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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

el cuidado de don ángel

spanish

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A los ochenta y seis, don Ángel decidió que tenía que cuidarse, o, más exactamente, decidió dejar que le cuidaran, dejarse cuidar, sin que este «dejarse» se volviera, ni en la superficie ni en el fondo, la menor dejación por parte suya. «Nunca me han mimado y ahora me cuidan. ¿No viene a ser lo mismo?», pensaba.
–No vengas expresamente a verme –solía decir, enfurruñándose, a los amigos–. Ven a verme casualmente.
No tenía que ser por obligación. Tenía que ser por devoción. Esto de la devoción, sin embargo, complicaba un poco a sus amigos masculinos más íntimos.
–Devoción, Ángel, devoción. Es una expresión litúrgica que implica una religiosidad. ¿Tú crees que tenemos contigo atenciones litúrgicas religiosas?
Don Ángel tenía fama de haber sido un devoto joven católico y de haber ido perdiendo, a partir de los veinte, si no la fe, sí la devoción. Y hablaba de esto con sus amigos con cierta frecuencia.
–Todos entendemos el asunto –reflexionaba don Ángel–. Hay varios perfiles de la palabra fe. Una es la fe del carbonero, que cree lo que le dicen o lo que se dice o lo que ve con los ojos. Otra es la fe del creyente dogmático que cree a machamartillo, como decía uno que todos conocemos. Y hay una fe poética, como en la letrilla que también conocemos todos: «Madre, un caballero / de casa del rey / siendo yo muy niña / pidiome la fe, / dísela yo, madre, / no lo negaré. / Mal de amores he». Nos quedaría, en esta clasificación acelerada, la fe en Dios, que se supone sobrenatural, un don del cielo. La devoción procede de la fe. La devoción de la niña de la letrilla hace que devotamente piense en su lejano amado y que devotamente rechace las ofertas de otros chavales. La fe del carbonero hace que se empecine en opiniones dudosas pero que le parecen evidentes. La fe sobrenatural hace que nos empecinemos en creer que existe un Dios que nos concede fe en Él.
»Y vosotros –proseguía don Ángel–, cuando venís a verme por devoción, venís a verme por fe, un poco por fe en vosotros mismos, en vuestra amistad conmigo, y otro poco por vuestra fe en que yo creo en vosotros. Y esto es válido, pero es un poco preocupante. A mis años es preocupante. Prefiero quizá el afecto casual. Prefiero que vengáis a verme por casualidad a que lo hagáis por devoción.
Esto le parecía a Juanita –la sobrina cuarentona de don Ángel, que le atendía diariamente– muy risible. Le decía:
–Mira, tío Ángel, estás haciendo clasificaciones y definiciones disparatadas. Las empiezas con una punta de razón y acabas despuntándolas todas, deshaciéndolas como minas de lápices. ¿Por qué no te atienes a lo que hay, a lo que ves día a día?
–Pues, sobrina, no me atengo a lo que veo día a día porque lo que veo día a día me parece cada vez peor en lo que a mí respecta. ¿Quién va a venir a verme a mí, querer venir a verme a mí, querer pasar conmigo una o dos horas por mí mismo? Lo más que puedo ofrecer es un café que haces tú y un Anís del Mono que saco yo para las ocasiones. La gente ya no bebe Anís del Mono. Tomar café ya no es sensacional como lo fue en su día. Nadie que sale a almorzar toma hoy en día café y copa al final. Eso son costumbres de un tiempo pasado, costumbres que también yo tuve y cuya vigencia se ha perdido. Hoy en día todo el mundo excepto tú, que eres una tonta, dice haber perdido la fe o no haberla tenido nunca, y que hace lo que hace por gusto, por su propia voluntad. Pero yo no les creo.
–¡Ya estamos en el círculo endiablado, tío Ángel! Eres tú el que no les crees y eres tú el que, creyendo que disfrutas de las ocasiones casuales, las aborreces. Nada aborreces tanto como una visita casual que se presenta a la hora de cenar o de echarte la siesta. Me consta que te cuesta ser correcto en esas ocasiones. Pero resulta a la vez, tío Ángel, que los que te rodeamos te hemos conocido hace muchos años, cuando no eras tan definidor ni tan catalogador y estabas más activo. Todos nosotros éramos entonces treinta años más jóvenes y tú nos parecías un maestro fuerte y sabio. Ese parecer ha cambiado muy poco. Mira, no solo conozco yo mucha gente, muchos matrimonios que atesoran tus libros de texto y tus ensayos, sino que también nos preguntan por ti y sugieren venir a verte y yo tengo que decirles la piadosa mentira de que estás ahora muy ocupado con un libro. Pero no estás con un libro, estás con la murria, que es distinto.
