llamada a larga distancia (es)
Justo antes de que sonara el teléfono, los vientos de la tormenta derribaron el árbol junto a su ventana y despertaron a la señorita Keene de su sueño. Se incorporó boqueando, sus frágiles manos aferrando puñados de sábana con cada palma. En el pecho, el corazón se puso tenso, la sangre perezosa brotó. Se sentó en rígido silencio, sus ojos escudriñando la noche.
Un segundo después, sonó el teléfono.
¿Quién podría ser? La pregunta tomó forma involuntariamente en su cerebro. Su delgada mano tembló en la oscuridad, los dedos buscando durante un momento, y luego la señorita Elva Keene se llevó el frío receptor a la oreja.
—Hola —dijo.
Fuera, un cañonazo de truenos conmocionó la noche, sacudiendo las piernas tullidas de la señorita Keene. No he podido oír la voz, pensó, el trueno ha ahogado la voz.
—Hola —volvió a decir.
No se produjo ningún sonido. La señorita Keene esperó en un letargo expectante. Luego repitió «Ho-la» con voz quebrada. Fuera, el trueno volvió a restallar.
Siguió sin sonar voz alguna, no llegó hasta sus oídos ni siquiera el sonido de un teléfono al ser desconectado. Su mano temblorosa se estiró y colgó el receptor con un movimiento furioso.
—Qué desconsiderados —murmuró, desplomándose sobre su almohada. Su espalda enferma ya le dolía por el esfuerzo de adoptar la posición sedente.
Dejó escapar una exhalación de cansancio. Ahora tendría que soportar todo el tortuoso proceso de volver a dormirse, la colocación de los agotados músculos, el ignorar el dolor abrasador de sus piernas, la lucha interminable y frustrante para cerrar el grifo de su cerebro y evitar que goteasen pensamientos no deseados. Bueno, había que hacerlo; la enfermera Phillips insistía en que descansara como Dios manda. Elva Keene respiró lenta y profundamente, tiró de las sábanas hasta cubrirse el mentón y se esforzó por dormir.
En vano.
Sus ojos se abrieron y, girando la cara hacia la ventana, vio cómo la tormenta se alejaba con piernas hechas de relámpagos. ¿Por qué no puedo dormir?, se angustió, ¿por qué siempre tengo que permanecer aquí tumbada y despierta?
No le resultó difícil saber la respuesta. Cuando una vida era aburrida, el menor elemento añadido parecía intrigante hasta un extremo sobrenatural. Y la vida de la señorita Keene seguía el triste patrón de quedarse echada o ser acomodada entre cojines, leyendo libros que la enfermera Phillips le traía de la biblioteca municipal, recibiendo alimentos, descanso, medicamentos, escuchando su pequeña radio, y esperando, esperando que ocurriera algo distinto.
Como la llamada de teléfono que no fue una llamada.
Ni siquiera había oído el sonido del receptor al ser devuelto a su horquilla. La señorita Keene no lo entendía. ¿Por qué iba a llamarla nadie sólo para escuchar en silencio mientras decía «Hola» una y otra vez? ¿La había llamado realmente alguien?
Entonces se dio cuenta de que lo que debería haber hecho era seguir escuchando hasta que la otra persona se cansara de la broma y colgara el receptor.
Lo que debería haber hecho era hablar con energía sobre la falta de consideración de gastar una broma telefónica a una inválida en medio de una noche de tormenta. Entonces, si hubiera habido alguien escuchando, quienquiera que fuese se habría sentido adecuadamente reprendido por sus furiosas palabras y…
—Claro, por supuesto.
Lo dijo en voz alta en la oscuridad, subrayando la frase con un chasquido de la lengua que expresaba cierto disgusto aliviado. Por supuesto, el teléfono estaba estropeado. Alguien había intentado contactar con ella, tal vez la enfermera Phillips, para asegurarse de que se encontraba bien. Pero el otro extremo de la línea se había interrumpido por alguna razón, permitiendo que su teléfono sonara pero sin que se produjera ninguna comunicación verbal. Claro, por supuesto, de eso se trataba.
