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ray bradbury

viento de gettysburg (es)

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Aquella noche a las ocho y media oyó desde el vestíbulo el fuerte estampido que venía del teatro.
Un petardo, pensó. Uno. Un disparo.
Momentos después oyó el ascenso y la caída de las voces como un océano sorprendido a la vista de la tierra, que lo detiene en seco. Una puerta se golpeó. Unos pies corrieron.
Por la puerta de la oficina irrumpió un acomodador que echó una veloz mirada en torno, como si estuviera ciego, la cara pálida, la boca ensayando palabras que no salían.
–Lincoln... Lincoln...
Bayes miró desde el escritorio.
–¿Qué pasa con Lincoln?
–Lo... lo han baleado.
–Como chiste está bien. Vamos...
–Baleado, ¿no entiende?, baleado. Baleado de verdad. ¡Baleado por segunda vez!
El acomodador salió tambaleándose, apoyándose en la pared.
Bayes se puso de pie.
–Ah, Cristo...
Salió corriendo y dejó atrás al acomodador, que sin­tiéndolo pasar echó también a correr.
–No, no –dijo Bayes–. No ha ocurrido. No. No es posible. No, no pudo...
–Baleado –dijo el acomodador.
Cuando daban la vuelta por el corredor, las puertas del teatro se abrieron de par en par y una multitud con­vertida en tumulto gritaba, chillaba, aullaba o simple­mente aturdida decía: –¿Dónde está? –¡Ahí! –¿Es él? –¿Dónde? –¿Quién fue? –¿Fue él? ¿El? –¡Sujé­tenlo! –¡Vigilen! –¡Párenlo!
Dos guardias de seguridad entraron tropezando, em­pujados, atropellados, tironeados de aquí para allá, y entre los dos un hombre que luchaba por librarse de los cuerpos, de las manos que lo inmovilizaban, y ahora de los puños que se alzaban y caían. La gente lo tironeaba, lo punzaba, le pegaba, lo golpeaba con paquetes o frágiles sombrillas que se astillaban como cometas de papel en una tormenta. Las mujeres giraban en círculos ciegos, bus­cando amigos perdidos, lloriqueando. Los hombres grita­ban empujándose para llegar al centro de los empujones y los tironeos y los guardias rechazados hacia atrás junto al hombre asaltado que ahora se cubría la cara cortada con los dedos extendidos.
– Ah, Dios, Dios –Bayes se quedó helado, empezó a creer. Contempló la escena. Después saltó hacia ade­lante–. ¡Por aquí! ¡Por atrás! ¡Despejen! ¡Aquí! ¡Aquí!
Y de algún modo había ahora una brecha en la mul­titud, una puerta se abrió crujiendo para dejar pasar la carne, y luego se cerró de golpe.
Afuera el tropel martilleaba, amenazando con maldi­ciones y calamidades nunca oídas antes. Toda la estruc­tura del teatro se estremeció con esos enmudecidos la­mentos, gritos y perspectivas de condenación.
Bayes contempló un largo rato la falleba de la puerta que se sacudía y giraba, la cerradura rechinante; luego, por encima de los guardias, miró al hombre hundido entre ellos.
De pronto, dio un salto atrás, como si una verdad aún más reciente hubiera estallado allí en el pasillo.
Obscuramente sintió que el zapato izquierdo golpeaba algo que se retorcía escurriéndose como una rata que se persigue la cola a lo largo de la alfombra, debajo de los asientos. Se agachó para dejar que la mano buscara a ciegas, a tientas, y encontrara la pistola todavía tibia, y, después de mirarla, incrédulo, se la metió en el bolsillo de la chaqueta mientras retrocedía por el pasillo. Pasó medio minuto antes que se obligara a volverse y a en­frentar el inevitable escenario y a aquella figura en el centro.
Abraham Lincoln estaba sentado en la silla tallada de alto respaldo, la cabeza inclinada hacia adelante en un ángulo insólito. Los ojos desorbitados miraban la nada. Las grandes manos le descansaban apenas en los brazos del sillón, como si fuera a moverse en cualquier momento, levantándose y dando por terminada esta triste situación.
Empujado como por una onda de agua fría, Bayes subió los escalones.
–¡Las luces, maldición! ¡Más luz!
En alguna parte un técnico invisible recordó para qué servían los conmutadores. Una especie de alba alumbró el obscuro lugar.
