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richard matheson

una casa enloquecida (es)

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Se sienta ante su mesa. Coge un lápiz largo y amarillo y empieza a escribir en un cuaderno. La punta se rompe.
La comisura de sus labios se tuerce hacia abajo. Las pupilas se estrechan en la dura máscara de su rostro. En silencio, la boca apretada en una ranura fea y sin labios, coge el sacapuntas.
Recoge las virutas y vuelve a dejar el sacapuntas en el cajón. Empieza a escribir una vez más. En el momento en que lo hace, la punta vuelve a romperse y la mina rueda sobre el papel.
De pronto, el rostro se le pone lívido. Una rabia salvaje domina los músculos de su cuerpo. Grita al lápiz, lo maldice con un torrente de indignación. Lo mira con verdadero odio. Lo parte en dos con un chasquido brutal y lo arroja a la papelera con un triunfante «¡Así! ¡A ver si te gusta estar ahí!».
Se sienta tenso en la silla, los ojos abiertos, los labios temblorosos. Se estremece con ira frenética; rocía sus entrañas con ácido.
El lápiz está en la papelera, roto e inmóvil. Es madera, mina, metal, goma; todo muerto, sin capacidad de apreciar la furia ardiente que ha provocado.
Y sin embargo…
Está tranquilamente sentado junto a la ventana, mirando la calle. Deja que la tensión se desvanezca. No oye el roce en la papelera, que cesa de inmediato.
Pronto, su cuerpo vuelve a la normalidad. Se sienta. Utiliza un bolígrafo.
Se sienta delante de la máquina de escribir.
Inserta una hoja de papel y empieza a golpear las teclas.
Sus dedos son anchos. Golpea dos teclas a la vez. Los dos tipos se atascan. Se quedan parados en el aire, flotando impotentes sobre la cinta negra.
Estira la mano con repugnancia y les propina una tobita. Se separan y vuelven a deslizarse en sus huecos separados. Empieza a teclear otra vez.
Aprieta una tecla equivocada. El inicio de una maldición se desprende de sus labios, sin acabar. Echa mano al borrador redondo y borra la letra indeseada de la hoja de papel.
Suelta el borrador y empieza a escribir otra vez. El papel se ha deslizado en el rodillo. Las siguientes frases están a una altura ligeramente superior a las originales. Cierra un puño, ignora el error.
La máquina se atasca. Agita los hombros, deja caer el puño sobre la barra espaciadora con una maldición en voz alta. El carro salta, la campanilla tintinea. Introduce el salto de carro con un golpe violento.
Teclea más rápido. Tres teclas se quedan pegadas. Aprieta los dientes y gime con furia inútil. Golpea los brazos de los tipos. No se separan. Los obliga a separarse con dedos doblados y temblorosos. Se despegan. Ve que se ha manchado de tinta los dedos. Maldice en voz alta, intentando ultrajar al mismo aire en venganza por la estúpida máquina.
Ahora golpea las teclas con brutalidad, los dedos cayendo como las garras rígidas de una grúa. Otro error; lo borra salvajemente. Teclea todavía más rápido. Cuatro teclas se quedan pegadas.
Chilla.
Hunde el puño en la máquina. Agarra el papel y lo arranca de la máquina, hecho pedazos. Comprime los pedazos en el puño y arroja la bola al otro lado de la habitación. Coloca el carro en su posición y echa la tapa sobre la máquina.
Se levanta de un salto y le echa una mirada terrible.
—¡Estúpida! —grita con voz amarga y descompuesta—. ¡Estúpida, idiota, acémila!
El desprecio gotea de su voz. Sigue hablando, se sumerge en un frenesí.
—No vales para nada. No vales para nada en absoluto. Te voy a hacer pedazos. ¡Te voy a hacer añicos, te voy a fundir, te voy a matar! ¡Estúpida, imbécil, miserable máquina maldita!
Se estremece mientras grita. Y se pregunta, en lo más recóndito de su mente, si no se está matando con la ira, si no está destruyendo su organismo con la furia.
Se da la vuelta y se aleja a zancadas. Está demasiado furioso para darse cuenta de que la tapa de la máquina se ha deslizado y para oír el leve chirrido del metal, parecido al que oiría si las teclas estuvieran temblando en sus huecos.
Se afeita. La navaja no corta. O la navaja está demasiado afilada y corta demasiado.
En ambos casos, una maldición ahogada hincha sus labios. Tira la navaja al suelo y la estrella contra la pared de una patada.
Se está limpiando los dientes. Desliza el fino hilo de seda entre los dientes. Se deshilacha. Un pedacito se le queda en el hueco. Intenta meter otro trozo para sacar ese pedacito. No consigue que el hilo blanco baje. Se le parte en los dedos.
Chilla. Chilla al hombre del espejo y echa atrás la mano, y arroja el hilo lejos violentamente. Golpea la pared. Se queda allí colgado y oscila bajo el viento de la furia del hombre.
Ha arrancado otro pedazo de hilo del recipiente. Va a dar otra oportunidad al hilo dental. Va a contener su furia. Si el hilo sabe lo que le conviene, se sumergirá entre los dientes y sacará el pedazo deshilachado inmediatamente.
Lo hace. El hombre se apacigua. Los jugos orgánicos dejan de burbujear, el fuego se extingue, las ascuas se dispersan.
Pero la cólera sigue ahí, en un rincón. La energía nunca se pierde, es una ley primigenia.
Come.
Su esposa pone un filete delante de él. Coge el cuchillo y el tenedor y corta. La carne es dura, el filo está mellado.
Una mancha roja se enciende en la piel de las mejillas. Sus ojos se estrechan. Arrastra el cuchillo a través de la carne. La hoja no quiere cortar la carne marrón.
Sus ojos se abren. La cólera reprimida se tensa y le agita. Sierra la carne como si quisiera darle una última oportunidad de ceder.
La carne no quiere ceder.
Aúlla.
—¡Maldita sea!
Dientes blancos se aprietan. El cuchillo es arrojado al otro lado de la habitación.
Aparece la mujer, con la alarma trazando cicatrices efímeras sobre su frente. Su marido está fuera de sí. Su marido está derramando veneno por sus arterias. Su marido está dejando escapar otra nube de ira animal. Es una bruma persistente. Pende sobre los muebles, gotea de las paredes.
Está viva.
Y así durante días y noches. Su rabia cae como hachazos frenéticos sobre la casa, sobre todo lo que posee. Chubascos de histeria furiosa nublan sus ventanas y caen sobre sus suelos. Mares de odio salvaje e incontrolado inundan todas las habitaciones de su casa; llenan cada iota de espacio con una vida temblorosa, palpitante.
Se tumba sobre la espalda y mira el techo moteado por el sol.
El último día, se dijo. La frase había estado entrando y saliendo de su cerebro desde que se había despertado.
En el cuarto de baño podía oír el agua corriente. Podía oír el armario de las medicinas abrirse y volver a cerrarse. Podía oír el sonido de las zapatillas de ella arrastrándose sobre las baldosas del suelo.
Sally, pensó, no me dejes.
—Si te quedas, me lo tomaré con calma —prometió al aire con un susurro.
Pero sabía que no sería capaz de tomárselo con calma. Era demasiado difícil. Era demasiado duro. Era más fácil salirse de quicio, era más fácil chillar, desvariar y atacar.
Se giró sobre su costado y miró la puerta del cuarto de baño en el vestíbulo. Podía ver la raya de la luz bajo la puerta. Sally está allí, pensó. Sally, mi esposa, con quien me casé hace años, cuando era joven y estaba lleno de esperanza.
Cerró los ojos repentinamente y apretó los puños. Le acometió de nuevo. La enfermedad que adquiría más violencia cada vez que la contraía. La enfermedad de la desesperación, de la ambición perdida. Lo estropeaba todo. Proyectaba un vapor de amargura sobre todas sus idas y venidas. Le quitaba el apetito, le robaba el sueño, destruía su amor.
—Puede que si tuviéramos hijos… —murmuró, y supo antes de decirlo que no era la respuesta.
Hijos. Qué felices serían viendo a su desgraciado padre hundirse cada vez más profundamente en su pozo de fiebre introspectiva.
Vale, le torturó su mente, repasemos los hechos. Apretó los dientes e intentó dejar su mente en blanco. Pero, como si fuera un idiota de mirada alelada, su mente repetía las palabras que solía murmurar en sueños a lo largo de las noches inquietas y perturbadas.
Tengo cuarenta años. Enseño literatura en Fort College. Antaño tuve esperanzas de convertirme en escritor. Creía que éste sería un lugar excelente para escribir. Daría clases durante parte del día y escribiría el resto del tiempo. Conocí a Sally en la facultad y me casé con ella. Creía que todo iría bien. Creía que el éxito era inevitable. Hace dieciocho años.
