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richard matheson

el baile de los muertos (es)

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¡Quiero VOLAR!
¡Con mi adorado Rota-Mota
a mi LADO!
Mientras zumbamos por la autopista
¡Nos ABRAZAREMOS y
ACHUCHAREMOS
y armaremos un
poquito de JALEO!
JALEO. M. Juego amoroso promiscuo; acepción desarrollada durante la Tercera Guerra Mundial.
Los faros dobles extendían luces de mantequilla sobre la carretera. El descapotable Rotor-Motors, Modelo C, de 1997, corría detrás de ellos. La luz centelleaba lejos, brillando amarilla. El coche la perseguía con un gruñido de doce cilindros. La noche se emborronaba detrás, negra y callada. El coche siguió acelerando. SAN LUIS 10.
—¡Quiero VOLAR! —cantaron—, ¡con el Rota-Mota de mis AMORES! —cantaron—. Es la única forma de vivir…
El cuarteto cantante;
Len, 23.
Bud, 24.
Barbara, 20.
Peggy, 18.
Len con Barbara, Bud con Peggy.
Bud al volante, derrapando en las curvas, rugiendo en las cuestas de hombros negros, disparando el coche a través de llanuras silenciosas. Con toda la fuerza de tres pulmones (el cuarto más suave), compitiendo con el viento que abofeteaba sus cabezas, que azotaba su pelo a latigazos, cantando:
—¡Quédate con tus paseos bajo la LUZ DE LA LUNA! ¡Yo quiero SOÑAR mis SUEÑOS a 170 por hora!
La aguja temblando a 200, a dos muescas de 10 kilómetros por hora del final del velocímetro. ¡Un bache repentino! Sus jóvenes figuras saltaron y la risa desviada de los tres fue barrida por la noche. Doblar una curva, subir y bajar una colina como una flecha, relampaguear en un llano, una bala de ébano saltando sobre la tierra.
—¡En mi carro ROTORÓN MOTORÓN yo FLOTOOOOO!
—FLOTARÁS EN TU ROTOR-MOTOR.
En el asiento trasero:
—Métete un chute, Bab.
—Gracias, ya me metí después de cenar (apartando la aguja aplicada al cuentagotas).
En el asiento delantero:
—¿Pretendes decirme que es la primera vez que vas a San Luisito?
—Pero si acabo de empezar la escuela en septiembre.
—Eh, ¡¿eres de primero?!
Asiento trasero, uniéndose a asiento delantero:
—Eh, novata, métete un musculino.
(La aguja pasa adelante, la pupila estremeciéndose con su jugo ámbar).
—¡Vívelo, chica!
MUSCULINO. M. En jerga, el resultado de inyectarse una droga en un músculo; acepción desarrollada durante la Tercera Guerra Mundial.
Los labios de Peggy no consiguieron sonreír. Sus dedos se retorcieron.
—No, gracias, no soy…
—¡Vamos, novata! —Len inclinándose sobre el asiento, con la frente blanca bajo su pelo negro ondulante. Empujando la jeringuilla delante de su cara—. ¡Vívelo, chica! ¡Píllate un musculino!
—Prefiero que no —dijo Peggy—. Si no…
—¿Qué pasa, novata? —gritó Len, y apretó su pierna contra la pierna de Barbara, que le apretaba.
Peggy negó con la cabeza y su pelo dorado voló sobre sus mejillas y ojos. Bajo su vestido amarillo, bajo su sujetador blanco, bajo sus jóvenes pechos, su corazón latía desbocado. Ten cuidado con lo que haces, querida, eso es lo único que te pedimos. Recuerda que ahora eres lo único que tenemos en el mundo. Palabras de madre martilleándola; la aguja obligándola a encogerse en el asiento.
—¡Vamos, novata!
El coche gruñó todo su peso al girar en una curva y la fuerza centrífuga lanzó a Peggy contra la esbelta cadera de Bud. La mano de él cayó y tocó su pierna. Bajo su vestido amarillo, bajo sus finas medias, la piel se erizó. Los labios volvieron a fallar; la sonrisa fue una sacudida roja.
—¡Anímate, novata!
—Vale ya, Len, chuta a tu pareja, ¿vale?
—¡Pero tenemos que enseñar a la novata lo que es el musculino!
—¡Que lo dejes ya, te digo! ¡Viene conmigo!
