KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

ray bradbury

el día de las tumbas (es)

Save as PDF
Era el día de las tumbas y todo el pueblo había subi­do por el camino estival, incluyendo a la abuela Loblilly, y estaban ahora a la luz verde del día, bajo el cielo alto de Missouri, y había un olor de estaciones que cambiaban y de hierba florecida.
–Bien –dijo la abuela Loblilly apoyada en el bastón, y les echó a todos una mirada centelleante castaño–ama­rillenta y escupió en el polvo.
El cementerio estaba junto a una tranquila colina. Era un lugar de montículos hundidos y placas de madera; las abejas zumbaban alrededor en una calma de sonido y las mariposas se agostaban y florecían en el aire claro y azul. Los hombres altos y atezados y las mujeres de percal estuvieron un rato en silencio mirando a los parientes profundamente enterrados.
–¡Bueno, manos a la obra! –dijo la abuela, y cojeó por la hierba húmeda, dando aquí y allá unos rápidos bastonazos.
Los otros trajeron las palas y los cajones especiales, adornados con margaritas y lilas. El gobierno abriría un camino allí en agosto, y como el cementerio no se usaba desde hacía cincuenta años los parientes habían decidido sacar aquellos huesos viejos y acomodarlos en otra parte.
La abuela Loblilly se puso de rodillas moviendo la pala. Los otros estaban ya en sus respectivos lugares.
–Abuela –dijo Joseph Pikes, proyectando una sombra larga sobre la labor de la vieja–. Abuela, no debería estar trabajando aquí. Esa es la tumba de William Sim­mons, abuela.
Todo el mundo dejó de trabajar, escuchando, y sólo se oyó el rumor de las mariposas en el aire fresco de la tarde.
La abuela levantó los ojos hacia Pikes.
–¿Crees que no lo sé? Hace sesenta años que no lo veo a William Simmons, pero pienso visitarlo hoy.
Sacó palada tras palada de tierra fértil y se tranquilizó, y reflexionando les dijo cosas al día y a quienes pudieran escucharla.
– Hace sesenta años, y William era un hombre guapo, de sólo veintitrés. Y yo tenía veinte, la cabeza toda do­rada, y leche en los brazos y el cuello, y nísperos en las mejillas. Sesenta años y la boda proyectada y después la enfermedad y él que se muere. Y yo sola, y recuerdo cómo el montón de tierra que lo cubría se hundió con la lluvia...
Todos contemplaban a la abuela.
–Pero tranquilícese, abuela... –dijo Joseph Pikes.
El foso estaba hecho. La abuela llegó en seguida a la larga caja de metal.
–¡Denme una mano! –gimió.
Nueve hombres ayudaron a sacar de la tierra la caja de metal; la abuela los atizaba con el bastón.
– ¡Cuidado! –gritaba–. ¡Despacio! –gemía–. Así.
La apoyaron en el suelo.
–Ahora –dijo–, si fueran tan amables, ustedes, caba­lleros podrían llevar un rato al señor Simmons a mi casa.
–Lo llevaremos al nuevo cementerio –dijo Joseph Pikes.
La abuela le clavó un ojo de aguja.
–Me llevarán ahora mismo la caja a mi casa. Muy agradecida.
Los hombres vieron cómo la abuela se empequeñeció, alejándose por el camino. Miraron la caja, se miraron unos a otros y se escupieron las manos.
Cinco minutos después metían a empujones el ataúd por la puerta principal de la casita blanca y lo dejaban junto a la estufa panzona.
La abuela les sirvió un trago a todos.
–Ahora, levantemos la tapa –dijo–. No vemos todos los días a los viejos amigos.
Los hombres no se movieron.
–Bueno, si ustedes no quieren, lo haré yo.
La abuela empujó la tapa con el bastón una y otra vez, rompiendo la costra de tierra. Las arañas cayeron en el piso. Había un olor denso, como de tierra arada en primavera. Ahora los hombres manoteaban la tapa. La abuela se quedó atrás.
–¡Arriba! –dijo.
Hizo un ademán con el bastón, como una diosa antigua. Y la tapa saltó por el aire. Los hombres la depositaron en el suelo y se volvieron.
Un sonido salió de todas las bocas, como un viento de octubre.
