12a paddington green
spanish
Ahora es otro tiempo. Ahora estamos muy al final de varias vidas, incluida la mía propia. Quisiera pensar sobre eso, pero cada vez «pensar» se va volviendo más contar cosas. Unas veces soy yo el protagonista del cuento y otras no. La dirección del título fue mi último bed sitting room en Londres. Pasé allí muchas horas. Los cuatro cursos de Filosofía del Birkbeck. Sé lo que hice, dónde estuve, recuerdo nítidamente al profesor Hamlyn. Recuerdo a algunos compañeros de clase con menor nitidez. Eran clases nocturnas que empezaban a las seis de la tarde. Pero no me recuerdo a mí mismo del todo. Es como si el pasado, mi propio pasado, se hubiese teñido de un futuro: de momento ese pasado londinense resulta indescifrable. Esta palabra, indescifrable, recoge más bien un estado de ánimo presente que una situación objetiva. ¿Era yo indescifrable para mí mismo en aquel entonces? Desde luego que no. Y sin embargo no puedo ver con claridad cómo era o qué cosas decía en buen inglés, que llevaba ocho o diez años practicando. ¿Qué aspecto tenía yo entonces? En un viaje a Italia con José Antonio Marina y mi madre nos hicimos fotos: yo salgo en esas fotos con una gorra vasca y unas botas. No tengo mal aspecto, parezco quizá un poco disfrazado o camuflado. No recuerdo, por ejemplo, si cuando tuvo lugar esa visita deseaba o pensaba volver a España. Fueron los últimos tiempos de la invención de los Relatos sobre la falta de sustancia. Era evidente que a mí me faltaba sustancia en aquel momento. Me faltaba entidad y me faltaban proyectos. Tenía, ahora lo veo, un decidido proyecto de escribir, pero escribía muy poco. Escribí muchos ensayos de filosofía en inglés. Leí casi todas las novelas de Iris Murdoch publicadas entonces. Fue un momento de éxtasis insustancial. Me sentía vivo, muy despierto, paseaba por Londres a toda velocidad, volvía temprano a casa, a Paddington Green. Cenaba un cucurucho de fish and chips. En aquel tiempo era barato, y creo que nadie en el mundo que haya visitado Londres o Inglaterra por esas fechas ha dejado de cenar ese bacalao con patatas. Mario Crespo me contó recientemente que uno de esos cucuruchos cuesta ahora quince euros o más. Eso significa que al cambio actual no podría yo pasar en Londres ahora mismo más de dos o tres días. Me era familiar ir y venir por Londres, por el centro, y desde mi casa hasta la City, y, sin embargo, incluso conociendo bien los sitios, yo me sentía extranjero, pero no expatriado, no recordaba Madrid y no me interesaban gran cosa los acontecimientos políticos de España, que eran muy movidos en aquel momento. La muerte de Franco fue en el 75, yo era telefonista en el Banco Urquijo de la City, que se convirtió después en un banco mayor al unirse con el Banco Hispano Americano. Durante cuatro años, pues, me convertí en un telefonista de la City. Esto tuvo gracia. Aceptar ese empleo, sin embargo, que fue el mejor que tuve en Londres, no acababa de asentarme del todo: no acababa de encajar conmigo mismo. Entre dientes pensaba que contarlo, al menos, más adelante daría para un buen cuento. Ahora estoy contando ese cuento y no sé si es gracioso o tedioso. Ya no hay aventuras, decía Sartre por aquellos años, eso significaba que el mundo se había vuelto comprensible y predecible. Para Sartre, al menos. La única aventura que yo emprendí en esos últimos años londinenses fue la de coleccionar mis Relatos sobre la falta de sustancia. Coleccionarlos, corregirlos, enviarlos a varias editoriales españolas, que los rechazaron, hasta que don Juan Benet me enchufó con Rosa Regàs en La Gaya Ciencia. Vivía una vida privada, secreta, indefinida. También, a su manera, menor y exótica. Me imaginaba a mí mismo, trataba de hacerlo, con ojos españoles que no me reconocían. Mis propios relatos iban disolviéndome en personajes infértiles: José Luis Aranguren, ese perspicaz filósofo y crítico a quien yo visitaba cuando iba a España, consideró mis relatos aéreos, irreales, pero hizo un prólogo muy interesante. Evitó llamarlos y evitó calificarlos de insustanciales y me animó a ponerme en contacto con Juan Benet y Rosa Regàs. En aquellos tiempos yo no hubiera podido de ninguna manera pronunciar ni sentir la primera frase de «Espacio», de Juan Ramón Jiménez: «Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo». La frase es correcta en un mundo agnóstico. Supongo que Juan Ramón quería decir que los dioses griegos o los dioses hindúes eran invenciones humanas, trasladadas al cielo o al infierno, subsistentes, con una subsistencia parecida a la suya propia. Juan Ramón fue un terrible dios de la literatura española y un terrible corrector de la suya propia. Pero eso no quita que a la vez fuese un gran poeta cuando se olvidaba de JRJ y de todos los poetas del mundo. Los dioses eran ideas en la conciencia de Juan Ramón, incluido el Dios cristiano, que estuvo esa temporada sumido en una distante esencia muy parecida a la esencia que yo era: una esencia desubstanciada.
