fantasmas de lo nuevo (es)
Hacía años que no iba a Dublin. Había andado por todo el mundo, excepto Irlanda, pero ahora no había pasado una hora desde mi llegada al Royal Hibernian Hotel, cuando sonó el teléfono, y ¿quién estaba en el teléfono? ¡Nora en persona, Dios bendito!
–¿Charles? ¿Charlie? ¿Chuck? ¿Eres rico por fin? ¿Y los escritores ricos compran fabulosas propiedades?
– ¡Nora! – dije riendo–. ¿Nunca dices hola?
– La vida es demasiado corta para holas, y ahora no hay tiempo para adioses decentes. ¿Podrían comprar Grynwood?
–¡Nora, Nora, tu casa familiar, de doscientos poblados años! ¿Qué ocurriría con la disparatada vida social irlandesa, las fiestas, las bebidas, los chismes? ¡No puedes tirar todo por la borda!
–Puedo y lo haré. Oh, tengo baúles llenos de dinero esperando afuera bajo la lluvia en este momento. Pero Charlie, Charles, estoy sola en la casa. Los criados han volado a ayudar al Aga. En esta noche final, Chuck, necesito un escritor que vea el Fantasma. ¿No te pica la curiosidad? Ven. Tengo una casa y misterios para dar al mundo. Charlie, oh, Chuck, oh Charles.
Clic. Silencio.
Diez minutos después yo iba rugiendo por el camino serpenteante que entre verdes colinas lleva al lago azul y a las lozanas praderas de la oculta y fabulosa casa llamada Grynwood.
Me reí de nuevo. ¡Querida Nora! A juzgar por su parloteo, en ese momento se estaba preparando una fiesta que llevaría a una maravillosa destrucción. Berie quizá llegara volando desde Londres, Nick de París, Alicia vendría seguramente en coche de Galway. Algún director de cine, llamado por cable a esa misma hora, bajaría en paracaídas o helicóptero, maná de anteojos negros más bien andrajoso. Marion se presentaría con su troupe de perros pekineses que siempre se emborrachaban y se mareaban más que él mismo.
Aceleré mi hilaridad mientras aceleraba el motor.
Estarás bastante achispado a eso de las ocho, pensé, empujado al sueño por cuerpos contundentes antes de medianoche, amodorrado hasta mediodía y luego con una linda borrachera el domingo a la hora del té. Y en el medio, el raro juego de las camas musicales con condesas irlandesas y francesas, damas, y simples bestias locales licenciadas en arte, y despachadas por la Sorbona, algunas con bigotes masticables, otras no, y el lunes habrían pasado diez millones de años. El martes manejaría, oh, con cuánto cuidado, de vuelta a Dublin, protegiéndome el cuerpo como una gran muela del juicio afectada, mucho más prudente con las mujeres, sintiendo relámpagos de dolor cada vez que me acordaba de algo.
Temblando, recordé la primera vez que llegué con bombos y platillos a casa de Nora, cuando yo tenía veintiún años.
Una vieja duquesa loca con mejillas entalcadas y dientes de barracuda nos había metido a mí y un coche sport por ese camino quince años atrás ladrando al viento:
–¡Te encantarán el zoológico y el botánico! Los amigos de Nora son bestias y guardianes, tigres y gatitos, rododendros y atrapamoscas. En los arroyos de Nora nadan peces fríos, truchas calientes. Todo es un vasto invernáculo donde los animales alcanzan un tamaño excepcional, alimentados a la fuerza por aires contra natura. Entran en casa de Nora el viernes con la ropa limpia, se van el lunes dejando las sábanas mojadas y sucias, ¡sintiéndose como si entretanto hubieran inspirado, pintado y vivido todas las Tentaciones del Bosco, el Infierno, el Juicio Final y la Condenación! Vive en casa de Nora y es como si estuvieras en la boca caliente de un gigante, deliciosamente pegoteado y mordisqueado a cada momento. Pasarás por esa casa como vituallas. Guando te haya sido extraída la última gota de salsa agridulce y te hayan sorbido el tuétano de esos azucarados huesos de muchacho, te descubrirás arrumbado en una fría estación pueblerina de zinc, solo en la lluvia.
–¿Estoy recubierto de enzimas? –grité para tapar el rugido del motor–. No hay casa que pueda destrozar los elementos o alimentos de mi Pecado Original.
–¡Loco! –dijo riendo la duquesa–. ¡Ya te veremos parte del esqueleto el domingo a la mañana!
Dejé los recuerdos atrás cuando salí del bosque entre los chirridos de una patinada, y aminoré la velocidad porque la fricción misma de la belleza tranquilizaba el corazón, la mente, la sangre, y por lo tanto el pie en el acelerador.