Bayes, en la plataforma, dio una vuelta alrededor del hombre del sillón y se detuvo.
Sí. Allí estaba. Un agujero neto de bala en la base del cráneo, detrás de la oreja izquierda.
–Sic semper tyrannis –murmuró una voz en alguna parte.
Bayes levantó la cabeza bruscamente.
El asesino, sentado ahora en la última fila del teatro, cabizbajo, pero sintiendo la preocupación de Bayes acerca de Lincoln, le habló al suelo, y se habló a sí mismo:
–Sic...
Calló. Porque algo se sacudía violentamente allá arri­ba. Uno de los puños del guardia de seguridad subió, como si su dueño no pudiera impedírselo. El puño, apre­miante, bajaba para acallar al asesino cuando...
–¡Deténgase! –dijo Bayes.
El puño se detuvo a mitad de camino, luego se retiró, colérico, buscando la protección del guardia.
Nada, pensó Bayes, no creo nada de esto. Ni ese hom­bre, ni los guardias ni... Se volvió de nuevo para ver el agujero de bala en el cráneo del jefe asesinado.
Del agujero goteaba aceite de máquina.
De la boca de Lincoln, una lenta exudación análoga bajaba por el mentón y las patillas para caer gota a gota en la camisa y la corbata.
Bayes se arrodilló y apoyó el oído en el pecho de la figura.
En el interior gemían y zumbaban débilmente rue­das, engranajes y circuitos todavía intactos pero que funcionaban mal.
Por alguna razón este sonido sobresaltó a Bayes, que se enderezó, alarmado.
–¡Phipps...!
Los guardias pestañearon sin entender.
Bayes hizo chasquear los dedos.
–¿Phipps viene esta noche? ¡Oh, Dios, no tiene que ver esto! ¡Hagan que se vaya! ¡Díganle que ha habido un accidente, sí, un accidente en la instalación mecánica de Glendale! ¡Muévanse!
Uno de los guardias salió corriendo por la puerta.
Y viéndolo correr, Bayes pensó: por favor, Dios, haz que Phipps se quede en casa, haz que se mantenga aparte...
En momentos como ése lo más extraño no era la propia vida sino las vidas de los otros que pasaban como re­lámpagos.
Recordó aquel día, hacía cinco años, en que Phipps arrojó por primera vez los bocetos, las pinturas y acua­relas sobre una mesa y anunció el Gran Plan. Y cómo todos observaron los planes, luego lo miraron a Phipps y dijeron con voz entrecortada:
–¿Lincoln?
¡Sí! Phipps se había reído como un padre que acaba de llegar de la iglesia donde un extraño ángel de la Anunciación, en visión dulce y elevada, le ha prometido un hijo especialísimo.
Lincoln. Esa era la idea. Lincoln nacido de nuevo.
¿Y Phipps? Engendraría y a la vez criaría a ese niño robot gigante, fabuloso y siempre listo.
¿No sería bueno... que pudieran quedarse en las pra­deras de Gettysburg, a escuchar, aprender, ver, asentar como navajas el filo de las almas, y vivir?
Bayes dio una vuelta alrededor de la figura hundida en la silla, y enumeró los días y recordó los años.
Phipps, una noche con un cóctel en la mano, como una lente que muestra a la vez la luz del pasado y la iluminación del futuro:
–Siempre he querido hacer una película sobre Gettys­burg y la vasta multitud reunida allí y a lo lejos en el borde de aquella espesa, perdida, impaciente multitud adormilada por el sol, un granjero y su hijo tratando de oír, sin oír, tratando de pescar las palabras, que el viento se lleva, salidas del alto orador allí en la tribuna distante, aquel hombre delgado con el sombrero de copa, que ahora se quita, mirando el interior como si descifrara su propia letra garabateada, y empieza a hablar.
"Y este granjero, queriendo sacar a su hijo del apeñuscamiento, lo alza en vilo y lo sienta sobre los hombros. Allí el niño, de nueve años, frágil carga, se vuelve oídos, pues en realidad el hombre no puede ver ni oír sino sólo conjeturar lo que el presidente está diciendo allá, a través de un mar de gente, en Gettysburg, y la voz del Presidente es alta y ahora llega clara, ahora se va, apresada y dispersa por brisas y vientos contrarios. Y ha habido demasiados oradores antes que él y la multitud, es toda lana arrugada y sudor, ciegos apretujones de ganado y codazos; y el granjero le pregunta al hijo sentado ahí arriba en un susurro anhelante: ¿Qué? ¿Qué está dicien­do? Y el chico, ladeando la cabeza, inclinando la oreja aterciopelada del lado del viento, responde:
"–Hace cuatro veces veinte y siete años...
