el motel de la gallina inspirada (es)
Fue durante la Depresión, bien en lo hondo del alma vacía de la Depresión, en 1932, camino al Oeste en un Buick 1928, cuando mi madre, mi padre, mi hermano Skip y yo llegamos a lo que después llamamos siempre el Motel de la Gallina Inspirada.
Era, decía mi padre, un motel sacado directamente del Libro de las Revelaciones. Y la extraña gallina de aquel motel no podía menos que anunciar las Revelaciones, escritas en huevos, de la misma manera que un predicador energúmeno no puede dejar de enloquecerse con palabras sobre Dios, el Tiempo y la Eternidad que le suben retorciéndose por las piernas, buscando salida a través de la boca.
Algunas criaturas reciben dones para esto, otras para aquello. Pero las gallinas son el misterio máximo, mudo y bruto. Especialmente las gallinas que piensan o intuyen mensajes caligráficos en la cal de las cáscaras, donde duerme encogida la progenie.
Apenas sabíamos aquel largo otoño de 1932 –mientras reventábamos neumáticos y arrojábamos correas de ventilador como ligas perdidas por la carretera 66– que en algún lugar nos estaban esperando aquel motel y aquella especialísima gallina.
Iba por el camino nuestra familia como un maravilloso nido de amistoso desprecio. Mientras sosteníamos los mapas, mi hermano y yo sabíamos que éramos muchísimo más listos que papá, papá sabía que era más listo que mamá, y mamá sabía que de todos modos podía romperle la crisma a toda la banda en cualquier momento.
Eso contribuye a la perfección.
Quiero decir, una familia donde las partes se tratan con una adecuada falta de respeto, puede mantenerse unida. En cuanto existe algo por qué pelear, la gente se reúne a comer. En cuanto eso falla, la familia se desintegra.
Así saltábamos de la cama cada día, apenas capaces de esperar a la estupidez que alguno pudiera decir sobre el tocino demasiado frito y los huevos revueltos demasiado crudos. Las tostadas estaban demasiado obscuras o demasiado claras. Había mermelada para una sola persona, o era de una fruta que dos de los cuatro detestaban. Dennos un juego de campanillas y tocaremos siempre la que no corresponde. Si papá proclamaba que seguía creciendo, Skip y yo sacábamos la cinta métrica para probar que se había encogido durante la noche. Así es la humanidad. Así es la naturaleza. Así es la familia.
Pero como dije, íbamos rezongando hacia Illinois, peleando sobre el cambio de hojas del otoño en las montañas Ozarks, donde nos deteníamos cada diez minutos para ver los encendidos colores. Después, pateando cacerolas y lloriqueando a través de Kansas y Oklahoma, surcamos un lindo estercolero de un rojo profundo y nos deslizamos fuera del camino, en una curva donde cada uno de nosotros tuvo ocasión de bendecirse a sí mismo y de condenar a los demás por las zanjas, las señales mal pintadas y la falta de frenos de nuestro viejo Buick. Al salir de la zanja, nos descargamos a nuestra vez en un gran motel de a dólar la noche, el Bungalow Court, un refugio de asesinos detrás de un bosque, al borde de una cantera profunda donde nuestros cuerpos quizá aparecieran años después en el fondo de un lago perdido y sin origen, y pasamos la noche escuchando la lluvia que goteaba por el tejado como por una criba y peleando acerca de quién tenía más mantas en el lado equivocado de la cama.
El día siguiente fue todavía mejor. Salimos pitando de la lluvia para caer en un calor de cuarenta grados que nos quitó la savia y el coraje, salvo para unas cuantas bofetadas que papá destinaba a Skip pero que aterrizaron en mi cara. Hacia mediodía habíamos trasudado el despecho y estábamos pasando por un período más bien refinado aunque exhausto del insulto familiar, cuando llegamos a la granja avícola, en las afueras de Amarillo, Texas.
Instantáneamente decidimos quedarnos.
¿Por qué?
Porque descubrimos que las gallinas andan a golpes, como los miembros de una familia, para sacarse del medio.
Vimos a un viejo que le daba un puntapié a un gallo y sonreía acercándose a la portezuela del auto. Todos resplandecimos. Se inclinó para decir que alquilaba habitaciones a medio dólar por noche y que el precio era bajo porque el olor era fuerte.
