el hombre de la camisa rorschach (es)
Brokaw.
¡Qué nombre!
Escúchenlo ladrar, gruñir, gañir, escuchen la osada proclamación: ¡Immanuel Brokaw!
Un buen nombre para el más grande psiquiatra que haya navegado nunca las aguas de la existencia sin haber zozobrado.
Échense al aire las obras de Freud molidas como pimienta, y todos los estudiantes estornudarán:
¡Brokaw!
¿Qué le ocurrió?
Un día, como en un excelente número de variedades desapareció del todo.
La luz del proyector faltaba ahora, y los milagros de Brokaw corrían el riesgo de invertirse.
Los conejos psicóticos amenazaban con saltar de vuelta a los sombreros. El humo era reabsorbido por la boca de unas armas de fuego de escaso calibre. Todos esperábamos.
Silencio durante diez años. Y más silencio. Brokaw había desaparecido como si se hubiera arrojado al mar entre accesos de risa, en medio del Atlántico. ¿Para qué? ¿Para zambullirse en busca de Moby Dick? ¿Para psicoanalizar a aquel demonio incoloro y ver qué tenía realmente en contra del Loco Ahab?
¿Quién sabe?
La última vez que lo vi corría a tomar un avión crepuscular; la mujer de Brokaw y seis perros pomerania ladraban débilmente detrás, lejos, en la pista a media luz.
–¡Adiós para siempre!
El grito feliz de Brokaw parecía una broma. Pero al día siguiente encontré a unos hombres que desclavaban la chapa dorada con el nombre de Brokaw de la puerta del consultorio, mientras sacaban a la calle, a empujones, los divanes para pacientes gordas, rumbo a algún remate de la Tercera Avenida.
El hombre de genio que había sido Gandhi–Moisés–Cristo–Buda–Freud, en estratos acumulados en algún increíble desierto de Armenia, se había dejado caer por un agujero en las nubes. ¿Para morir? ¿Para vivir en secreto?
Diez años más tarde yo iba en un ómnibus californiano a lo largo de las deliciosas costas de Newport.
El ómnibus se detuvo. Un hombre de más de unos setenta años entró de un salto, haciendo tintinear las monedas de plata en la alcancía, como maná. Lo miré desde los últimos asientos del ómnibus y me quedé sin aire. –¡Brokaw! ¡Por todos los santos! Y con o sin santificación, allí estaba Brokaw. Erguido como una manifestación de Dios, barbudo, benevolente, pontifical, erudito, alegre, amable, generoso, mesiánico, tutelar, para siempre y eterno... Immanuel Brokaw. Pero no vestido de obscuro, no.
En cambio, como si fueran los hábitos de alguna iglesia nueva y orgullosa, llevaba pantalones bermudas. Sandalias mejicanas de cuero negro. Una gorra de béisbol de Los Ángeles Dodgers. Anteojos franceses para el sol. Y... ¡La camisa! ¡Ah, Dios! ¡La camisa! ¡Una camisa estrafalaria, toda enredaderas rozagantes y plantas atrapamoscas, toda dilataciones y contracciones Pop–Op, toda florecida y atiborrada en los intersticios, entrecruzada de animales y símbolos mitológicos!
Abierta en el cuello, aquella vasta camisa colgaba sacudida por el viento, como un millar de banderas en un desfile de naciones unidas pero neuróticas.
Pero ahora el doctor Brokaw ladeó la gorra de béisbol, y levantó los anteojos franceses buscando los asientos libres. Caminó lentamente por el pasillo, giró, se detuvo, se demoró ahora aquí, ahora allí. Susurró, murmuró, primero a este hombre, después a esta mujer, a aquel niño. Yo estaba a punto de llamarlo, cuando le oí decir: –Bueno, ¿qué te parece?
Un chico, pasmado por el efecto de anuncio de circo que provocaba el viejo, pestañeó como si necesitara un codazo. El viejo se lo dio:
–¡Mi camisa, pequeño! ¿Qué ves?
–¡Caballos! – saltó el chico, al fin–. ¡Caballos que bailan!
