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ray bradbury

el viento frío y el viento caliente (es)

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–dios bendito, ¿qué es eso?
–¿Eso qué?
–¿Estás ciego, hombre? ¡Mira!
Y Garrity, el ascensorista, se asomó junto con el cama­rero.
En la mañana de Dublin, un hombre alto y cimbreño, de unos cuarenta años, entró por la puerta del Royal Hibernian Hotel, cruzó el zaguán hasta el mostrador del registro, seguido por cinco donceles bajos y cimbreños de unos veinte años, todos estallando en cantos de pájaros, revoloteando las manos en el aire, echando miradas de reojo, entre pestañeos y parpadeos, frunciendo las bocas, el semblante ya luminoso, ya ceñudo, ¿o ambas cosas al mismo tiempo?, las voces, ya un piccolo impecable, y una flauta, ya un oboe melodioso, pero siempre afinadas. Seis monólogos, todos rociándose unos a otros, en una verda­dera nube de autocompasión, piando y gorjeando los desa­lientos del viaje y las inclemencias del tiempo. En pocas palabras, el corps de ballet volaba, saltaba, fluía con elo­cuencia, envuelto en agua colonia ante el pasmado cama­rero y el ascensorista petrificado. Tropezándose delicio­samente se detuvieron delante del mostrador donde el gerente levantó la mirada, y fue asaltado por aquel en­jambre de la música. Los ojos del gerente se convirtieron en oes bien redondas y sin centro.
–Pero –murmuró Garrity–, ¿qué es eso?
–Bien puedes preguntarlo –dijo el portero.
En ese momento las luces del ascensor se encendieron y el timbre zumbó. Garrity tuvo que despegar los ojos de la estival multitud y se fue hacia arriba.
–Quisiéramos –dijo el hombre alto, esbelto, con un toque de gris en las sienes–, quisiéramos una habitación.
El gerente recordó dónde estaba y se oyó responder:
–¿Ha hecho usted la reserva, señor? –Ay, no –dijo el hombre mayor mientras los otros cacareaban unas risitas–. Salimos inesperadamente de Taormina –continuó el hombre alto de rasgos cincelados y de boca húmeda como una flor–. Nos aburríamos atrozmente después de un largo verano, y alguien dijo: Busquemos un cambio completo, hagamos algo disparata­do. ¿Qué?, pregunté. Bueno, ¿cuál es el lugar más impro­bable del mundo? Nombrémoslo y vayamos. Alguien dijo: el Polo Norte, pero era una tontería. Entonces yo grité: ¡Irlanda! Todo el mundo se cayó sentado. Cuando ter­minó el pandemonio, corrimos al aeropuerto. Ahora el sol y las costas sicilianas son como un sorbete de lima de ayer, se han derretido del todo. ¡Y aquí estamos para ha­cer... algo misterioso!
–¿Misterioso? –preguntó el gerente.
–No sabemos qué –dijo el hombre alto–, pero lo sabremos cuando lo veamos o cuando ocurra, o quizá haremos que ocurra, ¿no es cierto, cohorte? La cohorte respondió con unos gritos excitados.
–Quizá –dijo el gerente, con buena voluntad–, si me da usted alguna idea de lo que busca en Irlanda, yo podría indicarle...
–No, por Dios –dijo el hombre alto–. Iremos noso­tros mismos llevando nuestras intuiciones como bufandas alrededor del cuello, dejándonos ir para donde sopla el viento, y mirando lo que pueda agradarnos. Cuando re­solvamos el misterio y encontremos lo que hemos venido a buscar, usted se enterará por los aullidos y los gritos de maravilla y espanto que proferirá entonces este pequeño grupo de turistas.
–No diga –dijo el portero entre dientes. –Bueno, camaradas, una firma.
El jefe del campamento tomó la pluma gastada del hotel, la miró con asco, y sacó a relucir una lapicera de oro puro y sólido, 14 quilates, con la que trazó con una letra confusa, color cereza pero bastante elegante, el nom­bre de David seguido por Snell, guión, Orkney. Debajo añadió "y amigos".
El gerente miró la lapicera, fascinado, y recordó una vez más su propio papel en la historia.
–Pero señor, no le he dicho aún si tenemos habi­tación...
–Oh, seguro que sí, para seis desdichados vagabundos que tanto necesitan descansar, luego de los excesos amis­tosos de las azafatas... bastará una habitación.
–¿Una? –preguntó el gerente, estupefacto.
–No nos importa estar apretados, ¿no es cierto, chi­cos? –preguntó el hombre mayor sin mirar a los otros.
No, no les importaba.
–Bueno –dijo el gerente, manipulando desmañada­mente el registro–. Tenemos justo dos contiguas...
–¡Perfecto! – exclamó David Snell–Orkney.
Registraron las habitaciones, y el gerente detrás del mostrador y los visitantes apartados se miraron en un prolongado silencio. Al fin el gerente prorrumpió:
–¡Camarero! Tome el equipaje de los señores...
