Korimba

Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

el baño de la gallina

spanish

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Marieta me ha echado el guante telefónico recién llegado a casa de la RAE. Esto de echar el guante, en su caso, es siempre divertido. Marieta, por ejemplo, es incesante. Oyéndola contar cosas por teléfono y cara a cara, nunca pienso en la cesantía del mundo, solo en la incesantía de sus cuentos y discusiones políticas, que se enganchan unos en otras como la hiedra de su casona de Santander frente a la playa. Sus relatos conservan un aire playero, despreocupado, y, con frecuencia, contienen recuerdos infantiles. Ayer me contó que, en un barreño de metal de lavar la ropa, bañaba ella a las gallinas con ayuda de su primo Pablo. Me pareció fascinante, tanto que no pude preguntarle si eran blancas o pintas las gallinas. Ahora voy a suponer que eran mitad y mitad, blancas las más sucias y pintas las más guapas, había gallinas pintas grises y pintas rojas, y ambos grupos ponían huevos morenos, más naturales y más nutritivos que los blancos. Y ahora recuerdo, no sé si en España pero sí en Santander, que en mi infancia había muy pocas gallinas blancas; todas las que había en España las teníamos nosotros, quiero decir, mis padres, instaladas en un gallinero enorme: la gallina leghorn. Esta leghorn blanca era una gallina ponedora, una gallina industrial, que se decía, y que considerada una por una no tenía excesiva gracia. Los gallos blancos, a diferencia de las gallinas, eran feroces: su gracia consistía en su misma ferocidad, te atacaban con solo que te acercaras a la valla de alambre, y te atacaban sobre todo si, como yo, tenías el encargo de prepararles el alimento. El alimento de nuestras dos mil gallinas venía en polvo y en sacos, cientos de sacos, donde se explicaba la naturaleza del producto. Contenía vitaminas, las mismas vitaminas por cierto que tomaba yo en el desayuno: maloliente harina de pescado, huesos molidos, huesos humanos, pensaba yo siniestramente, imaginándome que en los cementerios había un departamento que recogía los huesos y un enterrador que los trituraba por su cuenta y los vendía luego en saquitos. La harina de pescado era quizá lo más repulsivo de todo. Todo ello se almacenaba en el segundo piso del gallinero: ahí un empleado joven con gorra de visera cuyo nombre no recuerdo ahora mismo y yo hacíamos una montaña del pienso. Una montaña considerable, como de un metro de altura, que luego se abría con una pala grande por arriba en forma de volcán, y el agujero del volcán, que ocupaba la mitad del montón, se rellenaba con cubos de agua. Entonces se empezaba a confeccionar el amasijo y lo que resultaba cuando terminábamos, al cabo de una hora o quizá más tiempo, era una nueva montaña de amasijo grumoso y húmedo que encantaba a las gallinas leghorn, y que era por lo visto el último grito en alimentación de la gallina industrial. Aparte de esta ponedora y laboriosa gallina industrial, estaban las otras, las gloriosas gallinas de granja, que iban poniendo huevos morenos un día sí y otro no, según. Estas gallinas pintas eran guapas, tanto como el gallo que presidía la ceremonia en el corral, y mi abuela tenía unas diez, pintas todas, pero distintas entre sí. Uno podía sentarse frente al gallinero y observar sus diferentes conductas. No eran gallinas gregarias, eran gallinas excéntricas: cada cual ponía su huevo en diferentes sitios y tenía una manera diferente de acercarse a comer el maíz en grano y la cebada, que se esparcía en cada corralito, más el cubo de amasijo, que iba en comederos. La gallina industrial era calamitosa, la gallina pinta era espléndidamente acogedora y casera.
