el pésame
spanish
Al bajar del tren se acordó de todo. El olor del mar y el olor de la lluvia en aquella estación apenas alterada. Su vagón era uno de los últimos y tuvo que recorrer todo el andén, reluciente de lluvia, arrastrando la maleta. Ya casi llegaba a cubierto cuando un mozo anciano se ofreció para llevársela. Rechazó el ofrecimiento todo lo amablemente que pudo. Los ojos llenos de lágrimas. El olor a lluvia. El tamborileo de la lluvia sobre el patio central de la estación semivacía, idéntica. El paso del tiempo era invisible allí. Se sentó en un banco de madera, debajo de uno de los ventanales. Encendió un cigarrillo. Había regresado sin motivo. O al revés: había regresado a causa de tantos motivos y tan poderosos que no parecía posible designar ninguno en concreto. La noticia que, en cualquier caso, le había hecho salir de viaje era una esquela: doña Rafaela Velázquez González falleció en Santander el día 14 de enero de 1989 después de recibir los santos sacramentos y la bendición apostólica. DEP. Su marido Julio Hurtado, sus familiares y amigos ruegan una oración por su alma. El funeral por su eterno descanso se celebrará el próximo día 21 a las 19 horas en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.
El pitillo le iba tranquilizando por momentos. Las lágrimas se le habían ido junto con todas sus ganas de llorar. Ahora su cara vista desde fuera era toda un puchero en cuyo centro relucían astutos los ojillos negros. A los sesenta años ninguna pena es ya desgarradora. Una pena ni siquiera es ya sencillamente una pena a esa edad. Sentía curiosidad por ese funeral. Por aquella iglesia. Aquellos minutos de reposo le habían repuesto increíblemente. Tiró el pitillo. Y se pasó la mano por la barbilla, las mejillas, el labio superior, varias veces. Sin querer sonrió. ¡Qué instinto el suyo este de no afeitarse en estas circunstancias! Su barba negra y cana, casi del todo cana, ya requería un par de rasurados al día. Si salía por la noche tenía que pasarse la maquinilla eléctrica. Un día y una noche bastaban y sobraban para conferirle un aire de poeta, de actor. Un aire doliente de independencia salvaje. ¡Cuánto había creído en él la pobre Rafa! ¡Cuántas veces en mañanas ociosas de mediados de semana habían paseado por el muelle debajo de su gran paraguas negro! Y las gaviotas chillaban arremolinándose como almas blanquigrises y brujeriles, graznando en torno a los desperdicios de los cargueros. De pronto se puso en pie y llamó a un mozo. Ordenó que le llevasen la maleta a un taxi. Al hotel Bahía. Nadie le reconocía. Nadie le reconocería. Como el hombre invisible, los reconocería él a todos sin llegar a ser reconocido, transparente en el gris del aire marinero. Durante el corto viaje vio las grúas. Ya no las viejas grúas como castillos rodantes, de hierro poderoso, de su niñez, sino otras nuevas grúas ágiles muchísimo más altas y coloradas, en el mismo lugar de las antiguas. Y las vagonetas, que sí que eran idénticas, las mismas vagonetas de carbón y de azufre y de madera a lo largo de aquel mismo muelle de carga y descarga que el taxi dejó velozmente a su derecha antes de colarse también velozmente bajo la majestuosa portalada del hotel.
El recepcionista alzó los ojos al tomar nota de sus apellidos y del número de su carnet de identidad. El hall del hotel estaba vacío a aquella hora de la mañana. Estuvo a punto de dirigirse al salón, desde cuyas ventanas se veía el mar. Pero se contuvo. Mejor más tarde. Ahora debía subir a su habitación, ducharse, dar una cabezada hasta el mediodía, arreglarse. Bajar a comer y salir luego a dar una vuelta. A esperar a las siete de la tarde. ¿Dónde estaría Julio Hurtado a estas horas? Se imaginó a Hurtado de riguroso luto, sentado a solas en su cuarto de estar, con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Él se había librado de la pena. Lo único que le quedaba era curiosidad. Una voracidad sin límites por los detalles, las anécdotas, las contradicciones de aquel matrimonio que él, veinticinco años atrás, había, equivocándose, pronosticado un fracaso.