–¡Bravo! –El doctor resplandeció, palmeó al niño y siguió adelante.–¿Y usted, señor?
Un joven, bastante afectado por la desenvoltura de ese invasor que venía de algún mundo estival, dijo:
–Bueno... nubes, desde luego.
–¿Cúmulos o nimbos?
–Eh... nubes de tormenta no, no. Nubes lanudas, aborregadas.
–¡Muy bien!
El psiquiatra prosiguió:
–¿Mademoiselle?
–¡Acuaplanos! –Una chica quinceañera miraba con asombro–. Hay olas, grandes. Acuaplanos. ¡Super!
Y así continuó Brokaw, recorriendo el ómnibus, y a medida que avanzaba, iba dejando atrás abortadas carcajadas y sofocadas risitas que luego se contagiaban convirtiéndose en rugidos de hilaridad. En ese momento unos doce pasajeros habían escuchado las primeras respuestas y entraron también en el juego. ¡Esa mujer veía rascacielos! El doctor frunció el ceño, suspicaz. El doctor guiñó un ojo. Aquel hombre veía crucigramas. El doctor le estrechó la mano. Este niño opinaba que las cebras eran todas ilusión óptica en un desierto africano. ¡El doctor palmeó los animales, y los animales saltaron! Esa vieja veía vagos Adanes y brumosas Evas expulsadas de Jardines vislumbrados apenas. El doctor se instaló junto a ella un rato; conversaron en susurros animados y vehementes. Luego se levantó de un salto y siguió avanzando. ¡La vieja había visto un inquilino expulsado! ¡Ese otro joven vio a una pareja invitada a volver!
¡Perros, relámpagos, gatos, autos, nubes fungiformes, hombres que devoraban lirios atigrados!
Cada persona, cada respuesta provocaba gritos más altos. Nos encontramos todos riéndonos juntos. Este viejo encantador era un fenómeno de la naturaleza, un capricho de la Voluntad turbulenta de Dios, que juntaba en uno todos nuestros yos separados.
¡Elefantes! ¡Ascensores! ¡Despertadores! ¡Sentencias!
En el momento en que subimos al ómnibus, ninguno de nosotros quería saber nada del otro. Pero ahora, como una inmensa nevada que necesitábamos comentar, o un desperfecto eléctrico que dejaba a obscuras a dos millones de hogares y nos incitaba a todos a la charla, risa, la carcajada compartida, sentíamos que las lágrimas nos limpiaban el alma así como nos limpiaban el rostro.
Cada respuesta parecía más divertida que la anterior, y nadie se retorcía en carcajadas más sonoras que ese alto y maravilloso médico que solicitaba, conseguía y curaba ahí mismo nuestros peores entripados. Ballenas. Algas marinas. Praderas. Ciudades perdidas. Hermosas mujeres. El viejo se detenía. Giraba. Se sentaba. Se levantaba. Sacudía la camisa de colores delirantes hasta que al fin me habló a mí desde arriba: –¿Usted qué ve, señor? –¡Al doctor Brokaw, naturalmente! La risa del viejo se detuvo como si lo hubieran baleado. Se quitó los anteojos obscuros, volvió a encajárselos y me tomó de los hombros como para enfocarme mejor. –¡Simon Wincelaus, es usted!
–¡Yo, yo mismo! –reí–. Santo cielo, doctor, yo lo hacía a usted muerto y enterrado años atrás. ¿En qué anda usted?
–¿En qué ando? –Brokaw me apretó y sacudió las manos, me palmeó levemente los brazos y las mejillas. En seguida estalló en una carcajada, perdonándose a sí mismo mientras se miraba la vasta superficie de la ridícula camisa–. ¿En qué ando? Me retiré. Me fui. Viajé cinco mil kilómetros por noche desde la última vez que usted me vio... –El aliento a menta me quemaba la cara.–Y ahora soy más conocido por aquí como... escuche... el Hombre de la Camisa Rorschach.
–¿De qué? –exclamé.
