de la vida cotidiana
spanish
Estoy acostumbrado a escribir mis novelas en tercera persona. La tercera persona narrativa es desenredada y da una impresión de objetividad que la primera persona, en cierto modo, borra. Llevo muchos años viviendo en un último piso en Martín de los Heros con terraza y con amplias vistas de los cielos de Madrid, el telón de fondo de un gran número de relatos míos. Desde la terraza, protegida por una alambrada y por árboles que ya tienen unos años, se ve cambiar y respirar un amplio cielo madrileño, inspirador, exaltador a veces y a veces, como todo lo muy exaltador, repentinamente deprimente y sombrío. Este firmamento de Madrid, que puede parecer al visitante ocasional siempre idéntico a sí mismo, acaba resultando plurivalente: ofrece muchísimos cambios y matices al espectador sedentario.
Había almorzado poco antes un agradable arroz del día anterior con un huevo frito, recién hecho. Había tomado de postre una manzana asada. Las manzanas asadas son un postre de la niñez. Manzanas reinetas de Santander o de la provincia de Santander, asadas al horno con un poco de azúcar que se echaba dentro del corazón de la manzana ahuecada y que se convertía en un almíbar delicadamente perfumado de manzana y azúcar tostados. Soy un hombre mayor, ochenta y cinco años cumplidos, salgo poco de casa. Desayunar, comer y cenar son mis entretenimientos más agradables. También la conversación con mis amigos. No tengo muchos amigos porque he acabado, con los años, convirtiéndome en un solitario involuntario. Siempre me sorprenden las llamadas telefónicas, nunca espero ninguna. Y aún más me sorprendían e incluso atemorizaban las llamadas al timbre de abajo porque no he esperado nunca que venga nadie no invitado a visitarme. Aquella tarde, sin embargo, me sobresaltó un timbrazo procedente, no del portal, sino de la propia puerta de mi piso. Pensé: esto es una equivocación. Y pregunté en voz alta:
–¡¿Quién es?! ¡¿Qué pasa?!
–¡Soy Manuel, hombre, que pasaba por aquí y he subido a verte!
–¿Manuel?
No sabía quién era Manuel en ese momento, pero la voz pareció agradable y abrí la puerta. Entró Manuel, un hombre joven, entre los treinta y cinco y los cuarenta años de edad. Ahora le reconocí por completo. Se trataba de un antiguo ayudante que tuve quince años atrás. Recuerdo que tenía novia y que asistí a su boda, aunque no al convite: solo fui a la iglesia. Durante los siguientes años se espaciaron mucho sus visitas. Creía que había tenido dos hijas, pero tuvo dos hijas y, además, un hijo. Tenía un aspecto fornido, muy parecido al de quince años atrás. Sentado frente a mí, que voy en silla de ruedas, tenía un aspecto sólido y tranquilizador. Por eso dije:
–Ya veo que tienes una intensa vida cotidiana, bendecida con mucha familia, para los tiempos que corren, ¿no? La tranquilidad casera saca lo mejor de nosotros, ¿no te parece?
–Bueno, eso te parece desde fuera porque tú te has quitado de ruidos ya y estás aquí, abrigado en tu piso. La inmovilidad que sufres, a la vez que incomodidad, te proporciona tranquilidad, pero la vida cotidiana y familiar no se parece en nada a la tuya.
–Cuéntame, ¿en qué se diferencian aparte de la edad vuestra y la mía?
–No es una cuestión de edad. Es una cuestión de la vida misma. Mi vida cotidiana es una inquietud perpetua. He perdido dos veces un trabajo que tenía en una compañía fotográfica de chinos. He encontrado empleo después, pero temporal. Nada es estable ni tranquilizador. Tengo una familia que mantener y las niñas empiezan a ser intranquilizadoras ahora. Tengo la sensación de que soy un empresario de teatro que mantiene un decorado artificialmente. No quiero desilusionarlos. Los niños viven de todos modos a su aire, ilusionados consigo mismos, como si dijéramos. Mi vida cotidiana funciona mal que bien. Y si a eso añado cualquier reflexión acerca de mi futuro posible, las cosas se ponen espantosas. ¿Cuánto tiempo voy a resistir así? No puedo pedir más dinero prestado al banco. Tengo una hipoteca y un coche en renting.
–¿Qué es eso del renting?
–El renting es un sistema que hay ahora para tener el coche pagando una cuota mensual.
–Como toda la vida, ¿no? Vas pagando el coche mes a mes, como la casa, con la hipoteca.
–No exactamente. La hipoteca de la casa la pago hasta que termine de pagarla toda y la casa sea mía. El coche no. Sí, pero no.
–No te entiendo. ¿El coche no es tuyo?
–Es una especie de alquiler. Los coches son muy caros y, para pagar todo lo que vale el coche, ahora los concesionarios te ofrecen el renting, que es abonar una cuota inicial, digamos de seis mil euros, y luego una cuota mensual, una cuota que puedo pagar durante, en mi caso, cuatro años. Luego, pasados esos cuatro años, puedo elegir entre pagar lo que queda y quedarme con el coche en propiedad o que el concesionario me lo renueve, me den uno nuevo, y seguir pagando una cuota mensual.
