llamada nocturna (es)
No sabía qué le recordaba el viejo poema, pero allí estaba:
Supongamos, supongamos, y supongamos,
que los cables en los postes lejanos del teléfono
se empapen de los millones de palabras escuchadas
todas las noches, conservando el sentido
y el significado de todo.
Se detuvo. ¿Qué seguía? Ah, sí...
Que luego como un rompecabezas en la noche,
junten todas las partes,
y en fase filosófica
prueben palabras como un niño atrasado.
Hizo de nuevo una pausa. ¿Cómo terminaba la cosa? Espera...
Así, bestia necia,
todo el tesoro de vocales y consonantes
conserva el milagro de una advertencia errónea,
deja filtrar a la vez un susurro, un latido,
un balbuceante murmullo.
Temprano entonces una noche alguien se sienta,
oye una brusca campanilla, levanta el tubo
y escucha una Voz como el Espíritu Santo
allá lejos, en una nebulosa,
la Bestia, en el cable,
que entre silbidos y gozosamente
a través de enloquecidos continentes de tiempo
repite Hola, Hola.
Tomó aliento y terminó:
Para semejante Creación,
semejante Bestia Eléctrica, torpe, bruta, perdida,
¿qué respuesta tienes?
Estaba sentado, en silencio.
Estaba sentado, tenía ochenta años. Estaba sentado en una habitación vacía de una casa vacía en una calle vacía de una ciudad vacía del vacío planeta Marte.
Hacía cincuenta años que estaba así sentado, esperando.
En la mesa que tenía delante había un teléfono que no sonaba desde hacía mucho, mucho tiempo.
El teléfono temblaba ahora preparando algo secreto. Quizá ese temblor había evocado el poema...
Se le estremecieron las aletas de la nariz. Los ojos se abrieron, brillantes.
El teléfono seguía vibrando, apenas.
El viejo se inclinó hacia adelante, mirándolo fijo.
El teléfono... sonó.
El viejo se levantó de un salto y retrocedió, haciendo caer la silla. Gritó, gritó:
–¡No!
El teléfono sonó de nuevo.
–¡No!
El viejo quería acercarse, se acercó y de un golpe tiró el aparato de la mesa. El tubo se salió de la horquilla en el preciso instante en que el timbre sonaba por tercera vez.
–No... oh, no, no –dijo suavemente, cubriéndose el pecho con las manos, meneando la cabeza, el teléfono a sus pies–. No puede ser... no puede ser...
Porque después de todo, estaba solo en la habitación de una casa vacía en una ciudad vacía del planeta Marte donde no había nada con vida, excepto él mismo, el Rey de la Colina Árida...
Y sin embargo...
–... Barton...
Alguien pronunciaba ese nombre.
No. Algo zumbaba, como un ruido de grillos y cigarras de lejanas tierras desiertas.
¿Barton?, pensó ¡Pero... pero si soy yo!
Hacía tanto tiempo que no oía su propio nombre, y ya casi lo había olvidado. Nunca había tenido la costumbre de nombrarse a sí mismo en voz alta. Nunca había...
–Barton –dijo el teléfono–. Barton. Barton. Barton. – ¡Cállate!–gritó Barton.
Y le dio un puntapié al auricular y se agachó sudando, jadeando, y colgó el tubo en la horquilla. En seguida, el maldito aparato sonó de nuevo. Esta vez Barton lo rodeó con el puño, lo apretó como para estrangular el sonido, pero al fin, viendo que los nudillos se le ponían blancos, aflojó los dedos y levantó el tubo.
–Barton –dijo una voz lejana, a mil millones de kilómetros de distancia.
Barton esperó a que el corazón le latiera otras tres veces y luego dijo: –Habla Barton.
–Vaya, vaya –dijo la voz, ahora a sólo un millón de kilómetros de distancia–. ¿Sabes quién habla?
–Cristo –dijo el viejo–. La primera llamada que recibo en media vida y me viene con adivinanzas.
–Perdón. Qué estúpido soy. Claro, uno no reconoce su propia voz en el teléfono. Nadie la reconoce nunca. Estamos acostumbrados a la voz que nos llega a través de los huesos del cráneo. Barton, habla Barton. –¿Qué?
–¿Quién creíste que era? –dijo la voz–. ¿El capitán de un cohete? ¿Pensaste que habían venido a rescatarte? –No.
–¿Qué fecha es hoy? –20 de julio de 2097.
–Dios bendito. ¡Cincuenta años! ¿Has estado ahí sentado todo el tiempo esperando un cohete de la Tierra? El viejo asintió.