"–¿Sí?
"–... nuestros padres trajeron...
"–¡Sí, sí!
"–... a este continente...
"–¿Eh?
"–¡Continente! Una nueva nación, concebida en li­bertad y guiada por la idea de que todos los hombres son...
"Y continúa así, el viento que sopla contra las pala­bras frágiles, el hombre lejano que habla, el granjero nunca cansado de esa carga, y el hijo obediente reco­giendo, apresando y diciéndolo todo en un susurro orgu­lloso, y el padre que escucha los trozos sueltos y pierde algunas partes y pedazos enteros, pero al final...
"–... del pueblo, por el pueblo, para el pueblo, no desaparecerá de la faz de la tierra.
"El chico deja de murmurar.
"Ya está.
"Y la multitud se dispersa en las cuatro direcciones.
"Y Gettysburg es historia.
"Y durante largo rato el padre no se decide a dejar descender a ese traductor del viento depositándolo en tierra, pero el muchacho, cambiado, baja al fin...
Bayes estaba sentado mirando a Phipps.
Phipps bebía lentamente, arrepentido de pronto de su propia locuacidad, y luego respondió:
–Nunca haré la película. ¡Pero sí esto!
Y aquél fue el momento en que sacó y desdobló los bocetos de la Phipps Eveready Salem, Illinois, y de la Springfield Ghost Machine, el Lincoln mecánico, el sueño lubricado, plástico, electrificado, acolchado, animado y parlante.
Phipps y Lincoln nacido de cuerpo entero. Lincoln. Convocado a la vida desde la tumba de la tecnología, en­gendrado por un romántico, sacado a la luz por nece­sidad, reanimado con pequeñas descargas, con la voz prestada de un actor desconocido, a fin de vivir para siempre en ese rincón lejano del sudoeste, en la vieja y nueva América. Phipps y Lincoln.
Y aquel fue el día, sí, de los primeros estallidos sal­vajes de risa que Phipps ignoraba diciendo sencillamente:
–Tenemos, ah, tenemos que estar todos allí donde baja el viento de Gettysburg. Es el único lugar donde se oye.
Y compartió el orgullo con ellos. A este hombre le confió la estructura, a aquél el espléndido cráneo, otro tendría que atrapar la palabra sonora como de sesión de espiritismo mientras otros cultivarían la preciosa piel, el pelo y las huellas dactilares. ¡Sí, hasta había que conse­guir el mismísimo tacto de Lincoln!
La irrisión era, pues, el estilo de vida de esos hombres.
Abe Lincoln, nunca hablaría realmente, todos lo sa­bían, ni se movería. En resumidas cuentas, los impuestos quedarían como pérdida.
Pero a medida que los meses se alargaban en años, los gritos y la hilaridad se convirtieron en sonrisas de acep­tación y sonrisas que mostraban constantemente los dien­tes.
Eran una banda de muchachos, miembros de una fur­tiva pero irritablemente alegre sociedad mortuoria que se reunía a medianoche en bóvedas de mármol y se dis­persaba al alba en los cementerios.
La Brigada de la Resurrección de Lincoln fermentó y prosperó. En lugar de un loco de remate, una docena de maniáticos empezaron a saquear viejos ficheros momi­ficados y polvorientos, mendigando y robando mascari­llas mortuorias, enterrando y desenterrando nuevos huesos de plástico.
Algunos recorrieron los campos de batalla de la Guerra Civil, esperando que la historia, llevada por algún viento matinal, les sacudiera los capotes como banderas. Algunos rondaron por los campos de Salem en octubre, tiesos y tostados en la despedida del verano, husmeando el aire, prestando oídos, alertas a la voz no registrada de algún enteco abogado, anhelando oír ecos, invocando ayuda.