–De la Camisa Rorschach.
Brokaw, liviano como un globo de carnaval, se posó en el asiento a mi lado.
Me quedé pasmado y en silencio. Marchábamos junto al mar azul bajo un brillante cielo de verano.
El doctor miraba hacia adelante como si me leyera los pensamientos escritos en el cielo en grandes letras, entre las nubes.
–¿Por qué, me pregunta usted, por qué? Le veo aún la cara, desconcertada, en el aeropuerto, hace años. El día en que Me Fui para Siempre. Aquel avión pudo haberse llamado el Titanic Feliz. En él me hundí para siempre en el cielo sin huellas. Y sin embargo, aquí estoy, vivito y coleando, ¿no es cierto? Ni borracho, ni loco, ni destruido por los años y el aburrimiento de los que ya no trabajan. ¿Dónde, qué, por qué, cómo ocurrió?
–Sí –dije–, ¿por qué se retiró si lo tenía todo? Talento, reputación, dinero. Ni un atisbo de...
–¿Escándalo? ¡Ninguno! ¿Por qué, entonces? Porque no fue una sino dos las gotas que horadaron esta vieja piedra. Dos gotas extraordinarias. Gota número uno...
Brokaw se detuvo. Desde los anteojos negros me echó una larga mirada de soslayo.
–Esto es una confesión –dije–. El santo y seña es: silencio.
–Una confesión. Sí. Gracias.
El ómnibus zumbaba suavemente por el camino.
La voz de Brokaw subía y bajaba con el zumbido del motor.
–Usted conoce mi memoria fotográfica, ¿no es cierto? Bendecido, maldecido por el recuerdo total. Todo lo dicho, visto, hecho, tocado, oído, yo podía evocarlo y enfocarlo de nuevo cuarenta, cincuenta, sesenta años más tarde. Y ni una vez verificaba yo mis notas sobre cualquiera de aquellas sesiones. Descubrí, muy pronto, que sólo necesitaba meterme en la cabeza lo que había escuchado. Naturalmente, guardaba cintas grabadas, pero no las escuchaba nunca. Ahí tiene el escenario, y ahora viene la impresionante historia.
"Un día, a los sesenta años, una paciente dijo una sola palabra. Le pedí que la repitiera. ¿Por qué? Había sentido de pronto un desplazamiento en los canales semicirculares, como si algunas válvulas se hubieran abierto dejando entrar aire fresco en un plano subterráneo.
"Modestia, dijo la paciente.
"Creí que había dicho bestia, comenté.
"Oh, no, doctor, modestia.
"Una palabra. Un guijarro que cae desde el borde. Y entonces... el alud. Porque yo le había oído decir claramente que él gustaba de la bestia que había en ella, lo que suena como una cazuela de sexo, cuando en realidad él le había alabado la modestia, lo que es un plato frío muy distinto, lo reconocerá usted.
"Aquella noche no pude dormir. Fumaba, miraba por las ventanas. Mi cerebro, mis oídos lo percibían todo con una rara claridad, como si acabara de curarme de un resfrío a los treinta años. Sospeché de mí mismo, de mi pasado, de mis sentidos, de modo que a las tres de la mañana me fui a la oficina y descubrí lo peor:
"¡Las conversaciones de cientos de casos que yo recordaba mentalmente, no eran las registradas en las bandas magnetofónicas ni las transcritas por mi secretaria! –¿Quiere decir que...?
–Quiero decir que cuando oía bestia era en realidad modestia. Pavo era en verdad nabo. Zorro era gorro y viceversa. Escuchaba cama y alguien había dicho rama. Sueño era dueño. Tía era día. Zarpa era en realidad carpa. Rabadilla era simplemente zancadilla. Diablo era sólo establo. Sexo era nexo. Sí–vi. No–oh. Jarana–pavana. Equivocado–enamorado. Lado–vado. Dígame cualquier palabra, yo la había oído mal. ¡Diez millones de docenas de palabras mal oídas! ¡Recorrí con pánico los ficheros! ¡Santo Dios! ¡Cristo bendito!
