enrique noveno (es)
– ¡Ahí está!
Los dos hombres se asomaron. El helicóptero se ladeó. Abajo serpenteaba la línea de la costa.
–No. Sólo unas rocas y un poco de musgo...
El piloto levantó la cabeza, y el helicóptero remontó vuelo, girando. Los blancos acantilados de Dover desaparecieron. El helicóptero desembocó sobre unas praderas verdes y luego serpenteó hacia adelante y hacia atrás como una libélula gigante, sacudiéndose las sustancias invernales, que le escarchaban las aspas.
–¡Espera! ¡Ahí! ¡Baja!
La máquina descendió; la hierba se acercó. El segundo hombre, gruñendo, apartó el parabrisas de plástico y como si necesitara lubricante, bajó con mucho cuidado al suelo. Corrió. Perdió el aliento y aminoró instantáneamente, gritando con una voz destemplada, contra el viento:
– ¡Harry!
Al oír el grito una forma andrajosa echó a correr a tumbos allá arriba.
–¡No hice nada!
–¡No es la ley, Harry! ¡Soy yo, Sam Welles!
El viejo que huía aflojó la carrera, y al fin se detuvo, rígido, en el borde del acantilado que dominaba el mar, teniéndose la larga barba con las manos enguantadas.
Samuel Welles, jadeando, subió dificultosamente detrás, pero no lo tocó, temiendo que el otro escapase.
–Harry, maldito tonto. Han pasado semanas. Tenía miedo de no encontrarte.
– Y yo tenía miedo de que me encontraras.
Harry, que había cerrado los ojos, los abrió ahora, para mirarse temblorosamente la barba, los guantes y observar luego a su amigo Samuel. Allí estaban, dos viejos, muy grises, muy fríos, sobre una elevación de piedra desnuda en un día de diciembre. Se conocían desde hacía tanto tiempo, tantos años, que habían intercambiado expresiones, pasándoselas de una cara a la otra. Las bocas y los ojos de los dos eran, pues, similares. Podían haber sido viejos hermanos. La única diferencia se manifestaba en el hombre que se había descolgado del helicóptero. Debajo de las ropas obscuras asomaba una colorida camisa hawaiana de sport. Harry trató de no mirarla.
De todos modos, ahora los ojos de los dos estaban húmedos.
–Harry, he venido a prevenirte.
–No es necesario. ¿Por qué crees que me he estado escondiendo? ¿Este es el último día?
–El último, sí.
Allí se quedaron, inmóviles, pensándolo.
Mañana Navidad. Y ahora en la víspera, durante la tarde, zarpaban los últimos barcos. Inglaterra, una piedra en un mar de niebla y de agua, sería un monumento de mármol erigido a sí misma, escrito por la lluvia y enterrado en la bruma. A partir de hoy, sólo las gaviotas serían dueñas de la isla. Yen junio un millón de mariposas se alzaría como en una celebración y desfilaría hacia el mar.
Harry, los ojos clavados en la marea de la orilla, habló:
–¿Al atardecer, todos los malditos, estúpidos, idiotas, locos abandonarán la Isla?
–Algo parecido.
–Bastante espantoso. Y tú Samuel, ¿has venido a raptarme?
–Sería mejor decir a persuadirte.
–¿A persuadirme? Bendito Dios, Sam, ¿no hace cincuenta años que me conoces? ¿No puedes imaginar que quisiera ser el último hombre en toda Bretaña, no, no suena como es debido, en toda Gran Bretaña?
El último hombre en Gran Bretaña, pensó Harry. Señor, escucha. Tocan a muerto. Es la gran campana de Londres oída a través de todas las lloviznas que han caído en el tiempo hasta este extraño día y esta extraña hora en que el último, el ultimísimo excepto uno, abandona este montículo de la raza, este fúnebre toque de verde, engastado en un mar de luz fría. El último. El último.
–Samuel, escucha. Mi tumba está cavada. Detesto dejarla atrás.
–¿Quién te meterá en ella?
–Yo, cuando llegue el momento.
–¿Y quién quedará para taparla?