Allí debajo de un cielo azul como un lago junto a un lago azul como el cielo estaba la querida casa de Nora, la gran mansión llamada Grynwood. Anidaba en las colinas más redondas junto a los árboles más altos del bosque más profundo del Eire. Tenía torres enigmáticas, construidas mil años atrás por gentes no recordadas y arquitectos desconocidos. Los jardines habían florecido por primera vez quinientos años atrás y entre viejas tumbas y criptas había edificios desparramados doscientos años antes en una explosión creadora. Aquello era el refectorio de un convento que los hacendados convirtieron en caballeriza, nuevas alas construidas noventa años atrás. Por el lado del lago se alzaba un pabellón de caza en ruinas donde los caballos salvajes se sumergían en la verde sombra mentolada para hundirse luego en la hierba verde agua junto a estanques todavía más fríos y tumbas aisladas de muchachas cuyos pecados habían sido tan enormes que aun en la muerte estaban reducidas a la–soledad, ocultas en la obscuridad de la fronda.
Como en una brillante bienvenida, el sol encendió unos vastos tintineos en decenas de ventanas. Enceguecido, frené bruscamente. Entornando los ojos, me pasé la lengua por los labios.
Recordé mi primera noche en Grynwood. La propia Nora abrió la puerta principal. De pie, completamente desnuda, anunció:
–Llegas demasiado tarde. ¡Todo ha terminado! –Tonterías. Ten esto, muchacho, y esto. Tras de lo cual la duquesa, en tres rápidos movimientos, se quedó en cueros como un gusano en el umbral ventoso.
Yo estaba despavorido, teniéndole la ropa. –Entra muchacho, te vas a quedar duro.
Y la duquesa desnuda caminó serenamente entre la gente bien vestida.
–Vencida en mi propio juego –exclamó Nora–. Ahora, para competir, tengo que volver a vestirme. Y yo que quería escandalizarte.
–No te preocupes –dije–. Lo has conseguido.
–Ayúdame a vestirme.
En la alcoba nos enredamos en las ropas de Nora, tiradas en montones con perfume a musgo sobre el piso de parquet.
–Sostén los calzones mientras me meto en ellos. Tú eres Charles, ¿no?
–Mucho gusto –me ruboricé, y en seguida estallé en un ataque de risa incontenible–. Perdóname –dije al fin, abrochándole el corpiño por detrás–, pero comienza la noche y estoy vistiéndote. Yo...
Una puerta se golpeó en alguna parte. Eché una mirada alrededor buscando a la duquesa.
–No está –murmuré–. La casa ya se la comió.
Cierto. No volví a ver a la duquesa hasta la lluviosa mañana del martes que ella había predicho. Para ese entonces yo me había olvidado de mi nombre, mi cara, y el alma detrás de la cara.
–Dios mío –dije–. ¿Qué es eso, y eso?
Siempre vistiendo a Nora habíamos llegado a la puerta de la biblioteca. Dentro, como un brillante laberinto de espejos, giraban los invitados del fin de semana.
–Eso –señaló Nora–, el Ballet Cívico de Manhattan electropropulsado sobre hielo. A la izquierda, los Bailarines de Hamburgo, electropropulsados en dirección opuesta. Divino reparto. Gentes de ballets enemigos, incapaces de mostrar por dificultades del lenguaje todo el desprecio y el vitriolo que hay en ellos. Tienen que mimar una pelea de gatos. Apártate, Charlie. La Valkiria ha de convertirse en Doncella del Rin. Y esos muchachos son Doncellas del Rin. ¡Cuida el flanco!
Nora tenía razón.
Se libró la batalla.
Los lirios atigrados saltaron unos sobre otros, balbuceando idiomas. En seguida se apartaron, frustrados, avergonzados. En un bombardeo de puertas que se golpeaban, los enemigos se precipitaron en innúmeras habitaciones. Lo que era horror se convirtió en horrible amistad y lo que era amistad se convirtió en hornadas humeantes de un afecto desvergonzado y, gracias a Dios, oculto.
Después de esto hubo un alud de candelabro de cristal: poetas–coreógrafos–artistas–escritores que bajaron la cuesta empinada y veloz del fin de semana.
En algún lugar quedé preso y fui barrido por el montón de carne que se encaminaba derecho a un choque con la realidad de tía solterona del lunes a mediodía.
Ahora, después de muchas pasadas fiestas, después de muchos pasados años, allí estaba yo.
Y allí estaba la residencia de Grynwood, muy tranquila. No había música. No llegaban coches.
