el niño de mañana (es)
No quería ser el padre de una pequeña pirámide azul. Peter Horn no lo había planeado para nada de esa manera. Ni él ni su mujer imaginaron que podía ocurrirles una cosa semejante. Habían hablado tranquilamente durante días del nacimiento del niño, habían comido alimentos normales, dormido mucho, asistido a unos pocos espectáculos, y cuando llegó el momento de que ella volara en el helicóptero al hospital, Peter la abrazó y la besó.
–Tesoro, estarás en casa dentro de seis días –dijo–. Esas nuevas máquinas de partos, excepto engendrar, lo hacen todo por ti.
Ella recordó una canción de los viejos tiempos. "¡No, no, eso no pueden quitármelo!", y la cantó y se reían mientras el helicóptero los llevaba sobre el verde camino del campo a la ciudad.
El médico, un señor tranquilo llamado Wolcott, tenía gran confianza. Polly Ann, la mujer, estaba preparada para la tarea que la aguardaba y el padre fue instalado, como de costumbre, en la sala de espera donde podía fumar o tomar bebidas de la debida batidora. Se sentía muy bien. Era su primer hijo, pero no había por qué preocuparse. Polly Ann estaba en buenas manos.
El doctor Wolcott entró en la sala de espera una hora más tarde. Tenía el aire de un hombre que ha visto la muerte. Peter Horn, que estaba en el tercer vaso, no se movió. Apretó el vaso y murmuró:
–Ha muerto.
–No –dijo Wolcott despacio–. No, no, ella está bien. Es el niño.
–Entonces ha muerto el niño.
–El niño vive también, pero... tómese el resto de esa bebida y venga conmigo. Ha pasado algo.
Sí, en realidad algo había pasado. Ese "algo" había hecho salir a los pasillos a todo el hospital. La gente iba y venía de una habitación a otra. Cuando Peter Horn atravesó una antesala donde el personal de uniforme blanco, de pie, se miraba y murmuraba, se sintió realmente mal.
–¡Eh, miren! ¡El hijo de Peter Horn! ¡Increíble!
Entraron en un cuartito limpio. Había allí una multitud que miraba una mesa baja. Había algo en la mesa.
Una pequeña pirámide azul.
–¿Por qué me ha traído aquí? –dijo Horn, volviéndose hacia el médico.
La pequeña pirámide azul se movió. Empezó a llorar.
Peter Horn se acercó a empujones y miró intensamente. Estaba muy blanco y respiraba rápidamente.
–No me va a decir que mi hijo es esto, doctor.
El doctor llamado Wolcott asintió.
La pirámide azul tenía seis apéndices serpentinos y tres ojos que pestañeaban en los extremos de tres estructuras.
Horn no se movió.
–Pesa tres kilos doscientos –dijo alguien.
Horn pensó: me están tomando el pelo. Es una broma. Detrás de todo esto está Charlie Ruscoll. En una de esas asoma por una puerta y grita: "¡Que la inocencia te valga!", y todo el mundo se reirá. Eso no es mi hijo. ¡Ah, horrible! Me están tomando el pelo.
Horn se quedó allí y el sudor le corría por la cara.
–Llévenme de aquí.
Horn se volvió y las manos se le abrían y cerraban sin objeto, y le pestañeaban los ojos.
Wolcott lo tomó del codo, calmándolo.
–Es su hijo. Comprenda, señor Horn.
–No. No, no es. –La mente de Horn no tocaría la cosa.–Es una pesadilla. ¡Destrúyalo!
–No se puede matar a un ser humano.
–¿Humano? –Horn disimulaba las lágrimas.–¡Eso no es humano! ¡Es un crimen contra Dios!
El médico continuó, rápidamente.
–Hemos examinado a ese... niño... y hemos decidido que no es un mutante, el resultado de una destrucción y reordenación genética. No es un monstruo. Tampoco es un enfermo. Escuche, por favor, todo lo que voy a decirle.
Horn contemplaba la pared, con los ojos muy abiertos, enfermo. Se balanceaba. El médico le hablaba, distante, seguro.
–El niño ha sido afectado en cierto modo por la urgencia del parto. Hubo una distorsión de la estructura dimensional causada por los cortocircuitos y el mal funcionamiento simultáneo de la nueva máquina de partos y la máquina de hipnosis. Bueno, de todas maneras –concluyó el doctor desgarbadamente–, el niño ha nacido en... otra dimensión.
