el asesor espiritual
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Ángel era en este punto un mozo bien parecido, un traductor profesional de cuatro o cinco lenguas, empleado en la ONU en Bruselas y ahora en Londres, un viejo amigo. Y Cayo Ríos, un escritor bien entrado en los ochenta, ochenta y siete el próximo mes de junio, bien situado en las letras nacionales, académico de número de la RAE, que el 7 de enero de 2026 se encontraba, tras haber releído durante todas las Navidades a Iris Murdoch, un tanto agitado y desorientado. Le encantaba la fertilidad narrativa de Iris Murdoch y temía su propia infertilidad ocasional, especialmente ahora que el segundo volumen de sus cuentos autobiográficos iba a publicarse en mayo. Sentía que los cuentos son más cómodos de escribir que las novelas, aunque solo sea por la extensión. Un cuento puede expresar una ocurrencia interesante en diez folios. Una novela mínimamente presentable requiere doscientos. Doscientos folios se parecen más a la vida real, tanto por lo que uno tarda en escribirlos –como mínimo un año–, como por lo que uno tarda en releerlos –como mínimo un par de semanas–. Las ocurrencias narrativas tras unas largas vacaciones de Navidad leyendo a Iris Murdoch, tres novelas largas y un largo estudio filosófico sobre el Bien, le habían dejado inquieto. Inquietum est cor nostrum donec requiescat in te: Inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en qué. En Dios. Quiere decirse hasta que descanse en ti, pero Dios es ahistórico e infinito, el absoluto absoluto, y no facilita los descansos. Y no renueva del todo las ocurrencias de Cayo Ríos con su siempre antigua y siempre nueva insolencia divina. Cayo Ríos pensaba que la idea de Dios –su existencia– era insolente. Podía pensarse, por supuesto, históricamente, pero el resultado de estos pensamientos acababa en otros pensamientos, como mucho en un desvaído ensayo sobre la idea de Dios. Al otro lado –como si hubiera entre Dios y Cayo Ríos un río infatigablemente acelerado– estaba su vida cotidiana, de la cual extraía, había ido extrayendo, a lo largo de los años las situaciones de sus novelas y sus personajes. Y hoy, este 7 de enero congelado de Madrid, tenía la sensación de haberlo dicho todo medio bien, medio mal, y de hallarse al borde de un río infatigable que a sus años ya era imposible atravesar nadando. Había adelgazado mucho, hasta la desnutrición desde el punto de vista médico, y se había recuperado con un mes de cama y lecturas. Releer las novelas de Iris Murdoch lo intranquilizaba porque se sentía él mismo un personaje grumoso y secundario que circulaba por sus páginas. Hacía muchos años que Cayo Ríos no era un personaje secundario: estaba en primera línea del fuego literario español. Pero eso, con ser divertido y conveniente y facilitar las publicaciones anuales, no acababa de significar nada impelente. ¿Qué más podía inventarse? Podía inventar, por supuesto, a un Cayo Ríos imaginario y hacerle ir y venir y correr riesgos ficticios. A estas alturas tenían que ser ficticios, porque cualquier riesgo real resultaba temible si se consideraba en serio. Un riesgo real, por supuesto, eran sus amistades, sus propios familiares. Una familia y unos amigos amables, pero no, a Dios gracias, intelectuales o literarios. Cayo Ríos estaba convencido del carácter aéreo de la inspiración narrativa: venía a ser como zambullirse en el agua de una playa inverniza, helada, desnudo, y no se sentía a esas alturas capaz de semejante zambullida. Podía, como mucho, contar cómo se le habían ido ocurriendo sus diferentes libros y ensayos, especialmente sus veintitantas novelas. Pero ¿tenía eso realmente interés objetivo? ¿A quién podía interesarle ese asunto honestamente profesional pero en el fondo tedioso? Nuestras ocurrencias narrativas solo valen de verdad en la medida en que quedan reflejadas en los libros. Todo lo demás es ganga. Sintió que tenía a mano un mineral valioso alejado de su conciencia por una superfetación de materiales inútiles. ¿Qué iba a hacer ahora? Tenía a mano todos los instrumentos necesarios, incluida una nueva ayudanta que mecanografiaba durante dos horas sus ocurrencias no escritas: habían empezado a trabajar juntos unos días antes de las fiestas y ahora continuaban el 7 de enero. Aquella misma mañana Cayo había recibido una llamada telefónica estrafalaria: un joven amigo suyo le telefoneaba para decirle que le había dejado su pareja; un hombre de cuarenta años que había dejado a otro hombre, Ángel, el amigo de Cayo, que rozaba ya casi la cuarentena. Un asunto frecuente, no muy emocionante, y sin embargo desalentador para el amigo que le telefoneaba.
