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ray bradbury

sí, nos reuniremos en el río (es)

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A las nueve menos un minuto hubiera debido llevar rodando el indio de madera, de vuelta a la caliente obscuridad de tabaco, cerrando con llave. Pero de algún modo esperó porque había tantos hombres perdidos caminando en cualquier dirección, sin ningún motivo especial. Unos pocos vagabundeaban clavando la mirada en los cigarros tribales, ordenados en las netas cajas de madera, y de pronto levantaban los ojos descubriendo sorprendidos dónde estaban, y decían, evasivos:
–Buenas, Charlie.
–Buenas –decía Charlie Moore.
Algunos erraban con las manos vacías, otros con un cigarro de cinco centavos apagado en la boca.
De modo que ya habían dado las nueve y media de la noche de un día jueves cuando Charlie Moore tomó al fin del codo al indio de madera, como si importunara a un amigo, y sintiéndose culpable. Llevó al salvaje al lugar donde se convertía en vigilante nocturno, y la cara cincelada, tosca y ciega, se quedó mirando fijamente des­de las sombras, más allá de la puerta.
–Bueno, Jefe, ¿qué ves?
Charlie siguió la silenciosa mirada, vuelta a la carre­tera que atravesaba el centro mismo de la vida del pueblo.
Los autos venían rugiendo desde Los Ángeles, como mangas de langostas. Irritados, bajaban allí la velocidad a cincuenta kilómetros por hora. Serpeaban entre unas tres docenas de tiendas, almacenes y viejas caballerizas, convertidas en puestos de gasolina, rumbo al norte. Allí los autos volvían de pronto a los ciento veinte, corriendo como furias a San Francisco, a enseñarle violencia.
Charlie resopló suavemente.
Pasó un hombre, lo vio con el silencioso amigo de madera, y dijo:
–La última noche, ¿eh? –y se fue. La última noche.
Así es. Alguien se había atrevido a decirlo. Charlie se volvió para apagar las luces y cerrar la puerta, y ya en la acera, con los ojos bajos, se quedó muy quieto.
Como hipnotizado, sintió que la mirada se alzaba de nuevo a la vieja carretera barrida por vientos que olían a un billón de años atrás. Llegaban allí los estallidos de luz de los faros, interrumpidos por unas fugaces luces rojas, como cardúmenes de pececitos brillantes que se precipitan en la estela de los tiburones y de las ballenas que viajan a ciegas. Las luces se hundían a lo lejos y se perdían en las negras colinas.
Charlie dejó de mirar. Caminó lentamente por el pue­blo mientras el reloj de la Sociedad de Socorros Mutuos daba el cuarto y seguía a las diez, y continuó caminando, pasmado, y luego ya no, viendo cómo al cabo de las horas todas las tiendas seguían abiertas y en todas las puertas había un hombre o una mujer petrificados, como él mismo y el intrépido indio habían quedado también petrificados por un futuro comentado y temible, conver­tido de pronto en aquí –ahora –esta noche.
Fred Ferguson, el taxidermista, emparentado con una familia de lechuzas montaraces y de ciervos espantados y quietos para siempre en una vitrina, vio pasar a Charlie y le habló al aire de la noche:
–Difícil creerlo, ¿no es cierto?
No esperaba una respuesta, pues continuó en seguida:
–Hay que seguir pensando: simplemente no puede ser. Mañana la carretera estará muerta y nosotros también.
–Oh, no será para tanto –dijo Charlie.
Ferguson le echó una mirada escandalizada.
–Espera. ¿No chillaste hace dos años, no quisiste po­ner una bomba en la legislatura, balear a los contratistas de caminos, robar las mezcladoras de cemento y las ex­cavadoras cuando empezaron la nueva carretera a tres­cientos metros de aquí, al oeste? ¿Qué quieres decir con eso de que no será para tanto? Será, y tú lo sabes.
– Lo sé –dijo Charlie Moore al fin.
Ferguson rumiaba allí cerca.