Horn ni siquiera asintió. Se quedó allí, esperando. El doctor Wolcott adoptó un tono enfático. –El niño está vivo, sano y feliz. Ahí lo tiene, sobre la mesa. Pero como ha nacido en otra dimensión, la forma nos es ajena. Nuestros ojos, adaptados a una concepción tridimensional, no pueden reconocerlo como niño. Pero lo es. Debajo de ese camuflaje, la extraña forma piramidal y los apéndices, está el hijo de usted. Horn cerró la boca y los ojos. –¿Puede darme un trago? –Por supuesto.
Le pusieron un vaso en las manos. –Ahora, permítame que me siente, que me siente en alguna parte un rato.
Horn se hundió cansadamente en una silla. Todo se iba aclarando, se ponía lentamente en su lugar. Aquello, lo que fuese, era su hijo. Se estremeció. Por horrible que pareciera, era su primer hijo.
Al fin levantó la mirada y trató de ver al médico. –¿Qué le diremos a Polly? La voz de Horn era apenas un susurro. –Lo prepararemos esta mañana, en cuanto usted se sienta en condiciones.
–¿Qué pasa después? ¿Hay alguna manera de... cambiarlo?
–Trataremos. Es decir si usted nos autoriza. Después de todo, es su hijo. Usted puede hacer lo que quiera de él. –¿El? – Horn se rió con ironía, cerrando los ojos–. ¿Cómo sabe que es él?
Se hundió en la obscuridad. Le estallaban los oídos. Wolcott estaba visiblemente perturbado. –Bueno, nosotros... este... bueno, claro no lo sabemos.
Horn tomó otro trago.
–¿Qué pasa si no pueden cambiarlo?
–Comprendo el golpe que es para usted, señor Horn. Si no puede soportar la vista de su hijo, lo criaremos aquí, en el Instituto.
Horn lo pensó.
–Gracias. Pero sigue perteneciéndonos a Polly y a mí. Le daré un hogar. Lo criaré como se cría a cualquier chico. Le daré una vida hogareña normal. Procuraré aprender a quererlo. Lo trataré bien.
Horn tenía los labios entumecidos, no podía pensar.
–¿Se da cuenta de la tarea que va a asumir, señor Horn? Este niño no podrá tener camaradas normales; lo molestarían hasta matarlo en poco tiempo. Usted sabe cómo son los niños. Si decide criarlo en la casa, la vida de usted estará estrictamente regimentada, nunca deberá verlo nadie. ¿Comprende?
–Sí. Sí, comprendo. Doctor, doctor, ¿es mentalmente normal?
–Sí. Hemos probado las distintas reacciones. Es un niño perfectamente saludable en lo que se refiere a estímulos nerviosos y cosas por el estilo.
–Sólo quería estar seguro. Ahora el único problema es Polly.
Wolcott frunció el entrecejo.
–Confieso que en eso estoy desconcertado. Usted sabe lo difícil que es para una mujer enterarse de que su hijo ha nacido muerto. Pero esto, decirle a una mujer que ha dado a luz algo que no se puede considerar humano... No es tan neto como la muerte. Hay muchas posibilidades de que sea una gran sacudida. Pero tengo que decirle la verdad. El médico no va a ninguna parte si le miente al paciente.
Horn se quitó los anteojos.
–No quiero perder a Polly, también. Si usted destruye al niño, yo estaría dispuesto a aceptarlo. Pero no quiero matar a Polly con este golpe.
–Creo que podremos cambiar al niño. Es lo que me hace vacilar. Si yo pensara que el caso no tiene remedio, haría en seguida un certificado de eutanasia. Pero queda una posibilidad.
Horn estaba muy cansado. Temblaba silenciosa, profundamente.
–Muy bien, doctor. Necesita alimento, leche y cariño mientras usted decide. Hasta ahora ha sido un mal trago, no hay razón para que siga siéndolo. ¿Cuándo se lo decimos a Polly?
–Mañana por la tarde, cuando despierte.
Horn se puso de pie y caminó hasta la mesa calentada desde arriba por una luz suave. La pirámide azul se sentó en la mesa cuando Horn extendió la mano.
–¿Qué tal, nene? –dijo Horn.
La pirámide azul miró con tres brillantes ojos azules. Tendió un pequeño zarcillo azul con el que tocó los dedos de Horn.
Horn se estremeció.
–Hola, nene.
El doctor sacó un biberón especial.
–Leche de mujer. Adelante.