–No sé qué decirte, chico. Más vale que te dejen o que os dejéis mutuamente si empezáis con dudas sobre vuestra relación. Una relación seria y profunda ahuyenta las dudas. ¿Era vuestra relación seria y profunda?
–Ahora no sé. Eso creía yo.
–¿Qué os ha pasado?
–Nada en absoluto. Es como si el nuevo año le hubiera traído un nuevo amante o cualquier otro absurdo parecido. Tal vez solo es aburrimiento. No podemos pasarnos el día pensando el uno en el otro. Vivimos en dos ciudades distintas y tenemos vidas distintas, empleos distintos.
–Entonces, paciencia y barajar, no te queda otra.
–Eso es un consejo cruel.
–Es un consejo sensato. Recuerda que según santa Teresa de Jesús la paciencia todo lo alcanza, solo Dios basta.
–Sigue siendo absurdamente cruel. ¿Qué tiene que ver santa Teresa de Jesús con nosotros? No somos dioses, no somos héroes, no somos ni siquiera bondadosos todo el tiempo, nadie es santo...
–¡Ahí lo tienes, esa es la explicación del desamor! Amamos y desamamos automáticamente, casi con tanta frecuencia como nos cambiamos de ropa. Nos cansamos de hacer lo mismo, nos aburrimos. El aburrimiento es el origen de todos los males de amor, y tú te aburres con facilidad, me consta.
Le sorprendió que tras decir esto su amigo se callara e inmediatamente colgara el teléfono. «¿Me he comportado cruelmente?», se preguntó Cayo Ríos. Detestaba el papel de padre espiritual, que, sin embargo, había desempeñado en varias ocasiones, todas ellas fracasadas. Pensó enfurruñado: «Todas mis amistades piensan que soy un consejero admirablemente comprensivo y profundo. Y resulta que en realidad soy un consejero a regañadientes, y detestablemente superficial. Me interesan demasiado poco las vidas ajenas, los dramas amorosos de mis amistades». Y entonces se le ocurrió a Cayo Ríos una primera frase para una narración: «No estoy interesado en las relaciones amorosas de mis amistades». Todas sin excepción le daban grima. Y la grima es justo lo contrario de la caridad. La caridad no es precisamente el material del que están hechas las amistades, ni siquiera las mejores. El material de la amistad puede muy bien ser equívoco, o trascordado, y sin embargo durar años. Se parece más a los zapatos o los trajes que se van quedando viejos que a las ocurrencias o a las ideas. Uno se calza las amistades y viste sus trajes un poco lo mismo que da conversación a sus amigos o incluso se embarca con ellos en unas pequeñas vacaciones. Cayo Ríos se embarcaba cada vez menos en pequeñas vacaciones. Cada vez salía menos de casa y cada vez le importaba menos no ver a nadie o casi a nadie: se apañaba con su cocinera Rosa y un asistente venezolano que pasaba las noches en la casa. Este asistente era consecuencia de su extraña inquietud de los últimos tiempos. Necesitaba a Isaac, este era su nombre, para tranquilizarse y dormirse. Cuando se dormía –o acababa durmiéndose después de ingerir sus tres diferentes pastillas, Aquilea, lormetazepam y quetiapina– solía dormir ocho horas. Se dormía, pues, a contrapelo de su permanente inquietud narrativa. Contar cosas en prosa, pensaba Cayo, llegaba a ser tedioso. Había que desarrollar un cierto gusto por la intrepidez de los diálogos: la ligereza deliberada, que tenía que ser, sin embargo, consustancial al relato considerado en conjunto, era, se decía, un viacrucis laico. La facilidad para hacer hablar a sus personajes, mayores y menores, era innata en Iris Murdoch, y también en las grandes novelas históricas de Gore Vidal. Leyéndolos se tenía la impresión de que escribían como hablaban con los demás, o quizá entre sí. «Converso con el hombre que siempre va conmigo», decía Antonio Machado. «Pero eso –pensaba Cayo Ríos– es más bien un monólogo disfrazado de conversa; esa conversación interior que acaba en las páginas tiene más parecido con la conversación casi autista, autorreferente de los niños: “Ahora meto en el garaje el camión de transportes, el RollsRoyce con su chófer y sus gorras desmontables”. Y ahí se quedan apaciguados hasta que yo vuelvo a desapaciguarlos y a sacarlos de paseo.» Y el paseo consistía en recorrer la habitación a la redonda y entrar de nuevo en el pasillo que daba atrás, al