Papá había perdido la tiesura y estaba hundido en un abismo de buena voluntad, y como el sitio no parecía peor que otro para rezongar, dio vuelta la gorra de chófer y dejó caer medio dólar en moneditas.
Nuestra gran expectativa no quedó defraudada. El cuarto desfalleciente al que nos trasladamos era una maravilla. No sólo todos los resortes punzaban cualquier parte del cuerpo que uno apoyara, sino que el bungalow entero sufría de frecuentes convulsiones. Los cimientos aún estaban impresionados por el millar de míseros invasores que se habían desplomado en las camas empaladoras.
Por el olor se conocía que allí habían terminado más de cuatro juergas. Había un aroma de falsa sinceridad y lujuria disfrazadas de amor. Entre las tablas del piso soplaba un viento fuertemente perfumado por las gallinas que se pasaban las noches debajo del bungalow, enfermas de diarrea por tanto picotear en el licor de la bañera que se colaba a través del linóleo seudooriental.
De todos modos, una vez que saliendo del sol entramos allí a codazos y nos despachamos un almuerzo de cerdo frío y porotos, con margarina blanca que engrasaba la bajada, mi hermano y yo encontramos un arroyo desierto allí cerca y nos apedreamos para refrescarnos. Esa noche fuimos al pueblo, encontramos cucharas grasientas, desciframos manchas de moscas, y luchamos con los grillos que entraban en el café para zambullirse en el caldo. En un cine de diez centavos la entrada vimos una película de gangsters con James Cagney, y después enderezamos hacia la granja avícola encantados de la farra y olvidados de la Gran Depresión.
A las once de esa calurosa noche, nadie dormía en Texas. La patrona, una endeble mujer cuyo retrato había visto yo en todos los periódicos de Dust Bowl, gastada hasta la trama pero con una especie de frágil luz de vela en el fondo de los ojos, se sentó a charlar con nosotros sobre los dieciocho millones de desocupados y lo que podía pasar después y a dónde íbamos y qué nos reservaría el año próximo.
Y fue la primera pausa fresca del día. Un viento frío soplaba del mañana. Nos pusimos inquietos. Miré a mi hermano, él miró a mamá, mamá miró a papá, y éramos una familia, a pesar de todo, y estábamos juntos esa noche, rumbo a alguna parte.
–Bueno...
Papá sacó un mapa caminero y lo desdobló y le mostró a la patrona lo que había marcado con tinta roja como si fuera el territorio de nuestras cuatro vidas, cómo viviríamos los días siguientes, cómo sobreviviríamos, cómo lo conseguiríamos, tanto para dormir, tanto para comer, y un sueño sin pesadillas, garantizado.
–Mañana –pasó el dedo manchado de nicotina por los caminos–estaremos en Tombstone. Al día siguiente en Tucson. Nos quedamos en Tucson a buscar trabajo. Tenemos dinero suficiente para dos semanas, si nos ajustamos el cinto. Si no hay trabajo, nos vamos a San Diego. Tengo allí un primo en la Inspección de Aduanas, en los muelles. Imaginemos una semana en San Diego, tres semanas en Los Ángeles. Entonces nos quedará el dinero justo para poner rumbo a Illinois, donde podemos recurrir a la asistencia pública, o, quién sabe, quizá consiga de nuevo el trabajo que tenía en la Compañía de Luz y Fuerza donde me despidieron hace seis meses.
–Ya veo –dijo la patrona.
Y veía. Porque dieciocho millones de personas habían pasado por ese camino y se habían detenido allí rumbo a alguna parte, a cualquiera, a ninguna, para volver a esa parte cualquiera, ninguna, de donde se habían ido la primera vez porque no los necesitaban.
–¿Qué clase de trabajo buscan? –preguntó la patrona.
Era un chiste. Lo supo apenas lo dijo. Papá lo pensaba y se reía. Mamá se reía. Mi hermano y yo nos reíamos. Todos nos reíamos juntos.