Justo en ese momento el camarero corría a mirar el suelo.
Donde no había equipaje.
– No, no, nada. –David Snell–Orkney agitó levemente la mano–. Viajamos livianos. Nos quedaremos sólo vein­ticuatro horas, o quizá sólo doce, tenemos una muda de ropa interior en los bolsillos de los abrigos. Después, vuelta a Sicilia y a los crepúsculos calientes. Si quiere que le pague por adelantado...
–No es necesario –dijo el gerente, tendiendo las llaves al camarero–. Cuarenta y seis y cuarenta y siete.
–De acuerdo –dijo el portero.
Y como un perro pastor que silenciosamente mordis­quea las patas de unas pocas ovejas lanudas que balan y sonríen tontamente, el portero llevó a la encantadora ma­nada al ascensor, que bajaba en ese preciso instante.
En el mostrador apareció la mujer del gerente, que lo miró con ojos duros.
–¿Estás loco? –murmuró, airada–. ¿Por qué? ¿Por qué?
–Toda mi vida – dijo el gerente, con una voz que apenas se oía–, he deseado ver no un comunista sino diez de cerca, no dos nigerianos sino veinte de cuerpo presente, no tres cowboys norteamericanos sino toda una banda recién apeada del caballo. De modo que cuando esas seis rosas de invernadero llegaron en un ramillete, no pude resistirme y las puse en un florero. El invierno de Dublin es largo, Meg; quizá ésta sea la única luz en todo el año. Espera y verás qué sacudida encantadora.
–Insensato –dijo la mujer.
Mientras miraban, el ascensor, cargado apenas con el plumón suelto de una flor de diente de león, arrancó de un tirón, alejándose.
Era exactamente mediodía cuando una serie de coin­cidencias fueron desviándose y titubeando hacia el mi­lagro.
El Royal Hibernian Hotel está entre Trinity College, si se permite la mención, y el parque de St. Stephen, y por allí detrás está Grafton Street, donde se pueden com­prar artículos de plata, vidrio y lino, chaquetas de montar, botas y gorras para seguir a los malditos sabuesos, o mejor aún correrse a la taberna de Heeber Finn para compartir un buen trago y un poco de conversación; la mejor dosis es una hora de trago contra dos de conversación.
Los muchachos que más frecuentan la taberna de Finn son: Nolan, ustedes conocen a Nolan; Timulty, quién puede olvidar a Timulty; Mike MaGuire, el amigo de todo el mundo; después están Hannahan, Flaherty, Kilpatrick y, en algunos casos, cuando Dios parece un poco inquieto y Job vuelve a la memoria, el Padre Liam Leary en persona, que entra a zancadas como la Justicia y pasa deslizándose como la Misericordia.
Bueno, así están las cosas, es mediodía y quién sale del Hibernian Hotel ahora sino Snell–Orkney y los cinco canarios.
Lo cual dio por resultado la primera de una serie de desconcertantes confrontaciones.
Porque por allí, en ese instante, cruelmente indeciso entre las tiendas de golosinas y la taberna de Finn, pasaba Timulty en persona.
Como ustedes recordarán, cuando la Ruina, el Hambre, la Consunción y otros malvados Jinetes lo acosaban de veras, Timulty trabajaba uno que otro día en la oficina de correos. Ahora, yendo de un lado a otro, vagabun­deando entre espantosos empleos, olió de pronto un per­fume como si las puertas del Edén se hubieran abierto de nuevo de par en par y lo invitaran a volver después de cien millones de años. De modo que Timulty se asomó a ver qué era lo que hacía soplar el viento en el Jardín.
Y desde luego el viento se agitaba tumultuosamente alrededor de Snell–Orkney y los pichones.
–Lo juro –decía Timulty años después–, sentí que se me salían los ojos, como si me hubieran dado un buen golpe en el cráneo. Se me abrió una nueva raya en mitad de la cabeza.
Timulty, paralizado, vio que la delegación de Snell–Orkney bajaba los peldaños y daba vuelta la esquina. En ese momento se decidió por algo más dulce que los cara­melos y corrió la larga distancia que lo separaba de la taberna de Finn.
En ese momento, del otro lado de la esquina, el señor David Snell–Orkney y los otros cinco pasaban junto a una mendiga que tocaba el arpa en la calle. Y allí, bailando sólo para pasar el rato, estaba Mike MaGuire en persona, sacudiendo los pies en un intrincado rigodón, al compás de Lightly o'er the Lea. Mientras bailaba, Mike Ma­Guire oyó un sonido que era como el paso del viento cálido de las Hébridas. No era exactamente un gorjeo ni un zumbido; era como una pajarería cuando tintinea la campanilla de la puerta desencadenando un coro de co­torras y palomas que arrullan y chillan. Pero oír oyó, por encima del ruido de sus propios zapatos y el tañido del arpa. Se quedó petrificado en mitad de una jiga.