Se duchó, se tumbó en la cama, se quedó dormido, se despertó, con hambre, muy pasadas las cuatro de la tarde. Volvió a ducharse, se puso el traje oscuro que había preparado para la ceremonia. El comedor estaba ya cerrado. Tomó un sándwich y una cocacola en el bar. Eran las cinco y media cuando dejó el hotel. Y no llovía. El cielo se había quedado delicadamente cubierto. Un aura gris blanca, etérea, envolvía todas las cosas, sacaba el brillo verde de los jardines como el atardecer a una acuarela. Subió y bajó los muelles tres o cuatro veces, procurando pegarse todo lo posible a la orilla para evitar a los probables conocidos del paseo de Pereda. Poco antes de las siete, cuando ya se encaminaba a la iglesia, comenzó a llover de nuevo. Sirimiri. Habían encendido las farolas. Todo se volvió íntimo y personal, como la conversación de una pareja de novios. Como las conversaciones que Rafa y él habían mantenido durante tantos años antes de que ella se casara, poco antes de terminarse bruscamente toda relación entre los dos. Él mismo dentro de su gabardina, debajo de su paraguas negro, que apoyaba ligeramente sobre el hombro izquierdo, se sentía protegido e intimidado por la avasalladora intimidad de las calles familiares. Todo, una vez más, se abría en recuerdos troceados. Las bocas de los portales, los cruces, los coches que cruzaban bisbiseando con las luces ya encendidas, los limpiaparabrisas describiendo su monótono semicírculo. Deambuló alrededor de la iglesia durante una hora larga. Por fin se decidió a entrar. Aún faltaban veinte minutos para el funeral. No había llegado nadie. La iglesia era de una intimidad devota. Ensombrecida toda la gran nave, las ojivas del falso gótico, la luz de las lamparillas de aceite. Los bancos de madera, los confesionarios todos apagados menos uno con una mujer a uno de los lados. La iglesia era su infancia. Anterior a Rafa. Anterior a su ruptura con la Iglesia, con todas sus creencias a la vez. Anterior al hombre hecho y derecho, un poco encorvado, que era ahora, que se sentía ahora. Se había preparado ya el túmulo para el funeral. Se sentó en un rincón cerca de la puerta de entrada. El paraguas goteaba, se iba formando un reguerillo, como una meada de perro debajo del reclinatorio. Aquel olor inconfundible. El tiempo pasó muy deprisa. Comenzaron a entrar algunas personas, Julio Hurtado entre ellas. Julio estaba igual que siempre, de medio luto. Siempre había tenido un aire como enlutado, Julio. En realidad poca gente. Unas quince personas que llenaban escasamente dos hileras de bancos a ambos lados del catafalco. Se encendieron las luces del altar mayor. Salió, con ornamentos negros, el cura seguido de otros dos curas, un par de monaguillos. Todo tenía un aire recogido y privado. Un aire subjetivo como de ceremonia celebrada en casa, a espaldas del mundo exterior, el aire un poco demasiado cargado ya, reprimidos los sollozos.
Se había encontrado con Rafa un par de veces o tres durante esos años. Le había emocionado verla. Se había quedado dando vueltas a las frases que intercambiaron. En todas esas ocasiones Rafa había estado siempre acompañada de Julio. Muy elegante, muy habladora. ¡Encantadora Rafa, de toda la vida! No se había resentido por la presencia de Julio. No había sentido celos. Solo curiosidad. Una curiosidad fácilmente disimulable, como las ganas de rascarse. Siempre habían hablado de cosas triviales, o de negocios. Nunca nada personal. El sentimiento, sin embargo, había sido intenso. Intenso pero, a la vez, desactivado. No había nada que temer con Rafa casada. Con Rafa soltera, había sido delicioso, pero también un tanto temerario hablar de amor. Nunca habían hablado de amor personalmente. Más bien en abstracto. Como quien discute las propiedades miríficas de una imagen o de una estampa. Algo un poco irreal que siempre mantenía, como una deliciosa amenaza, la cualidad de poder de pronto, de la noche a la mañana, convertirse en algo real, demasiado real. Estaba guapa de casada. No habían tenido hijos. La verdad es que había ido olvidándola poco a poco. Sin olvidarla del todo, como se recuerda una posibilidad que no aprovechamos y que incluso nos alegramos de no haber aprovechado.
