KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

richard matheson

el número de la desaparición (es)

Save as PDF
Estas anotaciones proceden de un cuaderno escolar hallado hace dos semanas en una confitería de Brooklyn. A su lado, en el mostrador, había una taza de café a medio acabar. El propietario de la tienda dijo que no había entrado nadie en las tres horas anteriores al momento en que se fijó en el cuaderno.
Sábado por la mañana a primera hora:
No debería estar escribiendo esto. ¿Y si lo encuentra Mary? ¿Qué pasaría entonces? El fin, cinco años tirados por la ventana, eso es lo que pasaría.
Pero tengo que sacármelo de dentro. Llevo demasiado tiempo escribiendo. No tendré paz a menos que ponga las cosas por escrito. Tengo que expulsarlas y simplificar mis pensamientos. Pero cuesta mucho hacer que las cosas sean simples y sin embargo es muy fácil volverlas complicadas.
Mis pensamientos se remontan a varios meses atrás.
¿Cómo empezó? Por supuesto, con una discusión. Debe de haber habido miles de ellas desde que nos casamos. Y siempre la misma, eso es lo más espantoso.
Dinero.
—No es una cuestión de tener confianza en lo que escribes —decía Mary—. Es cuestión de pagar las facturas y de si las vamos a pagar o no.
—¿Facturas de qué? —decía yo—. ¿De necesidades? No. De cosas que ni siquiera necesitamos.
—¡Que no las necesitamos!
Y así seguíamos. Dios, la vida es imposible sin dinero. No se puede hacer nada, lo es todo, cuando no es nada. ¿Cómo podía escribir en paz si estamos siempre preocupados por el dinero, el dinero, el dinero? El televisor, la nevera, la lavadora… nada estaba pagado todavía. Y la cama que quiere…
Pero, a pesar de todo, yo, como un tonto de remate, insistía en empeorar la situación.
¿Por qué tuve que salir como un tornado del apartamento la primera vez? Habíamos discutido, claro, pero no era nuestra primera discusión. Por vanidad, eso fue todo. Después de siete años, ¡siete!, de escribir, sólo había ganado 316 dólares. Y todavía trabajo por las noches en ese miserable trabajo a tiempo parcial, mecanografiando. Y Mary tiene que seguir trabajando en el mismo sitio conmigo. Dios sabe que tiene todo el derecho del mundo a dudar. Tiene todo el derecho a seguir insistiendo en que acepte ese trabajo a jornada completa que Jim sigue ofreciéndome en su revista.
Depende todo de mí. Sólo tenía que reconocer mis limitaciones, sólo tenía que dar un paso en la dirección adecuada, y todo quedaría resuelto. Se acabó el trabajo nocturno. Mary podría quedarse en casa, como quiere, como debe. Un paso en la dirección adecuada, nada más.
De manera que he estado dando pasos en la dirección equivocada. Dios, me doy asco.
He quedado con Mike. Los dos como imbéciles de ojos vidriosos, hemos salido con Jean y Sally. Durante meses, ignorando la obvia certeza de que estábamos comportándonos como unos necios. Perdiéndonos en una nueva experiencia. Haciendo el burro con la máxima perfección.
Y anoche, los dos hombres casados fuimos con ellas a su apartamento y…
¿Es que no soy capaz de decirlo? ¿Es que tengo miedo, soy demasiado débil? ¡Necio!
Adúltero.
¿Cómo se han podido complicar tanto las cosas? Amo a Mary. Mucho. Y sin embargo, a pesar de que la amo, he hecho esto.
Y para complicarlo aún más, lo he disfrutado. Jean es dulce y comprensiva, apasionada, una especie de símbolo de las cosas perdidas. Fue maravilloso. No puedo decir que no lo fuera.
Pero ¿cómo puede ser maravilloso lo que está mal? ¿Cómo puede ser emocionante la crueldad? Es todo perverso, es todo confuso, y embarullado, y enfurecedor.