"¡Todos aquellos años, aquellas gentes! Venerable Moisés, Brokaw, exclamé, todos estos años bajando del Monte, trayendo la palabra de Dios como una mosca en la oreja. Y ahora, ya avanzado el día, oh sabio insigne, se te ocurre consultar las piedras escritas por el rayo. ¡Y descubres que tus Leyes, tus Tablas son diferentes!
"Moisés huyó del consultorio aquella noche. Corrí en la obscuridad, desenredando mi desesperación. Me fui a Far Rockaway, quizá por el tono de lamento de ese nombre.
"Caminé junto a un tumulto de olas sólo comparable al tumulto de mi pecho. ¿Cómo, gemí, cómo puedes haber estado medio sordo toda la vida sin saberlo? Y sólo ahora te enteras, y por casualidad, ¿cómo, cómo?
"Mi única respuesta fue una ola que cayó como un trueno sobre la arena.
"Esto para la gota número uno que horadó la vieja piedra.
Hubo un momento de silencio.
Seguimos bamboleándonos en el ómnibus. Avanzábamos a lo largo de la dorada carretera de la costa, en una brisa suave.
–¿La gota número dos? –pregunté al fin, suavemente.
El doctor Brokaw levantó los anteojos franceses y la luz del sol centelleó como un cardumen de peces en toda la caverna del autobús. Miramos las flotantes figuras irisadas, Brokaw con desapego y al fin con una preocupación semidivertida.
–Percepción. Visión. Textura. Detalle. ¿No es un milagro? Nos deja pasmados en el verdadero sentido de la palabra. ¿Qué son los sentidos, la visión, la percepción interior? ¿Queremos ver el mundo, queremos verlo realmente?
–Oh, sí –exclamé.
–Respuesta irreflexiva de un joven. No, querido muchacho, no queremos. A los veinte años, sí, pensamos que deseamos ver, conocer, ser todo. Así lo pensé yo una vez. Pero he tenido los ojos débiles casi toda la vida, me he pasado la mitad del tiempo yendo al oculista para que me diera anteojos nuevos, ¿no? ¡Bueno, llega el amanecer de los lentes de contacto! ¡Por fin, decidí, me proveería de esas milagrosas lágrimas pequeñas y brillantes, esos discos invisibles! ¿Coincidencia? ¿Causa y efecto psicosomáticos? ¡Porque la misma semana que conseguí los lentes de contacto fue la semana en que se me despejó el oído! Debe de haber alguna conexión fisiológico–mental, pero no me aventuraré en conjeturas.
"Todo lo que sé es que conseguí mis pequeños lentes cristalinos de contacto, los instalé sobre los débiles ojos de un azul infantil y... voila!
"¡Ahí estaba el mundo!
"¡Ahí estaba la gente!
"Y ahí, Dios nos proteja, estaban los sucios, los multitudinarios poros de la gente.
"Simon –continuó Brokaw, lamentándose suavemente, cerrando los ojos un momento detrás de los anteojos obscuros–, ¿alguna vez ha pensado, se ha enterado usted de que la gente es sobre todo poros?
Dejó que la idea me entrara en la cabeza. Lo pensé.
–¿Poros? –dije por fin.
–¡Poros! ¿Pero quién piensa en eso? ¿Quién se molesta en ir a mirar? ¡Yo, yo vi, con la visión restablecida! Mil, un millón, diez billones... de poros. Poros grandes, pequeños, pálidos, carmesíes... Todos y en todos. En la gente que pasa. En la gente que atesta los ómnibus, los teatros, las cabinas telefónicas, todos poros y poca sustancia. Poros pequeños en mujeres chiquititas. Poros grandes en hombres monstruosos. O viceversa. Poros tan numerosos como ese polvo que se desliza hacia abajo, revuelto, en los rayos de sol de la tarde, en la nave de la iglesia. Poros. Llegaron a ser una fascinación obligada y absoluta para mí. Les miraba el cutis a las señoras bonitas, no los ojos, la boca o el lóbulo de la oreja. ¿No debería un hombre observar el esqueleto de una mujer que se enquicia y desquicia dentro de la dulce almohadilla rosada de la carne? Pero no, yo veía sólo la piel como un rallador, como una criba. Toda belleza se convertía en algo grotesco y ácido. Cuando yo volvía los ojos era como si moviera en mi cráneo el telescopio de doscientas pulgadas del Palomar. ¡Dondequiera que mirara veía la luna bombardeada por meteoros, en un espantoso y magnífico primer plano!
