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richard matheson

la casa slaughter (es)

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Les envío para su consideración el siguiente manuscrito, que fue remitido a esta oficina hace algunas semanas. Lo ofrecemos sin ninguna prueba ni opinión sobre su validez. La valoración queda a juicio del lector.
Samuel D. Machildon, Secretario asociado, Sociedad Rand para las Investigaciones Psíquicas.
I
Esto ocurrió hace muchos años. Mi hermano Saul y yo nos habíamos encaprichado de la vieja casa Slaughter, que no tenía inquilinos. Desde que éramos niños, el cartel de bordes amarillentos —SE VENDE— había colgado inclinado en la sucia ventana de la fachada. Con juvenil ambición habíamos jurado que, cuando fuéramos mayores, haríamos que el cartel fuera retirado.
Cuando nos hicimos adultos, la ambición persistió por alguna razón. Saul y yo éramos aficionados a lo Victoriano. Su pintura era similar a esa traslación rosada y exuberante de la naturaleza tan apreciada por los artistas del siglo XIX. Y mi literatura, aunque distaba de estar satisfactoriamente ejecutada, mostraba el claro sello de la prolijidad, se distinguía por esa meticulosa abundancia de frases ornamentadas que los modernistas menosprecian al considerarla aburrida y artificiosa.
Así pues, ¿qué mejor cuartel general para nuestros trabajos artísticos, qué mejor retiro que la casa Slaughter, aquella edificación que igualaba en cornisas y frisos a nuestras inclinaciones íntimas? Ninguno, decidimos, y actuamos con presteza de acuerdo a dicha decisión.
La dotación anual dispuesta por nuestros difuntos padres, aunque sucinta, sabíamos que bastaría, pues la casa estaba muy necesitada de reparaciones y, por añadidura, carecía de electricidad.
También estaba dotada, aunque no se nos puede conceder el mérito de esto, de rumores de fantasmas. Los niños del vecindario se superaban unos a otros relatando las espeluznantes experiencias a las que se habían sometido en compañía de varios de los más eminentes espectros. Sonreíamos ante sus ingeniosas fantasías, sin perder en ningún momento el convencimiento de que la adquisición de la casa sería práctica y satisfactoria en grado sumo.
La oficina inmobiliaria se embriagó de deleite financiero el día que les quitamos de las manos lo que durante largo tiempo habían considerado una causa perdida, hasta el punto de haber retirado la casa de sus listados. Rápidamente se cerraron los acuerdos necesarios y, en cuestión de horas, trasladamos todas las pertenencias de nuestro incómodo piso a nuestra nueva y relativamente amplia casa.
Luego dedicamos varios días a la muy necesaria tarea de la limpieza. Resultó un trabajo mucho más difícil de lo que en principio habíamos esperado. El polvo se acumulaba en los salones y las habitaciones. Nuestros enérgicos barridos hacían que las nubes salieran despedidas en ondas, llenando el aire con vaporosos fantasmas de polvo. A ese respecto, observamos que muchas visiones espectrales podrían resultar explicables si se utilizara el momento adecuado para el experimento.
Además del polvo acumulado en todos los espacios destinados a alojamiento, también había una espesa mugre sobre las superficies de cristal, que se extendía desde las ventanas del piso de abajo hasta los arañados espejos del baño del piso de arriba. Había barandillas sueltas que reparar, cerrojos de puertas que reacondicionar, yardas de gruesa moqueta a las que sacudir décadas de polvo, y una multitud de tareas grandes y pequeñas que llevar a cabo antes de que la casa pudiera ser considerada habitable.
Sin embargo, aun reconociendo la mugre y los años, lo que estaba más allá de toda discusión era que habíamos tropezado con una ganga evidente. La casa estaba completamente amueblada, y aún más, amueblada al delicioso estilo de principios de la década de 1900. Saul y yo estábamos absolutamente encantados. Barrida, aireada, fregada del suelo al techo, la casa resultó ser sin duda alguna una adquisición fascinante. Las cortinas oscuras y señoriales, las alfombras estampadas, el grácil mobiliario, la espineta de teclas amarillas; todo estaba completo hasta el último detalle, y ese detalle era el retrato de una joven indiscutiblemente preciosa que colgaba sobre la repisa de la chimenea del salón.
Cuando lo vimos por vez primera, Saul y yo nos quedamos sin habla ante sus cualidades artísticas. Luego, Saul disertó sobre la técnica del pintor y por fin, en extasiada adulación, discutió conmigo las diversas posibilidades que presentaba la identidad de la modelo.
Nuestra conjetura final fue que era la hija o esposa del antiguo inquilino, quienquiera que fuese, aparte de llamarse Slaughter.
Pasaron varias semanas. El deleite inicial fue aplacado por el trabajo a jornada completa y los intensos esfuerzos creativos.
Nos levantábamos a las nueve, desayunábamos en el comedor, y luego nos dedicábamos a nuestro trabajo, yo en mi dormitorio, Saul en el solario, que habíamos podido improvisar en un pequeño estudio. Cada uno en su cubil, la mañana transcurría tranquila y productivamente. Comíamos a la una, una comida frugal pero nutritiva, y luego reanudábamos el trabajo por la tarde.
Interrumpíamos nuestro trabajo a eso de las cuatro para tomar el té y mantener una tranquila conversación en nuestro elegante salón. A esa hora ya era demasiado tarde para continuar trabajando, puesto que la oscuridad comenzaba a cubrir con su palio la ciudad. Habíamos decidido no instalar electricidad, tanto por razones de prudencia económica como por razones menos sórdidas de pura estética.
Por nada del mundo habríamos querido distorsionar el amable encanto de la casa añadiendo vulgares y estériles luces eléctricas. Sin duda, preferíamos el parpadeante silencio de las velas bajo las cuales jugar nuestra partida nocturna de ajedrez. No necesitábamos que los groseros balidos de la radio usurparan nuestro silencio, comíamos nuestro pan cocido en el horno sin chamuscar y nos parecía que nuestro vino estaba suficientemente fresco en la vieja fresquera. Saul disfrutaba de la sensación de vivir en el pasado, y yo también. No pedíamos más.
Pero entonces empezaron las pequeñas cosas, las cosas intangibles, las cosas sin razón.
Al pasar por las escaleras, por el pasillo, o por las habitaciones, Saul o yo, por separado o juntos, nos deteníamos y percibíamos un extraño impulso en nuestras mentes; fugaz, más claramente definido y real.
Es difícil expresar la sensación con la claridad adecuada. Era como si oyéramos algo, aunque no había sonido alguno, como si viéramos algo, cuando no había nada ante nuestros ojos. Una sensación de presencia cambiante, delicada y tenue, oculta a todos los sentidos físicos y, sin embargo, percibida en cierta forma.
No había manera de explicarlo. De hecho, nunca hablábamos de ello. Era una sensación demasiado nebulosa para discutirla, incapaz de materializarse en palabras. Aunque nos inquietaba, no intentamos una comparación mutua de sensaciones, ni podríamos intentarla. Ni siquiera los más abstractos pensamientos podían aproximarse a lo que estábamos experimentando.
A veces descubría a Saul lanzando una mirada apresurada sobre el hombro, o estirando subrepticiamente la mano para golpear el aire vacío como si esperase que sus dedos tocasen alguna entidad invisible. A veces él me veía a mí haciendo lo mismo. En alguna ocasión sonreímos incómodos, divertidos ambos por aquel momento sin palabras.
Pero nuestras sonrisas pronto se desvanecieron. Casi creo que teníamos miedo de burlarnos de aquella influencia desconocida por temor a que demostrase ser real. No es que mi hermano y yo fuésemos supersticiosos en grado alguno. El mero hecho de que hubiéramos comprado la casa sin prestar el menor crédito a los cuentos de viejas sobre su supuesto anatema parecía contradecir la insinuación de que nos sintiéramos inclinados en ninguna medida a las aprensiones psíquicas. Sin embargo, la casa parecía poseer alguna extraña potencia más allá de toda duda.
A menudo, a altas horas de la noche, permanecía despierto en la cama, sabiendo no sé cómo que Saul también estaba despierto en su habitación y que ambos estábamos escuchando y esperando, conscientemente convencidos de que nuestras expectativas de que algo desconocido se aproximaba iban a cumplirse pronto.
Y se cumplieron.
II
Puede que fuera un mes y medio después de que nos hubiéramos mudado a la casa Slaughter cuando atisbamos el primer indicio de los ocupantes de la casa que no éramos nosotros.
Yo estaba en la estrecha cocina, preparando la cena en la pequeña estufa de gas. Saul estaba en el comedor, preparando la mesa para la comida. Había extendido un mantel blanco sobre la caoba oscura y reluciente, y, encima de él, había colocado dos platos con sus correspondientes cubiertos. Un candelabro de seis velas lucía en el centro de la mesa, proyectando sombras sobre la tela nevada.
Saul estaba a punto de poner las copas y los platillos junto a los platos cuando me volví a la estufa. Giré una pizca la manecilla para disminuir la llama bajo las chuletas. Entonces, cuando empecé a abrir la fresquera para sacar el vino, oí que Saul tragaba saliva y que algo caía con un golpe sordo sobre la alfombra del comedor. Me di la vuelta y salí de la cocina lo más rápido que pude.
Una de las copas había caído al suelo, su asa partida. La recogí sin tardanza, con los ojos fijos en Saul.
Estaba en pie, dando la espalda a la entrada del salón, su mano derecha apretada contra su mejilla, una mirada de horror mudo contorsionando sus bellos rasgos.
—¿Qué ocurre? —pregunté, colocando la copa sobre la mesa.
Me miró sin contestar y me fijé en que sus esbeltos dedos temblaban sobre sus mejillas blanquecinas.
—Saul, ¿qué ocurre?
—Una mano —dijo—. Una mano. Me ha tocado la mejilla.
Creo que se me abrió la boca por la sorpresa. En lo más recóndito de mi mente, había esperado que ocurriera algo así. También Saul. Sin embargo, ahora que había sucedido, la sensación natural de opresiva sorpresa pesaba sobre nuestros hombros.