Pues David Snell–Orkney y los cinco pasaban majes­tuosos, todos sonrisas tropicales, saludándolo con la mano.
Antes de darse cuenta, Mike les devolvió el saludo, y en seguida se detuvo llevándose la mano herida al pecho.
–¿A quién diablos estoy saludando? –le gritó a na­die–. No, no los conozco, ¿verdad?
–¡Pide a Dios que te dé fuerzas! –dijo la arpista al arpa y paseó los dedos por las cuerdas.
Atraído como por alguna rara y nueva aspiradora que iba devorando todo lo que se le ponía delante, Mike siguió la banda calle abajo.
En lo que empleaba ahora dos sentidos: el sentido del olfato y el del oído.
En la esquina siguiente, Nolan, que salía de la taberna luego de discutir con Finn, tomó la curva a toda velo­cidad y se topó con David Snell–Orkney. Los dos se tam­balearon y se tomaron de los brazos para no caer.
–¡Culminación de la tarde! –dijo David Snell–Orkney.
–¡El lado negro de Algo! –replicó Nolan, y se apartó, dejando pasar al circo. No pensaba ahora en otra cosa que en precipitarse de vuelta a la taberna. La pelea con Finn había quedado olvidada. Quería informarle de este fiero encuentro con un plumero, un gato siamés, un pekinés mimado, y otros tres de fragilidad cadavérica por el poco comer y el mucho lavarse.
Los seis se detuvieron junto a la taberna y miraron el cartel.
Ah, Dios, pensó Nolan. Van a entrar. ¿Qué pasará? ¿A quién le aviso primero? ¿A ellos o a Finn?
Entonces se abrió la puerta. El propio Finn se asomó. ¡Maldita sea, pensó Nolan, esto lo arruina todo! Ahora no se nos permitirá hablar de esta aventura. Todo será Finn esto, Finn aquello, ¡y los demás a cerrar la boca! Durante un largo momento Snell–Orkney y su cohorte miraron a Finn. Los ojos de Finn no se detuvieron en ellos. Miraban por encima. Miraban más arriba. Miraban más allá.
Pero los había visto, Nolan lo sabía. Porque entonces ocurrió algo divertido.
Todos los colores desaparecieron de la cara de Finn.
Y entonces ocurrió algo todavía más divertido.
Cómo, gritó Nolan en silencio, ¡se está... ruborizando!
Pero Finn seguía negándose a mirar nada que no fuera el cielo, los faroles, la calle, hasta que Snell–Orkney trinó:
–Señor, ¿por dónde se va al parque St. Stephen?
–Jesús –dijo Finn, volviéndose–. Quién sabe dónde lo han puesto esta semana –y cerró de golpe la puerta.
Los seis siguieron calle arriba, todos sonrisas y encanto, y Nolan estaba por precipitarse dentro de la taberna cuando ocurrió algo peor.
Garrity, el ascensorista del Royal Hibernian Hotel, se le cruzó bruscamente en la acera, como si saliera de la nada. Excitado, la cara encendida, entró corriendo en la taberna a difundir la nueva.
Mientras Nolan estaba adentro y Timulty se apresu­raba a seguirlo, Garrity caminaba de una punta a otra, en tanto Finn, de pie detrás del mostrador, no conseguía reponerse.
–¡Es una lástima que se lo hayan perdido! –les gri­taba Garrity a todos–. ¡Nunca vi nada más parecido a esas películas de ciencia–ficción que dan en el Gayety!
–¿Qué quieres decir? –preguntó Finn, sacudiéndose y saliendo del trance.
–¡No pesan nada! –les dijo Garrity–. ¡Subirlos en el ascensor fue como echar un puñado de paja a una chi­menea! Y tendrían que haberlos oído. ¡Están en Irlanda por... –bajó la voz y miró de soslayo–por razones misteriosas!
Todo el mundo se inclinó hacia Garrity.
–¡Misteriosas!
–¡No dijeron de qué se trataba pero, no lo olviden: por nada bueno! ¿Vieron alguna vez algo parecido?
–No, desde el gran incendio del convento –dijo Finn–. Creo...
Pero la palabra convento fue como otro toque mágico. Las puertas se abrieron de par en par. El padre Leary entró caminando hacia atrás. Es decir, retrocedió a la taberna con una mano en la mejilla como si el destino le hubiese asestado un buen golpe imprevisto.
Los hombres miraron la espina dorsal del padre Leary, y hundieron las narices en los vasos hasta que el cura se echó al coleto un largo trago, mirando siempre la puerta como si fuese la entrada del Infierno.
–Hace apenas dos minutos –dijo por fin el cura–vi un espectáculo inaudito. Después de haber acumulado tantos agravios, ¿Irlanda se habrá vuelto loca?
Finn volvió a llenar el vaso del sacerdote.
