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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

don fernando maría de cabriega y su nieto paco

spanish

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–La ventaja de morirse es que no tendré que hacer la digestión.
Mi abuelo Fernando había sido de buen comer pero se había conservado elegante y largo y alto siempre. Porque no comía mucho. El nieto, Paco, veía claro lo que le estaba pasando al abuelo, y en parte le hacía gracia y le preocupaba que le hiciera gracia porque pensaba que no tenía corazón. La digestión, el aparato digestivo, el digerir y por lo tanto el previo ingerir o haber ingerido casi cualquier cosa acababa siendo la gota malaya. Una gota, otra gota, otra gota, otra gota, y otra, y así sine die. Hay que ponerse un poco de latín como un pimentón no picante, un pimentón que dé colorete a los guisos de alubias. ¡Ah, qué delicia los cocidos de alubias, los calamares, los maganos pequeños en su tinta, el chorizo picante, el queso de Cabrales y, más aún, el de Roquefort! Todos los alimentos que son todo en la vida, desde el desayuno a la cena, con la excepción quizá única de los huevos pasados por agua, se volvían tormentosos y un tormento al transcurrir irregularmente intestino abajo, tripa abajo, hasta llegar al culo del abuelo Fernando y o bien descomponérsele o bien quizá, aún peor, atascársele.
–¡Ofréceselo a Dios, Fernando María! ¡Ofréceselo a Dios! Cuanto peor, mejor, me refiero para Dios, entiéndeme, no es que quiera que tú sufras –exclamó tía Lola.
–Tan insensata eres, tan bruta, tan teológica, María de los Dolores, que jamás llegaré, de corazón, a llamarte Lola, que es lo más bonito que tú tienes, la abreviatura de tu nombre de pila. ¡Eres una María Dolores del carajo!
–Y tú un maleducado y un mal hablado y un mal ejemplo para tu nieto Paco, que te adora.
–Yo le adoro a él pero él no me adora a mí.
–Aquí todos te adoramos, Fernando María.
–La simpleza se hizo carne y habitó entre nosotros y eras tú, Lola, simple, que eres una simple.
No había para don Fernando maldad que no cupiese en la simpleza. «La simpleza es maldad», decía.
–¿Y la limpieza, abuelo? –preguntaba Paco–. Los limpios de corazón verán a Dios, ¿eso qué? Y a más a más: el mismísimo Evangelio va y lo dice. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios. Tú también verás a Dios, abuelo, seguro. Con tal de no oírte se dejará Dios ver un ratito mientras haces la digestión ya difunto y muerto y enterrado, ¿a que sí?
–Paquito, no seas un niño cruel y bruto. Mi digestión post mortem será implacablemente teológica y sobrenatural, cuerpo glorioso. Una digestión sin moviciones, una tripa lisa y llana, un sistema digestivo puro y duro, inexistente. Y yo mismo, discretamente, fallecido y muerto, un insensato más.
–Prueba, abuelo, un suponer, que no comerías nada, nada.
–Que no comiera nada de nada, querrás decir.
–Eso, que no comieras nada de nada. Entonces no tendrías que morirte porque no tendrías que hacer la digestión, te quedarías fino como el insecto palo. Sabías tú que al insecto palo, que se confunde con el trigo seco, por lo visto, le llaman palo porque no tiene que hacer la digestión, con solo chupar un poco aquí y allá los sembrados, las ciruelas claudias, las manzanas, que ese insecto vive a base de manzana, abuelo, y se le va lo que come por el pito sin tener que hacer la digestión, pues tú igual. Y sin embargo no es necesario que te mueras, mejor no.
–Tú lo que has oído, Paco, son campanas, te vas a pasar la vida, guapo, contándome lo que acabas de escuchar de oídas, que tus tías lo parlotean todo con la incesantía de una cagalera irrefrenable. ¡Dios, qué tontas son, dale que te pego! ¿De qué hablarán, me pregunto yo, si no piensan ni una pizca de nada, hablar de qué?
–Hablar hablan bastante, eso sí es verdad, las tías. Si quieres saber de qué yo te cuento. Hablan de lo malas que son todas las chicas menos ellas. Esto viene a ser, abuelo, como el teorema general, la tesis que dice don Rogelio. Dicen eso, lo declaran una vez al día. Luego a lo largo del día, mientras se arreglan y comen y meriendan y cenan lo desglosan. Desglosar, glosar y desglosar también son cosas que don Rogelio dice mucho. Como es muy respetuoso don Rogelio, que lo sepas, para no decir que mis tías, tus hijas, chismorrean, dice que desglosan.
