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richard matheson

presa (es)

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Amelia llegó a su apartamento a las seis catorce. Tras colgar su abrigo en el armario del vestíbulo, llevó el pequeño paquete al salón y se sentó en el sofá. Se quitó los zapatos mientras desenvolvía el paquete, apoyándolo en el regazo. La caja de madera parecía un ataúd. Amelia levantó la tapa y sonrió. Era la figurita más fea que había visto nunca. Medía diecisiete centímetros de largo y estaba tallada en madera, tenía un cuerpo esquelético y una cabeza desproporcionada. Su expresión era maniáticamente feroz, sus dientes puntiagudos estaban completamente a la vista, sus ojos ardientes eran protuberantes. Sujetaba una lanza de veinte centímetros en la mano derecha. Una cadena de exquisito oro envolvía su cuerpo desde los hombros a las rodillas. Un pequeño pergamino estaba calzado entre la figurita y la pared interior de la caja. Amelia lo sacó y lo desenrolló. Estaba escrito a mano. Éste es El Que Mata, empezaba. Es un cazador mortífero, Amelia sonrió mientras leía el resto del texto. Arthur se pondría contento.
Al pensar en Arthur se volvió para mirar el teléfono que tenía en la mesa de al lado. Al cabo de un rato, suspiró y dejó la caja de madera en el sofá. Se puso el teléfono sobre el regazo, levantó el aparato y marcó un número.
Contestó su madre.
—Hola, mamá —dijo Amelia.
—¿Todavía no has salido? —preguntó su madre.
Amelia se puso a la defensiva.
—Mamá, sé que es viernes por la noche… —empezó.
No pudo acabar. La línea se había quedado en silencio. Amelia cerró los ojos. Mamá, por favor, pensó. Tragó saliva.
—Hay un hombre —dijo—. Se llama Arthur Breslow. Es profesor de instituto.
—No vas a venir —dijo su madre.
Amelia se estremeció.
—Es su cumpleaños —dijo. Abrió los ojos y miró la figurita—. Le prometí que… que pasaríamos juntos la velada.
Su madre se quedó en silencio. De todas formas, esta noche no ponen ninguna película buena, continuó la mente de Amelia.
—Podríamos ir mañana por la noche —dijo.
Su madre seguía en silencio.
—¿Mamá?
—Ahora incluso el viernes por la noche es demasiado para ti.
—Mamá, te veo dos o tres veces a la semana.
—Me visitas —dijo su madre—. Cuando aquí tienes tu propia habitación.
—Mamá, no empecemos de nuevo —dijo Amelia. No soy una niña, pensó. ¡Deja de tratarme como si fuera una niña!
—¿Cuánto tiempo llevas viéndole? —preguntó su madre.
—Un mes, más o menos.
—Sin decírmelo —dijo su madre.
—Tenía toda la intención de contártelo —a Amelia empezaba a palpitarle la cabeza. No voy a tener un dolor de cabeza, se dijo a sí misma. Miró la figurita. Parecía que la estuviera mirando.
—Es un hombre agradable, mamá —dijo.
Su madre no habló. Amelia sintió que los músculos de su estómago se tensaban. Esta noche no voy a poder comer, pensó.
Súbitamente, se dio cuenta de que estaba acurrucada junto al teléfono. Se obligó a sentarse erguida. Tengo treinta y tres años, pensó. Estirando la mano, sacó la figurita de su caja.
—Deberías ver lo que voy a regalarle por su cumpleaños —dijo—. Lo he encontrado en una tienda de antigüedades de Third Avenue. Es un fetiche zuni genuino, extremadamente raro. Arthur es un fanático de la antropología. Por eso se lo he comprado.
Se produjo un silencio en la línea. Muy bien, no hables, pensó Amelia.
—Es un fetiche de caza —continuó, esforzándose por parecer despreocupada—. Se supone que dentro de él está atrapado el espíritu de un cazador zuni. Lleva una cadena de oro alrededor para impedir que el espíritu… —no se le ocurría la palabra; pasó un dedo tembloroso sobre la cadena— escape, supongo —dijo—. Se llama El Que Mata. Deberías verle la cara —sintió que lágrimas calientes chorreaban sobre sus mejillas.
—Que te diviertas —dijo su madre, colgando.