Dieciocho años.
¿Cómo, pensó, se puede señalar el paso de casi dos décadas? El tiempo parecía un montón informe de esfuerzos fallidos, de noches pasadas en angustia, en busca del secreto, de la respuesta, de la revelación siempre apartada de él. Colgaba sobre su cabeza como el queso columpiándose en un balanceo enloquecedor sobre la cabeza de una rata rabiosa.
Y el rencor se había ido deslizando. Los días pasados viendo a Sally comprar comida y ropas y pagar el alquiler con su escaso salario. Viendo cómo compraba cortinas nuevas o sillas nuevas y sintiendo una puñalada de dolor cada vez que lo hacía, porque cada vez estaba más alejado del momento en que podría dedicar su tiempo a escribir. Cada moneda que ella gastaba, él la sentía como un golpe a sus aspiraciones.
Se obligó a pensar así. Se obligó a creer que lo único que necesitaba para producir buena literatura era tiempo.
Pero una vez, un estudiante furioso le había gritado:
—¡Usted es sólo un talento de tercera fila escondido detrás de una mesa!
Lo recordaba. Oh, Dios, cómo recordaba aquel momento. Recordaba el frío malestar que le había convulsionado cuando aquellas palabras alcanzaron su cerebro. Recordaba los escalofríos y la temblorosa irracionalidad de su voz.
Había suspendido el semestre a aquel estudiante, a pesar de sus buenas notas. Se había armado un buen escándalo al respecto. El padre del estudiante había acudido a la escuela. Se habían presentado todos ante el Dr. Ramsay, el director del Departamento de Literatura.
También recordaba aquello; la escena dominaba cualquier otro recuerdo. Él, sentado a un lado de la mesa de conferencias, enfrentado al padre y el hijo iracundos. El Dr. Ramsay mesándose la barba hasta que decidió decir algo contra él. El Dr. Ramsay había dicho: vamos a ver si podemos solucionar este asunto.
Habían consultado el expediente y habían descubierto que el estudiante tenía razón. El Dr. Ramsay le había mirado muy sorprendido. Bueno, no entiendo lo que… había dicho, y había dejado que su voz pastosa se quebrara y le había mirado inquisitivamente, esperando una explicación.
Y la explicación había sido lamentable, un desvarío confuso y sin sentido. Carácter irresponsable, había dicho, alardeaba de un comportamiento imperdonable; moralmente, un fracaso. Y el Dr. Ramsay, con su grueso cuello enrojecido, le había dicho en términos inequívocos que la moral no estaba sujeta a calificación en Fort College.
Hubo más, pero lo había olvidado. Había hecho un esfuerzo por olvidarlo. Pero no podía olvidar que tardaría años en conseguir una cátedra. Ramsay le frenaría. Y su sueldo seguiría siendo insuficiente, y las cuentas se acumularían y nunca conseguiría escribir.
Regresó al presente para encontrarse aferrando las sábanas con dedos tensos. Se encontró mirando con odio la puerta del cuarto de baño. ¡Adelante!, saltó su mente vengativa. ¡Vete a casa con tu querida mamá! Ya ves lo que me importa. ¿Por qué sólo una separación provisional? Mejor que sea definitiva. Concédeme algo de paz. Tal vez así pueda escribir algo.
Tal vez así pueda escribir algo.
La frase le daba asco. Ya no significaba nada. Como una palabra que se repite hasta convertirse en pura cháchara, aquella frase, para él, había sido desgastada hasta el agotamiento. Sonaba estúpida; como un tópico de un folletín. El héroe la dice en tono dramático: ¡Por Dios, ahora tal vez pueda escribir algo! Absurdo.
Durante un momento, sin embargo, se preguntó si era cierto. Ahora que ella se marchaba, ¿podría olvidarse de ella y trabajar un poco en serio? ¿Dejar su empleo? ¿Ir a algún sitio y meterse en una habitación modestamente amueblada y escribir?
Tienes 123,89 dólares en el banco, le informó su mente. Fingía que era lo único que se lo impedía. Pero, en el fondo de su cabeza, se preguntaba si podría escribir en ningún sitio. A menudo la duda se le presentaba cuando menos la esperaba. Tienes cuatro horas cada mañana, se alzaba la afirmación como un espectro amenazante. Tienes tiempo de escribir miles de palabras. ¿Por qué no lo haces?
Y la respuesta siempre se perdía en un revoltijo de porqués y buenos y razones interminables a las que se aferraba como a un clavo ardiendo.
La puerta del baño se abrió y salió vestida con su vestido rojo bueno.
Sin razón aparente, de pronto comprendió que había llevado el mismo vestido durante tres años y que nunca se había puesto otro más nuevo. Eso le enfureció aún más. Cerró los ojos y esperó que no le estuviera mirando. La odio, pensó. La odio porque ha destruido mi vida.
Oyó el roce de su falda al sentarse ante el tocador y abrir un cajón. Mantuvo los ojos cerrados y oyó cómo las persianas venecianas golpeteaban ligeramente el marco de la ventana cuando la brisa de la mañana las empujaba. Podía oler su perfume flotando ligero en el aire.
Intentó pensar en la casa vacía todo el tiempo. Intentó pensar en volver a casa después de clase y no encontrar a Sally esperándole. La idea le parecía, de alguna forma, imposible. Y eso le enfurecía. Sí, pensó, me ha pillado bien. Me ha desgastado hasta que dependo de ella para cosas que son verdaderamente insignificantes y padezco la ilusión de que no puedo sobrevivir sin ella.
Se giró repentinamente en el colchón y la miró.
—Así que te vas de verdad —dijo con voz fría.
Ella se volvió brevemente y le miró. No había cólera en su cara. Parecía cansada.
—Sí —dijo—. Me voy.
Pues vete con viento fresco. Las palabras intentaron salir de sus labios. Las contuvo.
—Supongo que tendrás tus razones —dijo él.
Sus hombros se encogieron un momento en lo que le pareció un gesto fatigado de diversión.
—No tengo ninguna intención de discutir contigo —dijo—. Tu vida es cosa tuya.
—Gracias —murmuró ella.
Está esperando una disculpa, pensó. Espera que le diga que no la odia, como había dicho. Que no la había golpeado a ella, sino a todos sus sueños, pervertidos y destrozados; al espectáculo sarcástico de su propia fe perdida.
—¿Y cuánto tiempo va a durar esta separación provisional? —dijo él, con voz amarga.
Ella agitó la cabeza.
—No lo sé, Chris —dijo tranquilamente—. Depende de ti.
—Depende de mí —dijo él—. Siempre depende de mí, ¿verdad?
—Oh, por favor, cari… Chris. No quiero seguir discutiendo. Estoy demasiado cansada para discutir.
—Es más fácil hacer las maletas y salir corriendo.
Ella se volvió y le miró. Sus ojos eran muy oscuros e infelices.
—¿Salir corriendo? —dijo—. ¿Después de dieciocho años me acusas de eso? Dieciocho años viendo cómo te destruías. Y a mí contigo. Oh, no me mires tan sorprendido. Estoy segura de que sabes que a mí también me has vuelto medio loca.
Ella se dio la vuelta y él vio cómo temblaban sus hombros. Se secó algunas lágrimas de los ojos.
—N-no es sólo porque me pegaras —dijo—. Anoche no hacías más que repetirlo, cuando te dije que me iba. ¿Te crees que me importaría si…? —respiró hondo—. ¿Si significara que estabas furioso conmigo? Si fuera por eso podrías pegarme todos los días. Pero no me estabas pegando a mí. No soy nada para ti. No me quieres.
—Oh, deja de ser…
—No —le interrumpió—. Por eso es por lo que me voy. Porque no soporto ver cómo me odias todos los días por algo que… que no es culpa mía.
—Supongo que…
—Oh, no digas nada más —dijo, levantándose. Salió corriendo de la habitación y oyó cómo entraba en el salón. Miró el tocador.
¿Que no diga nada más? Preguntó su mente como si ella siguiera allí. Bueno, sí que hay más que decir; mucho más. Parece que no comprendes lo que he perdido. No parece que lo entiendas. Tenía sueños, oh, Dios, qué sueños tenía. Iba a escribir una literatura capaz de hacer que la gente diera un respingo en el asiento y contuviera el aliento. Iba a contarles cosas que necesitaban saber urgentemente. Iba a contarlas de forma tan entretenida que nunca se daría cuenta de la verdad que les estaba transmitiendo. Iba a crear obras inmortales.