–¡No desglosan! ¡Te comen vivo! Esto que estamos teniendo tú y yo, nieto, ¿sabes cómo se llama?
–No, ¿cómo se llama, abuelo?
–Una conversación de besugos. Cuando los besugos a una profundidad aproximada de dos metros de la superficie se sienten bien, en su salsa submarina, hablan entre sí como tus tías, mis hijas, por cierto. ¿Y qué más cosas? ¿Qué más hablan? Dime a ver.
–No se pregunta lo que dicen las personas. Generalmente es un horror, pero casi peor cuando hablan bien de ti que cuando mal; prefiero que hablen mal de ti que bien. Oírlas hablar salvajemente bien de ti es en mis tías mucho más horripilante que la puta maledicencia en persona, como tú sueles decir, por cierto.
–Yo no suelo decir semejantes cosas, ni ninguna parecida. Otra cosa es lo que piense, es distinto. Pero decir, decir, nunca he llamado puta a nadie, ni siquiera a mis hijas, ni siquiera a ellas, solo imbéciles, muy de tarde en tarde, niño, no seas cafre. El asunto fue que se casó tu madre con tu padre y tu padre con tu madre, ese fue el agravio, de ahí viene la maledicencia, Paco. Entiéndeme, que luego después lo vas todo largando sin haber comprendido una palabra.
–Reconoce, abuelo, que casi siempre entiendo todo lo que dices y hasta más de lo que dices inclusive, sin ninguna explicación complementaria, como dice don Rogelio. Te entiendo a pelo, abuelo, por así decir.
–Es posible que eso sea verdad, siempre has sido un lumio, tú, Paquín, muy lumio toda tu vida.
En Liérganes, mucho más que en toda la provincia entera, incluida Reinosa, donde está todo ya muy elaborado, resplandeciente y lexicografiado, lumio y lumia se sabe ahí lo que son. Don Rogelio, que habla como un libro, usa indistintamente lumio y lumia para gatos y personas, incluso cabe hablar de perros lumios pequineses con una nariz fruncida, un ladrido chillón.
–Ese era el Cheli. ¿Te acuerdas tú del Cheli, abuelo, el perro de doña Rosa, con su ladrido punzante y las mordidas de sus dientecillos? Y era un perro de algún modo divertido, como un cojín, en la sala instalado en el sofá era todo un cojín en el que llegabas a sentarte encima hasta que feroz te mordía el culo.
–Del Cheli más o menos me acuerdo, sí. Que se confundía un poco a veces con la niña austriaca en el corazón de tu tía abuela Rosa. A ver, quién está ahora siendo el bruto, ¿tú o yo?
–El Cheli y la niña austriaca, muertos los padres de ambos en el bombardeo aliado de Viena al final de la guerra, no se confundían de ninguna manera. Otra cosa es que a ti, abuelo, no acabase de caerte bien ninguno de los dos. Las cosas como son, siendo como eres.
–A ver, dime cómo soy. ¿Cómo me ves?
–Te veo viejo, abuelo. Un viejo guapo, más flaco de la cuenta. En cambio, mi madre y mis dos tías, tus hijas, te ven flaco y feo y deslenguado. Yo, en cambio, no.
–¿Cómo me ves entonces tú, guapo y joven?
–Guapo y joven no hace falta ser, abuelo. Todo el mundo es en la vida guapo y joven, por lo menos una vez. Y luego adiós.
–Eso lo dices porque te han dado calabazas las chavalas.
–No, abuelo. A mí las chavalas no me dan nunca calabazas, por la cuenta que les trae. Soy yo quien las trae a mal traer. Que conste que lo siento. Así es como es, pero cuando pasa yo lo siento mucho. Que yo sepa, todas las parejas, novios, novias, los que quieras, terminan acabando peor que mal. Somos animales esteparios, vamos solos por la estepa para degollar al cabritillo. Somos como lobos, abuelo. El hombre es un lobo para el hombre, dice don Rogelio.
–Don Rogelio es tristón, Paco. Siempre que le veo contigo, en el colegio, aquí, donde sea, me acaba entrando la neura a mí, solo oírle hablar me entra ya la pena negra. No entiendo cómo tú le aguantas.
