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richard matheson

el distribuidor (es)

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20 DE JULIO
Hora de mudarse.
Había encontrado una casa pequeña y amueblada en Sylmar Street. El mismo sábado por la mañana que se mudó, se dio una vuelta por el barrio presentándose a los vecinos.
—Buenos días —dijo al viejo que podaba la hiedra en la puerta de al lado—. Me llamo Theodore Gordon. Acabo de mudarme.
El viejo se estiró y estrechó la mano de Theodore.
—¿Cómo está? —dijo. Su nombre era Joseph Alston.
Un perro salió del porche para olisquear los puños de Theodore.
—Está decidiendo qué opina de usted —dijo el viejo.
—Qué encanto —dijo Theodore.
Al otro lado de la calle vivía Inez Ferrel. Abrió la puerta en bata, una mujer delgada de treinta y muchos. Theodore se disculpó por molestarla.
—Oh, no pasa nada —dijo. Tenía mucho tiempo libre cuando su marido estaba de viaje. Era vendedor.
—Espero que seamos buenos vecinos —dijo Theodore.
—Estoy segura de que lo seremos —dijo Inez Ferrel. Le miró a través de la ventana cuando se marchó.
En la puerta de al lado, directamente enfrente de su propia casa, llamó con cuidado porque había un cartel que decía TRABAJADOR NOCTURNO DURMIENDO. Dorothy Backus abrió la puerta, una mujer menuda y reservada de aproximadamente treinta y cinco años.
—Encantado de conocerla —dijo Theodore.
En la puerta de al lado vivía Walter Mortons. Mientras Theodore avanzaba por la entrada, oyó a Bianca Morton gritando a su hijo, Walter Jr.
—¡No eres lo bastante mayor para volver a las tres de la mañana! —decía—. ¡Especialmente si sales con una chica tan joven como Katherine McCann!
Theodore llamó y el señor Morton, cincuenta y dos años y calvo, abrió la puerta.
—Acabo de mudarme a la casa de enfrente —dijo Theodore, sonriéndoles.
En la casa de al lado, Patty Jefferson le invitó a pasar. Mientras hablaba con ella, Theodore pudo ver, a través de la ventana de atrás, a su marido Arthur llenando una piscina de plástico para sus dos hijos.
—Les encanta esa piscina —dijo Patty, sonriendo.
—Seguro —dijo Theodore. Al marcharse, se fijó en la casa vacía en la puerta de al lado.
Enfrente de los Jefferson vivían los McCann y su hija de catorce años, Katherine. Mientras Theodore se acercaba a su puerta, oyó la voz de James McCann diciendo:
—Bah, está chiflado. ¿Por qué iba a quedarme su podadora? Sólo porque le haya pedido prestada un par de veces su maldita cortadora…
—Querido, por favor —dijo Faye McCann—. Tengo que terminar estas notas a tiempo para la siguiente reunión del Consejo.
—Sólo porque Kathy salga con su maldito hijo… —gruñó su marido.
Theodore llamó a la puerta y se presentó. Charló brevemente con ellos, informando a la señora McCann de que estaría encantado de unirse al Consejo Nacional para Cristianos y Judíos. Era una organización valiosa.
—¿A qué se dedica, Gordon? —preguntó McCann.
—Me dedico a la distribución —dijo Theodore.
En la puerta siguiente, dos chicos cortaban el césped y pasaban el rastrillo mientras su perro hacía cabriolas a su alrededor.
—Hola —dijo Theodore. Gruñeron y le miraron mientras se dirigía al porche. El perro le ignoró.
—Acabo de decírselo —la voz de Henry Putnam llegó a través de la ventana del salón—. Mete un sucio negro en mi departamento y se acabó. No aguanto más.
—Sí, querido —dijo la señora Irma Putnam.
La llamada de Theodore fue contestada por el señor Putnam en camiseta. Su esposa estaba tumbada en el sofá. El corazón, explicó el señor Putnam.
—¡Oh, cuánto lo siento! —dijo Theodore.
En la última casa vivían los Gorse.
—Acabo de mudarme a la puerta de al lado —dijo Theodore. Estrechó la esbelta mano de Eleanor Gorse y ella le dijo que su padre estaba trabajando.
—¿Es él? —preguntó Theodore, señalando el retrato de un viejo con cara severa que colgaba sobre una repisa atestada de objetos religiosos.
—Sí —dijo Eleanor, de treinta y cuatro años y fea.