Su frialdad había aumentado con los años. Con la pérdida de sus ilusiones juveniles. Con la llegada del sentido común y la prudencia. Incluso lo aventurero y más superficial del amor, la búsqueda de la pareja o el simple ligue, había ido dejando paso a una curiosa pereza amatoria. Una especie de cansancio de ir en busca de las ocasiones. Era como un temor. Y lo que temía sobre todo era volverse a ilusionar por alguien. Esa cálida emoción de verse todos los días con la misma persona, sentir que en doce o quince horas de ausencia la imagen se ha borrado un poco y necesitar urgentemente reavivarla. La presencia y la figura: eso es lo que no necesitaba ya de nadie. Recordaba la ansiedad de sus enamoramientos. La necesidad de acariciar y la ansiedad, siempre presente ante el temor de que sus caricias no fueran aceptadas. El deseo inexpresado en los roces, como la necesidad de tener a la persona amada siempre cerca. El llamar por teléfono, el aterrarse si la voz sonaba desganada, o indiferente, o fría, o guasona. La infinita seriedad, casi cómica, del deseo sexual. Todo eso había quedado atrás. Se sentía libre ahora. Pero, a la vez, hueco. Al no haber nadie que seriamente le preocupara, no había nadie en general. Vivía solo, oscilando entre el no quiero y el no me atrevo. Sintiendo vergüenza al no atreverse y orgullo al no querer. Se masturbaba como un adolescente y rehuía la compañía humana.
El funeral seguía su curso cansino. La voz del sacerdote y las respuestas infirmes de los asistentes sonaban como faltas de convicción. Este dato acústico, la falta de convicción, le invadió de pronto. Pensó que todos los asistentes se sentían tan fríos como él, incluso Julio. No veía sus caras. Pero estaba seguro de que no expresarían nada si las viera. Solo indolencia y cara de circunstancias.
El funeral se acababa. Las preces en torno al catafalco habían terminado ya. Los asistentes se arremolinaban en torno a Julio. Él también se adelantó. Esperaría al final. Sería el último. Olía a lana húmeda cuando se acercó a los que daban el pésame. Le horrorizó, reconfortándole, la frialdad de todos ellos. El par de frases convencionales pronunciadas rápidamente al acercarse al viudo. Él lo haría mejor. Charlarían un rato. Quizá convidaría a Julio a cenar. Se aproximó aún más. Julio levantó las cejas al ver que se acercaba. Tenía mala cara. Ojeras. Siempre había sido ojeroso. Casi feo.
–Te acompaño en el sentimiento.
–Gracias.
–Está teniendo que ser muy duro.
–Sí. Sí... –La voz muy baja de Julio sonaba dubitante, como si no estuviera seguro de lo que sentía.
–Estarás destrozado...
–Pues no. No demasiado. Estoy paralizado...
Se sintió cómodo repentinamente. Con ganas de cenar. Cenar y hablar y saber la verdad. Cualquier verdad. Y curiosidad, sobre todo. Se sentía capaz de entresacar verdades de entre las mentiras. No se engañaría. Julio no le engañaría, aunque lo intentase. Julio era igual que él. No le engañaría.
–¿Me acompañas a cenar?
–Encantado.
La celeridad y el entusiasmo que puso Julio en aceptar la invitación le convenció aún más de lo que estaba de que Julio tampoco había querido a la pobre Rafa. Nadie la había querido. Nadie quería a nadie. Era reconfortante pensar en este desamor universal. Seguía lloviendo cuando salieron de la iglesia. Caminaron en silencio hasta el hotel. A paso rápido. La verdad es que ahora que iba a desempeñar este papel de consolador de Julio tenía que reconocer que lo había tratado muy poco. Pero no menos a Julio que a cualquier otra persona. No había tratado íntimamente a nadie. Esta sensación de rigurosa distancia respecto de todos los seres humanos le hacía sentirse ahora, mientras se encaminaban al hotel, capaz de ver la verdad, de no dejarse engañar por los sentimientos ni las declaraciones ambiguas. Se sentía vagamente como un cazador, inspirado y alerta.
Se acomodaron en una mesa alejada del centro del comedor. Comieron deprisa, sin prestar gran atención a lo que comían.
