el chinchorro
spanish
Uno de los mayores encantos del Santander de las dos plazuelas, primera y segunda, con la Comandancia de Marina entre ambas, era que en esa época acababan de casarse tío Pedro y tía Luz. Pedro Escalante Huidobro y Luz García de los Ríos, la hermana de mi madre. El encanto consistía en que se habían instalado en un piso en Castelar, frente a la segunda plazuela, y que me invitaban a navegar con ellos en una motora, la Corza, que arrastraba un botecillo auxiliar, un chinchorro. Por aquel entonces acababa yo de ver una película titulada Capitanes intrépidos, con Spencer Tracy de protagonista, un pescador que rescata a un niño caído de un transatlántico. Tío Pedro Escalante me parecía a mí una reencarnación de Spencer Tracy en aquel momento. Fue el año de aprender a nadar, con tía Anita y de ir nadando, todavía a lo perro, desde la Corza a la Magdalena. Tenía permiso también para usar el chinchorro por las tardes cuando ellos no salían a pescar. Pintado de verde y de blanco, estaba atracado en el Club Marítimo junto a barcos de vela mucho más rumbosos o varado en Pompeyo, por el camino de la fábrica del gas. No puedo recordar claramente mi propia edad ni, por supuesto, tampoco mi aspecto de entonces. Tendría entre diez y quince años. Poder disponer del chinchorro hacía que me sintiera muy mayor, un chico responsable. Un marinero con un bote grande nos trasladaba a los propietarios o, como yo, usuarios de los botes fondeados en la Magdalena desde la playa hasta el barco. Al hombro un par de remos, nuevos, por cierto, soltar amarras y dejar que aquella maravillosamente leve embarcación se uniese al juego de mareas del momento. A veces marea alta, a veces marea baja. La idea era que yo remara entre la playa de la Magdalena y la Isla de Caza y Pesca. Podía llegar hasta El Puntal y dar una vuelta por la bahía hasta el astillero. La idea era que yo fuera un chaval prudente, y yo lo era en aquellos tiempos. Y Santander ciudad era lo más brillante y lo más hermoso que yo conocía y no quería saber nada de ningún otro sitio. Supongo que da la medida esto de lo inexperto y jovencísimo que yo era. La bahía de Santander, que de ordinario aparece como un alargado espejo de los cielos, es un lugar de aguas tranquilas. No obstante, a veces, los días de sur, puede enfurruñarse muchísimo y volverse peligrosa. Cómo iba a estar el mar, en la bahía, día por día, era algo de lo que uno tenía que enterarse temprano por la mañana al llegar a la playa. Un veraneo marítimo clásico con el súper lujo añadido de disponer de un chinchorro. Yo no pedía nada más, y quién puede pedir más. Me sentía yo también un capitán intrépido. Estos chinchorros que van amarrados a las motoras como botes auxiliares tienen o tenían una estructura muy liviana con dos remos, dos toletes –uno para cada remo–, un asiento en el centro –desde el cual se rema– y un asiento a popa. Vistos desde tierra, se les ve un poco levantados de proa.
La primera impresión, una vez embarcado y suelto el amarre y colocados los dos remos en sus toletes, era de hallarse en posesión de un gran poderío. El chinchorro se deslizaba por la bahía con la facilidad de un pez y las mañanas, temprano en la playa, irradiaban una felicidad anónima, ingenua, salvaje. Se entrecruzaban emociones contradictorias una vez remabas: una sensación de peligrosidad que, por tranquila que sea la bahía, nunca deja de haber en el mar Cantábrico, con una sensación de serenidad y paz. Había una gran diferencia entre remar con marea alta o con marea baja. En aquel tiempo aún no se había dragado bien la bahía y había muchos islotes de arena frente a la ciudad que aparecían a baja mar, así que uno de pronto podía atracar en uno de esos islotes, frente por frente del paseo de Pereda, en medio de la bahía, y ver la propia casa familiar como en una película. Recuerdo que yo era muy peliculero entonces. Íbamos al cine Alameda, en la segunda alameda, una vez por semana los jueves por la tarde y veíamos las películas en tecnicolor comiendo cacahuetes. Una vez iniciado este veraneo del chinchorro, descubrí que yo no era tan solitario como creía o como he llegado a ser con los años. Con frecuencia tenía uno o dos pasajeros. El más ilustre de todos, sin duda, fue mi propia madre, a quien llevé de la Magdalena, siguiendo toda la línea del Sardinero, hasta la segunda playa y de vuelta. Debo añadir que mi madre se sintió a lo largo de todo el viaje divertida pero, obviamente, insegura. Y no repetimos la experiencia, entre otros motivos, porque las temporadas en Santander para mis padres se contabilizaban gota a gota. Había, allá en Palencia, en la Dehesilla, otro duro verano de siegas y trillas con sus deberes propios y, sin duda, también con sus encantos propios.
El chinchorro era un interior jovial, una súper abundantia cordis juvenil, delicado, sobre la lisa bahía, gris nublada a veces, o lluviosa, a veces abrillantada por el sol. Ese era el picante sol norteño de estío, el de los achicharramientos de las desavisadas pieles con los bañadores de tirantes. Había en el aire un fuerte olor a Nivea, atroces huellas de las tentaciones solares de rubialas y rubiales que años después habrían de precursar el retueste brillantón de las cabinas de rayos uva. En el bote íbamos de Meyba y camisas al aire. Eran veraneos de cucuruchos y patatas fritas, gofres parisien macaroni, la gran novedad, y olor a sardinas fritas en las cocinas de leña y de gas de todas las casas. Y de churros. En la churrería de la plazuela de Pombo se freían en roscas brillantes de aceite que se cortaban por raciones a tijera.