Hola, pensé. Una nueva estatua sentada junto a la orilla. Hola de nuevo. No era una estatua... sino Nora en persona, sentada sola, las piernas recogidas bajo el vestido, la cara pálida, contemplando a Grynwood como si yo no hubiera llegado, como si yo no fuera visible.
–¿Nora...?
La mirada de Nora estaba tan clavada en las alas de la casa, en los musgosos tejados y en las ventanas llenas de cielo vacío, que yo también me volví a mirar.
Había algo que no andaba bien. ¿Se había hundido la casa medio metro en la tierra? ¿O la tierra se había hundido todo alrededor, dejándola encallada y perdida en el aire vivo y desapacible?
La puerta principal de Grynwood estaba abierta de par en par. Desde esa puerta me llegaba el aliento de la casa.
Sutil. Como despertar de noche para sentir el aire caliente que sale de la nariz de la mujer de uno, pero aterrado de pronto porque el perfume del aliento ha cambiado, ¡huele a otra persona! Queremos despertarla, llamarla por el nombre. ¿Quién es, cómo, qué? Pero sintiendo los golpes del corazón, nos quedamos allí, insomnes, acostados junto a una extraña.
Caminé. Sentí mi imagen presa en mil ventanas: se acercaba por la hierba a la silenciosa Nora.
Mil yos se sentaron calmosamente.
Nora, pensé. Dios querido, aquí estamos de nuevo.
Aquella primera visita a Grynwood...
Y luego nos habíamos encontrado aquí y allá a lo largo de los años como gentes que se rozan en una multitud, como amantes en un pasillo y extraños en un tren, y cuando el silbato anunciaba la próxima y rápida parada nos tocábamos las manos o dejábamos que nuestros cuerpos fueran rozados por la multitud que salía empujándose al abrirse de par en par las puertas; la gente nos arrastraba, y luego no más contactos, no más palabras, nada durante años.
O era como si a mediodía en pleno verano todos los años huyéramos del camino de la vida, sin soñar jamás que pudiéramos volver y chocar atraídos por una mutua necesidad. Y entonces de algún modo terminaba otro verano, un sol se ponía y allí llegaba Nora arrastrando un vacío cubo de arena y aquí llegaba yo con costras en las rodillas, y la playa estaba vacía y una estación rara había concluido, y sólo nosotros quedábamos para decir Hola Nora, Hola Charles, mientras el viento se levantaba y el mar se obscurecía como si de pronto pasara nadando un gran cardumen de calamares envueltos en tinta.
Muchas veces me pregunté si llegaría el día en que habiendo dado toda la vuelta nos quedáramos quietos. Quizá doce años atrás, en alguna parte, había habido un momento, inestable como una pluma en la punta de un dedo, en que con nuestro aliento soplando de cada lado habíamos mantenido el amor encendido y en perfecto equilibrio.
Pero eso fue porque me había topado con Nora en Venecia, con las raíces empaquetadas, lejos de su casa, lejos de Grynwood, donde pertenecía realmente a algún otro, quizá a mí.
Pero en cierto modo nuestras bocas habían estado demasiado ocupadas la una con la otra como para pedir permanencia. Al día siguiente, mientras nos curábamos los labios hinchados por los mutuos asaltos, no tuvimos fuerzas para decir siempre como ahora, más mañanas así, una casa en cualquier parte, no Grynwood, nunca más Grynwood, ¡quédate!
Quizá la luz del mediodía era cruel, quizá revelaba los poros excesivos de la gente.
O quizá, con más exactitud, los niños malcriados se aburrían de nuevo. ¡O les aterraba una prisión de dos! Cualquiera que fuese la razón, la pluma, una vez levantada brevemente por el aliento del champán, se vino abajo.
Nadie supo quién dejó de soplar primero. Nora alegó un telegrama urgente y voló a Grynwood.
El contacto se había interrumpido. Los niños mimados nunca escribieron. No supe qué castillos de arena había derribado Nora. Nora no supo qué madras de la India había sangrado color con el sudor de la pasión que me mojaba la espalda. Me casé. Me divorcié. Viajé.
Y allí estábamos de nuevo, venidos de direcciones opuestas al final de un día extraño junto a un lago familiar, llamándonos el uno al otro sin llamarnos, corriendo el uno hacia el otro sin movernos, como si no hubiésemos estado separados durante años.
–Nora –le tomé la mano. Estaba fría–. ¿Qué ha pasado?
–¡¿Pasado?! –Nora se rió, luego calló, mirando a otra parte. De pronto volvió a reírse, con esa risa difícil que podía instantáneamente mudarse en lágrimas–. Oh, mi querido Charles, piensa de veras, piénsalo todo, salta el aro y vuelve a sueños maníacos. ¿Qué ha pasado, Charlie, qué ha pasado?