Amelia miró el aparato, y escuchó el tono de línea. ¿Por qué era siempre lo mismo?, pensó. Dejó el aparato en la horquilla y puso a un lado el teléfono. La habitación oscurecida le parecía borrosa. Depositó la figurita sobre el borde de la mesa del café y se puso en pie. Voy a darme un baño, pensó. Voy a reunirme con él y vamos a pasarlo genial. Cruzó el salón. Genial, repitió su mente de forma vacía. Sabía que no era posible. ¡Oh, mamá!, pensó. Apretó los puños con furia impotente mientras entraba en el dormitorio.
En el salón, la figurita se cayó del borde de la mesa. Aterrizó con la cabeza para abajo y la punta de la lanza, clavándose en la alfombra; levantó las piernas de la figurita en el aire.
La fina cadena de oro empezó a deslizarse hacia abajo.
Ya casi se había hecho de noche cuando Amelia volvió al salón. Se había quitado la ropa y llevaba el albornoz de felpa. En el cuarto de baño, el agua corría por la bañera.
Se sentó en el sofá y se puso el teléfono sobre el regazo. Se quedó mirándolo durante varios minutos. Por fin, suspirando profundamente, levantó el auricular y marcó un número.
—¿Arthur? —dijo cuando él contestó.
—¿Sí? —Amelia conocía el tono, agradable pero suspicaz. No fue capaz de hablar.
—Tu madre —dijo Arthur por fin.
Algo frío y pesado se hundió en su estómago.
—Es nuestra noche juntas —explicó—. Todos los viernes… —Se detuvo y esperó. Arthur no dijo nada—. Te lo he mencionado antes —dijo.
—Sé que lo has mencionado —dijo él.
Amelia se frotó la sien.
—Todavía sigue dirigiendo tu vida, ¿verdad? —dijo él.
Amelia se puso tensa.
—Es sólo que no quiero herir sus sentimientos —dijo—. Ya fue bastante duro para ella que me marchara de casa.
—Yo tampoco quiero herir sus sentimientos —dijo Arthur—. Pero ¿sabes cuántos cumpleaños tengo al año? Habíamos hecho planes.
—Lo sé —sintió que los músculos de su estómago volvían a tensarse.
—¿De verdad vas a dejar que te haga esto? —preguntó Arthur—. ¿Una noche de viernes en todo el año?
Amelia cerró los ojos. Sus labios se movieron sin hacer ningún ruido. Es que no puedo herir sus sentimientos, pensó. Tragó saliva.
—Es mi madre —dijo.
—Muy bien —dijo él—. Lo siento. Esperaba impaciente este día, pero… —se detuvo—. Lo siento —dijo. Colgó lentamente.
Amelia se quedó sentada en silencio durante largo rato, escuchando el tono de llamada. Dio un respingo al oír que la voz grabada decía muy fuerte:
—Por favor, cuelgue.
Soltó el auricular y devolvió el teléfono a su mesa. Adiós a mi regalo de cumpleaños, pensó. Ya no tenía sentido dárselo a Arthur. Estiró la mano, encendiendo la lámpara de la mesa. Devolvería la figurita al día siguiente.
La figurita no estaba en la mesa del café. Al mirar hacia abajo, Amelia vio la cadena de oro tirada en la alfombra. Se bajó del sofá, se puso de rodillas, la recogió, y la dejó en la caja de madera. La figurita no estaba bajo la mesa del café. Inclinándose, Amelia palpó bajo el sofá.
Lanzó un grito y retiró la mano. Se enderezó, se volvió hacia la lámpara y se miró la mano. Tenía algo metido debajo de la uña del dedo índice. Al sacarlo, sintió un escalofrío. Era la punta de la lanza de la figurita. La dejó caer en la caja y se metió el dedo en la boca. Volviendo a inclinarse, palpó más cautelosamente bajo el sofá.
No podía encontrar la figurita. Se irguió con un gemido de cansancio y empezó a separar un extremo del sofá de la pared. Pesaba terriblemente. Recordó la noche que ella y su madre habían ido a comprar los muebles. Había querido amueblar el apartamento en un estilo danés moderno. Su madre insistió en aquel sofá pesado de arce. Estaba de oferta. Amelia refunfuñó mientras lo apartaba de la pared. Se daba cuenta de que el agua corría en el cuarto de baño. Sería mejor que cerrara el grifo pronto.