Ahora, cuando muera, sólo estaré muerto. Estoy atrapado en este pueblo deprimente, enterrado en una universidad científica donde los hombres abren la boca de asombro ante una mota de polvo y ni siquiera saben que hay estrellas sobre sus cabezas. ¿Y qué puedo hacer, qué puedo…?
Los pensamientos se interrumpieron. Miró con tristeza sus frascos de perfume, y la polvera que centelleaba «Siempre» cuando se levantaba la tapa.
Te recordaré. Siempre.
Mi corazón será fiel. Siempre.
Las palabras son infantiles y cómicas, pensó. Pero su garganta se contrajo y sintió cómo se estremecía.
—Sally —dijo. En voz tan baja que apenas pudo oírse él mismo.
Pasado un rato, se levantó y se vistió.
Mientras se ponía los pantalones, la alfombra se deslizó debajo de él y tuvo que agarrarse al tocador para apoyarse. Miró hacia abajo, su corazón palpitante con la furia total que había aprendido a invocar en el espacio de unos segundos.
—Maldita sea —murmuró.
Se olvidó de Sally. Se olvidó de todo. Sólo quería tomarse la revancha con la alfombra. La mandó debajo de la cama con una patada violenta. La rabia se derramó y desapareció. Agitó la cabeza. Estoy enfermo, pensó. Pensó en ir a buscarla y decirle que estaba enfermo.
Su boca se apretó y entró en el cuarto de baño. No estoy enfermo, pensó. Al menos mi cuerpo no lo está. Es mi mente la que está enferma, y ella sólo hace que empeore.
El cuarto de baño todavía tenía la cálida humedad de haberlo usado ella. Abrió un poco la ventana y se le clavó una astilla en el dedo. Maldijo la ventana con voz ahogada. Levantó la mirada. ¿Por qué en voz tan baja?, preguntó. ¿Para que ella no me oiga?
—¡Maldita sea! —gruñó en voz alta a la ventana. Y apretó su dedo hasta que hubo sacado la astilla de madera.
Tiró de la puerta del armario. Estaba atascada. Su cara se enrojeció. Tiró más fuerte y la puerta se abrió de golpe y le pegó en la muñeca. Se dio la vuelta y se agarró la muñeca, echando hacia atrás la cabeza con un gemido sofocado.
Se quedó allí parado, los ojos nublados de dolor, mirando el techo. Miró la grieta que cruzaba en una línea oscilante el techo. Luego cerró los ojos.
Y empezó a sentir algo. Intangible. Una sensación de amenaza. Se preguntó qué era. Oh, soy yo, por supuesto, se contestó. Es la decadencia moral de mi propio subconsciente. Me está aullando, diciendo: Vas a ser castigado por arrojar a tu pobre esposa a brazos de su madre. No eres un hombre. Eres un…
—Oh, cállate —dijo.
Se lavó las manos y la cara. Pasó un dedo inspeccionando su mentón. Necesitaba afeitarse. Abrió la puerta del armario y sacó enérgicamente la navaja. La sujetó en alto y la miró.
El asa había aumentado de tamaño. Lo pensó tan pronto como la hoja pareció caerse del asa por voluntad propia. Sintió un escalofrío al verla desprenderse y relampaguear bajo la luz de las bombillas del armarito.
Miró el acero brillante con fascinación repelente. Tocó el borde de la hoja. Qué afilado, pensó. El menor contacto podría cortar la carne. Qué cosa tan repugnante.
—Es mi mano.
Lo dijo sin querer, y guardó la navaja de repente. Era su mano, tenía que serlo. La navaja no podía haberse movido sola. Eso era su imaginación enfermiza.
Pero no se afeitó. Devolvió la navaja al armarito con una vaga sensación de desastre inminente.
Me da igual que se suponga que tenemos que afeitarnos todos los días, murmuró. No voy a arriesgarme a que se me resbale la mano. Además, prefiero una navaja con seguro. Las de esta clase no están hechas para mí, soy demasiado nervioso.
De pronto, impelida por esas palabras, la imagen de él dieciocho años antes se coló en su cerebro.
Recordó una cita que había tenido con Sally. Recordó haberle dicho que era tan tranquilo que parecía que estuviera muerto. Nada me afecta, había dicho. Y en aquella época era verdad. También recordaba decirle que no le gustaba el café, que una taza le mantenía despierto toda la noche. Que no fumaba, que no le gustaba el sabor ni el olor del tabaco, Me gusta estar sano, había dicho. Recordaba las palabras exactas.
—Y ahora… —murmuró ante su reflejo delgado y desgastado.
Ahora bebía a diario litros de café. Hasta que se encharcaba en una ciénaga negra en su estómago y ya era tan incapaz de dormir como de volar. Ahora fumaba filas y filas interminables de cigarrillos que le amarilleaban los dedos, hasta que sentía la garganta áspera y atascada, hasta que ya no podía escribir con lápiz porque la mano le temblaba demasiado.
Pero todos aquellos estimulantes tampoco le ayudaban a escribir. El papel seguía blanco en la máquina de escribir. Las palabras nunca salían, los argumentos se le morían. Los personajes le evitaban, se burlaban de él a carcajadas desde detrás del velo de su esterilidad creativa.
Y el tiempo pasó. Pasó cada vez más rápido, aparentemente eligiéndole en solitario para el mayor castigo. Él, un hombre que había empezado a valorar el tiempo de forma tan neurótica que desequilibraba su vida y le ponía enfermo pensar en su paso.
Mientras se cepillaba los dientes, intentó recordar cuándo había empezado a dominarle aquel temperamento irracional. Pero no había forma de determinar su trayectoria. Había empezado en algún lugar entre las brumas que no podían disiparse. Con una palabra soberbia, con una contracción furiosa de los músculos. Con una mirada de irreprimible animosidad.
Y a partir de allí, como una ameba que se hinchara, había continuado su propio y pervertido curso de evolución descendente, hasta alcanzar la sima actual; un hombre amargado que encontraba en el odio su único solaz.
Escupió espuma blanca y se enjuagó la boca. Mientras dejaba el vaso, se resquebrajó, y una viruta de cristal se le metió en la mano.
—¡Maldita sea! —gritó.
Giró sobre los talones y apretó el puño. Se abrió de golpe al instante, mientras la viruta se hundía en su palma. Se levantó con lágrimas en las mejillas, respirando pesadamente. Pensó en Sally escuchándole, oyendo una vez más la prueba audible de que sus nervios estaban a flor de piel.
¡Basta!, se ordenó a sí mismo. No podrás hacer nada hasta que te libres de este genio exasperante.
Cerró los ojos. Durante un momento, se preguntó por qué parecía que últimamente le pasaba de todo. Como si un poder vengativo se hubiera instalado en la casa, derramando una vida salvaje sobre los objetos inanimados. Amenazándole. Pero aquel pensamiento fue sólo una figura sin rostro y pasajera en la abrumadora horda de pensamientos que atestaban su imaginación; podía verlo pero no distinguirlo.
Extrajo la viruta de cristal de la palma de su mano. Se puso la corbata oscura.
A continuación entró en el salón, consultando su reloj. Ya eran las diez y media. Se le había ido más de la mitad de la mañana. Más de la mitad del tiempo de que disponía para sentarse e intentar escribir la prosa que haría que la gente diera un respingo en el asiento y contuviera aliento.
Últimamente eso ocurría con mayor frecuencia de lo que incluso él quería reconocer. Se acostaba tarde, se inventaba recados, hacía cualquier cosa con tal de retrasar el terrible momento en que debía sentarse ante su máquina de escribir para intentar arrancar penosamente alguna cosecha del desierto de su mente.
Cada vez le costaba más. Y cada vez se ponía más furioso; cada vez odiaba más. Y nunca había notado hasta ahora, cuando ya era demasiado tarde, que Sally había perdido la paciencia y ya no podía soportar ni su temperamento ni su odio.
Estaba sentada a la mesa de la cocina, bebiendo café solo. Ella también bebía más que antaño. Igual que él, lo bebía solo, sin azúcar. También afectaba a sus nervios. Y ahora fumaba, aunque no había fumado hasta hacía un año. No obtenía ningún placer en hacerlo. Inspiraba el humo hasta lo más hondo de sus pulmones y luego lo expulsaba rápidamente. Y sus manos temblaban casi tanto como las de él.
Se sirvió una taza de café y se sentó frente a ella. Ella empezó a levantarse.
—¿Qué pasa? ¿Es que no soportas verme?
Ella volvió a sentarse y dio una calada profunda al cigarrillo que tenía en la mano. Luego lo espachurró sobre el plato.