Nora se quedó terriblemente quieta. –¿Dónde están los criados, los huéspedes...? –La fiesta –dijo Nora–fue anoche. –¡Imposible! Tus fiestas no empiezan y terminan la noche del viernes. Los domingos siempre han visto tu césped sembrado de pobres diablos envueltos en sábanas. ¿Por qué?
–¿Por qué te invité hoy, quieres decir, Charles? –Nora seguía mirando la casa–. Para darte Grynwood. Un regalo, Charlie, si puedes obligarla a que te deje quedarte, si te aguanta...
–¡No quiero la casa! –estallé.
–Ah, no se trata de que la quieras, sino de que ella te quiera a ti. Nos ha echado a todos, Charlie. –¿Anoche...?
–Anoche la última gran fiesta en Grynwood no resultó. El Aga mandó a una chica fabulosa desde Niza. Roger, Percy, Evelyn, Vivian, Jon estaban aquí. Aquel torero que casi mató al dramaturgo por la bailarina estaba aquí. El dramaturgo irlandés que se cae borracho del escenario estaba aquí. Noventa y siete invitados hormigueaban en esa puerta entre las cinco y las siete de ayer. A medianoche se habían ido.
Crucé el césped.
Sí, todavía frescas en la hierba las marcas de neumáticos de tres docenas de automóviles.
–No nos hubiera permitido hacer la fiesta, Charles –dijo Nora débilmente.
Me volví desconcertado.
–¿Quién? ¿La casa?
–Oh, la música era espléndida pero llegaba hueca arriba. Escuchamos nuestras carcajadas que volvían como fantasmas desde los salones más altos. La fiesta falló. Los petits fours se nos quedaban atravesados en la garganta. El vino nos chorreaba por la barbilla. Nadie se fue a la cama ni siquiera tres minutos. ¿No parece mentira? Pero todos recibieron el Premio del Merengue Blando y se fueron y yo dormí a la intemperie toda la noche. ¿Sabes por qué? Ve a mirar, Charlie.
Caminamos hasta la puerta abierta de Grynwood.
–¿Qué tengo que mirar?
–Todo. Todas las habitaciones. La casa misma. El misterio. Adivina. Y cuando hayas imaginado mil cosas, te diré por qué no puedo volver a vivir aquí de nuevo, por qué debo irme, por qué Grynwood es tuya si la quieres. Entra, solo.
Avancé despacio por el hermoso parquet de madera dura color amarillo leonado del gran vestíbulo. Contemplé en la pared el tapiz de Aubusson. Examiné en una vitrina los antiguos medallones griegos de mármol blanco sobre fondo de terciopelo azul.
–Nada – grité a Nora allí afuera en las últimas horas de la tarde, cada vez más frías.
–No. Todo –gritó–. Sigue.
La biblioteca era un profundo mar cálido de olor a cuero donde cinco mil libros hacían centellear sus encuadernaciones de sobado color jerez, lima y limón. Los ojos dorados, los títulos brillantes resplandecían en hileras. Sobre la chimenea que podía haber albergado una docena de pilas de leña, colgaban las exquisitas Muchachas y flores de Gainsborough, que habían calentado a la familia durante generaciones. Era un portal abierto al tiempo estival. Uno hubiese querido asomarse y oler los mares de flores silvestres, tocar las cosechas de muchachas como duraznos, escuchar la maquinaria de las abejas dando puntadas brillantes en el aire encantado.
–¿Qué tal? – dijo una voz lejana.
–¡Nora! –grité–. Ven. ¡No hay nada que temer! ¡Todavía entra la luz del día!
–No –dijo tristemente la voz lejana–. El sol se está poniendo. ¿Qué es lo que ves, Charlie?
–De nuevo en el vestíbulo, la escalera de caracol. La sala. Ni una mota de polvo en el aire. Estoy abriendo la puerta de la bodega. Un millón de barriles y botellas. Ahora la cocina. ¡Nora, esto es cosa de locos!
–¿Ah, sí? –gimió la voz lejana– . Vuelve a la biblioteca. Párate en el centro de la habitación. ¿Ves el cuadro de Gainsborough Muchachas y flores, que siempre te gustó?
– Ahí está.
–No, no está. ¿Ves el humidificador florentino?
–Lo veo.
–No lo ves. ¿Ves el sillón de cuero donde te sentabas a tomar jerez con papá?
–Sí.
–No –suspiró la voz.
–Sí, ¿no? ¡Basta ya, Nora!
–Vaya si basta, Charlie. ¿No adivinas? ¿No sientes lo que le ha pasado a Grynwood?