–No es que le aguante, no se trata de eso, abuelo. Es que es buen profesor, sabe la filosofía bien. La que se enseña en el colegio y más filosofías que hay que no se enseñan. Don Rogelio sabe. Si hablaras bien tú, abuelo, a la gente, que no atinas cuando hablas con la gente, que acabas hablándoles a todos medio mal, medio igual. Don Rogelio puede ser muy pacífico, muy listo y muy atento. Te escucha mirándose la punta del zapato. Te repite lo que has dicho. Eso es agradable, abuelo. Don Rogelio se acuerda bien de todo, de todos, también de ti. Me pregunta por ti de vez en cuando.
–¿Ah, sí?
–Sí, me pregunta. Me pregunta si te encuentras tú conmigo bien, y no al revés, como sería lo normal. Nunca dice: «¿Te encuentras bien, Paco, viviendo en casa de tu abuelo entrado en años?». Nunca me ha preguntado eso. Pero, en cambio, sí me ha preguntado: «¿Se encuentra bien contigo tu abuelo, contigo encima todo el santo día?». Se interesa por ti, no por mi madre o por las tías, como sería quizá lo natural. Y si conmigo te sientes bien o mal o cómo.
–¿Y tú qué dices, niño?
–Le digo la verdad. Que contigo es con quien mejor me he llevado siempre, mejor inclusive que con él. Porque tú y yo somos, al fin y al cabo, una familia, somos una familia entre los dos. Don Rogelio viene a ser como un guardián de un parque, un vigilante de una casa que resultamos ser nosotros dos. Nos considera a los dos como una pareja. Es un modo raro de pensarnos: dos en uno a pesar de que tú eres un viejales y yo un brillante joven prometedor en la flor de la puta vida en flor.
–Yo no creo en tonterías, niño. Tú eres ahora más que nada mi nieto y yo tu abuelo más que nada. Y esto es una relación que no siempre funciona bien.
–¡Ah, sí funciona bien, suerte que los dos hemos tenido! También creo eso, abuelo, que los dos hemos tenido mucha suerte.
Abuelo y nieto, los dos, se han quedado ahora pensativos: ¿qué es lo que están diciendo, asegurándolo? ¿Tan seguros están de lo que dicen? ¿Quién quiere a quién en este caso, y quién más y quién menos al otro, el abuelo o el nieto?
Don Fernando María cree que el afortunado es él, más que su nieto. Está convencido de que su nieto le quiere a él más que, al revés, él al nieto. «He envejecido mal», piensa don Fernando María, «desangelado. ¿Cómo no voy a querer a Paco si no hay nadie más? ¿A quién voy a querer? Si no fuera a él, ¿a quién querría? No quiero a nadie en este mundo. Estoy al cabo de la calle ya. Hace tiempo que ya he llegado, ya estoy de más. ¿Quién dijo esto antes que yo? Estás de más. Yo estoy de más. Yo soy quien más tiene porque soy quien menos tiene. ¿Y si fuese al revés, que es Paco quien me ve a mí necesitado, avejentado, cabezón, egoísta, agresivo, injusto con mis hijas, que me salieron, de verdad, muy tontas, o bastante? He sido exigente, despegado, fiel pero a la vez infiel a la mujer que tuve, que se murió de buenas a primeras. Apenas sufrí nada. La vi muriéndose hora tras hora sin sentir ninguna compasión. La vida fue difícil. Entenderse con ella era difícil. Entenderse conmigo es difícil. Lo que le ocurre a Paco es que no acaba de salir de su inocencia, de su niñez, y no es capaz de verme como soy. No sé quién soy y no tengo tiempo ya de averiguarlo.»
–A ver, Paquín, ¿a que no me traes una cocacola fría con hielo y limón mientras hablamos o no hablamos?
–¡Cómo no, abuelo! Ahora mismo te traigo la comanda. Hambre no tendrás, ¿o tienes?
–No tengo hambre, no, no. Anda, trae la cocacola...
¿Qué pasó en esa familia? ¿No es, a todas luces, una situación irregular esta que tienen abuelo y nieto? ¿Por qué está el nieto viviendo en casa de su abuelo en vez de en casa de sus padres? ¿De verdad se divierten o se entretienen o se alegran con este incesante hablar, hablando todo el día? ¿Eso es normal? ¿Quién de los dos vio primero al otro? Sin duda el abuelo. Vio a un bebé crecer y de algún modo nada le impedía acercársele y sacarle de paseo. Todo el mundo está hoy en día ocupadísimo. Su hija y su inverosímil novio lo estaban también. Les salió el niño, Paco, Paquín, como un grano en el culo de los dos. Fue una lata que trajo consigo que se separaran.
–Tú te llevas al niño, chata, yo no quiero líos –dijo el novio–. No tengo sitio en casa, tengo un perro, otros asuntos, nunca estoy en casa, estoy fuera, en la oficina, en el bar, no sé, no quiero niños.