Sábado por la tarde:
Me ha perdonado, gracias a Dios. No volveré a ver a Jean nunca más. Todo irá bien.
Esta mañana me senté en la cama y Mary se despertó. Se quedó mirándome, y luego miró el reloj. Había estado llorando.
—¿Dónde has estado? —preguntó con su voz fina de niña pequeña que le sale cuando está asustada.
—Con Mike —le dije—. Hemos bebido y hablado toda la noche.
Me miró durante un segundo. Luego cogió mi mano lentamente y la apretó contra sus mejillas.
—Lo siento —dijo, y las lágrimas fluyeron a sus ojos.
Tuve que apoyar mi cabeza junto a la suya para que no viera mi cara.
—Oh, Mary —dije—. Yo también lo siento.
Nunca se lo contaré. Significa demasiado para mí. No puedo perderla.
Sábado por la noche:
Esta tarde fuimos a la tienda de muebles de Mandel y nos compramos una cama nueva.
—No podemos permitírnosla, cariño —dijo Mary.
—Da igual —dije yo—. La antigua está muy mal. Quiero que mi princesita duerma como Dios manda.
Me besó feliz en la mejilla. Rebotó en la cama como una niña entusiasmada.
—¡Oh, fíjate qué suave! —dijo.
Todo va bien. Todo excepto el nuevo mazo de facturas que llegan con el correo de hoy. Todo excepto que mi último relato no acaba de arrancar. Todo excepto que mi novela ha sido rechazada cinco veces. Burney House tiene que aceptarla. La han retenido mucho tiempo. Cuento con ello. Las cosas que escribo van a empezar a tener éxito. Todo va a empezar a salir bien. Cada vez tengo una sensación mayor de que soy un manantial a punto de rebosar.
Bueno, Mary está bien.
Domingo por la noche:
Más problemas. Otra discusión. Ni siquiera sé a cuento de qué. Ella está de morros. Yo estoy que echo chispas. No puedo escribir cuando estoy furioso. Ella lo sabe.
Me dan ganas de llamar a Jean. Al menos ella sí muestra interés por lo que escribo. Me dan ganas de mandar todo al cuerno. Emborracharme, saltar de un puente, hacer algo así. No me extraña que los bebés sean felices. La vida es sencilla para ellos. Un poco de hambre, un poco de frío, un poco de miedo a la oscuridad. Nada más. ¿Por qué molestarse en hacerse adulto? La vida se vuelve demasiado complicada.
Mary acaba de llamarme para cenar. No me apetece comer. Ni siquiera me apetece quedarme en casa. Tal vez debería llamar luego a Jean. Sólo para saludarla.
Lunes por la mañana:
¡Maldición, maldición, maldición!
No sólo retienen el libro durante tres meses. ¡Con eso no bastaba, oh, no! Tenían que derramar café sobre el manuscrito y enviarme un sello de rechazo impreso para rematarlo. ¡Me dan ganas de asesinarlos! ¿Sabrán lo que están haciendo?
Mary ha visto el sobre.
—Bueno, ¿ahora qué? —ha dicho con disgusto.
—¿Ahora? —dije. He intentado no estallar.
—¿Todavía crees que puedes dedicarte a escribir? —dijo.
Estallé.
—Oh, ellos son el juez y jurado definitivo, ¿verdad? —rugí—. Tienen la última palabra sobre lo que escribo, ¿verdad?
—Llevas siete años escribiendo —dijo—. No has conseguido nada.
—Pues escribiré siete más —dije—. ¡Cien, mil!
—¿No vas a aceptar ese trabajo en la revista de Jim?
—No, no voy a aceptarlo.
—Dijiste que lo harías si el libro fracasaba.
—Ya tengo un trabajo —dije—, y tú tienes un trabajo, y así es como están las cosas y así es como van a seguir.
—¡Así no es como yo pienso seguir! —replicó.
Podría dejarme. ¡Qué importa! De todas formas, estoy harto. Facturas, facturas. Escribir, escribir. ¡Fracasos, fracasos, fracasos! Y la vida goteando poco a poco, aumentando sus hermosas y exasperantes complejidades como un idiota que juega con tacos de madera.