Porque nadie, desde luego, preguntaba por la clase de trabajo; era simplemente el trabajo que hubiera, trabajo sin nombre, trabajo para poder comprar gasolina y llenarse la barriga y quizá, llegado el caso, comprar un cucurucho de helado. ¿Cine? Había algo que ver una vez por mes, quizá. Además, mi hermano y yo rondábamos por las puertas traseras y laterales de las salas, o por el subsuelo, hasta llegar a los palcos pasando por el foso de la orquesta o la salida de incendios. Nada podía quitarnos las matinées del sábado, salvo Adolph Menjou.
Todos dejamos de reírnos. Notando que éste era el momento adecuado para un acto particular, la patrona pidió disculpas, salió y volvió pocos minutos después. Traía dos cajitas de cartón gris, y las sostenía como si se tratara de la herencia de la familia o de las cenizas de un tío querido. Se sentó y tuvo un largo rato las dos cajitas sobre el regazo cubierto por el delantal, protegiéndolas en silencio. Esperó, con ese sentido innato del drama que tiene mucha gente cuando es preciso detener acontecimientos rápidos y pequeños para que parezcan grandes.
Y de un modo extraño, nos conmovió el silencio de la mujer, la expresión de pérdida que le asomaba a la cara. Porque era una cara en la que aparecía toda una vida de pérdida. Era una cara en que lloraban unos niños nunca nacidos. O era una cara en que los niños nacidos murieron y fueron enterrados, pero no en la tierra, sino en la carne de ella. O era una cara en que los niños, nacidos, criados, se habían ido por el mundo y nunca habían escrito. Era una cara en la que su vida y la vida de su marido y el rancho en que vivían luchaban por sobrevivir y en cierto modo lo conseguían. El soplo de Dios amenazaba con hacerle perder el juicio, pero de alguna manera, sintiendo pavor ante la propia supervivencia, el alma de la mujer estaba aún encendida.
A una cara como ésa, con tanto sentimiento de pérdida, cuando encuentra algo a que aferrarse y mirar, ¿cómo es posible no prestarle atención?
Porque ahora la señora tendía las cajas y abría la pequeña tapa de la primera.
Y dentro de la primera caja...
–Vaya –dijo Skip–, no es más que un huevo... –Miren de cerca –dijo ella.
Y todos miramos de cerca el huevo fresco y blanco, posado en un pequeño lecho de algodón de frasco de aspirinas.
–Miren –dijo Skip.
–Oh, sí –susurré yo–, miren.
Porque en el centro del huevo, como hendido, golpeado y formado por una naturaleza misteriosa, se veían las astas y el cráneo de un ciervo.
Era delicado y bello como si un joyero hubiese trabajado en el huevo de alguna manera mágica, alzando el calcio en surcos obedientes que formarían el cráneo y los cuernos prodigiosos. Era por lo tanto un huevo que cualquier chico hubiera llevado colgado orgullosamente del cuello, o hubiese querido mostrarlo en la escuela, dejando boquiabiertos a los amigos.
–Este huevo –dijo la patrona–fue puesto, así dibujado, hace exactamente tres días.
Nuestros corazones latieron una o dos veces. Abrimos la boca para hablar.
–Es...
La señora cerró la caja. Con lo cual nosotros cerramos la boca. Respiró una vez profundamente, con los ojos entornados, y luego abrió la tapa de la segunda caja.
Skip exclamó:
–Apuesto a que sé lo que...
Las conjeturas de Skip hubieran sido correctas.
En la segunda caja, revelado ahora, había un segundo huevo grande sobre algodón.
–Aquí tienen –dijo la patrona del motel y del criadero de pollos, en medio de las tierras, debajo de aquel cielo que seguía interminablemente y caía sobre el horizonte en otras tierras que seguían interminablemente con más cielo encima.
Todos nos inclinamos hacia adelante para mirar.
Porque había en este huevo palabras escritas con un trazo de calcio blanco, como si el sistema nervioso de la gallina, movido por extrañas conversaciones nocturnas que sólo ella podía oír, hubiese estampado en la cáscara, con dificultad, una inscripción no muy clara.
Y las palabras que vimos en el huevo decían:
Descansa en paz. La prosperidad se avecina.
Y de pronto hubo una gran calma.
