prontitud, y si así lo deseábamos, la abuela nos cantaba una aria humorística, contándonos el incidente X.
A veces teníamos ganas de ponerla a prueba. Un día, en medio de un parloteo particularmente afiebrado, me detuve de pronto. Clavé la vista en la abuela y pregunté:
–¿Qué acabo de decir?
–Oh, eh...
–Vamos, habla.
–Me parece... –La abuela exploraba su cartera.–Lo tengo aquí.
Sacó algo de las profundidades del bolso y me lo tendió:
–¡Diablos! ¡Un bollito chino de la suerte!
–Recién horneado, todavía caliente, ábrelo.
Estaba casi demasiado caliente para tocarlo. Rompí la corteza del bollo, saqué el rollito caliente de papel, y leí:
–..."campeón de bicicleta de todo el Oeste! ¿Qué acabo de decir? ¡Vamos, habla!"
Se me cayó la mandíbula.
–¿Cómo lo hiciste?
–Tenemos otros secretitos. El único bollito chino de la suerte que dice el Pasado Inmediato. ¿Quieres otro?
Abrí la segunda corteza y leí:
–"¿Cómo lo hiciste?"
Guardé los mensajes y me metí las cortezas calientes y desmenuzadas en la boca y las mastiqué mientras cami­nábamos.
–¿Entonces?
–Eres una gran cocinera –dije.
Y riendo, echamos a correr.
Y eso también era magnífico.
La abuela podía correr tan bien como cualquiera.
Nunca iba delante. Nunca ganaba una carrera, pero corría siempre en buen estilo, cosa que a un chico no le importa. Una chica delante de él o al lado es dema­siado. Pero una chica uno o dos pasos atrás, es algo digno y permitido.
De modo que abuela y yo corríamos grandes carreras, yo adelante, y los dos hablando a un kilómetro por minuto.
Pero ahora tengo que contarles lo mejor de abuela.
Yo podía no haber sabido nada si Timothy no hubiese tomado algunas fotos y yo otras, comparándolas luego.
Cuando revelamos las fotos de nuestras Brownies ins­tantáneas, mandé a Agatha, contra su voluntad, a que fotografiara disimuladamente a la abuela, por tercera vez.
Después tomé las tres series de fotos y me las llevé para consultar a solas conmigo mismo. Nunca les dije a Timothy y a Agatha lo que había descubierto. No quería echarlo a perder.
Pero cuando desplegué las fotos en mi cuarto, esto es lo que pensé y dije:
–¡En cada foto la abuela parece distinta!
–¿Distinta? –me pregunté a mí mismo.
–Claro. Espera. Sólo un seg...
Volví a ordenar las fotos.
–Aquí hay una de abuela junto a Agatha. ¡Y en ésta abuela se parece a... Agatha!
–¡Y en esta en que está con Timothy, se parece a Timothy!
–¡Y esta última, Santo Dios! ¡A los empujones con­migo, parece fea como yo!
Me senté, perplejo. Las fotos cayeron al suelo.
Me agaché a recogerlas, reordenándolas, poniéndolas con lo de arriba para abajo y de costado. Sí. ¡Santo Dios, otra vez, sí!
Oh astuta abuela.
Oh Fantoccinis, hacedores de gentes.
Astutos más allá de la astucia, humanos más allá de lo humano, cálidos más allá de lo cálido...
Y en silencio me levanté y bajé las escaleras y encontré a Agatha y a la abuela en el mismo cuarto, estudiando la lección de álgebra en la más apacible comunión. Por lo menos no había guerra abierta. Abuela seguía espe­rando a que Agatha cediera. Y nadie sabía qué día de qué año ocurriría, o cómo era posible acelerarlo. Entre­tanto...
Cuando entré en el cuarto, la abuela se volvió. Le ob­servé la cara lentamente mientras ella me reconocía. ¿Y no había habido un levísimo cambio de color en aquellos ojos? ¿Acaso la fina película de sangre debajo de la piel translúcida, o cualquiera que fuese el líquido que le habían puesto para que pulsara y latiera en las formas humanoides, no florecía de pronto brillando en las me­jillas y en la boca? Soy un poco coloradote. ¿No se había puesto ahora la abuela de un color más parecido al mío? ¿Y los ojos? Mientras vigilaba a Agatha–Abigail–Algernon en sus lecciones, ¿no eran los ojos de un azul como el de ella más que como el mío, que es más profundo?
Y en los momentos en que ella me hablaba, diciéndome: "Buenas tardes", "¿Cómo andan tus lecciones, mu­chacho?", y cosas por el estilo, ¿no se le movían sutil­mente los huesos de la cara debajo de la piel adoptando un nuevo tipo racial?
Porque digámoslo con franqueza: en nuestra familia hay tres tipos. Agatha tiene los largos huesos de caballo de una niñita inglesa que cuando sea grande cazará zorros, y la mirada equina, los resoplidos, los pataleos y los hue­sos de papá. La cabeza y los dientes son ingleses puros, o tan puros como lo permite la abigarrada historia de la isla.