comedor y a la cocina y a un cuartito de dormir que se utilizaba solo en ocasiones especiales, pero que hacía las veces de ciudad extranjera. Esta era una expresión codificada desde hacía muchos años del lenguaje autoexpresivo del Cayo Ríos infantil, que el Cayo Ríos anciano recordaba o creía recordar con toda viveza. Solo añoraba su niñez y su primera juventud por eso, porque al conversar consigo mismo tenía una sensación imaginaria de conversar con alguien distinto de sí mismo, un amigo imaginario, y este amigo imaginario era a su vez un muñeco con bowler hat. Este personaje, Míster Edkins, era aficionado al alcohol y a las comidas rápidas, de tapas. De alguna manera se las arreglaba el niño Cayo para llevarle a la boca sonrosada galletas maría y vasitos de vino que eran vasitos con un líquido congelado rojo.
Cayo recuerda ahora la complejidad, los armatostes de los juegos solitarios de su niñez. Había conservado el RollsRoyce, dos o tres camionetas, y también a Míster Edkins y a una tal señorita López Marañón, a quien acabó llamando simplemente «la Seño». Esa Seño, a la vez que viajaba en autobús o en Rolls-Royce, cuidaba de Cayito Ríos. A temporadas, la Seño cuidaba también de un gato, Michi, que acompañó a Cayito durante muchos años y que de alguna manera desapareció un buen día, como una figura del acabamiento de la niñez, como una emoción irreprimiblemente triste de la que no podemos despojarnos nunca del todo. Todo había acabado al desaparecer Míster Edkins, el chófer y la Seño. Todo había, sin embargo, empezado tediosamente con la reaparición de sus padres y familiares, que durante su niñez parecían haberse disuelto en cabezas que se asomaban a saludarle al cuarto de jugar cada vez que se reunían en su casa, en el comedor o en el salón, a tomar el té, a cenar o a jugar al bridge. Desde el cuarto de jugar se les oía hablar copiosamente y se notaba el olor rubio de sus cigarrillos rubios y el olor a habano de sus puros dominicales. Estos personajes los domingos se iban a ver el fútbol local, en la segunda división todavía, con posibilidades de entrar en la primera, y Cayito se quedaba los días festivos solo con la Seño porque la cocinera y las doncellas pasaban la mitad de la tarde con sus novios. Así era la existencia. El día a día en el gran piso de Santander de donde se vio Cayito arrancado al ingresar, a disgusto, en primaria el primer y segundo año, y luego prepararse para la secundaria. El colegio resultó imposible los primeros años. Era, pensaba Cayito, el lugar verdaderamente extranjero, realmente foráneo, a diferencia del cuartito de atrás, que venía a ser una provincia fácilmente accesible en Rolls-Royce. De Cayo Ríos se decía de niño que era introvertido, y Cayito conservó vigente esta descripción de sí mismo hasta muy entrado el séptimo curso. Ser introvertido consistía en no disfrutar realmente de la comunicación con sus compañeros, aunque, por supuesto, Cayo había llegado a arbitrar un cierto lenguaje repetitivo, equivalente al lenguaje repetitivo de los otros chicos. Equivalente, por cierto, también a la lingua franca que se hablaba en su casa con sus padres y sus familiares: Cayo Ríos pensaba que no era hijo de sus padres, sino un niño robado en la cuna y trasladado a un piso enorme y a una finca enorme los veranos, y a un futuro cada vez más preñado de incomprensibilidad. A los catorce años le preguntó un compañero de pupitre: «¿Tú eres feliz o qué? Apenas se te ve hablar con nadie o jugar con nadie, ni siquiera juegas al fútbol conmigo, que te he animado cuarenta veces a jugar; cuarenta no, ¡cuarenta mil!». Cayito pensaba, sin embargo, que había logrado o estaba logrando su proyecto de convertirse en otro Cayito, otra persona igual a él pero locuaz y cambiante y despegada. Cayo Ríos no era despegado de joven, pero sus apegos eran, se decía en el colegio, como pegotes. De alguna manera adquirió el mote de una canción absurda de su época: «Pegotín se marcha siempre con su padre, Papá Pegote le llaman ya porque tampoco tiene nariz». La única verdad de esa canción era que en efecto ambos, padre e hijo, tenían una nariz recta y no aguileña, y quizá ligeramente respingona.
