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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

el buen combate

spanish

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He combatido el buen combate. He guardado la fe. Ahora espero la corona de justicia que me está reservada. Sí, así fue. No hay en eso –ni hubo en ti– poco más o menos. Odiabas lo poco más o menos, como el poeta. Yo no creo que estés ahora en ningún sitio, ni empírico ni metaempírico. Solo en la memoria. Nuestra memoria, que es y no es un sitio espacioso, de campo. En fin, aquí estamos. Esta es la espaciosa casa de campo, con el espacioso jardín, el invernadero de abajo, la huerta. Los álamos blancos se han triplicado hasta hacer peligrar la fachada este de la casa: las raíces urdieron jorobas en el césped varicoso antes de atacar los cimientos y hubo que podar las ramas más altas para evitar que se desplomaran con el cierzo, destejaran el conmovido tejado. Los mayores, dos de los mayores, fallecieron también hace años. El otro, imposibilitado, ha fallado este año. Aun así, hemos vuelto aquí casi todos.
¿Qué se interpuso entre nosotros? Ahora la suave luz del mediodía de otoño de este denso parque en que se ha convertido tu casa es, tras la agreste lluvia de anoche, un lugar goteante, húmedo, que reluce apagadamente. Como los datos no del todo coherentes, los prófugos datos de la memoria. ¿Se puede ir hacia atrás? Hay casos sencillos en que, con naturalidad, la conciencia se desliza, absorta, hacia atrás: en el amor, por ejemplo. La persona amada estuvo junto a nosotros, nos habló, contestamos, hicimos preguntas y no nos fijamos. Pasa el tiempo y volvemos a encontrarnos –ahora nos amamos– y la sorpresa de ese relato inicial que vivimos pero que no registramos es una herida ambigua que quisiéramos desesperadamente cerrar, pensando que el futuro todo lo cura. Porque, como dice el buen Hegel, las heridas del espíritu se cierran sin dejar cicatrices. Pero se equivoca el buen Hegel, la conciencia no lo refunda todo en el futuro. El pasado en jirones no cicatriza nunca. En los casos sencillos, como en un nuevo amor, el futuro lo es todo.
Confiamos en el futuro como confiamos en la luz del día después de una noche febril e insomne. Pero los casos complicados son cuenta aparte. En los tiempos optimistas del análisis conceptual anglosajón, me impresionó la idea de Peter Strawson: hay que disolver los problemas que no pueden resolverse. O resueltos, o disueltos. Yo no le creí entonces, sigo sin creerlo. Y ahora el otoño a mediados de octubre se inclina como yo, hacia sí mismo, meditativo, como el quinteto para clarinete de Brahms, dubitativo, pero sin su brillantez. Nos parecíamos, tú y yo. Y ahora nos parecemos más todavía. Hay una fotografía en blanco y negro en casa: ahí estamos los dos el día de mi primera comunión fotografiados. Tú llevas un collar de perlas, un traje de chaqueta blanco y un peinado de los años cuarenta que te envejece. Eras una mujer muy joven entonces. Yo tengo siete años. ¿Es mi forzada sonrisa ya un poco falsa? La fotógrafa dijo que pasara mi mano por encima de tu hombro, eso me cohibió mucho. Te recuerdo arreglándote la cara todas las noches. Era agradable darte un beso. Entre aquella sensación de agrado y el resto de nuestra vida hay ahora un abismo que es toda mi memoria horadante, interpretante, locuaz. Mi locuacidad tal vez se interpone, ahora, también entre nosotros, como solía interponerse entonces. Yo mentía: las mentiras fueron mi primera relación contigo, mi relación más profunda. Te temía, te temíamos Fraulein y yo, te mentíamos. ¿A quién quieres más, a tu mamá o a Fraulein?, me preguntaban las doncellas de casa de tía Rosa, o las señoras en Frypsia, tus amigas, tus falsas amigas. Afortunadamente, nuestra existencia se partió en dos brutalmente. Eso fue tu salvación y la mía. Venía de vacaciones a casa y cuando regresaba a Londres respiraba eufórico, libre de ti. ¿Era esto una traición? Siempre me sorprendió esa frase de