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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

abundio

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A misa los veranos, los domingos y festivos, se bajaba en la camioneta inglesa del volante a la derecha. Un vehículo forzudo, de asientos abatibles, hecho para circular por las tierras. La senda de quebrantas que unía la finca con el pueblo y que ahorraba entre dos y tres kilómetros a pie. Ni siquiera ese sendero la inmutaba, aunque los pasajeros, excepto mi padre, que iba al volante, botásemos y cabeceásemos como monigotes. En esa furgoneta se bajaba a misa y se hacía un viaje semanal a Palencia. Hubo un Land Rover después que la sustituyó y que tenía un magnífico aspecto de safari africano. Mi padre, de hecho, usaba un salacot británico para protegerse del sol.
Los recuerdos no son fotos en blanco y negro y, ni siquiera, en color. ¿Son más fieles las fotos de los recuerdos que los propios recuerdos? Las fotos suelen ser indiscutibles: los lugares o las personas fotografiadas son inmediatamente reconocibles. Solo en las fotos muy antiguas –en blanco y negro por lo general– nos sorprende la juventud de los personajes, incluida la mía. Nos reconocemos ahí mejor quizá de lo que nos reconocemos ahora en el espejo del baño o en los de los armarios. Tengo muy pocas fotos juveniles, casi ninguna de los años londinenses, y un montón de fotos con ocasión de mis publicaciones. Estas últimas no dicen gran cosa de mi aspecto que no sepa y que no me aburra siempre un poco. Las otras fotos del pasado, en cambio, son un poco, que diría Rilke, como de un antepasado que parece y no parece asemejársenos. La semejanza es un supuesto natural de las fotos. Lo curioso es, sin embargo, la desemejanza percibida. Son más imágenes del tiempo que del espacio, incluso las simples fotos de los edificios, las fotos de la Dehesilla o de la casa de Santander o del Santander de Puerto Chico. Este cambiante mundo de mis propias fotografías y de las fotos de familiares, amigos y lugares ha acabado haciendo de mí un narrador estático. A todo trance procuro no serlo porque es evidente que, dentro del realismo narrativo, una novela o un cuento es un argumento. Y no es –o solo lo es en parte– una aparición, como decía el gran Octavio Paz: «Un instante es una aparición, nos quemaría ese instante si durase otro instante». Un novelista tiene, como un bombero, obligación de no quemarse mientras controla su incendio. Dicho de otro modo, tiene obligación de no pararse en fotos fijas, en imágenes fijas que, sin embargo, sí tiene en abundancia en la memoria como libros leídos y coleccionados en polvorientas estanterías. Resulta que todo lo anterior en esta historia autobiográfica es material orgánico. Material que se desmaterializa como las frutas en los fruteros. San Agustín usaba una expresión curiosa –posiblemente inexacta– para describir la memoria: «ingens aula memoriae». Un aula es un lugar escolar, un lugar donde hemos pasado varios años de vida, que ahora, por cierto, nos parecen pocos y cortos. Lo más notable de la frase es la indicación del tamaño. La memoria es un enorme lugar de aprendizaje. ¿Quiere esto decir que solo escribimos novelas o cuentos, como hizo Proust, yendo en busca del tiempo perdido? No del todo, porque hay algo punzante en los recuerdos, como una espina, que duele o incomoda todavía, incluso en un caso como el de este relato titulado «Abundio», que era un chico ampudiano que subía a trabajar en la Dehesilla. «Ser más tonto que Abundio» era un dicho que se usaba con frecuencia en mi casa. Había que tener cuidado con usarlo delante de Abundio porque se sentía inmediatamente designado: «¡Abundio me llamo yo, señora!», exclamó en una ocasión célebre. Y mi madre se sintió obligada en aquella ocasión a dar una explicación que forzosamente tenía que ser tonta: es una frase que se dice, Abundio, no se refiere a ti. Pero desde aquel día mi madre y yo tuvimos que tener cuidado. Era muy fina la piel de los más rudos e insipientes trabajadores del campo que yo conocí. Podían sentirse ofendidos en su honorabilidad casi por cualquier mención casual expresada con viveza, como hablábamos mi madre o yo mismo en aquel tiempo.