Sentí un dolor al volverme. Husmeé el aire extraño.
–Charlie –dijo Nora, lejos, junto a la puerta abierta–... hace cuatro años –añadió débilmente–Grynwood ardió hasta los cimientos.
Corrí. Encontré a Nora pálida junto a la puerta.
–¿Qué ocurrió?
–Se quemó hasta los cimientos –dijo Nora–. Toda. Hace cuatro años.
Di tres largos pasos hacia afuera y miré las paredes y las ventanas.
–¡Nora, ahí está todo, en pie!
–No, Charlie, no. Eso no es Grynwood.
Toqué la piedra gris, el ladrillo rojo, la hiedra verde. Pasé la mano por la puerta española tallada.
–No puede ser.
–Sí –dijo Nora–. Todo nuevo. Todo, desde las piedras del sótano. Nuevo, Charles. Nuevo.
–¿Esta puerta?
–Enviada desde Madrid, el año pasado.
–¿Este pavimento?
–Tallado cerca de Dublin, hace dos años. Las ventanas vinieron de Waterford esta primavera.
Entré por la puerta principal.
–¿Y el parquet?
–Terminado en Francia y enviado el otoño último.
–Pero, ¿y ese tapiz?
–Tejido cerca de París, colgado en abril.
–¡Pero es absolutamente idéntico, Nora!
–Sí, ¿verdad? Viajé a Grecia para conseguir duplicados de los mármoles. La vitrina la mandé hacer en Rheims.
–¡La biblioteca!
–Todos los libros encuadernados de la misma manera, con el mismo tafilete de oro, puestos en anaqueles iguales. Sólo la reproducción de la biblioteca costó cien mil libras.
–Igual, igual, Nora –exclamé, maravillado–, santo Dios, igual –y estábamos en la biblioteca y señalé el humidificador de plata florentina–. ¿Esto, naturalmente, se salvó del incendio?
–No, no, soy una artista. Recuérdalo. Hice bocetos, llevé los dibujos a Florencia. Terminaron la falsificación en julio.
–¿Las Muchachas y flores, de Gainsborough?
– ¡Mira de cerca! Es obra de Fritzi. Fritzi, aquel horrible pintor beatnik, de Montmartre, ¿recuerdas? ¿El que arrojaba pintura sobre la tela y la hacía volar sobre París como un barrilete para que el viento y la lluvia la embellecieran, y luego la vendía a precios exorbitantes? Bueno, Fritzi, resultó ser un fanático vergonzante de Gainsborough. Me mataría si supiera que te lo he dicho. Pintó estas Muchachas de memoria, ¿no están bien?
–Muy bien, oh Dios, Nora, ¿me dices la verdad?
–Ojalá no fuera así. ¿Crees que he estado enferma de la cabeza, Charles? Claro que podrías pensarlo. ¿Crees en el bien y en el mal, Charlie? Yo no creía. Pero ahora, de pronto, me siento vieja y como llovida. He chocado con los cuarenta, los cuarenta han chocado conmigo, como una locomotora. ¿Sabes lo que pienso?... que la casa se destruye a sí misma.
–¿Qué?
Nora se fue a atisbar en los salones donde las sombras se juntaban ahora, naciendo de la última luz.
–La primera vez que dispuse de mi dinero, a los dieciocho años, cuando la gente decía Culpa yo decía Tontería. Ellos gritaban Conciencia. ¡Yo gritaba Disparate Crapuloso! Pero en aquellos días el barril de la lluvia estaba vacío. Mucha lluvia extraña ha caído desde entonces y se ha juntado en mí, y para mi fría sorpresa me encuentro al borde del viejo pecado y sé que hay conciencia y hay culpa.
"Hay mil manchas en mí, Charles.
"Esos muchachos empujaron y se enterraron allí. Cuando se retiraban, Charles, yo creía que se retiraban. Pero no, no, ahora estoy segura de que no hay uno solo cuya barba, cuya envenenada y encantadora espina no se me haya quedado clavada en la carne, en un lugar o en otro. Dios, Dios, como amé esas barbas, esas espinas. Dios, cómo me gustaba que me pincharan y magullaran. Pensé que las medicinas del tiempo y el viaje podían curar las marcas de los apretones. Pero ahora sé que soy toda impresiones digitales. No hay una pulgada de mi carne, Chuck, que no sea una muestra de impresiones palmares y de huellas digitales. He sido apuñalada por un millar de muchachos encantadores y pensé que no sangraba, pero Dios mío, sangro ahora. He estado sangrando en toda esta casa. Y mis amigos, que negaban la culpa y la conciencia, mediante un esfuerzo subterráneo de la carne han quedado entrampados aquí y se han sacudido e insultado unos a otros y han sudado sobre los pisos y han baleado las paredes con angustias y descendimientos, cargando todos las cruces de los otros. La casa ha sido atacada por asesinos, Charlie, cada uno tratando de matar la soledad del otro con las cortas espadas, sin que nadie encontrara tregua, sólo el gemido de un breve aflojamiento.