Miró la parte de la alfombra que había despejado, y vio el palo de la lanza. La figurita no estaba al lado. Amelia lo recogió y lo puso sobre la mesa del café. Decidió que la figurita estaba atrapada bajo el sofá; cuando había movido el sofá, había movido también la figurita.
Le pareció oír un ruido detrás, leve, como de una piedra que saltara sobre el agua. Amelia se dio la vuelta. El sonido había cesado. Sintió un escalofrío subiendo por sus pantorrillas.
—Es El Que Mata —dijo con una sonrisa—. Se ha quitado la cadena y ha…
Se interrumpió bruscamente. Estaba segura de que había oído un ruido dentro de la cocina, un ruido metálico, chirriante. Amelia tragó saliva, nerviosa. ¿Qué está pasando?, pensó. Cruzó el salón y entró en la cocina, encendiendo la luz. Echó un vistazo dentro. Todo parecía normal. Su mirada se trasladó titubeante al horno, a la cazuela de agua que tenía encima, a la mesa y la silla, los cajones y las puertas de los armarios, todas cerradas, el reloj eléctrico, la pequeña nevera con el libro de cocina encima de ella, la foto de la pared, el sujetacuchillos pegado al lado del armario…
… con su cuchillo pequeño desaparecido.
Amelia miró el sujetacuchillos. No seas tonta, se dijo. Habría metido el cuchillo en el cajón, nada más. Entró en la cocina y abrió el cajón de los cubiertos. El cuchillo no estaba dentro.
Otro sonido hizo que bajase la mirada rápidamente al suelo. Abrió la boca horrorizada. Durante un momento, no pudo reaccionar; luego, dirigiéndose a la puerta, miró dentro del salón, su corazón palpitante. ¿Había sido su imaginación? Estaba segura de haber visto un movimiento.
—Oh, vamos —dijo. Hizo un ruido despectivo. No había visto nada.
Al otro lado de la habitación, la lámpara se apagó.
Amelia dio tal salto de sorpresa que se rozó el codo derecho con el quicio de la puerta. Lanzando un chillido, se agarró el codo con la mano derecha y cerró los ojos momentáneamente, su cara una máscara de dolor.
Abrió los ojos y miró el salón oscurecido.
—Vamos —se dijo, irritada. Tres ruidos y una bombilla fundida no significaban algo tan estúpido como…
Rechazó el pensamiento. Tenía que cortar el agua. Abandonó la cocina y salió hacia el pasillo. Se frotó el codo, haciendo muecas.
Se produjo otro ruido. Amelia se quedó paralizada. Algo se acercaba a ella por la alfombra. Bajó la mirada estúpidamente. No, pensó.
Entonces lo vio, un movimiento rápido cerca del suelo. Vio un fulgor metálico y, al instante, notó un dolor penetrante en su pantorrilla derecha. Amelia tragó saliva. Lanzó una patada a ciegas. Dolor otra vez. Sintió la sangre caliente chorreando sobre su piel. Se dio la vuelta y se precipitó al pasillo. La alfombra resbaló bajo ella y se cayó contra la pared, el dolor caliente atravesándole el tobillo derecho. Se agarró a la pared para no caerse, y luego se apoyó sobre el costado. Palpó a su alrededor con un sollozo de miedo.
Más movimiento, oscuridad sobre oscuridad. Dolor en su pantorrilla izquierda, y luego otra vez en la derecha. Amelia lanzó un chillido. Algo le había rozado el muslo. Tanteó de nuevo, luego dio un salto a ciegas, casi volviendo a caerse. Intentó recuperar el equilibrio, dando manotazos convulsos. El lateral de su mano izquierda embistió la pared, sujetándola. Se retorció y corrió hacia el dormitorio oscurecido. Cerrando la puerta de golpe, se dejó caer, jadeante. Algo daba golpes desde el otro lado, algo pequeño y próximo al suelo.
Amelia escuchó, intentando no respirar tan fuerte. Movió cuidadosamente el pomo de la puerta para asegurarse de que el seguro estaba echado. Cuando ya no oyó ruidos al otro lado de la puerta, retrocedió hacia la cama. Dio un respingo cuando rebotó contra el borde del colchón. Inclinándose, agarró la extensión telefónica y se la llevó al regazo. ¿A quién podía llamar? ¿A la policía? Creerían que estaba loca. ¿A su madre? Estaba demasiado lejos.