La señorita Keene asintió una vez más y cerró los ojos suavemente. Ahora a dormir, pensó. Lejos, más allá del condado, la tormenta se aclaraba su ronca garganta. Espero que nadie esté preocupado, pensó Elva Keene, sería una lástima.
Estaba pensando en eso cuando el teléfono volvió a sonar.
¿Ves?, pensó, están intentando hablar conmigo otra vez. Estiró la mano apresuradamente en la oscuridad, tanteó hasta que sintió el receptor, y luego se lo llevó al oído.
—Hola —dijo la señorita Keene.
Silencio.
Su garganta se contrajo. Sabía lo que pasaba, por supuesto, pero no le gustaba, no le gustaba lo más mínimo.
—¿Hola? —dijo a modo de prueba, sin estar todavía segura de que estaba desperdiciando la saliva.
No hubo respuesta. Esperó un momento, luego habló por tercera vez, ya con cierta impaciencia, en alto, su voz chillona resonando en el oscuro dormitorio.
—¡Hola!
Nada. La señorita Keene sintió el súbito impulso de arrojar el auricular lejos de sí. Reprimió el ansia. No, debía esperar; esperar y escuchar para ver si alguien colgaba el teléfono al otro extremo de la línea.
Así que esperó.
Ahora el dormitorio estaba muy tranquilo, pero Elva Keene seguía esforzándose por oír; bien el sonido de un auricular al ser colgado, bien el zumbido que normalmente le seguía. Su pecho subía y bajaba en delicadas sacudidas. Cerró los ojos para concentrarse, luego los abrió de nuevo y parpadeó en la oscuridad. No salía ningún sonido del teléfono; ni un clic, ni un zumbido, ni el ruido de alguien colgando el auricular.
—¡Hola! —chilló repentinamente, y luego apartó el auricular.
Lo colgó mal. El auricular se cayó y rebotó una vez sobre la alfombra. La señorita Keene encendió nerviosamente la lámpara, frunciendo el ceño cuando la enfermiza luz de la bombilla llenó sus ojos. Rápidamente, se tumbó sobre el costado e intentó alcanzar el teléfono silencioso y sin voz.
Pero no podía estirarse lo suficiente, y las piernas tullidas le impedían levantarse. Su garganta se tensó. Dios mío, ¿es que tendría que dejarlo allí toda la noche, silencioso y enigmático?
Entonces se acordó, estiró el brazo y apretó bruscamente el interruptor de la horquilla. En el suelo, el teléfono hizo clic, y luego empezó a zumbar con normalidad. Elva Keene tragó saliva y tomó aliento temblorosa mientras se dejaba caer sobre la almohada.
Lanzó un salvavidas de razón y se rescató del pánico. Esto es ridículo, pensó, alterarse por un incidente tan insignificante y tan fácilmente explicable. Ha sido la tormenta, la noche, la forma en que me he despertado sobresaltada del sueño. (¿Qué ha sido lo que me ha despertado?) Ha sido todo eso acumulándose sobre la montaña de exasperante monotonía que es mi vida. Sí, ha sido malo, muy malo. Pero lo malo no había sido el incidente. Lo malo había sido su reacción.
La señorita Elva Keene se negó a aceptar nuevas premoniciones. Ahora me dormiré, ordenó a su cuerpo con un estremecimiento malhumorado. Se quedó muy quieta y relajada. Desde el suelo podía oír el teléfono zumbando como un rumor de abejas lejanas. Lo ignoró.
A primera hora de la mañana siguiente, después de que la enfermera Phillips se hubiera llevado los platos del desayuno, Elva Keene llamó a la compañía telefónica.
—Soy la señorita Elva —dijo a la operadora.
—Oh, sí, la señorita Elva —dijo la operadora, una tal señorita Finch—. ¿En qué puedo ayudarla?
—Anoche mi teléfono sonó dos veces —dijo Elva Keene—. Pero cuando contesté, no habló nadie. Y no oí que colgaran el auricular. Ni siquiera oí la señal de tono, sólo silencio.