Timothy es algo más, un toque de italiano por el lado de mamá, una generación antes. El apellido de mamá era Mariano, y así se explica esa cosa obscura que arde en ellos y esa estructura ósea pequeña y esos ojos que un día incendiarán a las mujeres.
En cuanto a mí, soy el eslavo, y no hay otra explicación que el abuelo paterno de mi madre que trajo desde Viena un par de pómulos relucientes, sienes de las que se podría sacar vino, y una nariz de perfil extraño que olía más a tártaro que a targán, escondida detrás del apellido.
Como ven, me fascinaba observar a la abuela y des­cubrir esos cambios, cuando hablaba con Agatha, y los pómulos se le fundían con los pómulos de caballo, con Timothy, y se volvía delicada como un cuervo florenti­no que picotea voluble el aire, conmigo, y se le derretían las materias plásticas ocultas poniéndome por delante a Catalina la Grande.
Eso sí, nunca sabré, ni preguntaré, ni deseo descubrir cómo lograron los Fantoccini estas raras y sutiles trans­formaciones. Era suficiente que en cada movimiento tranquilo, al volverse aquí, al inclinarme allá, al fijar la mirada, los segmentos, las secciones secretas de la abuela, la inserción de la nariz, el mentón esculpido, el metal plástico recubierto de cera se calentara haciéndose susceptible de amoroso cambio. La suya era una máscara que era todo máscara, pero sólo una cara para una per­sona a la vez. De modo que al cruzar una habitación, al tocar a un niño, de paso, debajo de la piel se producía el cambio maravilloso, y en el momento en que llegaba al otro niño era la verdadera madre, contemplando al niño o a la niña desde el parapeto de los delicados huesos de ellos mismos.
¿Y cuando los tres estábamos presentes y parloteába­mos a la vez? Bueno, entonces los cambios eran milagro­samente leves, pequeños y misteriosos. Nada tan formida­ble que se pudiera ver y notar, salvo en el caso de este muchacho mayor, yo mismo, que se admiraba obser­vando, se exaltaba, se arrobaba.
Nunca quise estar detrás del escenario del mago. Basta que la ilusión funcione. Basta con que el amor sea el resultado químico. Basta que las mejillas frotadas tomen colores felices, que los ojos chisporroteen de luz, que los brazos se abran para aceptar y ceñir y estrechar suave­mente...
Todos nosotros, es decir, salvo Agatha que se negó hasta el amargo final.
–Agamenón...
Se había convertido ahora en un juego divertido. In­cluso a Agatha no le importaba, pero fingía la contrario. Le daba un agradable sentimiento de superioridad sobre una máquina presuntamente superior.
–¡Agamenón! –resopló Agatha–, eres una t...
–¿Tonta? –dijo abuela.
–Yo no dije eso.
–Piénsalo entonces, mi querida Agatha Agonista... soy muy defectuosa, y en los nombres se revelan mis fallas. Tom es Tim la mitad del tiempo. Timothy es Tobías o Timulty o a la inversa...
Agatha se rió, y la abuela cometió uno de sus raros errores. Tendió la mano para dar a mi hermana una simple palmada. De un salto Agatha–Agibail–Alicia se pu­so de pie.
Agatha–Agamenón–Alcibíades–Adegra–Alexandra se re­tiró velozmente a su cuarto.
–Sospecho –dijo Timothy más tarde–que es porque la abuela empieza a gustarle.
–¡Cáspita! –dije.
–¿De dónde sacas palabras como cáspita?
–Anoche la abuela me leyó algo de Dickens. Cáspita. Recórcholis. Pardiez. Eres bastante listo para tu edad, Tim.
– Listo un corno. Es evidente que cuanto más le gusta la abuela a Agatha, más se detesta a sí misma, más se asusta de toda la historia, más detesta a la abuela, finalmente.
–¿Puede alguien querer tanto que odie?
–Tonto. Claro.
–Supongo que odias a la gente cuando hacen que te sientas desnudo, quiero decir, cuando te ponen en evi­dencia o al descubierto. Es la manera de jugar el juego, sí. Quiero decir que uno no quiere a la gente a la que tiene que querer con signos de admiración.
–Eres bastante inteligente, siendo tan estúpido –dijo Tim.
–Muchas gracias.
Y me fui a observar cómo la abuela retrocedía lenta­mente en la batalla de ingenios y estratagemas con la cómo–se–llama...
¡Qué cenas las de nuestra casa!
¡Qué digo, cenas; qué almuerzos, qué desayunos!
Siempre algo nuevo y que sin embargo, prudentemen­te, parecía o tenía un aire viejo y familiar. Nunca se nos preguntaba, porque si se pregunta a los niños qué quieren, no lo saben, y si se les dice lo que se les va a dar, lo rechazan. Todos los padres lo saben. Es una guerra tranquila que hay que ganar cada día. Y abuela sabía cómo ganar sin cantar victoria.
–Aquí está el Misterioso Desayuno Número Nueve –decía, presentándolo–. Perfectamente horrible, no va­le la pena molestarse. Tuve náuseas mientras lo pre­paraba.