El coche negro rugiendo, persiguiendo su propia luz. Peggy anclada bajo la mano que la palpa. El viento silbaba sobre ellos y deslizaba dedos gélidos por su pelo. No quería aquella mano, pero le estaba agradecida.
Sus ojos vagamente asustados contemplaron la carretera que daba tumbos bajo las ruedas. Detrás empezó un jaleo silencioso, manos rígidas frotando, bocas abiertas mordisqueándose. La búsqueda del dulce esquivo a 180 kilómetros por hora.
—Rota Mota de mis amores —Len gimió el gemido entre besos ensalivados. En el asiento delantero, el corazón de una chiquilla latía a saltos. SAN LUIS 6.
—¿De verdad que nunca has estado en San Luisito?
—No, yo…
—¿Entonces nunca has visto el baile de Eva?
Garganta contrayéndose repentinamente.
—No, yo… ¿es eso lo que… vamos a…?
—¡Eh, la novata nunca ha visto el baile de Eva! —chilló Bud hacia atrás.
Los labios se separaron, relamiéndose; la falda se ajustó con aplomo.
—¿En serio? —Len disparó las palabras a cañonazos—. ¡Chica, tú no sabes lo que es vivir!
—Oh, tiene que verlo —dijo Barbara, apretando un botón.
—¡Pues vamos allá! —chilló Len—. ¡Vamos a hacer que la novata se divierta!
—Vale —dijo Bud, y apretó su pierna—. ¿A ti te va bien, Peg?
La garganta de Peggy se movió en la oscuridad y el viento la agarró bruscamente por el pelo. Había oído hablar de aquello, había leído sobre aquello, pero nunca había pensado que ella fuera a…
Elige con cuidado a tus amigos en la escuela, querida. Ten mucho cuidado.
¿Pero qué puedes hacer cuando nadie te habla durante dos meses? ¿Cuando te sientes sola y quieres hablar y reír y estar viva? ¿Y cuando alguien habla por fin contigo y te pide que salgas con ellos?
—¡Popeye el marino soy! —cantó Bud.
Detrás, acumulaban placer artificial. Bud estaba haciendo un curso sobre tebeos y dibujos animados de antes de la Guerra. Aquella semana estaban estudiando a Popeye. Bud se había enamorado del marino tuerto y les había contado todo sobre él a Len y Barbara; les había enseñado sus diálogos y su canción.
—¡Popeye el marino soy! ¡Encima de un barco voy! ¡Popeye el marino, Popeye el marino, Popeye el marino soy!
Risas. Peggy sonrió sin entusiasmo. La mano abandonó su pierna cuando el coche chirrió en una curva y se vio arrojada contra la puerta. El viento arrojaba la brusca frialdad a sus ojos y la obligaba a retraerse, pestañeando. 160, 170, 180 kilómetros por hora. SAN LUIS 3. Ten mucho cuidado, querida.
Popeye guiñó su ojo malo.
—Olivia, eres mi dulce aceitunita.
Codazo a Peggy.
—Tú eres mi Olivia… tú.
Peggy sonrió nerviosa.
—No puedo.
—¡Claro que puedes!
En el asiento trasero, Pilón salió a tomar aire para anunciar:
—Con gusto te pagaré el martes una hamburguesa que me pagues hoy.
Tres voces feroces y una cuarta más débil chillaron contra el aullido del viento.
—¡Soy fuerte porque como espinacas! ¡Popeye el marino soy! ¡Tut, tut!
—Yo soy lo que soy —insistió Popeye roncamente, y puso su mano sobre la pierna cubierta con una falda amarilla de Olivia. Detrás, dos miembros del cuarteto regresaron a su jaleo.
SAN LUIS 1. El coche negro rugió al pasar por los oscuros barrios de la periferia.
—¡Las napias! —cantó Bud. Todos sacaron sus narices con boca de plástico y se las ajustaron.
¡¡Si no quieres que el anci te haga sollozar
ponte la nariz cuando entres en la ciudad!!
ANCI. M. En jerga, gérmenes anticiviles; acepción desarrollada durante la Tercera Guerra Mundial.
—¡Te gustará el baile de Eva! —le gritó Bud sobre el aullido del viento—. ¡Es sensacional!
Peggy sintió un frío que no era el frío de la noche ni el frío del viento. Recuerda, querida, que hoy en día hay cosas terribles en el mundo. Cosas que debes evitar.
—¿No podríamos ir a otro sitio? —dijo Peggy, pero su voz era inaudible. Oía a Bud cantando:
—¡Encima de un barco voy!