Y nadie más ansioso ni más preocupado por el propio orgullo paterno que el mismo Phipps, hasta el mes en que las piezas del robot fueron dispuestas sobre unas mesas, y armadas y articuladas, y se cerró la caja de la voz, y se levantaron los párpados de goma para meter allí los pro­fundos ojos tristes que, mirando, habían visto demasia­do. Se pusieron luego las generosas orejas que sólo po­dían oír el tiempo perdido. Las grandes manos nudosas quedaron suspendidas como péndulos, para que conje­turaran ese tiempo. Y después, sobre la desnudez del hombre alto, pusieron la ropa, abotonaron los botones, ataron la corbata, todos alrededor como sastres. No, dis­cípulos, ahora en una brillante y gloriosa mañana orien­tal, en las colinas de Jerusalén dispuestos a apartar la piedra.
Y a la última hora del último día Phipps los dejó afuera encerrándose con llave mientras daba los toques finales a la carne y al espíritu yacentes, y al fin abrió la puerta y no literalmente, no, sino en algún sentido metafórico, les pidió que lo alzaran sobre los hombros por última vez.
Y vio en silencio cómo Phipps llamaba a través del viejo campo de batalla y más allá, diciendo que la tumba no era el lugar apropiado: levántate.
Y Lincoln, hundido en el frío y marmóreo torreón de Springfield, se volvió en sueños y soñó que despertaba.
Y se levantó.
Y habló.
Sonó un teléfono.
Bayes se sobresaltó.
Los recuerdos desaparecieron.
El teléfono del teatro zumbaba en una pared alejada del escenario.
Oh, Dios, pensó, y corrió a descolgar el teléfono.
–¿Bayes? Habla Phipps. ¡Buck acaba de llamar y me dijo que fuera para allá! Dijo algo sobre Lincoln...
–No –dijo Bayes–. Ya lo conoces a Buck. Debe de haber llamado del bar más cercano. Estoy aquí en el teatro. Todo anda bien. Uno de los generadores se detu­vo. Acabamos justamente de arreglarlo...
–¿Entonces Lincoln está bien?
–Magnífico.
Bayes no podía sacar los ojos del cuerpo hundido. Oh Cristo. Oh Dios. Absurdo.
–Voy... voy para allá.
–¡No, no vengas!
–Diablos, ¿por qué gritas?
Bayes se mordió la lengua, respiró hondo, cerró los ojos para no ver lo que había en la silla y dijo lentamente:
–No estoy gritando, Phipps. Bueno. Las luces acaban de encenderse. No puedo tener a la gente esperando. Te juro...
–Estás mintiendo.
–¡Phipps!
Pero Phipps había colgado.
Diez minutos, pensó Bayes desesperado, oh Dios, es­tará aquí dentro de diez minutos. Diez minutos antes que el hombre que sacó a Lincoln de la tumba se en­cuentre con el hombre que lo ha devuelto a la tumba...
Se movió. Tuvo la idea insensata de volver a bam­balinas, poner en marcha las cintas, ver qué parte de la criatura caída reaccionaba, qué miembros se agitaban, qué parte permanecía dormida... Más locura. Habría tiempo para eso mañana.
Ahora sólo había tiempo para el misterio.
Y el misterio era el hombre sentado en la tercera butaca de la última fila.
El asesino... porque era un asesino, ¿no lo era acaso? El asesino, ¿qué aire tenía?
Le había visto la cara unos momentos antes, ¿no? ¿Y no era una cara salida de un viejo, familiar, desvaído y arrumbado daguerrotipo? ¿Bigote poblado, ojos obscuros y arrogantes?
Lentamente Bayes bajó del escenario. Lentamente avanzó por el pasillo y se detuvo, mirando a aquel hom­bre que apoyaba la cabeza en unos dedos como garras.
Bayes inhaló y luego exhaló lentamente una pregunta en tres palabras:
–¿El señor... Booth?
El hombre extraño y distraído se puso rígido, luego se estremeció y dejó salir un susurro terrible:
–Sí...
Bayes esperó, y al fin se atrevió a preguntar:
–¿El señor... John Wilkes Booth?
Al oír esto el asesino rió entre dientes. La sonrisa se apagó en una especie de graznido seco.
–Norman Llewellyn Booth. Sólo el último apellido es... igual.
Gracias a Dios, pensó Bayes.
Bayes fue y volvió por el pasillo, se detuvo, y clavó los ojos en el reloj pulsera. No había tiempo. Phipps estaba ya en la autopista. En cualquier momento golpearía a la puerta. Bayes, rígido, habló a la pared del teatro que tenía enfrente.
–¿Por qué?
– ¡No sé! –gritó Booth.
–¡Mentira! –gritó Bayes, con el mismo aliento y en el mismo instante.