Nos quedamos en silencio. ¿Cómo puedo expresar mis sentimientos en aquel momento? Fue como si algo tangible, una marea de aire asfixiante, nos cubriera como una serpiente amorfa y letárgica. Noté que el pecho de Saul se agitaba en saltos y depresiones convulsos y que mi propia boca se quedaba abierta mientras intentaba tomar aliento a bocanadas.
Entonces, al momento siguiente, aquel vacío sin aliento desapareció, el terror irracional se disolvió. Conseguí hablar, con la esperanza de romper aquel abrumador embrujo con las palabras.
—¿Estás seguro? —dije.
Su esbelta garganta se contrajo. Obligó a sus labios a dar forma a una sonrisa, una sonrisa más de temor que de complacencia.
—Espero que no —repuso.
Haciendo un esfuerzo, reforzó su sonrisa.
—¿Podría ser? —continuó, su jovialidad fallando de forma ostensible—. ¿Podría ser que hubiéramos cometido la estupidez de comprar una casa encantada?
Hice un esfuerzo por unirme a su artificioso talante bromista por el bien de nuestra cordura. Pero no podía durar, y tampoco encontré ningún placer perdurable en la fingida compostura de Saul. Ambos éramos excepcionalmente hipersensibles, lo habíamos sido desde que nacimos, yo veintisiete años antes, él veinticinco. Ambos sentíamos aquella premonición amorfa en lo más profundo de nuestros sentidos.
No volvimos a hablar de ello, no sabría decir si por repugnancia o por pavor. A continuación de nuestra poco disfrutable comida, pasamos el resto de la noche jugando algunas partidas de cartas con un espíritu lamentable. En un momento de temor que me pilló por sorpresa, sugerí que podría ser digno de tener en consideración que instalásemos tomas eléctricas en la casa.
Saul se burló de mi aparente claudicación y pareció más contento de mantener la relativa penumbra de la luz de las velas de lo que el suceso anterior a la cena habría hecho pensar. No obstante, no entré en discusiones.
Nos retiramos a nuestras habitaciones bastante temprano, como solíamos hacer. Antes de separarnos, sin embargo, Saul dijo algo que me resultó extraño. Estaba en pie en lo alto de las escaleras, mirando hacia abajo, y yo estaba a punto de abrir la puerta de mi cuarto.
—¿No te resulta familiar todo esto? —preguntó.
Me volví para mirarle, sin saber de lo que estaba hablando.
—¿Familiar? —le pregunté.
—Me refiero —intentó aclarar— a que es como si hubiéramos estado aquí antes. No, es algo más que simplemente haber estado aquí. Es como si realmente hubiéramos vivido aquí.
Le miré con una perturbadora sensación de alarma creciendo en mis pensamientos. Bajó los ojos con una sonrisa nerviosa, como si hubiera dicho algo que estaba dándose cuenta de que no debería haber dicho. Se metió rápidamente en su habitación, murmurando unas buenas noches muy poco cordiales.
Yo me retiré a mi propia habitación, extrañado por la poco común inquietud que había parecido tomar posesión de Saul durante toda la noche, manifestándose no sólo en sus palabras, sino también en su forma impaciente de jugar a las cartas, en su nerviosa postura en la silla sobre la cual se sentaba, en el continuo flexionar de los dedos, en la forma en que sus bellos ojos oscuros recorrían el salón. Como si estuvieran buscando algo.
En mi habitación, me quité el batín, atendí a mi higiene personal y en seguida estuve metido en la cama. Llevaba una hora acostado cuando sentí que la casa se conmovía momentáneamente y el aire parecía bruscamente impregnado de un zumbido extraño y discordante que hizo que mi cerebro palpitase.
Me apreté las manos contra los oídos y entonces me pareció despertar, con las orejas todavía cubiertas. La casa estaba en silencio. No estaba seguro de que no hubiera sido un sueño. Podía ser que un camión pesado hubiera pasado junto a la casa, provocando así el sueño en mi mente alterada. No había forma alguna de que tuviera una certeza absoluta.
Me senté en la cama y escuché. Durante largos minutos permanecí en silencio, intentando oír si se producía algún ruido en la casa. Tal vez un ladrón, o Saul rondando en busca de un bocado de medianoche. Pero no había nada. Una vez, mientras miraba hacia la ventana, me pareció ver, por el rabillo del ojo, un resplandor momentáneo de luces azuladas brillando bajo mi puerta. Pero, cuando giré rápidamente la cabeza, mis ojos sólo vieron la más profunda negrura y, por fin, me volví a desplomar sobre mi almohada y caí en un sueño incómodo.
III
El día siguiente era domingo. Me había despertado frecuentemente durante la noche, y aquel sueño ligero y atormentado me había agotado. Me quedé en la cama hasta las diez y media, aunque mi costumbre era levantarme sin tardanza todos los días a las nueve, un hábito que había adquirido de niño.
Me vestí rápidamente y crucé el vestíbulo, pero Saul ya estaba levantado. Me sentí ligeramente molesto porque no hubiera venido a hablar conmigo como hacía a veces, y ni siquiera se hubiera acercado a decirme que ya había pasado la hora de levantarse.
Le encontré en el salón, desayunando en una pequeña mesa que había situado delante de la chimenea. Estaba sentado en una silla, de cara al retrato.
Su cabeza se volvió rápidamente cuando entré. Me pareció que estaba nervioso.
—Buenos días —dijo.
—¿Por qué no me has despertado? —dije—. Sabes que nunca duermo hasta tan tarde.
—Pensé que estarías cansado —dijo—. ¿Qué más da?
Me senté enfrente de él, sintiéndome más bien malhumorado mientras sacaba un bizcocho caliente de debajo de la servilleta y lo partía.
—¿Notaste un temblor en la casa anoche? —pregunté.
—No. ¿Un temblor?
No contesté al tono frívolo de su contrarréplica. Di un bocado a mi bizcocho y lo deposité sobre la mesa.
—¿Café? —dijo. Asentí secamente y me sirvió una taza, aparentemente ignorando mi resentimiento.
Eché un vistazo a la mesa.
—¿Dónde está el azúcar? —pregunté.
—Yo nunca tomo —contestó—. Ya lo sabes.
—Pero yo sí tomo —dije.
—Bueno, pero tú no te habías levantado, John —contestó con una sonrisa aséptica.
Me levanté bruscamente y entré en la cocina. Abrí una puerta del armario y saqué el azucarero con dedos irritados.
Entonces, al pasar a su lado, cuando me disponía a salir de la habitación, intenté abrir la otra puerta del armario. No se abrió. La puerta había estado atascada firmemente desde que nos habíamos mudado. Saul y yo habíamos decidido, en son de broma, que para mantener la tradición del barrio, el armario debería contener una balda tras otra de fantasmas en polvo.
En aquel momento, sin embargo, yo no estaba de humor para fantasías humorísticas. Tiré del pomo de la puerta con cólera creciente. Que de pronto decidiera insistir en abrir el armario sólo era una muestra del malhumor que la negligencia de Saul podía provocarme con tanta facilidad. Dejé el azucarero y apliqué ambas manos al pomo.
—¿Se puede saber qué estás haciendo? —oí preguntar a Saul desde el salón.
No contesté a su pregunta, sino que tiré con más fuerza del pomo del armario. Pero era como si la puerta estuviera incrustada sólidamente en el marco y no pudiera moverla ni lo más mínimo.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Saul mientras me sentaba.
—Nada —dije, y allí se acabó el tema. Comí con poco o ningún apetito. No sé si me sentía más furioso o dolido. Tal vez fuera mayor la sensación de haber sido ofendido, ya que Saul era por lo general muy susceptible a mis respuestas, pero aquel día no parecía receptivo en el más mínimo grado. Y fue aquel descarado desinterés, tan distinto de su predisposición habitual, lo que me había disgustado tan hondamente.
Hubo un momento, durante la comida, en que levanté la mirada hacia él para descubrir que sus ojos estaban fijos en algún lugar por encima de mi hombro, concentrados en algo que tenía detrás. Aquello provocó que un intenso escalofrío recorriera mi espalda.
—¿Qué estás mirando? —pregunté.
Sus ojos volvieron a concentrarse en mí, y la ligera sonrisa que mantenía se borró de sus labios.
—Nada —contestó.
No obstante, me giré en la silla para mirar. Pero sólo vi el retrato sobre la repisa de la chimenea, nada más.
—¿El retrato? —pregunté.
No contestó, y siguió removiendo el café con engañosa indiferencia.
—Saul, estoy hablando contigo —dije.
Sus ojos oscuros me miraron con burlona frialdad. Como si quisieran decir «En efecto, eso es lo que estás haciendo, pero poco tiene que ver conmigo, ¿no?».
Como no quería hablar, decidí intentar aliviar aquella inexplicable tensión que había surgido entre los dos. Dejé la taza sobre la mesa.
—¿Has dormido bien? —pregunté.
Levantó la mirada hacia mí rápidamente y con un aire de desconfianza, como no pude por menos que notar.
—¿Por qué lo preguntas? —dijo con recelo.
—¿Tan rara es la pregunta?
Una vez más, no contestó. En vez de eso, se dio unos golpecitos en sus finos labios con la servilleta y echó hacia atrás la silla como si pensara marcharse.
—Disculpa —murmuró, más por costumbre que por educación, según me pareció.
—¿Por qué estás tan misterioso? —pregunté con sincera preocupación.
Se puso en pie, dispuesto a marcharse, su rostro literalmente en blanco.
—No lo estoy —dijo—. Te estás imaginando cosas.
No podía entender su repentina alteración ni relacionarla con ninguna causa. Le miré con incredulidad mientras se daba la vuelta y empezaba a caminar hacia la puerta con pasos breves e impacientes.
Giró a la izquierda para atravesar la puerta de entrada y oí sus rápidos pasos subir a saltos los escalones enmoquetados. Me quedé sentado, incapaz de moverme, mirando el lugar por el que acababa de desaparecer.
Sólo transcurrido un largo rato fue cuando me volví una vez más para examinar el retrato con más cuidado.