El nene miraba arriba, a través de nieblas que se despejaban. El nene vio formas que se movían sobre él y supo que eran amistosas. El nene acababa de nacer, pero ya estaba alerta, extrañamente alerta. El nene tenía conciencia.
Había objetos que se movían por encima y alrededor del nene. Seis cubos de color blanco grisáceo, que se inclinaban. Seis cubos con apéndices hexagonales y tres ojos en cada cubo. Además había otros dos cubos que venían desde lejos sobre una superficie cristalina. Uno de los cubos era blanco. Tenía también tres ojos. Algo había en ese Cubo Blanco que le gustaba al nene, y lo atraía. Alguna relación. El Cubo Blanco tenía un cierto olor, y el nene se acordaba de sí mismo.
De los seis cubos de un blanco grisáceo que se inclinaban salían sonidos penetrantes. Sonidos de curiosidad y maravilla. Era como una especie de música de flautas, todas tocando al mismo tiempo.
Ahora los dos cubos recién llegados, el Cubo Blanco y el Cubo Gris, estaban silbando. Al cabo de un rato el Cubo Blanco extendió un apéndice hexagonal para tocar al nene. El nene respondió sacando los zarcillos del cuerpo piramidal. Al nene le gustaba el Cubo Blanco. Al nene le gustaba. El nene tenía hambre. Al nene le gustaba. Quizá el Cubo Blanco le diera de comer...
El Cubo Gris sacó un globo rosa para el nene. Ahora le iban a dar de comer. Bueno. Bueno. El nene aceptó el alimento ansiosamente.
El alimento era bueno. Todos los cubos de color blanco grisáceo se retiraron, dejando sólo al bonito Cubo Blanco que se quedó mirando al nene y silbando, silbando. Silbando, silbando.
Al día siguiente se lo dijeron a Polly. Sólo lo necesario. Apenas una parte. Le dijeron que el nene no estaba bien, en cierto sentido. Le hablaron lentamente, en círculos que se iban estrechando. Entonces el doctor Wolcott pronunció una larga conferencia sobre las máquinas de partos, cómo ayudaban a las mujeres en el trance, y cómo esta vez se había producido un cortocircuito. Estaba presente otro hombre de ciencia que dio una breve y concisa charla sobre las dimensiones, extendiendo los dedos, así, una, dos, tres, y cuatro. Otro hombre más habló de energía y materia. Otro se refirió a los niños desamparados.
Al final Polly se sentó en la cama y dijo:
–¿A qué vienen tantas palabras? ¿Qué le pasa a mi hijo que hablan ustedes tanto?
Wolcott se lo dijo.
–Desde luego, usted puede esperar una semana antes de verlo –dijo–. O puede ceder la tutoría del niño al Instituto.
–Hay una sola cosa que quiero saber –dijo Polly.
El doctor Wolcott alzó las cejas.
–¿Yo hice así al niño? –preguntó Polly.
–¡Claro que no!
–¿El niño no es un monstruo, genéticamente? –preguntó Polly.
–El niño ha sido proyectado en otro camino. Aparte de eso, es perfectamente normal.
La delineada boca apretada de Polly se aflojó. Sencillamente dijo:
–Entonces, tráiganme a mi nene. Quiero verlo. Por favor, ahora mismo.
Le llevaron al "niño"
Los Horn salieron del hospital al día siguiente. Polly anduvo por sus propios medios, Peter Horn la seguía, mirándola con tranquilo asombro.
No llevaban al niño. Eso sería después. Horn ayudó a su mujer a subir al helicóptero y se sentó al lado. La nave se remontó, girando, en el aire cálido.
–Eres una maravilla –dijo Horn.
–¿Ah sí? –dijo Polly, encendiendo un cigarrillo.
–Sí. No lloraste. No hiciste nada.
–No está tan mal, sabes –dijo Polly–. Una vez que uno lo conoce. Hasta puedo... tenerlo en brazos. Es caliente y llora y hasta necesita los pañales triangulares –aquí se rió. Pero Horn notó un temblor nervioso en la risa–. No, no lloré, Pete, porque es mi hijo. O lo será. No ha muerto, gracias a Dios. Todavía... no sé cómo explicarlo... no ha nacido. Me gusta pensar que todavía no ha nacido. Estamos aguardando a que aparezca. Tengo esperanzas en el doctor Wolcott. ¿Tú no?
–Tienes razón. Tienes razón. –Horn se inclinó y le tocó la mano.–¿Sabes una cosa? Eres un tesoro.