Los críos de la Dehesilla –uno de los cuales era yo; los otros, Chuchi, Chencho y Damasín– nos sentíamos excepcionales, autosapientes, encaramados en los carros del cereal recién segado que volvían de las tierras, bien muy al atardecer, bien al amanecer, según fuesen cargándose. Eran carros con dos grandes ruedas que se enganchaban a un par de mulas, la huebra. Casi mejor parecía el alto pedregal entenderlo el carro que las fuertes mulas asediadas de tábanos. Mejor incluso que los dos agosteros, el ponedor y el conductor, encaramados en la cima del carro, arreándolas de palabra y de obra. Desde abajo se les veía diminutos, igual que a nosotros mismos podía vérsenos diminutos instalados junto al agostero o a su espalda, según. Estos carros llevaban cuatro palos gruesos, uno en cada esquina, para sujetar las redes laterales. Era muy emocionante asaltar el carro o los carros según volvían a las eras y acabar poniéndonos, si así se terciaba, a la polvorienta cola de la cosechadora de madera color rosa que trituraba el bálago y lo lanzaba a través de sus pavonados tubos metálicos al gran parvón que duraba casi el año entero ennegreciéndose por encima. El polvoriento agosto de la recolección del cereal en Castilla. Yo lo odié a partir del tercer verano. El primero lo pasé con colitis y el segundo con el brazo derecho roto. Mi primer verano castellano fue el tercero. Echaba de menos las verdes costas del faro de Santander, los prados verdes, los maizales de la huerta de la abuela Carolina, la humedad de la costa, las relucientes playas vacías a primera hora de la mañana, a última hora de la tarde, las fachadas de las casas encristaladas del Alto de Miranda que se veían resplandecientes desde las aulas y los estudios del colegio de los Escolapios. Santander, qué bello es –pensaba yo– comparado con este moridero castellano.
La Dehesilla eran los señores, mis padres y yo mismo, que vivíamos en una casa baja adosada al corral. Era un caserío castellano de secarral porque solo podías contar con el agua extraída de los pozos y la que Dios mandaba cuando le venía bien. Recuerdo la delicia de las tormentas de verano, peligrosas y súbitas hasta llegar casi a pedriscos que podían destruir una cosecha aún sin segar. Además de los señores y yo, el niño, y el servicio de la casa, había en la Dehesilla siempre mucho trajín laboral y mucha gente. Entre los que vivían en el propio caserío –dos familias, que yo recuerde– y los que subían en remolques o en carros o en bici desde Ampudia, habría entre veinte y treinta personas a lo largo de la semana. Se distribuían por oficios: albañiles, pastores, mecánicos, encargados del ganado vacuno y de los cerdos... o como Carlos del Bosque, hermano de Dorita, casada con Teodoro. Carlos era encargado en jefe del cada vez más grande gallinero, con su departamento de incubadoras y las grandes ratas del desván donde hacíamos el amasijo por las tardes para llevarlo fresco a los comederos y a los cientos y cientos de gallinas leghorn –unas gallinas, estas, blancas, que ponían huevos blancos y con frecuencia tenían malos picos, malas caras y un ojo atravesado–. Era una gallina colectivizada, agitadísima –me parecía a mí–, más agresiva colectivamente incluso que las ocas cuando se juntaban en los corrales todas. Qué gran diferencia –pensaba yo, no sé si añorante o lumio– entre esta horda horrorosa de gallinas blancas cuyas cagadas grises que, según comen cagan, nos correspondía a nosotros limpiar diariamente, y las hermosas gallinas pintas montañesas de todos los colores, grises, cobrizas, negras, unas gallinas que ponían huevos morenos y tenían gallineritos reducidos en las casas donde había las suficientes para el consumo diario. El encanto de la gallina rural, con sus correspondientes gallos levantiscos, contrastaba con nuestros gallineros funcionales bien regimentados.
Evoco ahora, con gran facilidad, aquel mundo rústico, severo, muy rutinario. En casa comíamos mucha verdura de la huerta –entre ensaladas y legumbres– y también mucho pollo asao, que era lo más barato que podíamos comer como polleros de gran estilo. Asar bien los pollos, mantenerlos en su jugo y servirlos luego con patatas fritas era un lujo en aquellos tiempos de Carpanta. Reservábamos la mejor clase de aceite para las ensaladas nocturnas. He seguido fiel hasta el día de hoy al pollo asado de Carpanta, que sigue, por cierto, siendo más barato que otras carnes.