No parecía que hubiera nada extraño en él. Mis ojos se deslizaron sobre los hombros redondeados y bajaron hasta la garganta esbelta y blanca, el mentón, los labios rojos con forma de arco de Cupido, la nariz delicadamente levantada, los francos ojos verdes. Tuve que agitar la cabeza. Era sólo el retrato de una mujer, nada más. ¿Cómo podía afectar a un hombre en su sano juicio? ¿Cómo podía afectar a Saul?
No me pude acabar el café, que se quedó frío sobre la mesa. Me levanté, eché hacia atrás la silla y empecé a subir al piso de arriba. Me dirigí directamente a la habitación de mi hermano y giré el pomo para entrar, y entonces noté que mi cuerpo se ponía rígido al darme cuenta de que había cerrado con llave. Me aparté de su puerta, con los labios apretados y perturbado en grado sumo, afectado más allá de todo límite.
Permanecí en mi habitación la mayor parte del día, leyendo esporádicamente mientras estaba atento a oír sus pasos en el vestíbulo. Intenté encontrar una explicación razonable para la situación, dar respuesta a aquella extraña transformación en su conducta hacia mí.
Pero no parecía que hubiera más respuesta que la de los dolores de cabeza, el sueño interrumpido o cualquier otra explicación igualmente insatisfactoria. No servían en absoluto para explicar su incomodidad, la forma extraña en que sus ojos me contemplaban, su señalada inclinación a no hablar con educación.
Fue entonces, debo dejar clara constancia de que en contra de mi voluntad, cuando empecé a sospechar que las causas no eran de naturaleza ordinaria y a prestar crédito momentáneo a los relatos locales sobre la casa en la cual vivíamos. No habíamos hablado de la mano que había sentido, ¿pero fue porque creíamos que era producto de su imaginación o porque creíamos que no lo era?
En una ocasión, por la tarde, me quedé en el pasillo con los ojos cerrados, escuchando atentamente como si quisiera atrapar algún sonido concreto y separarlo de los demás. En el profundo silencio, me balanceé adelante y atrás, con la quietud misma zumbándome en los oídos.
No oí nada. El día pasó con horas lentas y solitarias. Saul y yo compartimos una malhumorada cena durante la cual rechazó cualquier conversación coherente, así como las múltiples ofertas de partidas de cartas y ajedrez durante la velada posterior.
Cuando terminó de comer, regresó inmediatamente a su habitación y yo, después de fregar los platos, volví a la mía y no tardé en acostarme.
El sueño volvió otra vez, aunque no estaba seguro de que fuera un sueño, pensé tumbado en la cama ya por la mañana. Y si no había sido un sueño, sólo cien camiones podrían haber causado una vibración semejante a la que había conmovido la casa en mi fantasía. Y la luz que brillaba bajo la puerta era demasiado brillante para proceder de una vela, era un deslumbrante fogonazo de iluminación. Y los pasos que oía eran muy audibles. ¿Pertenecían sólo a mi sueño? No podía estar seguro.
IV
Cuando me levanté y me vestí, irritado porque mi horario de trabajo se viera alterado por las preocupaciones, ya eran casi las nueve y media. Me aseé rápidamente y salí al vestíbulo, impaciente por entregarme a mis ocupaciones.
Entonces, al mirar automáticamente hacia el cuarto de Saul, observé que la puerta estaba ligeramente entornada. Supuse que ya se había levantado y estaba trabajando en el solario, así que no me detuve a mirar. En su lugar, bajé corriendo para prepararme un rápido desayuno, notando al entrar en la cocina que la habitación estaba igual que la había dejado la noche anterior.
Después de un desayuno frugal, volví a subir y entré en el cuarto de Saul.
Con cierta consternación, lo encontré aún sobre la cama. Digo «sobre» y no «en» porque, según parecía, las mantas y sábanas habían sido violentamente arrojadas a un lado, y estaban amontonadas en remolinos sobre el suelo de madera.
Saul yacía sobre la sábana del colchón, vestido sólo con los pantalones del pijama, su pecho, hombros y cara rociados con pequeñas gotas de transpiración.
Me incliné y le agité una vez, pero sólo fue capaz de emitir murmullos en su letargo soñoliento. Volví a agitarle con dedos endurecidos y se giró furioso.
—Déjame en paz —dijo muy irritado—. Sabes que he estado…
Se detuvo como si, una vez más, estuviera a punto de decir algo que no debía.
—¿Has estado qué? —pregunté, sintiendo que el calor de la ofensa inundaba mi organismo.
No dijo nada, sino que se quedó tumbado sobre su estómago, con la cara enterrada en la blanca almohada.
Estiré el brazo y volví a agitarle tomándole por el hombro, esta vez con mayor violencia. Ante esto, se revolvió bruscamente y casi me chilló.
—¡Vete de aquí!
—¿Vas a pintar? —le pregunté, temblando de nervios.
Se tumbó de costado y se retorció un poco, en preparación para volver al sueño. Me aparté bufando con ira.
—Hazte tu propio desayuno —dije, sintiendo aún más furia por el tono absurdo de mis palabras. Cuando cerré la puerta al marcharme, me pareció oír la risa de Saul.
Volví a mi cuarto y empecé a trabajar en mi obra de teatro, aunque con escaso éxito. Mi cerebro no podía reunir la concentración necesaria. Sólo era capaz de pensar en la forma tan extraordinaria en que mi agradable vida había sido usurpada.
Saul y yo siempre nos habíamos sentido excepcionalmente próximos el uno al otro. Nuestras vidas siempre habían sido inseparables, nuestros planes siempre habían sido mutuos, nuestros afectos se habían dirigido invariablemente del uno al otro en primer lugar. Así había sido desde nuestra mocedad, cuando en la escuela otros niños nos llamaban sarcásticamente los Gemelos, en contracción de nuestro mote completo, los Gemelos Siameses. Aunque era dos años mayor que Saul, en la escuela siempre habíamos estado juntos, eligiendo a nuestros amigos teniendo en cuenta los gustos y aversiones del otro, viviendo, en resumidas cuentas, el uno para el otro.
Y ahora ocurría aquello; aquel enfurecedor cisma en nuestra relación. Aquella brusca cesura en nuestra camaradería, aquella abrupta y dolorosa transformación de la intimidad en una cruel desatención.
El cambio fue de tal gravedad para mí que casi de inmediato empecé a buscar causas de la mayor gravedad. Y, aunque la solución implícita parecía tenue como mucho, no pude evitar contemplarla voluntariamente. Y, una vez que la hube contemplado, no pude quitarme de encima la idea.
En el silencio de mi cuarto, pensé en fantasmas.
¿Sería posible que la casa estuviera encantada? Revisé precipitadamente las diversas consecuencias de aquello, las variadas sugerencias de que la teoría era verificable.
Excluyendo la posibilidad de que fueran materia de sueños, estaban las vibraciones y el extraño y penetrante zumbido que me habían acosado. Estaba la luz azul sobrenatural con la que había soñado o que había visto realmente bajo mi puerta. Y, por fin, la más condenatoria de todas las pruebas, estaba la afirmación de Saul de que había sentido una mano en la mejilla. ¡Una mano fría y húmeda!
Sin embargo, y a pesar de todo, es difícil reconocer la existencia de fantasmas en un mundo frío y objetivo. Nuestros mismos instintos se rebelan contra el reconocimiento de una posibilidad tan enloquecedora. Pues, una vez se ha dado el primer paso hacia lo sobrenatural, no hay vuelta atrás, no se puede saber adónde conduce el extraño camino, excepto que es a algún lugar desconocido y espantoso.
Tan reales eran las premoniciones que empecé a sentir, que dejé de lado mi cuaderno de escritura y mi pluma sin usarlos y corrí al vestíbulo y al cuarto de Saul como si allí hubiera algo malo.
El sonido ridículo e inesperado de sus ronquidos me tranquilizó momentáneamente. Pero mi sonrisa fue fugaz, y se desvaneció en el instante en que vi la botella de alcohol medio vacía en su mesilla de noche.
La sorpresa hizo que mi piel se quedara fría. Y entonces me sobrevino el pensamiento: le han corrompido, aunque no tenía ni idea de cuál era el origen de su corrupción.
Mientras permanecía allí mirando su figura despatarrada, gruñó una vez más y giró sobre su espalda. Estaba vestido, pero las ropas con las que se había quedado dormido estaban desarregladas y arrugadas. Noté que su rostro estaba sin afeitar y extremadamente ojeroso, y la mirada sanguinolenta que me dirigía era la que dirige un extraño a otro.
—¿Qué quieres? —me preguntó con tono ronco y antinatural.
—¿Es que has perdido el juicio? —dije—. En nombre de Dios, ¿qué…?
—Vete de aquí —volvió a decirme a mí, su hermano.
Le miré a la cara y, aunque sabía que sólo podía ser el resultado de la bebida que distorsionaba sus rasgos sin afeitar, no pude disipar el temor de que en cierta forma se hubiera embrutecido, y un estremecimiento de extraña repulsión me recorrió.
Estaba a punto de quitarle la botella cuando me lanzó un manotazo, con una oscilación imprecisa del brazo, su sentido de la dirección embotado por un cerebro entumecido por la bebida.
—¡He dicho que te vayas de aquí! —gritó furioso, con venas moteadas de rojo saltando a sus mejillas.
Retrocedí, casi con miedo, y luego me di la vuelta y corrí hacia el vestíbulo, temblando por la impresión producida por el comportamiento antinatural de mi hermano. Me quedé junto a su puerta largo rato, escuchando cómo se revolvía inquieto en la cama, gruñendo. Me sentí cercano a las lágrimas.
Entonces, sin pensarlo, bajé por la oscura escalera, crucé el salón y el comedor y entré en la pequeña cocina. Allí, en el silencio negro, levanté una cerilla titilante y luego encendí la gruesa vela que saqué de la estufa.
Mis pasos sonaban extrañamente ahogados al moverme por la cocina, como si los oyera a través de unas orejeras de algodón. Empecé a tener la incongruente sensación de que el mismo silencio tamborileaba ásperamente en mis oídos.
