el consuelo
spanish
La invitación de sus primos y de la familia de sus primos a pasar un mes en Santander le ha animado mucho. Lleva en Madrid una parroquia grande con ayuda de un coadjutor y apenas dan abasto entre los dos. Es un hombre joven, alrededor de los cuarenta, y su vocación sacerdotal es sincera, pero la acción parroquial es agotadora. En su caso se junta además con una vocación intelectual, ensayística y a ratos poética, a la que dedica domingos y festivos por las tardes. La dificultad añadida, en su caso, es que lo literario se entrecruza a veces con lo pastoral, lo que resulta una oposición desapacible. Hopkins, su director espiritual, un estricto jesuita que dirigía su comunidad, le prohibió escribir ni una palabra. Desde el punto de vista de la estética o de la autobiografía eso parece un sacrilegio. Desde el punto de vista de una ética teológica no hay más que la palabra de Dios. Todas las otras palabras, en cierto modo, se farfullan en el vacío de los sentidos.
–¿Qué vacío de los sentidos? –se atrevió a preguntar Mariano a su director espiritual.
–El mundo de los sentidos no tiene sentido para un hombre de Dios, que es lo que tú quieres ser.
Una respuesta absurda que no se atrevió a replicar.
Todavía, en Madrid, en zonas periféricas de Madrid, queda un catolicismo residual de cumplir con la Iglesia. Eso supone recibir los sacramentos, el bautismo, la comunión, la confirmación... Los matrimonios se casan por la Iglesia, se bautiza a los niños al nacer y todavía se hacen entierros católicos, con sus impresionantes misas de difuntos. De alguna manera, el catolicismo ha mantenido una cierta robustez en aquellas zonas, que dista mucho de la del flácido catolicismo, en general, de España. El mes de vacaciones va a venirle estupendamente. Al coadjutor, por suerte, se le ha unido otro reciente sacerdote, de manera que entre los dos se ocuparán de la mermada población practicante que queda en estas zonas de Madrid en verano mientras el párroco pasa su mes de vacaciones en Santander.
Sus primos vivían en un modesto chalet del Alto de Miranda que había sido lugar de juegos durante la juventud de Mariano, el párroco, pero que ahora estaba literalmente ahogado por las nuevas edificaciones. Don Mariano estaba contento con su oficio sacerdotal y no era, por temperamento, un hombre problemático. En su primera juventud había sido un gran nadador que se acercaba a los primeros premios en las competiciones de natación de la Magdalena o del Club Marítimo. Era la primera vez que volvía a Santander a pasar un mes. Era la primera vez que cogía unas vacaciones largas sin más compromisos que dar una misa diaria por la mañana temprano en la parroquia cercana a la casa de sus primos. En el breve sermón del funeral o de las misas de difuntos solía mantener, con objeto de consolar a los afligidos, que la resurrección era natural: le gustaba pensar en el artículo 2.º del suplemento de la cuestión 75 de santo Tomás que dice que la resurrección será para todos. De alguna manera seguían gustándole los deportes como el fútbol o el atletismo, que había practicado de mucho más joven, porque se acordaba del texto de Job, que cita santo Tomás: «Sé que mi Redentor vive y que en el último día he de resucitar y que nuevamente mi carne me revestirá». Esto de la resurrección del hombre entero a la muerte era un tema que interesaba mucho en su parroquia –casi todos ya septuagenarios– y que conmovía y preocupaba al buen padre Mariano. ¿Quién no ha leído en España e Hispanoamérica el San Manuel Bueno, mártir? Don Mariano consideraba que era la novela más viva y profunda de don Miguel de Unamuno y de su época. Su otra novela de cabecera era el Diario de un cura rural de Georges Bernanos.
Era conmovedor acercarse a Madrid y contemplar la mole del antiguo seminario diocesano donde él había pasado largos años. Pensó sonriendo que aún resultaba fácil sentirse rural en Madrid, con sus muchísimos pueblos nuevos todo alrededor y sus altos mazacotes de pisos sociales con su aire premoderno de ciudades dormitorio y de colmenas.
Cuando por fin llegó a la casa era ya mediodía.
–Los chicos están con el bote –dijo Teresa, la madre de los chicos–. Aguardábamos impacientes que llegaras. Cuando vuelvan tendrán una alegría al verte. Te he preparado, por cierto, la habitación de arriba, tu antiguo cuartito. Querrás quizá cambiarte y echar una siesta antes de recibir la bienvenida de los chavales.