En Londres cambié poco de casa porque me instalé muy pronto en la buhardilla del chalet de Golders Green de Golda y Sylvia Casimir. De ahí me trasladé a Paddington Green. Como cleaner llegué a conocer muchas casas, tuve muchas clientas fijas; limpiar casas, dos sesiones diarias, fue lo más sustancial que hice, lo más serio, lo más cómico también. Todas mis clientas, de una u otra manera, pensaban que yo era un español rico, esnob, que estaba en Londres experimentando la vida de un trabajador manual. Yo jamás hablaba de mi familia española, así que se guiaron todas ellas por mi aspecto, pero mi aspecto entonces debía ser de alquiler, alquilado quizá con la confortable habitación del piso de Paddington. Aquello podía durar eternamente en su peculiar low key. En aquellas condiciones grises se podía permanecer eternamente gris. La vocación literaria que yo iba entresacando como en los campos de remolachas azucareras no había nacido del todo hasta que publiqué el primer libro. Tenía la sensación a los veintiséis años de no haber adquirido aún ninguna identidad. De estudiante de Filosofía había pasado a ser nuevamente estudiante de Filosofía en Londres, había trabajado como telefonista y como cleaner durante muchas horas en Londres. Y tenía una intrahistoria española como todos los españoles: tenía una casa, una familia, amigos en España. Era una vida en la ambigüedad de no estar tomando decisiones respecto de mí mismo. Resulta imposible decir en serio que yo iba a ser un escritor de cuentos, novelas o poesías. Coleccioné, sin embargo, en 1973, un grupo de poemas que titulé Protocolos y que conseguí publicar en Biblioteca Nueva pagándome yo la edición; treinta mil pesetas, creo recordar. El libro no estaba mal y lo curioso es que después, ya instalado en España, se ha difundido bastante. No sé cómo están las cosas en las editoriales hoy en día.
Me aislé en Londres hasta el punto de no hallar ningún amigo. Y me separé a la vez de mis para entonces muy escasas figuras familiares. La soledad no me agradaba. Y el caso fue que a la vez conocí a mucha gente. Tuve incluso una clientela de amas de casa de origen judío, mucho más inglesas, casi todas, que las propias inglesas, a excepción de miss Pearson. Era la hermana de un párroco inglés de Golders Green. Ahí iba a trabajar los sábados por la mañana. La más divertida ocupación eran las dos gatas persas de miss Pearson, totalmente insensibles a todo el mundo, excepto a la propia miss Pearson. Eran un regalo que un miembro de la diócesis de Golders Green había hecho a la hermana del párroco. Eran dos gatas, madre e hija. Juntas en su cesta, eran lo más distinguido y misterioso de aquella gran casa parroquial en medio de un jardín resplandeciente. La madre gata, Pandora, cazaba de vez en cuando palomas en disputa por los granos y restos de pan que miss Pearson echaba habitualmente a la puerta de la cocina de la casa. ¿Qué era lo insondable de este misterio felino que tenía lugar dentro de la más sosa rutina cotidiana? ¿Ofrecían las gatas, madre e hija, una imitación del desdén? Iba a decir del desdén de los extranjeros, y lo curioso es que ese solo me incluía a mí, que era lo único desconocido que se había acercado a las dos felinas. Yo era muy aficionado a los gatos, y sigo siéndolo. De niño tuve muchos, de todos los pelajes. Uno de mis tíos, el tío Pitilo, me llamaba «el niño de los gatos». Yo había amado y cuidado gatos durante toda mi niñez y primera juventud española. El frío trato de las gatas de miss Pearson, sin embargo, me recordaba intensamente mi condición de extranjero, que, al cabo de siete u ocho años, era quizá muy poco visible. Se llamaban Britania y Pandora. Pandora era la madre y Britania su única hija. ¿Vendría su desdén por aquel chico español de su remoto origen indio? Tenían una belleza y una agilidad equivalentes a las de los dioses hindúes que salpican los relatos de Las mil y una noches. Uno estaba tentado de describir aquello como una respuesta emocional consciente. ¿Hay una conciencia felina hiperconsciente que nos rechaza de algún modo a todos? Resulta difícil creerlo, excepto a la vista de aquellas dos gatas. Era evidente que me reconocían cada sábado; yo las cambiaba de sitio, de la cocina