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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

el matrimonio de nazario

spanish

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–¿Qué tiene el matrimonio de especial? –preguntó Nazario a Luisa, su novia ya de cuatro años–. Estamos bien como estamos, ¿no?
Lo estaban. Era evidente. Casarse les había parecido a los dos innecesario hasta entonces. Una concesión a los usos de la burguesía. Un trámite burocrático y civil que parecía razonable e indispensable en ciertos casos y un trámite religioso propio de una fe que ninguno de los dos había tenido nunca. Pero a Nazario los trámites burocráticos le parecían menos urgentes que el simple hecho de ejercer su libertad de estar con su novia, con Luisa, día tras día, porque la quería. Y pensaba que lo mismo le ocurriría a ella. «Empezamos siendo amigos, amantes... Ahora somos pareja. ¿Qué ha cambiado? Nada. Seguimos siendo fieles el uno al otro, nos divierten hasta cierto punto las mismas cosas y estamos bien como estamos.»
Nazario es profesor de Historia en un instituto público. Tiene treinta y tantos, cerca de los cuarenta. Tiene un trabajo estable y un horario bueno que le ocupa las mañanas y le deja las tardes libres. Tiene, además, los tres meses de verano más o menos libres. Es un hombre habilidoso y le gusta hacer las tareas domésticas que incluyen una cierta dosis de fontanería y carpintería menor. Esto, naturalmente, le encanta a Luisa, que siempre lo dice.
–Es cómodo tener en casa a Nazario, que te resuelve todos los problemas.
Pero Luisa, además, es consciente de lo mucho que le quiere. Le ha querido desde muy al principio del noviazgo porque le parece un hombre tranquilo. Ella, en cambio, es fantasiosa e inquieta. Tiene su propio negocio de peluquería y estética de alto standing en el barrio de Salamanca, donde ha crecido. Un negocio que va muy bien y que ella considera apasionante, pero que le ocupa todo el día y hace que le den las ocho de la tarde cuando quiere llegar a casa. Así que se encuentra al volver a Nazario, que ha preparado la cena y que tiene recogida la cocina y demás dependencias. Ella piensa que eso es una bendición. Luisa gana el doble o el triple de lo que gana Nazario, pero esto nunca ha sido una dificultad para la pareja, al revés: Nazario, funcionario con un sueldo fijo, admira la desenvoltura y la elegancia de sacar el negocio adelante de Luisa. Luisa es una mujer de negocios, y lo sería aún más si quisiera, pero está contenta con su peluquería. Los dos juntos dan, entre sus amistades, ejemplo de sensatez, sensibilidad y bienestar. Son felices. Inspiran, eso sí, algo de envidia a sus amistades, que, por lo regular, no tienen garantizada la felicidad: como mucho tienen asegurado el día a día afectivo. Nazario y Luisa, sin embargo, no necesitan reconquistarse. Su relación es su propia providencia benefactora. Tienen, por supuesto, vida social, amistades en común, pero les divierte mucho hacer planes los dos solos, tanto los fines de semana como en las vacaciones largas. Suelen ir a pasar algún fin de semana y parte del verano al chalet de los padres de Luisa en Altea. Los padres de Nazario son una familia modesta y equilibrada y sin problemas que nunca ha tenido una casa de vacaciones y que tampoco la echa de menos. Poseen la extraña virtud, en opinión de Luisa, de estar contentos con lo que tienen, que les parece de sobra. Nazario ha heredado esa forma de pensar y esa actitud ante la vida, y eso le hace un hombre tranquilo y comprensivo con los demás, que es quizá de las cualidades que Luisa más admira de él. Su familia siempre ha sido más ambiciosa y más exigente con sus hijos. Y esto hace que, en el fondo, Luisa prefiera la compañía de un hombre tranquilo y de sus tranquilos padres a la inocultable ambición de sus hermanos y de sus propios padres. Es muy fácil regalar cosas a la madre de Nazario: todo la divierte y la ilusiona. En cambio, la madre de Luisa tiene, supuestamente, de todo y finge que le hacen ilusión los regalos que le da por su cumpleaños la pareja. Ese fingimiento es una brecha real, una incomodidad real para Nazario y para Luisa, que nunca comentan.