Sintió la mano sobre su pierna otra vez mientras, en la parte de atrás, reinaba el silencio de la pasión rechinante sin besos.
El baile de los muertos. Las palabras chorrearon como hielo sobre el cerebro de Peggy.
San Luis.
El coche negro aceleró entre las ruinas.
Era un sitio lleno de humo y placeres groseros. El aire resonaba con el balido de los borrachos y se oía el ruido de los metales desplegando una nube de música, música de 1997, un frenesí de disonancias retorcidas. Gente bailando, metida con calzador en el pequeño recuadro de suelo libre, suelo palpitante con cuerpos juntos. Una red de sonidos a borbotones enlazados a través de la masa que formaban; gente bailando y cantando:
¡Hazme daño! ¡Maltrátame! ¡Apriétame FUERTE!
¡Abrasa mi sangre con PLACER caliente!
¡Por favor, abusa de mí cada NOCHE!
¡AMOR, AMOR, AMOR, sé una bestia conmigo!
Elementos de una explosión contenidos en el interior de los límites del baile, estremeciéndose en lugar de fragmentarse.
—¡Oh, sé una bestia, una bestia, Bestia, BESTIA conmigo!
—¿Qué te parece, Olivia, tesoro mío? —preguntó Popeye guiñándole el ojo mientras forcejeaban siguiendo al camarero—. No hay nada parecido en Sykesville, ¿verdad?
Peggy sonrió, pero su mano, cogida por la de Bud, estaba entumecida. Mientras pasaban junto a una mesa escasamente iluminada, una mano que no vio palpó su pierna. Se sacudió y rebotó contra una rodilla dura al otro lado del estrecho pasillo. Mientras tropezaba y se tambaleaba cruzando la habitación llena de humo asfixiante, sintió una docena de ojos desnudándola, abusando de ella. Bud tiró de ella y sintió que sus labios temblaban.
—¡Eh, qué os parece! —exclamó Bud exultante cuando se sentaron—. ¡Pegados al escenario!
Desde las brumas de los cigarrillos, el camarero apareció flotando, el lápiz presto, junto a su mesa.
—¡Qué va a ser! —su pregunta atravesó la cacofonía.
—¡Whisky con agua! —Bud y Len emitieron pedidos paralelos, y luego se volvieron hacia sus parejas—. ¡Qué va a ser! —la pregunta del camarero se repitió en sus labios.
—¡Pantano Verde! —dijo Barbara, y
—¡Pantano Verde! —transmitió Len. Ginebra, Invasión Blood (ron de 1997), zumo de lima, azúcar, menta, hielo picado, una bebida popular entre las universitarias.
—¿Y tú, cariño? —preguntó Bud a su pareja.
Peggy sonrió.
—Sólo un ginger ale —dijo, su voz de una fragilidad mariposeante en medio del inmenso estrépito y la bruma del humo.
—¿Qué? —preguntó Bud, y
—¡Cómo ha dicho, no la he oído! —gritó el camarero.
—Ginger ale.
—¿Qué?
—¡Ginger ale!
—¡GINGER ALE! —chilló Len, y casi lo oyó el batería, detrás de la furiosa cortina de ruido que era la música del grupo. Len bajó su puño de golpe. ¡Uno… Dos… Tres!
CORO: ¡Ginger Ale tenía sólo doce años!
Fue a la iglesia y todo era dorado.
Hasta el día en que…
—¡Vamos, vamos! —graznó el camarero—. ¡Acabad el pedido, chavales! ¡Tengo trabajo!
—¡Dos whiskys con agua y dos Pantanos Verdes! —cantó Len, y el camarero se perdió en el remolino de la bruma demente.
Peggy sintió que su joven corazón aleteaba indefenso. Por encima de todo, no bebas alcohol cuando salgas en una cita. Prométenoslo, querida, tienes que prometérnoslo. Intentó ignorar las instrucciones grabadas en su cabeza.
—¿Te gusta este sitio, cariño? Muy Eva, ¿verdad? —Bud le disparó la pregunta directamente; un Bud con la cara roja y feliz.
Eva. Adj. Variación común de E. V. A. A.
Le sonrió, con una sonrisa de nerviosa cortesía. Sus ojos dieron vueltas, su cara se inclinó y miró al escenario. Eva. La palabra se cinceló en su mente. Eva, Eva.