"No creo que nunca haya habido una persona feliz en esta casa, Charles, ahora lo veo.
"Oh, todo parecía feliz. Cuando se oyen tantas risas, se bebe tanto, se encuentran sandwiches humanos en todas las camas, sabrosos bocados rosados y blancos, uno piensa: ¡qué alegría, qué felicidad!
"Pero es mentira, Charlie, tú y yo lo sabemos, y la casa bebió la mentira de mi generación y antes la de mi padre y antes la de mi abuelo. Fue siempre una casa feliz, es decir, una propiedad terrible. Aquí los asesinos se han herido entre sí durante doscientos años. Las paredes chorreaban. Había algo pegajoso en las fallebas de las puertas. El verano envejeció en el marco de Gainsborough. De modo que los asesinos venían y se iban, Charlie, y dejaban pecados y memorias de pecados que la casa conservaba.
"Y cuando uno ha percibido tanta obscuridad, Charlie, tiene que vomitarla, ¿no es cierto?
"Mi vida es mi emético. Me ahogo en mi propio pasado.
"Lo mismo le ocurrió a la casa.
"Y por último, libre de culpa, terriblemente triste, una noche oí el roce de viejos pecados que se restregaban entre sí en las camas del desván. Y con esa combustión espontánea, la casa ardió. Escuché el fuego primero en la biblioteca, donde devoraba volúmenes. Después lo escuché en la bodega bebiéndose el vino. En ese momento yo estaba del lado de afuera de la ventana bajo la hiedra, con los criados. Comimos a la orilla del lago a las cuatro de la mañana con champán y bizcochos traídos del pabellón del guardián. Los bomberos llegaron del pueblo a las cinco y vieron cómo se hundían los tejados y unos surtidores de chispas subían a las nubes y a la luna que se ocultaba. Les dimos champán y vimos morir a Grynwood, de modo que al alba no había nada.
"Tenía que destruirse a sí misma, ¿no es cierto, Charlie? Había tanta depravación de mi gente y mía.
Nos quedamos en el vestíbulo frío. Por último me puse en movimiento y dije:
–Me imagino que sí, Nora.
Entramos en la biblioteca, donde Nora sacó unos planos y una veintena de cuadernos.
–Fue entonces, Charlie, cuando tuve esa inspiración. Construir Grynwood de nuevo. ¡Un rompecabezas gris! Fénix renacido de un tacho de basura. De modo que nadie supiese que había muerto enferma. Ni tú, Charlie, ni ningún amigo del mundo; que todos siguieran ignorando. Mi culpa por la destrucción de la casa era inmensa. Qué suerte ser rica. Una puede comprar un cuerpo de bomberos con champán y los diarios del pueblo con cuatro cajones de ginebra. A un kilómetro de distancia no se supo que Grynwood había quedado reducida a trapos y cenizas. Ya habría tiempo más adelante para anunciarlo al mundo. ¡Ahora, a trabajar! Y corrí a mi abogado de Dublin, donde mi padre había archivado planes arquitectónicos y detalles de interiores. Estuve sentada durante meses con un secretario, juntando palabras y convocando lámparas griegas, tejas romanas. Entorné los ojos para recordar cada afelpado centímetro de alfombra, cada fleco, cada adorno de cielo raso rococó, todo, los ornamentos de bronce, los morillos, las llaves de luz, los cerrojos, las fallebas. Y cuando completamos la lista de treinta mil artículos, volé en busca de carpinteros a Edimburgo, de tejadores a Siena, de picapedreros a Perugia, que martillaron, clavaron, armaron, cincelaron e instalaron durante cuatro años, y yo, Charlie, visité la fábrica de los alrededores de París para vigilar a las arañas que tejían los tapices y las alfombras. Anduve de caza en Taterford mientras miraba cómo soplaban mis vidrios.
"Oh, Charles, no creo que haya ocurrido nunca, ¿figura en la historia?; que alguien devolviese a su apariencia primera, punto por punto, algo que estaba destruido del todo. ¡Olvida el pasado, deja los huesos en paz! Bueno, yo no, pensé, no: Grynwood se levantaría y sería como siempre había sido. Pero, con la apariencia de la vieja Grynwood, tendría la ventaja de ser realmente nueva. Un nuevo comienzo, pensé, y mientras la construía llevé una vida tan tranquila, Charles. El trabajo era bastante como aventura.
