el novelista
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Eduardo Navarro se retiró por fin a Santander, su ciudad natal. Ahí tenía asegurado un cierto reconocimiento intelectual palpable en pequeños grupos de amigos y conocidos que en cambio en Madrid no tenía, aun habiendo sido reconocido como un intelectual y un novelista nacional e incluso internacional. El reconocimiento de los lectores, críticos y amigos tiene varios usos para el escritor solitario: tiene adonde ir sin necesidad de exhibir sus cualidades literarias y tiene unas pocas y estilizadas rutas de paseo vespertino. El reconocimiento intelectual de sus colegas de la provincia le convierte en un fijo, con la publicación de un artículo semanal en El Diario Montañés, unas ochocientas o novecientas palabras por semana, y una suerte de hermandad irónica y distanciada, pero segura, en las tertulias. Ahí se espera que esté presente, pero no se cuenta con que discursee o intervenga demasiado. Para un escritor característicamente solitario, Madrid ha ido volviéndose cada vez más insociable. Las tertulias son competiciones de ingenio y eso es cansado. A la edad de Navarro, cumplidos ya los ochenta, prefiere que no se esperen de él grandes opiniones minuciosamente explicadas: lo confortable es que se cuente con él sin consultarle demasiado. Por otro lado, para pasear necesita un paisaje más variado y elocuente que el secarral madrileño. Que Madrid sea un secarral para un típico paseante en corte como es Navarro resulta, en su caso, una ocurrencia de última hora, una especie de justificación: en el fondo ha sido un escritor provinciano que regresa ahora a su provincia. Las provincias le parecen ahora el sustrato del realismo narrativo, mezclado con meditaciones religiosas y filosóficas, que ha practicado siempre. Ambas meditaciones han sido constantes en sus libros, pero a la vez se han ido diluyendo, diluyéndose a medida, quizá, de su propia inseguridad acerca de sí mismo. «Necesito –se dice– un territorio familiar conocido y nuevo del cual procedo, sin embargo. ¿Un regreso a mis orígenes? Quizá es eso.» Y quizá es sencillamente cansancio respecto de sí mismo, dudas acerca de su propia significación espiritual. «No conozco a casi nadie –medita– y casi nadie me conoce. Pero me gusta en el fondo saber que todo el mundo sabe quién soy.» Eso es más fácil en provincias que en Madrid. Por otra parte, necesita hacer ejercicio, dar un paseo, no se siente ya en edad de inscribirse en un gimnasio, pero aún está a tiempo de pasear una hora o dos por las tardes antes de sentarse a tomar su ligera cena y a escribir hasta medianoche. Por suerte su economía privada funciona bien, aunque no sea boyante. Y tiene una sirvienta que lleva años en casa y que le hace de cocinera y doncella. Aparte de las tertulias públicas, le gusta a Navarro crear y mantener una tertulia semanal privada con un pequeño grupo de amigos y amigas. En esa tertulia cabe algún familiar que le ha conocido de muy joven, y caben, desde luego, algunos escritores y artistas locales que le han visitado con frecuencia en Madrid. A diferencia de Madrid, que es monumental, Santander es pintoresco y reducido y variado. Puede pasear por Reina Victoria hasta la Magdalena y volver por el mismo camino hasta su piso del muelle frente a Correos. Esto de los paseos ha sido el gancho que finalmente le ha trasladado de Madrid a la provincia. Pasearse no es sin más ir de un sitio a otro, por muy metódica o diariamente que se haga. Pasearse tiene un componente estético, como de visita a un museo: uno contempla unos cuantos cuadros cada vez, quizá muy pocos. En los paseos provincianos, uno ve siempre los mismos cuadros o cuadros parecidos, tiene en los puertos de mar la variación paisajística que solo el mar y las bahías proporcionan. ¿Y por qué el mar? Porque es el latido constante de la posible aventura virtual. Navarro no tiene idea de embarcarse ahora, aunque quizá alquile algún barco pequeño para moverse por la bahía en verano, pero sí quiere sentirse cerca de esa movilidad portuaria, de la entrada y salida de barcos comerciales y de gabarras y barcos privados, de vela, sobre todo. Navarro es, por usar una expresión inadecuada, un soñador. Este es su peligro. Que las ensoñaciones acaben decepcionándole más que la realidad. ¿Cree Navarro seriamente que este brusco y radical cambio de lugar va a mejorar su propia persona? ¿Cree que va a tener más o mejores amigos, más o más fáciles relaciones con sus contemporáneos? Navarro no acaba de creer eso. De hecho no cree que llegado a su edad se produzcan ya cambios significativos. ¿Qué espera entonces de su cambio de domicilio? Espera alzarse a un grado nuevo de concentración narrativa. Madrid ha acabado convirtiéndose en un asunto privado: el propio Eduardo Navarro es el único tema de las novelas de Eduardo Navarro. Por supuesto hay figuraciones y transfiguraciones, no son relatos íntimos, pero sí ha llegado a un cierto cansancio de sí mismo. Él lo llama «ausencia de paisaje». «El interior –piensa ahora–, mi propio interior, no es suficiente, necesito un exterior variado y amable y asequible, y algo más barato, por cierto, que Madrid.» Un amigo suyo, Mario, escritor también e historiador de la literatura, le ha hablado muchas veces de almuerzos o cenas con amigos o con familiares en una plaza de Santander, en la plaza de Pombo, por ejemplo. Y Navarro siente también nostalgia de esas comidas de pescado