El escenario tenía cinco metros de fondo en el radio de su semicírculo de madera. Un pasamanos que llegaba a la altura de la cintura rodeaba la curvatura, y dos focos púrpura pálidos, sin encender, colgaban de cada extremo del pasamanos. Púrpura sobre blanco; le sobrevino el pensamiento. Querida, ¿es que la Facultad de Empresariales de Sykesville no es lo bastante buena? ¡No! ¡No quiero estudiar empresariales, quiero licenciarme en arte en la Universidad!
Trajeron las bebidas y Peggy observó cómo el brazo incorpóreo del camarero depositaba con un golpe sordo un vaso largo y de aspecto verdoso delante de ella. ¡Presto!, el brazo desapareció. Contempló las profundidades verdes y pantanosas y vio el hielo picado meneándose.
—¡Un brindis! ¡Levanta el vaso, Peg! —trompeteó Bud.
Todos entrechocaron los vasos.
—¡Por la lujuria primordial! —brindó Bud.
—¡Por las camas desaforadas! —añadió Len.
—¡Por la carne insensata! —Barbara añadió un tercer eslabón.
Sus ojos se clavaron en la cara de Peggy, exigentes. Ella no entendía.
—¡Termínalo! —le dijo Bud, irritado por la lentitud de la novata.
—Por… ah… n-nosotros —titubeó.
—Qué o-ri-gi-nal —soltó Barbara, y Peggy sintió que el calor le lamía las suaves mejillas. Su rubor pasó desapercibido mientras tres Jóvenes en Quienes Reposaba el Futuro de América se tragaban su alcohol, sedientos. Peggy jugueteó con su vaso, con una sonrisa impresa en sus labios que no era capaz de forzar sin ayuda.
—¡Vamos, muchacha, bebe! —le gritó Bud desde la enorme distancia de un palmo de separación—. ¡Al gaznate!
—Vívelo, chica —sugirió Len de forma abstracta, sus dedos buscando una vez más una pierna blanda. Y encontrando, bajo la mesa, la pierna blanda a la espera.
Peggy no quería beber, tenía miedo de beber. Las palabras de su madre seguían martilleándola: nunca en una cita, cariño, nunca. Levantó un poco el vaso.
—¡Tío Buddy te ayudará, te ayudará!
Tío Buddy inclinándose hasta muy cerca, el vapor del whisky rodeando su cabeza. Tío Buddy empujando el vaso frío hacia los jóvenes labios temblorosos.
—¡Vamos, Olivia, tesoro mío! ¡Adentro!
Al atragantarse roció la pechera de su vestido con gotitas de pantano verde. El líquido ardiente chorreó en su estómago, enviando llamaradas por sus venas.
¡¡BANG BUM CRASH ZASCA PUM!! El batería administró el coup de gráce a lo que había sido, en tiempos pretéritos, un vals para enamorados. Las luces bajaron y Peggy tosió con los ojos llenos de lágrimas en el sótano lleno de humo.
Sintió la mano de Bud cerrándose sobre su hombro y, en las tinieblas, notó que la hacían perder el equilibrio y sintió la boca caliente y húmeda de Bud apretando sus labios. Se soltó de un tirón y las manchas púrpuras volvieron, y un Bud con la cara moteada se retiró, gorgoteando:
—Lucharé hasta el Final.
Y buscando su bebida.
—¡Eh, ahora viene la Eva, la Eva! —dijo Len con entusiasmo, lanzando manos exploratorias.
El corazón de Peggy dio un salto, y creyó que iba a echarse a llorar y a salir corriendo a través de la habitación oscura y llena de humo. Pero la mano de un estudiante un par de cursos mayor la sujetó a la silla y ella miró con pálido terror al hombre que salió a escena y se enfrentó al micrófono que, como una araña de metal, había descendido hasta su altura.
—Por favor, señoras y señores —dijo un hombre de rostro tétrico y voz sepulcral cuyos ojos se desplazaron sobre ellos como coletazos de muerte. Peggy respiraba con dificultad, sentía las finas líneas de agua del pantano verde filtrándose calientes a través de su pecho y su estómago. Hacían que pestañeara, mareada. Madre. La palabra escapó de la prisión de su mente y llegó temblando hasta la libertad de la conciencia. Madre, llévame a casa.
—Como bien saben, el número que están a punto de ver no es para los pusilánimes o los espíritus débiles. —El hombre chapoteaba en las palabras como una vaca atrapada en una ciénaga—. Déjenme advertir a quienes no tengan los nervios en perfecto estado que se marchen ahora. No aceptaremos ninguna responsabilidad. Ni siquiera podemos permitirnos mantener un médico en el local.