Estaba marcando el número de Arthur a la luz del cuarto de baño cuando el pomo de la puerta empezó a girar. De pronto, sus dedos ya no pudieron moverse. Miró al otro lado de la habitación a oscuras. El seguro de la puerta emitió un chasquido. El teléfono se resbaló de su regazo. Oyó que caía con un golpe sordo sobre la alfombra al mismo tiempo que se abría la puerta de golpe. Algo se dejó caer desde el pomo exterior.
Amelia retrocedió de un salto, recogiendo las piernas. Una figura sombría correteaba sobre la alfombra hacia la cama. Abrió la boca, atónita. No es verdad, pensó. Se quedó rígida al notar que tiraban de su colcha. Estaba trepando para llegar hasta ella. No, pensó. No es verdad. No podía moverse. Miró el borde del colchón.
Asomó algo que parecía una cabeza pequeña. Amelia se retorció con un grito de horror, corrió al otro lado de la cama y se tiró al suelo. Se lanzó al cuarto de baño, se dio la vuelta y cerró la puerta de golpe, jadeando por el dolor de su tobillo. Apenas había apretado el botón del pestillo cuando algo golpeó la parte inferior de la puerta. Amelia oyó un ruido como el arañar de una rata. Luego todo quedó en silencio.
Se dio la vuelta y se inclinó sobre la bañera. El nivel del agua había llegado casi hasta el del rebosadero. Mientras cerraba los grifos, vio gotas de sangre cayendo al agua. Se enderezó y se volvió hacia el espejo del armarito-botiquín que tenía sobre el lavabo.
Recuperó el aliento horrorizada al ver la raja que cruzaba su cuello. Apretó una mano temblorosa sobre ella. Bruscamente, fue consciente del dolor de sus piernas y miró hacia abajo. Le había cortado las pantorrillas de ambas piernas. La sangre bajaba por sus tobillos, goteando por el extremo de sus pies. Amelia empezó a llorar. La sangre corría entre los dedos de la mano que tenía pegada al cuello. Chorreaba por su figurita. Contempló su reflejo a través de un velo de lágrimas.
Vio algo en ella que la despertó. Tal vez su aspecto miserable, tal vez una mirada aterrorizada de rendición. No, pensó. Estiró la mano hacia la puerta del armarito-botiquín. Lo abrió y sacó yodo, gasas y cinta adhesiva. Bajó la tapa del retrete y se sentó con cautela. Retirar el tapón del bote de yodo supuso una auténtica batalla. Tuvo que golpearlo contra el lavabo tres veces antes de que se abriera.
El ardor del antiséptico en sus pantorrillas hizo que tragara saliva. Amelia apretó los dientes mientras envolvía su pierna derecha con gasa.
Un ruido hizo que se volviera hacia la puerta. Vio que estaban metiendo por debajo la hoja del cuchillo. Está intentando clavármela en el pie, pensó; cree que estoy de pie al lado de la puerta. Le parecía irreal tener aquellos pensamientos. Este es El Que Mata; el pergamino centelleó repentinamente en su cabeza. Es un cazador mortífero. Amelia miró cómo tanteaba la hoja del cuchillo. Dios, pensó.
Apresuradamente, se vendó ambas piernas y luego se puso en pie y, mirando el espejo, se limpió la sangre del cuello con un paño. Echó un poco de yodo por los bordes de la herida, siseando al notar el dolor ardiente.
Se volvió al oír el nuevo sonido, con el corazón saltándole. Se acercó a la puerta, se inclinó y escuchó atentamente. Oyó un débil ruido metálico dentro del pomo.
La figurita estaba intentando abrir el pestillo.
Amelia retrocedió lentamente, mirando el pomo. Intentó visualizar la figurita. ¿Colgaba del pomo por un brazo, utilizando el otro para hurgar en el cerrojo con el cuchillo? La imagen era demencial. Sintió un goteo gélido en la nuca. No debo dejar que entre, pensó.
Un grito ronco separó sus labios cuando el pasador del pomo salió despedido. Estirando la mano impulsivamente, sacó una toalla de baño de su asa. El pomo giró, y el pestillo quedó libre con un chasquido. La puerta empezó a abrirse.