¿Y los niños? A Nazario le dan un poco igual. Está bien como está. Él mismo ha sido un hijo único que ha disfrutado de todo el amor de sus padres y ahora de todo el amor de su Luisa. No echa de menos un complicado par de hijos, pero tampoco le importaría ser padre. Tiene un buen puesto de trabajo, un sueldo digno y una casa-hogar en la que lleva viviendo ya tres años con Luisa. Así que tener un hijo, piensa, no sería una gran complicación, pero tampoco una inmensa alegría. El piso donde viven es de Luisa. Se lo compró, con un poco de ayuda de sus padres, antes de empezar con Nazario. ¿Qué piensa Luisa en relación con su propia maternidad? Tuvo claro que quería ser madre a los veinte años o así, pero las cosas no están tan claras ahora, cerca de los cuarenta. Ni se lo plantea. Así que es un tema que no suelen comentar. Si acaso después de una reunión con sus amigos, algunos casados con hijos, suele comentar Nazario:
–Qué ricos los niños, ¿verdad?
–¡Y qué tostón! No nos dejan cenar tranquilos, y nuestros amigos tienen que irse pronto para acostarles. ¡Se acabó el salir a tomar una copa con los amigos que tienen niños!
–Cierto. ¡Se está muy bien así!
No hablan mucho más sobre el tema. Les gusta salir y entrar e irse los fines de semana que les apetece a la playa. ¿No acabarán siendo con los años una pareja insustancial, estéril? ¿No son los hijos una bendición del cielo? Siempre se ha dicho que lo son. Sus amigos se lo dicen y la opinión general lo afirma también. No hay padre que te diga que los niños son un incordio. Nazario y Luisa están bien como están. ¿Y de quién surge la idea de casarse? Surge de Luisa. Pero no para tener hijos sino para formalizar la relación con el hombre que ama.
–¿Qué tiene el matrimonio de especial? –preguntó Nazario a Luisa, su novia ya de cuatro años–. Estamos bien como estamos, ¿no?
–Todas mis amigas están casadas. ¿Por qué nosotros no?
–También todas tus amigas son madres ya y nosotros no tenemos planes de tener hijos. Tú, sobre todo, no piensas en ello. Si yo fuera tú, no los tendría tampoco. Nueve meses de embarazo son muchos meses, y luego la lactancia, y los cambios que todo eso conllevaría en nuestras vidas. Y para un negocio glamuroso como el tuyo, que te ocupa tanto tiempo...
–Pero no hablo de hijos, sino de casarnos.
–Nunca has hablado de eso, hemos hablado el uno del otro. ¿Ahora vamos a convertirnos en una pareja tradicional como nuestros amigos? Yo no creo que la feminidad ni la mutua compañía requieran necesariamente casarse.
–Entonces, ¿vamos a estar así toda la vida, sin casarnos?
–¿No estamos bien así?
–Claro que estamos bien. Pero llevamos unos años juntos, nos llevamos muy bien, nos queremos y queremos seguir haciendo la vida que hacemos, a ratos frívola, tomando copas, haciendo viajes a Tailandia o estando ratos en casa juntos cuando terminamos de trabajar.
–Eso es la felicidad. ¿Qué va a cambiar que estemos casados o no?
–Tendríamos una legitimidad especial. Una documentación adecuada. Y me gustaría que me pidieras matrimonio de manera romántica. Y vestirme de novia y que vengan nuestras familias y nuestros amigos.
–Pero, Luisa, ¿tú quieres un matrimonio o quieres una boda?
–¿No quieres casarte conmigo? ¿Es eso lo que pasa? ¿Es que no quieres estar toda la vida conmigo?
–¡No he dicho nada de eso! Lo contrario estoy diciendo. Siempre he pensado que, precisamente, nos llevamos mejor que nuestros amigos casados. Los veo como agobiados con sus vidas de pareja y sus hijos y sus hipotecas. Y nosotros disfrutamos mucho el uno del otro, nos divertimos, nunca discutimos... Pero, si lo que quieres es que nos casemos, ¡podemos casarnos!
–Lo que no quiero es que nos casemos si tú no quieres. ¡Quiero que lo que quieras sea casarte conmigo!
–¡Me vas a volver tarumba! Te he dicho que, si es lo que quieres, nos casamos. Solo que yo no le termino de ver el sentido en nuestro caso. Lo entiendo cuando hay niños o para compartir los gastos, que ya lo hacemos, o para tenerlo todo a medias. Un matrimonio es una relación de gananciales.
–No en nuestro caso. Bueno, eso no lo vería del todo justo.
–¿Lo de los niños? ¿Lo de querer que quiera casarme? ¿O qué?