No se oyó ninguna risa en respuesta.
—Menos chorradas y deja libre el escenario —gruñó Len entre dientes. Peggy sintió que sus dedos daban sacudidas.
—Como saben —continuó el hombre, su voz bañada en una sonoridad erudita—, no les ofrecemos unas simples sensaciones, sino una auténtica demostración científica.
—¡Que todo el mundo beba por Eva! —Bud y Len elevaron las palabras con el mismo reflejo irracional de los perros furiosos que empiezan a salivar al oír la campana.
En 1997, aquélla era una reacción tan típica que había adquirido la categoría de respuesta del catecismo. Un hueco en la ley de posguerra permitía la representación Eva con la única condición de que fuera presentada oralmente como una demostración científica. A través de aquel tecnicismo se había producido tal abuso de la ley que había pocos a quienes todavía les importara. Un gobierno débil estaba agradecido por poder limitar en alguna medida las infracciones de la ley.
Cuando los vítores y los gritos se extinguieron en la habitación atestada de humo, el hombre, con los brazos levantados en señal de paciente bendición, volvió a hablar.
Peggy observó el estudiado movimiento de sus labios y su corazón hinchándose y luego contrayéndose con latidos lentos y espasmódicos. Una sensación de gelidez trepaba por sus piernas. Sintió que subía hacia los finos fuegos de su cuerpo, y sus dedos se cerraron alrededor del vaho frío del vaso. Quiero irme a casa, por favor, llévame a casa. Las palabras volvieron a aparecer en su mente.
—Señoras y señores —concluyó el hombre—, prepárense.
Resonó un gong con su vibración hueca y estremecida, la voz del hombre se espesó y ralentizó.
—¡El Fenómeno E. V. A. A.!
El hombre se marchó; el micrófono se había elevado y desaparecido. Empezó la música; metales gimientes, todos en sordina. La versión de un jazzman de la oscuridad palpable, engarzada en el batir de un tambor atronador. El dolor de un saxofón, la amenaza de un trombón, el vagido contenido de una trompeta, todos ellos violaron el aire con su estridencia.
Peggy sintió bajarle por la espalda un escalofrío como una trenza, y su mirada cayó rápidamente sobre la tenebrosa blancura de la mesa. Humo y oscuridad, disonancia y calor la rodeaban.
Sin pretenderlo, pero dominada por un impulso de miedo nervioso, levantó el vaso y bebió. El chorro glacial en su garganta hizo que otro escalofrío la recorriera. Entonces, nuevas oleadas de calor alcohólico florecieron en sus venas y el entumecimiento se le instaló en las sienes. A través de labios separados, dejó escapar un aliento tembloroso.
Un movimiento de inquietud, como un murmullo, atravesó la sala, con un sonido como el de los sauces al viento susurrante. Peggy no se atrevió a levantar la mirada hacia el silencio púrpura del escenario. Miró hacia abajo, hacia el fulgor cambiante de su bebida, sintiendo que hilos musculares se aferraban tensos a su estómago, sintiendo el retumbar hueco de su corazón. Quiero marcharme, por favor, vámonos.
La música fue creciendo hasta un clímax disonante, sus componentes metálicos forcejeando en busca de la unidad.
Una mano acarició al instante la pierna de Peggy, y era la mano de Popeye el marino, que murmuró roncamente:
—Olivia, tú eres mi chica.
Peggy apenas sentía u oía. Como un autómata, levantó el vaso frío y sudoroso una vez más y sintió el hielo en su garganta y luego la red llameante de calor dentro de ella.
¡ZAS!
La cortina se corrió de golpe con tal ímpetu que casi se le cayó el vaso. Rebotó pesadamente sobre la mesa, el agua del pantano cayendo en cascada por el borde y lloviendo sobre su mano. La música proyectó la metralla ensordecedora de una cacofonía y su cuerpo se sacudió. Sobre el mantel, sus manos se apretaron hasta ponerse blanco sobre blanco, mientras garras de ansiedad incontrolable abrían sus ojos asustados.
La música se desvaneció, espumeando tras una estela de redobles de tambores.
El club era una cripta muda, todas las respiraciones contenidas.
Telarañas de humo flotaban bajo la luz púrpura que caía sobre el escenario.
No había más sonido que el tambor ahogado.