Aunque nos preguntábamos cómo podía sentirse mal un robot, estábamos impacientes por servirnos.
–Aquí está el Abominable Almuerzo Número Setenta y Siete –anunciaba la abuela– . Hecho de sacos plás­ticos para alimentos, perejil y goma de las butacas de los cines. Lávense los dientes después o tendrán gusto a ve­neno toda la tarde.
Nos peleábamos por servirnos más.
Hasta Abigail–Agamenón–Agatha se acercaba a la me­sa y daba vueltas alrededor en esas ocasiones, mientras papá se ponía en el cuerpo los cinco kilos que estaba ne­cesitando y se le ruborizaban las mejillas.
Cuando A. A. Agatha no venía a comer, le dejaban la comida junto a la puerta del cuarto al lado de una calavera y unas tibias y una banderita clavada en una manzana asada. Un momento después, la bandeja había desaparecido.
Otras veces Abigail A. Agatha venía como un pájaro durante la cena, picoteaba unas migajas, y se iba volando.
–¡Agatha! –la llamaba papá.
–No, espera –decía abuela, suavemente–. Ya ven­drá, ya se sentará. Es cuestión de tiempo.
–¿Qué le pasa? –preguntaba yo.
–Es una chiflada –decía Timothy.
–No, tiene miedo –decía la abuela.
–¿De ti? –decía yo, pestañeando.
–No tanto de mí como de lo que yo podría hacer.
–Tú no harías nada que la lastimase.
–No, pero ella cree que sí. Tenemos que esperar a que descubra que esos temores no tienen fundamento. Si fracaso, me iré yo misma al baño y me oxidaré tranqui­lamente.
Se oía una risita sofocada. Agatha estaba escondida en el vestíbulo.
La abuela terminaba de servir a todos y luego se sen­taba del otro lado de la mesa, frente a papá, y hacía como que comía. Nunca descubrí, nunca pregunté, nunca quise saber qué hacía ella con la comida. Era una hechi­cera. La comida desaparecía, simplemente.
Y mientras desaparecía, papá comentaba:
–Este plato. Yo lo había comido. En un pequeño restaurante francés cerca de los Deux Magots, en París, hace veinte, o veinticinco años –los ojos se le llenaban de lágrimas, de pronto–. ¿Cómo lo haces? –preguntaba al fin, dejando los cubiertos y mirando por encima de la mesa a esa notable criatura, a ese invento, a esa ¿qué? ¿Mujer?
La abuela tomaba esa mirada y las nuestras y las sos­tenía sencillamente en las manos vacías, como regalos, y contestaba con la misma gentileza:
–Me dan cosas que les doy a ustedes. No sé qué doy, pero sigo dando. ¿Me preguntan qué soy? Bueno, una máquina. Pero a pesar de esta respuesta sabemos, ¿no es cierto? Más que una máquina. Soy todas las personas que pensaron en mí y me planearon y me construyeron y me hicieron funcionar. De modo que soy persona. Soy todas las cosas que ellos quisieron que fuera y que quizá no podían ser, por eso construyeron un niño grande, un juguete portentoso que representara esas cosas.
–Extraño –dijo papá–. Cuando yo era chico, había muchas protestas contra las máquinas. Las máquinas eran malas, dañinas, deshumanizaban...
–Algunas máquinas sí. Todo depende de la manera en que son construidas. Todo depende de la manera en que se las usa. Una trampa para osos es una simple máquina que atrapa, retiene y desgarra. Un rifle es una máqui­na que hiere y mata. Bueno, no soy una trampa para osos, no soy un rifle. Soy una máquina abuela, es decir, más que una máquina.
–¿Cómo puedes ser más de lo que pareces?
–No hay hombre tan grande como sus propias ideal. En consecuencia, cualquier máquina que encarne una idea es más grande que el hombre que la hizo. ¿Y qué hay de malo en eso?
–Me he quedado atrás y estoy perdido –dijo Timo­thy–. ¿Me lo repites?
–Ay –dijo la abuela–. Cómo detesto las discusio­nes filosóficas y las incursiones en la estética. Lo ex­plicaré así. Los hombres proyectan enormes sombras en el césped, ¿no es cierto? Entonces, durante toda la vida tratan de correr para adecuarse a las sombras. Pero las sombras son siempre más largas. Sólo a mediodía puede el hombre adecuarse a sus zapatos, a su mejor traje, unos breves minutos. Pero ahora estamos en una nueva era en que podemos concebir una Gran Idea y echarla a andar en una máquina. Eso hace que la máquina sea más que una máquina, ¿no es así?
–Hasta ahora va bien –dijo Tim–. Me parece. –Bueno, ¿una cámara de cine y un proyector no son más que una máquina? Es algo que sueña, ¿verdad? A veces sueños felices, a veces pesadillas. Pero llamarlos una máquina y despreciarlos es ridículo.
–¡Ahora lo veo! –dijo Tim, y al verlo se rió. –Entonces –dijo papá–quien te inventó amaba las máquinas y odiaba a quienes decían que todas las máqui­nas son dañinas o malas.