–¿Y yo qué? ¿Los quiero yo, chico? Yo tampoco quiero niños. No es que no quiera este, es que no sé bien qué hacer con él. No le sabré vestir ni desnudar ni bañar ni alimentar, o a lo mejor sí o a lo mejor no. No lo tenía presupuestado esto, lo de un niño. Habrá que tirar con él un año o dos y luego se lo pasamos a mi padre, ¿cómo lo ves? El niño se queda en la familia y nosotros nos quedamos como queremos estar, sin ningún problema, no quiero ningún problema, ni niños ni niñas. Es una delicia estar a estas alturas de mi vida soltera y sola en la vida y tú lo mismo, soltero y solo. A tomar viento todo el mundo. Somos una generación de bestias tontas que queremos salir todas las noches a tomar copas al bareto o a donde sea, ir a cenar con los amigos, cada cual con los suyos; no hay nada entre nosotros, lo que menos hay es un bebé, no hay bebé. Hay que probar con el abuelo. El abuelo es de la vieja guardia. Está de guardia, hace la guardia, guarda y halla, según dice él mismo. Pues que guarde al niño. Es todo muy fácil si no nos empeñamos en tomar la cosa muy en serio. No seamos serios, seamos libres.
Paco entiende, hace mucho que le entiende. Que al abuelo no le conviene darle que hablar tanto. Le conviene más hablar menos, quizá leer algo o rezar algo. ¿Rezar qué? Paco sabe que su familia ha seguido la línea desmoralizada del catolicismo, la que hay hoy. ¿Hubo alguna vez en España un catolicismo de alto bordo, una Iglesia menos necesitada de teólogos que de santos?
«Si no se es santo, ¿qué se es? ¿Qué es uno, si no es santo? Si no se es santo, como evidentemente no lo es mi abuelo, ¿qué se es, entonces? Se es un viejo que aborrece a sus hijas, que solo quiere a una persona única, que soy yo. Porque está harto de tanto mujerío. Solo le entretiene hablar conmigo. Le duele la tripa y medio no anda. Porque de tanto no andar, quedarse en el sillón, acabará por no moverse. ¿Y yo qué hago que no le ayudo a él, que sé que le divierto y entretengo? Pero no consigo nunca sacarle fuera de sí mismo, de sus moribundas zapatillas, de sus morideros pantalones de pana que se le llenan de pispajos de comida porque en el comedor no se sienta bien a la mesa, no se fija en cómo come mal. Se ve que tiene hambre, come como comíamos de niños, deprisa y sin hablar, no fuera a ser que nos quedáramos con hambre. ¡Pero si no teníamos hambre! ¿Qué nos ha pasado? Quizá sea yo el culpable de todo, más culpable que mis tías o mi madre o mi abuelo, por haber cedido a este instinto de ratón casero de estar en casa, hablar con el abuelo, envejecer con él, no tener que ir a ningún sitio ni hablar con nadie ni enamorarme de nadie, ni hacer nada nuevo ni hacer nada en general. Al fin y al cabo, esto es melancolía. Esa melancolía del norte. Apañarme con lo que hay, sea mucho o poco, sentarnos a hablar, sentirme jubilado y contento con eso, a partir de los quince años o los veinte, viejoven, decimos ahora. Siempre he sido eso. ¿Estoy entonces a punto de perder toda mi vida? ¿Perdió mi abuelo también toda su vida metido, como acabó, siempre en casa, para siempre de espaldas, a malas con sus hijas, a malas consigo mismo? Somos tal para cual mi abuelo y yo. Dos trasnochados desterrados y vividores diminutos que tiran como pueden con sus rentas y se toman muy en serio sus tontas maldades y fantasean sobre sus escasas gracias. Es aterrador pensar que dentro de nada se morirá el abuelo y yo seré el abuelo, el reemplazo. Y nos quedaremos aquí en Liérganes, en esta misma casa, mi tonta madre Lola y sus dos tontas hermanas, mis dos tías, y yo mismo, que acabarán las tres cuidándome a la vez y discutiendo si debo ponerme o no corbata cuando voy de visita a doña Rosa. No sé si sé salir de aquí. Nos sobrevendrá la hermana muerte sin haber acabado en ningún sitio.»
Y ahora los dos se sientan a la mesa, vienen a ser las dos en punto. Ahora les traerán el almuerzo y tendrán ilusoriamente una sensación de eternidad, la posesión perfecta, disfrutada toda a la vez, de una vida perdurable.
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