–¿Estaba usted ahí cuando llegaron Los invasores del planeta Venus, padre?
–¿Así que tú los viste, Finn? –dijo el padre.
–Si, ¿y le causaron mala impresión, padre?
–No tanto mala o buena como extraña y outré, Finn, algo así como rococó, me imagino, y barroco si me en­tiendes, ¿no?
–Le entiendo muy bien, señor.
–La última vez que los vio, ¿adonde iban? –pregun­tó Timulty.
–Estaban llegando al parque –dijo el sacerdote–. ¿Te parece que en este momento habrá allí una bacanal?
–El tiempo no lo permitiría, con perdón de usted, padre –dijo Nolan–, pero lo que me sorprende es que en lugar de tanto jarabe de pico, no estemos allá es­piando...
–Lo que propones es contrario a la ética –dijo el sacerdote.
–El hombre que se ahoga se agarra a lo que pue­de –dijo Nolan–, y la ética puede hundirse también. Un salvavidas es más seguro.
–Bajemos de las alturas, Nolan –dijo el sacerdote–, basta de sermón. ¿Cuál es tu idea?
–Mi idea es, padre, que no hemos visto por aquí a muchos sicilianos honorarios, pues si no los recordaríamos. De acuerdo con lo poco que sabemos, quizá estén leyendo ahora mismo y en voz alta para la señora Murphy, la señorita Glancy o la señora O'Hanlan en medio del par­que. ¿Y leyendo en voz alta qué, pregunto?
–¿La Balada de la Cárcel de Reading? –preguntó Finn.
– Acertaste y hundiste el barco –dijo Nolan, media­namente irritado, pues le habían arruinado el discurso–. ¿Cómo sabemos que esos duendes que escaparon de una botella no están vendiendo terrenos de un sitio llamado Fire Island? ¿Ha oído hablar, padre?
–Los periódicos norteamericanos llegan a veces a mi mesa, joven.
–Bueno, ¿recuerda usted el huracán de mil novecien­tos cincuenta y seis, cuando las olas barrieron Fire Island, allá en Nueva York? Un tío mío, Dios lo proteja, estaba con el guardacostas que evacuó la población. Dice que era peor que los desfiles de modelos que se ven en Fennelly dos veces por año. Fue más terrible que una convención bautista. Diez mil hombres llegaron en tropel a la orilla tempestuosa cargando piezas de telas, jaulas pobladas de cotorras, chaquetas de color tomate y man­darina, zapatos amarillos. Fue la escena más tumultuosa que se haya visto desde que Jerónimo Bosch pintó el Infierno para edificación de todas las generaciones veni­deras. No es fácil evacuar a diez mil alfeñiques de par­padeantes ojos de vaca, discos sinfónicos en la mano y aros en las orejas sin entrar a repartir puntapiés. Poco después, mi tío se dio a la bebida.
–Cuéntanos más sobre esa noche –dijo Kilpatrick arrobado.
–Qué más ni qué diablos –interrumpió el sacer­dote–. Afuera, digo. Rodeen el parque. Mantengan los ojos bien abiertos. Y vuelvan aquí dentro de una hora.
–Eso sí que está bien –exclamó Kelly–. ¡Veamos realmente de qué cosas horribles son capaces! Las puertas se abrieron de par en par.
En la acera, el sacerdote dio instrucciones.
–Kelly, Murphy, ustedes den la vuelta por el lado norte del parque. Timulty, tú al sur, Nolan y Garrity, por el este; Moran, MaGuire y Kilpatrick, por el oeste. ¡Adelante!
Pero en la confusión, por uno u otro motivo, Kelly y Murphy entraron en la taberna de los Cuatro Tréboles Blancos, a mitad de camino, y se reconfortaron para la caza; Nolan y Moran encontraron a sus respectivas mujeres en la calle y tuvieron que tomar la dirección opuesta, y MaGuire y Kilpatrick, cuando pasaron por el cine Elite y escucharon el canto de Lawrence Tibbett, canjearon dos entradas por algunas colillas de ci­garrillos.
De modo que quedaron sólo dos, Garrity por el este y Timulty por el lado sur del parque, mirando a los visitantes que venían de otro mundo.
Después de una helada media hora, Garrity tropezó con Timulty y le dijo:
–¿Qué pasa con los malditos? Están ahí, en mitad del parque. No se han movido en horas. Y a mí se me han congelado los dedos de los pies. Corro al hotel, me caliento y vuelvo en seguida a montar guardia contigo, Tim.
–No corras demasiado –le pidió Timulty con una extraña, triste y vaga voz de filósofo, mientras el otro desaparecía.