—Bueno, espero que seamos buenos vecinos —dijo Theodore.
Aquella tarde fue a su nueva oficina e instaló el cuarto oscuro.
23 DE JULIO
Aquella mañana, antes de salir para la oficina, revisó el directorio telefónico y subrayó cuatro números. Marcó el primero.
—¿Pueden enviar un taxi a Sylmar Street 12057? —dijo—. Gracias.
Marcó el segundo número.
—¿Podrían hacer el favor de enviar un técnico a mi casa? —dijo—. No recibo imagen. Vivo en Sylmar Street 12070.
Marcó el tercer número.
—Me gustaría poner este anuncio en el periódico de hoy —dijo—. Ford de 1957. Perfecto estado. Setecientos ochenta y nueve dólares. Eso es, setecientos ochenta y nueve. La matrícula es DA-4-7408.
Hizo la cuarta llamada y concertó una cita por la tarde con el señor Jeremiah Osborne. Luego se quedó junto a la ventana del salón hasta que el taxi se paró delante de la casa de los Backus.
Mientras se marchaba, un camión de reparaciones de televisión pasó a su lado. Miró hacia atrás y vio que se paraba delante de la casa de Henry Putnam.
Queridos señores, mecanografió luego en la oficina, por favor, envíenme diez folletos, a cambio de los cuales adjunto cien dólares como pago. Escribió el nombre y la dirección.
El sobre cayó en la bandeja de SALIDAS.
27 DE JULIO
Cuando Inez Ferrel salió de casa aquella noche, Theodore la siguió en su coche. En el centro, la señora Ferrel se bajó del autobús y entró en un bar llamado la Linterna Irlandesa. Tras aparcar, Theodore entró en el bar sigilosamente y se deslizó en un reservado sombrío.
Inez Ferrel estaba en la parte trasera del salón, encaramada en una banqueta. Se había quitado la chaqueta para revelar un jersey amarillo ceñido. Theodore deslizó la mirada sobre la estudiada exhibición de su busto.
Por fin, un hombre la abordó, y habló y rió y pasó un cierto tiempo con ella. Theodore los vio salir del brazo. Tras pagar su café, los siguió. Fue un paseo corto; la señora Ferrel y el hombre entraron en un hotel en la manzana siguiente.
Theodore se volvió a casa, silbando.
A la mañana siguiente, cuando Eleanor Gorse y su padre se marcharon con la señora Backus, Theodore los siguió.
Se reunió con ellos en el vestíbulo de la iglesia, cuando el servicio hubo terminado. ¿No era una coincidencia maravillosa, dijo, que él también fuera baptista? Y estrechó la mano endurecida de Donald Gorse.
Mientras paseaban bajo el sol, Theodore les preguntó si querrían compartir la cena del domingo con él. La señora Backus sonrió débilmente y murmuró algo sobre su marido. Donald Gorse pareció dubitativo.
—Oh, por favor —suplicó Theodore—. Denle una alegría a un viudo solitario.
—Viudo —masculló el señor Gorse.
Theodore inclinó la cabeza.
—Hace muchos años —dijo—. Neumonía.
—¿Hace mucho que es baptista? —preguntó el señor Gorse.
—Desde que nací —dijo Theodore con fervor—. Ha sido mi único consuelo.
Para cenar, sirvió chuletas de cordero, guisantes y patatas asadas. De postre, tarta de manzana y café.
—Cuánto me alegra que quieran compartir mi humilde comida —dijo.
—Ciertamente, esto es querer a tu prójimo como a ti mismo —sonrió a Eleanor, que le devolvió la sonrisa con rigidez.
Aquella noche, cuando cayó la oscuridad, Theodore dio un paseo. Mientras pasaba junto a la casa de los McCann, oyó sonar el teléfono, y luego a James McCann gritando:
—¡Es un error, maldición! ¿Por qué narices iba a vender un maldito Ford del 57 por setecientos ochenta y nueve pavos?
Colgó el teléfono de golpe.
—¡Demonio! —aulló James McCann.
—¡Cariño, por favor, sé tolerante! —le suplicó su esposa.
El teléfono volvió a sonar.
Theodore siguió adelante.
1 DE AGOSTO
Exactamente a las dos quince de la mañana, Theodore salió a hurtadillas, arrancó una de las hiedras más largas de Joseph Alston y la depositó en la acera.