¡Tú! Tú, que diriges el mundo, que haces girar el universo. ¡Si hay alguien escuchándome, haz que el mundo sea más sencillo! No creo en nada, pero daría… ¡cualquier cosa! Si pudiera…
Oh, ¿qué más da? Ya no me importa.
Esta noche voy a llamar a Jean.
Lunes por la mañana:
Acabo de bajar a llamar a Jean para quedar el sábado por la noche. Esa noche Mary se va a dormir a casa de su hermana. No ha mencionado que la acompañe, así que desde luego que yo no pienso ofrecerme.
Llamé a Jean anoche, pero la operadora del Club Stanley dijo que había salido. Pensé que hoy podría localizarla en la oficina.
Así que fui a la confitería de la esquina para buscar el número. Probablemente ya debería haberlo memorizado. La he llamado el suficiente número de veces. Pero, por alguna razón, nunca me he tomado la molestia. Qué demonios, siempre hay listines telefónicos.
Trabaja para una revista llamada Design Handbook o Designer’s Handbook o algo así. Lo extraño es que tampoco pueda recordar eso. Supongo que nunca me ha interesado demasiado.
Pero sí recuerdo dónde está la redacción. La llamé hace unos meses y la llevé a almorzar. Creo que a Mary le dije que ese día iba a ir a la biblioteca.
Ahora, si lo recuerdo bien, el número de teléfono de la oficina de Jean estaba en la esquina superior derecha de la página derecha del listín. Lo he buscado docenas de veces, y ahí es donde siempre estaba.
Hoy no.
He encontrado la palabra Design y varios nombres de empresas que empiezan con esa palabra. Pero estaban en la esquina inferior izquierda de la página izquierda, justo en el lado contrario. Y no he conseguido encontrar ningún nombre que me encajara. Normalmente, tan pronto veo el nombre de la revista, pienso: ésa es. Entonces miro el número. Hoy no ha sido así.
He mirado y mirado, y he pasado las páginas, pero no he podido encontrar nada como Design Handbook. Por fin me he conformado con el número de Design Magazine, pero tenía la sensación de que ése no era el número que estaba buscando.
Tendré… tendré que terminar esto luego. Mary acaba de llamarme para comer, para cenar, para lo que sea. La comida fuerte del día, en todo caso, puesto que ambos trabajamos de noche.
Luego:
Ha sido una buena comida. Mary cocina muy bien. Ojalá no tuviéramos esas discusiones. Me pregunto si Jean sabrá cocinar.
El caso es que la comida me ha tranquilizado un poco. Lo necesitaba. Estaba un poco nervioso por la llamada telefónica.
Marqué el número. Contestó una mujer.
—Design Magazine —dijo.
—Querría hablar con la señorita Lane —le dije.
—¿Con quién?
—Con la señorita Lane.
—Un momento —dijo. Y supe que era el número equivocado. Cada vez que había llamado anteriormente, la mujer que contestaba había dicho: «En seguida», y de inmediato me había pasado con Jean.
—¿Cuál era el nombre? —preguntó.
—La señorita Lane. Si no la conoce, me he debido de equivocar de número.
—Usted se refiere al señor Payne.
—No, no. Antes, la secretaria que contestaba siempre sabía al momento por quién preguntaba. Me he equivocado de número. Discúlpeme.
Colgué. Estaba irritado. He buscado ese número tantas veces que ya no tiene gracia.
Y ahora no consigo encontrarlo.
Por supuesto, al principio no dejé que me afectara. Pensé que tal vez el listín de la confitería fuera antiguo. Así que entré en el supermercado de un poco más abajo. Tenían el mismo listín.
Bueno, tendré que llamarla esta noche desde el trabajo. Pero quería hablar con ella esa misma tarde para asegurarme de que me reservaba la noche del sábado.
Se me ocurrió una cosa. La secretaria. Su voz. Era la misma que solía contestar en Design Handbook.