–Trescientos metros de nada. Poca cosa, ¿eh? Pero considerando que el pueblo tiene cien de ancho, eso nos pone, lo quieras o no, a doscientos metros del nuevo supercamino. A doscientos metros de gente que necesita nueces, flechas o pintura de paredes. A doscientos metros de chistosos que bajan volando de las montañas con ciervos o gatos de albañal recién cazados y necesitan los servicios del único taxidermista de primera en toda la Costa. A doscientos metros de señoras que necesitan aspi­rina... –Le echó un vistazo a la farmacia. "Peluquería". Miró el palo rayado que giraba al final de la calle. "Re­frescos". Señaló la cervecería con un ademán.–Ahí los tienes, tú mismo podrías nombrarlos.
Los nombraron en silencio, deslizando la mirada a lo largo de las tiendas, los almacenes, las galerías. –Quizá no sea demasiado tarde. –¿Tarde, Charlie? Diablos. El cemento ha sido mez­clado, vertido y fraguado. Al alba van a sacar las barreras en las dos puntas del nuevo camino. El gobernador cor­tará una cinta para que pase el primer coche. Después... quizá la gente se acuerde de Oak Lane la primera semana, claro. La segunda semana no tanto. ¿Dentro de un mes? Seremos unos rastros de pintura vieja a la derecha cuan­do vayan hacia el norte, a la izquierda cuando vayan hacia el sur, quemando gomas. ¡Ahí estaba Oak Lane! ¿Te acuerdas? Un verdadero pueblo fantasma. ¡Zumm! Desapareció.
Charlie dejó que el corazón le latiera dos o tres veces. –Fred... ¿qué vas a hacer?
–Seguir un tiempo. Embalsamar unos pocos pájaros que los muchachos del lugar traigan. Después poner en marcha la vieja cafetera y manejar por la nueva super–autorruta para ir a cualquier parte, a ninguna, y hasta la vista, Charlie Moore. –Buenas, Fred. Que duermas bien. –¡Cómo! ¿Y me perderé la llegada de Año Nuevo a mediados de julio...?
Charlie echó a andar, alejándose de la voz, y llegó a la barbería donde tres hombres, tendidos a todo lo largo, eran enérgicamente afeitados detrás del vidrio. El tránsito de la carretera se deslizaba sobre ellos en reflejos bri­llantes, y parecía que los hombres se estaban ahogando bajo una corriente de enormes luciérnagas. Charlie entró. Todos alzaron los ojos.
–¿Alguien tiene alguna idea?
–El progreso, Charlie –dijo Frank Mariano mientras peinaba y cortaba–, es una idea que no se para con ninguna otra idea. Arranquemos de cuajo este pueblo maldito, carguemos nuestras cosas, y vayamos junto al nuevo camino.
–Calculamos el costo el año pasado. Cuatro docenas de tiendas a tres mil dólares término medio para llevarlas trescientos metros al oeste.
–Y ahí se acabó el plan –murmuró alguien debajo de una toalla caliente, sepultado bajo un hecho ineludible.
–Un buen huracán haría el trabajo, transporte gratis.
Todos rieron en silencio.
–Habría que festejarlo esta noche –dijo el hombre de la toalla caliente. Se sentó, y era Hank Summers, el almacenero–. Nos zampamos unos tragos y nos pregun­tamos dónde diablos estaremos todos el año próximo en esta fecha.
–No peleamos bastante –dijo Charlie–. No los en­frentamos cuando empezó.
–Maldita sea – Frank vio un pelo que salía de una oreja de considerable tamaño, y le dio un tijeretazo–, el tiempo pasa, y no hay día sin algún contuso. Este mes, este año, nos toca a nosotros. La próxima vez que noso­tros querramos algo, algún otro resultará pisoteado, todo en nombre del Levántate y Anda. Oye, Charlie, organiza un comité de vigilancia. Mina el nuevo camino. Pero cuidado. Cuando cruces las pistas, para poner la bomba, mira bien, que no te aplaste un camión de estiércol destinado a Salinas.
Más carcajadas, que se desvanecieron rápidamente.