"Cuando la casa estuvo terminada pensé que yo misma estaba terminada. Mientras contribuía a su renacimiento, contribuía a mi propia alegría. Al fin, pensé, viene una persona feliz a Grynwood.
"Y hace dos semanas quedó terminada y acabada, tallada la última piedra, colocada la última teja.
"Y mandé invitaciones por el mundo entero, Charlie, y anoche llegaron todos, un puñado de celebridades de Nueva York, que olían al árbol del pan, el fundamento de la vida. Un equipo de muchachos atenienses de pies ligeros. Un Corps de ballet negro de Johannesburgo. Tres bandidos sicilianos, ¿o eran actores? Diecisiete señoras violinistas que podían ser violadas cuando dejaban los violines y se alzaban las faldas. Cuatro campeones de polo. Un tenista para cambiarme las cuerdas de las tripas. Y un poeta francés encantador. Dios mío, Charles, iba a ser una magnífica, grandiosa reapertura de la Mansión del Fénix, Nora Gryndon, propietaria. ¿Cómo iba yo a saber o imaginar que la casa no nos quería aquí?
–¿Puede una casa querer o no querer?
–Sí, cuando es muy nueva y todos los demás, no importa qué edad tengan, son muy viejos. Ella era recién nacida. Nosotros viejos y moribundos. Ella era buena. Nosotros malos. Quería seguir siendo inocente. Por eso nos echó.
–¿Cómo?
–Justamente, siendo ella misma. Aquietaba tanto el aire, Charlie, que no lo hubieras creído. Todos sentimos que alguien había muerto.
"Al cabo de un rato, sin que nadie dijera nada, la gente se metió en los coches y se fue. La orquesta dejó de hacer música y se escapó en diez limousinas. Todos los invitados salieron por la avenida del lago, como para un picnic nocturno, pero no, iban al aeropuerto o a los barcos o a Galway, todos helados, sin hablar, y la casa vacía, y los sirvientes mismos yéndose, pedaleando en las bicicletas y yo sola en la casa, terminada la última fiesta, la fiesta que no se hizo, que nunca podría empezar. Como dije, dormí en el césped toda la noche, sola con mis viejos pensamientos y supe que ése había sido el fin de todos los años, porque yo era ceniza y la ceniza no puede edificar. El pájaro nuevo, grande, hermoso, estaba posado en la sombra, ensimismado. La casa odiaba mi respiración en la puerta de atrás. Yo había terminado. La casa empezaba.
Nora había concluido la historia.
Estuvimos sentados largo rato en silencio al final de la tarde mientras la obscuridad se juntaba llenando las habitaciones y asomando los ojos por las ventanas. Un viento rizó el lago.
–No puede ser todo cierto –dije–. Seguramente puedes quedarte aquí.
–Una prueba final, para que no me discutas de nuevo. Trataremos de pasar aquí la noche.
–¿Trataremos?
–No conseguiremos llegar al alba. Friamos unos huevos, tomemos un poco de vino y vayámonos a la cama temprano. Pero acuéstate sobre la manta, vestido. Me imagino que necesitarás la ropa rápidamente.
Comimos casi en silencio. Bebimos vino. Escuchamos las nuevas horas que daban los nuevos relojes de bronce en todos los lugares de la nueva casa.
A las diez Nora me envió a mi habitación.
–No tengas miedo –me dijo en el rellano–. La casa no quiere hacernos daño. Teme simplemente que nosotros le hagamos daño a ella. Me quedaré leyendo en la biblioteca. Cuando estés dispuesto a irte, a cualquier hora que sea, ven a buscarme.
–Dormiré a pata suelta.
–¿Ah sí? –dijo Nora.
Y me fui a la nueva cama y me tendí en la obscuridad fumando, sin sentirme asustado o envalentonado, esperando que ocurriera algo, si es que ocurría algo.
A medianoche yo no dormía.
A la una seguía despierto.
A las tres no había pegado los ojos.
La casa no crujía, no suspiraba, no murmuraba. Esperaba, como esperaba yo, respirando junto conmigo.
A las tres y media de la mañana la puerta de mi habitación se abrió lentamente.
Era un simple movimiento de la obscuridad en la obscuridad. Sentí el paso del viento por las manos y la cara.
Me senté lentamente en la obscuridad.
Pasaron cinco minutos. El corazón me latía más despacio.
Y después, abajo, muy lejos, oí que se abría la puerta de entrada.