–Y el coche que has usado esos cuatro años, ¿qué hacen con él?
–Pues se lo quedan, lo revisan y lo venden de ocasión. Total, que le sacan más pasta de lo que hubiera pagado yo por el coche. El problema es que no tengo ese dinero para quedármelo en propiedad. Y, además, ¡qué coño!, que sigo pagando la cuota mensual que puedo pagar y encima me dan un coche nuevo. Y así he vivido todos estos años. Ahora resulta que ni puedo pagar el coche ni puedo pagar la cuota porque todo funciona así y tengo una acumulación de cuotas al mes que hacen que no llegue.
–Lo que me estás diciendo es que vives de prestado y que nada acaba siendo propiedad tuya. Eso suena, desde mi punto de vista, muy ascético: poseer como si no poseyeras, pero al revés, no poseer como si poseyeras.
–Sí, es un puto trabalenguas que no me deja vivir tranquilo. Por lo menos, cuando termine de pagarla, que tendré tu edad más o menos, la casa sí será mía. ¡Y la televisión! Así que podré sentarme en mi casa a ver la televisión hasta que se me acabe la vida. Una vida de mierda, ¿no? La vida cotidiana que tú elogias es, en realidad, una vida de mierda.
–Pero algo bueno tiene que tener, ¿no?
–Bueno, que cuando me muera le dejaré algo a mis hijos. Una casa. ¡Y una televisión!
–Y, entonces, ¿cuál es tu emoción vital más continua? ¿Qué es lo que te queda para ti?
–Supongo que esperar. Me paso toda la semana trabajando esperando que llegue el fin de semana. Me paso todo el año trabajando esperando que llegue mi merecido descanso de un mes de vacaciones. Y así toda la vida, trabajando y esperando que llegue mi jubilación, si es que llega, para tener la casa pagada y sentarme a ver la televisión.
–Y eso es sentarte a esperar la muerte, digo yo.
–Más o menos, sí. Y todavía mientras mis hijos han sido pequeños hemos pasado tiempo en familia: ese fin de semana esperado, ese mes de vacaciones esperado Pero ahora que las niñas y el niño son adolescentes, llega el fin de semana y me piden la paga y no aparecen por casa porque quieren tener su vida. Y llega el mes de vacaciones y me piden una ayuda para irse unos días con sus amigos y no se vienen con nosotros. Que, por cierto, no nos vamos a ninguna parte porque hay que elegir entre darles ese dinero a mis hijos para que tengan sus vacaciones o irnos nosotros. No nos da para las dos cosas. Y, ¡espérate!, que no llegue a mis setenta u ochenta años, como tú, reventado de trabajar toda la vida, en una silla de ruedas o lo que sea, y mis hijos vendan mi casa para pagarme una residencia y no tener que limpiarme ellos el culo. Entonces me pasaré toda la semana en mi silla de ruedas en la residencia esperando que llegue el domingo por la mañana y reciba la esperada visita de mis queridos hijos.
–Eso que cuentas es muy amargo, pero puede ser la realidad. Mi propia realidad también puede ser amarga porque yo ni siquiera tengo hijos que me vengan a visitar a la residencia. ¿Por lo menos te da para pagar todas esas cuotas?
–No, en este momento no. También por eso te he venido a ver.
–Y ¿qué puedo hacer yo aparte de hablar?
–Pues ¿podrías prestarme algo de dinero?
–¿Cuánto es algo?
–Me hacen falta diez mil euros...
–Bueno, Manuel, eso es mucho dinero. Y yo tengo el dinero un poco justo para cubrir mis necesidades, que son muchas ahora. Si me sobrase, te lo daría encantado, pero no te lo puedo prestar. Además, mi madre siempre me decía una frase: Si quieres perder un amigo, préstale dinero. ¿La habías oído?
–Esa frase de tu madre, con perdón, forma parte de la tacañería española. La amenaza de perder un amigo se escandaliza con la generosidad. No digo que tu madre no fuera generosa. Solo digo que lo del amigo no es verdad. Sobre todo, no en mi caso. Somos amigos desde hace muchos años.
–Se puede pensar una fórmula más fácil. Como yo necesito ayuda hoy en día, un enfermero, podría pagarte a ti por ella. Me gasto mil euros al mes en ese servicio que necesito. Si me lo haces tú, lo ganas tú y es un desahogo para ti, ¿no? Y no me deberás nada porque te pago por trabajar. Yo seré tu deudor y no al revés.
–Lo que me estás ofreciendo es un puesto de criada.
–¡No, hombre, no! Te estoy ofreciendo un servicio que no es masculino ni femenino. Hay enfermeros y enfermeras. Por ejemplo, yo tengo una movilidad muy reducida, si me sacas tú a dar una vuelta me estás haciendo un servicio magnífico. No te prestaría el dinero, lo ganarías.