–Una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar.
Bayes dio una rápida media vuelta.
–¿Qué?
–... nada.
–¡Atrévase a decirlo de nuevo!
–Porque –dijo Booth, la cabeza gacha, medio escon­dida, ya iluminada, ya obscura, sacudido por emociones que entraban y salían, y que Booth sentía sólo cuando venían, se iban, se alzaban, se desvanecían en ladridos de risas y luego silencio–. Porque... es la verdad –des­pavorido, susurró, frotándose las mejillas–. Lo hice. En realidad lo hice.
–¡Canalla!
Bayes tenía que seguir caminando, dando vueltas, ba­jando por los pasillos, circulando, temeroso de detenerse, temeroso de correr y golpear y golpear a ese genio estú­pido, a ese brillante asesino...
Booth lo vio y dijo:
–¿Qué está esperando? Terminemos.
–¡No, seré...! – Bayes se contuvo y el aullido des­cendió hasta convertirse en una calma monótona–. No seré juzgado como asesino por haber matado a un hom­bre que mató a otro hombre que no era en realidad un hombre sino una máquina. Ya es bastante haber baleado una cosa que parece viva. No quiero que un juez o un jurado traten de imaginar una ley para un hombre que mata porque han disparado contra una computadora humanoide. No repetiré la estupidez de usted.
–Lástima – gimió el hombre llamado Booth, y al de­cirlo, la luz se le fue de la cara.
–Hable – dijo Bayes, mirando a través de la pared, imaginando los caminos nocturnos, Phipps en el coche y el tiempo corriendo–. Tiene cinco minutos, quizá más, quizá menos. ¿Por qué lo hizo, por qué? Empiece por algo. Empiece por el hecho de que es usted un cobarde.
Esperó. El guardia de seguridad esperaba detrás de Booth, moviendo incómodo los pies y haciendo crujir los zapatos.
–Cobarde, sí –dijo Booth–. ¿Cómo lo supo?
–Lo sé.
–Cobarde –dijo Booth–. Eso soy. Siempre asustado. Usted lo dijo. Cosas. Personas. Lugares. Asustado. Perso­nas a las que quería pegarles, y nunca les pegué. Cosas que deseé siempre y que nunca tuve. Lugares donde quise ir, y donde nunca fui. Siempre quise ser grande, famoso, ¿por qué no? Tampoco funcionó. De modo que, pensé, si no puedes encontrar algo que te dé alegría, busca algo que te dé tristeza. Hay muchos modos de dis­frutar de la tristeza. ¿Por qué? ¿Quién sabe? Sólo tenía que hacer una cosa horrible y después llorar por lo que había hecho. De ese modo uno siente que ha conseguido algo de veras. De modo que me lancé a hacer algo malo. –Lo ha conseguido.
Booth se contempló las manos que le colgaban entre las rodillas como si sostuvieran un arma sencilla y vieja, y recordada de pronto.
– ¿Alguna vez mató una tortuga? –¿Qué?
–Cuando yo tenía diez años descubrí la muerte. Des­cubrí que la tortuga, esa cosa pesada y muda como una piedra, seguiría viviendo mucho después de que yo hu­biera muerto. Pensé que si yo tenía que desaparecer, la tortuga desaparecería primero. Entonces tomé un ladrillo y le golpeé el lomo hasta que le rompí el caparazón y la tortuga murió...
Bayes aminoró el paso y dijo:
–Por la misma razón, una vez dejé vivir a una ma­riposa.
–No –dijo Booth rápidamente, y luego añadió–, no, no por la misma razón. Una vez una mariposa se me posó en la mano. La mariposa abría y cerraba las alas, sin moverse de allí. Yo sabía que podía aplastarla. Pero no lo hice, porque sabía que diez minutos o una hora más tarde se la comería un pájaro. De modo que dejé que se fuera. ¿Pero, y las tortugas? Andan por los patios y viven siempre. Así que fui, conseguí un ladrillo y lo lamenté durante meses. Quizá todavía lo lamento. Mire...
Le temblaban las manos extendidas.
–¿Y qué tiene que ver todo esto con que esté usted aquí esta noche? –dijo Bayes.
–¿Cómo? ¡Qué! –exclamó Booth mirándolo, como si Bayes estuviera loco–. ¿No ha escuchado? Dios bendito, tengo celos. Celos de todo lo que funciona bien, de todo lo que es perfecto, de todo lo que es hermoso en sí mis­mo, ¡de todo lo que dura y no me importa lo que sea! ¡Celos!