al despacho parroquial, que estaban en la misma casa, y del despacho al salón, donde pasaban la tarde. Quizá se sentían las gatas anglocatólicas y nacionalistas. En aquel barrio, Golders Green, había sobre todo familias judías, anglojudías, mucho más inglesas que las familias auténticamente inglesas. Las gatas eran una expresión divina de la separación entre los hombres y sus deidades. Ocupaban de ordinario, dentro de su cómoda cesta, cuatro lugares: la cocina, el comedor, el cuarto de estar y el jardín. Ahí fríamente cazaban pardillos y palomas. Esto escandalizaba a miss Pearson, le parecía cruel que sus gatas fuesen tan absolutamente frías e indóciles como a veces resultaban las amas de casa inglesas. En aquel tiempo yo era claramente un hombre joven sin atributos; entre los veintiséis y los veintiocho años resultaba, supongo, aún más insensible que las propias gatas que me desdeñaban. No obstante todo ello, tuve incluso una proposición matrimonial. Esto fue en una de las casas adonde, una vez por semana, iba a limpiar. Era una lástima, declaró una de aquellas tardes, que Álvaro would not play. ¿Qué entendía miss Pearson por no querer jugar? ¿Quería acaso decir que yo no quería comprometerme en un noviazgo con su hija, que trabajaba en la BBC? La chica era alta y sosa. La divertida era la madre, que había vivido en Sudáfrica en los buenos tiempos coloniales y echaba de menos el servicio autóctono, echaba de menos a un criado moreno o negro que la tratara con mucho afecto. Madre e hija no recibían visitas. Estaban muy aisladas. Yo estaba muy aislado también y sentía la incómoda presión de tener que establecer alguna clase de relación con la alta hija. Pero ni en aquel tiempo ni después he tenido yo ideas matrimoniales, ni de buscar compañía femenina. La madre era simpática, pero la hija, cuyo dormitorio tenía yo que arreglar también, era inconscientemente fría. Vivían en una casa de dos pisos, de los cuales habían comprado el superior. La gran conversadora era la madre, que se había separado del marido al verse obligado este a dejar su empleo en Sudáfrica. Me daban muy buenos elevenses. Con embutidos kosher. Y yo daba mucha conversación. Era una situación divertida, aunque tenía la sensación de que charlábamos demasiado y yo trabajaba muy poco. No recuerdo sus nombres, pero sí la originalidad de madre e hija, que habían conocido tiempos esplendorosos en Sudáfrica y que después se habían instalado en Londres. La madre estaba delicada de salud y yo hacía el trabajo fuerte de la casa, limpiaba los cristales, limpiaba el horno eléctrico y... me sentaba a comer un bocadillo enorme de embutidos kosher con muchas tazas de té. Yo tenía una sensación extraña, venía a ser como un pretendiente imprevisto. Lo cómico era, no que no quisiera serlo, sino que a la madre se le hubiera ocurrido que podría serlo. Yo tenía en aquella casa una sensación de soledad ajena. Me sentía más hallado que ellas dos en Londres a pesar de la humildad de mi oficio de aquella época. ¿Se acordarán aún de mí? Porque yo me acuerdo de ellas dos, pero no de sus nombres. Reconozco que me molesta admitir esto: tener que reconocerlo me entristece, como si hubiera dejado pasar una ocasión fabulosa. Pero no era una ocasión fabulosa. Yo no tenía ni tengo la menor propensión al casamiento, y en aquel entonces aún tenía todo Londres por explorar. Y era divertido tener entre diez y doce casas a la semana que limpiar durante dos horas. Tenía buena fama y tenía, como de costumbre, la sensación de ser un impostor. Fue una época de desindividuación. Yo tenía una sensación de libertad ganada a fuerza de hacer un trabajo sencillo y hacerlo bien. Estaba orgulloso de mi clientela. Estos empleos eran, por supuesto, clandestinos. Las citas las concertaba Bettina Staff Agency. Bettina vivía al final de la Northern Line en una casa majestuosa. Era una mujer guapa que estaría por los cuarenta años entonces y que había organizado una gran red de cleaners para la comunidad judía. Cada uno de nosotros pagábamos una cuota a la agencia a cambio de información de las personas que necesitaban cleaners. A mí me pareció un recurso brillante y me sentía insustancial y brillante, como un personaje menor en un relato menor.