Al pasar junto al lado izquierdo del armario, me incliné como si el aire muerto e inmóvil se hubiera vuelto repentinamente móvil y me estuviera abofeteando. Ahora el silencio era un rugido y, repentinamente, busqué algún punto de apoyo y mis dedos convulsos tiraron un plato sobre el suelo de baldosas.
Un claro escalofrío me recorrió entonces, porque el sonido del plato al romperse había sido hueco e irreal, como el sonido de algo muy lejano. Si no hubiera visto los fragmentos de porcelana sobre las losas negras, habría jurado que el plato no se había roto en absoluto.
Con una sensación de inquietud creciente, me metí los dedos índices en los oídos y los hice girar como si quisiera aliviar lo que parecía una obstrucción. Luego apreté el puño y golpeé la puerta atrancada del armario, casi desesperado por obtener el consuelo de un sonido lógico. Pero no importaba lo fuertes que fueran mis golpes, el sonido que llegaba a mis oídos no era mayor que el de alguien que llamara a una puerta lejana.
Me volví precipitadamente hacia la pequeña fresquera, ansioso por hacerme unos bocadillos y un café y salir de allí para volver a mi habitación una vez más.
Puse el pan en una bandeja, serví una taza del café negro y humeante y dejé la cafetera una vez más sobre su quemador. Luego, con un claro temblor, me incliné y apagué la vela.
El comedor y el salón quedaron sumidos en una oscuridad opresiva.
Mi corazón empezó a resonar pesadamente mientras cruzaba la alfombra, con pisadas amortiguadas. Sujeté la bandeja con dedos rígidos e insensibles, la mirada fija delante de mí. Mientras avanzaba, mi respiración se hizo más pesada, brotando de mis narices al tiempo que apretaba firmemente los labios para que no empezaran a temblar de miedo.
La negrura y el silencio absoluto parecieron aplastarme como paredes sólidas. Mantuve la garganta rígida, cada músculo suspendido por pura fuerza de voluntad, temeroso de que la relajación me hiciera temblar sin control.
A mitad de camino del vestíbulo, la oí.
Una risa suave y burbujeante que pareció impregnar la habitación como una nube de sonido.
Una oleada de gelidez me cubrió el cuerpo y mis pisadas se detuvieron bruscamente mientras las piernas y el cuerpo se me quedaban paralizados.
La risa no cesó. Continuó, moviéndose alrededor de mí como si alguien —o algo— me envolviese con pisadas insonoras, sus ojos siempre fijos en mí. Empecé a temblar y, en el silencio, pude oír el repiqueteo de la taza sobre mi bandeja.
¡Entonces, repentinamente, una mano fría y húmeda me tocó la mejilla!
Con un aullido de terror, dejé caer la bandeja y corrí enloquecidamente hacia el vestíbulo, y luego escaleras arriba, mis debilitadas piernas impulsándome en la negrura. Mientras corría, oí otra ráfaga de risa líquida detrás de mí, como un fino rastro de aire gélido en el silencio.
Cerré la puerta de mi cuarto y me arrojé sobre la cama, tapándome con la colcha con dedos temblorosos. Con los ojos firmemente cerrados, me quedé con el corazón palpitando contra el colchón. Y, en mi mente, la espantosa conciencia de que todos mis temores estaban justificados era un cuchillo que cortaba tejidos delicados.
Era todo verdad.
De forma tan real como si una mano humana y viviente me hubiera tocado, había sentido aquella mano fría y mojada sobre mi mejilla. Pero ¿qué persona viva podía haber allí abajo, en la oscuridad?
Durante un breve instante, me mentí a mí mismo diciéndome que había sido Saul, poniendo en práctica una broma cruel y salvaje. Pero sabía que no había sido así, pues habría tenido que oír sus pasos, y no había oído ninguno, ni antes ni ahora.
El reloj daba las diez cuando por fin conseguí reunir valor para apartar la colcha, buscar a tientas la caja de cerillas de la mesita de noche y encender la vela.
Al principio, la luz temblorosa mitigó ligeramente el temor. Pero luego vi lo poco que iluminaba en la oscuridad silenciosa y evité, con un estremecimiento, la visión de las enormes paredes sin forma. Maldije la vieja casa por su falta de electricidad. El miedo puede suavizarse con una lámpara resplandeciente. Dadas las circunstancias, el imperfecto parpadeo de aquella pequeña llama no hizo nada por disipar mis temores.
Quería cruzar el vestíbulo y ver si Saul estaba bien. Pero tenía miedo de abrir mi puerta, imaginando apariciones espantosas que acechaban en la negrura, oyendo una vez más en mi mente la risa fea y viscosa. Confiaba en que Saul estuviera tan completamente bajo la influencia del alcohol que nada excepto un terremoto pudiera despertarle.
Y, aunque anhelaba estar a su lado, a pesar de que me hubiera tratado con deslealtad, no sentí el menor valor. Desvistiéndome rápidamente, me apresuré a meterme en la cama y enterré la cabeza bajo las sábanas una vez más.
V
Desperté de golpe, tembloroso y asustado. La ropa de cama estaba retirada de mi cuerpo, el silencio negro era tan espantoso como lo había sido a primera hora de la noche.
Estiré la mano hacia las sábanas, ansioso, mis dedos buscándolas a tientas. Se habían caído por el borde de la cama. Me giré sobre el costado apresuradamente y alargué la mano hacia abajo, los dedos engarriándose al entrar en contacto con las gélidas tablas del suelo.
Entonces, mientras intentaba alcanzar las sábanas, vi la luz bajo la puerta.
Permaneció a la vista durante sólo una fracción de segundo, pero tuve la certeza de que la había visto. Al desaparecer bruscamente de delante de mis ojos, volvió la palpitación. Pareció que mi habitación se llenara de pulsaciones zumbantes. Pude sentir la cama temblando debajo de mí y mi piel volviéndose tensa y gélida; mis dientes castañetearon.
Entonces la luz volvió a aparecer, oí el sonido de pies descalzos y supe que era Saul caminando en la noche.
Impulsado más por el miedo por su seguridad que por el valor, bajé las piernas de la cama y avancé sin hacer ruido hasta la puerta, estremeciéndome por la frialdad del suelo bajo mis pies.
Abrí lentamente la puerta, mi cuerpo tenso en previsión de lo que pudiera ver.
Pero el vestíbulo estaba negro como la pez, así que caminé hasta la puerta del dormitorio de Saul, intentando oír su respiración. Sin embargo, antes de que pudiera distinguir nada, el vestíbulo quedó repentinamente iluminado con aquel resplandor azul sobrenatural y me di la vuelta y corrí, de nuevo instintivamente, hasta lo alto de las escaleras, donde me agazapé, agarrado al viejo pasamanos, mirando hacia abajo.
Allí, un aura de intensa luz azul pasaba por el vestíbulo moviéndose en dirección al salón.
¡Mi corazón dio un salto! Saul estaba siguiéndola, con los brazos estirados en la pose familiar del sonámbulo, sus ojos resplandecientes y fijos en la efulgencia azul sin forma.
Intenté llamarle por su nombre, pero descubrí que mi voz era incapaz de pronunciar ninguna palabra. Traté de avanzar hacia la escalera para arrancar a Saul de aquel terror. Pero una pared, invisible en la negrura, me detuvo. El ambiente se volvió asfixiante. Forcejeé violentamente, pero sin éxito. Mis músculos carecían de fuerza contra el poder horrible e imposible que me había atrapado.
Entonces, repentinamente, mi nariz y mi cerebro se sintieron atacados por un olor acre y repugnante que hizo que mis sentidos se tambalearan. La garganta y el estómago me ardieron con un fuego casi tangible. La oscuridad se hizo más intensa. Parecía aferrarse a mí como un barro caliente y negro que me comprimiera el pecho, de manera que apenas podía respirar. Era como estar enterrado vivo en un horno negro, mi cuerpo atado y bien atado con una fuerte mortaja. Temblé, sollozando de impotencia.
Luego, bruscamente, todo pasó y me quedé parado en mitad del vestíbulo, empapado de transpiración, débil por mis frenéticos esfuerzos. Intenté moverme pero no pude, intenté recordar a Saul, pero fui incapaz de impedir que su imagen se disipara en mi cerebro entumecido. Me estremecí y me volví con destino a mi habitación, pero, al dar el primer paso, las piernas se me doblaron y me desplomé pesadamente sobre el suelo. Su gélida superficie se me apretó contra la cara y perdí la conciencia, mi cuerpo extenuado por los escalofríos.
Cuando mis ojos volvieron a abrirse, seguía acurrucado sobre el frío suelo.
Me senté en el suelo, el vestíbulo oscilando ante mis ojos en mareas alternativas de luz y oscuridad. Mi pecho estaba tenso, y una gelidez implacable se aferraba a mi cuerpo. Conseguí erguirme hasta una posición semiinclinada y fui tambaleándome hasta el cuarto de Saul, con una tos ardiente en la garganta. Tropecé con su cama.
Estaba en ella, y parecía demacrado. No se había afeitado, y la barba oscura y fina de su cara semejaba alguna repugnante vegetación. Su boca estaba abierta y emitía sonidos propios del sueño producido por el agotamiento, y su pecho suave y blanco se elevaba y caía con movimientos huecos.
Cuando le tiré del hombro, no hizo movimiento alguno. Pronuncié su nombre y me impresionó el sonido ronco y chirriante de mi propia voz. Volví a decirlo, y se removió con un gruñido y abrió un solo ojo para mirarme.
—Estoy malo —murmuré—. Saul, estoy malo.
Se giró sobre un costado, dándome la espalda. Un sollozo de angustia me desgarró la garganta.
—¡Saul!
Entonces su cuerpo se contorsionó salvajemente, y las manos se le cerraron en puños huesudos y blancos junto a las caderas.
—¡Fuera de aquí! —chilló—. ¡Déjame en paz o te mataré!