Cuando fui por primera vez, con seis años, en nuestra casa se había instalado ya el agua corriente, pero todavía no la electricidad. Nos alumbrábamos con velas y carburos. Estuvimos con carburo, como mínimo, dos o tres años. Daba una vacilante luz azul, olía a sí mismo, que era como a bodega. Su llama azul recordaba a las bodegas de los mercantes santanderinos y también a Casa Peña. El agua corriente, que venía del pozo, era caliza, muy caliza. Costaba enjabonarse porque no hacía espuma el jabón. Entendí a mi manera y admiré pronto la altanería de mis padres, muy jóvenes entonces, que se habían propuesto dotar de vida a aquel salvaje pedregal de quinientas treinta y cinco hectáreas. Por lo visto, al principio no había ni pájaros. Cuando yo llegué ya había un palomar redondo. Se hacía un rico guiso de pichones de paloma en casa. Los pájaros comunes, los pardillos, los gorriones, las pajarotas con un pico en la cabeza, fueron llegando a medida que los cerezos que rodeaban el caserío y las dos huertas fueron afirmándose y pasando del amarillo al rojo vivo. Un suculento rojo de cerezas cobradas que triscaba en la boca. Prosperidad, me parecía a mí todo aquello, aunque una relativa prosperidad no llegó hasta varios años después con la remolacha azucarera. La casa de mis padres, la Dehesilla, daba aquellos años mozos míos una intensa impresión de reclutamiento y de milicia. Quizá fuese influencia política que venía del exterior. Todos éramos, en los Escolapios, más o menos falangistas o requetés, todos aprendíamos a hacer una gimnasia militar directamente emparentada con los largos desfiles del día de San José de Calasanz o del día de la Victoria. Nuestras circunstancias juveniles, nacionales, fueron claramente cuartelarias. A mí me vino bien y a veces me imaginaba a mí mismo haciendo una carrera militar tras matricularme en Toledo de cadete. Tendría que ser Toledo, que era Infantería, y no Segovia, que era Artillería. Mi matemática de entonces no era lo que se dice resplandeciente. Era, sin embargo, como ahora, un escribidor tenaz, por usar la certera expresión de Vargas Llosa. Quiero decir que escribía muchas cartas y también recibía, alborozado, algunas de Nacho, sobre todo, de Cagigal y de tío Pedro Escalante las más literarias.
Esta expresión de estar acuartelado o de vivir una vida premilitar se acentuaba los domingos y festivos, cuando hacíamos, los primeros años los tres, mi padre, mi madre y yo, y los últimos solo mi madre y yo, la ronda de los colgadizos de ovejas, la vaquería, las paneras y, sobre todo, el creciente corral de gallinas, que ya ocupaba un edificio con dos alas y patios alambrados para que las gallinas comiesen piedrecitas y gusanos. Y me sentía yo orgulloso con los carros, y todavía más orgulloso cuando fueron viniendo los tres tractores, uno tras otro, y un fascinante camión de segunda mano comprado al Ejército americano de la Segunda Guerra Mundial. Aprendí a conducir con los tractores. Los tractores se instalaban en las cocheras que quedaban frente al gallinero. El camión y la furgoneta en el garaje grande. Y en el garaje pequeño que daba al patio, el coche más pequeño, primero un Fiat platino y luego un Alpine que usaba mi padre. Saqué el permiso de conducir al cumplir los dieciocho en Palencia y seguimos viaje mi madre y yo, conduciendo yo primero hasta Palencia sin permiso oficial y después ya legalmente hasta Santander. En la Dehesilla yo empecé a conducir a los dieciséis años, así que tenía una cierta costumbre ya adquirida. Confío en que, con el tiempo que ha pasado ya, esta confesión de conductor ilegal no llegue a oídos de Tráfico y vengan ahora a ponerme una multa. En aquellos viajes, cuando íbamos los tres de la Dehesilla a Santander, yo iba atrás con los pies sobre un saco de harina o de legumbre o un gran trozo de tocino blanco. Estraperlo lo llamábamos. Y lo era. En el fielato de Mataporquera, que estaba en la línea divisoria entre las dos provincias, bajaba mi padre a hacer la declaración, con gorra de visera inglesa, muy don Cayo Pombo Caller para la ocasión, y en el fielato hacían, creo yo, la vista gorda. A mí, que me quedaba en el coche camuflando la mercancía