Pero… Oh, estoy soñando.
Lunes por la noche:
Llamé al edificio de apartamentos mientras Mary había salido de la oficina para ir a buscar café.
Le dije a la operadora de la centralita lo mismo que le había dicho docenas de veces.
—Quisiera hablar con la señorita Lane, por favor.
—Sí señor, un momento —dijo.
Hubo un largo silencio. Me impacienté. Luego el teléfono volvió a hacer clic.
—¿Qué nombre me dijo? —preguntó la operadora.
—Señorita Lane, señorita Lane —dije—. La he llamado muchas veces.
—Volveré a mirar la lista —dijo.
Esperé un poco más. Luego volví a oír su voz.
—Lo siento. Aquí no hay nadie listado con ese nombre.
—Pero la he llamado ahí varias veces.
—¿Está seguro de que no se equivoca de número?
—Sí, sí, estoy seguro. Es el Club Stanley, ¿verdad?
—Así es.
—Bueno, pues ahí es donde estoy llamando.
—No sé qué decirle —dijo—. Lo único que puedo decirle es que estoy segura de que aquí no vive nadie que tenga ese nombre.
—¡Pero si llamé anoche! Me dijo que había salido.
—Lo siento, pero no lo recuerdo.
—¿Está segura? ¿Absolutamente segura?
—Bueno, si quiere, puedo volver a mirar la lista. Pero estoy convencida de que aquí no hay nadie con ese nombre.
—¿Y nadie con ese nombre se habrá marchado en el último par de días?
—Hace un año que no tenemos una vacante. Cuesta encontrar habitaciones en Nueva York, ¿sabe?
—Lo sé —dije, y colgué.
Volví a mi mesa. Mary había vuelto del supermercado. Me dijo que mi café se estaba enfriando. Le dije que había llamado a Jim en referencia al trabajo. Fue una mentira mal elegida. Ahora volvería a insistir otra vez.
Me bebí el café y mecanografié un rato. Pero no sabía lo que me hacía. Me esforzaba por tranquilizarme.
Tiene que estar en algún sitio, pensé. Sé que no he soñado todos nuestros momentos juntos. Sé que no me imaginé todos los problemas que tenía para ocultárselo a Mary. Y sé que Mike y Sally no…
¡Sally! Sally también vivía en el Club Stanley.
Le dije a Mary que me dolía la cabeza y que iba a por una aspirina. Dijo que tenía que haber alguna en el servicio de hombres. Le dije que ésas no me gustaban. ¡Me liaba con las mentiras más tontas!
Fui casi corriendo hasta el supermercado más próximo. Naturalmente, no quería volver a usar el teléfono del trabajo.
La misma operadora contestó a mi llamada.
—¿Está la señorita Sally Norton? —pregunté.
—Un momento, por favor —dijo, y sentí como si algo se hundiera en mi estómago. Siempre conocía a la primera a los inquilinos habituales.
Y Sally y Jean llevaban al menos dos años viviendo allí.
—Lo siento —dijo—. No tenemos listado a nadie con ese nombre.
Gruñí.
—Oh, Dios mío.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
—¿No vive ahí alguien que se llame Jean Lane o Sally Norton?
—¿Es usted el mismo que llamó hace un rato?
—Sí.
—Oiga, si se trata de una broma…
—¡Una broma! Anoche llamé y usted me dijo que la señorita Lane había salido y que si quería dejar un mensaje. Dije que no. Ahora resulta que vuelvo a llamar esta noche y usted me dice que ahí no hay nadie con ese nombre.
—Lo siento. No sé qué decir. Anoche estuve al cargo de la centralita, pero no recuerdo lo que me dice. Si quiere, le paso con el administrador de la casa.
—No, da lo mismo —dije, y colgué.
Luego marqué el número de Mike. Pero no estaba en casa. Contestó su esposa, Gladys, y me dijo que Mike había ido a la bolera.
Estaba un poco nervioso, o de lo contrario no habría cometido el desliz.