Por la mañana, cuando salía de casa, vio a Walter Morton, Jr., dirigirse a casa de los McCann con una manta, una toalla y una radio portátil. El viejo estaba recogiendo su hiedra.
—¿Se la han arrancado? —preguntó Theodore.
Joseph Alston gruñó.
—Así que fue eso —dijo Theodore.
—¿El qué? —el viejo levantó la mirada.
—Anoche —dijo Theodore— oí ruidos aquí fuera. Eché un vistazo y vi a un par de chicos.
—¿Les vio la cara? —preguntó Alston, mientras su rostro se endurecía.
—No, estaba demasiado oscuro —dijo Theodore—. Pero diría que eran… pues de la edad de los chicos de Putnam. No quiero decir que fueran ellos, por supuesto.
Joe Alston asintió lentamente, mirando calle arriba.
Theodore fue hasta el bulevar y aparcó. Veinte minutos después, Walter Morton, Jr., y Katherine McCann subían a un autobús.
En la playa, Theodore se sentó algunos metros detrás de ellos.
—Ese Mack es todo un tío —oyó que decía Walter Morton—. Si le da la gana, coge el coche y se planta en Tijuana; sólo por divertirse.
Al cabo de un rato, Morton y la chica se metieron en el mar, riéndose. Theodore se levantó y fue a una cabina telefónica.
—Me gustaría que instalaran una piscina en mi jardín la semana que viene —dijo. Dio los detalles.
De vuelta en la playa se sentó pacientemente hasta que Walter Morton y la chica estuvieron tumbados el uno en brazos del otro. Entonces, en momentos escogidos, apretó un obturador oculto en su mano. Hecho esto, regresó al coche, abotonando la parte delantera de su camisa delante de la pequeña lente. Camino de la oficina, se detuvo en una ferretería para comprar una brocha y una lata de pintura negra.
Pasó la tarde revelando las fotos. Hizo que pareciese que habían sido tomadas de noche y que la joven pareja había llegado más lejos.
El sobre cayó suavemente en la bandeja de SALIDAS.
5 DE AGOSTO
La calle estaba silenciosa y desierta. Con zapatos de tenis insonoros sobre el pavimento, Theodore se deslizó por la calle.
Encontró el cortacésped de Morton en el patio trasero. Levantándolo silenciosamente, lo llevó al otro lado de la calle, al garaje de McCann. Después de levantar cuidadosamente la puerta, deslizó la cortadora detrás de la mesa de trabajo. El sobre de las fotos lo dejó en un cajón detrás de una caja de clavos.
Tras regresar a casa, telefoneó a James McCann y, con voz ahogada, preguntó si el Ford seguía a la venta.
Por la mañana, el cartero dejó un grueso sobre en el porche de los Gorse. Eleanor Gorse salió y lo abrió, sacando uno de los folletos. Theodore observó la mirada furtiva que proyectó a su alrededor, y cómo un color oscuro teñía sus mejillas.
Mientras cortaba el césped aquella tarde, vio a Walter Morton, padre, cruzar la calle hasta donde James McCann estaba recortando los arbustos. Les oyó hablar en voz alta. Por fin, entraron en el garaje de McCann, del cual Morton salió empujando su cortacésped y sin contestar a las furiosas protestas de McCann.
Enfrente de McCann, Arthur Jefferson acababa de volver a casa del trabajo. Los dos chicos de Putnam estaban montando en bici, su perro corría detrás de ellos.
Enfrente de donde estaba Theodore, una puerta se cerró de golpe. Volvió la cabeza y vio al señor Backus, con ropa de trabajo, subiendo como una furia a su coche, mientras murmuraba disgustado:
—¡Una piscina!
Theodore miró a la casa siguiente y vio a Inez Ferrel moviéndose por su salón.
Sonrió y siguió cortando el césped por el lateral de su casa, echando vistazos al dormitorio de Eleanor Gorse. Estaba sentada, dándole la espalda, y leía algo. Cuando oyó el estrépito de su cortadora, se levantó y salió de la habitación, metiendo el sobre abultado en un cajón del escritorio.
15 DE AGOSTO
Henry Putnam abrió la puerta.
—Buenas tardes —dijo Theodore—. Espero no molestarle.
—Sólo estábamos charlando en el estudio con los padres de Irma —dijo Putnam—. Por la mañana se vuelven a Nueva York.
—Oh. Bueno, sólo será un momento —Theodore le ofreció un par de carabinas de aire comprimido—. Una fábrica para la que trabajo se estaba deshaciendo de esto —dijo—. Pensé que a sus chicos podrían gustarles.