Así lo hizo don Mariano. Subió a su antigua habitación, se descalzó y se tumbó en la cama. Volvió a sentir el mismo bienestar que había sentido en el tren. Cuando los dos hermanos regresaron a la caída de la tarde el encuentro fue más estrepitoso, pero no menos cariñoso que el de Teresa. Cenaron una excelente pescadilla rebozada, con pimientos rojos asados y una ensalada fresca de lechuga y tomate. Don Mariano, entretanto y tras despertarse de la siesta, se había llegado a la capilla de la zona y se había ofrecido para dar la misa del alba, para pescadores, cazadores y veraneantes que deseaban aprovechar el día. Era una misa a las siete y media de la mañana. Don Mariano sonreía para sus adentros, asombrado de que el estado de ánimo que le había llevado a ver a su familia se expandiese en su corazón como una primavera agraciada. Por fin se encontró con los chicos, que habían pescado un cachón y algunos pececillos. Se habló de pesca durante la cena y le propusieron para el próximo día o el siguiente una excursión donde habían estado esa tarde, ir en motora a los alrededores de Mouro y fondear allí. Mouro es un islote impresionante a la entrada de Santander, y una zona que puede resultar peligrosa si no se conoce bien. Pero el mayor de los dos, Juan, aseguró que conocía la zona de sobra. A la mañana siguiente, cuando llegaron a Mouro, recordó don Mariano que el Cantábrico empieza ya ahí a ser un mar de grandes oleadas, gruesas, azul oscuro, surcadas en ocasiones por brillantes calderones. La verdad es que, a esas alturas de su vida, don Mariano prefería ver a los grandes calderones que dedicarse a la pesca, pero en cambio sus primos eran pescadores natos cuya afición se había incrementado los últimos tiempos por los éxitos conseguidos y las nuevas cañas. Se situaron en la zona de Mouro más próxima a la costa, frente a Somo. Era una zona menos profunda pero agitada, sin embargo. Con la gran playa de Somo enfrente, Ignacio se empeñó en bañarse. Era demasiado temprano, pero el chiquillo parecía no sentir frío y solo tener ganas de darse un chapuzón. Este era el mundo bienaventurado, pensó don Mariano. Un mundo que él tenía la suerte de haber conocido y que le compensaba de las muchas sequedades espirituales y urbanas de la parroquia de Madrid. En la parroquia el trabajo era peculiar: no era excesivo laboralmente, pero exigía un estado de alerta y de atención que resultaba cansado al final del día. Los parroquianos, sobre todo mayores o de mediana edad, iban y venían todo el rato con cuitas personales o con cuentos y chismes de otra gente. Madrid daba de sobra para pasarte el día quejándote si tenías sueldos bajos con las sucesivas subidas de precios. El suyo era un trabajo, pensaba don Mariano, análogo al del psicólogo, pero para el que había que estar dotado de unos instrumentos, una elocuencia, que parecía resbalar por las mentes de sus visitantes, como si las frases y los consejos extraídos de las oraciones y aplicados al lenguaje común no acabaran de penetrar en los oídos y los corazones de sus interlocutores. En realidad, estas conversaciones con sus vecinos le habían servido siempre para preparar sus pequeños sermones, sus pláticas dominicales.
Este primer día particular de sus vacaciones a aquella temprana hora de las siete y media se encontró en la sacristía, después de oficiar la misa, con una pareja mayor recién jubilada que había perdido recientemente un hijo. Don Mariano pensó que podía agarrarse, lo más coloquialmente posible, a la epístola de Pablo a los tesalonicenses.
–¿Qué puede decirnos, padre? Es la pérdida de un hijo. Acababa de terminar Derecho. Teníamos puestas nuestras esperanzas en él. También su novia, una chica que nos gustaba. Cayó enfermo, tuvo una embolia, yo no sé qué más –dijo la mujer, que llevaba la voz cantante.
–Tuvo los siete males, uno detrás de otro –apuntó el marido–. Y estamos tristes. Estamos muy tristes. Nos hemos acercado a verle porque usted es joven, porque usted es de aquí y habrá oído hablar de muchos casos como el nuestro.
Don Mariano palideció de repente. El momento de tener que dar consuelo había llegado muy pronto. Pensó que estaba dispuesto a pasar sus vacaciones consolando a la gente si se terciaba. Y lo que dijo fue cariñoso, pero ¿fue comprensible para esa familia?
–Tenéis que recordar la verdadera doctrina católica cristiana en orden a los difuntos, a vuestro difunto en particular, a fin de que no os entristezcáis con los que no creen ni esperan otra vida, pues la hay.
–Pues no parece, padre, que vaya a haberla. No queríamos otra vida, queríamos esta. Nadie puede quitarnos la pena y la tristeza y el recuerdo de nuestro pobre hijo –dijo la madre.
Entonces, sin querer, se le escaparon unas lágrimas que se enjugó rápidamente con la mano, y don Mariano se sintió él mismo entristecido y torpe, envuelto por aquella pena inconsolable. Pero así y todo fue capaz de decir:
–Vosotros creéis que Jesucristo resucitó, ¿verdad? Es muy importante ahora que creáis eso, porque si no es vana vuestra fe –dijo el padre.