El cuerpo de Peggy se quedó petrificado sobre su silla, convertido en piedra alrededor de su corazón desbocado, mientras, a través de la bruma oscilante de humo y aturdimiento alcoholizado, miraba horrorizada hacia donde aquello permanecía en pie.
Había sido una mujer.
Su pelo era negro, un marco de ébano enmarañado para la máscara sebosa que era su cara. Sus ojos rodeados de sombras estaban ocultos tras párpados tan blancos y suaves como el marfil. Su boca, una línea sin labios e inmóvil, era como una herida de espada coagulada bajo su nariz. Su garganta, sus hombros y sus brazos eran blancos, y estaban inmóviles. A sus costados, asomando de los extremos de las mangas de la transparencia verde que vestía, colgaban manos de alabastro.
Sobre aquella estatua de mármol, los focos pintaban brillos púrpura.
Todavía paralizada, Peggy contempló sus rasgos sin movimiento, los dedos entrelazados en una madeja exangüe sobre el regazo. La palpitación de los tambores en la atmósfera parecía llenar su cuerpo, su ritmo alterando sus latidos.
En el vacío negro detrás de ella, oyó a Len murmurar:
—Amo a mi esposa, pero, oh, tú, cadáver.
Y oyó el silbido de risitas incontenibles que salía de Bud y Barbara. El frío seguía elevándose dentro de ella, un temor silencioso que la anegaba.
En algún lugar de la oscuridad cubierta de humo, un hombre se aclaró el nerviosismo viscoso de su garganta y un murmullo de alivio agradecido se abrió paso entre el público.
Seguía sin haber ningún movimiento en el escenario, ningún sonido excepto la perezosa cadencia del tambor, resonando en el silencio como alguien que pidiera entrar por una puerta lejana. La cosa que era una víctima anónima de la plaga permanecía pálidamente rígida mientras el destilado inundaba sus venas de sangre coagulada.
Los redobles de tambor se aceleraron como el latido de un pánico creciente. Peggy sintió que el frío comenzaba a engullirla. Su garganta empezó a agostarse, su respiración era sólo un tragar saliva con los labios entreabiertos.
Los párpados de la Eva se sacudieron.
Un silencio negro, brusco, forzado, envolvió la sala. Incluso la saliva se secó en la garganta de Peggy cuando vio los ojos pálidos aleteando. Algo crujió en el silencio; su cuerpo se recostó inconscientemente contra la silla. Sus ojos eran círculos abiertos y fijos que introducían en su cerebro la visión de la cosa que había sido una mujer.
Otra vez música; un gemido con garganta de metal procedente de la oscuridad, como si algún animal hecho de cuernos fundidos lloriquease su locura en un callejón a medianoche.
De pronto, el brazo derecho de la Eva dio una sacudida, los tendones se contrajeron. El brazo izquierdo se agitó de forma parecida, se separó, y luego volvió a dejarse caer y rebotó con blandura blanca-púrpura sobre el muslo. El brazo derecho se separó, el brazo izquierdo se separó, el derecho, el izquierdo-derecho-izquierdo-derecho, como brazos de marioneta saltando bajo los hilos manejados por un aficionado.
La música llevaba el paso, las baquetas de la batería arañando un ritmo para las convulsiones de los músculos de la Eva. Peggy se encogió aún más, su cuerpo aturdido y frío, su rostro una máscara lívida que miraba desde los límites de la luz del escenario.
El pie derecho de la Eva se movió, sacudiéndose inflexible cuando la destilación comprimió los músculos de la pierna. Una segunda y una tercera contracción hicieron que la pierna se sacudiera, la pierna izquierda extendida en un espasmo violento, y entonces el cuerpo de la mujer se tambaleó rígidamente hacia delante, filtrando la seda transparente con su luz y sus sombras.
Peggy oyó el siseo repentino del aliento que atravesó los dientes apretados de Bud y Len, y una oleada de náuseas salpicó un malestar espumeante contra las paredes de su estómago. Ante sus ojos, el escenario onduló bruscamente con un brillo acuático, y fue como si la convulsa Eva se dirigiera directamente hacia ella.
Boqueando desorientada, retrocedió con horror, incapaz de apartar sus ojos de la cara desquiciada.
Vio cómo la boca se convertía en una cavidad abierta, y luego en una cicatriz retorcida que volvía a partirse en una herida. Vio los oscuros agujeros de la nariz agitándose, vio la carne retorciéndose bajo las mejillas de ébano, vio cómo se abrían y se cerraban surcos en la blancura púrpura de la frente. Vio un ojo sin vida parpadear monstruosamente y oyó el gemido de una risa sobresaltada en la habitación.