—Bueno, debo decirle, señorita Elva —dijo la alegre voz de la señorita Finch—, que la tormenta de anoche nos averió casi la mitad del servicio. Estamos inundados de llamadas avisándonos de pérdidas de línea y de conexiones equivocadas. Diría que es usted afortunada de que su teléfono funcione.
—¿Entonces cree que probablemente fuera una conexión equivocada —repuso la señorita Keene— provocada por la tormenta?
—Oh, señorita Elva, seguro que sólo fue eso.
—¿Cree que podría volver a pasar?
—Oh, sí que podría pasar —dijo la señorita Finch—. Podría pasar. La verdad es que no puedo asegurárselo, señorita Elva. Pero si vuelve a ocurrir, llámeme y haré que uno de nuestros técnicos lo compruebe.
—Muy bien —dijo la señorita Elva—. Muchas gracias, querida.
Durante toda la mañana permaneció tumbada sobre sus almohadones en un sopor relajado. Resolver un misterio, por leve que sea, produce una sensación satisfactoria, pensó. Lo que había provocado la conexión equivocada había sido una tormenta terrible. Y no era de extrañar, cuando había derribado incluso el antiguo roble que había junto a la casa. Ése era el ruido que me había despertado, por supuesto, y era una lástima que el precioso árbol hubiera caído. Qué sombra daba a la casa en los meses de verano. Bueno, supongo que debería dar gracias, pensó, de que el árbol cayera encima de la carretera y no encima de la casa.
El día transcurrió sin novedades, una amalgama de comer, leer a Angela Thirkell y atender el correo (dos cartas publicitarias para tirar y la factura de la luz), además de breves charlas con la enfermera Phillips. La rutina se había instalado con tanta naturalidad que, cuando el teléfono sonó a primera hora de la noche, contestó sin pensárselo.
—Hola —dijo.
Silencio.
Volvió a su estado anterior durante un segundo. Luego llamó a la enfermera Phillips.
—¿Qué ocurre? —preguntó la corpulenta mujer mientras avanzaba sobre la alfombra del dormitorio.
—Esto es lo que le conté —dijo Elva Keene, sujetando el auricular—. Escuche.
La enfermera Phillips cogió el teléfono y echó hacia atrás sus rizos grisáceos con el auricular. Su plácido rostro mantuvo la misma placidez.
—No es nadie —observó.
—Exacto —dijo la señorita Keene—. Eso es. Ahora haga el favor de escuchar a ver si oye cómo cuelgan el auricular. Estoy segura de que no lo oirá.
La enfermera Phillips escuchó un momento, y luego negó con la cabeza.
—No oigo nada —dijo, y colgó.
—¡Oh, espere! —dijo apresuradamente la señorita Keene—. Bueno, da lo mismo —añadió, al ver que ya estaba hecho—. Si ocurre demasiado a menudo, llamaré a la señorita Finch y hará que un técnico lo compruebe.
—Ya veo —dijo la enfermera Phillips, y volvió al salón.
La enfermera Phillips abandonó la casa a las ocho, dejando sobre la mesilla de noche, como de costumbre, una manzana, un bizcocho, un vaso de agua y el frasco de las píldoras. Ahuecó las almohadas bajo la frágil espalda de la señorita Keene, acercó un poco la radio y el teléfono a la cama, echó un complaciente vistazo alrededor y luego se dirigió a la puerta, diciendo:
—La veré mañana.
El teléfono sonó quince minutos después. La señorita Keene levantó el auricular rápidamente. Esta vez no se molestó en decir hola, se limitó a escuchar.
Al principio fue lo mismo, un silencio absoluto. Escuchó un momento más, impaciente. Luego, cuando estaba a punto de volver a colgar el auricular, oyó el sonido. Su mejilla dio una sacudida, y volvió a llevarse el teléfono al oído.
—¿Hola? —preguntó con tensión.