–Mira –dijo Hank Summers, y todos miraron. Le ha­blaba a la imagen sucia de moscas que aparecía en el antiguo espejo, como si tratara de trampear a un her­mano mellizo valiéndose de una lógica compartida–. Hace ya treinta años que vivimos aquí, ustedes, yo, todos nosotros. No nos van a matar si nos mudamos. Santo Dios, somos todo raíz. Terminaron los días de colegio. La escuela de los golpes duros nos está echando sin un "No es nada", sin un "Gracias". Yo estoy dispuesto, ¿y tú, Charlie?
–Yo, ahora –dijo Frank Mariano–. ¡El lunes a las seis de la mañana cargo mi peluquería en un camión y a la caza de clientes, a ciento veinte kilómetros por hora!
Hubo una carcajada que sonó como la última del día, de modo que Charlie se volvió con un soberbio y negli­gente impulso y salió a la calle.
Y las tiendas seguían atendiendo, las luces encendidas, las puertas abiertas de par en par, como si todos los propietarios se resistieran a irse a dormir mientras aquel río de allí afuera continuara fluyendo y hubiese mucho movimiento y brillo y ruido de gente y metal y luz en una ola a la que se habían acostumbrado tanto que era difícil creer que el fondo mismo del río conocería alguna vez una estación seca.
Charlie se demoró, vagando de tienda en tienda, to­mando un chocolate en la lechería, comprando en el drugstore algunos artículos de escritorio que no podría usar, debajo del suave y vibrante ventilador de madera que susurraba en el cielo raso. Holgazaneó como un cri­minal común, robando escenas. Se detuvo en callejones donde los sábados por la tarde buhoneros ambulantes o vendedores de trastos de cocina instalaban sus mundos de valijas para embaucar a los transeúntes. Por fin llegó al puesto de gasolina donde Pete Britz, metido en el fondo del pozo, arreglaba el silencioso y burdo envés de un Ford 1947, muerto sin una queja.
A las diez, como por secreto y mutuo acuerdo, todas las tiendas apagaron las luces, toda la gente se fue a sus casas, Charlie Moore entre ellos.
Charlie se topó con Hank Summers, cuya cara seguía rosada y brillante por la afeitada que no había necesitado. Caminaron lentamente durante un rato delante de las ca­sas; parecía que toda la población estaba sentada afuera fumando o tejiendo, meciéndose en los sillones o abani­cándose para protegerse de un calor imaginario.
Hank se rió de pronto de algún pensamiento íntimo. Pocos pasos después, decidió hacerlo público:
Sí, nos reuniremos en el Río,
en el Río, en el Río.
Sí, nos reuniremos en el Río
que fluye junto al Trono de Dios.
Hank canturreó y Charlie asintió con un gesto.
–Primera Iglesia Bautista, yo tenía dos años... –El Señor nos da y el Ministro de Vialidad nos qui­ta –dijo Hank, secamente–. Divertido. Nunca pensé hasta qué punto un pueblo es gente. Que hace cosas, eso. Allá, debajo de la toalla caliente, pensé: ¿qué es este lugar para mí? Una vez afeitado, tuve la respuesta. ¿Russ Newell haciendo sonar un carburador en el garaje El búho nocturno? Sí. Allie Mae Simpson... Hank calló, incómodo.
Allie Mae Simpson... Charlie continuó el relato en silencio... Allie Mae poniendo viradores húmedos en el pelo de las viejas, en la vitrina del Salón Vogue... Doc Knith amontonando frascos de píldoras en la sección de artículos farmacéuticos..., la quincallería instalada al sol caliente del mediodía, Clint Simpson en medio, pasando las manos por encima, ordenando el millón de reflejos y destellos de bronce, plata y oro, todos los clavos, bisagras, perillas, todas las sierras, martillos, y alambre de cobre serpenteante y pilas de chapas de aluminio como esas chucherías que brotan de los bolsillos de miles de niños durante miles de veranos... y además...