Pero ¿qué relación real había entre ese Cayito Pegotín y el Cayo Ríos de la edad madura y ahora de la vejez? ¿Había alcanzado Cayito al llegar a la madurez y, sobre todo, a la vejez a convertirse en el compañero que siempre quiso tener cuando era niño, y que siendo hijo único tuvo siempre dificultad de encontrar? «Ahora es el mejor tiempo –piensa Cayo Ríos–. Mi tiempo triunfante. No padezco ninguna enfermedad, salvo que se llame enfermedad a la edad misma, a mi propia edad, y eso sería absurdo; no he estado nunca enfermo, sino ausente. No he estado enfermo, sino oculto. Ahora nadie sabe bien con quién se juega los cuartos. Tengo, sin embargo, un variado, selecto grupo de amigos y amigas de diversas edades que me llaman un poco como Ángel acaba de llamarme para contarme que le ha dejado el novio. ¡Hace falta ser ganso para contar eso por teléfono de buenas a primeras!»
Todo lo anterior implicaba una cierta dureza de corazón. ¿Cómo era la bienaventuranza?, trataba de recordar Cayo Ríos. «Bienaventurados los callados porque ellos oirán a Dios.»
¿Cómo había resultado ser que en su vejez, a partir de su retiro, había ido convirtiéndose en asesor espiritual de casi todos, de casi todas las que le consultaban por teléfono o venían a visitarle? ¿Había algo especial en su obstinado silencio? Lo único especial que podía designarse a bote pronto era que llevaba así toda una vida, pero que solo al final, a partir, digamos, de los sesenta y cinco o los setenta como mucho, comenzó a recibir visitas de conocidos, amigos y amigas, familiares incluso, que de alguna manera pensaban que ese silencio era espiritual, casi místico, como si Cayo Ríos se hubiese ido retirando a un desierto monástico, a un piso-cueva del desierto, y ahí escuchase pacientemente a quienes venían a hablar con él. ¿Era verdad que se había vuelto un escucha atento? ¿Que se había vuelto también un sabio asceta? ¡Costaba trabajo asociar esos términos religiosos con un figurón, tan laico en el fondo, como Cayo Ríos! Daba la impresión de estar atento, alerta, pero a la vez rodeado de un como aire frío, inclusive en verano. Eso del frío, que quizá solo respondiera a una innata indiferencia, era un comentario común.
«¿Te has fijado en que Cayo nos escucha a todos?», comentaba una pareja que solía visitarle. Cayo escuchaba a todo el mundo; a ellos dos, entre otros. «Y no parece tener nada que decirnos nunca, nada que reprocharnos, ningún comentario a ninguna transgresión más o menos grave que hayamos cometido como pareja, o cada cual por su lado. Hay un aura de irrealidad en torno suyo como si su habitación, dentro de lo que cabe confortable, su salón, fueran una cueva o un desierto siempre congelado, eternamente invernizo. No puede tratarse solo de un buen aire acondicionado, cosa, por cierto, que si te fijas Cayo Ríos no posee. Su habitación no cambia de temperatura de la misma manera que la expresión de su cara no cambia nunca, oiga lo que oiga. A veces parece que se queda dormido con los ojos abiertos, pero no puede ser eso cierto, porque en sus breves respuestas da señales de habernos entendido perfectamente. Nos sentimos entendidos como nunca hasta ahora.»