–Lo de casarse en gananciales. Lo lógico, en nuestro caso, sería casarnos en régimen de separación de bienes. No ganamos lo mismo, ni nuestras familias tienen lo mismo...
–¡Ah! Entonces sería lo mismo que ahora pero con una pedida delante de la Torre Eiffel, un anillo con un diamantito y una boda de blanco por todo lo alto.
–Lo estás estropeando todo. Está claro que no quieres casarte, o no tienes la misma ilusión que yo.
Nada resultó igual después de esta conversación. Una cierta idealidad previa se quebrantó entre ellos. ¿Fue cabezonería de los dos? No de Nazario. Ni de Luisa tampoco. Pero desde aquel momento ella no paró de preguntarse para sí a dónde iba su relación, a dónde iba su vida. Sería la tía rara soltera que nunca se casó y que nunca tuvo hijos y que nunca fue abuela. Se veía envejeciendo hippiosa, extravagante; única, sí, entre todas las mujeres. ¿Para qué? ¿De qué sirve ser única? Y tampoco es que fuese una gran duquesa o semirreina, que, por su oficio, es siempre única, como Isabel II de Inglaterra, por muy casada que esté o por muchos hijos que tenga. La reina virgen, como Isabel I de Inglaterra, que tiene en todos sus retratos cara de fría, de prepotente, de mala, de frígida, tiene también fama de rica. Si todo seguía así con Nazario tendrían la fama de pareja rica que puede darse el gusto de veranear cada año en un país distinto. ¿De dónde había venido la ocurrencia de casarse de pronto? ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Todas casadas a los cuarenta. Pero Luisa nunca pensó eso. Quizá estaba influida por los comentarios aparentemente inofensivos de sus padres y hermanos sobre si tenían planes de casarse o no. Quizá estaba influida por llevar la misma vida que sus amigas casadas. Quizá le influyó de pronto la inseguridad de si Nazario no querría, en última instancia, comprometerse con ella del todo. Mencionó Nazario lo de casarse en gananciales. ¿La querría por su ciertamente ventajosa posición económica? ¿Sería miedo lo que tenía Nazario, miedo a que su matrimonio resultara tan vulgar y quebradizo, una vez consumado, como muchos de los que conocían? El amor y el matrimonio no iban juntos, dijera lo que dijese Søren Kierkegaard. ¿Y Nazario? ¿Cómo se quedó Nazario después de aquello? Nazario sabía muy bien quién era Kierkegaard, y los motivos de su soltería y su negativa a casarse con su novia de muchos años parecían haberse colado dentro de esta feliz pareja, resquebrajándola. Nazario sabía que el deseo de Kierkegaard era pasar de una vida estética dedicada a disfrutar de las emociones y de las alegrías propias, en este caso compartidas con una mujer, a los rigores éticos, a la eticidad de una vida matrimonial. Nazario tampoco fue claro con Luisa por completo en todo lo que pensaba del matrimonio, a pesar de haberlo sido con ella toda su vida. De pronto le pareció que, si por una casualidad inimaginable ahora, volvía una noche a las cuatro de la mañana, tendría que llamar por teléfono a Luisa para explicarle qué había estado haciendo y con quién: un hombre casado. Un contrato, con una empresa, digamos, se firma para que ambas partes cumplan. Un contrato es una obligatoriedad. ¿No pierde su esencia el amor cuando se somete a la obligatoriedad de un contrato?, se preguntaba Nazario. Un contrato no deja de ser un contrato, por mucho que se adore la pareja contratante. Por eso, para Nazario, sin hijos, sin hipotecas, no tenía sentido firmar un contrato de obligatoriedad. Le parecía a Nazario que lo más fuerte de su amor por Luisa era precisamente el equilibrio inestable de la compañía pura, estar juntos porque sí, únicamente por amor. Sin contratos de por medio. No hubiera sido sincero consigo mismo si no se reconociera que había pensado, tiempo atrás, que este momento llegaría. Y el momento llegó, deshaciéndolos a ambos estúpidamente.
Nada volvió a ser igual hasta que pasaron unos meses y Luisa acabó dejándole. No hubo una gran pelea. Pero sí hubo una gran tristeza. Nazario recogió sus cosas una tarde sin estar Luisa presente. Alquiló un estudio cerca de su instituto y adoptó un gato. Luisa se casó un año y medio más tarde y se quedó embarazada en su luna de miel. Su familia, tranquila, y sus amigas, contentas. ¡Todos contentos! ¿Y Luisa?
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