"¿Yo mismo? Dios, la afeitada de la mañana era una exquisita tortura. No podía dejar de mirarme la cara, picada como un campo de batalla perdida. Maldición, Immanuel Brokaw, suspiraba yo, eres el Gran Cañón a pleno sol, una naranja con un billón de ombligos, una granada desnuda.
"En suma, los lentes de contacto me devolvieron a los quince años. Es decir: a un enconado montón de dudas, el horror y la absoluta imperfección. La peor edad de la vida había vuelto a obsesionarme, con un fantasma granujiento y abollado.
"Me convertí en una sombra insomne. Ah, segunda adolescencia, ten piedad, exclamé. ¿Cómo pude haber sido tan ciego durante años? Ciego, sí, y lo sabía, y siempre dije que no tenía importancia. De modo que había ido a tientas por el mundo como un miope lascivo, dejando de ver los agujeros, los tajos, las lágrimas e hinchazones de los demás, así como las mías. Ahora la Realidad me había alcanzado en la calle. Y la Realidad era: Poros.
"Cerré los ojos y me metí en cama varios días. Al fin me incorporé y proclamé, con los ojos bien abiertos: ¡La Realidad no es todo! Rechazo ese conocimiento. ¡Legislaré contra los Poros!
"Acepto en cambio las verdades que intuimos o inventamos para poder vivir.
"Vendí los ojos.
"Es decir, le pasé los lentes de contacto a un sobrino sádico que medra con desperdicios, gente granujienta y cosas peludas.
"Me encajé de vuelta los viejos anteojos, de graduación insuficiente. Deambulé por un mundo de recobradas y suaves brumas. Vi bastante pero no demasiado. Encontré gentes fantasmales, percibidas a medias, a las que podía amar de nuevo. Vi en el espejo de la mañana un 'yo' con el que podía acostarme otra vez, admirarlo, aceptarlo como compinche. Me echaba a reír todos los días con una nueva felicidad. Bajo al principio. Después, muy fuerte.
"Qué broma, Simon, es la vida.
"¡Por vanidad compramos lentes para verlo todo y así lo perdemos todo!
"¡Y cediendo un pedacito de la llamada sabiduría, de la realidad, de la verdad, recuperamos la totalidad de la vida! ¿Quién no lo sabe? ¡Los escritores sí! ¡Las novelas imaginadas son más 'verdaderas' que todos los reportajes con datos y hechos que ustedes garrapatean en la historia del mundo!
"Pero al final tuve que enfrentar las grandes fracturas gemelas que me atravesaban la conciencia. Mis ojos. Mis orejas. Dios me libre, dije, tranquilo. ¡De los miles de personas que pisaban mi consultorio y se echaban en mis divanes y buscaban ecos en mi Caverna de Delfos, vamos, vamos, ridículo! ¡No había visto a ninguna, no había oído a ninguna claramente!
"¿Quién era esa señorita Harbottle?
"¿Qué pasaba con la vieja Dinsmuir?
"¿Cuál era el verdadero color, la apariencia, el tamaño de la señorita Grimes?
"¿La señora Scrapwight era y hablaba como el papiro de una momia egipcia que hubiera caído en mi escritorio?
"No podía imaginarlo siquiera. Dos mil días de nieblas rodeaban mis años perdidos; meras voces que llamaban, se desvanecían, se iban.