–Vamos, viejo, ¿sabes quién soy? –Sí –Barton tembló–. Recuerdo. Somos uno. Yo soy Emil Barton y tú eres Emil Barton.
–Con una diferencia. Tú tiene ochenta años, yo tengo sólo veinte. ¡Toda la vida por delante!
El viejo empezó a reírse y después a llorar. Se sentó con el teléfono en los dedos como un niño tonto y perdido. La conversación era imposible, y sin embargo continuó. Cuando Barton consiguió dominarse, se acercó al teléfono y dijo:
–¡Escucha, por Dios, tú que estás ahí, quisiera prevenirte! ¿Pero cómo podría? Eres sólo una voz. Si pudiera mostrarte qué solitarios son los años. ¡Termina, mátate! ¡No esperes! Si supieras lo que es cambiar de lo que eres tú a lo que soy yo, hoy, aquí, ahora, en este extremo.
–¡Imposible! –la voz del joven Barton reía, muy lejos–. No tengo manera de saber si recibes esta llamada. Todo es mecánico. Estás hablando con una grabación nada más. Estamos en 2037. Sesenta años de tu pasado. Hoy empezó la guerra atómica en la Tierra. Nos convocaron a todos los coloniales para volver de Marte, en Cohete. ¡A mí me dejaron atrás! –Recuerdo –susurró el viejo.
–Solo en Marte –rió la voz juvenil–. Un mes, un año, ¿qué importa? Hay comida y libros. En los ratos libres he grabado textos de diez mil palabras, respuestas, mi voz, conectadas entre sí automáticamente. Llamaré en los últimos meses, para poder hablar con alguien. –Sí.
–Dentro de sesenta años me llamarán las bandas que grabé yo mismo. No creo realmente que pase aquí en Marte tantos años, sólo una idea divertida que se me ha ocurrido, algo para matar el tiempo. ¿Pero eres tú, Barton? ¿Soy realmente yo?
Las lágrimas caían de los ojos del viejo. –Sí.
–He grabado mil Bartons, cintas sensibles a todas las preguntas, en mil ciudades marcianas. Un ejército de Bartons en Marte, mientras espero la vuelta de los cohetes.
–Insensato –el viejo meneó la cabeza, cansado–. Esperaste sesenta años. Has envejecido esperando, siempre solo. Y ahora has llegado a ser yo y sigues solo en las ciudades vacías.
–No esperes mi simpatía. Eres como un extranjero que está en otro país. No puedo ponerme triste. Ahora que grabo estas cintas estoy vivo. Y tú estás vivo mientras escuchas. Los dos, el uno para el otro, incomprensibles. Ninguno puede prevenir al otro, aunque se responden, uno automáticamente, el otro cálida y humanamente. Yo soy humano ahora. Tú eres humano después. Es una locura. No puedo llorar, porque como no conozco el futuro no puedo ser sino optimista. Estas cintas escondidas sólo reaccionan a cierto número de estímulos tuyos. ¿Pueden pedirle a un hombre muerto que llore?
–¡Basta! –gritó el viejo. Sintió los accesos familiares de dolor. Lo invadió la náusea y la obscuridad–. Ah, Dios, eras despiadado. ¡Vete!
– ¿Eras, viejo? Yo soy. Mientras las cintas se deslicen, mientras los rollos y los ocultos ojos electrónicos lean, elijan y traduzcan palabras para ti, seré joven y cruel. Seguiré siendo joven y cruel mucho después que hayas muerto. Adiós.
–¡Espera! –gritó el viejo.
Clic.
Barton se quedó sentado sosteniendo el tubo largo rato. El corazón le dolía terriblemente.
Qué locura había sido. En su juventud, qué tontos, qué inspirados aquellos primeros años de aislamiento, mientras preparaba los cerebros telefónicos, las cintas, los circuitos, conectando las llamadas mediante relevadores temporales.
Sonó el teléfono.
–Buenos días, Barton. Habla Barton. Las siete. Levántate y brilla.
¡Otra vez!
–¿Barton? Habla Barton. Vas a ir a la Ciudad de Marte a mediodía. A instalar un cerebro telefónico. Se me ocurrió recordártelo.
–Gracias.
¡La campanilla del teléfono!
–¿Barton? Barton. ¿Quieres almorzar conmigo? ¿En la Posada del Cohete?
–De acuerdo.
–¡Hasta luego, entonces!
¡Rrrrrrinnng!
–¿Eres tú, B.? Pensé que te alegraría. Arriba la cabeza y todo lo demás. El cohete salvador puede llegar mañana.