—Desde luego —dijo Putnam. Se fue a buscar a sus hijos al estudio.
Mientras el hombre estaba ausente, Theodore cogió un par de cajas de cerillas que decían Vinos y licores Putnam. Se las echó al bolsillo antes de que trajera a los niños para darle las gracias.
—Ha sido muy amable, Gordon —dijo Putnam en la puerta—. Se lo agradecemos de verdad.
—Ha sido un placer —dijo Theodore.
Tras volver a casa, puso el radiorreloj a las tres quince y se acostó. Cuando empezó la música, salió al exterior con pies silenciosos y arrancó cuarenta y siete hiedras, desperdigándolas sobre la acera de Alston.
—Oh, no —dijo a Alston por la mañana. Negó con la cabeza, consternado.
Joseph Alston no habló. Miró calle abajo con ojos llenos de odio.
—Deje que le ayude —dijo Theodore. El viejo negó con la cabeza, pero Theodore insistió. Fue hasta el vivero más próximo y volvió con dos sacos de turba; luego se agachó al lado de Alston para ayudarle a replantar.
—¿Oyó algo anoche? —preguntó el viejo.
—¿Cree que han sido otra vez esos chicos? —preguntó Theodore, con la boca abierta.
—Yo no digo nada —dijo Alston.
Luego, Theodore fue hasta el centro y compró una docena de postales. Se las llevó a la oficina.
Querido Walt, escribió burdamente en el reverso de una de ellas, las he comprado en Tijuana. ¿Son lo bastante fuertes para ti? En la dirección del sobre, se le olvidó añadir Jr. a Señor Walter Morton.
A la bandeja de SALIDAS.
23 DE AGOSTO
—¡Señora Ferrel!
Ella se estremeció sobre la banqueta.
—Oh, señor…
—Gordon —terminó, sonriente—. Qué agradable volver a verla.
—Sí —apretó los labios temblorosos.
—¿Viene por aquí a menudo? —preguntó Theodore.
—Oh, no, nunca —prorrumpió Inez Ferrel—. Es que… esta noche he quedado aquí con alguien. Con una amiga.
—Ah, ya veo —dijo Theodore—. Bueno, ¿puede hacerle compañía un viudo solitario hasta que llegue?
—Pues… —la señora Ferrel se encogió de hombros—. Supongo.
Sus labios estaban pintados de rojo brillante sobre el blanco de su piel. El jersey se pegaba como un adhesivo a la protuberancia de sus pechos.
Pasado un rato, cuando la amiga de la señora Ferrel no apareció, se deslizaron a un reservado oscuro. Allí, Theodore aprovechó la retirada de la señora Ferrel a empolvarse para deslizar un polvo pálido y sin sabor en su bebida. A su regreso se lo bebió y, al cabo de unos minutos, estaba embriagada. Sonrió a Theodore.
—Me gusta usted, señor Gordon —confesó. Las palabras se arrastraban viscosas sobre su lengua flácida.
Poco después la llevó a su coche, tambaleante y risueña, y la condujo a un motel. Dentro del cuarto, la ayudó a quedarse en medias, liguero y zapatos y, mientras posaba con complacencia narcótica, Theodore sacó algunas fotos con flash.
Cuando se derrumbó a las dos de la mañana, Theodore la vistió y la condujo a casa. La tumbó completamente vestida sobre la cama. Después salió y esparció un veneno concentrado para las malas hierbas sobre las hiedras replantadas de Alston.
De vuelta en casa, marcó el número de Jefferson.
—Sí —dijo Arthur Jefferson irritado.
—Vete de este barrio o lo lamentarás —susurró Theodore, y luego colgó.
Por la mañana, fue a casa de la señora Ferrel y llamó al timbre.
—Hola —dijo educadamente—. ¿Se siente mejor?
Ella le miró sin expresión alguna mientras él explicaba cómo la noche anterior se había sentido repentinamente enferma y la había llevado a casa desde el bar.
—Espero que se sienta mejor —concluyó.
—Sí —dijo, confusa—. Estoy… bien.
Mientras se alejaba de su casa, vio a James McCann, con la cara enrojecida, dirigirse a casa de los Morton con un sobre en la mano. Junto a él caminaba una apesadumbrada señora McCann.
—Debemos ser tolerantes, Jim —Theodore oyó que decía.