Es a principios de enero. Han pasado ya las vacaciones de Navidad. Cayo Ríos ha tenido algunas asesorías telefónico-teológicas –curiosamente–, pero no ha visto a nadie en todos estos días. Esta mañana del 9 de enero se ha despertado en su cama, que da a un amplio patio de atrás, y ha visto un cielo muy gris y ha sentido el gran frío mental que se sufre en enero cuando se mira el termómetro y cuando se sale a la calle. Ha recordado un texto de Jorge Guillén: «Enero se alumbra con nieve silvestre / si verde, si blanca». No ha consultado, acto seguido, su edición de las Poesías completas de Jorge Guillén. En estos casos prefiere fiarse de su memoria, que es muy buena, pero cuanto mejor es, más incompleta le parece. «¡Ojalá tuviera una mala memoria! Descansaría mejor: mejores siestas, más largo sueño nocturno.» Y repite para sus adentros: «Enero se alumbra con nieve silvestre». Se viste lentamente y va a hacerse el desayuno a la cocina, un tazón de té con azúcar sin leche y un buen trozo de roscón de Reyes relleno de nata que ha llegado por correo de parte de una de sus primas de su edad. Se instala en la cocina en un taburete con el té y el roscón sobre la encimera. Es tarde hoy, las nueve de la mañana. Cayo se acuesta temprano y se duerme leyendo novelas inglesas. Ahora está releyendo El libro y la hermandad. Le sobresaltan de pronto unos golpes en la puerta de entrada. ¿A qué endiablada visita se le ocurre venir a esas horas? Mientras se traslada de la cocina al cuarto de estar piensa que será el cartero.
–¿Quién es? –pregunta antes de abrir.
–It’s me.
–Who are you?
–Soy Ángel. Acabo de llegar a España.
–¡Ángel! ¡Siempre tan ocurrente! ¿Vienes de vacaciones? Estamos a cero grados.
–Ábreme y te cuento.
Cayo abre la puerta y se encuentra con la elegante figura de Ángel Fernández, que arrastra lo que parece ser una pesada mochila y... en fin, lo que parece ser un transportín, de donde procede un miau. Le invita a entrar, a sentarse ante una taza de té que tendrá que hacerse el propio Ángel.
–He vuelto a la madre patria. He tenido que esperar cuarenta días en el aeropuerto de Madrid por la cuarentena de Chunchi-chon.
–¿Has desayunado algo?
–He desayunado dos veces, de madrugada y hace un rato. Café con leche y churros, por si quieres saberlo.
–¿Entonces no quieres un té?
–De momento no.
Ángel ha abierto el transportín y aparece por primera vez ante sus ojos Chunchi-chon, un gatazo enorme, piensa Cayo, pelirrojo.
–¿Has tenido tú también que pasar la cuarentena? Algo de gato sí que tienes.
–No, yo me he instalado en el hotel del aeropuerto. Llevo ahí mes y pico. Y he visitado a Chunchi todos los días. Es como una persona mayor, amable, y por suerte se lleva bien con sus hermanos bestias: gatos, perros, pájaros, un tucán formidable... En fin, el arca de Noé.
–Lo de Moisés, aquel arca de Noé, fue en realidad un primitivo aeropuerto, y el diluvio universal una cuarentena, ¿no te parece?
–Pues no. Creo que no tienes una idea muy precisa del relato bíblico.
–Seguro que no.
Se instalan los dos, los tres, mejor dicho, en el cuarto de estar-estudio de Cayo Ríos.
–¿Te molesta que fume? –dice con el Camel ya encendido.
–No, ya sabes que no. Vuelvo a preguntarte qué demonios haces aquí. La última vez que hablamos por teléfono estabas agitado con la separación de... ¿Cómo se llamaba tu pareja?
–Tim Brown. Aunque mi pareja ahora es Chunchi-chon. Pero en fin...
–¿Cómo que «en fin»? Siempre has viajado mucho, chico, pero parece que ahora viajas con el gato puesto. Harto complicado me parece.
–Y que lo digas. ¿No tendrías un chupito de algo fuerte?
–No sé si será fuerte. Tengo Anís del Mono.
–Oh, maravilloso Anís del Mono. Me haré una palomita, como decís en Madrid.
–¿Anís a estas horas?
–Sí, ¿por qué no? Me aficioné al copazo matinal con Tim. Solía ser anís. Solíamos brindar cada mañana por la inmortal salud de Henry James. Los dos éramos bastante más pedantes que la media.