–Puedo resistir –dijo Polly, allí sentada y mirando cómo el campo verde se balanceaba debajo–. Mientras sepa que ocurrirá algo bueno, no me dejaré impresionar o afligir. Esperaré seis meses y entonces quizá me suicide.
–¡Polly!
Polly lo miró como si Horn acabara de llegar.
–Pete, lo siento. Pero estas cosas no pasan. Una vez que terminen y el nene haya nacido por fin, me lo olvidaré tan rápido como si nunca hubiese ocurrido. Pero si el médico no puede ayudarnos, mi cabeza no podrá aceptarlo, la cabeza sólo puede decirle al cuerpo que se suba el tejado y salte.
–Todo saldrá bien –dijo Horn asiéndose al volante–. Tiene que salir bien.
Polly no dijo nada, pero dejó que el cigarrillo se le consumiera fuera de la boca, bajo el impacto del viento de la hélice.
Pasaron tres semanas. Todos los días volaban al Instituto para visitar a "Py". Porque éste fue el tranquilo, calmoso nombre que Polly le dio a la pirámide azul tendida en la cálida mesa de dormir y que parpadeaba al verlos. El doctor Wolcott tuvo cuidado en señalar que los hábitos del "niño" eran tan normales como los de cualquiera; las mismas horas de sueño, las mismas horas despierto, la misma atención, el mismo aburrimiento, la misma comida, la misma eliminación. Polly Horn escuchaba, la cara se le suavizaba, y se le iluminaban los ojos.
Al final de la tercera semana, el doctor Wolcott dijo:
–¿Se sienten en condiciones de llevárselo ahora a casa? Ustedes viven en el campo, ¿no es cierto? Muy bien, tienen un patio cerrado, pueden sacarlo allí al sol, llegado el momento. Necesita cariño materno. Algo trillado, pero es verdad. Habría que amamantarlo. Ha sido alimentado aquí por primera vez por la nueva máquina: voz arrulladora, calor, manos y todo –la voz del doctor Wolcott era seca–. Pero creo que ahora están lo bastante familiarizados como para saber que es un chico muy sanito. ¿Se anima, señora Horn?
–Sí, me animo.
–Bueno. Tráiganlo cada tres días para la revisión. Esta es la fórmula del niño. Estamos trabajando ahora en varias soluciones, señora Horn. A fin de año tendremos algún resultado para usted. No quiero decir nada definido, pero tengo razones para creer que sacaremos al chico de la cuarta dimensión, como a un conejo de un sombrero de copa.
El doctor se quedó bastante sorprendido y agradado cuando Polly lo besó varias veces.
Peter Horn manejaba el helicóptero en dirección a la casa, sobre los verdes, suaves y ondulados prados de Griffith. De vez en cuando miraba a la pirámide en brazos de Polly. Ella la arrullaba y la pirámide respondía aproximándose de la misma manera.
–Me pregunto... –dijo Polly.
–¿Qué?
–¿Qué le pareceremos? –dijo Polly.
–Se lo pregunté a Wolcott. Dice que probablemente nosotros también le parecemos cómicos. El está en una dimensión, nosotros en otra.
–¿Quieres decir que no le parecemos hombre y mujer?
–Como podríamos vernos nosotros, no. Pero recuerda que el nene no sabe nada de hombres y mujeres. Para el nene, cualquiera que sea nuestra forma, somos naturales. Está acostumbrado a vernos como cubos, cuadrados o pirámides, porque nos ve desde su propia dimensión.
No ha tenido otra experiencia, ni otra norma con que comparar lo que ve. Nosotros somos su norma. Además, el nene nos parece raro porque lo comparamos con las formas y tamaños de costumbre.
–Sí, comprendo, comprendo.
El nene tenía conciencia del movimiento. Un Cubo Blanco lo sostenía en sus cálidos apéndices. Había otro Cubo Blanco sentado más lejos, dentro de una figura oblonga color púrpura. La figura oblonga se movía en el aire sobre una vasta y brillante llanura de pirámides, hexágonos, figuras oblongas, pilares, burbujas y cubos multicolores.
Un Cubo Blanco emitió un silbido. El otro Cubo Blanco contestó con otro silbido. El Cubo Blanco que lo sostenía se desplazó. El nene observó a los dos Cubos Blancos y el mundo fugitivo de la burbuja viajera.
El nene sintió... sueño. Cerró los ojos, acomodó su infancia piramidal en el regazo del Cubo Blanco y produjo unos débiles ruiditos...