—¿Con los amigos? —pregunté.
Pareció un tanto ofendida.
—Bueno, eso espero —dijo.
Empiezo a asustarme.
Martes por la noche:
Esta noche he vuelto a llamar a Mike. Le he preguntado por Sally.
—¿Quién?
—Sally.
—¿Qué Sally? —preguntó.
—¡Sabes perfectamente qué Sally, hipócrita!
—¿Qué es esto, una broma? —preguntó.
—Puede que lo sea —dije—. ¿Por qué no la dejas ya?
—Vamos a empezar de nuevo —dijo—. ¿Quién narices es Sally?
—¿No conoces a Sally Norton?
—No. ¿Quién es?
—¿Nunca has salido con ella y con Jean Lane y conmigo?
—¡Jean Lane! ¿De qué estás hablando?
—¿Tampoco conoces a Jean Lane?
—No, no la conozco, y esto empieza a tener muy poca gracia. No sé a qué juegas, pero déjalo ya. Como hombres casados que somos…
—¡Escucha! —casi le grité al teléfono—. ¿Dónde estabas hace tres semanas el sábado por la noche?
Se quedó en silencio un momento.
—¿No fue ésa la noche que tú y yo nos quedamos en casa mientras Mary y Glad iban a un desfile de modas en…?
—¿Que nos quedamos en casa? ¿No estuvimos con nadie?
—¿Con quién?
—¿No había ninguna chica? ¿Sally? ¿Jean?
—Ya estamos otra vez —gruñó—. Oye, colega, ¿se puede saber qué tripa se te ha roto? ¿Puedo hacer algo por ti?
Me recosté sobre la pared de la cabina telefónica.
—No —dije débilmente—. No.
—¿Estás seguro de que te encuentras bien? Pareces muy alterado. Colgué. Estoy alterado. Tengo la sensación de estar muriéndome de hambre, y no hay ni una migaja de comida en todo el mundo para alimentarme.
¿Qué está pasando?
Miércoles por la tarde:
Sólo había una forma de averiguar si Sally y Jean habían desaparecido realmente.
Había conocido a Jean a través de un amigo que conocía de la universidad. Procede de Chicago, igual que mi amigo Dave. Era él quien me había dado su dirección en Nueva York, el Club Stanley. Naturalmente, no le dije a Dave que estaba casado.
Así que me puse en contacto con Jean y salí con ella, y Mike salió con su amiga Sally. Así es como había sido, sé que eso era lo que había ocurrido.
De manera que hoy escribí una carta a Dave. Le contaba lo sucedido. Le suplicaba que preguntara en su casa y que me escribiera rápidamente y me dijera que era una broma, o alguna asombrosa cadena de casualidades. Luego saqué mi libreta de direcciones.
El nombre de Dave ha desaparecido de la libreta.
¿Me estoy volviendo realmente loco? Sé con toda certeza que la dirección estaba ahí. Puedo recordar la noche, años antes, en que la copié cuidadosamente porque no quería perder el contacto con él cuando saliéramos de la universidad. Incluso recuerdo la mancha de tinta que se me cayó mientras la escribía, porque mi pluma perdía.
La página está en blanco.
Recuerdo su nombre, su aspecto, cómo hablaba, las cosas que hacíamos, las clases a las que fuimos juntos.
Incluso tenía una carta que me había enviado en unas vacaciones de Pascua mientras estaba en clase. Recuerdo que Mike dormía en mi habitación. Como vivíamos en Nueva York, no había tiempo para ir a casa porque las vacaciones sólo duraban unos pocos días.
Pero Dave se había vuelto a casa, en Chicago, y, desde allí nos envió una carta muy graciosa, por correo especial. Recuerdo que la selló con cera y estampó su propio anillo para que fuera más divertido.
La carta ha desaparecido del cajón donde siempre la tenía.
Y tenía tres fotos de Dave tomadas el día de la graduación. Dos de ellas las conservaba en mi álbum de fotos. Todavía siguen allí…
Pero él no aparece en ellas.