–No se tienen celos de las máquinas.
–¿Por qué no, demonios? –Booth se aferró al bor­de del asiento que tenía delante y se inclinó lentamente contemplando la figura hundida en el sillón de respaldo alto, en el centro de la escena–. ¿No son las máquinas más perfectas, el noventa y nueve por ciento de las veces, que la mayoría de la gente que usted conoce? ¿No hacen bien las cosas? ¿Cuántas personas puede nombrar usted que no se equivoquen un tercio, una mitad? Esa maldita cosa, esa máquina, no sólo tiene un aspecto perfecto, sino que habla y actúa de un modo perfecto. Más aún, si usted la mantiene aceitada y le da cuerda y la ajusta, mirará, hablará, actuará correctamente, magníficamen­te, cien, doscientos años después que me hayan enterrado. ¡Celos! ¡Vaya que los tengo!
–Una máquina no sabe qué es.
–¡Pero yo sí sé, yo siento! – dijo Booth–. Yo estoy fuera mirándola. Siempre estoy fuera de estas cosas. Nun­ca he estado dentro. La máquina sí. Yo no. La constru­yeron para que hiciera una o dos cosas a la perfección. Por mucho que yo haya aprendido o sabido o intentado el resto de mi vida, por mucho que haya hecho, nunca podría ser algo tan perfecto, tan hermoso, tan perturba­dor, tan digno de destrucción como eso que está ahí, ese hombre, esa cosa, esa criatura, ese presidente...
Estaba ahora de pie, gritando al escenario a veinte metros de distancia.
Lincoln no decía nada. El aceite de máquina se juntaba en el suelo, brillando debajo de la silla.
–Ese presidente... –murmuró Booth, como si hu­biera llegado por fin a la verdad última–. Ese presidente. Sí. Lincoln. ¿No lo ve? Murió hace mucho tiempo. No puede estar vivo. Sencillamente no puede. No es justo. Hace cien años y sin embargo está ahí. Fue baleado una vez, enterrado una vez, y sin embargo ahí está dale que da. Mañana y pasado mañana y todos los días siguientes. Entonces, como se llamaba Lincoln y yo Booth... bas­taba que yo viniera...
La voz se le apagó. Tenía los ojos vidriosos.
–Siéntese –dijo Bayes, calmosamente.
Booth se sentó y Bayes le hizo una seña al guardia de seguridad.
–Espere afuera, por favor.
Cuando el guardia se fue, y se quedó solo con Booth, y esa cosa quieta que esperaba allá en la silla, Bayes se volvió lentamente y miró al asesino, y dijo pesando cui­dadosamente las palabras:
–Está bien, pero no es bastante.
–¿Qué?
– Usted no me ha dado todas las razones por las que vino aquí esta noche.
–¡Se las he dado!
–Usted cree que sí. Se engaña. Como todos los román­ticos. De una o de otra manera. Phipps cuando inventó esta máquina. Usted cuando la destruyó esta noche. Pero todo termina en esto... muy simple y muy sencillo: a usted le gustaría mucho aparecer en los diarios, ¿no es cierto?
Booth no contestó, pero enderezó los hombros, imper­ceptiblemente.
–¿Le gustaría verse en las tapas de las revistas, de una punta a otra del país?
–No.
–¿Aparecer todo el tiempo en la TV?
–No.
–¿Que lo entrevisten en la radio?
–¡No!
–Le gustaría que hubiera procesos y abogados y que discutieran si un nombre puede ser acusado de asesinato por procuración...
–¡No!
–... es decir, por atacar, por disparar contra una má­quina humanoide...
–¡No!
Booth respiraba ahora aceleradamente; los ojos acosa­dos se le movían en la cara. Bayes siguió diciendo:
– ¡Una maravilla que haya doscientos millones de personas hablando de usted mañana por la mañana, la semana próxima, el mes próximo, el año próximo!
Silencio.
En la comisura de la boca de Booth apareció una sonrisa con una mínima gota de saliva. Booth alzó una mano secándose la boca.
–Formidable venderle a la prensa internacional y por una bonita suma la verídica historia del señor Booth, ¿eh?
Booth sintió que el sudor le bajaba por la cara y le mojaba las palmas de las manos.