–¡Ya salió la murria! Siempre acabas acusándome de eso.
–¡Otra vez te equivocas! No te lo reprocho, solamente te recuerdo que tienes tendencia al pesimismo y que deberías sacudirte esa tendencia de vez en cuando como quien se quita el polvo de un abrigo o de los zapatos.
–Esperas entonces que sea un santón, un octogenario beatífico.
–Espero que seas el que eres por los siglos de los siglos. Como mínimo hasta el próximo decenio.
–¡Bah! Eres una tonta.
Había habido, sí, en don Ángel una especie de descarrilamiento, un salto al vacío que había ido a la par de sus numerosos trastornos físicos intestinales y óseos. Había acabado pensando que no valía la pena tomarse nada en serio; en primer lugar, a sí mismo.
–Ya no me tomo en serio, sobrina. Así que hablo por hablar –declaró esta última vez.
El asunto tenía, sin embargo, como sabía de sobra la sobrina, más vueltas que un tiovivo, porque la idea de cuidar, de cuidado y de cuidarse o actuar cuidadosamente había cobrado creciente importancia en la vida espiritual contemporánea. Resulta muy fácil, hoy en día, descuidarse y dejarse caer unos a otros en desuso, desentenderse del mundo y por consiguiente de todos los yoes que no sean el propio. Resulta lo natural. No damos para más, nos decimos unos a otros. Los antiguos tiempos de las grandes palabras, de los grandes gestos o de las grandes promesas han caído en desuso. Y recordaba la sobrina de don Ángel la célebre reflexión del niño rilkeano en su elegía: «Vosotros decíais, él promete / sí yo prometía, / pero lo que prometí no me intimida ahora». Ahora las promesas, grandes o pequeñas, que habíamos hecho nos intimidaban. Incluso los regalos que nos hacían por nuestros cumpleaños nuestros propios amigos nos asustaban un poco, nos parecían excesivos, a la vez deliciosos, ingeniosos y excesivos. Tales fueron las reacciones del tío Ángel cuando un antiguo amigo suyo a quien había conocido de muy joven y que había asistido a sus clases le había regalado una maravillosa planta del dinero o de la suerte. El nombre latino era Plectranthus verticillatus. Era muy popular en macetas de tamaño pequeño o mediano. Originaria del sudeste de África. Echaba florecillas blancas y moradas a mediados de otoño. Pero cuando esa planta se cultivaba cinco años seguidos se convertía en una gran mata de hojas verdes y ramas amoratadas que parecían llevar sangre vegetal a las dentadas hojas como monedas. El tamaño, en este caso, era esencial para representar visualmente mediante su abundancia la vehemencia del cuidado con que había sido cultivada. Era un regalo personal fastuoso que el tío Ángel había instalado encima de la chimenea de mármol de su cuarto de trabajo, una que no necesitaba encender nunca porque la casa tenía calefacción central, pero que era decimonónica y de muy buena estampa. Don Ángel no podía negar que le había hecho ilusión el regalo, pero, a la vez, no era capaz de reconocer que un regalo así solo podía habérselo hecho alguien que hubiera sentido por él una devoción constante a lo largo del tiempo. Y devoción era la palabra adecuada o, en todo caso, amistad, pero no amor, que tenía implicaciones no vigentes ya a la edad de don Ángel. La sobrina, encantada con la planta por supuesto, observaba disimuladamente las reacciones de su tío Ángel con relación a ese regalo. Por ejemplo, lo había situado en un punto de su cuarto de trabajo donde no podía no verlo casi todo el tiempo. Por otro lado, la planta, que estaba en espléndidas condiciones, podía ser vista, pero no requería grandes cuidados. Al ser recién llegada la tarde anterior había pasado toda una tarde y toda una mañana de calor estival perfectamente humedecida.
Había que cuidar al tío Ángel y a la vez tener la precaución de no hacérselo ver demasiado. Uno dudaba a veces de si Juanita, la sobrina, tendría suficiente mano izquierda a lo largo de mucho más tiempo, porque don Ángel podía ponerse peleón, discutidor. Y Juanita no era discutidora. Le cansaban las discusiones. Al fin y al cabo, estaba con don Ángel por devoción familiar. Era la hija de uno de sus hermanos.
