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richard matheson

el semblante de julie (es)

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OCTUBRE
Eddy Foster nunca se había fijado en la chica de la clase de literatura hasta aquel día.
No era porque se sentara detrás de él. Varias veces había mirado hacia atrás cuando el profesor Euston estaba escribiendo en la pizarra o leyéndoles pasajes de College Literature. En algunas ocasiones, la había visto al entrar o salir de clase. Ocasionalmente, había pasado a su lado en los pasillos o en el campus. Una vez, incluso la había tocado en el hombro durante la clase y le había dado un lápiz que se le había caído del bolsillo.
Sin embargo, nunca se había fijado en ella de la misma manera que se fijaba en otras chicas. Para empezar, no tenía buen tipo, o si lo tenía, lo mantenía escondido bajo unas ropas amplias. En segundo lugar, no era guapa y parecía demasiado joven. En tercero, su voz era débil y chillona.
Por todo lo cual fue curioso que se fijara en ella aquel día. A lo largo de toda la clase, había estado pensando en la pelirroja de la primera fila. En el teatro de su mente, la había hecho representar —acompañada por él— una interminable obra carnal. Apenas estaba levantando el telón de otro acto cuando oyó la voz detrás de él.
—¿Profesor? —preguntó.
—Sí, señorita Eldridge.
Eddy miró por encima de su hombro mientras la señorita Eldridge hacía una pregunta sobre Beowulf. Vio la simpleza de la cara de la muchachita, oyó su voz dubitativa, se fijó en el amplio jersey amarillo que llevaba. Y, mientras la miraba, la idea le sobrevino repentinamente.
Tómala.
Eddy se dio la vuelta rápidamente, su corazón palpitante como si hubiera dicho las palabras en voz alta. Contuvo una sonrisa. Menuda idea tan absurda. ¿Tomarla? ¿Con ese tipo? ¿Con esa cara de cría?
Fue entonces cuando se dio cuenta de que era su cara lo que le había dado la idea. Su mismo aire infantil parecía espolearle perversamente.
Oyó un ruido detrás. Eddy echó un vistazo. La chica había dejado caer su boli y se inclinaba para recogerlo. Eddy sintió un cosquilleo recorriendo su piel al notar la presión de su pecho contra el jersey tirante. A lo mejor resultaba que sí tenía buen tipo. Eso lo hacía todavía más emocionante. Una niña temerosa de mostrar su cuerpo maduro. La idea prendió un fuego oscuro en la mente de Eddy.
Eldridge, Julie, decía el anuario. San Luis, Artes y Ciencias. Como esperaba, no pertenecía a ninguna hermandad ni organización. Miró su fotografía y pareció que cobraba vida en su imaginación. Tímida, retraída, encerrada en un cascarón de represiones pervertidas.
Tenía que poseerla.
¿Por qué? Se hizo la pregunta innumerables veces pero no encontró una respuesta lógica. Sin embargo, siempre había alguna imagen de ella rondándole la cabeza. Los dos, encerrados en una habitación del Hiway Motel, el radiador asfixiando sus pulmones con aire caliente mientras se daban un festín cada uno en la carne del otro; él y su inocente degradada.
La campana había sonado y, mientras los estudiantes abandonaban la clase, a Julie se le cayeron los libros.
—Toma, se te han caído —dijo Eddy.
—Oh —se quedó inmóvil mientras los recogía. Con el rabillo del ojo, vio la suavidad marfileña de sus piernas. Se estremeció y se levantó con los libros.
—Toma —dijo.
—Gracias —sus ojos se inclinaron y un levísimo toque de color asomó a sus mejillas. No estaba tan mal, pensó Eddy. Y sí que tenía buen tipo. No demasiado, pero suficiente.
—¿Qué es lo que tenemos que leer para mañana? —se oyó preguntar a sí mismo.
—El… “Cuento de la esposa de Bath”, ¿no es eso? —preguntó.