–¿Quiere que le dé la respuesta a todas, todas estas preguntas? ¿Eh? ¿Eh? –dijo Bayes–. Bueno, la res­puesta es...
Alguien golpeó vivamente en una puerta alejada.
Bayes dio un salto. Booth se volvió a mirar.
El golpe llegó, más fuerte.
–¡Bayes, déjame entrar, soy Phipps! –gritó una voz afuera, en la noche.
Martilleos, golpes, luego silencio. En el silencio Booth y Bayes se miraron como conspiradores.
–¡Déjame entrar, por Cristo, déjame entrar!
Más golpes, luego una pausa y de nuevo el asalto insistente, un tambor, un tan tan enloquecido; luego el silencio de nuevo, el hombre afuera jadeando, dando vueltas quizá y buscando otra puerta.
–¿Dónde estaba? –dijo Bayes–. No. Sí. ¿La respues­ta a todas las preguntas? ¿Hablará todo el mundo de usted por la TV, la radio, en el cine, los diarios, las revistas...?
Una pausa.
–No.
La boca le tembló a Booth, pero el hombre no dijo nada.
–No –deletreó Bayes–N.O.
Se inclinó, encontró la cartera de Booth, sacó a tirones todos los documentos de identidad, se los metió en el bolsillo y le tendió de vuelta al asesino la cartera vacía.
–¿No? –dijo Booth pasmado.
–No, señor Booth. Nada de fotos. Nada de TV de una punta a otra del país. Nada de revistas. Nada de co­lumnas. Nada de artículos. Nada de publicidad. Nada de fama. Nada de diversión. Nada de autocompasión. Nada de resignación. Nada de inmortalidad. Nada de tonterías acerca de la deshumanización del hombre por obra de las máquinas. Nada de martirio. Nada de treguas para la pro­pia mediocridad. Nada de espléndido sufrimiento. Nada de lágrimas sensibleras. Nada de renunciamiento a posi­bles futuros. Nada de procesos. Nada de abogados. Nada de analistas animándolo a usted este mes, este año, den­tro de treinta, de sesenta, de noventa años, nada de his­torias a doble página, nada de dinero, nada.
Booth se puso de pie como si una cuerda lo hubiera levantado en toda su estatura, alargándolo y quitándole el color.
–No comprendo. Yo...
–¿Usted se metió en todo este lío? Sí. Y yo le estropeo el juego. Porque al fin de cuentas, señor Booth, enume­radas todas las razones, sumado todo, usted se ha venido abajo sin haber estado arriba. Y así se va a quedar, arruinado, mezquino, insignificante y perverso. Es usted un pobre diablo y tengo la intención de aplastarlo, expri­mirlo, estrujarlo y apalearlo para que sea más pobre diablo todavía, en vez de agrandarlo y de ayudarlo a alcanzar una gloriosa estatura.
–¡No puede hacerlo! – gritó Booth.
–Ah, señor Booth –dijo Bayes al instante, casi feliz–. Claro que puedo. Puedo hacer cualquier cosa, y no de­nunciarlo. Más aún, señor Booth, esto no ha sucedido nunca.
El martilleo llegó de nuevo, esta vez en una puerta cerrada con llave en lo alto del escenario.
–¡Bayes, por el amor de Dios, déjame entrar! ¡Soy Phipps! ¡Bayes! ¡Bayes!
Booth contemplaba la puerta estremecida, sacudida, aporreada, y Bayes dijo con mucha calma y una soltura maravillosa:
–Un momento.
Sabía que en pocos minutos esa serenidad desaparecería, que algo iba a romperse; pero por ahora estaba ha­ciendo eso, espléndidamente en calma, y tenía que jugar hasta el fin. Le hablaba firmemente al asesino y veía cómo se encogía, le hablaba un poco más y veía cómo iba con­sumiéndose.
–Nunca ocurrió, señor Booth. Cuente la historia, noso­tros la negaremos. Usted nunca estuvo aquí, no hubo arma, ni tiro, ni crimen, ni violencia, ni pánico, ni tu­multo. Y ahora, míreme la cara. ¿Por qué retrocede? ¿Por qué se sienta? ¿Por qué tiembla? ¿Se siente decep­cionado? ¿Le he echado a perder la diversión? Muy bien. –Extendió la mano señalando el pasillo: –Y aho­ra, señor Booth, váyase.
–Usted no puede...
–Lamento lo que ha dicho, señor Booth.