–Nosotros creemos en la resurrección de Jesucristo, pero también creemos que entre Jesucristo y nosotros hay una distancia infinita y siempre la ha habido, no por falta de fe, sino por lo lenta y por lo larga que se hace la espera del cumplimiento de las promesas de la fe.
–Si creemos que Jesucristo murió y resucitó, como lo creéis vosotros, también debemos creer que Dios resucitará y llevará a la gloria a los que hayan muerto en su gracia. Acordaos del Evangelio de san Juan cuando muere el hermano de Marta, que le dice a Jesucristo: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto. Aunque estoy persuadida de que Dios nos concederá cualquier cosa que le pidamos y le pedimos que resucite a nuestro hijo». –Y el párroco contestó con las palabras de Jesús–: Vuestro hijo resucitará.
Y la madre del chico respondió como Marta respondió a Jesús:
–Si Dios hubiera estado aquí, él no habría muerto. Creo firmemente que Dios le concederá a usted cualquier cosa que le pida. Pídale que resucite a mi hijo, padre.
–Ya sabes la respuesta de Jesús –contestó don Mariano–. Tu hijo resucitará.
–Ya sé que lo hará en la resurrección universal en el último día. Ya lo sabemos. ¿Y eso de qué vale?
Parecía furiosa. Y don Mariano la entendía. Entendía su furia. ¿Qué podía significar para aquella mujeruca la resurrección en el último día? Solo unas palabras que se dicen en los funerales de los difuntos. La respuesta, además, del Evangelio de san Mateo no debió parecerle a la doliente madre consoladora porque Jesús se limitó a decir algo grandioso pero increíble: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en Mí, aunque hubiera muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá para siempre».
–¿Crees esto? –le preguntó don Mariano a la madre. Y la madre respondió secamente:
–No, no lo creo. He venido aquí para llorar en vano. No lo creo yo ni tampoco lo cree nadie.
Era para don Mariano, de nuevo, la parroquia de Madrid y las incesantes negaciones de la fe que oía pronunciar a las gentes de su parroquia. Cuando por fin se marcharon, disculpándose el hombre mayor por la vehemencia de su mujer y quitando don Mariano importancia, por el dolor, al asunto, se quedó el párroco solo en el atrio de la iglesia. Murmuró la oración final del Veni Creator Spiritus: «Oh, Dios, que ilumináis los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo; concedednos que, guiados nosotros por este mismo Espíritu, busquemos lo que es bueno y gocemos siempre de su consuelo, os lo pedimos por Jesucristo, Señor nuestro». La mañana se había perturbado en el corazón de don Mariano porque lo único que se le ocurría pensar mientras caminaba para desayunar en la casa de sus primos era: «No he estado a la altura del dolor de estos pobres padres afligidos. Apenas he llorado con ellos, y no ha servido de nada. ¿Cómo puedo ahora irme alegremente a pescar con los chavales?». Pero estos ya le esperaban sentados a la mesa con sus desayunos acabados y con su contento le alegraron de pronto otra vez, como si dejara para más tarde su aclaración con Dios, que sería imposible de entender si por casualidad la hubiera. ¿Era esto impiedad o simplemente sencilla humanidad incapaz de atravesar el nublo del dolor?
Salieron los tres rumbo a Puerto Chico a montarse en la motora, en apariencia olvidados de que ya eran las nueve de la mañana y resultaba un poco tarde para ir a hacer la gran pesca del cachón o del pulpo o de cualquier pez importante. De pronto los tres se rieron y se dijeron uno a otro que en realidad daba igual. Lo importante era que estaban allí los tres juntos disfrutando del mar y del sol y del rompiente de las olas al choque del agua en la proa de la motora. La felicidad de los tres se había recuperado a sí misma como una necesidad natural, brutal, fisiológica de sus naturalezas individuales. Era imposible sentirse apenado y pensar en la muerte aquella mañana de mediados de junio resplandeciente, playera, juvenil, eternamente esplendorosa. Ignacio se situaba a proa y entonces era un feroz vikingo que asaltaría por mar las tierras de los sajones y luego, sentado alegre en la popa, era el capitán de la «Canción del pirata». Fondearon frente a Mouro.