De repente, la figurita entró como un dardo. Se movía tan deprisa que su figura era un borrón ante los ojos de Amelia. Bajó la toalla con todas sus fuerzas, como si un enorme insecto fuera corriendo hacia ella. La figurita salió disparada contra la pared. Amelia le tiró la toalla encima y cruzó el cuarto de un salto, gimiendo por el dolor de su tobillo. Abrió la puerta de par en par y se precipitó en el dormitorio.
Casi había llegado a la puerta del pasillo cuando su tobillo cedió. Se desmoronó sobre la alfombra con un grito de dolor. Oyó un ruido detrás de ella. Girándose, vio la figurita que salía por la puerta del cuarto de baño como una araña saltarina. La hoja del cuchillo brillaba bajo la luz. De pronto, la figurita estaba en las sombras, lanzándose rápidamente sobre ella. Amelia retrocedió a gatas. Echó un vistazo sobre su hombro, vio el armario y reculó hacia su oscuridad, buscando a tientas el pomo.
Dolor otra vez, un corte gélido en el pie. Amelia chilló y se echó hacia atrás. Levantando la mano, tiró de un abrigo. Cayó encima de la figurita. Le tiró todo lo que tenía al alcance. La figurita quedó enterrada bajo un montículo de blusas, faldas y vestidos. Amelia se desmoronó sobre la pila móvil de ropas. Se obligó a levantarse y salió cojeando al pasillo tan rápido como pudo. El sonido del movimiento bajo las ropas desapareció del alcance de su oído. Cojeó hasta la puerta. Giró la llave y tiró del pomo.
La puerta no se abrió. Amelia buscó rápidamente el cerrojo. Lo había atrancado. Intentó liberarlo. No cedía. Lo arañó con terror repentino. Estaba completamente deformado.
—No —murmuró. Estaba atrapada.
—Oh, Dios —empezó a golpear la puerta—. ¡Por favor, socorro! ¡Socorro!
Ruido en el dormitorio. Amelia se volvió y cruzó el salón. Se dejó caer de rodillas junto al sofá, buscando a tientas el teléfono, pero sus dedos temblaban tanto que no pudo marcar el número. Empezó a sollozar, luego se giró con un grito estrangulado. La figurita venía corriendo hacia ella desde el pasillo.
Amelia agarró un cenicero de la mesa del café y se lo tiró. Tiró un jarrón, una caja de madera, una estatuilla. No fue capaz de acertar a la figurita. Llegó hasta ella, empezó a acuchillarle las piernas. Amelia retrocedió ciegamente y tropezó con la mesa del café. Rodando sobre las rodillas, consiguió ponerse en pie de nuevo. Avanzó tambaleante hacia el vestíbulo, tirando piezas del mobiliario para detener a la figurita. Derribó una silla, una mesa. Cogió una lámpara y la arrojó al suelo. Retrocedió hacia el vestíbulo y, girando, se metió en el armario y cerró la puerta de golpe.
Sujetó el pomo con dedos rígidos. Oleadas de aire caliente ondularon sobre su cara. Chilló cuando el cuchillo entró por debajo de la puerta, su punta afilada clavándose en su dedo gordo. Se arrastró hacia atrás, cambiando la mano que sujetaba el pomo. Tenía el albornoz abierto. Sentía un chorro de sangre correr entre sus pechos. Sus piernas estaban entumecidas por el dolor. Cerró los ojos. Por favor, que alguien me ayude, pensó.
Cuando el pomo empezó a girar entre sus dedos, se puso rígida. Su piel se enfrió. No podía ser más fuerte que ella. No podía. Amelia apretó con más fuerza. Por favor, pensó. Su sien se golpeó contra el extremo de la maleta que tenía en la estantería.
La idea estalló en su cabeza. Sujetando el pomo con la mano derecha, estiró la otra mano hacia arriba, tanteando. Los cierres de la maleta estaban abiertos. Con un tirón repentino, giró el pomo, empujando la puerta con toda la fuerza que pudo. Salió disparado, lejos de ella. Oyó cómo chocaba contra la pared. La figurita cayó de golpe.