Se sintió asqueado. De pronto, quiso salir de la casa. Le parecía extraña y ajena. Tenía la sensación de que ella había renunciado a todo derecho sobre él, que se había retirado de él. El contacto de sus dedos y los detalles cariñosos que había diseminado por cada habitación; había retirado todas aquellas cosas. Habían perdido tangibilidad porque se marchaba. La estaba abandonando y ya no era su casa. Lo sentía con mucha intensidad.
Recostándose sobre la silla, apartó su taza y miró el hule amarillo de la mesa. Sintió que él y Sally estaban detenidos en el tiempo; que los segundos se desgranaban como una melaza fantástica hasta que cada uno parecía una eternidad. El reloj contaba las horas más lentamente.
Y la casa era diferente.
—¿Qué tren vas a coger? —preguntó, sabiendo antes de hablar que sólo había un tren por la mañana.
—El de las once cuarenta y siete —dijo.
Cuando lo dijo, sintió que su estómago se retraía sobre su espinazo. Tragó saliva, tan verídico fue el dolor físico. Ella le miró.
—Me he quemado —dijo apresuradamente, y ella se levantó y puso su taza y su plato en el fregadero.
¿Por qué he dicho eso?, pensó. ¿Por qué no he podido decir que he tragado saliva porque la idea de que me abandone me llena de terror? ¿Por qué siempre digo cosas que no quiero decir? No soy malo. Pero cada vez que hablo, elevo más las paredes del odio y la amargura alrededor de mí, hasta que ya no puedo escapar de ellas.
Con palabras he tejido mi mortaja, y me enterraré dentro de ella.
Miró su espalda y una sonrisa triste curvó sus labios. Sólo soy capaz de pensar con palabras cuando mi esposa me deja. Qué triste.
Sally había salido de la cocina. Su mente regresó a su actitud taciturna. Estamos jugando a un juego. Haz lo que yo haga. Tú entras en una habitación, con la cabeza erguida, la esposa justificada, la parte maltratada. Yo tengo que seguirte, cabizbajo y contrito, derramando hecatombes de disculpa.
Consciente de sí mismo una vez más, se sentó tenso a la mesa, su cuerpo temblando de rabia. Se relajó haciendo un esfuerzo deliberado, y apretó la mano izquierda sobre sus ojos. Se quedó allí sentado, intentando desprenderse de su angustia en el silencio y la oscuridad.
No iba a funcionar.
Y entonces su cigarrillo le quemó de verdad, y se sentó recto. El cigarrillo cayó al suelo desperdigando cenizas. Se inclinó y lo recogió. Lo tiró al cubo de la basura y falló. Al demonio, pensó. Se levantó y vació su taza y su plato en el fregadero. El plato se partió en dos y le hirió el pulgar derecho. Dejó que sangrara. Le daba lo mismo.
Ella estaba en la habitación sobrante, terminando de hacer las maletas.
La habitación sobrante. Ahora aquellas palabras le torturaban. ¿Cuándo dejaron de llamarla «la habitación del niño»? ¿Cuándo habían empezado a reconcomerle las entrañas, porque estaba llena de amor y quería desesperadamente tener hijos? ¿Cuándo había empezado a sustituir su ausencia con poco más que un temperamento volcánico y días y noches de nervios a flor de piel?
Se quedó parado en la puerta y la miró. Quería sacar la máquina de escribir y sentarse y escribir hileras de palabras. Quería regodearse en su futura libertad. Pensar en todo el dinero que se ahorraría. Pensar en lo pronto que podría irse a escribir todas las cosas que siempre había querido escribir.
Se quedó parado en la puerta, asqueado.
¿Era posible todo aquello?, preguntó su mente, incrédula. ¿Era posible que estuviera marchándose? Pero eran marido y mujer. Había vivido y amado en aquella casa durante más de dieciocho años. Ahora se estaba marchando. Metía prendas en su vieja maleta negra y se marchaba. No podía hacerse a la idea. No podía comprenderla ni asimilarla a la actividad diaria. ¿Dónde encajaba dentro de la rutina? La rutina era que Sally limpiase y cocinase y tratase de hacer que su casa fuera feliz y cálida.
Se estremeció y, girándose bruscamente, volvió al dormitorio.
Se dejó caer sobre la cama y miró el reloj eléctrico de su mesilla de noche, que chirriaba delicadamente.
Vio que eran más de la once. Dentro de menos de una hora tengo que dar clase a un grupo de idiotas de primer año. Y sobre la mesa del salón hay una montaña de exámenes de mitad de semestre repletos de redacciones que debo padecer, sintiendo cómo mi estómago se retuerce ante su falta de inteligencia, su fraseología adolescente.
Y todas aquellas bobadas, todos aquellos kilómetros de prosa espantosa, se habían enroscado en una madeja eterna en su cabeza. Y allí se habían quedado, desmadejándose en sus propios escritos hasta que llegaba a preguntarse si podría soportar la idea de seguir viviendo. He digerido lo peor, pensó. ¿Es de extrañar que exude basura?
El mal genio saltó de nuevo, un fuego pálido que poco a poco se alimentaba con nuevos pensamientos. Esta mañana no he escrito nada. Como cada mañana tras de cada mañana, mientras pasa el tiempo. Cada vez hago menos. No escribo nada. O escribo material indigno. Cuando tenía veinte años era capaz de escribir mejor que ahora.
¡Nunca escribiré nada bueno!
Se puso en pie de un salto y negó con la cabeza mientras buscaba algo que atacar, algo que romper, algo que odiar con tal odio que se marchitase bajo el estallido.
Parecía como si la habitación se hubiera nublado. Sintió una palpitación. Su pierna izquierda golpeó una esquina de la cama.
Tragó saliva, furioso. Sollozó. Lágrimas de odio, arrepentimiento y autocompasión. Estoy perdido, pensó. Perdido. No hay nada.
Se quedó muy tranquilo, con una calma gélida. Vacío de piedad, de emoción. Se puso el abrigo. Se puso el sombrero y sacó el maletín del armario.
Se paró ante la puerta que daba al cuarto donde ella todavía forcejeaba con su maleta. Así tendrá algo con lo que ocuparse ahora, pensó, para no tener que mirarme. Sintió que su corazón resonaba como un tambor muy pesado.
—Pásatelo bien en casa de tu madre —dijo desapasionadamente.
Ella levantó la mirada y vio la expresión en su rostro. Se apartó y se llevó la mano a los ojos. Él sintió la necesidad repentina de correr hacia ella y suplicar su perdón. Hacer que todo se arreglara.
Entonces volvió a pensar en papeles y años de escritura pendiente.
Se apartó y cruzó el salón. La alfombrilla se deslizó un poco y le ayudó a concentrar toda la fuerza de la rabia que necesitaba. La apartó de una patada y aleteó contra la pared en un bulto arrugado.
Cerró la puerta de golpe al salir.
Su mente farfulló. Ahora, como en un folletín, ella se habrá arrojado sobre la colcha y estará llorando lágrimas de pesar teñidas de martirio. Ahora estará hundiendo las uñas en la almohada y gimiendo mi nombre y deseando estar muerta.
Sus zapatos taconearon rápidamente sobre la acera. Que Dios me ayude, pensó. Que Dios nos ayude a todos los pobres desgraciados que queremos crear y que descubrimos que debemos renunciar al corazón porque no podemos permitirnos perder nuestro tiempo con eso.
Hacía un día precioso. Sus ojos lo veían, pero su mente no lo reconocía. Los árboles eran frondosos y verdes, y el aire fresco y cálido. Brisas primaverales soplaban por las calles. Sentía cómo le acariciaban mientras dejaba atrás la manzana y cruzaba la Calle Principal hasta la parada del autobús.
Se quedó parado en la esquina, mirando la casa.
Está allí dentro, su mente persistió en el análisis. Allí dentro, en la casa en la que hemos vivido durante más de ocho años. Está haciendo las maletas, o llorando, o haciendo algo. Y pronto llamará a la empresa de taxis de la universidad. Llegará un taxi. El conductor hará sonar la bocina, Sally se pondrá su ligero abrigo de primavera y sacará la maleta al porche. Cerrará la puerta al salir por última vez.
—No…
No podía impedir que la palabra le estrangulara la garganta. Siguió mirando la casa. Le dolía la cabeza. Veía todo oscilar. Estoy enfermo, pensó.
—¡Estoy enfermo!
Lo gritó. No había nadie cerca para oírlo. Se quedó mirando la casa. Se va para siempre, dijo su mente.
¡Muy bien, pues! Escribiré, escribiré, escribiré. Dejó que las palabras empapasen su mente y desplazaran todo lo demás.