"Dios mío, había errado por la plaza del mercado con una señal invisible: ciego y sordo, y la gente había acudido a llenar de monedas mi escudilla de mendigo y se habían ido curados. ¡Curados! ¿No es raro eso, no es milagroso? Curados por un viejo tullido con un brazo amputado y una pierna de menos. ¿Qué? ¿Qué les había dicho yo después de haberlos oído mal? ¿Quiénes eran en realidad esas personas? Nunca lo sabré.
"Y entonces pensé: hay, cien psiquiatras en la ciudad que ven y oyen con más claridad que yo. Pero cuyos pacientes se meten desnudos en el mar o saltan a medianoche por las pendientes de los campos de juego o amarran mujeres y fuman cigarros sentados encima.
"De modo que tuve que enfrentar el hecho irreductible de una carrera exitosa.
"El cojo no conduce al cojo, gemía mi razón, el ciego y el tullido no curan al tullido y al ciego. Pero una voz desde las lejanas galerías de mi alma replicaba con inmensa ironía: ¡Tú, Immanuel Brokaw, eres un genio de porcelana, lo que significa resquebrajado pero brillante! Tus ojos cerrados ven, tus oídos tapados oyen. ¡Tus sentidos quebrantados curan en algún nivel por debajo de la conciencia! ¡Bravo!
"Pero no, no podía vivir con mis perfectas imperfecciones. No podía entender ni tolerar ese secreto de contrabando que ocultándose detrás de unas pantallas me ayudaba a trabajar de veterinario, curando a animales.
"Tenía, pues, varias opciones. ¿Ponerme de vuelta los lentes de contacto? ¿Comprar un par de audífonos para que mi oído mejorara con mayor rapidez? ¿Y luego? ¿Descubrir que había perdido contacto con la parte oculta y mejor de mi mente, que se había acostumbrado durante treinta años de ver mal y oír peor? El caos tanto para el que cura como para el curado.
"¿Seguir ciego y sordo y trabajar? Parecía un fraude espantoso, aunque mi legajo estaba recién lavado y planchado, blanco y limpio.
"Entonces me retiré.
"Hice las valijas y huí al dorado olvido para que la cera increíble se me juntara en las orejas más extrañas y terribles...
El ómnibus iba por la costa en la tarde cálida. Unas pocas nubes se movían delante del sol. Las sombras empañaban la arena y la gente estaba tendida bajo los parasoles de colores.
Me aclaré la garganta.
–¿Volverá a ejercer alguna vez, doctor?
–Estoy ejerciendo.
–Pero usted acaba de decir...
–Ah, oficialmente no, y no con consultorio y honorarios, no, eso nunca más. –El doctor Brokaw reía en silencio.–Estoy acosado dolorosamente por el misterio. Es decir, cómo curé a toda esa gente imponiendo las manos y teniendo los brazos cortados a la altura del codo. Pero sigo imponiendo las manos.
–¿Cómo?
–Esta camisa mía. Usted ha visto. Usted ha oído.
–¿Cuando venía por el pasillo?
–Exactamente. Los colores. Los diseños. Una cosa para ese hombre, otra para esa muchacha, una tercera para el chico. Cebras, cabras, relámpagos, amuletos egipcios. ¿Qué es, qué es, qué es?, pregunto. Y contestan, contestan, contestan. El Hombre de la Camisa Rorschach.
"Tengo una docena de camisas como ésta en casa.
"De muchos colores, todas con dibujos diferentes. Una me la diseñó Jackson Pollock antes de morir. Uso una camisa por día, o por semana, si las respuestas son hondas, rápidas y estimulantes. Entonces, afuera la vieja y venga la nueva. ¡Diez millones de miradas, diez millones de respuestas sobrecogidas!
"¿No podría vender estas camisas Rorschach a algún psicoanalista en vacaciones? ¿Probar con los amigos? ¿Sorprender a los vecinos? ¿Excitar a su mujer? No, no. Esta es mi broma especial, la más privada y querida. Nadie debe compartirla. Yo y mis camisas, el sol, el ómnibus y mil tardes por delante. La playa espera. ¡Y en ella, mi gente!