31 DE AGOSTO
A las dos quince de la mañana, Theodore sacó la brocha y la lata de pintura y salió al exterior.
Llegó hasta casa de los Jefferson, soltó la lata y pintó sobre la puerta, con letras irregulares: ¡SUCIO NEGRO!
Luego se desplazó por la calle permitiendo que goteara ocasionalmente algo de pintura. Dejó la lata bajo el porche trasero de Henry Putnam, volcando accidentalmente el plato del perro. Afortunadamente, el perro de los Putnam dormía dentro.
Luego, echó más veneno para hierbajos a las hiedras de Joseph Alston.
Por la mañana, cuando Donald Gorse se había ido a trabajar, cogió un sobre pesado y fue a ver a Eleanor Gorse.
—Mire esto —dijo, sacando un folleto pornográfico del sobre—. Lo he recibido hoy con el correo. Fíjese —se lo arrojó a las manos.
Ella sujetó el folleto como si fuera una araña.
—¿A que es asqueroso? —dijo.
Ella hizo una mueca.
—Repugnante —dijo.
—Pensé en preguntarles a usted y a los demás antes de llamar a la policía —dijo Theodore—. ¿Ha recibido usted esta basura?
A Eleanor Gorse se le erizó el vello.
—¿Por qué iba a recibirla? —preguntó.
Fuera, Theodore encontró al viejo agachado junto a sus hiedras.
—¿Cómo están saliendo? —preguntó.
—Se mueren.
Theodore pareció consternado.
—¿Cómo es posible? —preguntó.
Alston negó con la cabeza.
—Oh, esto es horrible —Theodore se alejó, riéndose en voz baja. Mientras se dirigía a su casa vio, calle arriba, a Arthur Jefferson limpiando su puerta y, enfrente, a Henry Putnam observándole atentamente.
Se la encontró esperándole en su porche.
—Señora McCann —dijo Theodore, sorprendido—. Cuánto me alegro de verla.
—Lo que he venido a decirle puede que no le alegre tanto —dijo con aire abatido.
—¿Sí? —dijo Theodore. Entraron en la casa.
—Han estado pasando muchas… cosas en este barrio desde que usted se mudó —dijo la señora McCann cuando ambos se hubieron sentado en el salón.
—¿Cosas? —preguntó Theodore.
—Creo que sabe a qué me refiero —dijo la señora McCann—. Sin embargo, esta… esta muestra de intolerancia de la puerta del señor Jefferson es demasiado, señor Gordon, demasiado.
Theodore hizo un gesto de indefensión.
—No lo entiendo.
—Por favor, no me lo ponga más difícil —dijo—. Si estas cosas no cesan, tendremos que avisar a las autoridades, señor Gordon. Me horroriza pensar en hacer algo así, pero…
—¿Las autoridades? —Theodore pareció aterrorizado.
—Nada de esto había pasado hasta que usted se mudó, señor Gordon —dijo—. Créame, me repugna lo que estoy diciendo, pero no tengo elección. El hecho de que a usted no le haya pasado nada…
Se interrumpió sobresaltada cuando un sollozo conmovió el pecho de Theodore. Se quedó mirándole.
—Señor Gordon… —empezó indecisa.
—No sé de qué cosas me está hablando —dijo Theodore con voz temblorosa—, pero me quitaría la vida antes que hacer daño a otra persona, señora McCann.
Ella miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que estaban solos.
—Voy a decirle algo que no le he contado nunca a nadie —dijo. Se secó una lágrima—. Mi nombre no es Gordon —dijo—. Es Gottlieb. Soy judío. Pasé un año en Dachau.
Los labios de la señora McCann se movieron, pero no dijo nada. Su cara se estaba poniendo roja.
—Salí de allí destrozado —dijo Theodore—. No me queda mucha vida, señora McCann. Mi esposa está muerta, mis tres hijos están muertos. Estoy completamente solo. Sólo quiero vivir en paz en un lugar tranquilo como éste, entre gente como ustedes.
«Ser un vecino, un amigo…».
—Señor… Gottlieb —dijo con la voz quebrada.
Cuando se hubo ido, Theodore permaneció en pie, silencioso, en medio del salón, con los puños blancos y apretados junto a los muslos. Luego entró en la cocina para castigarse.
—Buenos días, señora Backus —dijo una hora después cuando la pequeña mujer abrió la puerta—. ¿Podría hacerle algunas preguntas sobre nuestra iglesia?