Un murmullo, un zumbido sordo, un sonido de roce… ¿nada más? La señorita Keene cerró los ojos con fuerza, escuchando con la máxima atención, pero no pudo identificar el sonido; era demasiado suave, demasiado indefinido. Procedía de una especie de vibración, como un gemido… de una fuga de aire… de un silbido burbujeante. Debe de ser el sonido de la conexión, pensó, debe de ser el teléfono mismo el que hace el ruido. Puede que haya un cable agitado por el viento en algún sitio…
Entonces dejó de pensar. Dejó de respirar. El sonido había cesado. Una vez más, el silencio resonaba en sus oídos. Podía sentir los latidos atropellándose en su pecho otra vez, las paredes de su garganta cerrándose. Oh, esto es ridículo, se dijo, ya he pasado por esto. ¡Es la tormenta, la tormenta!
Se recostó sobre las almohadas, el auricular apretado a su oído, una respiración nerviosa saliendo de sus narices. Sintió un temor irracional creciendo como una marea dentro de ella, a pesar de todos sus intentos de llegar a una conclusión racional. Su mente seguía descolgándose del resbaladizo asidero de la razón; cada vez caía más hondo.
Se estremeció violentamente al oír que los sonidos se reanudaban. No podían ser sonidos humanos, lo sabía, y sin embargo había algo en ellos, una inflexión, un tono casi identificable de…
Sus labios temblaron y un gemido empezó a flotar en su garganta. Pero no podía colgar el teléfono, sencillamente, no podía. Los sonidos la tenían hipnotizada. Si era el ir y venir del viento o el murmullo de mecanismos defectuosos, eso no lo sabía, pero no la dejaban marcharse.
—¿Hola? —murmuró, temblorosa.
Los sonidos subieron de volumen. Se agitaron y temblaron en su cerebro.
—¡Hola! —chilló.
—H-o-l-a —contestó una voz en el teléfono. La señorita Keene se desmayó en aquel mismo instante.
—¿Está segura de que alguien dijo hola? —preguntó la señorita Finch a la señorita Elva por teléfono—. Puede que fuera la conexión, ¿sabe?
—¡Le digo que era un hombre! —gritó una temblorosa Elva Keene—. Era el mismo hombre que me había estado escuchando decir hola una y otra vez, sin contestarme. ¡El mismo que había emitido ruidos terribles por teléfono!
La señorita Finch se aclaró la garganta educadamente.
—Bueno, haré que un técnico revise su línea tan pronto como podamos, señorita Elva. Por supuesto, nuestros técnicos están muy ocupados ahora mismo, con las reparaciones por los daños de la tormenta, pero en cuanto sea posible…
—¿Y qué hago si esta… esta persona vuelve a llamar?
—Limítese a colgarle, señorita Elva.
—¡Pero sigue llamando!
—Bueno —la afabilidad de la señorita Finch flaqueó—, ¿por qué no averigua quién es, señorita Elva? Si lo hace, podremos emprender una acción inmediata y…
Después de colgar, la señorita Keene se apoyó en las almohadas cargada de tensión, escuchando cómo la enfermera Phillips cantaba roncas canciones de amor mientras lavaba los platos del desayuno. La señorita Finch no se creía su historia, eso resultaba obvio. La señorita Finch pensaba que era una vieja nerviosa, víctima de su imaginación. Bueno, la señorita Finch descubriría que no era así.
—La pienso seguir llamando sin parar hasta que se quiera dar por enterada —dijo irritable a la enfermera Phillips antes de echarse la siesta.
—Hágalo —dijo la enfermera Phillips—. Ahora tómese su pastilla y échese un rato.
La señorita Keene se tumbó sumida en un silencio malhumorado, sus manos cubiertas de venas hechas un nudo junto a su cadera. Eran las dos y diez y, excepto por el burbujeo de los ronquidos de la enfermera Phillips en la antesala, la casa permanecía en el silencio de la tarde de octubre. Me pone furiosa, pensó Elva Keene, que nadie se tome esto en serio. Bueno, sus finos labios se apretaron, la próxima vez que suene el teléfono, me aseguraré de que la enfermera Phillips escuche hasta que oiga algo.
Exactamente entonces sonó el teléfono.