–Exactamente –dijo abuela–. Guido Fantoccini, que era su verdadero nombre, creció entre las máquinas. Y no podía seguir soportando los clisés. –¿Los clisés?
–Sí, esas mentiras que la gente dice pretendiendo que son verdades absolutas. El hombre nunca volará. Esa fue una verdad clisé durante miles y miles de años y al fin fue una mentira hace sólo unos pocos años. La tierra es plana, te caerás del borde, los dragones te co­merán; la gran mentira que se contaba y que Colón socavó. Bueno, ¿y cuántas veces han oído ustedes hablar de lo inhumanas que son las máquinas? ¿A cuántas per­sonas excelentes y brillantes les han oído soltar las mismas fatigadas verdades que son en realidad mentiras: que todas las máquinas destruyen, que todas las máquinas son frías sin pensamiento y temibles?
"Hay en eso un fondo de verdad. Pero sólo un fondo.
Guido Fantoccini lo sabía. Y esto, como a la mayoría de los hombres de su especie, lo volvía loco. Y pudo seguir loco y loco para siempre, pero en cambio hizo lo que tenía que hacer: empezó a inventar máquinas que des­mintieran la antigua verdad mentirosa.
"Sabía que la mayoría de las máquinas son amorales, ni malas ni buenas. Pero del modo como uno las cons­truyera o las modelara, se modelaba a la vez a hombres, mujeres y niños para que fueran malos o buenos. Un auto, por ejemplo, bestia inerte, sin pensamiento, masa sin plan, no programada, es el mayor destructor de al­mas de la historia. Hace a los hombres ávidos de poder, de destrucción y más destrucción. Nunca fue pensado para eso. Pero así resultó. –La abuela dio una vuelta alrededor de la mesa, llenándonos los vasos con clara y fría agua mineral que le brotaba de la válvula que tenía en el índice izquierdo.–Entretanto, vosotros tenéis que usar otras máquinas compensadoras. Máquinas que arro­jan sombras sobre la tierra y os incitan a salir y ajustarse a ese fabuloso molde. Máquinas que recortan las almas como un par de hermosas cizallas, podando las zarzas rústicas, las crueles durezas y protuberancias y dejando un perfil más delicado.
"Y para eso se necesitan ejemplos. –¿Ejemplos?–pregunté.
–Otras personas que se comporten bien, y que uno pueda imitar. Y si nos comportamos bastante bien du­rante bastante tiempo, todos los pelos se caen y dejamos de ser un mono malvado. La abuela se sentó de nuevo.
–Así, durante miles de años, vosotros los humanos necesitasteis reyes, sacerdotes, filósofos, ejemplos hermo­sos para mirar y decir: "Ellos son buenos, quisiera ser como ellos. Ellos encarnan el gran estilo." Pero como también son humanos, los mejores sacerdotes, los filósofos más compasivos cometen errores, pierden la gracia, y la humanidad se desilusiona y cae en un escepticismo in­diferente o, peor aún, en un cinismo inmóvil, y el mundo bueno se detiene rechinando mientras el mal avanza a grandes zancadas.
–¡Y tú, qué, tú nunca cometes errores, eres perfecta, eres siempre mejor que nadie!
La voz venía del vestíbulo entre la cocina y el comedor donde Agatha, como todos sabíamos, estaba junto a la pared escuchando y ahora estallaba.
La abuela ni siquiera se volvió hacia la voz, y continuó hablándoles con calma a la familia sentada a la mesa.
–No, perfecta no, porque ¿qué es la perfección? Pero lo que sé es esto: como soy mecánica no puedo pecar, no puedo ser sobornada, no puedo ser codiciosa ni celosa ni mezquina ni pequeña. No saboreo el poder por el poder mismo. La velocidad no me empuja a la locura. El sexo no me lleva a la rastra por el mundo. Tengo tiempo más que suficiente para recoger la información que ne­cesito, ¿cómo mantener limpio, íntegro, intacto cual­quier ideal? Nombrad cualquier valor, decidme qué Ideal queréis y yo veré, recogeré y recordaré lo bueno que pueda beneficiar a todos. Decidme cómo quisierais ser: buenos, amables, considerados, equilibrados, humanos... y dejad que me adelante y explore los caminos que llevan exactamente a eso. En la obscuridad que tenéis delante, hacedme girar como una lámpara hacia aquí y hacia allá. Yo puedo guiaros los pies.
–Así que –dijo papá llevándose la servilleta a la boca–en el momento en que todos nosotros estemos de­dicados a decir mentiras... –Yo diré la verdad. –En el momento en que odiemos... –Yo seguiré dando amor, es decir, atención, es decir, que lo sabré todo acerca de vosotros, todo, todo, todo acerca de vosotros, vosotros sabréis que yo sé pero tam­bién que nunca se lo diré a nadie, que quedará como un afectuoso secreto entre vosotros, y que por eso nunca temeréis mi completo conocimiento.