Una vez instalados y echada el ancla, los hermanos colocaron a cada lado de la motora, a babor y a estribor, sus nuevas cañas. A don Mariano le parecieron muy modernas y flexibles, magníficas, comparadas con el cañerío elemental de su juventud. Don Mariano lanzó su aparejo más anticuado, una serie vertical de anzuelos de varios tamaños bien cebados con gusanas y acompañados de su correspondiente plomo. El aparejo tenía un sensitivo corcho tentador que se hundía periódicamente para emerger luego sin captura. Estaba presente en aquella motora toda la enérgica ilusión de los buenos tiempos. A menos de cincuenta metros de distancia, Mouro parecía encimarse sobre la motora, ensombreciéndola. Don Mariano percibió este ensombrecimiento estremeciéndose y contempló a sus dos acompañantes, que se aprestaban a pescar con toda inocencia. Se le vino a la cabeza al sacerdote un halo diabólico, una sensación de peligro mortal que no obedecía a la situación objetiva y soleada de un mar, en aquel momento, tranquilo. A la vez, don Mariano reconoció que, exceptuada la sombra diabólica, estaba disfrutando mucho y que, al cebar cuidadosamente sus anzuelos, confiaba en tener suerte. Su sedal se tensaba con frecuencia, pero lo que extraía finalmente era maleza color tabaco, algas o pescaditos insignificantes seducidos por los tirones un tanto discontinuos y aleatorios del pescador. Sus primos consiguieron en dos ocasiones o tres extraer peces respetables, dos de los cuales se desengancharon a medio camino al recoger el carrete. Un pescador menos paciente o menos ambicioso que don Mariano hubiera acabado por aburrirse. La pesca exige una cierta diligencia atrapadora que don Mariano no tenía o que había perdido con los años.
Echarse al agua era tentador en este momento, y el más pequeño de los dos primos empezó a pensarlo y a decir que el mar estaba liso como un plato, lo cual era verdad. No parecía haber peligro alguno. El gran islote, con su empinado y diminuto embarcadero, parecía estar al alcance de cualquier nadador competente. Ignacio, el menor de los dos primos, lo era. Así que se zambulló sin pensarlo más. Era aficionado al buceo y le habían regalado a principios de aquel verano unas buenas gafas. Verle saltar al agua fue espectacular. Hizo que don Mariano pensara, como una punzada, en el motus in instanti de los ángeles, contrapesado allí mismo por el motus caeli. Hubo un tiempo en que los ángeles no existieron y hubo otro tiempo en que fueron creados y vinieron a la existencia. Eran seres, los ángeles, contingentes como nosotros. Ignacio le pareció angélico en su zambullida. A pesar de la bienhumorada conversación que le estaba dando el mayor de sus primos, don Mariano no podía evitar una cierta inquietud al pensar en el chaval sumergido, cuya cabeza encapsulada en las gafas de buceo a ratos salía a la superficie y a ratos se hundía. La situación espiritual de aquel momento para don Mariano era extraña, doble. Por un lado se sentía confortablemente instalado en la motora con su primo de más edad charlando sobre los avatares de su equipo local, y por otro se sentía crecientemente inquieto por la solemne calma azul del mar en torno a Mouro. Durante un rato, quizá un cuarto de hora, no vieron al buceador y pensaron que había llegado hasta las escalerillas del pequeño puerto de Mouro. Pero el tiempo pasó de pronto rápidamente y don Mariano inquirió preocupado:
–¿Dónde estará Ignacio? Llevamos media hora sin verle. ¿Le habrá pasado algo?
Esto era una inquietud terrícola de hombre desacostumbrado a las peripecias marinas a causa de los años de ausencia. Su primo le tranquilizó:
–Ignacio es un nadador estupendo y un buceador maravilloso. Estará inspeccionando las grutas del islote. Ahora es bajamar y hay cuevas en las que le gusta meterse.
Aun así, pusieron la motora en marcha y se acercaron al acantilado. No se veía ni rastro de Ignacio. Don Mariano, que ya estaba muy alarmado, procuró calmarse todo lo posible para no asustar a su primo, pero este ya había tomado la decisión de bucear él mismo en busca de su hermano mientras don Mariano llamaba al chiquillo a voces. Hubo luego una larga pausa. A don Mariano le pareció muy larga y terrorífica. Pidió a Dios que los dos primos estuviesen a salvo en alguna cueva descubierta con la bajada de la marea. Se encomendó a Dios con toda su alma. Solo acertaba a decir: «Protégeles, Padre nuestro». De pronto emergieron las cabezas de los dos primos. El mayor llevaba al pequeño a rastras, como desvanecido. Cuando le subieron a la motora no consiguieron reanimarle. Ignacio se había ahogado.
Fue terrible porque era increíble, porque contradecía toda la belleza del mar y del mundo, toda la aparente racionalidad de la Creación de Dios. ¿Qué había podido pasarle? Cubrieron al niño con su camiseta y regresaron a tierra con la desolación sin consuelo. «No hay consuelo», pensó don Mariano. Era la primera vez que había presenciado una muerte absurda en directo, sin darse cuenta, uno de esos ahogamientos frecuentes en las provincias del norte de España que en casos como el de Ignacio había sucedido tal vez por una inmersión demasiado profunda de la que no logró ascender. Tal vez quiso bucear hasta llegar a una pequeña cuevita que conocía. Avanzó y avanzó sin encontrarla y el aire no le dio para volver.