—Oh, ¿eso? —pídele una cita, pensó.
—Sí. Eso creo.
Asintió. Pídesela ahora, pensó.
—Bueno —dijo Julie. Empezó a darse la vuelta.
Eddy sonrió levemente y sintió que los músculos de su estómago temblaban.
—Nos vemos —dijo.
Se quedó en pie en la oscuridad, mirando la ventana de ella. Dentro de la habitación, la luz se encendió cuando Julie volvió del cuarto de baño. Llevaba un albornoz de felpa y una toalla, una manopla de baño y una jabonera de plástico. Eddy vio cómo dejaba la manopla y la jabonera sobre su escritorio y se sentaba en la cama. Se quedó allí, rígido, observándola con ojos que no parpadeaban. ¿Qué estaba haciendo allí?, pensó. Si alguien le pillaba, le arrestarían. Tenía que irse.
Julie se levantó. Deshizo el nudo que llevaba a la cintura y el albornoz se deslizó hasta el suelo. Eddy se quedó paralizado. Separó los labios, tragando aire húmedo. Tenía el cuerpo de una mujer, con caderas y pechos prominentes. Y con esa cara de niña bonita…
Eddy sintió que el aliento caliente se abría camino entre sus labios. Murmuró:
—Julie, Julie, Julie…
Julie se dio la vuelta para vestirse.
* * *
La idea era una locura. Lo sabía pero no podía quitársela de encima.
No importaba cuánto intentara pensar en otra cosa, aquella idea seguía volviendo.
La invitaría a un autocine, drogaría su coca-cola, y se la llevaría al Hiway Motel. Para garantizar su seguridad posterior, le sacaría fotografías y amenazaría con enviárselas a sus padres si decía algo.
La idea era una locura. Lo sabía pero no podía resistirse. Tenía que hacerlo ahora, ahora que todavía era una desconocida para él; una hembra desconocida con cara de niña y cuerpo de mujer. Eso era lo que quería, no un individuo.
¡No! ¡Era una locura! Faltó a dos clases de literatura seguidas. Se fue a pasar el fin de semana a casa. Vio un montón de películas. Leyó revistas y dio largos paseos. Podía superarlo.
—¿Señorita Elridge?
Julie se detuvo. Cuando se volvió para mirarle, el sol le hizo ondas en el pelo. Estaba muy guapa, pensó Eddy.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó.
—Vale —dijo ella.
Pasearon por el camino del campus.
—Me preguntaba —dijo Eddy— si querrías ir a ver la película del auto-cine el viernes por la noche.
Le sorprendió lo tranquilo de su voz.
—Oh —dijo Julie. Le miró con timidez—. ¿Qué ponen? —preguntó.
Se lo dijo.
—Parece bonita —dijo ella.
Eddy tragó saliva.
—Bien —respondió—. ¿A qué hora paso a recogerte?
Luego se preguntó si no le habría parecido extraño que no le preguntara dónde vivía.
La luz estaba encendida en el porche de la casa donde ella se alojaba. Eddy apretó el timbre y esperó, mirando cómo dos polillas aleteaban alrededor de la luz. Al cabo de un momento, Julie abrió la puerta. Pensó que parecía casi preciosa. Nunca la había visto tan bien vestida.
—Hola —dijo ella.
—Hola —contestó él—. ¿Lista?
—Voy a por mi abrigo —fue por el pasillo hasta su habitación. Allí se había mostrado desnuda aquella noche, su cuerpo deslumbrante bajo la luz. Eddy apretó los dientes. Todo iría bien. Nunca se lo contaría a nadie cuando viera las fotografías que iba a sacar.
Julie volvió por el pasillo y se fueron al coche. Eddy le abrió la puerta.
—Gracias —murmuró. Mientras se sentaba, Eddy pudo atisbar las rodillas envueltas en medias antes de que pudiera bajarse la falda. Cerró la puerta y rodeó el coche. Tenía la garganta seca.