Al fin y al cabo, un hombre tenía derecho a elegir. Dedicar su vida a su obra o a su esposa y sus hijos en casa. Ambas cosas no se podían combinar; no en estos tiempos, en este mundo loco donde Dios iba después de los ingresos y las comodidades que proporcionaba la riqueza.
Miró a un lado mientras el autobús de la franja verde alcanzaba lo alto de la lejana colina, aproximándose. Se metió el maletín bajo el brazo y buscó una ficha en su bolsillo. Tenía un agujero en el bolsillo. Sally había dicho que iba a coserlo. Bueno, ahora nunca lo cosería. ¿Qué más daba?
Prefiero tener intacta el alma que las ropas que visto.
Palabras, palabras, pensó, mientras el autobús se detenía delante de él. Ahora que ella se marcha, fluyen a través de mí. ¿Es eso prueba de que era su presencia la que atascaba los cauces del pensamiento?
Dejó caer la ficha en el depósito de monedas y llegó hasta el final del autobús. Pasó junto a un profesor que conocía y le saludó de forma distraída. Se desplomó sobre el asiento trasero y miró las tablas sucias y cubiertas de goma del suelo.
Esta vida es genial, desvarió su mente. Estoy muy contento de mi vida, de mi vida y de mis nobles y grandes logros.
Abrió el maletín un momento y contempló la gruesa programación que había perfilado con la ayuda del Dr. Ramsay.
Primera semana: 1. Everyman. Comentario. Lecturas seleccionadas de Lecturas clásicas para estudiantes de primero. 2. Beowulf. Lectura. Comentario en clase. Cuestionario de veinte minutos.
Volvió a meter el manojo de papeles en el maletín. Me repugna, pensó. Odio estas cosas. Los clásicos se han convertido en anatema para mí. Empiezo a aborrecer su mismo nombre. Chaucer, los poetas isabelinos, Dryden, Poe, Shakespeare. ¿Qué mayor insulto para un hombre que llegar a odiar estos nombres porque debe compartirlos fragmentados con patanes ignorantes? Porque debe simplificarlos y hacerlos paladeables para estúpidos que harían mejor en estar cavando zanjas.
Se apeó del autobús en el centro y empezó a bajar por la larga pendiente de la Calle Nueve.
Mientras caminaba, se sentía como si fuera un barco con el calabrote cortado, presa de una compleja encrucijada de corrientes. Se sentía desligado de la ciudad, del país, del mundo. Si alguien me dijera que soy un fantasma, pensó, me sentiría inclinado a creerlo.
¿Qué estará haciendo ahora?
Se lo preguntó mientras los edificios pasaban flotando a su lado. ¿Qué estará pensando mientras yo estoy aquí en pie y la ciudad de Fort pasa flotando a mi lado como un escenario vaporoso? ¿Qué están sujetando sus manos? ¿Qué expresión tendrá en su preciosa cara?
Está sola en la casa, en nuestra casa. En lo que podría haber sido nuestra casa. Ahora es sólo un cascarón, una caja vacía con palos de madera y metal como mobiliario. Nada más que materia muerta e inanimada.
No importa lo que diga John Morton.
Con sus láminas de pan de oro y sus probetas y su Dios del microscopio. A pesar de toda su charla erudita y sus papeles con números tabulados; a pesar de todo eso, la única religión que profesaba era la pura superchería. La idiotez. La idiotez que provocaba que ese asno de Charles Fort cargara al mundo con sus nebulosas fantasías. La idiotez que hacía que ese estúpido millonario patrocinase aquel lugar, y hubiese hecho erigir sobre el suelo árido aquellas enormes edificaciones de piedra y casas dentro de un zoológico de científicos de ojos enloquecidos, que siempre estaban buscando alguna especie de elixir mientras que el resto de los payasos les robaban el mundo de delante de las narices.
No, no hay nada que vaya bien en el mundo, pensó mientras atravesaba titubeante la entrada y penetraba en el campus verde y ancho.
Enfrente tenía el inmenso Centro de Ciencias Físicas, su cara de granito resplandeciente bajo el sol tardío de la mañana.
Ahora estará llamando al taxi. Consultó su reloj. No. Ya estará en el taxi. Atravesando las calles desiertas. Más allá de las casas y hasta el barrio comercial. Más allá de los edificios de ladrillo rojo que vomitan pueblerinos y estudiantes. A través de la ciudad que era un popurrí de lo sofisticado y lo rústico.
Ahora el taxi estaría girando a la izquierda en la Calle Diez. Ahora estaría subiendo la cuesta, coronándola. Rodando hacia la estación de ferrocarril. Ahora…
—¡Chris!
Su cabeza giró violentamente y su cuerpo dio una sacudida de sorpresa. Miró hacia la ancha entrada del Edificio de Ciencias Mentales. El Dr. Morton estaba saliendo.
Dieciocho años antes habíamos ido a la facultad juntos, pensó. Pero mi interés por las ciencias era muy escaso. Prefería desperdiciar mi tiempo con la cultura histórica. Por eso yo soy un profesor asociado y él es doctor y director de su departamento.
Todo aquello pasó por su mente como un viento veloz mientras el Dr. Morton se acercaba a él, sonriendo. Agarró a Chris por el hombro.
—Hola —dijo—. ¿Cómo te va?
—¿Cómo tiene que ir?
La sonrisa del Dr. Morton se esfumó.
—¿Qué te ocurre, Chris? —preguntó.
No te voy a hablar de Sally, pensó Chris. No, aunque me muera. Nunca lo sabrás por mí.
—Lo típico —dijo.
—¿Ramsay todavía te tiene en la lista negra?
Chris se encogió de hombros. Morton miró el gran reloj de la fachada del edificio de Ciencias Mentales.
—Oye —dijo—, ¿qué hacemos aquí parados? Tu clase no empieza hasta dentro de media hora, ¿verdad?
Chris no contestó. Me va a invitar a tomar un café, pensó. Me va a obsequiar con un buen número de sus inanes teorías. Me va a utilizar como cabeza de turco para su tiovivo mental.
—Vamos a tomar un café —dijo Morton, cogiendo del brazo a Chris. Caminaron algunos pasos en silencio.
—¿Cómo está Sally? —preguntó Morton entonces.
—Está perfectamente —contestó con voz neutra.
—Bien. Oh, por cierto, puede que me pase mañana o pasado a recoger el libro que me dejé el jueves por la noche.
—Muy bien.
—¿Qué me estabas diciendo de Ramsay?
—No estaba diciendo nada.
Morton lo pasó por alto.
—¿Has vuelto a pensar en lo que te dije? —preguntó.
—Si te refieres a ese cuento de hadas sobre mi casa, no. No le he dado más importancia de la que merece, que es ninguna.
Doblaron la esquina del edificio y bajaron hacia la Calle Nueve.
—Chris, esa actitud es indefendible —dijo Morton—. No tienes derecho a dudar cuando no lo sabes.
Chris tuvo ganas de apartar el brazo de un tirón, darse la vuelta y alejarse de Morton, dejándole allí plantado. Estaba harto de palabras, palabras y palabras. Quería estar solo. Casi se sentía capaz de ponerse una pistola en la cabeza y acabar con todo. Sí, podría… pensó. Si alguien me la diera ahora, acabaría en un momento.
Subieron por los escalones de piedra hasta la acera y cruzaron hacia el café del campus. Morton abrió la puerta y dejó pasar a Chris. Chris pasó al fondo y se deslizó en un reservado de madera.
Morton trajo dos cafés y se sentó frente a él.
—Ahora escucha —dijo, removiendo el azúcar—, soy tu mejor amigo. Al menos así me considero. Y maldita sea si voy a quedarme sentado como si fuera mudo mientras veo cómo te suicidas.
Chris sintió que su corazón daba un salto. Tragó saliva. Se liberó de todo pensamiento, como si sus pensamientos fueran visibles para Morton.
—Olvídalo —dijo—. No me importan las pruebas que tengas. No me lo creo.
—¿Qué hará falta para convencerte, maldición? —dijo Morton—. ¿Es que tendrás que perder la vida?
—Escucha —dijo Chris mezquinamente—. No me lo creo. Nada más. Olvídalo, déjalo correr.
—Chris, puedo enseñarte…
—¡No puedes enseñarme nada! —le interrumpió Chris.
Morton era paciente.
—Es un fenómeno reconocido —dijo.
Chris le miró con repugnancia y agitó la cabeza.
—Qué elucubraciones tenéis los chicos de las batas blancas en el santuario de vuestros laboratorios. Al cabo del tiempo, acabáis por convenceros de cualquier cosa, siempre que podáis medirlo.
—¿Quieres hacer el favor de escucharme, Chris? ¿Cuántas veces te has quejado de astillas, de puertas de armarios que se abren de golpe, de alfombras que resbalan? ¿Cuántas veces?