Son sólo fotos del campus con edificios al fondo.
Me da miedo seguir mirando. Podría escribir a la universidad, o llamarles y preguntarles si Dave estuvo alguna vez allí.
Pero me da miedo intentarlo.
Jueves por la tarde:
Hoy fui a Hempstead para ver a Jim. Fui a su despacho. Se sorprendió al verme entrar. Quería saber por qué había ido tan lejos sólo para verle.
—No me digas que has decidido aceptar mi oferta de trabajo —dijo.
Le pregunté:
—Jim, ¿alguna vez me has oído hablar de una chica llamada Jean, de Nueva York?
—¿Jean? No, creo que no.
—Vamos, Jim. Te la he mencionado. ¿No recuerdas la última vez que tú y yo jugamos al póquer con Mike? Te hablé de ella entonces.
—No lo recuerdo, Bob —dijo—. ¿Qué pasa con ella?
—No consigo localizarla. Y tampoco consigo localizar a la chica con la que salió Mike. Y Mike niega haber conocido alguna vez a ninguna de las dos.
Parecía confuso, así que se lo volví a explicar. Luego dijo:
—¿De qué va esto? ¿De dos hombres casados tonteando con…?
—Sólo son amigas —le interrumpí—. Las conocí a través de un amigo que conocía de la universidad. No te hagas ideas precipitadas.
—Vale, vale, olvídalo. ¿Qué tiene que ver conmigo?
—No consigo encontrarlas. Han desaparecido. Ni siquiera puedo demostrar que hayan existido.
Se encogió de hombros.
—¿Y qué?
Luego me preguntó si Mary lo sabía. Escurrí el bulto.
—¿No mencionaba a Jean en ninguna de mis cartas? —le pregunté.
—No sabría decírtelo. No conservo las cartas.
Me marché poco después. Estaba empezando a mostrarse demasiado curioso. Ahora lo comprendo. Si se lo cuenta a su esposa, y ella se lo cuenta a Mary… la hemos liado.
Cuando fui a trabajar aquella tarde, tenía la horrible sensación de que yo era algo provisional. Cuando me senté, fue como si me apoyara en el aire.
Supongo que debo de estar perdiendo la chaveta, porque tropecé con un viejo deliberadamente sólo para averiguar si me veía o me sentía. Gruñó y me llamó torpe idiota.
Le di las gracias por ello.
Jueves por la noche:
Esta noche, en el trabajo, volví a llamar a Mike para ver si se acordaba de Dave, de la facultad.
Sonó el teléfono, y luego se apagó con un clic. Apareció la voz de la operadora y preguntó:
—¿A qué número está llamando, señor?
Me recorrió un escalofrío. Le di el número. Me dijo que ese número no existía.
El teléfono se me cayó de la mano y repiqueteó en el suelo. Mary se incorporó en su mesa y me miró. La operadora decía:
—Hola, hola, hola…
Deposité apresuradamente el teléfono en la horquilla.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mary cuando volví a mi mesa.
—Se me ha caído el teléfono —dije.
Me senté y trabajé, y me estremecí de frío.
Me da miedo hablarle a Mary de Mike y de su esposa Gladys.
Me da miedo que me diga que nunca ha oído hablar de ellos.
Viernes:
Hoy he comprobado lo de Design Handbook. En información me dijeron que no existía dicha publicación. Pero de todas formas he ido al centro. Mary se ha enfadado porque me fuera. Pero tenía que ir.
He ido al edificio.
He mirado el directorio del vestíbulo. Y aunque sabía que no encontraría la revista allí listada, me ha causado una impresión que me ha hecho sentirme mareado y vacío.
Mientras subía en el ascensor, estaba aturdido. Sentía que estaba alejándome de todo.
Me he bajado en el tercer piso, en el sitio exacto donde había preguntado por Jean aquella tarde.
Había una empresa de textiles.
—¿Aquí nunca ha habido una revista? —pregunté a la recepcionista.
—No, que yo recuerde —dijo—. Por supuesto, sólo llevo tres años aquí.