... además estaba su propia casa, obscura y cálida, de color castaño, confortable, almizclada como la madri­guera de un oso fumador... con los olores espesos de familias enteras de cigarros de tamaño extra, cigarrillos importados, perfumes que aguardaban el momento justo de estallar en el aire...
Sáquese todo eso, pensó Charlie, y no quedará nada, Los edificios, claro. Cualquiera puede levantar una es­tructura, pintar un signo indicando lo que podría pasar adentro. Pero era la gente lo que hacía marchar la cosa. Hank emergió de estos largos pensamientos. –Me doy cuenta ahora de que estoy triste. Me gusta­ría que todos volvieran a abrir las tiendas para ver, poder ver de qué son capaces. ¿Por qué no presté más atención, todos estos años? Caramba, ¿qué te ha pasado, Hank Summers? Hay otro Oak Lane río abajo o río arriba con la gente atareada como aquí. Dondequiera que aterrice, la próxima vez prestaré más atención, lo juro de veras. Adiós, Charlie.
–Qué adiós ni qué diablos.
–Está bien, buenas noches entonces.
Y Hank se fue y Charlie se encaminó a la casa donde Clara estaba esperándolo en la puerta de alambre con un vaso de agua helada.
–¿Te sientas un rato?
–¿Como todo el mundo? ¿Por qué no?
Se sentaron en la obscuridad de la galería en el columpio de madera y miraron la carretera que se llenaba y se vaciaba, se llenaba y se vaciaba con la llegada de los faros y la partida de las coléricas luces rojas, como car­bones de un inmenso brasero que se desparramaba en los campos.
Charlie bebió lentamente el agua y pensaba mientras bebía: En los viejos tiempos veíamos morir los caminos. Sí, en cama, de noche, sentíamos cómo se desvanecían poco a poco, sí, y quizá pescábamos un síntoma, un empujón o conmoción que le advertía a uno que el ca­mino se estaba hundiendo. Pero un camino tardaba años y años en desvanecerse como un fantasma polvoriento antes que otro empezara a vivir. Así eran las cosas, lentas llegaban, lentas desaparecían. Así habían sido siempre las cosas...
Pero ya no. Ahora, era cuestión de horas.
Se detuvo.
Se volvió hacia sí mismo y encontró algo nuevo.
–Ya no estoy loco.
–Muy bien –dijo su mujer.
Se mecieron un rato, dos mitades de una satisfacción parecida.
–Dios mío, he estado un tiempo perturbado.
–Me acuerdo – dijo ella.
–Pero ahora me imagino, bueno... –Charlie cambió la voz, como si hablara sobre todo para sí mismo–. Mi­llones de autos pasan cada año. Quieras que no, el camino ya no es bastante grande, estamos deteniendo el mundo, ese viejo camino y este viejo pueblo. El mundo dice que quiere moverse. De modo que ahora, en ese nuevo camino, no uno sino dos millones pasarán como balas, yendo donde tienen que ir para hacer las cosas que según ellos son importantes, no interesa si lo son o no, la gente piensa que sí y lo que importa es lo que piensa. Si lo hubiéramos visto venir, si lo hubiésemos pensado desde todos los puntos de vista, habríamos tomado una aplanadora de vapor, destruyendo el pueblo y diciendo: "¡Pasen por el medio!" en vez de hacerles trazar el condenado camino en ese campo de tréboles cercano. Así, el pueblo se muere bruscamente, estrangulado con un pedazo de cordel de carnicero en lugar de que lo arrojen desde lo alto de un acantilado. Así es. – Encendió la pipa y exhaló grandes nubes de humo y buscó allí pasados errores y revelaciones presentes.–Como somos humanos, creo que no podíamos hacer otra cosa...
Oyeron dar las once en el reloj del drugstore y las once y media en el de la Sociedad de Socorros Mutuos, y a las doce estaban en cama, en la obscuridad, cada uno con un cielo raso de pensamientos allá arriba.
–Terminaron los días de colegio.
–¿Qué?