–Sí, mañana, mañana, mañana, mañana.
Clic.
Pero los años se habían quemado, eran humo ahora.
Barton había silenciado los insidiosos teléfonos y las astutas, astutas respuestas. Sólo lo llamarían después de los ochenta años, si todavía estaba con vida. Y ahora, hoy, el teléfono que suena, el pasado que alienta en el oído, susurrando, recordando.
¡El teléfono!
Lo dejó sonar.
No contestaré, pensó.
¡La campanilla!
No hay absolutamente nadie, pensó.
¡La campanilla!
Es como hablar con uno mismo, pensó. Pero distinto. Ah, Dios, qué distinto.
Las manos del viejo levantaron el tubo.
–¡Hola, viejo Barton, habla el joven Barton! ¡Hoy cumplo veintiún años! El año pasado instalé cerebros parlantes en otras doscientas ciudades. ¡He poblado a Marte de Bartons!
El viejo recordó aquellas noches de seis decenios atrás, cuando corría por colinas azules y valles de hierro, en un camión colmado de aparatos, silbando, feliz. Otro teléfono, otro relevador. Algo que hacer. Algo inteligente, maravilloso, triste. Voces ocultas. Ocultas, ocultas. En aquellos días juveniles en que la muerte no era muerte, el tiempo no era tiempo, la vejez un eco débil salido de la larga caverna de los años próximos. Joven idiota, loco sádico, no pensó nunca que algún día la siembra daría frutos.
–Anoche –dijo Barton, cuando cumplió veintidós años–, estuve sentado solo en el cine de una ciudad vacía. Pasé una de Laurel y Hardy. Diablos, cómo me reí.
–Sí.
–Se me ocurrió una idea. Registré mi voz mil veces en una cinta. Transmitida desde la ciudad, suena como mil personas. Un ruido reconfortante, el ruido de una multitud. Lo grabé de manera que se oyen portazos, los niños cantan, los gramófonos suenan, todo mediante un sistema de relojería. Si no miro por la ventana, si me limito a escuchar, está muy bien. Pero si miro, la ilusión se desvanece. Me parece que me estoy quedando solo.
El viejo dijo:
–La primera señal.
–¿Qué?
–La primera vez que admitiste que estabas solo.
–He experimentado con olores. Mientras caminaba por las calles vacías, sentía los olores del tocino, los huevos, el jamón, los filetes, que salían de las casas. Todo con aparatos ocultos.
–Locura.
–¡Autoprotección!
–Estoy cansado.
El viejo colgó. Era demasiado. El pasado lo ahogaba...
Vacilando, bajó las escaleras de la torre y salió a las calles de la ciudad.
La ciudad estaba a obscuras. Nadie encendía las señales rojas de neón, nadie hacía sonar música, nadie difundía olores de cocina. Hacía mucho que había abandonado la fantasía de la mentira mecánica. ¡Escucha! ¿Son pisadas? ¡Huele! ¿No es pastel de fresas? Lo había detenido todo.
Fue hacia el canal donde las estrellas brillaban en las aguas trémulas.
Debajo del agua, fila tras fila, se oxidaba la población robot de Marte que había construido a lo largo de los años, y que cuando Barton entendió su propia y enajenada inadaptación, había enviado a paso redoblado, ¡uno dos tres cuatro!, a las profundidades del canal. Allí los robots se hundieron, burbujeando como botellas. Barton los había matado sin mostrar ningún remordimiento.
Un teléfono sonó débilmente en un cottage sin luz.
Barton siguió caminando. El teléfono calló.
En otro cottage el teléfono sonó de pronto como si supiera que Barton pasaba por la calle. Barton echó a correr. La campanilla quedó atrás. Sólo para que lo alcanzara la de esta casa ahora, ahora la de aquélla, ¡ahora aquí, allá! Corrió más rápido. ¡Otro teléfono!
–¡Está bien! –chilló, exhausto–. ¡Ya voy!
–Hola, Barton.
–¿Qué quieres?
–Estoy solo. No vivo más que cuando hablo. Así que tengo que hablar. No pueden ignorarme tanto tiempo.
–¡Déjame en paz! –dijo el viejo, horrorizado–. ¡Ay, mi corazón! –Habla Barton, veinticuatro años. Otro par de años que se han ido. Esperando. Un poco más solo. He leído La guerra y la paz, me he emborrachado con jerez, he recorrido los restaurantes y he sido camarero, cocinero, animador. Esta noche protagonizo un film en el Tivoli: ¡Emil Barton en Penas de amor perdidas, en todos los papeles, algunos con peluca! –¡Deja de llamarme o te mato!