Una vez solo, Timulty se sentó durante una hora vigi­lando a los seis hombres que, como antes, no se movieron. Viendo a Timulty allí, con los ojos pensativos y una mueca trágica en la boca, se hubiera dicho que era algún secuaz irlandés de Kant o Schopenhauer, o que acababa de leer algo de un poeta o había recordado una canción que le deprimía el ánimo. Y cuando hubo pasado la hora y recogió sus pensamientos como un puñado de guijarros fríos, se volvió y fue a la salida del parque. Garrity estaba allí, golpeando los pies contra el suelo y restregándose las manos, y antes de que pudiera estallar en preguntas, Ti­multy hizo un gesto y le dijo:
–Vé a sentarte. Mira. Piensa. Después me cuentas.
En la taberna de Finn todo el mundo observó aprensivo la entrada de Timulty. El sacerdote seguía en sus dili­gencias por la ciudad, y después de unos pocos pasos por el Green para tranquilizar las conciencias, todos ha­bían vuelto, perplejos, al centro de información.
–¡Timulty! –exclamaron–. ¡Cuéntanos! ¿Qué, qué pasó?
Timulty se tomó su tiempo para ir hasta el mostrador y zamparse un trago. Observó en silencio su propia imagen remotamente enterrada bajo el hielo lunar del espejo. Dio vuelta el tema. Sacó fuera lo de dentro. Lo puso de nuevo como antes.
Luego cerró los ojos y dijo:
–Lo que me sorprende es cómo...
Sí, dijeron todos en silencio, alrededor.
–Al cabo de toda una vida de viajes y reflexiones, llego a la conclusión –prosiguió Timulty–de que entre las gentes como ellos y las gentes como nosotros hay una rara semejanza.
Hubo un grito ahogado, y la luz osciló en los cande­labros del mostrador. Cuando se calmó el aire y los car­dúmenes de peces–luz dejaron de bullir, Nolan exclamó:
–¿No te molestaría ponerte el sombrero para que yo te lo baje de un puñetazo?
–Piensen –dijo Timulty, sereno–, ¿somos o no somos grandes para el poema y la canción?
La multitud ahogó otro grito, esta vez de cálida apro­bación.
–¡Pero claro que lo somos!
–Dios mío, ¿eso es todo lo que tienes que decirnos?
–Temíamos que...
Timulty alzó una mano, los ojos siempre cerrados.
–¡Esperen!
Y todos callaron.
–Si no cantamos las canciones, las escribimos, y si no las escribimos, las bailamos, y ellos son perdidos admira­dores de la canción y también de quienes las escriben y quienes las bailan. Acabo de escucharlos a la distancia recitando poemas y cantando, solos en el parque.
Timulty se traía algo. Los hombres se dieron codazos, admitiéndolo.
–¿Encuentras algún otro parecido? –preguntó Finn, pesadamente, ceñudo.
–Sí, lo encuentro –dijo Timulty, a la manera de un juez.
Los presentes contuvieron el aliento, fascinados, y se acercaron otro poco.
–No tienen inconveniente en mandarse un trago de vez en cuando –dijo Timulty.
–¡Santo Dios, tiene razón! –exclamó Murphy.
–Además –salmodió Timulty–no se casan hasta muy tarde, si es que se casan. Y...
El desorden creció y Timulty tuvo que esperar a que se calmara para poder terminar:
–Y tienen... ah... muy poco trato con las mujeres.
Luego de esto hubo clamores, gritos y empujones, se pidieron bebidas, y alguien invitó a Timulty a salir a la calle. Pero Timulty no movió ni siquiera un párpado, algunos sujetaron al camorrista y cuando todos tomaron otro trago, y los puños cercanos empezaron a alejarse, una voz clara y fuerte, la de Finn, declaró:
–¿Quisieras explicar ahora la criminal comparación que has lanzado al aire puro de mi honorable taberna?
Timulty bebió lentamente y por fin abrió los ojos, miró tranquilo a Finn y dijo en el tono de una clara trompeta y con una maravillosa articulación:
–¿Dónde en toda Irlanda puede un hombre acostarse con una mujer?
Timulty dejó que la frase cayera.
–Llueve trescientos veintinueve días del maldito año. El resto es tan húmedo que no hay un pedazo, una pizca de tierra donde uno se atreva a tender a una mujer por miedo a que eche raíces y hojas. ¿Me lo van a negar?
El silencio no se lo negó.
–De modo que cuando llega el momento de incurrir en pecaminosas depravaciones y cometer ultrajantes actos carnales, el pobre e infeliz irlandés tiene que irse a Arabia. Lo que tenemos son sueños árabes, de noches cálidas, tierra seca y un lugar decente no sólo para sentarse sino para echarse, y no sólo para echarse sino para retozar alegremente entre apretones y revolcones de placer desen­frenado.
–Ah, Cristo –dijo Flynn–, no te lo puedo negar.
–Ah, Cristo –dijeron todos, meneando la cabeza.