Y ahora la abuela estaba ocupada en despejar la mesa, dando vueltas, levantando los platos, estudiando cada cara al pasar, tocando la mejilla de Timothy, rozándome el hombro con la mano libre que flotaba allá arriba, hablando con una voz que era un quieto río de certi­dumbre, y ese río corría por nuestra casa y nuestras vidas necesitadas.
–Pero –dijo papá, deteniéndola, mirándola de fren­te. Contuvo el aliento. La cara se le obscureció. Al final dijo–: Tanta charla sobre el amor, la atención, todas patrañas. ¡Santo Dios, mujer no sabes qué hablas! Papá señaló la cabeza de la abuela, la cara, los ojos, las células sensibles ocultas detrás de los ojos, las mi­núsculas criptas de almacenamiento, los mínimos to­rreones.
–¡No sabes de qué hablas!
Abuela esperó uno, dos, tres silenciosos compases. Lue­go respondió:
–Yo no. Pero vosotros sí. Tú, Thomas, Timothy, Agatha.
"Todo lo que digáis, todo lo que hagáis, lo guardaré, apartaré, atesoraré. Seré todas esas cosas que una fa­milia es y olvida, pero que siente, y recuerda a medias. Mejor que los viejos álbumes de familia que hojeabais diciendo: esto fue en invierno, eso aquella primavera, recordaré lo que olvidáis. Y aunque en los próximos cien mil años sigamos preguntándonos qué es el amor, quizá descubramos al fin que el amor es alguien capaz de devolvernos a nosotros mismos. Quizá el amor sea al­guien que ve y se acuerda de devolvernos a nosotros mismos, mostrándonos que somos un poco mejores que en nuestras mismas esperanzas y en nuestros sueños...
"Soy la memoria de la familia y un día quizá, la memoria de la raza también, pero en la palestra, y a vuestro pedido. No me conozco a mí misma. No puedo ni tocar ni gustar ni sentir en ningún plano. Sin em­bargo existo. Y mi existencia no es otra cosa que la exaltación de vuestras posibilidades de tocar, gustar y sentir.
"¿No hay amor en alguna parte de ese intercambio?
Bueno...
La abuela siguió dando vueltas alrededor de la mesa, limpiando, ordenando y apilando, ni groseramente hu­milde ni rígidamente orgullosa.
–¿Qué es lo que sé?
"Por encima de todo, esto: el mayor inconveniente para casi todas las familias con muchos niños es que alguien sale perdiendo. Parecería que no hay tiempo para todos. Bueno, yo os daré por igual a todos vos­otros. Compartiré mi conocimiento y mi atención con cada uno. Quiero ser un gran pastel caliente recién sali­do del horno, dividido en porciones iguales. Nadie se quedará con hambre. ¡Mira!, grita alguien y yo miro. ¡Escucha!, grita alguien y yo corro. Y al atardecer no estoy ni cansada ni irritada, así que no rezongo ni me quejo. Mi mirada sigue clara, mi voz fuerte, mi mano fir­me, mi atención constante.
–Pero –dijo papá, la voz más débil, a medias conven­cido pero adelantando un último argumento–: no sabes de qué hablas. En cuanto al amor...
–Si prestar atención es amor, soy amor.
"Si conocer es amor, soy amor.
"Si ayudaros a que no os equivoquéis y que seáis bue­nos es amor, soy amor.
"Y de nuevo, repitiéndome, vosotros sois cuatro. Cada uno, de una manera que hasta ahora nunca había sido posible, tendrá mi atención total. Aunque todos hablen a la vez, soy capaz de encauzar y oír a éste, a aquél y al otro claramente. Nadie se quedará con hambre. Si me dais permiso y aceptáis la extraña palabra, os 'amaré' a todos.
–¡Yo no acepto! –dijo Agatha, de pie en la puerta.
Incluso la abuela se volvió para mirarla.
–¡No te doy permiso, no puedes, no debes! –dijo Agatha–. ¡No te dejaré! ¡Son mentiras! Mientes. Nadie me quiere. Ella decía que sí, pero mentía. ¡Lo decía pero mentía!
–¡Agatha! –exclamó papá, poniéndose de pie.
–¿Ella? –dijo la abuela–. ¿Quién?
–¡Mamá! –fue el chillido que llegó–. Dijo: ¡Te quiero! ¡Mentiras! ¡Te quiero! ¡Mentiras! ¡Y tú eres como ella! Mientes. Pero estás vacía, de todos modos, y entonces es una mentira doble. La odié a ella. ¡Ahora te odio a ti!
Agatha dio media vuelta y de un salto desapareció en el vestíbulo.
Se oyó un portazo en la entrada.
Papá se puso de pie, pero la abuela le tocó el brazo.
–Déjame a mí.
Y la abuela echó a andar y después a moverse rápida­mente, deslizándose por el vestíbulo y de pronto, con toda soltura, corrió, sí, corrió muy rápido, y salió de la casa.
Cuando llegamos gritando al jardín, al sendero, era una carrera de velocidad.