Amelia levantó la mano y bajó su maleta. Abrió la tapa y se hincó de rodillas bajo el marco de la puerta del armario, sujetando la maleta como un libro abierto. Hizo acopio de valor, abrió los ojos como platos, y apretó los dientes. Sintió el peso de la figurita al golpear el fondo de la maleta. Al instante, cerró la tapa y tumbó la maleta de lado. Se dejó caer encima de ella y la mantuvo cerrada hasta que sus manos temblorosas pudieron cerrar los broches. El sonido que hicieron al encajar en su posición hizo que sollozara aliviada. Empujó a un lado la maleta. Se deslizó por el pasillo y rebotó contra la pared. Amelia se esforzó por ponerse en pie, intentando no escuchar las patadas frenéticas y los arañazos dentro de la maleta.
Encendió la luz del vestíbulo e intentó abrir el cerrojo. Estaba irreparablemente doblado. Se dio la vuelta y cojeó a través del salón, mirando sus piernas. Las vendas estaban sueltas. Ambas piernas estaban cubiertas de sangre reseca, y algunas de las heridas todavía sangraban.
Se palpó la garganta. El corte seguía húmedo. Amelia apretó sus labios temblorosos. Pronto vería a un médico.
Sacó el picahielos del cajón de la cocina y volvió al vestíbulo. El sonido de algo cortando hizo que mirase hacia la maleta. Contuvo el aliento. La hoja del cuchillo asomaba por el lateral de la maleta, subiendo y bajando en movimiento de sierra. Amelia se quedó mirándola. Sintió que su cuerpo se había vuelto de piedra.
Fue cojeando hasta la maleta y se arrodilló a su lado, mirando con repugnancia la cuchilla que serraba. Estaba manchada de sangre. Intentó agarrarla con los dedos de la mano izquierda y extraerla. La hoja se retorció, y se fue hacia abajo; Amelia chilló, retrayendo la mano. Le había hecho un corte profundo en el pulgar. La sangre corrió por la palma de su mano. Amelia apretó el dedo contra su albornoz. Sintió que su cerebro se iba a quedar en blanco.
Se puso en pie, volvió cojeando hasta la puerta, y empezó a manipular el cerrojo. No conseguía abrirlo. Empezó a dolerle el pulgar. Metió el picahielos bajo el hueco del cerrojo e intentó arrancarlo de la pared. La punta del picahielos se partió. Amelia resbaló y casi se cae. Se incorporó, sollozando. No había tiempo, no había tiempo. Miró alrededor, desesperada.
¡La ventana! ¡Podía tirar la maleta por la ventana! La visualizó volando en la oscuridad. Precipitadamente, dejó caer el picahielos y se volvió hacia la maleta.
Se quedó paralizada. La figurita había conseguido asomar la cabeza a través de la raja en el lateral de la maleta. Amelia vio cómo forcejeaba para salir. Sintió que era incapaz de moverse. La figurita estaba mirándola. No, pensó, no es verdad. La figurita liberó sus piernas y saltó al suelo.
Amelia dio un par de tumbos y corrió hacia el salón. Su pie derecho cayó sobre un pedazo de loza roto. Sintió que le cortaba muy hondo en el talón y perdía el equilibrio. Cayendo de costado, pataleó. La figurita llegó dando saltos. Podía ver el brillo de la hoja del cuchillo. Lanzó una patada salvaje que repelió a la figurita. Poniéndose en pie, avanzó hasta la cocina, se dio la vuelta, y empezó a empujar la puerta para cerrarla.
Algo impedía que se cerrara. A Amelia le pareció oír un grito en su cabeza. Miró hacia abajo y vio el cuchillo y una pequeña mano de madera. ¡El brazo de la figurita había quedado atrapado entre la puerta y el quicio! Amelia empujó la puerta con todas sus fuerzas, horrorizada por el ímpetu con que la puerta era empujada desde el otro lado. Oyó un chasquido. Una sonrisa feroz entornó sus labios y empujó la puerta desbocadamente. El chillido de su cabeza se hizo más fuerte, ahogando el sonido de la madera al astillarse.
La hoja del cuchillo se dobló. Amelia se hincó de rodillas y tiró de ella. Metió el cuchillo en la cocina, al ver que la mano y la figurita de madera soltaban el asa del cuchillo. Con un ruido ahogado, se puso en pie y tiró el cuchillo en la pila. La puerta se cerró de golpe contra su costado; la figurita entró corriendo.