–Frank, el peluquero, lo dijo, y tenía razón. Toda esta semana fue como los últimos días de clase, hace años. Recuerdo cómo me sentía, el miedo que tenía, cómo estaba a punto de llorar, y cómo me prometía a mí mismo vivir cada momento último hasta el instante justo en que me dieran el diploma, porque sólo Dios sabía lo que podía deparar el mañana. Desempleo. Depresión. Guerra. Y cuando llegó el día, y el mañana dio unas vueltas y vino al fin, y me encontré todavía vivo, por Dios, y todavía entero, y las cosas empezaban a marchar, como siempre, todo fue formidable. De modo que éste es otro último día de clase. Frank lo dijo, y no seré yo quien lo ponga en duda.
–Escucha –dijo su mujer mucho más tarde–. Es­cucha.
En la noche, el río pasaba a través de la ciudad, el río de metal quieto ahora, pero trayendo y llevando anti­guos olores de mareas y mares obscuros de aceite. El res­plandor de las aguas rielaba en el cielo raso sobre los lechos tumbales, junto con el brillo de las lanchas peque­ñas que se deslizaban corriente arriba y corriente abajo a medida que a Clara y a Charlie se les cerraban los pár­pados, lenta, lentamente, y los dos respiraban cada vez más regularmente, como el movimiento de esas mareas, hasta que al fin se durmieron.
A la primera luz del alba, un costado de la cama esta­ba vacío.
Clara se incorporó, casi asustada.
Charlie no salía nunca tan temprano.
Luego la asustó otra cosa. Escuchó sentada, sin saber muy bien por qué había sentido ese estremecimiento, pero antes de llegar a averiguar qué era, oyó unas pisadas.
Venían de muy lejos y pasó largo rato, antes que lle­garan al sendero, subieran los escalones y entraran en la casa. Luego, silencio. Oyó que Charlie se quedaba en la sala y entonces llamó:
–Charlie, ¿dónde has estado?
Charlie entró en la habitación a la débil luz del alba y se sentó en la cama al lado de la mujer, pensando en dónde había estado y lo que había hecho.
–Anduve un kilómetro por la costa y volví. Llegué hasta esas barreras donde empieza la carretera nueva. Pensé que era lo menos que podía hacer, participar en esa cosa maldita.
–¿El nuevo camino está abierto?
–Abierto y funcionando. ¿Lo hubieras dicho?
–Sí. –Clara se incorporó lentamente en la cama, in­clinando la cabeza, cerrando los ojos un momento, escu­chando–. ¿Así que era eso? Lo que me molestaba. El viejo camino. Está realmente muerto.
Escucharon el silencio fuera de la casa. El viejo camino se vaciaba, se secaba, se ahuecaba como el fondo de un río en una extraña temporada de verano que no se deten­dría nunca, que seguiría siempre. La corriente se había desplazado y cambiado de curso, moviendo los bancos, y el sitio del lecho, durante la noche. Ahora todo lo que se podía oír eran los árboles en el viento que soplaba fuera de la casa y los pájaros que empezaban a cantar los coros del alba justo poco antes que el sol apareciera sobre las colinas.
–Quédate bien quieta.
Escucharon de nuevo.
Y allá lejos, a unos doscientos cincuenta o trescientos metros del otro lado del prado, más cerca del mar, escu­charon el viejo sonido, familiar pero más débil, el río que seguía ahora un nuevo curso, corría y fluía –y no se detendría nunca–a través de extensiones de tierra, hacia el norte y luego hacia el sur en la luz mitigada. Y más allá, el sonido del agua verdadera, el mar que casi hu­biera podido atraer las aguas del río, y hacerlo correr a lo largo de la orilla...
Charlie Moore y su mujer estuvieron sentados un rato, oyendo el débil sonido del río a través de los campos, un sonido que seguía y seguía.
–Fred Ferguson estuvo allí antes del alba –dijo Char­lie con una voz que ya describía el pasado–. Multitudes. Altos funcionarios y demás. Todos arrimaron el hombro. Fred, bueno, se adelantó y abrió un extremo. Yo tomé el otro. Sacamos juntos la barrera. Luego retrocedimos... y dejamos pasar los autos.
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