–Bueno, ahí está el polvo para tapar el polvo, Sam. El viento se ocupará. ¡An, Dios! –No quería hablar y las palabras le estallaban en la boca. Le asombraba ver esas lágrimas que saltaban al aire desde los ojos pestañeantes.–¿Qué hacemos aquí? ¿Por qué todos los adioses? ¿Por qué están los últimos barcos en el Canal y se han ido ya los últimos jets? ¿Dónde va la gente, Sam? ¡Qué ha pasado, qué ha pasado!
–Bueno –dijo Samuel Welles, con calma–, es sencillo, Harry. Aquí el tiempo es malo. Siempre lo ha sido. Nadie se atrevía a decirlo porque no se podía hacer nada. Pero ahora Inglaterra se acabó. El futuro pertenece...
Los ojos de los dos viejos se movieron juntos hacia el sur.
–¿A las malditas Islas Canarias?
–A Samoa.
–¿A las costas brasileñas?
–No te olvides de California, Harry.
Los dos rieron despacio.
–California. Qué lugar divertido. Y sin embargo, ¿no hay este mediodía un millón de ingleses desde Sacramento hasta Los Ángeles?
–Y otro millón en Florida.
–Dos millones que han bajado en los últimos cuatro años.
Asintieron a las cantidades.
–Bueno, Samuel, el hombre dice una cosa. El sol dice otra. De modo que el hombre va hacia el lugar que la sangre le indica a la piel. Y la sangre ahora dice: el Sur. Lo ha estado diciendo durante dos mil años. Pero hacíamos como que no lo oíamos. Un hombre con la primera quemadura de sol es un hombre en medio de una nueva aventura amorosa, lo sepa o no. Al fin, se tiende bajo algún vasto cielo extranjero y dice a la luz enceguecedora: Enséñame, oh Dios, poco a poco, enséñame.
Samuel Welles sacudió la cabeza sobrecogido.
–¡Sigue hablando así y no tendré que raptarte!
–No, el sol puede haberte enseñado a ti, Samuel, pero no puede enseñarme a mí. Ojalá pudiera. No será divertido quedarse aquí solo. ¿No puedo convencerte, Sam, de que te quedes, el viejo par, tú y yo, como cuando éramos chicos?
Harry rozó con aspereza, con afecto, el codo del otro.
– Dios, me haces sentir como si estuviera abandonando al Rey y a la Patria.
–No. Tú no abandonas nada, porque no hay nadie aquí. ¿Quién hubiera soñado, en 1980, cuando éramos chicos, que la promesa de un eterno verano haría derramarse un día a John Bull hacia los cuatro rincones del mundo?
–He tenido frío toda la vida, Harry. Demasiados años poniéndome demasiados suéteres y nunca bastante carbón en la carbonera. Demasiados años en que en el primer día de junio no aparecía en el cielo ni siquiera una rendija de azul, ni un olor a heno en julio, ni un día seco, y el invierno empezaba el primero de agosto, año tras año. No lo puedo aguantar más, Harry, no puedo.
–Ni tienes por qué. Nuestra raza ha resistido bien. Todos ustedes se han ganado, se merecen este largo retiro a Jamaica, Port–au–Prince y Pasadena. Dame la mano. ¡Estréchala otra vez! ¡Es un gran momento de la historia! ¡Tú y yo lo estamos viviendo, ahora!
–Así es, por Dios.
–De modo que cuando te hayas ido, Sam, y te hayas establecido en Sicilia, Sidney o Navel Orange, California, cuéntales este "momento" a los nuevos. Quizá te inscriban en una columna. ¿Y los libros de historia? Bueno, ¿no habrá allí media página para ti y para mí, el último que se fue y el último que se quedó? Sam, Sam, me rompes los huesos, pero estréchala, fuerte, éste es nuestro último apretón.
Se quedaron un rato apartados, jadeando, los ojos húmedos.
–Harry, ¿vendrás conmigo hasta el helicóptero?
–No. Le tengo miedo a ese maldito invento. La idea del sol en este día obscuro puede hacerme subir y volar de aquí contigo.
–¿Qué hay de malo en eso?