El impacto de sus palabras me apartó de la cama y me hizo quedarme en pie, mirándole estupefacto, con un nudo en la garganta. Agitó su cuerpo como si quisiera partirlo. Le oí murmurar entre dientes, quejoso:
—¿Por qué tiene que durar tanto el día?
Un espasmo de tos me dominó entonces y, con el pecho inflamado y dolorido, volví arrastrándome hasta mi propio cuarto y me metí en la cama con movimientos propios de un viejo. Me desplomé sobre la almohada y subí las sábanas, y allí me quedé, temblando e indefenso.
Durante todo el día dormí a intervalos espasmódicos, interrumpidos por momentos de vela de dolor extremo. Era incapaz de levantarme para procurarme comida o un vaso de agua. Lo único que podía hacer era quedarme allí tumbado, temblando y sollozando. Me sentía tan afectado por la crueldad que Saul había demostrado hacia mí como por el padecimiento físico. Y el dolor que sentía mi cuerpo era extremadamente grave. Tanto que, durante un ataque de tos, resultó tan espantoso que empecé a llorar como un niño, golpeando el colchón con puños débiles e impotentes y dando patadas en el delirio.
Sí, incluso entonces creo que lloraba por algo más que el dolor. Lloraba porque mi único hermano no me quería.
Pareció que aquella noche llegaba más rápidamente que ninguna otra con anterioridad. Permanecí acostado en la oscuridad, rogando a través de labios mudos que no sufriera ningún daño.
Dormí un rato y luego, bruscamente, me quedé despierto, mirando la luz bajo la puerta, escuchando el agudo zumbido de mis oídos. Y en aquel momento comprendí que Saul todavía me quería, pero que la casa había corrompido su amor.
De aquel conocimiento saqué el valor, de la desesperación obtuve un ánimo asombroso. Me puse en pie penosamente y me quedé tambaleante, aturdido, hasta que desaparecieron las rayas delante de mis ojos.
Luego me puse la bata y las zapatillas, me dirigí a la puerta y la abrí de par en par.
No sé a ciencia cierta qué fue lo que hizo que los acontecimientos se desarrollaran del modo en que lo hicieron. Puede que fuera mi coraje lo que hizo que el obstáculo negro del vestíbulo se deshiciera a mi paso. La casa temblaba con las vibraciones y el zumbido. Sin embargo, parecieron disminuir a medida que bajaba por la escalera y, de repente, una luz azul se extinguió en el salón y oí rumores fuertes y furiosos.
Cuando entré, la habitación estaba en su orden acostumbrado. Una vela ardía sobre la repisa de la chimenea. Pero mis ojos estaban clavados en el centro del piso.
Allí en medio estaba parado Saul, medio desnudo e inmóvil, su cuerpo en una pose como si estuviera bailando, sus ojos fijos en el retrato.
Pronuncié su nombre secamente. Sus ojos parpadearon y, lentamente, su cabeza se giró hacia mí. Parecía que no era capaz de asimilar mi presencia, pues, repentinamente, su mirada voló por la habitación y exclamó, con tono desesperado:
—¡Vuelve! ¡Vuelve!
Volví a pronunciar su nombre y dejó de mirar alrededor. Dirigió la mirada hacia mí. Su cara estaba chupada y cruelmente arrugada bajo la luz oscilante de la vela. Era la cara de un demente. Apretó los dientes y empezó a avanzar hacia mí.
—Te mataré —murmuró con un tono líquido—. Te mataré.
Retrocedí.
—Saul, has perdido la cabeza. No…
No pude decir nada más, pues corrió hacia mí, las manos extendidas como si quisiera aferrarme la garganta. Intenté apartarme pero me agarró la bata y tiró de mí hacia él.
Empezamos a forcejear, yo suplicándole que se liberase del terrible embrujo bajo el cual había caído, él jadeante y apretando los dientes. Me agitó la cabeza de lado a lado, y vi nuestras monstruosas sombras subiendo y bajando por las paredes.
Las manos de Saul no eran suyas. Yo siempre he sido más fuerte que él, pero, en aquel momento, parecía que sus dedos eran de acero frío. Empecé a ahogarme y su cara se volvió borrosa ante mis ojos. Perdí el equilibrio y ambos caímos pesadamente al suelo. Sentí la espinosa alfombra contra mi mejilla, sus frías manos aferrándose a mi garganta.
Entonces mi mano entró en contacto con algo frío y duro. Me di cuenta de que era la bandeja que había dejado caer la noche anterior. La agarré y, al comprender que había perdido el juicio y que intentaba matarme, la levanté y la estrellé contra su cabeza con todas las fuerzas que me quedaban.
Era una pesada bandeja de metal, y Saul se desplomó como si hubiera muerto, sus manos aflojándose alrededor de mi magullada garganta. Me levanté tambaleante, tomando aire a bocanadas, y le miré.
La sangre manaba de una profunda brecha en su frente, donde le había golpeado el borde de la bandeja.
—¡Saul! —chillé, horrorizado por lo que había hecho.
Me levanté de un salto, frenéticamente, y corrí hasta la puerta principal. La abrí de golpe, y vi a un hombre que pasaba por la calle. Corrí al porche y le llamé.
—¡Socorro! —grité—. ¡Llame a una ambulancia!
El hombre dio un respingo y me miró sobresaltado.
—¡Por amor de Dios! —le supliqué—. ¡Mi hermano se ha dado un golpe en la cabeza! ¡Por favor, llame a una ambulancia!
Me miró boquiabierto durante un largo instante, y luego salió corriendo nerviosamente calle arriba. Le llamé, pero no quiso detenerse a escuchar. Estaba seguro de que no haría lo que le había pedido.
Al darme la vuelta, vi mi cara exangüe en el espejo del recibidor y comprendí con sorpresa que debía de haberle dado un susto de muerte. Volví a sentirme débil y a tener miedo, como si me hubieran extraído mi momentánea fortaleza. Tenía la garganta seca y dolorida, el estómago al límite. Apenas fui capaz de volver caminando hasta el salón, con las piernas temblorosas.
Intenté subir a Saul hasta un sofá, pero su peso muerto era excesivo para mí, y caí de rodillas a su lado. Mi cuerpo se desmoronó y me quedé medio agazapado, medio tumbado, al lado de mi hermano. El áspero sonido de mi respiración era el único ruido que podía oír. Mi mano izquierda acarició el pelo de Saul con gesto ausente, y lágrimas silenciosas brotaron de mis ojos.
No puedo saber cuánto tiempo llevaba allí cuando la palpitación empezó de nuevo, como si quisiera demostrarme que no se había marchado de verdad.
Seguí agazapado como algo muerto, con el cerebro casi en coma. Podía sentir el corazón palpitando en mi pecho como un viejo reloj, el péndulo mellado y ahogado golpeando mis costillas con un ritmo carente de vida. Percibía todos los sonidos con una fuerza similar, el reloj sobre la repisa, el corazón y la palpitación interminable; todos se fundían en un ritmo horrible que se convirtió en parte de mí, que se convirtió en mí. Podía sentir cómo me hundía cada vez más profundamente, como un ahogado que se desliza indefenso bajo las aguas silenciosas.
Entonces me pareció oír un golpeteo de pies a través de la habitación, un crujir de faldas y, a lo lejos, la risa hueca de unas mujeres.
Levanté la cabeza bruscamente, con la piel tensa y fría.
Había una figura vestida de blanco en la puerta.
Empezó a avanzar hacia mí y me levanté con un grito estrangulado en los labios, sólo para desplomarme en la oscuridad.
VI
Lo que había visto no era un fantasma, sino un enfermero del hospital. Según parecía, el hombre a quien había llamado en la calle sí que había hecho lo que le había pedido. Servirá como explicación del estado en que me encontraba que diga que no oí el timbre de la puerta de la calle, ni los golpes del enfermero sobre la puerta entreabierta. De hecho, si la puerta no hubiera estado abierta, estoy seguro de que ahora estaría muerto.
Se llevaron a Saul al hospital para curarle la cabeza. Como yo no tenía nada más grave que agotamiento nervioso, me quedé en la casa. Quise acompañar a Saul, pero me dijeron que el hospital estaba sobrecargado y que haría mejor quedándome en la cama.
A la mañana siguiente dormí hasta tarde, y me levanté a eso de las once. Bajé a la cocina y tomé un desayuno sustancioso. Luego regresé a mi cuarto y dormí unas cuantas horas más. A eso de las dos, almorcé algo. Había pensado abandonar la casa mucho antes de que anocheciera para asegurarme de que no me ocurría nada más. Podría encontrar alojamiento en un hotel. Estaba claro que tendríamos que abandonar la casa, la vendiéramos o no. Preví que tendría una discusión con Saul a este respecto, pero decidí mantenerme firme en mi decisión.
A eso de las cinco, me vestí y salí de la habitación, llevando una pequeña bolsa con lo indispensable para la noche. El día casi se había acabado, y bajé las escaleras apresuradamente, ya que no deseaba seguir más tiempo en la casa. Al llegar al pie de la escalera, crucé el recibidor y cerré la mano sobre el pomo de la puerta.
La puerta no quiso abrirse.
Al principio me negué a creerlo. Me quedé parado, tirando, intentando combatir el frío aturdimiento que se extendía por mi cuerpo. Luego solté la bolsa y tiré del pomo con las dos manos, pero sin ningún éxito. Estaba tan firmemente cerrada como la puerta del armario de la cocina.
De pronto, me aparté de la puerta y corrí hacia el salón, pero todas las ventanas estaban fijas en sus marcos. Eché un vistazo a la habitación, sollozando como un niño, sintiendo una cólera muda por haberme dejado atrapar otra vez. Maldije en voz alta y, al hacerlo, un viento frío me levantó el sombrero de la cabeza y lo arrojó al suelo.
Bruscamente, me puse las manos temblorosas sobre los ojos y me estremecí violentamente, temeroso de lo que podría ocurrir en cualquier segundo, mi corazón martilleando mi pecho. La habitación se enfriaba palpablemente, y oí de nuevo aquel zumbido grotesco que parecía proceder de otro mundo. Me pareció una risa, una risa que se burlaba de mí por mis pobres y débiles esfuerzos por escapar.