–No puedes matarme. ¡Tienes que encontrarme, primero!
–¡Te encontraré!
–Has olvidado dónde me escondiste. ¡Estoy en todas partes, en cajas, casas, cables, postes, bajo tierra! ¡Anda, inténtalo! ¿Cómo le llamarás? ¿Telecidio? ¿Suicidio? ¿Me tienes envidia? ¿Envidia de mí aquí, con sólo veinticuatro años, ojos brillantes, joven, fuerte? ¡Muy bien, viejo, será la guerra! Entre los dos. ¡Entre yo y yo! Todo un regimiento de yos, todas las edades contra ti, el verdadero. ¡Adelante, declara la guerra!
–¡Te mataré!
Clic. Silencio.
Barton arrojó el teléfono por la ventana.
En el frío de la medianoche, el automóvil avanzó por valles profundos. Bajo los pies de Barton, en el piso del coche, había revólveres, rifles, dinamita. Sentía el rugido del motor en los delgados, cansados huesos.
Los encontraré, pensaba, y los destruiré a todos. Ah, Dios, ¿cómo puede hacerme esto?
Detuvo el coche. Bajo las lunas postreras yacía una ciudad extraña. No había viento.
Sostuvo el rifle con las manos frías. Escudriñó los agujeros, los postes, las cajas. ¿Dónde estaba escondida la voz de esta ciudad? ¿En ese poste? ¿O en aquél? Hacía tantos años. Barton volvía la cabeza, para este lado, para aquél, enloquecido.
Levantó el rifle.
El poste cayó con la primera bala.
Todos, pensó. Habría que tronchar todos los postes de esta ciudad. Me he olvidado. Demasiado tiempo.
El auto avanzó por la calle silenciosa.
Sonó un teléfono.
Barton miró el drugstore vacío.
Un teléfono.
Pistola en mano, disparó a la cerradura de la puerta y entró.
Clic.
–Hola, ¿Barton? Una advertencia solamente. No trates de bajar todos los postes, de volarlo todo. Mejor que te abras la garganta. Piénsalo...
Clic.
Barton salió lentamente de la cabina telefónica, avanzó por la calle, escuchó los postes telefónicos que zumbaban allá arriba, todavía vivos, todavía intactos. Los miró y entonces entendió.
No podía destruir los postes. Si llegaba un cohete de la Tierra, idea imposible, pero si llegaba esa noche, mañana, la semana próxima, y descendía del otro lado del planeta, utilizarían quizá los teléfonos para tratar de llamar a Barton, y descubrirían que los circuitos estaban muertos.
Barton dejó caer el arma.
–No llegará ningún cohete – se dijo–, estoy viejo. Es demasiado tarde.
Pero si llega y nunca lo sabes, pensó. No, tienes que mantener las líneas en buen estado.
De nuevo sonó el teléfono.
Barton se volvió torpemente. Entró tropezando en el drugstore y manoteó el tubo.
–¡Hola! –Una voz extraña.
–Por favor –dijo el viejo–, no me molestes.
–¿Qué es eso, quién había? ¿Qué pasa? ¿Dónde está usted? –exclamó la voz, sorprendida.
–Espere un minuto –el viejo se tambaleó–. Habla Emil Barton, ¿quién habla?
–Habla el capitán Rockwell, cohete Apolo 48. Acabamos de llegar de la Tierra.
–No, no, no.
–¿Está usted ahí, señor Barton?
–No, no, no puede ser.
–¿Dónde está usted?
–¡Me estás engañando! –el viejo se apoyó ciegamente en la cabina–. ¡Eres tú, Barton, te burlas de mí, mientes otra vez!
–Habla el capitán Rockwell. Acabamos de desembarcar. En Nueva Chicago. ¿Dónde está usted?
–En Villa Verde –boqueó Barton–. A rail kilómetros de usted.
–Escuche, Barton, ¿puede venir aquí?
–¿Qué?
–Tenemos que reparar el cohete. Estarnos agotados por el vuelo. ¿Puede venir a ayudarnos?
–Sí, sí.
–Estamos en la pista fuera de la ciudad. ¿Puede venir mañana?
–Sí, pero...
–¿Qué?
El viejo acariciaba el teléfono.
–¿Cómo está la Tierra? ¿Cómo está Nueva York? ¿Terminó la guerra? ¿Quién es el presidente ahora? ¿Qué pasó?
–Habrá tiempo de sobra para charlar cuando venga.
–¿Todo está bien?
–Muy bien.
–Gracias a Dios –el viejo esperaba la voz lejana–. ¿Está usted seguro de que es el capitán Rockwell?