Habíamos empezado a hacer preguntas sobre el primer huevo. Nuestras bocas se habían abierto para preguntar: ¿Cómo puede un pollo, en su pequeño interior, hacer marcas en la cáscara? ¿La maquinaria de reloj pulsera de la gallina sufrió la intromisión de influencias exteriores? ¿Había usado Dios ese pequeño y simple animalito como pizarrón de espiritistas, deletreando formas, contornos, reconvenciones, revelaciones?
Pero ahora, con el segundo huevo ahí delante, nos quedamos pasmados, con las bocas cerradas.
Descansa en paz. La prosperidad se avecina.
Papá no podía sacar los ojos del huevo.
Ninguno podía.
Nuestros labios se movieron por fin, pronunciando palabras sin sonido.
Papá miró una vez a la patrona. Ella lo contempló a su vez con una mirada que era tan calma, tranquila y honrada como eran largas, calientes, vacías y secas las llanuras de alrededor. La luz de cincuenta años se consumió y floreció allí; la mujer no se quejó ni explicó. Había encontrado un huevo debajo de una gallina. Aquí estaba el huevo. Mírenlo, decía la cara de la mujer. Lean las palabras. Vamos... por favor... léanlas de nuevo.
Al fin papá se volvió lentamente, alejándose. Desde la puerta de alambre miró hacia atrás y los ojos le pestañearon rápidamente. No se llevó la mano a los ojos, pero los tenía húmedos, brillantes y nerviosos. Luego salió por la puerta y bajó los escalones y echó a andar entre los viejos bungalows, con las manos metidas en los bolsillos.
Mi hermano y yo seguíamos contemplando ese huevo, cuando la patrona cerró la tapa cuidadosamente, se puso de pie y fue hacia la puerta. La seguimos en silencio.
Afuera encontramos a papá de pie en el último sol y la primera luna, junto al cerco de alambre. Todos echamos una mirada a diez mil gallinas que viraban para aquí y para allá en olas, súbitamente aterradas por el viento o desconcertadas por las sombras de las nubes o por los perros que ladraban allá en la pradera o por un auto solitario que avanzaba por el alquitrán caliente del camino.
–Miren –dijo la patrona–. Ahí está.
Señaló el mar de aves errabundas.
Vimos miles de gallinas atropellándose, oímos miles de voces de aves que se alzaban de pronto, y se desvanecían de pronto.
–Allí está mi preferida, allí está mi preciosa. ¿La ven?
Extendió la mano con calma, moviéndola lentamente para señalar una gallina especial entre las diez mil. Y en alguna parte de todo aquel barullo...
–¿No es magnífica? – dijo nuestra patrona.
Miré, en puntas de pies, de soslayo. Me quedé mirando intensamente.
–¡Ahí! Me parece... –exclamó mi hermano.
–La blanca –suplicó la patrona–con manchas jengibre.
La miré. La mujer parecía muy serena; conocía a su gallina, conocía el rostro de su amor. Aunque no pudiéramos encontrarla y verla, la gallina estaba allí, como el mundo y el cielo, un hecho pequeño que era bastante importante.
–Allí –dijo mi hermano y se detuvo, confundido–. No, allí. ¡No, espera... más allá!
–¡Sí –dije–, lo veo!
–¡La, retardado!
–¡La veo! –dije.
Y por un breve instante creí que veía a una gallina entre muchas, un ave corpulenta más blanca que el resto, más rolliza que el resto, más feliz que el resto, más veloz, más juguetona y que se pavoneaba con cierto orgullo. Era como si el mar de criaturas se dividiera ante nuestra mirada bíblica para mostrarnos, sola entre islas de sombra lunar sobre la hierba caliente, un ave única inmovilizada, un instante antes que el último ladrido de un perro y el escape de un auto que sonó como un tiro, aterraran y desparramaran a las aves. La gallina había desaparecido.
–¿La vieron? –preguntó la patrona, asida al alambrado, buscando su amor perdido en el desbande de gallinas.
–Sí. –No pude ver la cara de mi padre, si estaba serio o si sonreía secamente en secreto.–La vi. Mis padres volvieron al bungalow. Pero la patrona, Skip y yo nos quedamos junto al alambrado sin decir nada, sin señalar siquiera nada más, durante por lo menos otros diez minutos. Entonces fue el momento de irse a la cama.