–Eso es lo primero. –Timulty llevó la cuenta con los dedos:–Falta el sitio. Segundo: el tiempo y las cir­cunstancias. Digamos que están cortejando a una linda chica en el campo, eh, ella con las botas, el impermeable, el pañuelo en la cabeza y encima un paraguas, y tú ha­ciendo ruidos, como un cerdo atascado a la entrada del chiquero, pues le has puesto una mano en el pecho y la otra lucha ahora con las botas, que es todo lo que puedes conseguir, y entonces ¿a quién te encuentras allí, detrás, echándote el dulce aliento mentolado en el cuello?
–¿Al cura de la parroquia? –propuso Carrity.
–Al cura de la parroquia –dijeron todos, desalen­tados.
–Son los clavos número dos y tres de la cruz donde están crucificados todos los varones de Irlanda –dijo Timulty.
–Sigue, Timulty, sigue.
–Esos hombres que vienen a visitarnos desde Sicilia corren en equipo. Nosotros también corremos en equipo. Aquí estamos, toda la banda, en la taberna de Finn, ¿no es así?
–¡Claro que sí, maldita sea!
–Parecen tristes y melancólicos la mitad del tiempo, y la otra mitad escupen como demonios hacia arriba o hacia abajo, nunca entre ellos. ¿Y eso qué nos recuerda?
Todo el mundo miró el espejo y asintió.
–Si pudiéramos elegir –dijo Timulty–entre ir a casa con la horrenda mujer y la suegra terrible y la hermana solterona, toda agrios sudores y temores, o que­darnos aquí en la taberna de Finn a escuchar otra can­ción o tomar otra copa o escuchar otro cuento, ¿qué ele­giríamos todos nosotros?
Silencio.
–Piénsenlo –dijo Timulty–. Digan la verdad. Pare­cidos. Analogías. La lista es tan larga que se lleva los dedos de una mano y hay que pasar a la otra. Y hay que pensarlo bien antes de saltar gritando Cristo y María y llamar a los guardias.
Silencio.
–A mí –dijo alguien, después de un largo rato, ex­traña, curiosamente–me gustaría... verlos de cerca.
–¡Creo que se cumplirá tu deseo!
¡Silencio!
Todos quedaron petrificados como en un cuadro.
Y a la distancia oyeron un débil y frágil sonido. Era como la maravillosa mañana en que uno se despierta y desde la cama sabe por un sentido especial que la primera nevada está en el aire, bajando, empujando a un lado el silencio para luego dejarlo caer sobre la nada.
–Ah, Dios –dijo Finn por último–, es el primer día de primavera...
Y era eso, también. Primero la débil nevada de los pies arrastrándose sobre los guijarros, y luego un coro de cantos de pájaros.
Y desde la acera y la calle, fuera de la taberna, llega­ban sonidos que eran el invierno y la primavera. Las puertas se abrían de par en par. Los hombres titubeaban ante el impacto del encuentro próximo. Tenían los ner­vios tensos. Redondeaban los puños. Apretaban los dien­tes en las bocas ansiosas, y como niños de Navidad que han ido en busca de una chuchería o un juguete, de un regalo especial o de un color, estaban allí en la taberna el hombre mayor alto y delgado que parecía joven y los hombres más jóvenes bajos y delgados que tenían cosas viejas en los ojos.
El rumor de la nevada se detuvo. El canto de los pájaros primaverales cesó de pronto.
Los extraños niños guiados por el extraño pastor se encontraron entonces detenidos, como si sintieran el re­chazo de una marea humana, aunque a los hombres en el bar no se les había movido ni siquiera un pelo.
Los niños de una isla cálida miraron a los hombres achaparrados de aquella tierra fría, que les devolvieron la mirada en una recíproca tasación.
Timulty y los hombres que estaban en el mostrador respiraron larga y lentamente. Se podía oler el terrible y limpio olor de la estela de los niños. Había en él dema­siada primavera.
Snell–Orkney y sus viejos–jóvenes hombres–niños respi­raban rápidamente como latidos de pájaros atrapados en unos puños crueles. Se podía oler el polvoriento, apre­tado, prolongado olor de los hombrecitos que estaban allí: un olor a ropa obscura. Había en él demasiado invierno.
Cada uno de los grupos podía haber comentado el per­fume elegido por el otro, pero...
En ese momento las dobles puertas laterales se abrieron de par en par y Garrity irrumpió como una tromba, dando la voz de alarma:
–¡Cristo, lo he visto todo! ¿Saben ustedes dónde están y qué hacen ahora?
En el bar todas las manos se levantaron pidiendo silencio.
Por la expresión espantada de los ojos de los hombres del bar, los intrusos supieron que se hablaba de ellos.
–¡Todavía están en el parque St. Stephen! –En la excitación, Garrity no veía nada de lo que tenía delan­te–. Me detuve en el hotel para dar la noticia. Ahora les toca a ustedes. Esos individuos...
–Esos individuos –dijo David Snell–Orkney–están aquí, en...
El hombre vaciló.