Mientras la música rechinaba en un ataque de ruido estridente, los brazos y las piernas de la mujer siguieron agitándose en calambres convulsos que hacían que su cuerpo saltara por el escenario púrpura como una muñeca de trapo de tamaño natural a la que hubieran otorgado una vida espasmódica.
Era una pesadilla en un sueño interminable. Peggy se estremeció con terror indefenso mientras veía la danza descoordinada y saltarina de la Eva. La sangre se le había convertido en hielo; no había más vida en ella que el batir interminable de su corazón. Sus ojos eran esferas congeladas que miraban el cuerpo de la mujer retorciéndose blanco y flácido bajo la seda.
Entonces, algo salió mal.
Hasta aquel momento, sus ataques musculares habían limitado a la Eva a una zona de varios metros ante la superficie ambarina que servía de fondo para su danza paroxística. Pero ahora, sus saltos erráticos llevaban a la loopy hacia la pasarela que rodeaba el escenario.
Peggy oyó el retumbar y el crujir de la madera cuando la cadera de la Eva colisionó con la pasarela. Se encogió en un nudo tembloroso, sus ojos todavía fijos en la cara salpicada de púrpura cuyos rasgos estaban deformados por el sufrimiento de las convulsiones extremas.
La Eva retrocedió tambaleante y Peggy vio y oyó cómo sus manos leprosas palmeaban con un ritmo intermitente contra sus muslos cubiertos de seda.
Una vez más, saltó hacia delante como una marioneta demente y el estómago de la mujer resonó enfermizo contra la madera de la pasarela. La boca oscura se abrió, se cerró de golpe y luego la Eva se retorció en un giro incontrolable y se desmoronó sobre la pasarela una vez más, casi encima de la mesa donde estaba sentada Peggy.
Peggy no podía respirar. Había echado raíces en la silla, los labios formaban un círculo tembloroso de terror, la sangre era un torrente en sus sienes mientras veía a la loopy girar de nuevo, sus brazos un borrón de blanco en movimiento.
La repugnante blancura de su cara cayó hacia Peggy cuando la loopy volvió a chocar con la pasarela a la altura de la cadera y se inclinó sobre ella. La máscara de blancura salpicada de espliego colgaba sobre ella, los ojos oscuros abriéndose de un golpe en una mirada abominable.
Peggy sintió que el suelo empezaba a moverse y aquel rostro lívido se emborronó con la oscuridad, y luego reapareció en un estallido de luminosidad. El sonido huyó sobre pies calzados con metales, y luego se volvió a zambullir en su cerebro, como una disonancia sucia.
La Eva siguió dando sacudidas hacia delante, lanzándose sobre la pasarela como si quisiera saltarla. Con cada acometida espasmódica, la seda diáfana aleteaba como un velo sobre su cuerpo, y cada salvaje colisión con la pasarela tensaba la transparencia verde sobre su carne hinchada. Peggy miró en muda rigidez la feroz embestida de la Eva contra la pasarela, sus ojos incapaces de eludir la salvaje distorsión de la cara de la mujer con su marco negro de pelo enmarañado y ondulante.
Lo que ocurrió entonces, ocurrió en el transcurrir borroso de unos segundos.
El hombre de cara adusta llegó corriendo a través del escenario iluminado de púrpura; la cosa que había sido una mujer chocaba, se retorcía, se agitaba contra la pasarela, se doblaba sobre ella, los tirones espasmódicos levantando sus musculosas piernas.
Se cayó.
Peggy saltó hacia atrás en la silla y el chillido que le nació en la garganta se vio obligado a reprimirse en un vagido estrangulado cuando la Eva se desplomó sobre la mesa, sus extremidades un revoltijo de blancura desnuda.
Barbara chilló, el público tragó saliva y Peggy vio, con el rabillo del ojo, que Bud daba un salto, su cara una arruga de sorpresa estupefacta.
La Eva se agitó y se revolvió en la mesa como un pez recién pescado. La música se detuvo, chirriando hasta quedar en silencio; un chorro de murmullos nerviosos llenó la sala y la negrura inundó la cabeza de Peggy con oleadas abrumadoras.
Entonces la mano blanca y fría abofeteó su boca, los ojos oscuros la miraron con una luz púrpura y Peggy sintió que la oscuridad la invadía.
La sala llena de humo y horror se tumbó de lado.