–Está dormido –dijo Polly Horn.
Llegó el verano, Peter Horn andaba ocupado con sus negocios de importación–exportación. Pero no estaba nunca fuera de casa por la noche. Polly se sentía muy bien durante el día, pero a la noche, cuando tenía que quedarse sola con el niño, empezaba a fumar demasiado, y una vez Horn la encontró desvanecida en el escritorio, con una botella de jerez vacía en la mesa vecina. Desde entonces, Horn misino se ocupaba del niño por las noches. Cuando lloraba, el niño producía un extraño silbido, como si fuese un animal de la selva, perdido, que se quejaba. No era el sonido propio de un nene.
Peter Horn había aislado el cuarto del niño, con paneles a prueba de ruidos.
–¿Así que su mujer no quiere oír llorar al nene? –preguntó el obrero.
–Sí –dijo Peter Horn–. No quiere oírlo.
Tenían pocas visitas. Temían que alguien pudiera tropezar con Py, el pequeño Py, la dulce y querida pirámide.
–¿Qué es ese ruido? –preguntó un visitante una noche, mientras bebía un cóctel–. Suena como una especie de pájaro. Usted no me dijo que tenía una pajarera, Peter.
–Ah, sí –dijo Horn, cerrando la puerta de la habitación del niño–. Sírvase otra copa. Bebamos todos.
Era como tener un perro o un gato en la casa. Por lo menos así lo consideraba Polly. Peter Horn la examinaba y observaba exactamente cómo le hablaba y mimaba al pequeño Py. Era Py por aquí Py por allá, pero como con cierta reserva, y a veces Polly echaba una mirada por el cuarto y se tocaba a sí misma y anudaba las manos y parecía perdida y temerosa, como si estuviera esperando que llegara alguien.
En setiembre Polly informó a su marido:
–Sabe decir papá. Sí, sabe. ¡Anda, Py, di papá!
Sostenía de pie la cálida pirámide azul.
–¡Quiujú! –silbó la pequeña y cálida pirámide azul.
– Otra vez – repitió Polly.
– ¡Quiujú! –silbó la pirámide.
–¡Basta, por amor de Dios! –dijo Peter Horn. Le quitó el niño y lo llevó a su cuarto donde silbó una y otra vez ese nombre, ese nombre, ese nombre. Horn salió y se sirvió un trago fuerte. Polly se reía despacito.
–¿No es terrible? –dijo–. Hasta su voz está en la cuarta dimensión. ¿No será lindo cuando aprenda a hablar, más adelante? Le daremos el monólogo de Hamlet para que lo aprenda de memoria y lo dirá; ¡pero saldrá como algo de James Joyce! ¿No es cierto que tenemos suerte? Dame un trago.
–Ya has bebido bastante –dijo Horn.
–Gracias, me serviré yo misma –dijo Polly.
Octubre y luego noviembre. Ahora Py estaba aprendiendo a hablar. Silbaba y chillaba y emitía un sonido de campanilla cuando tenía hambre. El doctor Wolcott los visitó.
–Cuando el color es de un permanente azul brillante –dijo el médico–, quiere decir que está sano. Cuando el color se pone pálido, tristón, él chico se siente mal. Recuérdenlo.
–Ah, sí, lo recordaré –dijo Polly–. Azul de huevo de petirrojo cuando está sano, cobalto triste cuando está enfermo.
–Señora –dijo Wolcott–. Es oportuno que se tome un par de estas píldoras y venga a verme mañana para charlar un rato. No me gusta esa manera de hablar. Saque la lengua. Aja. ¿Ha estado bebiendo? Mire las manchas que tiene en los dedos. Baje los cigarrillos a la mitad. La veo mañana.
–Usted no me anima mucho –dijo Polly–. Ya ha pasado, casi un año.
–Querida señora Horn, no quiero excitarla continuamente. Cuando hayamos puesto a punto el sistema, se lo haré saber. Estamos trabajando todo el tiempo. Pronto haremos un ensayo. Tome ahora las píldoras y cierre esa linda boca –le hizo cosquillas a Py debajo de la "barbilla"–. ¡Lindo nene sanito, diablos! ¡Unos diez kilos!