oculta, me divertía pensar que yo era el hijo del estraperlista y ponía, en consecuencia, una carita fría y zorruna apoyada contra el cristal. Me imaginaba que era casi todo lo que los demás hacían. Estraperlista y zorro y hasta Marcos de Celis, torero, cuando Palencia se vestía de luz y plata. Y, por supuesto, tractorista hijo del dueño de la finca y oficial del fielato con gorra de uniforme azul, que yo recuerde. Me sentía dueño, con catorce, de lo que iba a ser muy pronto la primera explotación agraria ejemplar, premio que concedía el ministro de Agricultura Rafael Cavestany –de 1951 a 1957–, de ideología falangista. Fue el último ministro azul de Franco. En Palencia y Valladolid, en el campo castellano, le queríamos porque benefició a todas las fincas de la zona. Yo tenía en casa una intensa impresión de reclutamiento y de milicia, insisto, comidas muy regulares, comiendo los productos de la tierra, de la huerta y de la granja. Los días festivos inspeccionábamos los locales, y ese paseo venía a ser, en mi imaginación de entonces, una especie de desfile de Infantería, una especie de visita del coronel o del comandante general a la guarnición. Este continuo transformarse de mi actividad real juvenil en figuras militarizadas fue sustituido más tarde por figuras literarias o filosóficas o teológicas. Y eso es lo que puede llamarse el origen de mi vocación de escritor.
Así fueron las cosas. Así rebrillaron en mi conciencia y se quedaron ahí rebrillantes, dignificadas e infantiles, figuras vivientes de quien yo sería o empezaría a ser años más tarde. En el colegio San José de Valladolid y por influencia del gran José María Cagigal fue cuando cambió todo. Cagigal me hizo el gran favor pedagógico de creer en mí y estar siempre desde un principio seguro de que yo sería un buen escritor. Y yo me empeñé en serlo y así he procurado seguir hasta la fecha. No hay excusa para los pedagogos: o ayudan a los críos a ayudarse a sí mismos y a ser lo que sueñan ser ya de jóvenes o la educación teórica se arruga y se viene abajo. No se trata de engañar a los críos, se trata de animar y de imaginárselos, el pedagogo, crecientes y llenos de entusiasmo. Así fueron las cosas. No hay pasado de nadie más corto e insignificante que el mío. Y, a la vez, como si fuera yo un gran príncipe, una especie de gatopardo castellano, más soberbio, menos bien mandado, más pinta, el pasado se dilataba hacia delante, se adelantaba al futuro, que es donde cuento yo, echándolo en saco roto, mi vida ahora. El saco está roto, pero no del todo. Me da tiempo de irlo releyendo, porque la mayoría ya la sé, y dictando a Iñaki, que cada día escribe más deprisa, adelantándose a su vez, como mi pasado a mi futuro.
Había este jornalero ampudiano, tan característicamente trascordado, como imagino que parecía yo aquellos años, tan menor como mi propio pasado. Se llamaba Abundio. No sé qué fue de él. Más o menos como Abundio, que no sabe, si aún vive, qué ha sido de mí. Estamos a la par.
Temprano, una mañana de estío, llegó a la finca con los demás en el remolque. Y mientras iban bajando con sus mantas al hombro todos ellos, con el atado de la tartería del almuerzo, la media hogaza de pan, que era lo que más comíamos, y el cuartillo de tinto del señor Mauricio, que se ponía a enfrescar en el almorrón del pozo. Nos olvidamos, pues, de Abundio, íbamos cada cual a lo nuestro. Y de pronto todos descubrimos que no estaba. Era peón de albañil con el señor Benito, según creo recordar, en aquel tiempo. Abundio desapareció aquella mañana, ensalmático, como el fantasma inesperado que a veces parecía. Era muy manazas y el señor Benito Vélez –que construyó la finca entera, por cierto–, un simple albañil de Ampudia, era muy riguroso y trabajador y tenía los peones justos, de manera que llamó mucho la atención la desaparición de Abundio. Reapareció, sudoroso, a la hora del almuerzo, sobre las dos de la tarde. Todos queríamos saber dónde se había metido tanto tiempo. Entonces dijo:
–He llegao corriendo hasta la finca Los Illeras. Y ahí bebí agua. Y luego vuelta. Y ya he vuelto.
–Tú lo que estás es chalao –rugió el señor Benito–. Quién te manda a ti correr. ¡Hacías falta aquí!