san Pablo, la arrogancia de ese «Y ahora espero» exigitivo. Cuento con que se me debe ahora la corona de justicia. Y la secuela, la oración de relativo, «que me está reservada». Se nos hablaba así, por supuesto, en aquel tiempo. El cielo, la vida eterna, era el lugar –se utilizaba esa expresión topográfica: un lugar–; no se quería decir, por supuesto, tanto como un paraíso mahometano, no se quería fisicalizar el reino de Dios, pero en la práctica se nos hablaba y todos hablábamos como si hubiese, efectivamente, un espacio, un sitio donde se iba, o adonde no se iba si no se merecía ir. Hoy no vas a casa de tus primos, hoy no vas al circo. Esos eran castigos. Vamos a salir a pescar maganos, la misma idea, la frase hecha del bien merecido descanso. Vivíamos una vida laboriosa con los tiempos de trabajo y de descanso precisamente marcados. Los veranos aquellos de Virgen a Virgen, el agosto, los agosteros, la cosecha: después de almorzar cuando éramos pequeños echábamos la siesta y leíamos los tebeos del Pato Donald que nos traías de Palencia una vez por semana, una vez cada quince días. Pero después, de mayor, mi padre echaba la siesta y tú y yo nos sentábamos en la terraza, en las mecedoras. La terraza estaba cubierta por una frondosa trepadora de florecitas blancas que llamábamos manto de desposada.
A veces tomábamos una cocacola con hielo a esa hora. Aún se conservan los manteles bordados aquellas tardes en el bastidor. Recuerdo el bastidor de madera encerada. Recuerdo tu nuca inclinada al inclinar la cabeza sobre el bastidor. Era el bien merecido descanso que duraba hasta las cuatro o cuatro y media de la tarde como mucho. O el té de los domingos y festivos en invierno junto a la chimenea. Recuerdo que no me sentía cómodo contigo al principio. Debo detenerme en este no sentirme cómodo contigo de la misma manera que debo detenerme en la insensata euforia con que me iba a Londres después de unas cortas vacaciones en Navidades. ¿Era mejor no ser amado? Yo era el hijo pródigo. La historia del hijo pródigo es la historia del hombre que no quiso ser amado, decía Rilke. Leí eso muy joven y lo repetía cada vez que me sentía liberado de tu gravidez, tu presencia. Tengo la sensación de que esto es una carta que he tardado cincuenta años en escribir. Y tengo la sensación de que es una carta imposible de escribir y de que por eso no la escribí nunca, y tengo la sensación de que soy injusto.
La corona de justicia. Vivías en un mundo de premios y castigos, buenas acciones, malas acciones, rectas intenciones, acciones que se disolvían en sus significados proliferantes y que no podían ser calificadas en conjunto. La recta intención parecía retorcerse al convertirse en acto. Cobraba un aspecto rizomático, bulboso, multiplicante. Se disolvía. En mi juventud todo fue disolución de los significados, nada podía hacerse de una vez o decirse de una vez. Mis propias palabras lo disolvían todo, lo multiplicaban todo: era yo quien causaba aquella diáspora paralizante. En fin, estábamos en el análisis de la última parte de ese texto de san Pablo: «... de la corona de justicia que me está reservada». Un lugar reservado, una corona de justicia reservada. Una ilusión sin desilusión posible, eso pensaba yo cada vez: que no podía disolverse la ilusión en la desilusión porque cuando existe la muerte yo no existo y no puedo ya verificar que no se cumplieron las promesas. Pero la idea de reserva tenía otras connotaciones también: algunas difíciles, políticamente incorrectas, que se dice hoy en día: lo reservado, las grandes reservas de vino, de caza, es lo que se guarda para unos pocos, los justos, lo mejor se reserva para los mejores, implica una división de todas las gentes en justos e injustos. Por otra parte, ¿no es esta clasificación algo que espontáneamente se nos ocurre a todos? Y ¿no es natural distinguir entre quienes se esfuerzan por lograr lo mejor y quienes no? Siempre te indignó el Eclesiastés cuando declara: nadie sabe si es digno de amor o de odio. ¿Cómo