El nene tenía conciencia de las idas y venidas de los dos lindos Cubos Blancos que lo acompañaban siempre mientras estaba despierto. Había otro cubo, gris, que los visitaba ciertos días. Pero la mayor parte del tiempo estaban los dos Cubos Blancos que lo querían y lo cuidaban. Miró al cálido Cubo Blanco más redondo, más suave, y emitió el bajo, suave gorjeo de contentamiento. El Cubo Blanco lo alimentaba. El nene estaba contento. Crecía. Todo era familiar y bueno. Llegó el Año Nuevo, el año 1989. Los cohetes del espacio relampaguearon en el cielo, los helicópteros giraron y agitaron los vientos cálidos de California.
Peter Horn llevó a la casa, en secreto, grandes planchas de vidrio colado y polarizado, azul y gris. A través de esas planchas observaba a su "hijo". Nada. La pirámide seguía siendo una pirámide, ya la mirara con rayos X o a través de un celofán amarillo. La barrera era infranqueable. Horn volvió silenciosamente a la bebida.
El incidente ocurrió a principios de febrero. Al llegar en el helicóptero, Horn se quedó espantado viendo una multitud de vecinos reunidos en el jardín de la casa. Algunos estaban sentados, otros de pie, otros circulaban con una expresión aterrada en las caras.
Polly hacía caminar al "niño" por el patio.
Estaba absolutamente borracha. Llevaba a la pequeña pirámide azul de la mano y la hacía caminar de una punta a la otra. No vio aterrizar al helicóptero, ni prestó atención a Horn, que se acercó corriendo.
Uno de los vecinos se volvió.
–Oh, señor Horn, es muy bonito. ¿Dónde lo encontró? Otro exclamó:
–Oiga, usted es todo un viajero, Horn, ¿lo trajo de América del Sur?
Polly sostuvo a la pirámide.
–¡Dí papá! –exclamó, tratando de que la pirámide mirara a Horn.
–¡Juii! –exclamó la pirámide.
–¡Polly! –dijo Peter Horn.
–Es cariñoso como un perro o un gato –dijo Polly paseando al niño–. Oh, no, no es peligroso. Es cariñoso como un nene. Mi marido lo trajo de Afganistán.
Los vecinos empezaron a retroceder.
–¡Vengan! –Polly les hacía señas–. ¿No quieren ver a mi nene? ¿No es lindísimo?
Peter le dio una bofetada.
–Mi nene –decía Polly sin parar.
Peter la abofeteó de nuevo y Polly calló y se desvaneció. Peter la sostuvo y la llevó a la casa. Luego salió y tomó a Py, y se sentó y telefoneó al Instituto.
–Doctor Wolcott, habla Horn. Conviene que tenga todo preparado. Esta noche o nunca.
Hubo una vacilación. Al fin Wolcott suspiró.– Está bien. Traiga a su mujer y al niño. Trataremos de tener todo preparado.
Colgaron.
Horn se quedó allí sentado estudiando la pirámide.
–Los vecinos lo encontraron formidable –decía Polly, tendida en el diván, los ojos cerrados, los labios temblorosos.
El pasillo del Instituto olía a limpio. El doctor Wolcott lo recorrió seguido por Peter Horn y su mujer, Polly, que tenía a Py en brazos. Llegaron a una puerta y entraron en una amplia habitación. En el centro de la habitación había dos mesas y dos grandes campanas suspendidas encima.
Detrás de las mesas había máquinas con perillas y palancas. En la habitación se oía un zumbido apenas perceptible. Peter Horn miró a Polly un momento.
Wolcott le dio a Polly un vaso con un líquido.
–Beba esto –Polly lo bebió–. Ahora siéntense.
Los dos se sentaron. El doctor juntó las manos y los miró un momento.
–Quiero contarles lo que he estado haciendo estos últimos meses –dijo–. He tratado de sacar al nene de esa condenada dimensión, cuarta, quinta, sexta, o lo que sea. Cada vez que ustedes dejaban al nene, nos ocupábamos del problema. Hemos encontrado la solución, pero no se trata para nada de sacar al nene de la dimensión en que está ahora.
Polly se hundió en el asiento. Horn miró simplemente al médico atendiendo a todo lo que podía decir. Wolcott se inclinó hacia adelante.
–No puedo sacar a Py, pero puedo meterlos a ustedes. Esa es la cosa.
Wolcott extendió las manos. Horn miró la máquina que estaba en el rincón.
–¿Quiere decir que puede mandarnos a la dimensión de Py?
–Si están dispuestos a pasar un mal trago.
Polly no dijo nada. Sostenía muy tranquila a Py y lo miraba.
El doctor Wolcott explicó.