He vuelto a casa. Le he dicho a Mary que estaba malo y que no quería ir a trabajar. Ha dicho que muy bien, que ella tampoco iría. Me he metido en el dormitorio para estar solo. Me he quedado de pie en el sitio en el que vamos a poner la cama nueva cuando nos la entreguen la semana que viene.
Ha entrado Mary. Se ha quedado parada en la puerta, pensativa.
—Bob, ¿qué pasa? —ha preguntado—. ¿Es que no tengo derecho a saberlo?
—Nada —le he dicho.
—Oh, por favor, no me digas eso —dijo—. Sé que pasa algo.
He empezado a caminar hacia ella. Luego me he dado la vuelta.
—Tengo… tengo que escribir una carta —dije.
—¿A quién?
He estallado.
—Eso es asunto mío —dije. Luego le dije que era para Jim.
Se dio la vuelta.
—Ojalá pudiera creerte —dijo.
—¿Qué significa eso? —pregunté. Me miró durante un largo instante y luego volvió a darse la vuelta.
—Dale a Jim recuerdos de mi parte —dijo, y su voz tembló. La forma en que lo dijo hizo que sintiera un escalofrío.
Me senté y escribí la carta para Jim. Decidí que podría servirme de ayuda. Las cosas habían llegado a un punto demasiado extremo para mantener el secreto. Le dije que Mike había desaparecido. Le pregunté si se acordaba de Mike.
Curioso. Mi mano apenas temblaba. Puede que eso sea lo que pasa cuando uno casi ha desaparecido.
Sábado.
Mary tenía que trabajar hoy haciendo unos mecanografiados especiales. Se marchó temprano.
Después de desayunar, saqué la libreta del banco de la caja de metal del armario del dormitorio. Iba a ir al banco a sacar el dinero para la cama.
En el banco he rellenado un formulario de reintegro por valor de 97 dólares. Luego he hecho cola y por fin he entregado el impreso y la libreta al cajero.
La ha abierto y ha levantado la mirada frunciendo el ceño.
—¿Se supone que esto es una broma? —preguntó.
—¿Cómo que si es una broma?
Ha empujado la libreta en dirección a mí.
—Siguiente —dijo.
Imagino que he debido de gritar.
—¿Pero a usted qué le pasa?
Con el rabillo del ojo he visto que uno de los hombres de las mesas de delante se levantaba de un salto y venía corriendo. Una mujer detrás de mí decía:
—Haga el favor de dejarme pasar a la ventanilla.
El hombre ha llegado armando mucho alboroto.
—¿Qué problema hay, señor? —me ha preguntado.
—El cajero no quiere aceptar mi libreta —le dije.
Me pidió la libreta y se la entregué. La abrió. Entonces levantó la mirada, sorprendido. Habló muy tranquilamente.
—Esta libreta está en blanco —dijo.
La cogí y la miré, con el corazón palpitante.
Estaba completamente sin estrenar.
—Oh, Dios mío —gemí.
—Tal vez podamos comprobar el número de la libreta —dijo el hombre—. ¿Por qué no viene a mi mesa?
Pero no había ningún número en la libreta. Podía verlo. Y sentí que las lágrimas afloraban a mis ojos.
—No —dije—. No.
Pasé a su lado y me dirigí a la puerta.
—Un momento, señor —me llamó.
Salí corriendo y no paré de correr hasta llegar a casa.
Esperé en la puerta delantera a que Mary volviera a casa. Aún sigo esperando. Estoy mirando la libreta. La línea donde ambos firmamos con nuestros nombres. Los espacios donde habíamos hecho nuestros depósitos. Cincuenta dólares de sus padres por nuestro aniversario. Doscientos cincuenta dólares de dividendos de mi pensión de veterano. Veinte dólares. Diez dólares.
Todo en blanco.
Todo está desapareciendo. Jean. Sally. Mike. Los nombres se esfuman y la gente con ellos.
Ahora esto. ¿Qué será lo siguiente?