–Si el problema es que no me quedan horas en el día. Si me quedasen, ya hubiera buscado algún trabajillo extra. Los fines de semana o yo qué sé. Pero, bueno, que si no me lo quieres prestar, no pasa nada. Nunca te he pedido nada y, para una vez que te pido una cosa que me hace falta, me ofreces un empleo. No necesito un empleo, ya tengo varios y aun así no llego. Lo que necesitaba era ese dinero ahora para tapar un agujero. Pensaba que teníamos una buena amistad. Pensaba que no era mucho dinero y que te fiabas de mí. Ahora veo que ni te fías de mí ni, según me dices, tienes mucho dinero. Tampoco hace falta tener tanto dinero para prestarme esa cantidad, vamos.
–Mira, Manuel, hace años que no sé nada de ti. Te plantas aquí, me dices lo mal que lo tienes todo (y lo entiendo) y me pides diez mil euros. Para empezar no los tengo encima y no me sobran. Lo que sí necesito es el servicio por el que ya pago a una empresa que me manda a una persona para cambiarme las sábanas, ayudarme a ducharme, sacarme a pasear o hacerme la comida. Te ofrezco a ti ese trabajo para que ganes el dinero que no te puedo dar y tú me llamas mal amigo. ¿Qué quieres que haga yo?
–Es que no me creo que no puedas prestarme el dinero. ¿Qué te piensas, que no te lo iba a devolver? Lo que creo es que simplemente no me lo quieres prestar y punto. No quieres ayudar a uno de los pocos amigos que tienes desde hace años. ¡Por eso estás aquí solo!
–¿Cómo dices? No te consiento que vengas a mi casa a pedirme dinero y me llames tacaño. Y además me dices que por eso estoy solo. ¡Lo que me faltaba por oír!
–¡Pues mira, sí! ¡Un rata, y por eso estás solo! ¡Yo, por lo menos, tengo a mi mujer y a mis hijos, que me quieren, y los saco adelante!
–Pero si has empezado criticando lo que te supone mantener a tu mujer y a tus hijos, Manuel.
–¡Cómo! ¡No tienes vergüenza! Decir que yo he venido aquí casi que a quitarte el dinero y que encima me estoy quejando de mi familia. ¡No solo eres un rata y estás solo sino que además no tienes vergüenza!
«Esto es injusto», pensó el viejo, mientras sentía un cierto temor acerca de lo que haría ahora Manuel. Sintió miedo físico. Manuel se levantó con violencia de la butaca en la que se había sentado frente al viejo. Era un tipo alto y fornido. El viejo pensó que no le costaría nada darle un trompazo y llevarse la cartera. La existencia es absurda. Este sería un acto cruel, gratuito, pero verosímil si está desesperado por el dinero. «Mi vida está en peligro», pensó, «pero mi integridad personal está aún más en peligro si me asusto y cedo. Si me acobardo y me achico, lo que peligra es mi integridad personal, y no puedo perder eso ahora. Eso sí que de verdad es lo poco que me queda.» Entonces habló con una voz clara y más alta que la que había usado hasta ahora:
–Querido Manuel, no tenemos más remedio que dejar esta conversación aquí. No hay ningún arreglo posible entre nosotros. ¡Te agradezco la visita! No acabo de verme tan rata como tú me pintas. Pero, en fin, es verdad que ando mal de dinero y eso me preocupa. Así que solucionado, ¿vale?
–¡Puto viejo! Os estamos manteniendo las pensiones con nuestro trabajo y no tenéis la menor empatía por nosotros. ¡Anda y que te pudras, viejo!
Estas últimas palabras las pronunció a voces a la vez que se iba dando un portazo. El viejo sintió alivio y melancolía. Pero en el fondo pensó que más valía no tener dinero que tenerlo. Uno no puede comprar el afecto. Había pedido afecto, ayuda. Uno no puede comprar eso. Si no puede, mejor que se abstenga del peligro. ¿Y la culpa? ¿Lo hizo bien? ¿Podría haberle ayudado de alguna otra manera? Es verdad que tenía en el banco una pequeña reserva. ¿Podría haber confiado más en Manuel? Entonces fue cuando apareció la sensación de culpa. Se le vinieron a la cabeza la mujer de Manuel y sus hijas y su hijo. «Es evidente que estoy de más en este mundo. Podía haber hecho mi último gesto de generosidad. La cuestión es: ¿para qué? ¿Será verdad que por eso no tengo más amigos?» También la sensación de soledad se entrecruzó en ese momento con la culpa. «No tengo a nadie y no he ayudado a Manuel. Ahora me odia. Ahora quiero saltar por la terraza y acabar con esto. Pero no tengo fuerzas para ponerme de pie y subirme al balcón. Estoy al final de mi vida, estoy solo, soy el peor amigo del mundo y no tengo fuerza para quitarme de en medio.»