Diez minutos después, aparcaba el coche en un hueco libre en la última fila del autocine y apagaba el motor. Estiró la mano, sacó el altavoz de su poste y lo enganchó en la ventana. Estaban poniendo dibujos animados.
—¿Quieres unas palomitas y una coca-cola? —preguntó, sintiendo un repentino ataque de terror por si decía que no.
—Sí. Gracias —dijo Julie.
—Volveré en seguida —Eddy salió del coche y se dirigió a la cafetería. Le temblaban las piernas.
Esperó entre la muchedumbre de estudiantes, viendo sólo sus propios pensamientos. Una y otra vez, cerraba con llave la puerta de la habitación del motel, bajaba las persianas, apagaba todas las luces, encendía el radiador. Una y otra vez, se acercaba a donde Julie yacía estupefacta e indefensa sobre la cama.
—¿Dígame? —dijo el dependiente.
Eddy dio un respingo.
—Ah… dos de palomitas y una coca-cola grande y otra pequeña —dijo.
Sintió que empezaba a temblar convulsivamente. No podría hacerlo. Se arriesgaba a pasar en la cárcel el resto de su vida. Pagó al hombre mecánicamente y se marchó con la bandeja de cartón. Las fotografías, idiota, pensó. Son tu protección. Sintió que un deseo furioso hacía temblar todo su cuerpo. Nada iba a detenerle. En el camino de vuelta al coche, vació el contenido del paquete en la coca-cola pequeña.
Cuando abrió la puerta y se metió, Julie estaba sentada en silencio. La película había empezado.
—Aquí tienes tu coca-cola —dijo. Le dio el vaso pequeño con su paquete de palomitas.
—Gracias —dijo Julie.
Eddy se puso a ver la película. Sintió que su corazón latía lentamente, como un tambor. Sintió los insectos de la transpiración correteando por su espalda y sus costados. Las palomitas estaban secas y no sabían a nada. No paraba de beber coca-cola para humedecerse la garganta. Pronto, pensó. Apretó los labios y miró la pantalla. Oía a Julie comer palomitas, la oía beber coca-cola.
Los pensamientos acudían cada vez más rápidos; la puerta cerrada, las persianas bajadas, la habitación, un horno iluminado mientras se retorcían juntos en la cama. Ya estaban haciendo cosas que Eddy casi nunca había imaginado. Cosas salvajes, dementes. Era su cara, pensó. Su maldita cara de ángel. Hacía que la mente buscase todas las salidas negras que pudiera encontrar.
Eddy miró a Julie. Sintió que sus manos se retraían tan repentinamente que derramó coca-cola sobre los pantalones. Su vaso vacío había caído al suelo, el paquete de palomitas estaba volcado sobre su regazo. Su cabeza estaba apoyada sobre el respaldo del asiento y, durante un espantoso momento, Eddy pensó que había muerto.
Entonces respiró roncamente y volvió su cabeza hacia él. Vio que su lengua se movía, oscura y perezosa, sobre sus labios.
De pronto, volvió a estar poseído de una calma absoluta. Quitó el altavoz de la ventanilla y lo colgó fuera. Tiró los vasos y los paquetes. Arrancó el motor y retrocedió hacia la calle de salida. Encendió las luces de posición y salió del cine.
Hiway Motel. El cartel parpadeaba desde medio kilómetro de distancia. Durante un segundo, a Eddy le pareció leer Completo y emitió un gemido de temor. Luego vio que se había equivocado. Todavía estaba temblando cuando hizo girar el coche por el camino de entrada y aparcó a un lado de recepción.
Haciendo acopio de valor, entró y tocó el timbre. Estuvo muy tranquilo y el hombre no le dijo ni una palabra. Hizo que Eddy rellenara la tarjeta de registro y le dio la llave.
Eddy aparcó el coche en el aparcamiento cubierto junto a su habitación. Metió la cámara en el cuarto y luego salió y echó un vistazo alrededor. No había nadie a la vista. Corrió al coche y abrió la puerta. Cargó con Julie hasta la puerta de la habitación, sus zapatos crujiendo sobre la grava. La metió en la habitación oscura y la dejó caer sobre la cama.