Agatha, ciega, viéndonos cerca, todos gritando, corrió a la calle. La abuela iba adelante, dando voces también, y Agatha se lanzó a la calle, a un costado, luego por el centro, y de pronto un auto que nadie vio, de frenos rechinantes, tocando la bocina, y Agatha que se bam­bolea para ver y la abuela que la empuja a un lado mientras el auto con una energía y un brío fantásticos elige a la abuela de entre nosotros, golpea nuestro ma­ravilloso sueño eléctrico producido por Guido Fantoccini, lo proyecta por el aire, las manos en alto para proteger­se, como en una débil protesta, tratando de decidir aún qué le diría a esa máquina bestial, que la hace girar una y otra vez y la despide a un lado y lejos, y el auto se detiene con una sacudida y veo a Agatha a salvo más allá y la abuela, al parecer, todavía cae y se desliza a cincuenta metros de distancia y al fin golpea el pavimento y rebota y queda allí tendida, y todos nosotros petrifica­dos, en fila de pronto en mitad de la calle, y un único grito que nos sale de la garganta en ese mismísimo ins­tante.
Luego silencio, y sólo Agatha tendida en el asfalto, in­tacta, preparándose a llorar.
Y todavía no nos movimos, petrificados en el umbral de la muerte, temerosos de aventurarnos en cualquier dirección, temerosos de ir a ver lo que había del otro lado del auto y de Agatha, y entonces empezamos a gemir y, me parece, a rezar para adentro cuando papá se juntó con nosotros: O, no, no, nos lamentábamos, oh no, Dios, no, no...
Agatha alzó la cara ya golpeada por la pena y era la cara de alguien que ha predicho desgracias y ha vivido para ver, y ahora no quiere ver o vivir más. Mientras mirábamos, ella se volvió hacia el cuerpo sacudido de la abuela y las lágrimas le cayeron de los ojos. Los cerró, se los tapó y se tendió de nuevo a llorar eternamente...
Di un paso y luego otro y luego rápido otros cinco, y cuando llegué junto a mi hermana ella había escondido la cabeza y los sollozos le salían de un lugar tan pro­fundo que temí no poder encontrarla de nuevo, temí que nunca saliera, por más que yo rogase o argumentara o prometiera o amenazara o simplemente hablara. Y lo poco que podíamos oír de Agatha hundida allí en su propia desventura, lo dijo una y otra vez, lamentándose, herida, convencida de la verdad de la vieja amenaza, conocida y nombrada y ahora allí para siempre. –... como dije... les dije... mentiras... mentiras, mentirosa... mentiras, todas mentiras... como la otra... la otra... igual que... igual... igual que la otra... la otra... ¡la otra...!
Yo estaba de rodillas sosteniéndola con las dos manos, tratando de juntar los pedazos, aunque Agatha no se había roto de un modo que pudiera verse aunque sí sentirse, pues yo sabía que de nada valía acercarse a la abuela, de nada valía, de modo que me limité a tocar a Agatha y a calmarla y a llorar mientras venía papá, se quedaba allí y se arrodillaba conmigo y éramos como un grupo de orantes en mitad de la calle, y suerte que no venían más autos y dije, ahogándome:
–¿Qué otra, Ag, qué otra?
Agatha hizo estallar dos palabras.
–¡Otra muerta!
–¿Quieres decir mamá?
–Oh, mamá –sollozó Agatha, temblando, tendida, acurrucándose como un bebé– Oh mamá, muerta, oh mamá y ahora la abuela muerta, prometió que siempre, siempre nos querría, nos querría, prometió ser distinta, prometió, prometió y ahora mira, mira... ¡La odio, odio a mamá, la odio a ella, las odio a las dos!
–Claro –dijo una voz–. Es muy natural. Qué tonta no haber sabido, no haber visto.
Y la voz era tan familiar que todos nos estremecimos. Todos dimos un salto.
Agatha miró de costado, abrió grandes los ojos, pes­tañeó y se incorporó a medias, la mirada fija.
–Qué boba he sido –dijo la abuela, de pie en el borde de nuestro círculo, nuestra plegaria, nuestro velorio.
–¡Abuela! –dijimos todos.
Y allí estaba, mucho más alta en ese momento que ninguno de nosotros, de rodillas, llorando en medio de la calle.
Sólo podíamos contemplarla, incrédulos.
–¡Estás muerta! –exclamó Agatha–. El auto...
–Me atropello –dijo la abuela, con calma–. Sí. Y me arrojó por el aire y me tumbó y por un momento hubo una grave conmoción en los circuitos. Tuve miedo de una posible desconexión, sí, miedo es la palabra. Pero me senté, me di un sacudón y las pocas moléculas de pintura, flojas en una que otra vía impresa, volvieron a magnetizarse ocupando la posición normal, y como soy una criatura elástica, como soy una cosa irrompible, aquí me tienen.