Conciencia. Parpadeó en su cerebro como la luz de una vela envuelta en una gasa. Un murmullo de sonidos, un borrón de sombras ante sus ojos.
El aliento goteaba como jarabe de su boca.
—Toma, Peg.
Oyó la voz de Bud y sintió el metal frío del cuello de un frasco apretado contra sus labios. Tragó, retorciéndose levemente al notar el reguero de fuego que caía por su garganta hasta su estómago, y luego tosió y apartó el frasco con dedos anestesiados.
Detrás de ella, un movimiento como de roce.
—Eh, se ha despertado —dijo Len—. La buena de Olivia se ha despertado.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Barbara.
Se encontraba bien. Su corazón era como un tambor que colgara de un hilo de piano en su pecho, y que fuera lenta, muy lentamente batido. Sus manos y sus pies estaban entumecidos, no de frío sino con un sopor sofocante. Los pensamientos se movían en tranquilo letargo, su cerebro era una máquina lenta amortiguada con vendas de algodón.
Se sentía bien.
Peggy contempló la noche con ojos soñolientos. Estaban en lo alto de una colina, el descapotable agazapado en un borde sobresaliente. Mucho más abajo, el campo dormía, una alfombra de luz y sombras bajo la luna parecida a una tiza.
Un brazo se enroscó a su cintura como una serpiente.
—¿Dónde estamos? —le preguntó con voz lánguida.
—A unos kilómetros de la escuela —dijo Bud—. ¿Cómo te sientes, preciosa?
Se estiró, su cuerpo una deliciosa cadena de músculos. Se recostó, flácida, sobre su brazo.
—Maravillosamente —murmuró con una sonrisa embriagada, y se rascó el pequeño bulto que le cosquilleaba en el hombro izquierdo. La calidez irradiaba de su carne; la noche era de un negro brillante. Tenía la sensación de que en algún sitio había un recuerdo, pero se agazapaba en secreto tras capas de grueso contenido.
—Tía, cómo has caído —se rió Bud. Y Barbara y Len añadieron:
—¡Ya lo creo! —y:
—¡Olivia ha hecho pumba!
—¿Me desmayé? —su murmullo casual pasó desapercibido.
El frasco dio la vuelta y Peggy volvió a beber, relajándose aún más cuando el licor clavó agujas de fuego en sus venas.
—¡Tío, nunca había visto un baile Eva como éste! —dijo Len.
Un escalofrío momentáneo le recorrió la espalda, y luego volvió a sentir la calidez.
—Oh —dijo Peggy—. Es verdad. Lo olvidé.
Sonrió.
—¡Eso es lo que yo llamo un gran final! —dijo Len, arrastrando a su deseosa pareja, que murmuró:
—Lenny, cariño.
—E. V. A. A. —murmuró Bud, acariciando el pelo de Peggy—. Hijo de perra.
Estiró la mano ociosamente hacia el dial de la radio.
E. V. A. A. (Experiencia de Vida Animada Artificialmente). Esta anormalidad física fue descubierta durante la guerra, cuando, tras ciertos ataques bacteriológicos, muchas de las tropas muertas fueron halladas erguidas y realizando giros espasmódicos que, más tarde, llegaron a ser conocidos como el baile de los “Evas” (EVAAs). El germen concreto responsable fue destilado posteriormente y ahora se utiliza en experimentos cuidadosamente controlados que se llevan a cabo únicamente con los más estrictos permisos y bajo supervisión legal.
La música les rodeó, sus dedos melancólicos tocándoles el corazón. Peggy se apoyó en su pareja y no sintió necesidad de rechazar las manos exploratorias. En algún lugar, en la profundidad de las capas gelatinosas de su mente, algo intentaba escapar. Aleteó como una polilla frenética atrapada en cera, forcejeando salvajemente pero debilitándose con cada intento a medida que la crisálida se endurecía.
Cuatro voces cantaron suavemente en la noche.
Si el mundo sigue aquí mañana
te estaré esperando, querida
si las estrellas siguen aquí mañana
seguiré pidiéndoles deseos.
Cuatro jóvenes voces cantando, un murmullo en la inmensidad.
Cuatro cuerpos, dos y dos, cálidos y abotargados. Un canto, una aceptación sin palabras.
Luz de la estrella, estrella brillante
que haya otra noche.
El canto cesó pero la canción continuó.
Una chica suspiró.
—¿No te parece romántico? —dijo Olivia.
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