que no? Te llevaban los demonios cada vez que oías esa frase. «This is the use of memory: for liberation / [...] from the future as well as the past.» La memoria no está en este jardín húmedo, oscurecido por su arboleda incluso a mediodía, este otoño. Ni en los objetos de esta casa que, sin embargo, son todos los objetos de mi vida: los veo y los reintegro de inmediato a mi conciencia de mí mismo. Y la memoria no está tampoco en los recuerdos de Agustina o de Eutiquiano o de Sole o en los míos propios, recuerdos que son sin embargo muy abundantes: estoy reunido con todas estas personas que tienen ya mi edad y que conozco desde mi infancia, desde mi juventud, cuyos nietos tienen ahora entre diecisiete y treinta y tantos años: solo los mayores hacemos memoria: este hacer memoria tiene este mediodía de otoño en casa el carácter de una exhibición, al menos por mi parte. Como si hubiese abierto adrede una carpeta de mi ordenador y alinease todos los recuerdos que soy capaz de entresacar en un instante: Teodoro y Dorita, el hermano de Dorita al que apodaban «el Piesucos» porque tenía deforme el empeine de los dos pies, el señor Marciano, la recogida de la remolacha en enero, los carros del bálago: nos trasladamos zigzagueantes del invierno al verano, de un año a otro, como en una demostración de agilidad virtual, desmedida. Esta tarde de otoño, al exhibir mis recuerdos en casa, al fluidificarlos e irlos alineando uno tras otro en una conversación familiar, tengo la impresión de haberlos virtualizado, limpiado, liberado del peso horadante de la viscosidad con que se presentan en mi memoria irresoluta. Yo no te recuerdo a ti así: no te recuerdo con claridad siempre sino entre dos luces. Apareces engarmada en el fondo de mis sentimientos, troceada e inconclusa. Por eso no entiendo el texto de Eliot que acabo de recordar. No puedo utilizar la memoria como una liberación del pasado porque el pasado que pesa sobre mí no está liberado ni lo estará nunca, está en trance de formación, otra vez, como si yo tuviera veinte años ahora y te malentendiera como entonces te malentendía, como tú me malentendías. Para que la memoria fuese liberación del pasado, tendría que ser una memoria licuadora, limpiadora, dogmática: tendría que decidir ahora la significación de los recuerdos alojados en mi memoria. Pero no puedo dirigir esta liberación o rearreglo hacia atrás, de la misma manera que no puedo predeterminar, por más que lo desee, el futuro hacia delante: lo tengo informe ante mí, tan informe como el pasado, tan cargados ambos de expectativas, tan sin recorrer aún como si no hubiera vivido lo anterior, de la misma manera que no he vivido aún lo venidero. Por eso esta tarde me enredo en la melancolía, y para librarme de la melancolía me apoyo en las fotos donde estamos tú y yo afianzados para siempre, confiados para siempre en un único gesto, definidos para siempre por la instantánea fotográfica.
La disonancia con respecto a tu muerte es que yo no creo en tu resurrección. Por consiguiente, no creo que hayas recibido por fin la corona de la justicia que nunca tuviste preparada. Pero ¿y la otra disonancia? ¿Qué hay de ese otro elemento en nuestra relación –aún no expresado– que hace que yo albergue bajo la rúbrica general de disonancias mis recuerdos tuyos? Te veo con toda claridad. Tus faldas de vuelo –¡me parecías tan elegante!–, aún hoy en día proyecto sobre todas las mujeres, sobre todas las casas que visito, tu imagen, comparándolas: aún sales ganando, siempre sales ganando. Sin embargo, nunca fuiste la más bella ni quizá la más elegante. Sonsoles Yanzol era más elegante que tú. Aline Romanones era más elegante que tú. Pero tú existías y aún apareces en mi memoria como una disonancia irreductible: mi madre. Nunca he comprendido la maternidad porque no hubo entre nosotros una relación maternofilial. ¿Y qué otra relación podía haber? Ahora yo mismo he quedado engarmado en esta disonante epifanía.
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