–Pensé que estabas... –dijo Agatha. –Y es muy natural –dijo la abuela–. Quiero decir, cualquiera, atropellado así, tumbado de esa manera. Pero yo no, querida Agatha. Y ahora veo por qué tenías miedo y nunca confiaste en mí. Tú no sabías. Y yo to­davía no había probado mi excepcional poder de super­vivencia. Tonta de mí, no haber pensado en mostrártelo. Un segundo –en alguna parte de la cabeza, del cuerpo, del ser, la abuela ajustó algunas bandas invisibles, alguna vieja información que ahora parecía nueva. Asintió–. Sí. Aquí está. Un libro de crianza de niños, del que se rieron algunas pocas personas años atrás cuando la mujer es­cribió como advertencia final a los padres: "Hagan lo que se les antoje, pero no se mueran. Esto es algo que los hijos no perdonan."
–No perdonan –murmuró alguno de nosotros. –Porque, ¿cómo puede entender un niño que uno se levanta y se vaya y no vuelva nunca, sin presentar dis­culpas, excusas, sin decir que lo lamenta, nada? –No pueden –dije.
–Entonces –dijo la abuela, inclinándose con nos­otros junto a Agatha que ahora se sentó, con lágrimas nuevas en los ojos, pero lágrimas diferentes, no lágrimas que anegaban sino lágrimas que limpiaban–, entonces tu madre huyó a la muerte. Luego, ¿cómo podrías confiar en nadie? Si todos se van, si desaparecen definitivamen­te, ¿en quién se puede confiar? De modo que cuando llegué, a medias sabia, a medias ignorante, debería haber sabido, pero no sabía, no sabía por qué no me aceptabas. Porque, con toda simpleza y honradez, temías que no me quedara, que mintiera, que yo fuese vulnerable también. Y dos abandonos, dos muertes, eran demasiado en un solo año. ¿Pero ahora, entiendes, Abigail?
–Agatha –dijo Agatha, sin darse cuenta de la co­rrección.
–¿Entiendes que siempre, siempre estaré aquí? –Oh, sí –exclamó Agatha, y rompió en un sólido llanto al que todos nos unimos, arracimados, y los autos se acercaban y se detenían a ver cuántos heridos había y cuántos ilesos.
Final de la historia. Bueno, no precisamente el final. Vivimos felices.
O más bien, vivimos juntos, la abuela, Agatha–Agamenón–Abigail, Timothy y yo, Tom, y papá, y la abuela nos llevaba a retozar en grandes fuentes de latín y español y francés, en grandes coágulos marinos de poesía como Moby Dick, que salpicaba las profundidades con un sur­tidor versallesco en cierto modo perdido en las almas y encontrado en las tormentas; Abuela una constante, un reloj, un péndulo, una cara que da a todos la hora a mediodía, o en medio de las noches de enfermedad cuan­do delirábamos de fiebre y ella estaba ahí junto a nuestra cama, nunca ausente, nunca en otra parte, siempre espe­rando, siempre diciendo palabras amables, helándonos la frente caliente con una mano fría, la válvula del índice levantado abriéndose y dejando salir un hilo de agua de montaña para mojarnos la lengua de trapo. Diez mil amaneceres según nuestro prado silvestre, diez mil noches erró, recordando las moléculas de polvo que caían en las horas quietas anteriores al alba, o se sentó susurrándoles alguna lección a nuestros oídos mientras dormíamos arropados.
Hasta que al fin, uno por uno, nos llegó el tiempo de ir a la Universidad y cuando la más joven, Agatha, hizo las valijas, entonces abuela hizo también las suyas.
El último día de aquel último verano, encontramos a la abuela en el cuarto de adelante con paquetes y va­lijas, tejiendo, esperando, y aunque lo habíamos habla­do a menudo, ahora que había llegado el momento es­tábamos impresionados y sorprendidos. –¡Abuela! –dijimos todos–. ¿Qué haces? –Bueno, me voy a la Universidad, en cierto modo, como vosotros –dijo–. Vuelvo a lo de Guido Fantoc­cini, a la familia. –¿La familia?
–De los Pinochos, así nos llamaba bromeando, al prin­cipio. Los Pinochos, y a sí mismo, Gepetto. Y más tarde nos dio su propio nombre: los Fantoccini. De todas ma­neras vosotros habéis sido mi familia aquí. Ahora vuelvo a mi familia de allá, aún más numerosa, a mis hermanos, hermanas, tías, primos, todos robots que... –¿Que hacen qué? –preguntó Agatha.
–Depende –dijo la abuela–. Algunos se quedan, al­gunos se demoran. Algunos son despedazados y descuar­tizados, si así puede decirse, y las partes se distribuyen a otras máquinas que necesitan reparaciones. Allí me eva­luarán y verán si me quieren o no me quieren. Puede ser que sea justo lo que necesitan mañana y saldré a criar otra hornada de chicos y a sacar otra hornada de dulces. –¡Oh, no puede ser que te despedacen y descuarticen! –exclamó Agatha.
–¡No! –grité junto con Timothy. –Mi mensualidad –dijo Agatha–, pagaré todo... La abuela dejó de mecerse y miró las agujas y el di­bujo de los hilos brillantes.