Entonces respondió Abundio asombrándonos a todos:
–Una venada que me dio, señor Benito.
Nunca se había oído en la Dehesilla anunciar una justificación semejante. Allí no se tenían venadas. No en Castilla la Vieja. Estábamos demasiado ocupados todos, fascinados, como actores, por los papeles agropecuarios que desempeñábamos. Vivíamos, por qué negarlo, un mundo de figuración también, pero no de locura, sino de una especie de hiperrealismo de la acción agrícola. La realidad era imaginaria toda entera. Lo real era lo fantástico. Que los motores del pozo funcionaran sin fundirse y dieran agua fresca incesante a las huertas era lo real, lo fantástico. El realismo como milagro inadvertido. Esa fue, al menos, la exagerada lección que yo saqué del incidente, a saber: que nosotros estábamos chalaos también, dentro de un engranaje laboral realizante rutinario, y que, si nos ateníamos a esas rutinas en todos los campos, la rutina dejaría de ser la carcoma de las cosas, la rutina sería la floración misma de la vida.
En cualquier caso, todos, empezando por mis padres y el señor Benito, disculpamos a Abundio. Pero el señor Benito no le quería ya en su cuadrilla, así que le preguntamos a Abundio dónde quería trabajar dentro de lo que quedaba en casa por hacer. Dijo que le gustaban las gallinas. Asombro una vez más. A ninguno nos gustaban las gallinas nuestras, blancas como brujas emplumadas, avispadas, aviesas como cuervos, tragaldabas. Pero, en fin, como criarlas daba dinero, más contante y sonante que el dinero de los cultivos agrícolas, había que seguir adelante con los gallineros industriales. De ahí que yo acabara en el gallinero también, en el desván donde se almacenaban los complementos farmacéuticos y el trigo molido y los sacos de avena para hacer los amasijos. Se hacía un círculo grande de salvado de trigo y reconstituyentes y en medio se echaban cubos de agua y luego el salvado encima del agua hasta formar un engrudo, el amasijo. Era también, de paso, el gran momento de las ratas de larga cola negra, que nos saltaban por los pies a la captura de bocados deliciosos y frescos. A mí me horrorizaban las ratas, pero tenían un aura de bodega de barco, un aura transatlántica de velero mercantil. Y eso ayudaba a considerarlas enemigas y perniciosas pero, de algún modo, románticas. «Oh, sentina de abordo, todo en ti fue naufragio», decía Neruda. Las ratas se libraban de los naufragios.
Abundio acabó siéndome familiar, con su huesuda cara castellana de ojos hundidos. El Greco aprovecharía esas fisionomías años antes. Yo pensaba que parecía loco o exaltado o trascordado a ratos, mientras entre los dos dábamos forma al amasijo e íbamos por turnos bajando abajo, al grifo de abajo, para luego subir con los cubos de agua.
Siempre he pensado que las gallinas blancas padecen, a ratos, antes de alimentarlas al menos, una especie de confusión mental. A mí, ciertamente, en estas ocasiones de repartir los cubos de amasijo me invadía una difusa confusión. Era yo entonces un estudiante de bachillerato aún no avezado a la vida campera del todo. Debe advertirse en este punto que toda gallina leghorn blanca tiene un gracioso aire gallináceo y se diría perspicaz, un alma individual que cacareaba ya estrepitosa y descaradamente en el paraíso terrenal. Lo de criar gallinas en masa fue seguramente una ocurrencia mercantil de Adán que ya le venía de fábrica, creada tal cual por el mismísimo Yahvé, con un ojo puesto en la cría y en la venta de polluelos amarillos, para lo cual había que montar incubadoras industriales.
La Dehesilla, a pesar de ser una finca dificultosa y dura de pelar, difícil inclusive de ver toda junta en su redonda extensión pentagonal de un mapa que había colgado en el despacho de mi padre, tenía también un punto paradisiaco, imperceptible, creo yo, para las visitas. Los familiares y amigos santanderinos que venían de visita y a quienes se mostraba una y otra vez los mismos sitios mencionados arriba tenían frecuentemente la expresión asombrada de quienes contemplan un cuadro abstracto. ¿Esto qué significa?, parecían estar pensando. Porque todo el mundo entiende que, en semejantes condiciones en aquel páramo pedregoso, el labrantío resultaba casi más un asunto ascético, teológico y medio místico que comercial.
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