Así que aquello era su sueño hecho realidad. La puerta estaba cerrada. Dio vueltas por la habitación con piernas temblorosas, bajando las persianas. Encendió el radiador. Encontró el interruptor de la luz junto a la puerta y lo activó. Encendió todas las lámparas y les quitó las pantallas. Dejó caer una de ellas, que rodó sobre la alfombra. La dejó allí. Fue a donde Julie estaba tirada.
Al caer sobre la cama, su falda se había levantado hasta los muslos. Podía ver el extremo superior de sus medias y los botones de las ligas atados a ellas. Tragando saliva, Eddy se sentó y la puso en posición sedente. Le quitó el jersey. Tembloroso, le pasó la mano por detrás y le desabrochó el sujetador; sus pechos se liberaron. Rápidamente, bajó la cremallera de la falda y se la quitó.
En apenas unos segundos, estaba desnuda. Eddy la colocó sobre las almohadas, haciendo que posara. Santo Cielo, qué cuerpo. Eddy cerró los ojos y se estremeció. No, pensó, esto es lo importante. Primero haz las fotografías y así estarás a salvo. Luego no podrá hacerte nada; estará demasiado asustada. Se levantó, tenso, y cogió la cámara. Preparó los ajustes. La centró en el objetivo. Entonces habló.
—Abre los ojos —dijo.
Julie lo hizo.
* * *
Volvió a casa de ella antes de las seis de la mañana siguiente. Subió cautelosamente por el pasillo hasta llegar al jardín bajo su ventana. No había dormido en toda la noche. Sus ojos estaban secos y calientes.
Julie estaba en la cama, exactamente como la había dejado. La miró un momento, sus latidos lentos y pesados. Entonces arrastró un clavo sobre la pantalla.
—Julie —dijo.
Ella murmuró indistintamente y se puso de lado. Ahora le miraba de frente.
—Julie.
Sus ojos parpadearon y se abrieron. Le miró aturdida.
—¿Quién es? —preguntó.
—Eddy. Déjame entrar.
—¿Eddy?
De pronto, respiró hondo y se encogió, y él supo que lo recordaba.
—Déjame entrar o tendrás problemas —murmuró. Podía sentir que sus piernas empezaban a temblar.
Julie se quedó inmóvil unos segundos, sus ojos fijos en los de él. Entonces se puso en pie y avanzó haciendo eses hacia la puerta. Eddy se dirigió al callejón de entrada. Lo recorrió nerviosamente, y estaba subiendo los escalones del porche cuando ella salió.
—¿Qué quieres? —susurró. Estaba excitante, medio dormida, con las ropas y el pelo revuelto.
—Entrar —dijo.
Julie se puso firme.
—No.
—Está bien, vale —dijo, tomándola bruscamente de la mano—. Hablaremos en mi coche.
Ella le acompañó al coche y, cuando se deslizó a su lado, notó que estaba temblando.
—Encenderé la calefacción —dijo. Sonó estúpidamente inane. Había ido allí a amenazarla, no a consolarla. Furioso, arrancó el motor y se apartó del bordillo.
—¿Adónde vamos? —preguntó Julie.
Al principio no lo sabía. Luego, repentinamente, pensó en el sitio a las afueras de la ciudad donde siempre aparcaban las parejas de estudiantes. A aquellas horas estaría desierto. Eddy sintió un cosquilleo en el cuerpo y pisó el acelerador. Dieciséis minutos después, el coche estaba en medio del bosque silencioso. Una bruma pálida flotaba sobre el suelo y parecía envolver los árboles.
Julie ya no estaba temblando; el interior del coche estaba caliente.
—¿Qué ocurre? —preguntó, débilmente.