Allí yacía William Simmons mientras el aire filtraba el polvo brillante y dorado. Allí dormía, con una ligera sonrisa en los labios, las manos entrelazadas, todo vestido para no ir a ninguna parte.
La abuela Loblilly se quejó con una voz ahogada.
–¡Está tal cual!
Y así era. Intacto como un escarabajo dentro del caparazón, la piel toda delicada y blanca, los pequeños párpados puestos sobre los hermosos ojos como pétalos de flor, los labios aún coloreados, el pelo peinado cuidado­samente, la corbata anudada, las uñas limpias. Estaba tal como el día que palearan la tierra sobre el cajón silencioso.
La abuela se quedó con los ojos apretados, las manos en alto atrapando el aliento que le salía de la boca.
–¿Dónde están mis anteojos? –preguntó.
La gente buscaba.
–¿No los encuentran? –gritó. Miró de reojo el cuerpo.
–No importa –dijo, acercándose.
La habitación se asentó. La abuela suspiró y gorjeó y arrulló sobre la caja abierta.
–Está entero –dijo una de las mujeres–. No se ha desmoronado.
–Cosas así no ocurren –dijo Joseph Pikes.
–Ha ocurrido –dijo la mujer.
–Sesenta años bajo tierra. No es lógico que un hombre dure tanto.
La luz del sol poniente entraba por las ventanas; las últimas mariposas se posaban entre las flores, y parecían simplemente otras flores.
La abuela Loblilly extendió una mano arrugada, tem­blando.
–La tierra lo ha conservado bien. Como si fuera aire. Era un suelo seco, adecuado.
–Es joven –se lamentó una de las mujeres, suave­mente–. Tan joven.
–Sí –dijo la abuela Loblilly, mirando el cadáver–. William tendido ahí, a los veintitrés años. ¡Y yo, aquí de pie, acercándome a los ochenta!
Cerró los ojos.
Joseph Pikes le tocó el hombro.
–Vamos, abuela.
– Sí, William tendido ahí, de veintitrés años, guapo y robusto, y yo... –la abuela apretó fuertemente los ojos–. Yo inclinada sobre él, ya nunca más joven, toda vieja y flaca, sin ninguna posibilidad de ser joven otra vez. ¡Oh, Señor! La muerte conserva joven a la gente. Miren qué buena ha sido con él la muerte. –Se pasó lentamente las manos por el cuerpo y la cara, volvién­dose hacia los otros.–La muerte es más piadosa que la vida. ¿Por qué no me habré muerto yo también ese año? Los dos seríamos jóvenes ahora, juntos. Yo en mi caja, con mi vestido blanco de novia todo de encaje, y los ojos cerrados, toda intimidada por la muerte. Y las manos cruzadas en oración sobre el pecho.
–Abuela, no siga.
–¡Tengo el derecho de seguir! ¿Por qué no me habré muerto, yo también? ¡Y cuando William volviera, como ha vuelto hoy, para verme, yo no estaría así!
Las manos de la abuela anduvieron frenéticas palpán­dose la cara arrugada, pellizcándose la piel floja, mano­seándose la boca vacía, tironeándose el pelo gris y obser­vándolo con ojos espantados.
–¡Qué bien ha vuelto William! –la abuela se miraba los brazos huesudos–. ¿Creen que a un hombre de vein­titrés años le va a gustar el aspecto de una vieja de setenta y nueve, con sangre estancada en las venas? ¡Me han estafado! La muerte lo ha conservado joven para siempre. Mírenme a mí; ¿qué me hizo la vida?
–Hay compensaciones –dijo Joseph Pikes –. William no es joven, abuela. Hace mucho que pasó los ochenta.
–Eres un tonto, Joseph Pikes. William es hermoso como una piedra; las lluvias no lo tocan. Y ha vuelto para verme y ahora elegirá a una de las muchachas más jóvenes. ¿Qué puede querer de una vieja?
–No está en condiciones de buscar nada de nadie –dijo Joseph Pikes.
La abuela lo empujó hacia atrás.
–¡Ahora váyanse todos! ¡No es el cajón de ustedes, no es la tapa de ustedes, y no es el casi marido de ustedes! Dejen aquí el cajón, por lo menos esta noche, y mañana cavarán una nueva fosa.
–Está bien, abuela; era el novio de usted. Vendré ma­ñana temprano. No llore, vamos.