–Conocemos la serie de malfuncionamientos mecánicos y eléctricos que llevaron a Py a su estado actual. Podemos reproducir esos accidentes y tensiones. Pero traerlo de vuelta es otra cosa. Quizá sea necesario un millón de pruebas y fracasos antes de conseguir la combinación. La combinación que lo proyectó en otro espacio fue un accidente, pero afortunadamente lo vimos, lo observamos y lo registramos. Nunca se trajo a nadie de vuelta. Tenemos que trabajar en la obscuridad. Por lo tanto, sería más fácil mandarlos a ustedes a la cuarta dimensión que traer a Py a la nuestra.
Polly preguntó simple y ansiosamente:
–¿Veré a mi nene como es de veras, si entro en esa dimensión?
Wolcott asintió.
Polly dijo:
–Entonces, quiero ir.
–Espera – dijo Peter Horn–. Hace sólo cinco minutos que llegamos aquí y ya estás comprometiendo el resto de tu vida.
–Estaré con mi verdadero nene. No me importa.
–Doctor Wolcott, ¿cómo será esa dimensión?
–No notarán ningún cambio. Los dos se verán con la misma forma y el mismo tamaño. Pero la pirámide se convertirá en un nene. Ustedes tendrán entonces un sentido extraordinario, podrán interpretar lo que ven de otra manera.
–¿Pero no nos convertiremos en pirámides o formas oblongas? ¿Y usted, doctor, parecerá una forma geométrica en lugar de un ser humano?
–¿Acaso un ciego que ve por primera vez pierde la capacidad de oír o gustar?
–No.
–Muy bien. Entonces no piensen más en términos de sustracción. Piensen en términos de adición. Ustedes ganan algo. No pierden nada. Saben cómo es un ser humano, ventaja que Py no tiene porque mira desde su propia dimensión. Cuando lleguen "allá", podrán ver al doctor Wolcott como ambas cosas: una forma geométrica abstracta o un ser humano, eso depende de ustedes. Probablemente se convertirán en filósofos. Pero hay otra cosa.
–¿Qué?
–Para todos los demás en el mundo, usted, su mujer y su hijo tendrán el aspecto de formas abstractas. El nene es un triángulo. Su mujer quizá una forma oblonga. Usted un sólido hexagonal. Será el mundo el que se impresionará, no ustedes.
–¿Seremos monstruos?
– Serán monstruos. Pero no lo sabrán. Tendrán que llevar una vida recluida.
–Hasta que usted encuentre una manera de sacarnos a los tres...
–Así es. Pueden pasar diez, veinte años. No se los recomendaría, los dos pueden volverse locos sintiéndose así, separados, diferentes. Si hay en ustedes un atisbo de paranoia, se manifestará. Ustedes son los que deciden, por supuesto.
Peter Horn miró a Polly, y ella lo miró a su vez gravemente.
–Iremos –dijo Peter Horn.
–¿A la dimensión de Py? –dijo Wolcott.
–A la dimensión de Py.
Se levantaron de las sillas.
–¿Está seguro, doctor, de que no perderemos ningún otro sentido? ¿Podrá usted entendernos cuando le hablemos? El habla de Py es incomprensible.
–Py habla así porque así le llega lo que decimos a través de esas dimensiones. Py imita el sonido. Cuando ustedes estén allí y me hablen, hablarán perfecto inglés, porque saben cómo. Las dimensiones tienen que ver con los sentidos, el tiempo y el conocimiento.
–¿Y qué pasará con Py, cuando lleguemos a esos estratos de existencia? ¿Nos verá en seguida como humanos y recibirá un golpe? ¿No será peligroso?
–Es tan pequeño. Las cosas todavía no están para él demasiado establecidas. Tendrá una pequeña impresión, pero los olores de ustedes serán los mismos, y las voces tendrán el mismo timbre y altura y ustedes serán igualmente cordiales y afectuosos, que es lo más importante de todo. Se entenderán muy bien con él.
Horn se rascó la cabeza lentamente.
–Parece una vuelta tan larga para llegar a donde queremos ir –suspiró–. Quisiera poder tener otro chico y olvidar del todo a Py.
–Este nene es el que cuenta. Me atrevería a decir que Polly no quiere ningún otro, ¿no es cierto, Polly?
–Este nene, este nene –decía Polly.
Wolcott echó a Peter Horn una mirada intencionada. Horn la interpretó correctamente. Este nene o no había más Polly. Este nene o Polly se pasaría el resto de la vida en una habitación tranquila, contemplando el vacío.