—Oh, por el amor de Dios, no empieces otra vez. Vas a hacer que me levante y me vaya. No estoy de humor para tus conferencias. Guárdatelas para esos pobres idiotas que pagan su matrícula para oírlas.
Morton le miró agitando la cabeza.
—Ojalá pudiera hacértelo entender —dijo.
—Olvídalo.
—¿Olvidarlo? —se revolvió Morton—. ¿Es que no ves que tu temperamento te está poniendo en peligro?
—Te lo estoy diciendo, John…
—¿Adónde crees que va ese temperamento? ¿Te crees que desaparece? No. No desaparece. Se queda en tus habitaciones, y en los muebles, y en el aire. Se mete en Sally. Hace que todo se ponga enfermo; incluido tú. Te aprisiona. Establece un vínculo entre lo animado y lo inanimado. Psicobolía. Oh, no me mires con ese aire engreído, como un niño que no soporta oír la palabra espinaca. Siéntate, por amor de Dios. Eres un adulto, escucha como tal.
Chris encendió un cigarrillo. Dejó que la voz de Morton vagase en un zumbido ininteligible. Miró el reloj de la pared. Las doce menos cuarto. En dos minutos, si se cumplía el horario, ella se estaría marchando. El tren saldría y dejaría atrás la ciudad de Fort.
—Te lo he dicho unas cuantas veces —decía Morton—. Nadie sabe de qué está hecha la materia. Átomos, electrones, energía pura. Son todo palabras. ¿Quién sabe dónde acabará? Suponemos, teorizamos, establecemos medidas. Pero no sabemos.
»Y eso en cuanto a la materia. Piensa que el cerebro humano y su capacidad siguen siendo desconocidos. Es un continente inexplorado, Chris. Puede que siga siéndolo durante mucho tiempo. Y todo ese tiempo los poderes intuidos seguirán afectándonos, y, tal vez, afectando a la materia, aunque no podamos medirlos con una vara.
»Y yo digo que estás envenenando tu casa. Yo digo que tu temperamento se está incrustando en la estructura, en cada artículo que tocas. Todos ellos están influidos por ti y por tu rabia incontrolable. Y también creo que de no ser por la presencia de Sally, que sirve de factor compensatorio, bueno… puede que fueras literalmente atacado por…
Chris oyó las últimas frases.
—¡Oh, basta de palabrería! —respondió furioso—. Me estás hablando como un chaval que acabara de leer su primera novela de Tom Swift.
Morton suspiró. Pasó los dedos por el borde de la taza y agitó la cabeza tristemente.
—Bueno —dijo—, sólo espero que no se rompa nada. Es obvio que no me vas a hacer caso.
—Enhorabuena por una afirmación con la que puedo estar de acuerdo —dijo Chris. Miró su reloj—. Y ahora, si me disculpas, iré a escuchar a unos zopencos tropezar con extractos de obras que no tienen la menor capacidad para asimilar.
Se levantaron.
—Yo pago —dijo Morton, pero Chris dejó caer una moneda sobre la caja y se marchó. Morton le siguió, guardándose la moneda en el bolsillo lentamente.
Ya en la calle, dio una palmadita en el hombro a Chris.
—Intenta tomártelo con calma —dijo—. Oye, ¿por qué no venís a casa esta noche Sally y tú? Podríamos echarnos unas partiditas de bridge.
—Va a ser imposible —dijo Chris.
Los estudiantes estaban leyendo un fragmento de Rey Lear. Tenían las cabezas inclinadas sobre los libros. Los miraba sin verlos.
Tengo que resignarme, se decía. Tengo que olvidarla, sencillamente. Se ha ido. No voy a lamentarme. No voy a esperar contra toda esperanza que regrese. No quiero que vuelva. Estoy mejor sin ella. Libre y sin trabas.
Sus pensamientos se derramaron. Se sintió vacío e indefenso. Sintió que no sería capaz de escribir una palabra más el resto de su vida. Quizás, pensó, hoscamente disgustado por la idea, quizás fuera sólo la perturbación provocada por su marcha lo que permitía que mi cerebro encontrase las palabras. Pues, al fin y al cabo, las palabras que pensaba, las ideas que florecían, aunque brevemente, tenían todas que ver con ella, con su marcha y con el estado tan miserable en que me encontraba por culpa de ella.
Se detuvo en seco. ¡No!, gritó en rebeldía silenciosa. No permitiré que sea así. Soy fuerte. Esta sensación es sólo temporal, pronto habré aprendido a pasarme sin ella. Y entonces trabajaré. Produciré una obra como hasta ahora sólo había soñado. Al fin y al cabo, ¿acaso no he vivido dieciocho años más? ¿Es que esos años no me han llenado a rebosar con visiones y sonidos, ideales, impresiones, interpretaciones?
Tembló de emoción.
Alguien estaba agitando una mano delante de su cara. Concentró la mirada y observó con frialdad a la chica.
—¿Y bien? —dijo él.
—¿Podría decirnos cuándo nos va a devolver nuestros trabajos del semestre, profesor Neal? —preguntó ella.
La miró, su mejilla derecha temblando. Sintió ganas de lanzarle a la cara todos los improperios que tenía a su disposición. Sus puños se cerraron.
—Se los devolveré cuando estén puntuados —dijo tensamente.
—Sí, pero…
—Ya me ha oído —dijo.
Su voz se elevó al extremo de la frase. La chica se sentó. Al agachar la cabeza, se dio cuenta de que miraba al chico que tenía al lado y se encogía de hombros, con una mirada de disgusto en la cara.
—Señorita…
Trasteó con su cuaderno de fichas y encontró su nombre.
—¡Señorita Forbes!
Ella levantó la mirada, sus rasgos desprovistos de color, sus labios rojos destacando en fuerte contraste con su piel blanca. Idiota de alabastro pintarrajeada. Las palabras le arañaban.
—Haga el favor de marcharse de esta clase —ordenó con voz seca.
La confusión invadió su rostro.
—¿Por qué? —preguntó con voz fina y lastimera.
—Tal vez no me haya oído —dijo, con furia creciente—. ¡He dicho que se vaya de clase!
—Pero…
—¿No me ha oído? —gritó.
Recogió apresuradamente los libros, con manos temblorosas y la cara ardiendo por el bochorno. Mantuvo los ojos en el suelo. Su garganta se movió convulsivamente mientras recorría el pasillo y salía por la puerta.
La puerta se cerró detrás de ella. Él volvió a derrumbarse sobre el asiento. Sentía una enfermedad terrible dentro de sí. Ahora, pensó, todos se volverán contra mí en defensa de una niña medio imbécil. El Dr. Ramsay tendrá más madera para su pequeña pira.
Y con razón.
No pudo apartar la mente de eso. Tenían razón. Lo sabía. En lo más recóndito de su mente, donde no podía intimidar a nadie con la pura pasión descerebrada, sabía que era un necio estúpido. No tengo derecho a enseñar a otros. No puedo ni enseñarme a mí mismo a comportarme como un ser humano. Quiso exclamar las palabras y sollozar su confesión y arrojarse por una de las ventanas abiertas.
—¡Basta de murmullos! —exigió con ferocidad.
La habitación estaba en silencio. Permaneció en tensión, esperando alguna señal de rebeldía. Soy vuestro profesor, se repetía, tenéis que obedecerme, soy…
La idea se agotó. Volvió a divagar. ¿Qué hacían los estudiantes o una chica pidiéndole los trabajos de mitad de evaluación? ¿Qué significaba nada?
Echó un vistazo a su reloj. En breves minutos el tren pararía en Centralia. Haría trasbordo al expreso de la línea principal hasta Indianápolis. Luego, a Detroit y su madre. Adiós.
Adiós. Intentó visualizar la palabra, ponerla en términos palpables. Pero la idea de la casa sin ella casi excedía su capacidad. Porque sin ella, no era la casa; era otra cosa.
Empezó a pensar en lo que había dicho John.
¿Sería posible? Estaba de tal humor que se sentía capaz de aceptar lo increíble. Era increíble que le hubiera dejado. ¿Por qué no ampliar las imposibilidades que le estaban ocurriendo?
Muy bien, pues, pensó furioso. La casa está viva. Le he dado vida con mis letales estallidos de ira. Espero por Dios que cuando regrese y atraviese la puerta, el techo se venga abajo. Espero que las paredes se desmoronen y quede aplastado y reducido a pulpa por el peso aniquilador del yeso, la madera y el ladrillo. Eso es lo que quiero. Algún agente que acabe conmigo. Yo no soy capaz de obligarme a hacerlo. Ojalá una pistola pudiera cometer el suicidio por mí. Ojalá el gas pudiera dirigir sus vapores letales hacia mí con sólo pedirlo o una navaja cortar mi carne al solicitarlo.