–Es terrible. Era tan joven...
–No puedo creer que hace solo tres días vivía todavía...
–La muerte es lo único que es. Por eso me agobia un poco darte el pésame. No sabía qué decir en realidad. Afortunadamente ahora estamos comiendo, los dos solos, la situación es más natural...
–No siento nada. Estoy paralizado.
–Quizá sientas demasiado y eso te paralice. Los sentimientos muy fuertes se expresan a veces al revés, mediante la negación de todas las expresiones.
–¿Tú crees?
–Estoy persuadido. Es como el dolor, los dolores periféricos son más agudos que los profundos, también se acaban antes...
Julio comía despacio, como si le costara tragar. Su interlocutor comía despacio y poco arrastrado por sus ganas de hablar, que no acababan de corresponderse con lo que de hecho decía. El iceberg de las palabras sobresalía muy poco en relación con el voluminoso deseo de hablar y punzar la conciencia de Julio Hurtado, que le quitaba incluso el apetito. Y ya que las palabras no le salían con toda la facilidad deseable, procuraba refinar sus frases y ahondarlas y volverlas solemnes...
–Estoy persuadido de que la muerte no es el final. Rafa no nos ha dejado del todo.
–Tú no crees eso de verdad, ¿a que no? Lo dices por consolarme.
–Solo la verdad consuela en realidad.
–Pero si tú no eres creyente. Estás fingiendo.
–¿Eres tú creyente?
–Soy practicante, por lo menos. Rafa y yo éramos... practicantes.
–Entonces tiene que ser muy fácil para ti...
–¿Por qué? No veo por qué...
–Hombre, la Iglesia lo tiene todo previsto, los nacimientos, las bodas, las muertes... El consuelo prefabricado. Para los demás no hay nada detrás de la muerte, para vosotros todo empieza después de ella.
–Ya, pero eso hay que creerlo. No se ve por sí solo.
–Además, fuiste feliz con Rafa. Rafa fue feliz contigo. Se os veía bien...
–¿Se nos veía bien? Tú apenas nos veías. Sería un consuelo poder estar seguro de que Rafa fue feliz...
–¿Y no es así?
–No estoy seguro de nada. Los últimos años fueron muy difíciles. Una enfermedad larga...
–Estuvisteis muy unidos. Eso es la felicidad, ¿no?
–Estar muy unidos puede ser el infierno...
–Sin amor, claro. Pero vosotros os amabais. ¿O es que no os amabais?
Le hervía la sangre. Habían terminado de comer. Y pidió un coñac. Ya habían llegado. Ya estaban encima del corazón del asunto. A eso había venido: a saber a ciencia cierta que no se amaron, que nunca se habían amado, que nadie ama a nadie, si puede evitarlo. Se felicitó por haber traído a su amigo a cenar. La verdad es que Julio le daba igual. Lo que necesitaba era una confirmación de sus convicciones más antiguas y profundas acerca de la constitutiva incapacidad humana de amarse unos a otros. O cosa parecida. Necesitaba estar seguro de que algo ontológico se había interpuesto siempre en el amor, y que su soledad actual, su soltería e incluso sus masturbaciones estaban justificadas metafísicamente. Mientras bebía el coñac, los dos guardaron un silencio pensativo. A través de la cristalera del comedor (por algún motivo no habían corrido las cortinas en aquel último rincón del comedor del hotel), se veía el puerto musgoso, verdiazul, oscilante, el esquema ennegrecido de las grúas, la lluvia dulzona brillando bajo la luz de las farolas. Aquel paisaje, que había regresado tan deprisa a su memoria, le hizo sentirse endulzado y tranquilo, imparcial, un poco cruel, no mucho.
Apuró su coñac. Volvió a mirar al puerto, que parecía ondulado a través de la cristalera. Observó el reflejo de ellos dos en el cristal ennegrecido, las lucecitas lejanas los rodeaban como ánimas. Una bahía irreal como todos los sentimientos. Sintió ganas de pasear bajo la lluvia implícita en todos los cambios de humor de la noche.
–Julio, ¿qué te parece si damos un paseo?
–Un paseo ahora, no sé...
–Si no estás cansado...
–Cansado no estoy... Paralizado, estoy muy aturdido todavía...
–Un paseo corto, dar una vuelta por el muelle.