La señorita Keene sintió un frío estremecimiento bajar por su cuerpo. Incluso a la luz del día, con los rayos del sol salpicando su colcha estampada, el estridente zumbido la asustaba. Hundió sus dientes de porcelana en el labio inferior para que dejara de temblar. ¿Contesto?, se preguntó, y entonces, antes de que pudiera pensar en hacerlo, su mano levantó el auricular. Tomó aliento profundamente; se acercó el teléfono lentamente al oído. Dijo:
—¿Hola?
—¿Hola? —contestó la voz, hueca e inanimada.
—¿Quién es? —preguntó la señorita Keene, intentando mantener la garganta clara.
—¿Hola?
—¿Quién llama, por favor?
—¿Hola?
—¿Hay alguien ahí?
—¿Hola?
—¡Por favor…!
—¿Hola?
La señorita Keene colgó de golpe el auricular y se tumbó en la cama, temblando violentamente, incapaz de recuperar el aliento. ¿Qué es esto?, suplicó su mente, ¿qué es esto, en nombre de Dios?
—¡Margaret! —gritó—. ¡Margaret!
Oyó que la enfermera Phillips gruñía bruscamente y luego empezaba a toser.
—¡Margaret, por favor!
Elva Keene oyó cómo la corpulenta mujer se ponía en pie y se arrastraba cruzando el salón. Debo recuperar la compostura, se dijo, llevándose las manos aleteantes a las mejillas enfebrecidas. Debo decirle qué ha pasado, exactamente.
—¿Qué ocurre? —masculló la enfermera—. ¿Le duele el estómago?
La garganta de la señorita Keene se tensó al tragar saliva.
—Ha vuelto a llamar —susurró.
—¿Quién?
—¡Ese hombre!
—¿Qué hombre?
—¡El que no hace más que llamar! —gritó la señorita Keene—. No hace más que llamar una y otra vez. Es lo único que dice: hola, hola, hol…
—Vamos, déjelo ya —la enfermera Phillips la reprendió secamente—. Échese y…
—¡No quiero echarme! —dijo frenética—. ¡Quiero saber quién es esa mala persona que no hace más que asustarme!
—Vamos, no se ponga histérica —le advirtió la enfermera Phillips—. Ya sabe cómo se le puede poner el estómago.
La señorita Keene empezó a sollozar amargamente.
—Tengo miedo. Tengo miedo de él. ¿Por qué sigue llamándome?
La enfermera Phillips se quedó junto a la cama, mirando hacia abajo con inercia bovina.
—Bueno, ¿qué le dijo la señorita Finch? —dijo suavemente.
Los labios temblorosos de la señorita Keene no pudieron formular la respuesta.
—¿No le dijo que era un problema de conexiones? —le tranquilizó la enfermera—. ¿No le dijo eso?
—¡Pero no es eso! ¡Es un hombre, un hombre!
La enfermera Phillips exhaló un suspiro de paciencia.
—Si es un hombre —dijo—, entonces limítese a colgar. No tiene por qué hablar con él. Limítese a colgar. ¿Tanto le cuesta hacerlo?
La señorita Keene cerró los ojos brillantes por las lágrimas y obligó a sus labios a formar una línea temblorosa. En su cabeza, la voz apagada y sin emoción del hombre reverberaba continuamente. Una y otra vez, sin alterar nunca la inflexión, sin que la pregunta esperase a su respuesta, sólo repitiéndose interminablemente en una triste apatía. ¿Hola? ¿Hola? Haciendo que su corazón se estremeciera.
—Mire —dijo la enfermera Phillips.
Abrió los ojos y vio la imagen borrosa de la enfermera dejando el auricular sobre la mesa.
—Así —dijo la enfermera Phillips—, ahora ya no puede llamarle nadie. Déjelo así. Si necesita algo sólo tiene que marcar. ¿Así está mejor? ¿Eh?
La señorita Keene miró desolada a la enfermera. Entonces, después de un momento, asintió una vez. A regañadientes.
Se quedó tumbada en el dormitorio oscuro, con el sonido de la señal de tono zumbando en su oído, manteniéndola despierta. ¿O es que me estoy obsesionando?, pensó. ¿De verdad que me mantiene despierta? ¿Es que no dormí la primera noche con el auricular descolgado? No, no era el sonido, era otra cosa.