Disponer de un chinchorro nos volvía a nosotros mismos mágicamente diferentes. Tan de churros y patatas fritas como los que más. Más que nadie, debo añadir. Uno saltaba a tierra. Asaltábamos las playucas, los hirientes roquedos horadados por las mareas, a pelo, con las alpargatas al cinto. E íbamos, como avezados piratas que éramos, del mar a tierra, nunca al revés. Presumíamos de eso y llamábamos terrestres petulantemente a quienes no navegaban ni asaltaban en bote de remos el entonces deshabitado palacio de la Magdalena. Por aquel entonces me regaló tía Luz, la hermana pequeña de mi madre, un libro que para mí fue fundacional titulado El cazador de tesoros, una biografía de Robert Louis Stevenson, el intrépido y genial enfermo de tuberculosis que escribió La isla del tesoro, entre otros muchos libros. ¿Cómo no recordarle? ¿Cómo no recordar sus versos ahora? ¿Cómo no rememorar en mi presente vejez la energía juvenil de Stevenson entonces?
Bajo el inmenso y estrellado cielo,
cavad mi fosa y dejadme yacer.
Alegre he vivido y alegre muero,
pero al caer quiero haceros un ruego.
Que pongáis sobre mi tumba este verso:
«Aquí yace donde quiso yacer;
de vuelta del mar está el marinero,
de vuelta del monte está el cazador».
Hace ahora quizá veinte años, tal vez más, llegó a mis manos, no recuerdo cómo, una bandera negra con la calavera y las dos tibias cruzadas, que se me ocurrió, o más bien se me antojó, izar en un mástil de mi terraza madrileña. Ondeaba fantástica ahí esa bandera pirata, en el mástil de mi terraza madrileña. Contemplada desde abajo, desde la calle, aún más temible ondeando en el corazón de nuestro prosaico barrio de Argüelles. Esta bandera pirata izada durante unos días fascinó al hijo de Lola Larumbe, Iñaki, un chaval entonces de entre siete y nueve años, quien rogó insistentemente a su madre que izaran una bandera igual en la ventana del patio de su piso de Argüelles. Prevaleció el menos piratesco sentido común materno, y no hubo mucho más que hablar. Habrá mucho más que hablar delante de la librería Alberti, donde hemos hojeado libros, conversado, dado charlas o pegado por un momento la hebra con la chispeante e ilustradísima Lola, la madre del expirata. Iñaki es, por cierto ahora, un alto librero barbudo hípster, más o menos de la edad de mi otro amigo Iñaki, los dos con k de kilo.
Nuestros recuerdos de la vida pasada se prenden y desprenden, se activan y desactivan con ocasión de la aparición de un objeto olvidado o preterido: en este caso el chinchorro de tío Pedro, con el que remaba por la bahía hace montones de años. Fue una novedad para mí porque, al disponer de este bote, podía cambiar de perspectiva. Santander dejaba por unas horas de ser la ciudad en que vivía, el colegio de los Escolapios donde estudiaba, el faro adonde íbamos de excursión, y se convertía en una aventura marítima. Incluso una bahía pacífica como la de Santander resplandece peligrosamente a ratos, habla de viajes y aventuras con un lenguaje muy parecido al de los cuentos o los relatos de Stevenson. Yo fui, supongo, un chaval solitario en el mismo sentido en que ahora soy un escritor solitario. Eso significa que he vivido muy imaginariamente mi propia vida. Sin duda he tenido la suerte de encontrar personas reales en mis amigos, en mi familia, pero he transformado gran cantidad de personas y sucesos en criaturas noveladas, aunque no haya escrito sus novelas correspondientes. Los personajes de las novelas, los personajes imaginarios, dependen esencialmente del contorno en que surgen. La circunstancia de su aparición, que diría José Ortega y Gasset. Cada personaje –parafraseando a nuestro gran escritor– es él mismo y su circunstancia. Si el narrador no salva esa circunstancia, si no la expresa, no se salva el propio narrador. En esta historia no novelada del chinchorro estamos yo y mi circunstancia juvenil en mi recuerdo. Me siento tentado de novelarla un poco contando que en mis aventuras a bordo del bote tuve algún encuentro con un tiburón o con delfines, pero la gran aventura era, sin más, la sensación de aventura más que una aventura en sí misma. Lo más peligroso de mi aventura era quedarme atrancado en un banco de arena o caerme al agua o pescar maganos, como llamamos a los calamares en Santander. Los maganos se pescaban con un aparejo que llamábamos guadañeta. La guadañeta es una especie de multianzuelo que había que mover verticalmente y dejarlo hundirse en el agua mientras lo subías y bajabas con un dedo pegado al borde del bote. El calamar se sentía atraído por el movimiento de la presa falsa que era el multianzuelo. Supongo que rebrillaba en las profundidades. Cuando notabas un tirón de la guadañeta tenías que subirla rápidamente –y hábilmente, por cierto– tirando y recogiendo el sedal hasta llevar al magano al borde del bote. Cuando subía a la superficie, al aire, la pobre criatura soltaba un chorro de tinta negra. Su despedida de la vida submarina, su última voluntad de calamar. Así que yo sentía una especie de compasión vegana por los maganos y otros peces que capturaba en la bahía afanosamente, panchucos, porredanas y mules, sobre todo. Podía pasar horas tratando de pescar. Los llevaba luego a casa y los comía fritos para cenar. Recuerdo el contradictorio sentimiento de frustración y de vacío que se sentía las tardes de haber ido a pescar y estar de vuelta sin pesca ninguna. Es maravilloso ver nadar a los peces en libertad, también en los grandes acuarios, también en la imaginación, pasados los años: velocísimos, intratables, ajenos a nosotros, capturados como en una fechoría, como si el pescador fuera una especie de ladrón del mar, un pirata Morgan de doce o catorce años.