De nuevo, ni un crujido, ni un susurro. Sólo el chasquido y el paso tenebroso del viento en los corredores.
Me levanté y salí al vestíbulo.
Desde lo alto de la escalera vi lo que esperaba: la puerta de entrada abierta. La luz de la luna anegaba el parquet y brillaba en el nuevo reloj del abuelo que marchaba con un tic tac brillante, recién aceitado.
Bajé y salí por la puerta de entrada.
–Aquí estás –dijo Nora, de pie junto a mi coche en el sendero.
Me acerqué.
–No oíste nada –dijo Nora–y sin embargo oíste algo, ¿no es cierto?
–Es cierto.
– ¿Estás dispuesto a irte ahora, Charles?
Miré la casa.
–Casi.
–Ahora sabes, ¿verdad?, que todo ha terminado. ¿Sientes, seguramente, que es el alba de un nuevo día? Y siente mi corazón, mi alma latiendo pálida y mohosa dentro de mi corazón, mi sangre tan negra, Charlie, muchas veces la has sentido bajo tu propio cuerpo, tú sabes lo vieja que soy. Tú sabes lo llena que estoy de mazmorras y suplicios y tardes y horas azules de crepúsculos franceses. Bueno...
Nora miró la casa.
–Anoche, mientras estaba en la cama a las dos de la mañana, sentí que la puerta principal se abría. Supe que toda la casa se inclinaba para soltar el picaporte y mover la puerta. Me paré en lo alto de las, escaleras. Y mirando hacia abajo vi el lago de luna recién formado en el vestíbulo. Y era como si la casa dijese: éste es el camino que has de seguir, pisa la luz, camina por el nuevo sendero de leche y fuera, vete, vieja, vete con tu obscuridad. Estás preñada. Tienes en el vientre un fantasma de goma agria. Nunca nacerá. Y como no puedes dejarlo caer, un día será tu muerte. ¿Qué estás esperando?
"Bueno, Charles, tuve miedo de bajar y de cerrar aquella puerta. Y sabía que era cierto, no volvería a dormir más. De modo que bajé y salí.
"Tengo en Ginebra una casa vieja, obscura y pecadora. Allí iré a vivir. Pero tú eres más joven y más nuevo, Charlie, por eso quiero que esta casa sea tuya.
–No tan joven.
–Más joven que yo.
–No tan nuevo. La casa quiere que yo me vaya, Nora. La puerta de mi cuarto, justo ahora. Se abrió también.
–Oh, Charlie –susurró Nora y me tocó la mejilla–. Oh, Charlie –y luego, suavemente–, lo siento.
–No lo sientas. Nos iremos juntos.
Nora abrió la puerta del coche.
–Déjame conducir. He de conducir ahora, muy rápido, todo el camino a Dublin. ¿No te importa?
–No. ¿Pero y tu equipaje?
–Está allí, la casa puede guardárselo. ¿Dónde vas?
Me detuve.
–Tengo que cerrar la puerta principal.
–No –dijo Nora–. Déjala abierta.
–Pero... entrará la gente.
Nora rió en silencio.
–Sí. Pero sólo gente buena. De modo que está bien, ¿no es cierto?
Finalmente asentí.
–Sí. Está bien.
Volví junto a mi coche, poco dispuesto a irme. Se estaban juntando nubes. Empezaba a nevar. Unas delicadas hojas sueltas caían del cielo iluminado por la luna, tan inocentemente suaves como la charla de los ángeles.
Subimos al coche y cerramos las puertas de golpe. Nora puso en marcha el motor.
–¿Listo? –dijo.
–Listo.
–¿Charlie? –dijo Nora–. Cuando lleguemos a Dublin, ¿dormirás conmigo, lo que se dice dormir, los próximos días? Necesitaré a alguien los próximos días, ¿sí?
–Desde luego.
– Quisiera –dijo Nora, y se le llenaron los ojos de lágrimas–. Oh Dios, cómo quisiera quemarme de arriba abajo y empezar de nuevo. Quemarme de manera que yo pudiese ir a la casa ahora y vivir para siempre como una campesina colmada de fresas y crema. Ah, diablos, cuántas palabras.
–Vamos, Nora –dije, suavemente.
Y aceleró el motor y salimos del valle a lo largo del lago, y los pedruscos saltaban atrás, y subimos por las colinas y cruzamos el profundo bosque nevado y cuando llegábamos a la última cuesta, las lágrimas de Nora habían desaparecido, no miraba hacia atrás y anduvimos a cien por la nieve densa y la noche cerrada hacia un horizonte más obscuro y una fría ciudad de piedra, y todo el tiempo, sin abandonarla una sola vez, le tuve apretada una mano, en silencio.