–De acuerdo. Ya sabes que no soy una compañía entretenida, ni siquiera en el mejor de los casos...
Parecía auténticamente indeciso. Había parecido indeciso durante toda la cena. Con aire de víctima. «¿Víctima de quién? ¿De un matrimonio desdichado? ¿Víctima mía?» Sonrió ante este último pensamiento. Un regocijo que le parecía mitad infantil. Esto de lo infantil y la inocencia eran categorías nuevas en su vida que comenzaba a utilizar cada vez con más fruición. Durante muchos años, durante su adolescencia y toda su madurez, había sobrevalorado la ironía, el cinismo, una especie de sabiduría mundana y amarga. Eso le había reconfortado en su creciente aislamiento. A partir de los cincuenta y cinco, sin embargo, los ojos se le llenaron de lágrimas y comenzó a compadecerse un poco de sí mismo. «Tengo que perdonarme muchas cosas», se decía. «No he sido feliz. Pero siempre he conservado un corazón noble. Esta nueva querencia de las cosas inocentes solo florece al final de la vida, la flor de la inocencia.» Y así le parecía que su curiosidad, su frialdad de ahora, su ligera crueldad de ahora ante la muerte de la pobre Rafa y ante Julio, era ese distanciamiento de los niños que comprenden y, a la vez, no comprenden las vueltas y revueltas de los asuntos de los adultos. «La distancia», pensaba, «es, sí, frialdad, pero también temor y temblor.» Con una curiosidad hecha toda de temblor y temor y de niñez, instó a Julio Hurtado a salir de paseo.
La noche en el muelle coincidía, casi palabra por palabra, con las noches del muelle de sus recuerdos. Volvía a su niñez, a su adolescencia, recuperadas ahora de verdad y no, como durante tantos años amargos, contempladas desde la perspectiva de una enclaustrada vida adulta. Pasearon por los jardines del paseo de Pereda. Subieron al puentecito japonés del lago artificial. De vez en cuando, chapoteaban las negras carpas de colores. Recordó que de niño les echaba pan. Recordó las migas empapándose velozmente. Y el veloz morro de las carpas zampándose el pelotón de miga empapada. Llevaban en silencio un largo rato.
–Hace frío ya, ¿no crees? –comentó Julio Hurtado, estremeciéndose.
–Damos un paseo rápido hasta el Club Marítimo y luego te acompaño a casa.
No puede decirse que Julio accediera; le siguió, sin embargo. Julio no tenía paraguas, así que le cogió del brazo y pasearon ambos lentamente, al rape del muelle, hasta el Club Marítimo. Ninguno de los dos dijo nada. Llegó a olvidarse de la presencia de Julio, que débilmente le sujetaba el brazo. Su niñez, más que su adolescencia, se le vino agridulcemente encima. Había sido una niñez gozosa y un poco triste. Se afanó muy rápidamente por disociar en aquel mismo instante la tristeza del gozo. No era nada fácil. Recordaba sus días de pesca, con los pies colgando sobre el agua. Recordaba la primera caña de pescar, muy flexible, que podía lanzarse casi al centro de la ensenadita de los prácticos del puerto. ¿Qué había habido que pudiera decirse solo triste o fundamentalmente triste? La tristeza lo humedecía todo de pronto. Todo había sido triste. Las escalerillas de «las pedreñeras», que iban a horas fijas a Pedreña; la gigantesca lancha de los Diez Hermanos que llegaba los sábados y domingos por la noche, atestada de gente; los altavoces a todo trapo con «La vaca lechera»; el Club Marítimo, reluciente ahora en la noche sobre el agua, sobre sus patas de cemento oscuro que la marea mostraba y escondía a intervalos: todo eso, cuya mera existencia había sido motivo de gozo, reaparecía ahora como una íntima vivencia de lo incurablemente melancólico.
Julio Hurtado no era el pasado. Había llegado a Santander solo un año antes de hacerse novio de Rafa. De hecho, este noviazgo había tenido lugar precisamente cuando su noviazgo se había disuelto. Disuelto más que roto. Las cosas no se rompen en Santander; se disuelven férrea y dulcemente, como las particiones de los testamentos. Por consiguiente, Julio, que se dejaba llevar arrastrado de su brazo, no era la juventud ni la niñez, ni siquiera la otra vida de Rafa. Era sencillamente un informador, que debía cumplir su función específica antes de desaparecer para siempre. Es difícil para un niño sentir compasión de una función. Seguía lloviendo, algo más fuerte ahora; estuvo tentado de entrar a tomar una copa al Marítimo. Pero el Marítimo no era en realidad cosa suya, parte de su juventud.