–En la taberna de Heeber Finn –dijo Heeber Finn, mirándose los zapatos.
–En la taberna de Heeber Finn –dijo Snell–Ork­ney, agradeciendo con un gesto.
–Donde –dijo Garrity, sintiéndose culpable–todos tomaremos un trago en seguida.
Se precipitó hacia el bar.
Pero los seis intrusos también se movieron. Se agru­paron amables a cada lado de Garrity y el irlandés se achicó diez centímetros.
–Buenas tardes –dijo Snell–Orkney.
–Buenas y no buenas –dijo Finn cautelosamente, es­perando.
–Parece –dijo el hombre alto rodeado por los hom­bres–niños–que se habla mucho de lo que estamos haciendo en Irlanda.
–Esa sería la interpretación más benigna –dijo Finn.
–Permítanme explicarlo –dijo el extranjero–. ¿Han oído hablar alguna vez de la Reina de las Nieves y el Rey del Invierno?
Varias mandíbulas se soltaron, unas bocas se abrieron.
Algunos boquearon como si hubieran recibido un pun­tapié en el estómago.
Finn, después de un momento en que pensó dónde podía haberle caído el golpe, se sirvió un buen vaso con ceñuda precisión. Tomó un trago, muy tieso, y con la boca hecha fuego respondió cuidadosamente, dejan­do que el calor le saliera por la lengua:
–Ah... ¿qué es eso de la Reina y del Rey?
–Bueno –dijo el hombre alto y pálido–, había una Reina que vivía en la Isla del Hielo y nunca había visto el verano, y un Rey que vivía en las Islas del Sol y nunca había visto el invierno. El pueblo del Rey se moría de calor en el verano, y el pueblo de la Reina de las Nieves se moría congelado en invierno. Pero lo pue­blos de los dos países se salvaron de los rigores del clima. La Reina de las Nieves y el Rey del Sol se conocieron y se enamoraron y todos los veranos cuando el sol ma­taba a las gentes de las islas, viajaban al norte, a las tierras de hielo y vivían agradablemente. Y todos los inviernos, cuando la nieve mataba a las gentes del norte, todo el pueblo de la Reina de las Nieves se trasladaba al sur y vivía bajo el templado sol de la isla. De modo que ya no hubo dos naciones, dos pueblos, sino una sola raza que se trasladaba de una tierra a otra con su tiempo extraño y sus violentas estaciones. Fin.
Hubo una salva de aplausos, no de los muchachos ca­narios sino de los hombres alineados en el mostrador que parecían hechizados.
Finn vio sus propias manos palmoteando en el aire y las bajó. Los otros se vieron también las manos y las dejaron caer.
Pero Timulty recapituló:
–¡Dios, si tuviera acento irlandés, qué bien contaría los cuentos!
–Gracias, muchas gracias –dijo Snell–Orkney.
–Todo lo cual nos lleva a lo importante de la his­toria –dijo Finn–, quiero decir, a lo del Rey y la Reina y todo eso.
–El caso es –dijo Snell–Orkney–que hacía cinco años que no veíamos caer una hoja. Apenas reconocía­mos una nube, cuando la veíamos. No hemos tenido nieve en diez años y apenas una gota de lluvia. Nuestra historia es lo contrario. O conseguimos lluvia o perecemos, ¿no es cierto, muchachos?
–Ah, sí, claro –dijeron los cinco, en un dulce gorjeo.
–Hemos seguido el verano por el mundo durante seis o siete años. Hemos vivido en Jamaica y Nassau, en Port–au–Prince y Calcuta, en Madagascar y Bali, en Taormina, pero al fin, justo hoy, nos dijimos que debíamos ir al norte, que debíamos tener frío otra vez. No sabíamos bien qué buscábamos, pero lo encontramos en St. Ste­phen's Green.
–¿Esa cosa misteriosa? –estalló Nolan–. Quiero decir...
–El amigo de usted se lo dirá –dijo el hombre alto. –¿Mi amigo? ¿Quiere decir... Garrity? Todos miraron a Garrity.
–Como iba a decir –explicó Garrity–cuando llegué a la puerta. Estaban en el parque, de pie... mirando cómo cambiaba el color de las hojas.
–¿Eso es todo? –dijo Nolan desalentado.
– Parecía suficiente hasta ese momento –dijo Snell–Orkney.
–¿Las hojas están cambiando de color en St. Ste­phen? –preguntó Kilpatrick.
–Sabes –dijo Timulty como atontado–, hace veinte años que no las miro.
–El espectáculo más hermoso del mundo –dijo David Snell–Orkney–se ve en el centro de St. Stephen en este mismo momento.
–Habla profundamente –murmuró Nolan.
–Es la bebida –dijo David Snell–Orkney.
–¡Ha tocado fondo! –dijo MaGuire.
–¡Champán para todos!
–¡No digo que no!
Y diez minutos después estaban todos en el parque.