Estuve totalmente despierto junto con Skip. Porque recordaba todas las otras noches en que papá y mamá charlaban y a nosotros nos gustaba oírlos charlar de cosas de gente mayor y de lugares de gente mayor, mamá que preguntaba preocupada y papá que contestaba, preciso, seguro, tranquilo y sereno. Vaso de Oro, Final de Arco Iris. Yo no creía en eso. Tierra de Miel y Leche. Yo no creía en eso. Habíamos ido demasiado lejos y habíamos visto demasiado como para que yo creyera... pero...
Algún Día Mi Barco Vendrá...
Yo creía en eso.
Cuando lo oía a papá decirlo, las lágrimas me brotaban de los ojos. Yo había visto barcos como ése en el lago Michigan en las mañanas de verano, llegando de las fiestas acuáticas, colmados de gente alegre, confeti en el aire, trompetas; y en mis sueños privados, proyectados en la pared de mi dormitorio durante noches incontables, allí estábamos en la cubierta, mamá, papá, Skip y yo, y el barco enorme, blanco como la nieve, llegaba con millonarios en las cubiertas superiores, y los millonarios no arrojaban confeti sino billetes y monedas de oro todo alrededor en una lluvia repiqueteante, así que bailábamos para atrapar y esquivar y gritar "¡Ay!" cuando nos golpeaban en las orejas unas monedas especialmente furiosas o nos reíamos lamidos por una racha nevada de dinero...
Mamá preguntaba, papá respondía. Y en la noche, Skip y yo íbamos en el mismo sueño a esperar en un muelle.
Y esa noche, acostado en la cama, después de un largo rato dije:
–Papá, ¿qué significa?
–¿Qué significa qué? –dijo papá, allí en la obscuridad con mamá.
–El mensaje del huevo. ¿Significa el Barco? ¿Llegará pronto?
Hubo un largo silencio.
–Sí –dijo papá–. Significa eso. A dormir, Doug.
–Sí, papá.
Y me volví llorando.
Salimos de Amarillo a las seis de la mañana siguiente para esquivar el calor; la primera hora no dijimos nada porque no estábamos despiertos; la segunda hora no dijimos nada porque estábamos pensando en la noche pasada. Y entonces al fin el café de papá empezó a levantarle el ánimo y dijo:
–Diez mil.
Esperamos a que siguiera y lo hizo, meneando la cabeza lentamente:
–Diez mil gallinas estúpidas. Y a una, a una cualquiera, se le ocurre garabatearnos una nota.
–Papá –dijo mamá.
Y la inflexión de su voz decía: "No lo crees de verdad, ¿no es cierto?"
–Sí, papá –dijo mi hermano con la misma voz, con la misma débil crítica.
–Es como para pensarlo –dijo papá, los ojos clavados en el camino, conduciendo con soltura, las manos en el volante sin aferrarse a él, gobernando nuestra pequeña balsa en el desierto. Detrás de la colina había otra colina y detrás de ésa otra colina, ¿pero detrás de ésta...?
Mamá miró a papá a la cara y no tuvo el coraje de llamarlo, como un rato antes. Miró al camino y dijo de modo que apenas pudiéramos oírle:
–¿Cómo era que decía?
Papá nos hizo dar una larga vuelta en la carretera desierta hacia White Sands, y después se aclaró la garganta y aclaró un espacio en el cielo de adelante, mientras conducía, y dijo, recordando:
– Descansa en paz. La prosperidad se avecina.
Dejé pasar otro kilómetro antes de decir:
–¿Cuánto... eh... cuánto vale un huevo así, papá?
–No hay precio humano para una cosa así –dijo papá, sin mirar hacia atrás, conduciendo hacia el horizonte, yendo sencillamente adelante–. Muchacho, no puedes decir el precio de un huevo como ése, puesto por una gallina inspirada en el Motel de la Gallina Inspirada. Dentro de unos años lo llamaremos así: El Motel de la Gallina Inspirada.
Seguimos a un ritmo parejo de sesenta kilómetros por hora en el calor y el polvo del día subsiguiente.
Mi hermano no me pegó, yo no le pegué a mi hermano, cuidadosa, secretamente, justo hasta antes de mediodía en que nos bajamos a regar las flores al costado del camino.