–Yo soy quien tiene la patente de pedante aquí en Madrid, no tú. Tú la tienes de guapo. Veo que lo sigues siendo.
–Gracias. Es genético. No tengo yo la culpa.
–Y encima sigues siendo presumido. Bueno, cuéntame qué haces aquí.
–El amor se acaba, se esfuma, o se vuelve saltón, que es quizá lo peor: hoy sí, mañana no, te veo el próximo viernes 28. Yo he amado a mucho pelma guapo.
Contemplando a su antiguo amigo Ángel Fernández sentado frente a él con tan buen color tostado y el pelo entrecano, pensó Cayo como había pensado en otras ocasiones que la buena presencia es más bien una dificultad y un problema antes que una buena suerte. Era un pensamiento moralizante por parte de Cayo, que detestaba el moralismo moralizante, cosa que sin embargo asomaba con frecuencia en su conversación, en su estrafalario gabinete de orientación espiritual. Porque Cayo Ríos se daba cuenta de que haberse ido convirtiendo con los años en una especie de confesor laico era ridículo. Su voluntario agnosticismo, que era instintivo más que algo pensado o decidido, había sido sin embargo un terreno abonado para sentarse a escuchar confesiones ajenas. Cayo Ríos vivía de unas rentas que venían de una herencia materna que a su vez venía de otra herencia materna. En realidad su dinero, cada vez menos contante y sonante, pero todavía razonablemente suficiente, procedía de una tradición familiar y del hecho de ser hijo único. Al final había acabado quedándose con todo, Cayo Ríos. Y ese «todo» para un estudioso intelectual introvertido dio para mucho tiempo. Se convirtió hace ya años en un sedentario que tenía la habilidad y la curiosidad de escuchar las historias lacrimosas o absurdas de sus amistades. Cayo Ríos sentía preferencia por cierta música del siglo xviii llamada popularmente «música para llorar». Pero la música, y quizá toda clase de música, incluida la popular, los tangos, los pasodobles, acababa en la consciencia de Cayo volviéndose melancólica. El único remedio contra la melancolía que funcionaba eran los sólidos textos de filosofía y psicología contemporánea que leía con asiduidad. Se abismó de pronto en un viejo tópico autobiográfico: «No he llegado a nada, he degustado la música casi tanto como las novelas o la historia novelada o la poesía. Y sin embargo no he pasado de ser un esteta, un degustador de placeres intelectuales. En la última época de mi vida habían sido solo intelectuales. Los deleites carnales, por placenteros que sean, acaban a mi edad cansándome mucho. Prefiero comer bien una vez al día». Y se recreó velozmente pensando que hoy almorzaría un ragú de ternera con patatas, zanahorias y guisantes, un guiso muy francés, también muy hispano, que le encantaba.
Considerar mientras estás reunido con alguien todo lo anterior es, quieras que no, dejarse sumergir en el silencio del solitario, y Cayo Ríos era en el fondo, y también en la superficie, un solitario nato a esas alturas. Era evidente que Ángel le había estado contando el porqué de su regreso. Y era evidente que en su gratuito ensimismamiento Cayo había ido olvidándose de su interlocutor, o mal oyéndolo.
–¡Perdona, me he distraído un momento!
–Te has distraído bastante a fondo, corazón. Por un momento te he visto en las vidas ajenas. Pero me ha encantado verte así, que conste. Siempre te han puesto por las nubes y has estado allí la mayor parte del tiempo. Eres un genio de la atención y la desatención a la vez. Te estaba contando, te haré un breve resumen, que el amor que sentía por ese Tim, que me regaló por cierto a Chunchi-chon, era un amor verdadero, matrimonial si quieres. El día a día era muy importante y yo guardaba el amor como guardan las fiestas los católicos hasta que me di cuenta de que no era correspondido. Tim era un amante distraído. Al final lo nuestro era como un mecanismo, un reloj desincronizado que daba las horas a su aire, y ningún relojero, que yo sepa, atina con el tornillito de la ruedecita del dichoso reloj incontinente...
–¿No estás usando, Ángel, la palabra incontinente como un urólogo en una consulta urológica? El desamor como una incontinencia de la orina, parece que estás contando.
Ángel se echó a reír y exclamó:
–¡Eso tiene gracia! Siempre has tenido, Cayo, mucha gracia.