Y entonces, como decía Timulty años después, ¿alguna vez habían visto tantas malditas hojas como las que había en el primero de los árboles, junto a las puertas de St. Stephen's Green? No, exclamaron todos. ¿Y qué tal el segundo árbol? Bueno, ése tenía mil millones de hojas. Y cuanto más miraban, más veían que era una mara­villa. Y Nolan anduvo levantando tanto la cabeza que se cayó de espaldas y dos o tres tuvieron que ayudarlo y hubo exclamaciones generales de pasmo y proclamacio­nes de fervorosa inspiración, pues no recordaban enton­ces que hubiera habido jamás, ante todo, ninguna hoja maldita en los árboles, y sin embargo ahora estaban allí. O si las había habido, nunca habían tenido ningún color, y si lo habían tenido, bueno, era hacía tanto tiempo... Ah, diablos, cállense, dijeron todos, ¡y miren!
Que es exactamente lo que Nolan, Timulty, Kelly, Kil­patrick, Garrity, Snell–Orkney y sus amigos hicieron el resto de la tarde declinante. Porque en realidad, el otoño había invadido el lugar y había en el parque millones de brillantes espadañas.
Allí los encontró exactamente el padre Leary.
Pero antes que pudiera decir nada, tres de los seis invasores estivales le preguntaron si quería confesarlos.
Y lo que se vio a continuación con ojos doloridos y tristes fue cómo el padre se llevaba a Snell–Orkney y Compañía a conocer los vitrales de la iglesia y la forma del ábside, obra de un arquitecto magistral, y la iglesia les gustó tanto y lo dijeron expresamente tantas veces que el cura tuvo que poner coto a los Ave María y las efusiones consiguientes.
Pero la culminación del día llegó cuando uno de los viejos–jóvenes hombres–niños, de vuelta en la taberna preguntó qué cantaría, si Mother Machree o My Buddy.
Hubo discusiones, se procedió a votación y anunciados los resultados, cantó las dos.
Tenía una bonita voz, dijeron todos, los ojos brillantes. Una voz dulce, alta, clara.
Y como dijo Nolan:
–No sería gran cosa como muchacho. ¡Pero como chica, vaya si lo sería!
Y todos respondieron que sí.
Y de pronto fue hora de irse.
–¡Pero santo Dios –dijo Finn–, si acaban de llegar!
–Hemos encontrado lo que veníamos a buscar, no es necesario quedarse – anunció el hombre joven–viejo alto, triste, feliz–. Tenemos que volver al invernadero y a las flores... o se marchitarán durante la noche. Nunca nos quedamos. Siempre estamos volando, saltando, corriendo. Siempre en movimiento.
Como la niebla cubría el aeropuerto, no hubo otro re­medio que enjaular a los pájaros en el barco de Dun Laoghaire que iba a Inglaterra, y desde luego los habi­tantes de la taberna de Finn se instalaron en el muelle para verlos irse en medio del atardecer. Allí estaban los seis en la cubierta superior, agitando las delgadas manos mientras Timulty, Nolan, Garrity y los demás agitaban las gruesas manos. Y cuando la sirena empezó a sonar y el barco a alejarse, el pasajero movió la cabeza, levantó la mano en el aire y todos cantaron: "Mientras cami­naba por la ciudad de Dublin, a eso de las doce de la noche, vi a una muchacha, qué bonita era, peinándose a la luz de una vela."
–¡Cristo! –dijo Timulty–, ¿oyen ustedes eso?
–¡Sopranos, todos sopranos! –exclamó Nolan.
–¡Y no sopranos irlandeses sino sopranos de ver­dad! –dijo Kelly–. Maldita sea, ¿por qué no lo di­jeron? De haberlo sabido, hubiéramos pasado una buena hora con ellos antes que tomaran el barco.
Timulty asintió y añadió, escuchando la música que flotaba sobre el agua:
–Extraño. Extraño. Lamento que se vayan. Pienso. Durante cien años por lo menos la gente ha dicho que no teníamos nada. Pero ahora han vuelto, aunque sea por poco tiempo.
–¿Que no teníamos nada de qué? –preguntó Garrity–. ¿Y qué es lo que ha vuelto?
–Bueno –dijo Timulty–, las hadas, naturalmente, las hadas que alguna vez vivieron en Irlanda y que ya no viven aquí, pero que vivieron hoy y cambiaron el clima y ahora se van otra vez, y que en alguna ocasión se quedaron todo el tiempo.
–¡Ah, cállate! –exclamó Kilpatrick–. ¡Y escucha!
Y escucharon, nueve hombres en la punta de un mue­lle mientras el barco zarpaba y las voces cantaban y la niebla venía, y no se movieron durante largo rato hasta que el barco estuvo muy lejos y las voces se desvanecieron como el perfume de la papaya, en la bruma.
Cuando volvían a la taberna de Finn, empezaba a llover.
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