Cerró los ojos obstinadamente. No voy a escuchar, se dijo a sí misma. No voy a escucharlo. Inhaló temblorosa el aire nocturno. Pero la oscuridad no podía llenar su cerebro y ahogar el sonido.
La señorita Keene palpó la cama hasta encontrar su chaqueta. Envolvió con ella el auricular, cubriendo su negra suavidad con capas de algodón. Luego volvió a tumbarse, tensa y respirando laboriosamente. Me voy a dormir, exigió, me voy a dormir.
Seguía oyéndolo.
Su cuerpo volvió a tensarse y, bruscamente, desenvolvió el auricular de su grueso envoltorio y lo estrelló una vez más contra la horquilla. El silencio llenó la habitación con una paz deliciosa. La señorita Keene se recostó sobre la almohada con un débil gruñido. Ahora a dormir, pensó.
Sonó el teléfono.
Su aliento se extinguió. El timbre parecía impregnar la oscuridad, rodeándola de una nube de vibraciones penetrantes. Estiró la mano para poner el auricular sobre la mesa de nuevo, y luego retiró la mano de golpe con un gemido, al comprender que volvería a oír la voz del hombre.
Su garganta palpitaba nerviosa. Lo que voy a hacer, planeó, lo que voy a hacer es levantar el auricular muy, muy rápidamente, y volver a colgarlo, y luego apretar el interruptor y cortar la línea. ¡Sí, eso es lo que voy a hacer!
Se preparó y extendió la mano cautelosamente hasta que tuvo debajo el teléfono que sonaba. Luego, conteniendo el aliento, siguió su plan, cortó el timbre, estiró la mano hacia el interruptor de la horquilla…
Y se detuvo, paralizada, cuando la voz del hombre llegó hasta sus oídos a través de la oscuridad.
—¿Dónde está? —preguntó—. Quiero hablar con usted.
Garras de hielo se hundieron en el pecho tembloroso de la señorita Keene. Se quedó petrificada, incapaz de suprimir el sonido de la voz sorda e inexpresiva del hombre, preguntando:
—¿Dónde está? Quiero hablar con usted.
Un gemido escapó de la voz de la señorita Keene, fino y aleteante.
Y el hombre dijo:
—¿Dónde está? Quiero hablar con usted.
—No, no —sollozó la señorita Keene.
—¿Dónde está? Quiero…
Apretó el interruptor de la horquilla con tensos dedos blancos. Lo mantuvo apretado durante cinco minutos antes de soltarlo.
—¡Le digo que no pienso aceptarlo!
La voz de la señorita Keene era un jirón de sonido. Estaba sentada en la cama, inflexible, obligando a su aterrorizada cólera a desahogarse a través del respiradero de la boca.
—¿Dice que ha colgado a ese hombre y que sigue llamando? —preguntó la señorita Finch.
—¡Ya se lo he explicado! —estalló Elva Keene—. Tuve que dejar el auricular descolgado toda la noche para que no me llamara. Y el zumbido me mantuvo despierta. ¡No he pegado ojo! Quiero que revisen esta línea, ¿me ha oído? ¡Quiero que detengan este horror!
Sus ojos eran como perlas duras y oscuras. El teléfono casi resbaló de sus dedos paralizados.
—Muy bien, señorita Elva —dijo la operadora—. Le enviaré un técnico hoy.
—Gracias, querida, gracias —dijo la señorita Keene—. ¿Me llamará cuando…?
Su voz se detuvo bruscamente al oír un chasquido en el teléfono.
—La línea está ocupada —anunció.
El chasquido se interrumpió cuando continuó.
—Repito, ¿me informará cuando sepa quién es esa horrible persona?
—Por supuesto, señorita Elva, por supuesto. Y haré que un técnico revise su teléfono esta tarde. Vive en Mili Lane 127, ¿verdad?
—Eso es, querida. Se ocupará de ello, ¿verdad?
—Se lo prometo, señorita Elva. Será lo primero que haga hoy.