Bayes avanzó un paso con suavidad, se agachó, tomó al hombre por la corbata y lentamente lo obligó a ponerse de pie hasta echarle el aliento en la cara.
–Si alguna vez le cuenta a su mujer, a un amigo, a un empleado, a un niño, un hombre, una joven, un extranjero, un tío, una tía, un primo, si alguna vez se cuenta a usted mismo en voz alta, cuando va a dormir, una noche, algo de todo esto, ¿sabe qué le haré, señor Booth? Si oigo un rumor, una palabra, un murmullo, iré a buscarlo, lo seguiré doce, cien, doscientos días, y usted nunca sabrá qué día, qué noche, qué mediodía, dónde, cuándo o cómo, pero de pronto estaré allí cuando usted menos se lo espere, y entonces ¿sabe qué le voy a hacer, señor Booth? No se lo voy a decir, señor Booth, no puedo decírselo. Pero será espantoso, terrible, y usted deseará no haber nacido nunca, tan espantoso y terrible será.
Bayes notó un temblor en la cara pálida de Booth. Booth tenía los ojos desorbitados, la boca abierta, y se le bamboleaba la cabeza, como alguien que camina bajo una lluvia abrumadora.
–¿Qué le he dicho, señor Booth? ¡Repita!
–¿Me matará?
– ¡Dígalo de nuevo!
Sacudió a Booth hasta que las palabras salieron al fin entre los dientes rechinantes:
–¡Me matará!
Bayes apretaba al hombre, sacudiéndolo con firmeza, sin soltarlo, sosteniéndolo y masajeando la camisa y la carne debajo de la camisa, haciendo correr el pánico debajo de la tela.
–Adiós, don Nadie, y no habrá cuentos en las revistas, ni festejos, ni TV, ni fama; una tumba sin nombre, y nin­guna mención en los libros de historia, no; fuera de aquí, fuera, corra, corra antes que lo mate.
Le dio un empujón. Booth corrió, cayó, se levantó y se abalanzó a una puerta que en ese momento, desde afuera, era sacudida, aporreada, rajada.
Allí estaba Phipps, llamando en la obscuridad.
–La otra puerta – dijo Bayes.
La señaló y Booth giró para correr a tropezones en otra dirección, y tambaleándose, tendió una mano hacia la puerta...
–Espere –dijo Bayes.
Atravesó el teatro y cuando llegó a Booth alzó la mano abierta y lo golpeó una vez, con fuerza, una bofetada que le cruzó la cara. El sudor saltó por el aire como una lluvia.
–Tenía que hacerlo –dijo Bayes–. Sólo una vez.
Se miró la mano, y luego se volvió a abrir la puerta.
Los dos miraron el mundo de la noche y las estrellas frías, y no había nadie.
Booth retrocedió, y aquellos ojos grandes, líquidos y obscuros, eran como los ojos de un niño eternamente he­rido y sorprendido, con la mirada del ciervo que se ha disparado a sí mismo y seguirá lastimándose, disparándose a sí mismo para siempre.
–Váyase –dijo Bayes.
Booth escapó. La puerta se cerró de golpe. Bayes cayó contra la puerta, respirando entrecortadamente.
En otra puerta cerrada, lejana, el martilleo, los golpes, los gritos empezaron de nuevo. Bayes contemplaba la puerta estremecida pero remota. Phipps. Phipps tendría que esperar. Ahora...
El teatro era tan grande y estaba tan vacío como Gettysburg al final del día; las gentes habían vuelto a sus casas, el sol se había ocultado. La multitud había estado y ya no estaba, el padre había alzado al niño a hombros y el niño había hablado repitiendo las palabras, y ahora también las palabras habían desaparecido...
En el escenario, después de un largo momento, Bayes extendió la mano.
Los dedos de Bayes rozaron el hombro de Lincoln.
Tonto, pensó, de pie allí en la obscuridad. No. Ahora, no. Cálmate. ¿Por qué lo haces? Basta de boberías. Cál­mate. Cálmate.
Encontró lo que había ido a buscar. Hizo lo que nece­sitaba hacer.
Porque las lágrimas le corrían por la cara.
Lloró. Los sollozos se le estrangulaban en la garganta. No podía detenerlos. No pararían.
El señor Lincoln estaba muerto. ¡El señor Lincoln estaba muerto!
Y él había, dejado escapar al asesino.
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