–¡Váyase al diablo!
–Discúlpeme.
Barton colgó y salió corriendo.
Allí estaban, después de tantos años, increíble; ahora lo llevarían de vuelta a los mares, los cielos, las montañas de la Tierra.
Puso en marcha el auto. Viajaría toda la noche. Valía la pena correr el riesgo para ver gente, estrechar manos, oírlos de nuevo.
El coche tronaba en las colinas.
Esa voz. El capitán Rockwell. No podía ser él, Barton, hacía cuarenta años. Nunca había grabado nada parecido. ¿O sí? En un acceso de depresión, en un momento de cinismo, borracho, ¿no habría preparado la falsa grabación de un falso desembarco en Marte, con un capitán sintético y una tripulación imaginaria? Barton sacudió la cabeza. No. Tanta suspicacia, y tontería. Este no era el momento de dudar. Tenía que correr con las lunas de Marte, toda la noche. ¡Qué fiesta celebrarían!
Salió el sol. El viejo estaba muy cansado, con punzadas y calambres en todo el cuerpo, el corazón acelerado, y los dedos agarrotados en el volante. Lo que más le gustaba, sin embargo, era la idea de una última telefoneada. Hola, joven Barton, habla el viejo Barton. ¡Hoy voy a la Tierra! ¡Me han rescatado! Sonrió débilmente.
Llegó a los vagos límites de Nueva Chicago al atardecer. Se apeó del coche y se quedó mirando la pista de desembarco del cohete, y se frotó los ojos enrojecidos.
La pista estaba vacía. Nadie corrió a su encuentro. Nadie le estrechó la mano, nadie gritó o se rió.
Barton sintió que le estallaba el corazón. El mundo se le obscureció, alrededor, y Barton tuvo la sensación de caer a través de un cielo abierto. Caminó tropezando hacia una oficina.
Dentro, había una prolija hilera de seis teléfonos. Barton esperó, jadeando. Al fin, la campanilla. Levantó el tubo pesado.
–Estaba preguntándome si habrías llegado vivo. El viejo no habló y se quedó con el teléfono en la mano.
La voz continuó.
–El capitán Rockwell informa. ¿Cuáles son sus órdenes, señor?
–Tú –gimió el viejo. –¿Cómo está tu corazón, viejo? –¡No!
–Tengo que eliminarte de alguna manera para poder vivir, si se puede decir eso de una grabación.
–No importa ya –respondió el viejo–. ¡Haré volar todo esto hasta que estés muerto!
–No tendrás fuerzas. ¿Por qué crees que te hice viajar tanto y tan velozmente? ¡Es tu último viaje!
El viejo sintió que le fallaba el corazón. Nunca llegaría a las otras ciudades.
Había perdido la guerra. Se deslizó en una silla y unos sonidos bajos, lastimeros, le salieron de la boca. Los otros cinco teléfonos, como ante una señal, estallaron en coro. ¡Un nido de horribles pájaros, que chillaban todos a la vez!
Los receptores automáticos saltaron. La oficina giraba. "¡Barton, Barton, Barton!" Barton apretó un tubo en las manos. Lo tapó pero la voz seguía riéndose de él. Lo golpeó. Le dio un puntapié. Tomó el cordón como una serpentina entre los dedos, y lo arrancó. El cordón cayó entre los pies del viejo, que se tambaleaba.
Barton destruyó otros tres teléfonos. Hubo un silencio súbito.
Y como si el cuerpo de Barton descubriera algo que hasta entonces había sido mantenido en secreto, pareció hundirse en los huesos cansados. Los párpados le bajaron como pétalos. La boca se le marchitó. Los lóbulos de las orejas se le derritieron como si fueran de cera. Barton se apretó el pecho con las manos y cayó de bruces. Se quedó quieto. Dejó de respirar. El corazón se detuvo.
Después de un largo rato, los otros dos teléfonos sonaron.
Un relevador restalló en alguna parte. Las dos voces telefónicas estaban conectadas, una con otra. – Hola, ¿Barton? –Sí, ¿Barton? –Veinticuatro años.
– Yo tengo veintiséis. Los dos somos jóvenes. ¿Qué ha pasado?
–No sé. Escucha.
La habitación silenciosa. En el suelo, el viejo no se movía. El viento soplaba por la ventana rota. El aire era frío.
–¡Felicítame, Barton, hoy cumplo veintiséis años!
–¡Felicitaciones!
Las voces cantaron juntas el saludo de cumpleaños y la canción voló por la ventana, débil, débilmente, en la ciudad muerta.