Amelia se apartó de ella tambaleante. Levantó la silla y la arrojó contra la figurita. La figurita se apartó de un salto, y luego corrió, rodeando la silla caída. Amelia cogió la cazuela de agua del fogón y la arrojó. La bandeja resonó estrepitosamente contra el suelo, rociando de agua a la figurita.
Se quedó mirando a la figurita. No iba a por ella. Intentaba subir a la pila, saltando y agarrando el lateral de la encimera con una mano. Quiere el cuchillo, pensó. Necesita su arma.
De pronto, supo qué hacer. Se acercó a la cocina, abrió la puerta del horno y puso el indicador a máxima potencia. Oyó la detonación del gas mientras se volvía para coger la figurita.
Lanzó un grito cuando la figurita empezó a patalear y retorcerse, sus contorsiones enloquecidas, saltando de un lado a otro de la cocina. El chillido volvió a invadir su cabeza y de pronto supo que lo que chillaba era el espíritu de la figurita. Resbaló y chocó contra la mesa, se levantó y, poniéndose de rodillas delante del horno, arrojó la figurita dentro. Cerró la puerta de golpe y se apoyó encima de ella.
La figurita casi arrancó la puerta. Amelia empujó con el hombro, luego con la espalda, volviéndose para apoyar las piernas contra la pared. Intentó ignorar el golpeteo de la figurita dentro del horno. Vio cómo la sangre roja manaba palpitante de su talón. El olor a madera quemada empezó a llegar hasta ella y cerró los ojos. La puerta se estaba calentando. Desplazó su peso cuidadosamente. Las patadas y los golpes llenaban sus oídos. Los chillidos inundaban su mente. Sabía que se iba a quemar la espalda, pero no se atrevía a moverse. El olor a madera quemada se hizo más intenso. El pie le dolía terriblemente.
Amelia miró el reloj eléctrico de la pared. Faltaban cuatro minutos para las siete. Observó cómo el segundero rojo giraba lentamente. Pasó un minuto. El chillido de su cabeza estaba remitiendo. Volvió a acomodarse, con los dientes rechinando para soportar el calor que le quemaba la espalda.
Pasó otro minuto. Las patadas y los golpes cesaron. Los chillidos se desvanecieron poco a poco. El olor de la madera quemada había llenado la cocina. Había un velo de humo gris en el aire. Esto lo tiene que ver alguien, pensó Amelia. Ahora que ha terminado, vendrán a ayudarme. Eso es lo que pasa siempre.
Empezó a apartarse un poco de la puerta del horno, dispuesta a apoyar de nuevo su peso si era necesario. Se dio la vuelta y se puso de rodillas. La peste a madera calcinada le producía náuseas. Pero tenía que asegurarse. Estirando la mano, abrió la puerta.
Algo oscuro y sofocante la invadió, y volvió a oír el chillido en su mente una vez más, mientras el calor la cubría por dentro y por fuera. Ahora era un chillido de victoria.
Amelia se levantó y apagó la parrilla. Sacó un par de tenazas para el hielo del cajón y extrajo el pedazo renegrido de madera. Lo dejó caer en la pila y le echó agua por encima hasta que el humo cesó. Luego entró en el dormitorio, cogió el teléfono y presionó la horquilla. Al cabo de un momento, liberó la horquilla y marcó el número de su madre.
—Soy Amelia, mamá —dijo—. Lamento haberme portado como lo hice. Quiero que pasemos la noche juntas. Pero se ha hecho un poco tarde. ¿Podrías pasarte tú por casa y ya nos vamos desde aquí? —Escuchó.
—Bien —dijo—. Te espero.
Tras colgar, entró en la cocina y sacó el cuchillo de trinchar más largo de su hueco en el sujetacuchillos. Se dirigió a la puerta principal y empujó el cerrojo, que ahora se desplazaba libremente. Llevó el cuchillo al salón, se quitó el albornoz y bailó la danza de la caza, de la alegría de la caza, de la alegría de la matanza inminente.
Luego se sentó en una esquina con las piernas cruzadas. El Que Mata se sentó, con las piernas cruzadas, en la esquina, en la oscuridad, esperando que llegara su presa.
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