el lector
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Era un lector infatigable, pero a la vez era un lector precipitado. Su precipitación, que no se agotaba en el genuino interés por saber qué decía un libro, se asemejaba demasiado a la impaciencia. Quería entender todo enseguida, de golpe. «La paciencia –dice Rilke– lo es todo.» Y yo siempre imagino a Rilke sentado bajo un árbol frondoso tratando de contar no solo esa experiencia subjetiva, sino también –y muy especialmente– cómo es el árbol que le da sombra y en el cual se apoya. El caso de Rilke es particularmente interesante porque, en teoría, al menos en sus elegías detesta la impaciencia y la prisa. ¿Por qué no hay que tener prisa? Porque la prisa es una malquerencia de la subjetividad del ser reflexivo. ¿Qué prisa hay realmente? Si uno ha quedado con alguien o le han invitado a una casa a almorzar, uno debe tener prisa si se retrasa o si ve que llega tarde. La voluntad de puntualidad exige a veces apresurarse, darse prisa. Pero en general la prisa es una mala compañía a la hora de entender un libro o entender a otra persona, porque los libros y las personas singulares son –no sé si decir por definición– inagotables. Sería terrible que pudiéramos decir de nuestra relación con una persona: «Lo he entendido todo». ¿Hemos de verdad sido alguna vez capaces de entender, de conocer, de respetar o de amar a una sola persona por completo? A veces creo que el vigor del yo, del uno mismo que cada cual es y que es una buena cualidad de cada cual, se opone al vigor necesario para despersonalizarse y entender del todo, sin prisa, a otra persona. Se trata, según Emmanuel Lévinas, de entender el significado de ese «el uno para el otro» que él considera una responsabilidad hacia los demás. «No es la relación inofensiva del saber donde todo se iguala, sino mi asignación por parte de otros, la responsabilidad hacia unos hombres que ni siquiera conocemos. Asignación de extrema urgencia, anterior a todo compromiso y a todo comienzo: anacronismo. Es esto lo que se llama obsesión, relación anterior al acto, relación que no es acto ni posición y que, como tal, contrasta con la tesis de Fichte, que pretende que todo lo que está presente en la conciencia está planteado en la conciencia. Aquí ocurre de otro modo: todo lo que está en la conciencia no está planteado por ella. La obsesión atraviesa la conciencia a contracorriente y se inscribe en ella como extranjera, para indicar una heteronomía, un desequilibrio, un delirio que sorprende a su origen, que se levanta antes que el origen, anterior al comienzo que se produce ante cualquier vislumbre de la conciencia. [...] En la proximidad, el yo está anárquicamente retrasado respecto a su presente y es incapaz de recuperar dicho retraso. Esta anarquía es persecución, es el dominio del otro sobre el yo, que deja a este sin habla.»
Nuestro lector infatigable se sintió escandalizado al leer estas líneas de Lévinas. Que el yo estuviese anárquicamente retrasado respecto a su presente y que fuese incapaz de recuperar dicho retraso le pareció un exceso del filósofo francés. Una ocurrencia metafórica literaria de filósofos que escriben bien, lo cual le había parecido siempre importante a nuestro lector –escribir bien es importante–, pero a veces rebuscado. Y se proponía, más adelante, cuando tuviera tiempo, analizar el caso de Ortega y Gasset, el pensador español que más le había interesado y con cuya prosa ensayística siempre había tenido dificultades. El estilo es el hombre, se supone. Y el estilo de Ortega era el estilo de un hombre, quizá, en cierto modo vanidoso a quien le gustaba escucharse a sí mismo. Nuestro lector, por supuesto, no se incluía en esa raza de ensayistas. Se consideraba a sí mismo libre de vanidades literarias. Había sido un aventajado estudiante de Filosofía en los tiempos de don Ángel González Álvarez y de Sergio Rábade y de José Luis Aranguren. Había hecho, al terminar la carrera, oposiciones a una cátedra en Alicante que había obtenido en la segunda convocatoria. Estaba satisfecho consigo mismo y sus amigos le tenían por un hombre sabio, muy joven todavía, pero muy al tanto de los libros de ensayo filosófico que se publicaban, muy al tanto también de su propia trayectoria pedagógica y personal. Y aquí lo pedagógico y lo personal se enredaban un poco. Se habían vuelto una enredadera brillantemente verde que trepa árbol arriba, que casi ahoga el tronco, que casi ahoga el ramaje, que se desdice del árbol para decirse a sí misma: «El verdadero árbol soy yo, mis verdes hojas, mi fuerza al trepar, ese soy yo». ¿Era nuestro lector eso que imaginaba que era, que le complacía pensar que era?
Una novia que tuvo, compañera de la facultad de la que creía estar muy enamorado, le dijo una vez:
–No te ves a ti mismo, chico. Y yo, que te quiero mucho, te veo más desde fuera que nadie precisamente porque te quiero. Y lo que veo es que estás a punto de convertirte en un pavo real. La filosofía, que tantas cosas ha sido en la historia, ahora es la gran cola de un pavo real macho.