La puerta se abrió. Levantó la mirada. El Dr. Ramsay estaba allí, su rostro convertido en una máscara de indignación. Detrás de él, en el pasillo, Chris podía ver a la chica, su cara surcada de lágrimas.
—Un momento, Neal —dijo Ramsay secamente, y volvió a retroceder hacia el vestíbulo.
Chris se quedó sentado ante la mesa, mirando la puerta. De pronto se sintió muy cansado, exhausto. Se sintió como si levantarse y salir al pasillo fuera más de lo que era capaz de hacer. Echó un vistazo a la clase. Algunos intentaban reprimir las sonrisas.
—Para mañana terminarán la lectura de Rey Lear —dijo. Algunos gruñeron.
Ramsay apareció de nuevo en la puerta, sus mejillas sonrosadas.
—¿Quiere hacer el favor de venir, Neal? —preguntó en voz alta.
Chris sintió que se tensaba con rabia mientras atravesaba la habitación y salía al vestíbulo. La chica bajó la mirada. Estaba en pie junto a la corpulenta figura del Dr. Ramsay.
—¿Qué es lo que me han contado, Neal? —preguntó Ramsay.
Eso es, pensó Chris. No me llames nunca profesor. Nunca lo seré, ¿verdad? Tú te ocuparás de eso, cabronazo.
—No lo entiendo —dijo, con la mayor frialdad posible.
—La señorita Forbes afirma que usted la expulsó de clase sin razón alguna.
—Entonces la señorita Forbes está mintiendo de forma muy estúpida —dijo. Tengo que contener esta rabia, pensó. No dejes que fluya libre. Tembló al intentar contenerla.
La chica abrió la boca y volvió a sacar su pañuelo. Ramsay se volvió y le dio una palmadita en el hombro.
—Vaya a mi despacho, niña. Espéreme allí.
Se alejó lentamente. ¡Político!, gritó la mente de Neal. Qué fácil te resulta hacerte popular con ellos. No tienes que enfrentarte a sus torpes mentes.
La señorita Forbes dobló la esquina y Ramsay volvió a mirarle.
—Más vale que tenga una buena explicación —dijo—. Me estoy cansando un poco de su comportamiento, Neal.
Chris no dijo nada. ¿Por qué estoy aquí parado?, se preguntó repentinamente. ¿Por qué, por amor de Dios, estoy parado en este vestíbulo mal iluminado, escuchando a este patán pomposo regañarme?
—Estoy esperando, Neal.
Chris se puso tenso.
—Le he dicho que está mintiendo —dijo tranquilamente.
—Elijo creer lo contrario —dijo el Dr. Ramsay, con voz temblorosa.
Un escalofrío recorrió a Chris. Su cabeza se inclinó hacia delante y habló lentamente, con los dientes apretados.
—Puede usted creer lo que le salga de las narices.
La boca de Ramsay se convulsionó.
—Creo que ha llegado el momento de que se presente ante la junta —murmuró.
—¡Perfecto! —dijo Chris en voz alta. Ramsay hizo un gesto para cerrar la puerta de la clase. Chris le dio una patada y la estrelló contra la pared. Una chica tragó saliva.
—¿Qué pasa? —gritó Chris—. ¿Es que no quiere que sus estudiantes me oigan mandarle a paseo? ¡No quiere ni que sospechen que es usted un idiota, un farsante, un asno!
Ramsay levantó un par de puños temblorosos ante su pecho. Sus labios temblaron violentamente.
—¡Ya basta, Neal! —exclamó.
Chris estiró el brazo y apartó a un lado al hombretón, gruñendo.
—¡Oh, apártese de mi camino!
Se marchó a toda velocidad. El vestíbulo desapareció. Oyó sonar la campana. Parecía que sonara en otra existencia. El edificio palpitaba de vida; los estudiantes se derramaban desde las clases.
—¡Neal! —llamó el Dr. Ramsay.
Siguió caminando. Oh, Dios, déjame salir de aquí, me estoy ahogando, pensó. Mi sombrero, mi maletín. Déjalos. Lárgate de aquí. Aturdido, descendió por las escaleras rodeado por un remolino de estudiantes. Giraban a su alrededor como una marea indefinida. Sus pensamientos estaban muy alejados de ellos.
Recorrió el vestíbulo de la primera planta con la mirada perdida. Se volvió y salió por la puerta y bajó por los escalones del porche hasta la acera del campus. No prestó atención a los estudiantes que miraban su pelo rubio y revuelto, sus ropas arrugadas. Siguió caminando. Lo he conseguido, pensó beligerante. He conseguido escapar. ¡Soy libre!
Estoy enfermo.
Todo el camino hasta la Calle Principal y en el autobús siguió renovando sus reservas de rabia. Repasó aquellos escasos momentos del pasillo una y otra vez. Conjuró la imagen del rostro imperturbable de Ramsay, repitió sus palabras. Se mantuvo tenso y furioso. Me alegro, se dijo vigorosamente. Todo está resuelto. Sally me ha dejado. Bien. He perdido el trabajo. Bien. Ahora soy libre para hacer lo que quiera. Una alegría forzada y furiosa resonaba en todo su ser. Se sentía solo, un forastero en el mundo, y se alegraba de ello.
En su parada, se bajó del autobús y caminó decididamente hacia la casa, fingiendo ignorar el dolor que sentía al aproximarse a ella. Es sólo una casa vacía, pensaba. Nada más. A pesar de todas las teorías pueriles, no es nada más que una casa.
Entonces, cuando entró, la encontró sentada en el sofá.
Casi se tambaleó, como si alguien le hubiera golpeado. Se quedó mirándola aturdido. Tenía las manos firmemente cerradas. Le estaba mirando.
Él tragó saliva.
—Bueno —consiguió decir.
—Yo… —su garganta se contrajo—. Bueno…
—¡Bueno qué! —dijo él rápidamente, en voz alta, para disimular el temblor de su voz.
Ella se levantó.
—Chris, por favor. ¿No vas a… pedirme que me quede?
Le miró como una niña, suplicante.
Su mirada le enfureció. Todas sus ensoñaciones se hicieron añicos; vio cómo el brote de nuevas ideas quedaba enterrado bajo sus pies.
—¡Pedirte que te quedes! —le gritó—. ¡No pienso pedirte nada, por Dios!
—¡Chris! ¡No!
Está cediendo, gritó su mente. Se está desmoronando. Hazlo ahora. Échala de aquí. ¡Expúlsala de estas cuatro paredes!
—Chris —sollozó—, sé amable. Por favor, sé amable.
—¡Amable!
Casi se ahogó con la palabra. Sintió un calor salvaje recorriendo su cuerpo.
—¿Has sido amable tú? Me has vuelto loco, me has conducido a un pozo de desesperación. No puedo escapar de él. ¿Lo entiendes? Nunca. ¡Nunca! ¿Entiendes eso? Nunca escribiré. ¡No puedo escribir! ¡Tú me has secado! ¡Lo has matado! ¿Lo entiendes? ¡Lo has matado!
Ella retrocedió hacia el comedor. Él la siguió, las manos temblando junto al costado, sintiendo que le había obligado a hacer aquella confesión y odiándola aún más por ello.
—Chris —murmuró asustada.
Era como si su cólera creciera como una célula, hinchándole con furia hasta que ya no era de carne y hueso, sino una acusación odiosa hecha carne.
—¡No te quiero! —gritó—. ¡Tienes razón, no te quiero! ¡Vete de aquí!
Los ojos de ella estaban abiertos como platos, la boca de par en par. De pronto, pasó corriendo a su lado, los ojos relucientes de lágrimas. Huyó a través de la puerta principal.
Él fue a la ventana y la vio bajar corriendo por la manzana, su pelo castaño oscuro flotando detrás de ella.
Repentinamente mareado, se hundió en el sofá y cerró los ojos. Clavó las uñas en la palma de la mano. Oh, Dios, qué enfermo estoy, se revolvió su mente.
Dio una sacudida y miró a su alrededor con aire estúpido. ¿Qué era eso? La sensación de que se hundía en el sofá, en los tablones del suelo, disolviéndose en el aire, uniéndose a las moléculas de la casa. Sollozó suavemente, mirando alrededor. Le dolía la cabeza; apretó la palma contra su frente.
—¿Qué? —murmuró.
No, pensó. No, no pienso ir detrás de ella como un…
Olvidó como el qué. Se quedó mirando el fregadero. Se sentía borracho. Todo estaba borroso.