Entonces, de forma igualmente súbita, volví a acordarme de Saul, recordé que me necesitaba, aparté las manos de mis ojos y chillé en voz alta:
—¡No hay nada en esta casa que pueda hacerme daño!
La repentina interrupción causada por el sonido me dio un valor renovado. Si mi voluntad podía desafiar con éxito los atroces poderes de aquel lugar, entonces tal vez también pudiera destruirlos. Si subía al piso de arriba, si dormía en la cama de Saul, entonces yo también conocería lo que había experimentado, y así podría ayudarle.
No me faltaba confianza en mi voluntad de resistir, y en ningún momento me paré a pensar que mis ideas pudieran no ser mías.
Subí corriendo las escaleras de dos en dos, y entré en el cuarto de mi hermano. Allí me quité con la mayor celeridad el sombrero, el abrigo y la chaqueta, me aflojé la corbata y el cuello de la camisa y me senté en la cama. Al cabo de un momento, me tumbé y miré el techo oscurecido. Intenté mantener abiertos los ojos, pero, todavía fatigado, no tardé en quedarme dormido.
Sentí que apenas pasaba un momento antes de que volviera a estar completamente despierto, mi cuerpo cosquilleando con sensaciones que no resultaban desagradables. No podía entender algo tan extraño. La oscuridad parecía viva. Vibraba bajo mi mirada mientras seguía allí tumbado, invadido por una calidez que revelaba sensualidad, aunque no parecía que hubiera razón alguna para semejante sensación.
Susurré el nombre de Saul sin pensarlo. Entonces, su recuerdo me fue arrebatado del cerebro como si dedos invisibles lo hubieran extirpado.
Recuerdo haber dado vueltas y haberme reído solo, un comportamiento de lo más extraordinario, si no indigno de una persona de mis sobrias inclinaciones. La almohada parecía seda sobre mi cara, y empecé a perder el sentido. La oscuridad me cubrió como un jarabe caliente, relajando mi cuerpo y mi espíritu. Murmuré cosas absurdas para mis adentros, sintiendo cómo mis músculos quedaban privados de toda energía, sintiéndome pesado como una piedra y letárgico con un delicioso agotamiento.
Entonces, cuando casi me había desvanecido, sentí otra presencia en el cuarto. Para mi incredulidad, no sólo me resultó familiar, sino que no sentí el menor temor hacia ella. Sólo una inexplicable sensación de lánguida impaciencia.
Entonces, la muchacha del retrato vino a mí.
Me quedé mirando la bruma azul que la rodeaba durante apenas un instante, pues se esfumó rápidamente, y en mis brazos quedó un cuerpo caliente y vibrante. No recuerdo un solo rasgo de su comportamiento, pues todo se perdió en una sensación general, una sensación que mezclaba excitación y repulsión, una sensación de rapacidad repugnante y al mismo tiempo abrumadora. Me quedé colgado de una nube de ambivalencia, mi alma y mi cuerpo erosionados por el deseo antinatural. Y en mi cabeza, y reverberando en mi lengua, pronuncié un nombre una y otra vez.
El nombre de Clarissa.
¿Cómo puedo juzgar el conjunto de momentos enfermizos y eróticos que pasé allí con ella? El sentido del tiempo desapareció por completo de mi visión del mundo. Me envolvió un espeso vértigo. Intenté resistirme, pero era inútil. Estaba tan consumido como mi hermano Saul había sido consumido por su corrupta presencia cuando salía de la tumba cada noche.
Entonces, de forma inexplicable, ya no estuvimos en la cama sino abajo, dando vueltas en remolino por el salón, bailando salvajemente, los dos muy pegados. No había música, sólo aquel ritmo incesante y machacón que había oído las noches anteriores. Sin embargo, ahora me parecía música, mientras giraba sobre el suelo, sujetando en brazos el fantasma de una mujer muerta, embrujado por su deslumbrante belleza, repelido por el hambre incontrolable de ella que sentía.
Una vez cerré los ojos durante un instante, y sentí una frialdad terrible agarrándose a mi estómago. Pero cuando los abrí de nuevo, había desaparecido y volvía a sentirme feliz. ¿Feliz? Ahora no parece la palabra adecuada. Sería mejor decir hipnotizado, aletargado, mi cerebro un aturdido recipiente de carne incapaz de alejarme ni un palmo de aquel agobiante hechizo.
El baile continuó. La sala estaba llena de parejas. Estoy seguro de eso, y sin embargo no recuerdo ningún aspecto de su indumentaria ni de su figura. Lo único que recuerdo son sus caras, blancas y relucientes, sus ojos perdidos y sin vida, sus bocas abiertas como heridas negras y sin sangre.
Dimos vueltas y vueltas, y había un hombre con una bandeja parado bajo el marco de la puerta, y hubo una súbita inmersión en la oscuridad, vacía y silenciosa.
VII
Desperté con una sensación de agotamiento absoluto.
Estaba empapado por la transpiración, vestido sólo con mis paños menores. Mis ropas estaban desperdigadas por el suelo, aparentemente arrojadas en un frenesí. Las sábanas también se encontraban en montones desordenados sobre el suelo. A juzgar por todas las apariencias, la noche anterior me había vuelto loco.
La luz de la ventana me molestaba por alguna razón, y rápidamente cerré los ojos, negándome a creer que volviera a ser por la mañana. Me di la vuelta sobre el estómago y metí la cabeza bajo la almohada. Todavía podía recordar el fascinante olor de su pelo. Su recuerdo hizo que mi cuerpo temblara con un odioso anhelo.
Entonces, una calidez empezó a cubrir mi espalda y me levanté con el ceño fruncido. La luz del sol se deslizaba a través de las ventanas hasta mi espalda. Con un gesto brusco, me levanté, eché las piernas sobre el lado de la cama, y me levanté para bajar las persianas.
Sin la claridad, me sentía un poco mejor. Volví a arrojarme sobre la cama, cerré los ojos con fuerza y me acomodé la almohada debajo de la cabeza. Sentía la luz.
Sé que parece increíble, pero la sentía con tanta seguridad como la sienten ciertas plantas trepadoras que suben hacia la luz sin verla. Y, al sentir la luz, anhelé aún más la oscuridad. Sentí que una criatura nocturna me obligaba de alguna forma a ir hacia el resplandor, repelida y dolorida por su efecto.
Me senté en la cama y eché un vistazo alrededor, con el rumor de una queja continua en la garganta. Me mordí los labios, y apreté y abrí los puños, queriendo golpear violentamente algo, cualquier cosa. Me encontré de pie, agarrando una vela sin encender, soplándola con fuerza. Mientras lo hacía, sabía que era un acto absurdo, y no obstante seguí intentando que una llama invisible se apagara para poder regresar aquella noche a través de sus oscuros caminos. Trayendo de vuelta a Clarissa.
Clarissa.
Un sonido parecido a un chasquido me llenó la garganta, y mi cuerpo se retorció. No por dolor ni placer, sino por una combinación de los dos. Me eché sobre los hombros la bata de mi hermano y salí sin rumbo al silencioso pasillo. No sentía deseos físicos, ni hambre, ni sed, ni ninguna otra necesidad. Era un cuerpo enajenado, un esclavo comatoso de la tiranía que me había encadenado y que ahora se negaba a dejarme marchar.
Permanecí en lo alto de la escalera, escuchando atentamente, intentando imaginar que se deslizaba a mi encuentro, cálida y vibrante en su bruma azulada. Clarissa. Cerré los ojos rápidamente, mis dientes rechinaron y, durante medio segundo, sentí que mi cuerpo se endurecía de miedo. Durante un momento volví a ser yo mismo.
Pero entonces, al tomar otra bocanada de aire, volví a ser su esclavo. Me quedé allí parado, sintiéndome parte de la casa, tan integrante de ella como las vigas o las ventanas. Respiré su aliento, sentí que su latido insonoro era el mío. Me hice uno con un cuerpo inanimado, conociendo su vida pasada, sintiendo las manos muertas que habían enroscado sus dedos sobre los reposabrazos de las sillas, sobre los pasamanos, sobre los pomos, oyendo el ajetreado caminar de pasos invisibles que recorrían la casa, la risa de un humor consumido hacía mucho.
Si en aquellos momentos perdí el alma, ésta se convirtió en parte del vacío y el silencio que me rodeaban, un vacío que no podía sentir y un silencio que no oía porque estaba drogado. Drogado con la presencia amorfa del pasado. Ya no era una persona viviente. Estaba muerto para todo, excepto para las funciones vitales, que me impedían obtener una satisfacción completa.
Sigilosa, desapasionadamente, la idea del suicidio penetró en mi cerebro. Desapareció en seguida, pero su paso no había provocado en mí más que un apático reconocimiento. Mis pensamientos estaban fijos en la vida más allá de la vida. Y la existencia presente no era más que un obstáculo menor que podía derribar con el más ligero toque del acero afilado, con la más leve gota de veneno. Me había convertido en el amo de la vida, pues podía contemplar su destrucción con la más completa indiferencia.
La noche. ¡La noche! ¿Cuándo llegaría? Oí a mi voz, fina y ronca a la vez, gritar en el silencio.
—¿Por qué tiene que durar tanto el día?
Aquellas palabras volvieron a impresionarme, pues eran las que había pronunciado Saul. Pestañeé, y eché un vistazo a mi alrededor como si acabara de darme cuenta de dónde estaba. ¿Qué era aquel terrible poder que me dominaba? Intenté romper su presa, pero, al hacer el esfuerzo, volví a desvanecerme.
Me encontré una vez más en aquel extraño coma que suspende a los mortalmente enfermos en una estrecha franja de la existencia entre la vida y la muerte. Estaba pendiente de un hilo sobre el pozo de todo lo que hasta entonces había estado oculto para mí. Ahora podía ver y oír, y tenía en las manos el poder para cortar el hilo. Podía seguir colgado hasta que los hilos se separasen uno a uno y me dejaran caer lentamente. O podía esperar hasta que me viera empujado más allá del límite de mi resistencia, y entonces acabar con ella bruscamente, liberarme y zambullirme en la oscuridad; aquella inconfundible oscuridad donde siempre permanecían ella y los suyos. Entonces disfrutaría de su enloquecedora calidez. O tal vez fuera de su frialdad. De su consuelo, digamos. Podía pasar momentos eternos con ella y reírme del mundo insensible.