—Oh. Oh, sí —se echó atrás titubeante—. ¿No… quiere pasar?
—Haré muy poco ruido para no despertar a su marido —susurró Theodore. Vio que miraba su mano vendada—. Me he quemado —dijo—. Ahora, respecto a la iglesia. Oh, alguien llama a su puerta trasera.
—¿Sí?
Cuando se fue a la cocina, Theodore abrió la puerta del armario del vestíbulo y dejó caer algunas fotografías detrás de una pila de zapatos y herramientas de jardinería. Cuando ella volvió, la puerta ya estaba cerrada.
—No había nadie —dijo ella.
—Podría haber jurado… —ella sonrió con desaprobación. Él miró una bolsa circular en el suelo—. Oh, ¿el señor Backus juega a los bolos?
—Los miércoles y los viernes, cuando acaba su turno —dijo—. Hay una bolera abierta toda la noche en Western Avenue.
—Me encanta jugar a los bolos —dijo Theodore.
Hizo sus preguntas sobre la iglesia, y luego se marchó. Mientras bajaba por el camino, oyó fuertes voces procedentes de casa de los Morton.
—No bastaba con Katherine McCann y esas fotos horribles —chilló la señora Morton—. Ahora, además, esta… ¡basura!
—¡Pero mamá! —gritó Walter, Jr.
14 DE SEPTIEMBRE
Theodore se despertó y apagó la radio. Ya en pie, se metió un frasquito de polvo grisáceo en el bolsillo y salió sigilosamente de la casa. Tras llegar a su destino, derramó el polvo en el recipiente del agua y lo agitó con un dedo hasta que se disolvió.
De vuelta en casa, garabateó cuatro cartas que decían: Arthur Jefferson está intentando traspasar la frontera del color. Es mi primo y debería reconocer que es negro como los demás. Hago esto por su propio bien.
Firmó la carta John Thomas Jefferson y dirigió tres de los sobres a Donald Gorse, los Morton y el señor Henry Putnam.
Hecho esto, vio a la señora Backus caminando hacia el bulevar y la siguió.
—¿Puedo acompañarla? —preguntó.
—Oh —dijo—. Por supuesto.
—Anoche eché de menos a su marido —le dijo.
Ella le lanzó una mirada.
—Decidí jugar con él a los bolos —dijo Theodore—, pero supongo que volvió a ponerse malo.
—¿Malo?
—Le pregunté al encargado de la bolera y me dijo que el señor Backus no había ido últimamente porque estaba malo.
—Oh —la voz de la señora Backus se mostró levemente afectada.
—Bueno, puede que el próximo viernes —dijo Theodore.
Luego, cuando volvió, vio un camión delante de casa de Henry Putnam. Un hombre salía del callejón con un cuerpo envuelto en una sábana que dejó en el camión. Los críos de Putnam lloraban.
Arthur Jefferson abrió la puerta. Theodore le enseñó la carta a Jefferson y su esposa.
—Ha llegado esta mañana —dijo.
—¡Es monstruoso! —dijo Jefferson, tras leerla.
—Por supuesto que lo es —dijo Theodore.
Mientras hablaban, Jefferson miró a través de la ventana la casa de los Putnam, al otro lado de la calle.
15 DE SEPTIEMBRE
La bruma pálida de la mañana envolvía Sylmar Street. Theodore se desplazaba en silencio. Bajo el porche trasero de la casa de los Jefferson, prendió fuego a una caja de papeles mojados. Cuando empezaba a arder, cruzó el jardín y, con un solo golpe de cuchillo, rajó la piscina de goma. Mientras se marchaba, oyó cómo se derramaba el agua sobre la hierba. En el callejón, dejó caer una caja de cerillas que decía Vinos y licores Putnam.
Poco después de las seis de la mañana, le despertó el aullido de las sirenas y sintió que la pequeña casa temblaba al paso de los pesados camiones. Girándose sobre el costado, bostezó y murmuró:
—Bien.
17 DE SEPTIEMBRE
Fue una Dorothy Backus lívida la que abrió la puerta cuando llamó Theodore.
—¿Puedo llevarla a la iglesia? —preguntó Theodore.
—N-no creo. N-no me… siento demasiado bien —tartamudeó la señora Backus.
—Oh, lo siento —dijo Theodore. Vio los bordes de unas fotografías asomando del bolsillo de su delantal.
Mientras se marchaba, vio que los Morton se metían en el coche, Bianca sin decir palabra, los dos Walter incómodos. Calle arriba, había un coche de policía aparcado delante de la casa de Arthur Jefferson.