Luego:
Ya lo sé.
Mary no ha vuelto a casa.
He llamado a la oficina. He oído contestar a Sam y le he preguntado si estaba Mary. Ha dicho que debía de haberme equivocado de número, que allí no trabaja ninguna Mary. Le he dicho quién era. Le he preguntado si yo trabajaba allí.
—Déjate de bromitas —dijo—. Te veré el lunes por la noche.
He llamado a mi primo, a mi hermana, a su primo, su hermana, sus padres. Sin respuesta. El teléfono ni siquiera suena. Ninguno de los números funciona. Han desaparecido todos.
Domingo:
No sé qué hacer. Llevo todo el día sentado en el salón, mirando la calle. He estado mirando para ver si alguien que conozca se acerca por la casa. Pero no. Todos son desconocidos.
Me da miedo abandonar la casa. Es lo único que queda. Nuestros muebles y nuestras ropas.
Es decir, mis ropas. Su armario está vacío. Lo he mirado esta mañana, al despertarme, y no había ni rastro de ropas. Es como un número de magia, todo desaparece, es como…
Me he reído. Tiene que ser…
Llamé a la tienda de muebles. Está abierta los domingos por la tarde. Dijeron que no tenían registro alguno de que hubiéramos comprado una cama. ¿Podría hacerles el favor de acercarme a comprobarlo?
Colgué y miré un poco más por la ventana.
Pensé en llamar a mi tía en Detroit. Pero no recuerdo el número. Y ya no está en mi libreta de direcciones. La libreta entera está en blanco. Excepto por mi nombre, en la portada, estampado en oro.
Mi nombre. Sólo mi nombre. ¿Qué puedo decir? ¿Qué puedo hacer? Todo es tan sencillo. No hay nada que hacer.
He estado mirando mi álbum de fotos. Casi todas las fotos son distintas. No sale gente.
Mary ha desaparecido, y también todos nuestros amigos y parientes.
Es curioso.
En la foto de la boda estoy sentado yo solo junto a una mesa enorme cubierta de comida. Mi brazo izquierdo está doblado como si estuviera abrazando a mi esposa. Y a lo largo de toda la mesa hay vasos flotando en el aire.
Brindando por mí.
Lunes por la mañana:
Acabo de recibir devuelta la carta que envié a Jim. Lleva DIRECCIÓN DESCONOCIDA estampado en el sobre.
He intentado pillar al cartero, pero no he podido. Ha pasado antes de que me despertara.
Antes he ido a la tienda de ultramarinos. El dueño me conocía. Pero cuando le he preguntado por Mary, ha dicho que dejara de bromear, que me moriría soltero y que ambos lo sabíamos.
Sólo me queda una idea. Es un riesgo, pero tendré que aceptarlo. Tendré que dejar la casa para ir al centro, a la Administración de Veteranos. Quiero ver si mi expediente sigue allí. Si está, pondrá algo de mis estudios y de mi matrimonio, y de la gente que ha habido en mi vida.
Me llevo este cuaderno conmigo. No quiero perderlo. Si lo pierdo, entonces no me quedaría nada en el mundo para recordarme que no estoy loco.
Lunes por la noche:
La casa ha desaparecido.
Estoy sentado en la confitería de la esquina.
Cuando volví de la Administración, encontré un solar vacío. Pregunté a algunos de los chicos que jugaban allí si me conocían. Dijeron que no. Les pregunté qué había pasado con la casa. Dijeron que habían jugado en ese solar vacío desde que eran pequeños.
La Administración no tenía mi expediente. Nada.
Eso significa que ya ni siquiera soy una persona. Lo único que me queda es lo que soy, mi cuerpo y las ropas que llevo. Todos los papeles de identificación han desaparecido de mi cartera.
Mi reloj también ha desaparecido. Sin más. De mi muñeca.
Tenía una inscripción en la parte de atrás. La recuerdo.
A mi tesoro, con todo mi amor. Mary.
Me estoy tomando una taza de caf
Save as PDF