–¿De malo? Pero Samuel, tengo que defender nuestras costas de la invasión. Los normandos, los vikingos, los sajones. En los próximos años recorreré toda la isla a pie, montaré guardia de Dover al norte pasando por los arrecifes de vuelta a Folkestone, aquí de nuevo.
–¿Hitler invadirá la isla, compadre?
–Bien podrían, él y sus fantasmas de hierro.
–¿Y cómo lucharás contra ellos, Harry?
–¿Crees que ando solo? No. Quizá encuentre a César en la costa. Le gustaba la costa, de modo que dejó un camino o dos. Tomaré esos caminos y ayudado por los fantasmas de esos invasores selectos rechazaré a los menos buenos. Depende de mí, sí, confiar o desconfiar de los fantasmas, elegir o no en toda la maldita historia de la isla, ¿no es cierto?
–Así es. Así es.
El último hombre giró hacia el norte, hacia el oeste, hacia el sur.
–Y cuando haya visto que todo está bien, desde este castillo hasta ese faro, y luego de escuchar las batallas de armas de fuego en la embestida de Firth, y de tocar por toda Escocia una mísera y ácida gaita, todas las semanas de Año Nuevo, navegaré Támesis abajo y allí cada 31 de diciembre, hasta el final de mi vida, el vigía nocturno de Londres, es decir yo, sí, yo, haré la ronda de los relojes y tocaré las campanas musicales de las viejas iglesias. Naranjas y limones dicen las campanas de San Clemente. Las de Santa Margarita. Las de San Pablo. Haré bailar para ti los extremos de las cuerdas, Sam, y espero que el viento frío que sopla hacia el sur, hacia el viento cálido, donde quiera que estés, te mueva algunos pelitos grises en las orejas atezadas.
–Estaré escuchando, Harry.
–¡Escucha algo más! Me sentaré en las cámaras de los Lores y los Comunes y discutiré, perdiendo una hora para ganar la siguiente. Y diré que nunca hasta entonces en la historia, tantos debieron tanto a tan pocos, y escucharán otra vez las sirenas en discos viejos, y las cosas trasmitidas por radio antes que los dos hubiéramos nacido.
"Y pocos segundos antes del primero de enero treparé a la torre del Big Ben y allí me instalaré con los ratones mientras la campana anuncia el cambio del año.
"Y en algún sitio, sin duda, me sentaré en la Piedra de Scone.
–¡No lo harás!
–¿Que no? O en el lugar donde estaba, de todos modos, antes que la despacharan al sur, a la Summer's Bay. Y tendré en la mano alguna clase de cetro, una serpiente helada quizá, atontada por la nieve en algún jardín de diciembre. Y me acomodaré en la cabeza alguna corona de papel maché. Y me nombraré amigo de Ricardo, de Enrique, pariente proscripto de Isabel I e Isabel II. Solo en el desierto de Westminster con la momia de Kipling y la historia bajo los pies, muy viejo, quizá loco, ¿no podría yo, gobernante y gobernado, elegirme a mí mismo rey de las islas brumosas?
–Podrías, ¿y quién habría de criticarte? Samuel Welles se acarició la barba de nuevo, y al fin echó a correr hacia la máquina, que esperaba. A medio camino se volvió para decir:
–Santo Dios, acaba de ocurrírseme. Te llamas Harry. ¡Buen nombre para un rey! –No está mal.
–¿Me perdonas que me vaya?
–El sol lo disculpa todo, Samuel. Vete a donde él quiere que vayas.
–¿Pero perdonará Inglaterra?
–Inglaterra está donde está el pueblo inglés. Yo me quedo con los huesos viejos. ¡Tú te vas con la carne dulce, Sam, la hermosa piel quemada por el sol, el cuerpo con sangre, vete! –Adiós.
–¡Dios sea contigo, también, oh tú y esa brillante camisa amarilla!
Y el viento se metió entre ellos, y aunque los dos gritaron más, ninguno oyó.
Se saludaron con un ademán y Samuel se trepó a aquella máquina que sacudía el aire y flotaba como una grande y blanca flor del verano.