–Hago lo que mis ojos más necesitan. La abuela Loblilly se quedó rígida en mitad del cuarto hasta que salió el último de los hombres. Al cabo de un rato buscó una vela y la encendió y observó que había alguien afuera, en la colina. Era Joseph Pikes. Pasaría allí el resto de la noche, calculó la abuela, y ella no le gritaría que se fuese. No volvió a mirar por la ventana, pero sabía que Pikes estaba allí, y se sentiría mucho mejor en las horas próximas.
Se acercó al ataúd y miró a William Simmons. Estuvo contemplándolo todo entero. Mirarle las manos era como verlas actuar. Vio cómo esas manos habían sostenido las riendas de un caballo, subiendo y bajando. Recordó cómo William chasqueaba los labios cuando el caballo trotaba y el coche iba deslizándose por las pra­deras, entre las sombras de la luz de la luna. Sabía cómo era cuando las manos de William le sujetaban a una el cuerpo.
Le tocó el traje.
–¡No es el traje con que lo enterraron! –gritó de pronto.
Y sin embargo sabía que era el mismo. Sesenta años no habían cambiado el traje, pero sí los recuerdos.
Asustada, la abuela, anduvo de un lado a otro hasta que encontró los anteojos y se los puso. –¡Pero si no es William Simmons! –exclamó. Pero sabía que eso tampoco tenía sentido. Era William Simmons.
–¡La barbilla no iba tan hacia atrás! –exclamó sua­ve, lógicamente–. ¿O sí? Y el pelo. ¡Era de un mara­villoso color rojizo! Este pelo es simplemente castaño. ¡Y la nariz, no recuerdo que fuera tan puntuda!
La abuela estuvo allí inclinada sobre aquel hombre extraño y gradualmente, a medida que lo miraba, fue sabiendo que era de veras William Simmons. Sabía ahora algo que debía de haber sabido todo el tiempo: que los muertos son como recuerdos de cera; uno los lleva en la mente, los modela y los aprieta, pone aquí una saliente, suprime otra allá, estira el cuerpo, lo modela y remodela, lo maneja, lo esculpe, y le da un adecuado toque final.
La abuela se sentía ahora como perdida y azorada. Deseó no haber abierto nunca el cajón. O por lo menos, haber tenido la sensatez de no ponerse los anteojos. Al principio no lo había visto claramente, y había comple­tado los rasgos ayudada por la memoria. Ahora, con los anteojos puestos...
Miró una y otra vez aquella cara. Lentamente, iba volviéndose familiar. El recuerdo que ella había dividido y juntado durante sesenta años era sustituido ahora por el hombre que había conocido realmente. Y era agradable mirarlo. El sentimiento de pérdida se desvaneció. Era el mismo hombre, ni más ni menos. Así ocurre siempre cuando nos encontramos con gentes que no hemos visto desde hace años. Durante un momento estamos tan turba­dos como los otros, pero al final nos sentimos cómodos.
–Sí, eres tú –rió la abuela Loblilly–. Te veo aso­mando desde detrás de tanta extrañeza. Te veo de nuevo rápido y astuto aquí y allá y alrededor.
Se echó a llorar otra vez. Si por lo menos pudiera men­tirse a sí misma, si por lo menos pudiera decir: "¡Mí­renlo, no se parece nada, no es aquel hombre que me fascinaba tanto!", entonces se sentiría mejor. Pero to­das esas figuritas que tenía sentadas en la cabeza se mecerían en las minúsculas mecedoras y le dirían far­fullando: "No puedes engañarnos, abuela."
Sí, qué fácil negar a William. Y así sentirse mejor. Pero no lo negó. Sintió la gran tristeza depresiva porque allí estaba él, joven como el agua de un arroyo, y allí estaba ella, vieja como el mar.
–¡William Simmons! –gritó–. ¡No me mires! ¡Sé que todavía me quieres, así que voy a emperifollarme!
La abuela removió el fuego, puso rápidamente las te­nacillas a calentar, se las aplicó en el pelo, y lo cambió en rizos grises. Tomó una pizca de polvo de hornear y se blanqueó las mejillas. Mordió una cereza para colo­rearse los labios, se pellizcó los cachetes para darles un poco de rubor. Metió las manos en un baúl y tironeó de unas viejas telas hasta encontrar un vestido descolorido de terciopelo azul.