Theodore fue a la iglesia con Donald Gorse, que dijo que Eleanor se encontraba mal.
—Lo siento mucho —dijo Theodore.
Aquella tarde, pasó un rato en casa de los Jefferson ayudando a limpiar los restos calcinados de su porche trasero. Cuando vio la piscina de goma rajada, fue inmediatamente a una tienda y compró otra.
—Pero les encanta la piscina —dijo Theodore, cuando Patty Jefferson protestó—. Usted misma me lo dijo.
Le guiñó el ojo a Arthur Jefferson, pero Jefferson no estaba muy comunicativo esa tarde.
23 DE SEPTIEMBRE
A primera hora de la noche, Theodore vio el perro de Alston caminando por la calle. Sacó su carabina de aire comprimido y, desde la ventana del dormitorio, sin hacer ruido, disparó. El perro se dobló por el costado y dio una vuelta sobre sí mismo. Luego, lloriqueando, se fue a casa.
Varios minutos después, Theodore salió y empezó a levantar la puerta del garaje. Vio al viejo que salía corriendo por su callejón, con el perro en brazos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Theodore.
—No lo sé —dijo Alston con voz asustada, jadeante—. Está herido.
—¡Rápido! —dijo Theodore—. ¡A mi coche!
Llevó apresuradamente a Alston y el perro al veterinario más próximo, saltándose tres señales de stop y gruñendo cuando el viejo levantó la mano, rígida, y sollozó:
—¡Sangre!
Durante tres horas, Theodore permaneció sentado en la sala de espera del veterinario, hasta que el viejo salió tambaleante, su cara de un blanco grisáceo.
—No —dijo Theodore, poniéndose en pie de un salto.
Llevó al sollozante viejo al coche, y le condujo a casa. Allí, Alston dijo que prefería estar solo, así que Theodore se marchó. Poco después, el coche patrulla blanco y negro se paró delante de casa de Alston y el viejo condujo a los dos agentes hasta más allá de casa de Theodore.
Al cabo de un rato, Theodore oyó gritos furiosos calle arriba. Duraron un buen rato.
27 DE SEPTIEMBRE
—Buenas noches —dijo Theodore. Hizo una reverencia.
Eleanor Gorse asintió con rigidez.
—Les he traído a usted y su padre un guiso —dijo Theodore, sonriente, sujetando un plato cubierto por un trapo. Cuando ella le dijo que su padre no vendría a cenar esa noche, Theodore chasqueó los dientes y suspiró como si esa tarde no hubiera visto salir al viejo.
—Bueno, pues entonces —dijo, ofreciendo el plato—, para usted. Con mis mejores deseos.
Al bajar del porche vio a Arthur Jefferson y Henry Putnam de pie bajo una farola, más abajo. Mientras los miraba, Arthur Jefferson golpeó al otro hombre y, repentinamente, se enzarzaron en una pelea junto al bordillo. Theodore echó a correr.
—¡Pero esto es terrible! —jadeó, separando a los hombres.
—¡No se meta en esto! —le advirtió Jefferson, y luego se volvió a Putnam, desafiante—. ¡Más vale que me explique ahora cómo llegó esa pintura a su porche! ¡Puede que la policía crea que fue un accidente que encontrase sus cerillas en mi calzada, pero yo no lo creo!
—No voy a decirte nada —dijo Putnam, desdeñoso—, sucio negro.
—¡Sucio negro! ¡Oh, por supuesto! ¡Tú serías el primero en creer eso, estúpido…!
Theodore se interpuso entre los dos cinco veces. Hasta que Jefferson le golpeó accidentalmente en la nariz, la tensión no remitió. Jefferson se disculpó secamente; luego, lanzando una mirada asesina a Putnam, se marchó.
—Siento que le haya pegado —se compadeció Putnam—. Maldito negro.
—Oh, sin duda se equivoca —dijo Theodore, frotándose la nariz—. El señor Jefferson me dijo que temía que la gente se creyera esos rumores. Debido al valor de sus dos casas, ¿sabe?
—¿Dos? —preguntó Putnam.
—Sí, la casa vacía que tiene al lado también es suya —dijo Theodore—. Creía que lo sabía.
—No —dijo Putnam cautelosamente.
—Bueno, ya se hace una idea —dijo Theodore—. Si la gente cree que el señor Jefferson es negro, el valor de sus casas bajará.