Me pregunté si me serviría de ayuda emborracharme como una cuba y perder la conciencia hasta la noche.
Bajé las escaleras con pies entumecidos y estuve sentado un largo rato ante la repisa, mirándola. No tenía ni idea de qué hora era, ni me importaba. El tiempo era relativo, incluso había sido olvidado. Ni tenía conciencia de él ni me importaba. ¿Me había sonreído? Sí, sus ojos brillaban, cómo brillaban en la penumbra. Aquel olor de nuevo. No era agradable, y sin embargo había algo excitantemente almizcleño y ácido en él.
¿Qué era Saul para mí? La idea llenó mis pensamientos. No era pariente mío. Era un desconocido procedente de otra sociedad, de otra carne, de otra vida. Sentía una absoluta falta de pasión hacia él. Le odias, dijo la voz en mi cabeza.
Fue entonces cuando todo se desmoronó como un castillo de naipes.
Pues aquellas palabras provocaron tal rebeldía en lo más profundo de mi alma que, de pronto, mis ojos se aclararon como si los párpados se hubieran desprendido de ellos. Miré a mi alrededor, mi cabeza emitiendo un chasquido salvaje. ¿Qué estaba haciendo, en nombre de Dios, que no había salido todavía de la casa?
Con un furioso escalofrío de miedo, me puse en pie de un salto y corrí escaleras arriba para vestirme. Al pasar junto al reloj del recibidor, vi con sorpresa que ya eran más de las tres de la tarde.
Mientras me vestía, las sensaciones normales regresaron una tras otra. Sentí el frío suelo bajo mis pies desnudos, fui consciente del hambre y la sed, oí el profundo silencio de la casa.
Todo se me vino encima. Supe por qué Saul había querido morir, por qué aborrecía el día y esperaba la noche con furiosa impaciencia. Ahora podía explicárselo, y él lo comprendería, porque yo había pasado por lo mismo.
Mientras bajaba corriendo las escaleras, pensé en los muertos de la casa Slaughter, tan indignados con su inexplicable maldición que intentaban arrastrar a los vivos a su infierno sin fin.
¡Se acabó, se acabó!, grité exultante en mi mente al cerrar la puerta principal detrás de mí e introducirme en la lluvia brumosa camino del hospital.
No vi la sombra que tenía detrás, agazapada en el porche.
VIII
Cuando la recepcionista del hospital me dijo que Saul había sido dado de alta dos horas antes de mi llegada, me quedé demasiado desconcertado para contestar. Me aferré al mostrador, mirándola, oyéndome a mí mismo decirle que debía de estar equivocada. Mi voz sonaba ronca y poco natural. La mujer negó con la cabeza.
Entonces me incliné sobre el mostrador, exangües las fuerzas. Me sentía muy cansado y tenía miedo. Un sollozo se me atragantó en la garganta. Me di la vuelta y vi a la gente mirándome mientras avanzaba sobre el suelo de baldosas con la zozobra en el corazón. Todo parecía dar vueltas a mi alrededor. Me tambaleé, casi me caí. Alguien me agarró del brazo y me preguntó si estaba bien. Murmuré algo en respuesta y me aparté de aquella persona sin ni siquiera fijarme en si era un hombre o una mujer.
Abrí la puerta de golpe y me introduje en la luz grisácea del exterior. Llovía con más intensidad. Me levanté el cuello del abrigo. ¿Dónde estaba? La pregunta me ardía en la cabeza y la respuesta me llegó rápida, demasiado rápidamente. Saul había vuelto a la casa. Estaba seguro.
La idea hizo que echara a correr por la calle oscura, en dirección a las vías del trolebús. Corrí durante manzanas sin fin. Lo único que recuerdo es la lluvia cayendo sobre mi cara y los edificios grises flotando a mi paso. No había gente en las calles, y todos los taxis estaban llenos. Cada vez estaba más oscuro.
Mis piernas casi se doblaron, caí sobre una farola y me aferré a ella, temeroso de derrumbarme sobre el rebosante desagüe.
Un espantoso estrépito metálico me llenó los oídos. Levanté la mirada y salí corriendo detrás del trolebús. Lo cogí en la manzana siguiente. Entregué un dólar al conductor y tuve que volver más tarde a por el cambio. Me quedé colgado de una cinta negra, balanceándome hacia detrás y hacia delante con el movimiento del vehículo, atormentado al pensar en Saul, solo en aquella casa del horror.
El aire cálido y rancio del trolebús empezó a revolverme el estómago. Podía oler los abrigos y las ropas mojadas de la gente atrapada por la lluvia y los paraguas goteantes y los paquetes empapados. Cerré los ojos y me quedé con los dientes apretados, rogando que pudiera volver a casa antes de que fuera demasiado tarde.
Por fin me bajé del trolebús y corrí manzana arriba lo más rápido que pude. La lluvia me rociaba la cara y se me metía en los ojos, dejándome casi ciego. Resbalé y me caí sobre la acera, despellejándome las manos y las rodillas. Me levanté con un gemido, sintiendo cómo se me pegaban las ropas empapadas. Seguí corriendo enloquecidamente, adivinando la dirección por instinto hasta que me detuve y vi, a través del grueso velo de la lluvia, la casa delante de mí, alta y oscura.
Fue como si la casa se arrastrara en dirección a mí y me abrazara, pues de pronto me encontré temblando en el porche de madera. Tosí, y sentí que un escalofrío me recorría la piel.
Probé la puerta. Al principio no pude creerlo. ¡Seguía cerrada y Saul no tenía llave! Casi lloré de agradecimiento. Bajé corriendo del porche. ¿Dónde estaba entonces? Tenía que encontrarle. Empecé a desandar el camino.
En aquel momento, con tanta certeza como si me hubieran dado una palmadita en el hombro, giré en redondo y me quedé mirando el porche. El fogonazo de un relámpago iluminó la oscuridad y vi la ventana rota con los vidrios afilados. Contuve la respiración y me quedé mirándola, mi corazón palpitando como un pistón.
Sí, estaba allí. ¿Habría salido ya ella? ¿Estaría él en el piso de arriba, tumbado en la cama, sonriendo solo en la negrura, esperando que su ser luminoso llegara para envolverle?
Tenía que salvarle. Sin vacilar, subí corriendo al porche y abrí la puerta, dejándola abierta de par en par con el fin de que pudiéramos escapar.
Avancé sobre la alfombra en dirección a los escalones. La casa estaba en silencio. Incluso la tormenta parecía lejana. El sonido martilleante de la lluvia parecía volverse cada vez menos distinguible. Me volví dando un respingo: la puerta principal se había cerrado de golpe detrás de mí.
Estaba atrapado. El pensamiento me clavó aguijones de miedo y casi eché a correr para intentar escapar. Pero me acordé de Saul y me esforcé por fortalecer mi decisión. Había vencido a la casa una vez y podía volver a hacerlo. Tenía que hacerlo. Por él.
Empecé a bajar por las escaleras una vez más. Fuera, los fogonazos de los relámpagos eran como un neón falso que intentara invadir la austeridad de la casa. Me agarré firmemente al pasamanos, murmurando entre dientes para impedir que mi atención se degradase hasta convertirse en miedo, temeroso de dejar que el embrujo de la casa volviera a asediarme.
Alcancé la puerta del cuarto de mi hermano. Allí me detuve y me incliné sobre la pared, con los ojos cerrados. ¿Y si le encontraba muerto? Sabía que la imagen me desequilibraría. Entonces la casa podría derrotarme, tomándome en ese momento de absoluta desesperación y arrancándome el alma de las manos.
No me permití imaginarlo. No iba a permitirme comprender que sin Saul mi vida estaba vacía, era una farsa sin sentido. Tenía que estar vivo.
Nerviosamente, con las manos entumecidas por el miedo, abrí la puerta. La habitación era una cueva negra como el carbón. Mi garganta se contrajo y respiré hondo. Apreté los puños junto a mi cadera.
—¿Saul? —pronuncié suavemente su nombre.
El trueno rugió y mi voz desapareció bajo el estruendo. Un relámpago introdujo medio segundo de luz en la habitación, y eché un rápido vistazo alrededor, con la esperanza de verle. Luego, volvió a quedarse a oscuras y en silencio, excepto por la lluvia interminable que caía sobre las ventanas y el tejado. Di otro paso cauteloso, con los oídos tensos, intentando oír. Cada sonido me sobresaltaba. Avancé nervioso, arrastrando los pies sobre el suelo. ¿Estaba allí? Tenía que estarlo. Si estaba en la casa, aquélla era la habitación en la que tenía que estar.
—¿Saul? —pregunté, en voz más alta—. Saul, contéstame.
Empecé a caminar hacia la cama.
Entonces la puerta se cerró de golpe detrás de mí y oí el sonido de una ráfaga de viento a mi espalda, en la oscuridad. Me di la vuelta para enfrentarme a él. Sentí su mano cerrarse sobre mi brazo.
—¡Saul! —grité.
El relámpago llenó el cuarto con una luz repugnante y vi su cara blanca y contorsionada, la vela sujeta en su mano derecha.
Me dio un golpe violento en la frente, hundiendo una cuña de dolor agónico en mi cerebro. Sentí que su mano me soltaba mientras caía de rodillas y mi cara rozaba su pierna desnuda al desplomarme hacia delante. El último sonido que oí antes de que mi mente se sumiera en la oscuridad fue el de alguien riendo, riendo, riendo.
IX
Abrí los ojos. Seguía tirado sobre la alfombra. Fuera, llovía aún más fuerte. El ruido era como el de una catarata. El trueno seguía rugiendo en los cielos, y los fogonazos de los relámpagos hacían que la noche resplandeciera.