No sé por qué yo me imaginaba en aquel entonces que cada escritor famoso vivía en una casita de un solo piso, dos como mucho, en medio del campo y tenía un corral con dos o tres gallinas pintas. Y ahí había un taburete o incluso un sillón de mimbre donde se sentaba a fumar una pipa y a mirar a las gallinas. Yo estaba persuadido entonces de la inmensa comicidad de las gallinas y pensaba que cualquier escritor de comedias, como Wodehouse, escribía en un ambiente parecido: por eso le salían relatos cómicos. Bertie Wooster, su personaje estrella, era un esnob londinense, muy cómico a título propio, pero decididamente antigallinas. Consideradas como grupo humano, las gallinas tienen un aire tonto –cacarear y parlotear se parecen bastante–, pero nunca son inconsecuentes. La gallina papanatas o turuleta o turuleca no existe, pese a la célebre canción que cuenta sus aventuras. Todas las gallinas están a un paso de la comicidad pura y eso las libra de la tontería. Para comprobarlo, no hay más que mirar cómo una gallina cruza su corral de punta a punta picoteando piedrecitas y gusanos: está a lo que está. Como los escritores, que también estamos a lo que estamos, y picoteamos piedrecitas de ocurrencias a ver qué va saliendo. Lo que sale de una gallina al final del día es un hermoso y nutritivo huevo. Lo que sale de un escritor es un siempre discutible escrito: en el peor de los casos, una novela de trescientas páginas. En aquel tiempo las gallinas se diferenciaban de los escritores en que eran inmensamente rentables, y que al final, cuando ya no ponían, las degollábamos sin piedad, les quitábamos las plumas y las echábamos al cocido troceadas. Esto era, para quienes como yo se acordaban de la gallina en cuestión, insoportablemente cruel y sabrosísimo a la vez. Una gallina degollada es, al pronto, triste de ver, porque en resumidas cuentas es una criatura viviente que ha perdido toda la gracia psicosomática que tenía, y ahora solo quedan el pellejo y los muslos y las pechugas. Caer en una buena sopa de arroz o de fideos o dar un buen caldo es su destino final. Comparativamente hablando, un destino muy superior y muchísimo mejor que el mío propio, que una vez degollado y escurrido daré un caldo repugnante.
No debo, sin embargo, exagerar. La verdadera modestia no prohíbe que yo presuma aquí velozmente de que tengo buena mano para la cocina casera. O la tenía. Ahora me cansa mucho estar de pie, y hay que cocinar de pie. Y cocinar para uno solo es tedioso. Cociné mucho en Melilla para mi madre y algún invitado. Y cociné mucho en Londres, donde nadie sabía freír un huevo. A mí me salían bien las patatas fritas, las chuletas de cerdo, que se comen mucho en Inglaterra, más que en España, y las sopas. Yo soy o he sido como una gallina pinta roja, muy casero. Sin alcanzar nunca la deseable perfección que, sin embargo, me gusta encontrar en las casas de comidas o en los platos de las casas donde me convidan a comer. Y guisar lleva toda una mañana. Por eso guisar sin comensales es complicado. Por eso las buenas cocineras caseras pueden considerarse un don de Dios, digamos un dios laico y tragón. La relación personal con las gallinas, sin embargo, la aprendí de la abuela Carolina, que las llamaba «pitas pitas», y se ocupaba personalmente de alimentarlas, de meterles el dedo por el culo a ver si ovulaban o no. Cuando yo la conocí y la traté, la abuela Carolina era la presidenta de la Acción Católica de Santander. Durante esa época abandonó bastante a las gallinas para encargarse de las francesas descocadas que tomaban el sol en la playa de la Concha con la espalda al aire, es decir, que se bajaban los tirantes. A mí no me parecían descocadas, la verdad, pero la abuela daba todo un gigantesco espectáculo bajando desde la terraza de la pastelería Frypsia para exigir que se pusieran un chal. Eran manías, claro, ecos de maniáticos sermones de los redentoristas y del catolicismo español de posguerra, que no sabía en qué dar. Se había acabado el tiempo de los héroes y de los mártires, y ahora entrábamos en el tiempo cotidiano y relativamente animoso y alegre de la juventud y los trajes de baño descocados. Don Rodolfo Díaz (el boxeador santanderino más famoso) y yo nos paseábamos por la playa contigua, la primera playa, ufanamente desprovistos de los tirantes, que atábamos a la cintura, y yo por lo menos me sentía un Tarzán de los monos.
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