Que se sintiera a veces don Ángel descuidado en estas condiciones y que se enfadara o gruñera resultaba casi cómico, un giro cómico, perdonable solo por la edad y que dependía de que Juanita, de puro buena y sincera, a ratos pareciera tonta, coincidiendo en esto con la tontería que justamente le achacaba el propio beneficiario de lo anterior, el octogenario don Ángel. Hubo, sin embargo, un incidente que, como suele decirse, fue tan natural como la vida misma. Sucedió que a la buena Juanita le salió un novio en unas vacaciones de verano. Este novio era un chico madrileño, como la propia Juanita y el tío Ángel. Era algo más joven que la chica y era, o parecía ser, un buen chaval. Así que, muy desde el principio, declaró:
–Que estemos juntos no debe interferir en el tiempo que pasas ayudando a tu tío.
Y Juanita contestó:
–No, no debería. Pero lógicamente va a interferir un poco por lo menos. Salvo que el tío Ángel, por una vez en su vida, salga de su murria y su imaginario descuido.
–Se me ocurre –dijo el chaval– que podríamos ir a visitarle los dos alguna vez. ¿Cómo crees tú que se lo tomaría?
–Ah, pues no sé. Seguramente mal.
–Vaya imagen tienes de tu tío. ¿Y por qué iba a caerle yo mal si a ti te caigo bien? No es por nada, pero mi madre dice que siempre caigo bien a todo el mundo. Y suele ser verdad.
Así que aquel domingo, el primero que hubo ocasión, fueron juntos a ver a don Ángel después de almorzar. Y Eleuterio, el novio, le cayó mal al tío Ángel. Era esperable que así fuese y así fue. Pero no dejaba de ser por ello un gran incordio. A Juanita le sentó mal que a su tío le cayese mal su novio Eleuterio. Pero peor todavía le cayó descubrir que, por una especie de birlibirloque, quien ahora de verdad caía mal a don Ángel era la sobrina y no Eleuterio. Al contrario. Al cabo de dos o tres visitas, Eleuterio propuso al octogenario jugar a las cartas, a la brisca o al cinquillo, dos juegos españoles, los únicos que el joven conocía. Y sucedió que al tío Ángel le encantó la idea y le encantaron las nuevas cartas de la baraja que trajo Eleuterio al día siguiente. De caer tan mal a caer tan bien había tal abismo que Juanita, por primera vez quizá en su vida, se sintió furiosa con los dos personajes a la vez.
–¡Que le cayeras mal era lo lógico! Contábamos con eso. Que le caigas ahora tan bien que os paséis la tarde jugando a la brisca es absurdo. Yo no sé jugar a las cartas ni me gusta. Y además siento literalmente que sobro en la casa. Mientras vosotros jugáis a las cartas a mí me tenéis recogiendo cosas y preparándoos café.
Eleuterio se echó a reír.
–¡Pues la hemos hecho buena! Hemos desequilibrado al propio desequilibrio de caer bien o caer mal a tu tío. Ahora que le caigo bien, a ti te cae mal. Vas a acabar mandándome a mí a la porra.
Juanita se sintió desubicada. Le parecía que su tío y su joven novio eran dos hombres inmaduros y que ella era la chacha en las reuniones. Y hasta cierto punto es verdad que lo era, porque, una vez tomado el café, iba a sentarse literalmente a la cocina para no ver a los dos embebidos en la gran tontería de una interminable partida de brisca. Así que, progresivamente, fue dejando Juanita de ir a ver a su tío, mientras que Eleuterio lo tomó como una costumbre de domingo. Juanita se hartó y dejó a los dos un buen día. La noticia al tío Ángel se la dio Eleuterio y el tío Ángel dijo:
–No hay quien entienda a las mujeres, chico.
Para sus adentros, Eleuterio pensó que eso era muy injusto, pero de viva voz dijo:
–La verdad es que no, tío Ángel.
Y don Ángel se sintió preocupado pensando que Eleuterio dejaría de ir a verle al no estar con Juanita. Y no es menos cierto que a Juanita le hubiese alegrado que se rompiese esa relación. Pero no se rompió. Resultaba que, jugando a las cartas con Eleuterio, don Ángel consideraba que estaban de igual a igual y que no tenía que preocuparse de si el joven venía por obligación o por devoción. Resultó que Eleuterio siguió yendo semanalmente a la casa de don Ángel los domingos y los días que no tenía otra cosa que hacer, por simple devoción. Resultó además que Juanita había estado yendo a casa de su tío Ángel a ayudarle por pura obligación moral. ¡Y ahora eso había quedado al descubierto! Don Ángel quería que quien fuera a visitarle fuera por devoción y no por obligación. Y así sucedió. Juanita nunca salió de su asombro.
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