—Bajará el valor de todas —dijo Putnam, mirando al otro lado de la calle—. Ese sucio hijo de…
Theodore le dio una palmadita en el hombro.
—¿Los padres de su esposa están disfrutando de su estancia en Nueva York? —preguntó como cambiando de tema.
—Ahora mismo están volviendo —dijo Putnam.
—Bien —dijo Theodore.
Volvió a casa y leyó las tiras cómicas del periódico durante una hora. Luego salió.
Fue una Eleanor Gorse rubicunda la que abrió la puerta cuando llamó. Tenía la bata descompuesta, los ojos oscuros febriles.
—¿Me puede devolver el plato? —preguntó Theodore educadamente.
Ella gruñó, retrocediendo de un salto. Al pasar, la mano de él rozó la de ella. Ella se retiró como si la hubiera apuñalado.
—Ah, se lo ha comido todo —dijo Theodore, notando el leve residuo del polvo en el fondo del plato. Se dio la vuelta—. ¿Cuándo vuelve su padre? —preguntó.
Pareció que su cuerpo se tensara.
—Después de la medianoche —murmuró.
Theodore se acercó al interruptor de la pared y apagó la luz. Oyó sus jadeos en la oscuridad.
—No —murmuró ella.
—¿Esto es lo que quieres, Eleanor? —preguntó, agarrándola bruscamente.
Su abrazo fue un trago ardiente e irracional. Debajo de la bata no había nada más que carne al rojo vivo.
Luego, cuando ella estaba roncando, saciada sobre el suelo de la cocina, Theodore recogió la cámara que había dejado junto a la puerta. Levantó las persianas, colocó las extremidades de Eleanor y sacó doce fotos. Luego se fue a casa y lavó el plato.
Antes de retirarse, marcó el teléfono.
—Western Union —dijo—. Tengo un mensaje para la señora Irma Putnam de Sylmar Street 12070.
—Soy yo —dijo.
—Ambos padres muertos en accidente de tráfico esta tarde —dijo Theodore—. Aguarden noticias sobre cómo proceder con los cadáveres. Jefe de Policía de Tulsa, Okla…
Al otro extremo de la línea se oyó un vagido estrangulado, un golpe sordo; luego Henry Putnam gritó «¡Irma!» y Theodore colgó.
Cuando la ambulancia se hubo marchado, salió y arrancó treinta y cinco hiedras de Joseph Alston. Entre los escombros dejó otra caja de cerillas que decía Vinos y Licores Putnam.
28 DE SEPTIEMBRE
Por la mañana, cuando Donald Gorse se había ido a trabajar, Theodore se acercó a la casa. Eleanor intentó cerrarle la puerta, pero él forzó la entrada.
—Quiero dinero —dijo—. Esto es mi seguro.
Arrojó copias de las fotografías y Eleanor retrocedió, sin aliento.
—Tu padre recibirá un juego de copias esta noche —dijo—, a menos que yo reciba doscientos dólares.
—¡Pero yo…!
—Esta noche.
Se marchó y condujo hasta el centro, a la oficina inmobiliaria de Jeremiah Osborne, donde puso a nombre del señor George Jackson los papeles de la casa vacía de Sylmar Street 12069. Estrechó la mano del señor Jackson.
—No se preocupe —le animó—. La familia de la puerta de al lado también es negra.
Cuando volvió a casa, había un coche patrulla delante de la casa de los Backus.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Joseph Alston, que estaba sentado en silencio en su porche.
—La señora Backus —dijo el viejo en tono mortecino—. Intentó matar a la señora Ferrel.
—¿De verdad? —dijo Theodore.
Aquella noche, en su oficina, hizo sus anotaciones en la página 700 del libro.
La señora Ferrel muere por heridas de cuchillo en un hospital local. La señora Backus está en la cárcel; sospecha que su marido comete adulterio. J. Alston acusado de envenenar a un perro, probablemente más. Los chicos de Putnam, acusados de disparar al perro de Alston y de arruinar su jardín. La señora Putnam muerta de ataque cardiaco. El señor Putnam demandado por destrucción de propiedad. Los Jefferson se cree que son negros. Los McCann y los Morton son enemigos mortales. Se cree que Katherine McCann ha mantenido relaciones con Walter Morton, Jr. Morton Jr. es enviado a un internado en Washington. Eleanor Gorse se ha ahorcado. Trabajo completo.
Hora de mudarse.
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