En uno de los fogonazos, miré la cama. La visión de las sábanas y la colcha arrojadas brutalmente a un lado me hizo levantarme. ¡Saul estaba abajo, con ella!
Intenté ponerme en pie, pero el dolor de cabeza hizo que volviera a caer de rodillas. Agité la cabeza débilmente, pasándome por las mejillas las manos temblorosas, sintiendo el hueco de la herida en mi frente y la sangre seca que había corrido por una de las sienes. Me balanceé atrás y adelante sobre las rodillas, gimiendo. Parecía que hubiera vuelto a aquel vacío, y ahora luchaba por recuperar mi asidero a la vida. El poder de la casa me rodeaba. El poder que yo sabía que pertenecía a ella. Una vitalidad cruel y maligna que intentaba extraerme la fuerza vital y arrastrarme al pozo.
Entonces, una vez más, recordé a Saul, mi hermano, y el recuerdo me devolvió la fuerza que necesitaba.
—¡No! —exclamé como si la casa me hubiera dicho que ahora era su cautivo indefenso. Y me puse en pie, ignorando el aturdimiento, trastabillándome a través de una nube de dolor y cruzando la habitación, tomando aire a bocanadas. La casa palpitaba y zumbaba, llena de aquel olor nauseabundo.
Corrí como un borracho hacia la puerta, y tropecé con la cama. Me retiré casi con un gruñido al notar el dolor entumecedor en las pantorrillas. Me volví en dirección a la puerta y volví a correr. Ni siquiera puse los brazos por delante, y no tuve oportunidad de prepararme cuando choqué con la puerta, desorientado.
El dolor insoportable de mi nariz casi rota provocó que un aullido de agonía se me escapara de los labios. La sangre empezó a manarme de la boca de inmediato, y tuve que limpiármela. Abrí la puerta de un tirón y corrí al pasillo, sintiendo que estaba al borde de la locura. La sangre caliente me corría por la barbilla, y sentí que goteaba y me empapaba el abrigo. El sombrero se había caído pero todavía llevaba el abrigo encima del traje.
Estaba demasiado privado del uso de la percepción como para notar nada que me detuviera en lo alto de las escaleras. Medio corrí, medio me deslicé escaleras abajo, provocado por aquel zumbido, una risa amorfa que era música y burla a la vez. El dolor de mi cabeza era terrible. Cada paso que descendía era como si alguien me clavara otro clavo en el cerebro.
—¡Saul, Saul! —grité, corriendo hacia el salón, boqueando mientras intentaba pronunciar su nombre por tercera vez.
El salón estaba oscuro, impregnado de aquel olor enfermizo. Hizo que la cabeza me diera vueltas, pero seguí moviéndome. Parecía hacerse más intenso a medida que me acercaba a la cocina. Entré en la pequeña dependencia y me apoyé en la pared, casi incapaz de respirar, con puntitos de luz girando ante mis ojos.
Entonces, cuando el relámpago iluminó la habitación, vi la puerta izquierda del armario abierta de par en par, y dentro un gran cuenco lleno de lo que parecía harina. Mientras lo miraba, las lágrimas rodaron por mis mejillas y sentí mi lengua como un paño reseco dentro de mi boca.
Salí de la cocina ahogándome al respirar, sintiéndome como si mis fuerzas se hubieran extinguido. Me di la vuelta y corrí hacia el salón, todavía buscando a mi hermano.
Entonces, con otro fogonazo, dirigí la mirada hacia su retrato. Era diferente, y la diferencia hizo que me quedara paralizado. Su cara ya no era hermosa. Fueran las sombras las que lo habían hecho, fuera un cambio real, su expresión era ahora de crueldad salvaje. Los ojos brillaban y había una sombra de locura en su sonrisa. Incluso sus manos, antaño cruzadas en reposo, parecían ahora garras a punto de atacar y matar.
Fue entonces cuando me aparté de ella retrocediendo, y tropecé y caí sobre el cuerpo de mi hermano.
Me puse de rodillas y me quedé mirando la negrura. Un relámpago tras otro me revelaron su cara blanca y muerta, la sonrisa de repugnante entendimiento en sus labios, la mirada de alegría demente en sus ojos abiertos como platos. Abrí la boca y tomé aliento. Parecía que mi mundo tocaba a su fin. No podía creer que fuera cierto. Me tiré del pelo y sollocé, casi creyendo que, en cualquier momento, Madre me despertaría de la pesadilla y volvería a mirar en dirección a la cama de Saul, sonreiría al ver su sueño inocente y me tumbaría una vez más, seguro con el recuerdo de su pelo oscuro sobre la almohada blanca.
Pero no terminó. La lluvia abofeteaba frenéticamente las ventanas y el trueno lanzaba ensordecedores puñetazos contra la tierra.
Miré el retrato. Me sentí tan muerto como mi hermano. No vacilé. Me levanté con calma y caminé hacia la repisa de la chimenea. Allí había cerillas. Cogí la caja.
Adivinó mis pensamientos al instante, pues la caja me fue arrebatada de los dedos y arrojada contra la pared. Me lancé sobre ella, y una fuerza invisible me puso la zancadilla. Manos frías me aferraron la garganta. No sentía miedo, así que me las quité de encima con un bufido y volví a lanzarme sobre las cerillas. La sangre empezó a correr más rápido y escupí un poco.
Recogí la caja. Me la volvieron a arrebatar, esta vez para desperdigar las cerillas sobre la alfombra. Un gran murmullo de angustia pareció conmover la casa cuando estiré la mano hacia una cerilla. Me agarraron. Me solté. Caí de rodillas y palpé la alfombra a oscuras cuando cesaron los relámpagos. Mis brazos estaban firmemente sujetos. Algo frío y húmedo correteó por mi estómago.
Con furia demente apreté los dientes sobre una cerilla que vi bajo el relámpago, y le mordí la cabeza. No obtuve la recompensa de una llamarada. Ahora la casa temblaba violentamente, y oía crujidos a mi alrededor, como si los hubiera convocado a todos para luchar conmigo, para salvar su maldita existencia.
Mordí otra cerilla. Una cara blanca me miró desde la alfombra, y escupí sangre sobre ella. Desapareció. Liberé un brazo y agarré una cerilla. Llegué a sacudidas hasta la repisa y froté la cerilla sobre la basta madera. Una mota de fuego se encendió en mis dedos y quedé libre.
Entonces la palpitación se volvió más violenta. Pero yo sabía que ella estaba indefensa contra el fuego. Protegí la llama con mi mano, para que el viento frío no intentara apagarla. Apliqué la cerilla a una revista que estaba tirada sobre una silla y la prendí. La agité y las páginas se inflamaron. La arrojé sobre la alfombra.
Bajo esa luz, fui de un lado a otro encendiendo cerilla tras cerilla, evitando la imagen de Saul, allí tirado. Ella le había destruido, pero ahora yo la destruiría a ella para siempre.
Prendí las cortinas. Convertí la alfombra en ascuas. Pegué fuego a los muebles. La casa se agitó y un suspiro sibilante se elevó como el viento.
Por fin, me quedé en pie en medio de la habitación llameante, con los ojos clavados en el retrato. Caminé lentamente hacia él. Sabía cuáles eran mis intenciones, pues la casa se agitó aún más violentamente, y se oyó un chillido que parecía proceder de las paredes. Y entonces supe que la casa estaba controlada por ella y que su poder residía en aquel retrato.
Lo arranqué de la pared. Tembló en mis manos como si estuviera vivo. Con un estremecimiento de repugnancia, lo arrojé a las llamas.
Casi me caí cuando la casa se sacudió como si un terremoto conmoviera la tierra. Pero cuando se detuvo, el retrato estaba ardiendo y sus últimos efectos habían desaparecido. Estaba solo en una casa en llamas.
No quería que nadie supiera lo de mi hermano. No quería que nadie viera su cara así.
De manera que le levanté y le puse en el sofá. Hasta el día de hoy no comprendo cómo pude levantarle sintiéndome tan débil como me sentía. Lo hice empleando fuerzas que no me pertenecían.
Me senté a sus pies, acariciándole la mano hasta que no pude soportar el calor de las llamas. Entonces me levanté. Me incliné sobre él y le besé en los labios para darle el último adiós. Y salí caminando de la casa, hacia la lluvia. Y nunca volví. Porque no tenía nada por lo que volver.
Aquí acaba el manuscrito. No parece que haya pruebas apropiadas para considerar ciertos los hechos narrados. Pero los hechos siguientes, recogidos de los archivos de la policía local, podrían resultar de interés.
En 1901, la ciudad fue conmovida por el mayor asesinato jamás perpetrado en su historia.
En el momento álgido de una fiesta que se celebraba en casa de los señores de Marlin Slaughter y su hija Clarissa, una persona desconocida envenenó el ponche añadiéndole una gran cantidad de arsénico. Todo el mundo murió. El caso nunca fue resuelto, aunque se presentaron varias teorías para su resolución. Una de las tesis sostenía que el asesino era uno de los que murieron.
En cuanto a la identidad del asesino, se conjetura que no fuera un hombre, sino una mujer. Aunque no hay nada concreto que lo apoye, existen varios testimonios que se refieren a «esa pobre niña de Clarissa» y que indican que la joven había sufrido durante algunos años graves trastornos mentales que sus padres habían intentado mantener en secreto ante los vecinos y las autoridades. La fiesta en cuestión se suponía que había sido organizada para celebrar lo que sus padres consideraron la recuperación de sus facultades.
En cuanto al cadáver del joven que posteriormente se encontró entre los restos, un examen exhaustivo no ha revelado nada. Puede que toda la historia sea sólo producto de la imaginación, inventada por un hermano para ocultar la muerte del otro, siendo dicha muerte probablemente debida a causas no naturales. Al conocer el hermano mayor la historia de la tragedia vivida en la casa, podría haberla utilizado como una prueba fantástica en su favor.
Sea cual fuere la verdad, del hermano mayor no se ha vuelto a saber nada ni en esta ciudad ni en ninguna de las localidades vecinas.
Y ésa es la historia.
S. D. M.
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