Siguiendo un impulso, Eddy metió la mano dentro del bolsillo interior de su chaqueta y sacó las fotografías. Las arrojó sobre su regazo.
Julie no emitió ningún sonido. Se quedó mirando las fotografías con ojos paralizados, sus dedos sacudiéndose mientras las sujetaba.
—P-por si se te ocurre llamar a la policía —balbució Eddy. Apretó los dientes. ¡Díselo!, pensó salvajemente. Con voz sorda y cruda le dijo todo lo que había hecho la noche anterior. La cara de Julie se volvió pálida y rígida mientras escuchaba. Sus manos se apretaron tensamente. Fuera, la niebla parecía elevarse alrededor de las ventanillas como un fluido de tiza. Les rodeaba.
—¿Quieres dinero? —susurró Julie.
—Quítate la ropa —dijo él. Se le ocurrió pensar que no era su voz. Sonaba demasiado maligna, demasiado inhumana.
Entonces Julie sollozó y Eddy sintió un chorro de furia cegadora que hervía dentro de él. Echó la mano hacia atrás, la vio agitarse en un borrón de movimiento, oyó su sonido golpeándola en la boca, sintió el escozor en los nudillos.
—¡Que te la quites!
Su voz sonó ensordecedora en el sofocante espacio cerrado del coche. Eddy pestañeó y boqueó para tomar aliento. Miró aturdido a Julie que, sollozando, empezó a quitarse la ropa. Un hilillo de sangre goteaba de la comisura de sus labios. No, no, oyó suplicar a una voz en su cabeza. No lo hagas. Se desvaneció rápidamente al palparla con manos extrañas.
Cuando llegó a casa a las diez de la mañana, había sangre y piel bajo sus uñas. Al verlo, se sintió repentinamente enfermo. Se tumbó estremeciéndose en la cama, con los labios temblando, los ojos mirando el techo. Se acabó, pensó. Tenía las fotografías. No tendría que volver a verla. Si volvía a verla sería su fin. Su cerebro ya se sentía como una esponja podrida, tan empapado de corrupción que la presión de su cráneo provocaba un derrame constante sobre sus pensamientos. Intentó dormir, pero lo que hizo fue pensar en las magulladuras de su precioso cuerpo, en los arañazos, en las marcas de las mordeduras. La oyó gritar en su mente.
No volvería a verla.
DICIEMBRE
Julie abrió los ojos y vio pequeñas sombras cayendo sobre la pared. Volvió la cabeza y miró a través de la ventana. Empezaba a nevar. La blancura le recordó la mañana que Eddy le había enseñado por vez primera las fotografías.
Las fotografías. Aquello era lo que la había despertado. Cerró los ojos y se concentró. Estaba ardiendo. Podía ver las copias y los negativos desperdigados por el fondo de una gran bandeja de esmalte, de las que se utilizan para revelar películas. Llamas brillantes crepitaban sobre ellas y el esmalte se emborronaba.
Julie contuvo el aliento. Forzó su visión mental aún más para examinar la habitación que quedaba iluminada por la bandeja de esmalte en llamas, hasta que se posó sobre la cosa rota que se balanceaba y oscilaba, colgada del gancho del armario.
Suspiró. No había durado mucho. Ese era el problema de una mente como la de Eddy. La misma debilidad que la hacía vulnerable a ella, no tardaba en provocar su fin. Julie abrió los ojos, su cara de niña fea fruncida en una sonrisa. Bueno, había otros.
Estiró su escuálido cuerpo lánguidamente. La pose ante la ventana, la coca-cola drogada, las fotografías del motel, todo aquello se estaba volviendo aburrido ya, aunque aquel sitio en el bosque era maravilloso. Especialmente a primera hora de la mañana, con la niebla, y el coche caliente como un horno. Eso lo conservaría durante un tiempo; y la violencia, por supuesto. Del resto tendría que deshacerse. Ya pensaría algo mejor la próxima vez.
Philip Harrison nunca se había fijado en la chica de la clase de Física hasta aquel día…
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