Había lavado las tazas. Había tirado el plato roto. Miró el arañazo de su pulgar. Se había secado. Se había olvidado de él.
De pronto, miró a su alrededor como si alguien se hubiera colado detrás de él. Miró la pared. Algo se estaba levantando. Lo sentía. No me lo imagino. Pero había tenido que imaginármelo; tenía que ser la imaginación.
¡Imaginación!
Estrelló un puño contra el fregadero. Escribiré. Escribiré. Escribiré. Me sentaré y lo dejaré salir todo en forma de palabras; la sensación de angustia, y terror, y soledad. Me lo sacaré del organismo escribiendo.
—¡Sí! —gritó.
Salió corriendo de la cocina. Se negaba a aceptar el miedo instintivo dentro de él. Ignoró la amenaza que parecía espesar el aire mismo.
Una alfombra resbaló. La apartó de una patada. Se sentó. El aire zumbaba. Arrancó la cubierta de la máquina de escribir. Se sentó nervioso, mirando el teclado. El momento antes del ataque. Estaba en el aire. ¡Pero es mi ataque!, pensó triunfante, mi ataque contra la estupidez y el miedo.
Metió una hoja en la máquina de escribir. Intentó reunir sus pensamientos palpitantes. Escribe, la palabra se repetía en su mente. Escribe… ya.
—¡Ya! —gritó.
Sintió que la mesa daba una sacudida contra sus espinillas.
El dolor abrasador despertó sus sentidos como un cuchillo. Dio una patada a la mesa con un frenesí automático. Más dolor. Otra patada. La mesa volvió a tambalearse contra él. Chilló.
La había visto moverse.
Intentó retroceder, despojado de toda rabia. Las teclas de la máquina de escribir se movían bajo sus dedos. Bajó la mirada. No sabía si estaba pulsando las teclas o si se movían ellas solas. Tiró histéricamente, intentando despegar sus dedos, pero no podía. Las teclas se movían más rápido de lo que su ojo podía ver. Eran un borrón de movimiento. Notó cómo desgarraban su piel, cómo pelaban sus dedos. Quedaron despellejados. La sangre empezó a rezumar.
Lanzó un grito y tiró. Consiguió arrancar los dedos y retrocedió de un salto en la silla.
Atrapado por la hebilla de su cinturón, el cajón de la mesa salió volando. Se estrelló contra su estómago. Volvió a gritar. El dolor era una nube negra que le cubría la cabeza.
Estiró una mano para empujar el cajón. Vio los lápices amarillos dentro. Resplandecían. La mano resbaló y cayó dentro del cajón.
Uno de los lápices se le clavó.
Siempre tenía las puntas afiladas. Fue como la mordedura de una serpiente. Sacó la mano de golpe con un gemido de dolor. La punta estaba atascada bajo una uña. Se había incrustado en la carne cruda y tierna. Gritó con furia y dolor. Tiró del lápiz con la otra mano. La punta salió volando y se le hundió en la palma. No podía librarse del lápiz, seguía arrastrándose sobre su mano. Tiró de él y trazó líneas negras e irregulares sobre su piel, desgarrándola.
Lanzó el lápiz al otro extremo de la habitación. Rebotó en la pared. Al caer sobre la goma, pareció que saltara. Dio unas cuantas vueltas y se quedó inmóvil.
Perdió el equilibrio. La silla se vino abajo de golpe. Su cabeza golpeó secamente las tablas del suelo. Su mano engarfiada agarró el marco de la ventana. Pequeñas astillas relampaguearon en la piel como agujas invisibles. Aulló con miedo mortal. Pataleó. Los trabajos de mitad de semestre cayeron sobre él como las alas de una bandada de pájaros enloquecidos.
La silla volvió a saltar sobre sus muelles. Las ruedas pesadas rodaron sobre sus manos despellejadas y sanguinolentas. Las retiró con un chillido. Echó hacia atrás una pierna y dio una patada violenta a la silla. Cayó de costado contra la repisa de la chimenea. Las ruedas giraron y chirriaron como un enjambre de insectos furiosos.
Se levantó de un salto. Perdió el equilibrio y volvió a caerse, chocando contra el marco de la ventana. Las cortinas cayeron sobre él como una pitón. Las varas se partieron. Cayeron volando y le golpearon en el cogote. Sintió la sangre cálida corretear por su frente. Se agitó en el suelo. Las cortinas parecieron enrollarse a su alrededor como serpientes. Volvió a chillar. Las atacó salvajemente. Sus ojos estaban llenos de horror.
Las arrojó lejos de sí y se levantó de golpe repentinamente, tambaleándose para recuperar el equilibrio. El dolor de las manos le aturdía. Las miró. Eran como la carne cruda de la carnicería, con la piel colgándole en andrajos. Tenía que vendárselas. Se volvió hacia el baño.
Al dar el primer paso, la alfombra se deslizó debajo de él, la alfombra que había apartado de una patada. Sintió cómo volaba por los aires. Estiró las manos instintivamente para detener la caída.
El dolor puro hizo que su cuerpo diera un salto. Un dedo se partió. Con astillas clavadas en los dedos despellejados, sintió un dolor ardiente en un tobillo.
Intentó levantarse gateando, pero el suelo parecía hielo debajo de él. Quedó sumido en un silencio mortal. El corazón le resonaba en el pecho. Intentó volver a levantarse. Cayó, siseando de dolor.
La librería se cernía sobre él. Lanzó un grito y puso un brazo delante. La estantería se desplomó encima de él. La balda superior se hundió en su cráneo. Oleadas negras le anegaron, una afilada cuchilla de dolor se le clavó en la cabeza. Los libros le bañaban. Rodó sobre su costado con un gruñido. Intentó salir de debajo arrastrándose. Empujó los libros a un lado débilmente y cayeron abiertos. Sintió que los bordes de las páginas le rebanaban los dedos como navajas.
El dolor le aclaró la cabeza. Se irguió, sentado, y arrojó los libros a un rincón. De una patada, volvió a mandar la librería contra la pared. La parte trasera se desprendió y se cayó al suelo.
Se levantó, la habitación dando vueltas ante sus ojos. Se acercó a la pared dando tumbos, intentó apoyarse. La pared parecía escurrirse bajo sus manos. No podía sujetarse. Resbaló y cayó de rodillas, y volvió a levantarse.
—Tengo que vendarme —murmuró con voz ronca.
Las palabras le llenaban el cerebro. Avanzó tambaleante a través del comedor que oscilaba, hasta llegar al cuarto de baño.
Se detuvo. ¡No! ¡Tenía que salir de la casa! Sabía que no era su propia voluntad lo que le había llevado allí.
Intentó darse la vuelta, pero resbaló con las baldosas del suelo y se rompió el codo contra el borde de la bañera. Un dolor ardiente se le clavó en el antebrazo. El brazo se le quedó entumecido. Se desplomó sobre el suelo, retorciéndose de dolor. Las paredes se oscurecieron; se agitaban a su alrededor como una mortaja negra.
Se sentó, cada bocanada de aire quemándole la garganta. Se obligó a levantarse con un gemido. El brazo se estiró, abrió la puerta del armarito. Salió disparada de golpe contra su mejilla, abriéndole una brecha en la carne blanda.
La cabeza se dobló hacia atrás. La grieta del techo parecía una ancha sonrisa idiota en una cara blanca y vacía. Bajó la cabeza, sollozando de miedo. Intentó retroceder.
Estiró la mano. ¡Yodo, gasa!, gritó su mente.
La mano volvió con la navaja.
Saltó en su mano como un pez recién pescado. Estiró la otra mano. ¡Yodo, gasa!, gritó su mente.
La mano salió con hilo dental. Brotó del tubo como un gusano blanco e interminable. Se enroscó alrededor de su garganta y sus hombros. Le ahogó.
La larga y brillante hoja plateada salió deslizándose de su vaina.
No podía detener su mano. Arrastró la navaja con fuerza sobre el pecho. Le rajó la camisa. Excavó un valle en su pecho. La sangre brotó a raudales.
Intentó arrojar la navaja lejos de sí. Estaba pegada a su mano. Le daba cuchilladas en los brazos, en las manos, en las piernas y en el cuerpo.
En la garganta.
Un chillido de horror absoluto fluyó de sus labios. Salió corriendo del cuarto de baño, tambaleándose salvajemente hasta el salón.
—¡Sally! —chilló—. Sally, Sally, Sally…
La navaja le alcanzó la garganta. La habitación se quedó a oscuras. Dolor. La vida escurriéndose en la noche. Silencio en el mundo.
Al día siguiente llegó el Dr. Morton. Llamó a la policía. Y luego el forense escribió en su informe:
Muerte por heridas autoinfligidas.
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