—Gracias, querida —dijo la señorita Keene, suspirando aliviada.
Aquella mañana no hubo llamada del hombre, y tampoco por la tarde. Lentamente, empezó a sentirse menos tensa. Jugó una partida de cribbage con la enfermera Phillips y hasta consiguió reírse un poquito. Era reconfortante saber que la compañía telefónica estaba trabajando en ello. Pronto cogerían a aquel horrible hombre y recuperaría la tranquilidad.
Pero cuando dieron las dos, y luego las tres, y no apareció ningún técnico por su casa, la señorita Keene volvió a preocuparse.
—¿Pero a esa chica qué le pasa? —dijo malhumorada—. Me prometió que mandaría un técnico esta tarde.
Dieron las cuatro y no llegó ningún técnico. La señorita Keene no podía jugar al cribbage, ni leer un libro, ni escuchar la radio. Lo que había empezado a relajarse volvía a estar tenso otra vez, en aumento a cada minuto hasta las cinco en punto, cuando sonó el teléfono, su mano brotó rígida de la manga relampagueante de su chaqueta roja y se cerró como una garra sobre el auricular. Si el hombre habla, se aceleró su mente, si habla chillaré hasta que se me pare el corazón.
Se llevó el auricular al oído.
—¿Hola?
—Señorita Elva, soy la señorita Finch.
Sus ojos se cerraron y su respiración salió aleteando entre los labios.
—¿Sí? —dijo.
—Se trata de esas llamadas que dice que ha estado recibiendo.
—¿Sí? —las palabras de la señorita Finch se clavaron en su cabeza: «Esas llamadas que dice que ha estado recibiendo».
—Hemos mandado a un técnico a localizarlas —continuó la señorita Finch—. Tengo aquí su informe.
La señorita Keene tomó aliento.
—¿Sí?
—No ha podido encontrar nada.
Elva Keene no habló. Su cabeza grisácea estaba inmóvil sobre la almohada, el auricular apretado contra su oído.
—Dice que ha localizado el… el problema en un cable caído a las afueras de la ciudad.
—¿Un cable… caído?
—Sí, señorita Elva —la señorita Finch no parecía contenta.
—¿Me está diciendo que no he oído nada?
La voz de la señorita Finch era firme.
—Nadie ha podido telefonearla desde esa localización —dijo.
—¡Le digo que me ha llamado un hombre!
La señorita Finch permaneció en silencio, y los dedos de la señorita Keene se apretaron convulsos sobre el auricular.
—Tiene que haber un teléfono —insistió—. ¡Tiene que haber alguna forma de que ese hombre pudiera llamarme!
—Señorita Elva, allí no hay nadie.
—¿Allí, dónde es allí?
La operadora dijo:
—Señorita Elva, es el cementerio.
En el silencio negro de su dormitorio, una inválida yacía esperando. Su enfermera no quiso quedarse por la noche; su enfermera le había dado unas palmaditas y la había reprendido y la había ignorado.
Estaba esperando una llamada de teléfono.
Podría haber desconectado el teléfono, pero no tuvo ánimo para hacerlo. Se quedó allí esperando, esperando y pensando.
Pensando en el silencio, en aquellos oídos que no oían, y querían oír de nuevo. En el sonido burbujeante y los murmullos, los primeros y torpes intentos de hablar de alguien que no había hablado… ¿en cuánto tiempo? En ¿Hola? ¿Hola?, el primer saludo de alguien que había estado largo tiempo en silencio. En ¿Dónde está?, en (lo que hacía que estuviera tan rígida) el chasquido y la operadora diciendo su dirección. En…
El teléfono sonó.
Una pausa. Volvió a sonar. El roce de un camisón en la oscuridad. Dejó de sonar.
Escuchó.
Y el teléfono se resbaló entre unos dedos blancos, los ojos abiertos como platos, los débiles latidos palpitando lentamente.
Fuera, la noche donde sonaban los grillos.
Dentro, las palabras todavía resonando en su cerebro, dando un significado terrible al silencio pesado y sofocante.
—Hola, señorita Elva. Me voy a acercar a visitarla.