Avanzaron juntos hacia la máquina.
–Supongo que lo puedo soportar, si ella puede –dijo Horn, tomándola de la mano–. Ya hace muchos años que trabajo duro y parejo, quizá sea divertido retirarme y convertirme en una abstracción, para cambiar.
–Les envidio el viaje, para decir verdad –dijo Wolcott, ajustando la vasta máquina obscura–. No les oculto que como resultado de haber ido "allá", muy bien pueden escribir un tomo de filosofía que les moverá el piso a Dewey, Bergson, Hegel o cualquiera de los otros. Quizá "vaya" a visitarlos un día.
–Será bienvenido. ¿Qué necesitamos para el viaje?
–Nada. Sólo acostarse en esas mesas y quedarse quietos.
Un zumbido llenó la habitación. Un sonido de potencia y energía y calor.
Tendidos sobre las mesas, teniéndose de las manos, estaban Polly y Peter Horn. Una doble campana negra bajó sobre ellos. Los dos quedaron a obscuras. Desde algún punto lejano del hospital un reloj parlante daba la hora: "Tictac, las siete, tictac, las siete", y la voz se desvanecía en una dulce canción.
El zumbido bajo se hizo más fuerte. La energía oculta, cambiante, comprimida, vibraba en la máquina.
–¿Hay algún peligro? –gritó Peter Horn.
–¡Ninguno!
La energía chillaba. Los átomos mismos de la habitación se dividieron unos contra otros, en campos extranjeros y enemigos. Horn abrió la boca para gritar. El interior se le volvió piramidal, oblongo, en medio de terribles influencias eléctricas. Sintió una energía que empujaba, succionaba, exigía, aferrándose al cuerpo. La energía gemía, se escondía y sufría en la habitación. Las dimensiones de la campana negra se le estiraban sobre el torso, empujándole en planos salvajes de incomprensión. El sudor que le brotaba de la cara no era sudor sino una pura esencia dimensional. Sentía los miembros dislocados, descuartizados, golpeados, súbitamente presos. Empezó a derretirse como cera fundida.
Un sonido de golpeteo, de deslizamiento.
Horn pensó rápidamente pero con calma. ¿Cómo será en adelante, Polly, yo y Py en casa, y la gente que viene a una fiesta? ¿Cómo será?
De pronto supo cómo sería y la idea lo llenó de pavor y de un sentimiento de fe crédula y de tiempo. Vivirían en la misma casa blanca sobre la misma tranquila y verde colina, con un seto alto todo alrededor para defenderlos de los curiosos. Y el doctor Wolcott iría a visitarlos, dejaría el vehículo en el patio interior, subiría las escaleras, y en la puerta lo recibiría un alto y delgado Rectángulo Blanco con un martini seco en la mano serpentina.
Y en una reposera, en medio de la habitación, estaría sentado un Oblongo Blanco Sal con un libro de Nietzsche abierto, leyéndolo y fumando en pipa. Y en el suelo andaría dando vueltas Py. Y conversarían y llegarían otros amigos y el Oblongo Blanco y el Rectángulo Blanco se reirían y bromearían y ofrecerían pequeños sandwiches y más bebidas y pasarían una buena noche de risas y charla.
Sería así.
Clic.
El zumbido se detuvo.
La campana se levantó sobre Horn.
Todo había terminado.
Estaban en otra dimensión.
Oyó gritar a Polly. Había mucha luz. Horn se deslizó de la mesa, y se quedó pestañeando. Polly corría; se detuvo y levantó algo del suelo.
Era el hijo de Peter Horn. En los brazos de Polly, un niño de cara rosada y ojos azules boqueaba, pestañeaba y gimoteaba.
La forma piramidal había desaparecido. Polly lloraba de felicidad.
Peter Horn atravesó la habitación, temblando, tratando de sonreír él también, de sostener a Polly y al niño, ambos al mismo tiempo, y de llorar con ellos.
–¡Bueno! –dijo Wolcott, retrocediendo. Durante un rato no se movió. No hacía más que observar al Oblongo Blanco y al delgado Rectángulo Blanco que sostenía a la Pirámide Azul en el extremo opuesto de la habitación. Un ayudante entró por la puerta.
–Shhh –dijo Wolcott, la mano sobre los labios–. Querrán estar solos un rato. Venga.
Tomó del brazo al ayudante y cruzaron en puntas de pie la habitación. La puerta se cerró y el Rectángulo Blanco y el Oblongo Blanco ni siquiera miraron.