Y el último hombre que había quedado atrás jadeando y sollozando, gimió entre dientes:
–¡Harry! ¿Odias el cambio? ¿Estás contra el progreso? Tú ves, ¿no es verdad?, las razones de todo esto, que barcos y jets y aviones y una promesa de buen tiempo se lleven a toda la gente. Entiendo, sí, entiendo. ¿Cómo pueden resistirse cuando un verano eterno espera del otro lado del charco?
¡Sí, sí! El viejo lloró y rechinó los dientes y se inclinó sobre el borde del acantilado para sacudirle los puños al avión que desaparecía en el cielo.
–¡Traidores! ¡Vuelvan!
¡No pueden dejar a la vieja Inglaterra, no pueden dejar a Pip y a Humbug, a Iron Duke y Trafalgar, a la Guardia Montada bajo la lluvia, a Londres ardiendo, con bombas y sirenas que zumban, el nuevo bebé allá arriba en el balcón del palacio, el cortejo fúnebre de Churchill todavía en la calle, hombre, todavía en la calle, y César que no ha ido al Senado, y unos extraños acontecimientos esta noche en Stonehenge! ¿Dejar todo esto, todo esto, todo esto?
De rodillas, al borde del acantilado, el último rey de Inglaterra, Harry Smith, lloraba solo.
El helicóptero se había ido ya, llamado por las islas augustas donde los pájaros cantaban las dulzuras del estío.
El viejo se volvió a mirar la campiña y pensó: pero si es como hace cien mil años. Un vasto silencio y una vasta soledad y ahora, muy tarde, las cáscaras vacías de las ciudades y el Rey Enrique Noveno, el Viejo Harry.
Buscó casi a ciegas en la hierba y encontró la valija de libros y unos trozos de chocolate en un saco, y alzó la Biblia y Shakespeare y un Johnson con muchas huellas de dedos y un Dickens con muchas huellas de saliva y Dryden y Pope, y se quedó allí, de pie, en el camino que daba la vuelta a Inglaterra.
Mañana: Navidad. Le deseaba bien al mundo. Las gentes ya se habían obsequiado a sí mismas con el sol en todo el globo. Suecia estaba vacía. Noruega se había inundado. Nadie vivía ya en los climas fríos de Dios. Todos se calentaban en los fuegos continentales de las mejores tierras, con vientos agradables, bajo cielos lácteos. No más luchas sólo para sobrevivir. Los hombres, renaciendo mañana como Cristo, en lugares meridionales, habían vuelto de veras a un eterno pesebre.
Esta noche, en alguna iglesia, pediría perdón por haberlos llamado traidores.
–Una última cesa, Harry. Azul.
–¿Azul? –se preguntó a sí mismo.
–En alguna parte del camino busca tiza azul. ¿Los ingleses no se pintaron con eso algún día?
–¡Hombres azules, sí, de la cabeza a los pies!
–Nuestro fin es nuestro comienzo, ¿eh?
Harry Smith se enjaretó la gorra, sintiendo el viento frío. Saboreó los primeros copos de nieve que caían rozándole los labios.
–¡Oh niño notable! – dijo, asomándose a una ventana imaginaria en una dorada mañana de Navidad, viejo renacido y jadeante de alegría–. Delicioso niño, ¿cuelga todavía el gran pájaro, el pavo, allá en la vitrina del vendedor de aves?
–Allí está ahora colgado –dijo el niño.
–¡Ve a comprarlo! Vuelve con él y te daré un chelín. ¡Vuelve en menos de cinco minutos y te daré una corona!
Y el muchacho salió corriendo.
Y abotonándose la chaqueta, con los libros a cuestas, el viejo Harry Ebanezer Scrooge Julius Caesar Pickwick Pip y otros quinientos echó a andar en el tiempo invernal. El camino era largo y hermoso. Las olas sonaban como disparos en la costa. El viento era una gaita en el norte.
Diez minutos después, cuando había dejado atrás una colina, cantando, todas las tierras de Inglaterra parecían preparadas para recibir a un pueblo que podía llegar allí algún día próximo de la historia...