Al oír eso le invadió al lector una inédita ira, un sentimiento de odio y de rechazo hacia la joven acerca del cual no había leído nunca nada. La joven novieta le pareció de pronto un exponente de una raza inferior, ramplona. Nunca más volvió a verla. Desoyó sus llamadas telefónicas y no leyó sus cartas. Las tiró directamente a la basura. Tuvo fama de buen profesor en su primer y segundo años de instituto, pero también, a la vez, sin decirse muy en alta voz, de chinche. La fama de chinche correspondía a dos motivos: exigía demasiado y no resultaba, en conjunto, al cabo de dos años, un buen expositor. Sabía demasiado y se trabucaba al hablar a los alumnos. Y no hacía exámenes, solo uno final. No había parciales. Esto parecía una ventaja a los alumnos y alumnas y le daba a nuestro lector la posibilidad de perorar durante horas y horas en sus clases. Hubiera debido encantarle que los alumnos y alumnas le escucharan al principio con los ojos como platos. El problema fue desde el primer momento que no miraba a sus alumnos. Utilizaba un voluminoso cuaderno de apuntes y llevaba siempre consigo un ejemplar de la Metafísica de Aristóteles. Los alumnos le llamaban «el Disertaciones». Y era un mote piadoso, considerando su cabezonería para discursear sin prestar atención a su público. Se prestaba más atención a sí mismo que a los alumnos. Quienes intentaron tomar apuntes –sobre todo las chicas– tomaron los peores apuntes de su vida porque el lector no era capaz de explicar lo que decía a la velocidad de captación escrita. Resultaba admirable y antipático a la vez. Y llegó a resultar, al fin de aquel su primer curso, un hueso insoportable. Suspendió a casi todo el mundo y solo dijo:
–He suspendido a la mayoría de ustedes porque la mayoría de ustedes tienen que madurar su pensamiento. Sus exámenes, incluso los mejores, son como redacciones de primaria. Tienen ustedes que leer más y escribir más acerca de lo que leen.
¿Se trataba realmente de eso? ¿De escribir más y leer más? Hubo una reacción airada por parte de uno de sus grupos de alumnos, que recurrieron al director del instituto para explicarle lo que llamaban la incomprensibilidad de la filosofía de nuestro lector. El director del instituto transmitió al lector el ambiente de larvada protesta de los alumnos. Tuvo mucho cuidado de no exagerar la crítica: los alumnos habían sencillamente dicho que la asignatura de Filosofía les resultaba incomprensible a causa de la velocidad de las explicaciones del lector. El director le dijo:
–Tenga usted en cuenta que son gente muy joven. Todavía se les recordará, supongo, en sus casas lo de despacito y buena letra. Con usted ir despacito es imposible –añadió el director del instituto sonriendo–. Le comunico esta queja de los alumnos para que veamos entre los dos qué se puede hacer para simplificar las cosas.
El lector respondió ceñudamente, con una altivez quizá sofocada por el respeto que sentía por aquel hombre, pero en resumidas cuentas una altivez aviesa.
–La única solución honorable, director, es presentar mi dimisión aquí y ahora. Lo cierto es que los chicos de este instituto están a la altura del betún. ¿Qué quiere usted que yo haga? Es imposible hablar de filosofía de un modo tan simplificado y tan claro que todo el mundo lo entienda. Eso no es posible y sería indigno por mi parte hacerlo.
–Con todos los respetos –dijo el director–, me permito recordarle la célebre frase de Ortega: «La claridad es la cortesía del filósofo». Que usted sea un gran filósofo no lo duda nadie aquí en este instituto, ni los alumnos ni los profesores. Otra cosa es que su exposición de la filosofía resulte difícil a chicos y chicas tan jóvenes.
–No estoy de acuerdo, director. Como digo, presento mi dimisión. Para mí también es muy complicado y muy aburrido dar clase a gente que no se entera de nada.
–Entonces, ¿qué hacemos? –preguntó el director, deseoso de arreglar aquel asunto de la mejor manera posible.
–Hacemos lo que le acabo de decir. Usted acepta mi dimisión y todos contentos. Así complacerá a toda esa panda de ignorantes.
Salió del instituto satisfecho nuestro lector, como si se hubiera quitado un peso de encima. Volvería a lo suyo, que era leer y escribir. Y, sin embargo, por un instante en aquella clara mañana de mayo, aquella reacción juvenil le pareció en el fondo tan incomprensible como los verdeantes, inminentemente frondosos álamos que rodeaban el instituto. «Volveré a lo mío.» Y volvió. Pero, una vez instalado ante su escritorio y a la vista de la copiosa montaña de notas filosóficas y críticas que había logrado reunir a lo largo de los años, se sintió absolutamente desdichado. «¿Por qué me reprochan que no sea ahora quien nunca he sido? No soy un pedagogo. Soy sencillamente un pensador.» Ahí estaba el problema: considerarse un pensador era, en su caso, un poco arrogante. Ningún pensador en activo hubiera dimitido por un motivo como el suyo. Platón posiblemente no tuvo una audiencia más atenta entre los jóvenes atenienses de la que nuestro lector tuvo entre sus jóvenes alumnos. Le faltaba claridad. Solo le faltaba claridad. «Estos estúpidos –pensótendrían que leer a Kant o a Fichte o a Balmes, incluso, para saber qué es y qué no es claridad.» La claridad es también oscuridad. Y al pensar esto último contempló la incipiente frondosidad de los álamos y pensó: «De los álamos vengo, madre, de ver cómo los menea el aire». ¿Era ese poemilla antiguo más fácil de entender que sus clases de Filosofía? Nuestro lector se repitió a sí mismo que para seguir vivo debía tener razón, y se dijo a sí mismo que por supuesto que la tenía toda. Pero ¿la tenía o no?