Se puso el vestido y se contempló ansiosamente en el espejo.
–No, no –gimió y cerró los ojos–. ¡No puedo hacer nada que me vuelva más joven que tú, William Simmons! Aunque muriera hoy no me curaría de esta cosa vieja que me ha venido, de esta enfermedad...
Tenía ganas ahora de correr para siempre al bosque, de dejarse caer en una pila de hojas y desmoronarse con ellas en una ruina humeante. Atravesó corriendo la habi­tación. No volvería nunca más. Pero cuando abrió la puerta, un viento frío que venía de afuera le estalló enci­ma. Se oyó un ruido, y la abuela vaciló.
El viento se precipitó por el cuarto, forcejeó con el ataúd y se metió dentro.
William Simmons parecía moverse en el cajón.
La abuela cerró con un golpe la puerta.
Retrocedió lentamente, espiando.
William Simmons era diez años más viejo.
Tenía arrugas y marcas en las manos y en la cara.
–¡William Simmons!
Durante la hora siguiente, los años pasaron por la cara de William Simmons. Se le hundieron las mejillas como un puño cerrado, como una manzana que envejece en una lata. La cara modelada en pura y blanca nieve, se fundía al calor del cuarto, como carbonizándose. El aire le frun­cía los ojos y la boca. De pronto, como si hubiera recibido un martillazo, la cara se le astilló en un millón de arrugas, el cuerpo se le retorció en una agonía de tiempo. ¡William Simmons tenía cuarenta, cincuenta, sesenta años! ¡Tenía setenta, ochenta, cien años! Había leves susurros y cruji­dos de hojas en la cara y las manos de William, quemadas por la edad. ¡Ciento diez, ciento veinte años grabados en líneas, como en un aguafuerte!
La abuela Loblilly estuvo allí toda la noche, sintiendo que le dolían los huesos de pájaro, observando al hom­bre que cambiaba, asistiendo a todas las improbabilidades. Al fin sintió que algo se le soltaba en el corazón. Ya no se sentía triste.
Se durmió apaciblemente, apoyada en una silla.
La luz del sol llegó amarilla a través del bosque; los pájaros y las hormigas y las aguas del arroyo se movían, tranquilos, rumbo a alguna parte.
Era la mañana.
La abuela despertó y miró a William Simmons.
–Ah –dijo.
El aliento de la abuela se movió y movió los huesos de William, que se deshicieron en copos como una crisá­lida, como un caramelo que se reduce y desaparece, ar­diendo en un fuego invisible. Los huesos cenicientos volaron, livianos como partículas de polvo a la luz del sol, y cada vez que la abuela gritaba, caían desmoronán­dose, y una herrumbre descascarada y seca salía del cajón.
¡Si todavía había viento y ella abría la puerta, William Simmons se volaría como un montón de hojas crepitantes!
La abuela estuvo inclinada un largo rato, mirando el cajón. De pronto lanzó un grito, un sonido de descubri­miento, y retrocedió, llevándose primero las manos a la cara y luego al pecho descarnado, y después moviéndolas de arriba abajo por los brazos y las piernas y tocándose la boca vacía.
Joseph Pikes acudió corriendo.
Empujó la puerta y alcanzó a ver a la abuela Loblilly que bailaba, saltaba, calzada con unos zapatos amarillos de tacones altos, y dando vueltas desenfrenadas.
Palmoteaba, se reía, revoloteaba el vestido, giraba y bailaba un valsecito, el rostro cubierto de lágrimas. Y ante la luz del sol y la imagen de ella misma que cente­lleaba en el espejo de la pared, exclamó:
–¡Soy joven! ¡Tengo ochenta años, pero soy más joven que él!
Brincaba, saltaba y hacía reverencias.
–¡Hay compensaciones, Joseph Pikes, tienes razón! –dijo sofocándose de risa– . ¡Soy más joven que todos los muertos del mundo entero!
Y la abuela valseó con tanta violencia que el remolino del vestido empujó el cajón y unos susurros de crisálidas doradas y polvorientas saltaron y quedaron suspendidos en el aire, entre los gritos.
–¡Hurra! –gritaba la abuela–. ¡Hurra!
Save as PDF