frito o al horno, de esos cocidos montañeses, nostalgia de las boronas hechas con harina de maíz... Tiene la impresión general de que ha dejado a medias su vida provinciana y solo ha alcanzado a medias una vida capitalina. Una impresión aproximada a esta tiene de su propia conciencia o de su alma, por usar un término anticuado ahora mismo. No se ha alejado por completo de sus ideales heroicos de juventud y madurez, pero no los ha llevado a cabo del todo. Uno de sus ideales heroicos ha sido siempre la escritura continua. La inventiva que no cesa. Pero lleva ya un tiempo de estancamiento, no de retirada, pero sí de sentimiento de excesiva sensación de dificultad. «El oficio que ejercemos diariamente, sea el cuidado de una familia o de una obra literaria o de una oficina, tiene que contenernos y alimentar nuestro ingenio, no hay rutina que valga. La vida diaria es lo no rutinario, el lugar donde lo insólito y lo genial pueden producirse si uno está atento.» Eso es lo que piensa Eduardo Navarro ahora. Lo que desea, dicho en pocas palabras, es mejorar su calidad como escritor. Cree sinceramente que un cambio de lugar implicará un cambio de tono, un allegro molto cantabile. Y eso está por ver. Pero no lo verá si no lo hace. Si solo piensa en ello pero se queda en su piso de Madrid acabará poco menos que leyendo los periódicos, y en realidad le falta mucho por leer y mucho por ver; casi todo lo que puede verse sencillamente paseando por las calles de un puerto de mar puede verse en Santander justo de paso. De reojo. Madrid fue su ciudad universitaria. Londres fue su ciudad extranjera durante once años. Luego volvió a Madrid y ahora desea volver a su ciudad natal en busca de ocurrencias. Quizá se equivoque. Pero el miedo a equivocarse no puede ser parte de una aventura. El miedo a equivocarse es análogo a enamorarse o comprometerse políticamente. Eduardo Navarro ha ido sintiendo y consintiendo todos esos miedos a lo largo de la vida, y su producción literaria, relativamente abundante, le parece ahora tediosa. Tiene que renovarse o morirse. Pero quién quiere morirse; nadie quiere morirse. Todos queremos vivir para contarlo: eso es justo lo que quiere Eduardo Navarro.
Eduardo Navarro está convencido de que la invención literaria no es nunca autobiográfica. Esto, sin embargo, no resulta obvio. Una parte considerable de los relatos o las novelas que leemos, incluso los ensayos, tienen un componente autobiográfico fuerte. No hace falta en esto mencionar a don Miguel de Unamuno o a Fichte porque todos reconocemos con claridad lo mucho que hay de autobiográfico en nuestros relatos más aparentemente distanciados de nosotros mismos. Rainer Maria Rilke, en su poema sobre la pintora Paula Modersohn-Becker, dice: «Tan sin curiosidad fue su mirada, / tan sin nada, / tan de veras pobre / que no se deseó ni a sí misma: / era santa». Hace muchos años que doy vueltas a este texto y estos últimos meses he vuelto a releer gran parte de las grandes novelas de Iris Murdoch y un par de largos estudios sobre sus obras. Ahí aparece también esa mirada que no puede menos que establecerse a través del yo personal, y que por consiguiente se autocontempla, y que sin embargo no puede desearse a sí misma, haberse liberado de sí misma. Yo me imagino que esto es aplicable a algunos grandes ascetas o santos, por usar una terminología abstracta. Es inverosímil pensar que no se contemplaban a sí mismos en sus acciones diarias. Pero a la vez no podemos creer que sintieran curiosidad por sí mismos. ¿Qué pasaba entonces? Sin duda el «Yo pienso» o el «Yo existo» acompaña todas nuestras reflexiones. Veo esta mesa y pienso o repienso estoy viendo esta mesa, y así sucesivamente. Luego, de algún modo, el yo se interpone entre el mundo y el yo. El ego, el propio yo, es el primer obstáculo a salvar en una narración poderosa del mundo. Me temo que mi personaje de hoy, Eduardo Navarro, no esté teniendo esto en cuenta. Por familiar que sea y familiar que le resulte, si quiere seguir escribiendo, Navarro tendrá que desfamiliarizarse de su ambiente, tendrá que desfamiliarizarse de sí mismo. Esto es fácil de decir, pero difícil de hacer. Uno escribe, como diría Unamuno, desde el hondón del alma, desde el sentimiento trágico o por lo menos dramático de sí mismo. Se puede ser en esto más o menos discreto, pero nadie puede evitar, ningún escritor puede evitar, serse, sentirse a sí mismo en el acto de escribir. Ni puede tampoco evitar que sus textos se guíen por sus peculiaridades más que por sus verdades. Lo peculiar se asemeja a lo verdadero en cada caso, pero tiene mala universalización. El célebre imperativo categórico kantiano –obra de tal modo que tu máxima de conducta pueda automáticamente convertirse en tu norma universal de conducta– es endiabladamente atractivo y fascinantemente elusivo. Se nos cuela el yo por todas partes como un deseo excesivo o inapropiado. El propio yo se nos acerca tanto que se aparece a veces casi como una representación del yo ajeno: fingiéndose ajeno cree que se encuentra más próximo a uno mismo. En cualquier caso, Eduardo Navarro no va a encontrar más variedad o más inspiración en Santander que en Madrid porque la inspiración es un don intermitente (de los dioses, digamos) que solo puede ser capturado a la cacea.
El asunto, sin embargo, no es tanto describir una actividad, cazar o escribir, como describir un estado de ánimo solidificado, en el caso de Eduardo Navarro.