"Así he andado por la costa de este mundo estival. Aquí no hay invierno, asombroso, sí, no hay invierno de descontento, parecería, y la muerte es un rumor más allá de las dunas. He caminado a mi ritmo y mi manera y venga no más y deje que el viento me sacuda la camisa como un velamen que ahora vira al norte, al sur o al sudoeste, y mire cómo se les saltan los ojos, cómo miran de reojo, con malicia, de soslayo, maravillados. Y cuando cierta persona dice cierta palabra sobre esos colores impresos en algodón, me paro. Charlo. Camino un rato con esa persona. Escudriñamos el vasto vidrio del mar. Yo le escudriño a escondidas el alma. A veces andamos horas enteras, una sesión bastante larga al aire libre. Por lo general lleva sólo un día, y como no saben con quién andan, impunes, se van todos sin saber que han sido pacientes. Caminan por la orilla obscura hacia un mañana más brillante. Detrás de ellos, el hombre ciego y sordo mueve la mano deseándoles bon voyage y se vuelve a su casa a devorar cenas felices, animado por la buena labor realizada.
"O a veces me encuentro a alguien medio dormido en la arena, y no es posible sacarle afuera los problemas para que mueran a la luz cruda de un solo día. Entonces, como por accidente, tropezamos una semana más tarde y caminamos por la orilla batida por la marea haciendo lo de siempre; tenemos nuestro confesionario ambulante. Porque mucho antes de los sacerdotes, los susurros y los arrepentimientos, los amigos caminaban, hablaban, escuchaban y en el escuchar–hablar se curaban las respectivas y amargas desesperaciones. Los buenos amigos intercambian entripados todo el tiempo, se regalan mutuos desánimos y así se libran de ellos.
"Recolección de desperdicios en el césped y en la mente. Con la camisa brillante y un bastón con un gancho en la punta, me dispongo cada día a... limpiar las playas. Tantos, oh, tantos cuerpos tendidos allí a la luz. Tantas mentes perdidas en la obscuridad. Trato de caminar entre ellas sin... atropelladas.
Por la ventanilla del ómnibus entraba un viento fresco y reciente, moviendo un mar de onditas en la camisa estampada del viejo.
El ómnibus se detuvo.
El doctor Brokaw vio de pronto dónde estaba y se levantó de un salto.
–¡Espere!
En el ómnibus todos se volvieron como observando la salida de un astro del espectáculo. Todos sonrieron.
El doctor Brokaw me sacudió la mano y corrió. En el extremo delantero del ómnibus se volvió, pensando cómo se había olvidado, y se levantó los anteojos obscuros y me miró desde arriba con los débiles ojos de un azul infantil.
–Usted... –dijo.
Para él era ya una bruma, un sueño puntillista más allá del horizonte visual.
–Usted... – dijo en aquella fabulosa nube de existencia que lo rodeaba y oprimía, cálida y cercana–, usted nunca me dijo. ¿Qué es? ¿Qué es?
Se enderezó desplegando aquella increíble camisa Rorschach en la que flotaban y bullían líneas y colores siempre cambiantes.
Miré. Pestañeé. Respondí.
–¡Un amanecer! –grité.
El doctor giró ante este suave golpe amistoso.
–¿Está seguro de que no es un atardecer? –preguntó, llevándose la mano a la oreja.
Miré de nuevo y sonreí. Tuve la esperanza de que Brokaw vería mi sonrisa a mil kilómetros de distancia dentro del autobús.
–No –dije–. Un amanecer. Un hermoso amanecer.
El doctor Brokaw cerró los ojos, digiriendo las palabras. Las manazas tocaron el borde de la camisa mecida por el viento. Asintió con un movimiento de cabeza. Luego abrió los ojos pálidos, saludó una vez, y bajó al mundo.
El ómnibus continuó. Miré atrás una vez.
Y allí iba el doctor Brokaw avanzando por una playa donde había un fortuito muestrario del mundo, mil bañistas a la luz cálida.
Parecía ir caminando sobre un agua de gente.
Lo último que vi de él fue que se mantenía gloriosamente a flote.