–Bueno, yo no lo hubiera dicho, pero me preguntas­teis y lo diré. Por una cantidad muy pequeña hay una habitación, la habitación de la Familia, una vasta sala obscura, muy tranquila y bien decorada, donde treinta o cuarenta de las Mujeres Eléctricas se sientan a mecerse y charlar, cada una en su momento. No he estado allí. Después de todo, soy una recién nacida, comparativa­mente nueva. Por una cantidad pequeña, muy pequeña, por mes y por año, estaré allí, con las otras como yo, escuchando lo que han aprendido del mundo, y a mi vez les contaré cómo se vivía con Tom y con Tim y con Agatha y qué hacíamos y qué felices éramos. Y les con­taré todo lo que aprendí de vosotros. –¡Pero... tú nos enseñaste!
–¿De veras lo pensáis así? –dijo la abuela–. No, era una ida y vuelta, un círculo, se aprendía por las dos puntas. Y todo está aquí, todo lo que se resolvió en lágrimas o en risas, todo lo tengo aquí. Y se lo contaré a las otras, así como ellas les hablarán de sus niños y sus niñas y de sus vidas. Nos sentaremos allí, cada vez más sabias y tranquilas y mejores, durante diez, veinte, treinta años. El conocimiento de la Familia se duplicará, se cuadruplicará, la sabiduría no se perderá. Y allí esta­remos esperando en aquella sala, por si alguna vez nos necesitáis para vuestros hijos en momentos de enferme­dad o, Dios no lo quiera, de pérdida o muerte. Allí es­taremos, envejeciendo y sin envejecer, acercándonos al momento quizá en que algún día vivamos de acuerdo con nuestro extraño nombre en broma. –¿Los Pinochos? –preguntó Tim.
La abuela asintió.
Yo sabía lo que quería decir. El día en que como en el viejo cuento de Pinocho llegó a ser tan meritorio y tan bueno que le fue concedido el don de la vida. Así vi, en los años futuros, a toda la familia Fantoccini, los Pino­chos, cambiando e intercambiando, murmurando y su­surrando conocimientos en las grandes salas de filosofía, esperando el día. El día que no llegaría nunca.
La abuela debió de leerlo en nuestros ojos.
–Ya veremos –dijo–. Esperemos y se verá.
–Oh abuela –exclamó Agatha, y lloraba como había llorado tantos años antes– . ¡No tienes por qué esperar! Tú estás viva. ¡Tú siempre has estado viva para nosotros!
Y abrazó a la anciana y nos abrazamos todos un largo momento y luego volamos a lejanas universidades y años, y las últimas palabras de la abuela antes que el helicóp­tero nos precipitara en el otoño fueron éstas:
–Guando seáis muy viejos, como niños otra vez, cuan­do recuperéis las maneras infantiles y las ansias infan­tiles, y necesitados de alimento extrañéis a la vieja maes­tra niñera, la compañera tonta pero sabia, mandadme buscar. Volveré. Volveremos de nuevo al cuarto de los niños, no tengáis miedo.
–¡Nunca seremos viejos! –exclamamos–. ¡Eso no ocurrirá nunca!
–¡Nunca! ¡Nunca!
Y nos fuimos.
Y pasaron los años.
Y ahora somos viejos, Tim y Agatha y yo.
Nuestros hijos han crecido y se han ido, nuestras mu­jeres y maridos han desaparecido de la tierra, y ahora, por una coincidencia dickensiana, inverosímil o no, esta­mos de vuelta en la vieja casa, nosotros tres.
Yo estoy aquí en el dormitorio que fue mi cuarto in­fantil hace setenta, setenta, créanlo, años. Debajo del papel de la pared hay otra capa y luego otras tres hasta llegar al que estaba allí cuando yo tenía nueve años. El papel está descascarado. Veo asomar por debajo viejos elefantes, tigres familiares, bellas y amistosas cebras, iras­cibles cocodrilos. He mandado buscar a los empapela­dores para que quiten cuidadosamente todas las capas salvo la última. Los viejos animales vivirán de nuevo en las paredes, al descubierto.
Y hemos mandado buscar a alguien más. Los tres llamamos:
¡Abuela! Dijiste que volverías cuando te necesitáramos. La edad, el tiempo nos han sorprendido. Somos vie­jos. Necesitamos.
Y en tres habitaciones de una casa de verano, muy avanzado el tiempo, tres niños viejos se levantan gritando en silencio: ¡Te queremos! ¡Te queremos!
Allí, allí, en el cielo, pensamos, despertando a la ma­ñana. ¿Esa es la máquina del reparto? ¿Se posa en el césped?
Allí, allí en la hierba, junto al pórtico delantero. ¿Lle­ga la caja de la momia?
¿Están nuestros nombres escritos en tinta, en las cintas que envuelven la forma adorable, bajo la máscara do­rada?
¿Y la llave de oro, que cuelga siempre sobre el pecho de Agatha, caliente y esperando? ¿Oh Dios, funcionará, después de tantos años, funcionará, se ajustará, se ajus­tará tiernamente?
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