–Es curioso –dijo– que nunca entrara aquí con Rafa...
–Nosotros veníamos de vez en cuando a cenar –murmuró Julio.
Aquel «nosotros» sonaba muy raro, como si se refiriera a otras personas, a cualquier grupo de gente y no a su mujer y al propio Julio. Dejó de llover, clareó un poco. Tuvo la sensación de estar al borde de una aventura. «¡Claro que quedan aventuras!», pensó. «Sartre se equivocaba.» Y, en efecto, parecía haber una al final del malecón. «Una aventura hablada», pensó. «¡Por lo menos estas quedan todavía!»
–La vida te puede ofrecer mucho, Julio –declaró mirando fijamente al frente–; te puede ofrecer todo... –Al decirlo se dio cuenta de que la frase, corriente en sí misma, llevaba en este caso una insinuante malicia. ¿Qué podía ofrecerle la vida a Julio? Comprendió que, en realidad, la vida podía ofrecerle mucho, todavía, a Julio, a cualquier otro. Julio era en realidad algo más de diez años más joven que él. En ese momento comprendió también que lo despreciaba sin motivo. Y se disponía a barrerle de la existencia como a un personaje anónimo, un extra en una farsa–. Vamos a llegarnos hasta el final del malecón –propuso.
–Me gustaría volver a casa. Estoy cansado. Te agradezco mucho la cena... Deseo volver a casa...
–Vamos, te acompaño.
–Cogemos un taxi –dijo Julio–, mi casa queda arriba, en el Alta. Es un piso. A Rafa le hacía ilusión vivir allí, tan cerca de los prados donde había jugado de pequeña.
El Alta era también parte de su memoria lluviosa. Ahí iban de pequeños en bandas. Fingían cabalgar sobre las largas varas de los plátanos que, entre las piernas, pasaban por lomos de las caballerías. Recordó súbitamente los caserones vacíos en cuyos cristales se reflejaba misteriosamente el sol de media tarde. Recordó que uno de los juegos favoritos de aquella época había sido «asaltar» aquellas casas y encontrar en el sótano de una de ellas el cofre del muerto, o incluso el muerto mismo, medio podrido, deshecha ya toda su ropa, casi irreconocible.
El nuevo Alta había cambiado mucho, casi irreconocible como el muerto. Tuvo la sensación de estar en otro sitio. Un lugar muerto y sin recuerdos personales. La casa de Julio y Rafa era un piso en un bloque alto, una urbanización de ladrillos rojos.
–Estamos en el sexto. Se ve toda la bahía, todo Santander desde arriba.
–Será muy bonito –murmuró.
–Rafa estaba encantada de vivir aquí.
–¡Cuánto me extraña que le gustara a Rafa!
–¿Por qué? Rafa era muy santanderina...
–Pues por eso. ¡Eso no me dice nada...!
Había un tono acre en esta última frase. Quizá la primera acritud explícita de toda aquella noche. Julio Hurtado le miró fijamente, velozmente.
–¡Qué especiales sois los santanderinos!
–¿Discutíais de eso vosotros dos, de cómo son los santanderinos?
–Algunas veces bromeando...
Julio Hurtado sonrió por primera vez en toda la noche. Era una sonrisa amable y tierna que movilizó toda su cara. Le disgustó que fuera así. Le pareció que aquella sonrisa inocente era falsa inocencia, ternura convencional.
–Hay que reconocer, Julio, que los santanderinos nos ponemos pesadísimos, siempre con el dichoso Santander y el pejino y la escaleruca...
–A mí me encantaba...
–¿Encantaba? Te seguirá encantando entonces. No querrás ser el muerto en este entierro...
–¡Ojalá!
Esta declaración le pareció desmesurada y pensó, a la vez, que el dolor es desmesurado y que lo falsifica todo. Era evidente que Julio, tristón y todo, no tenía la más mínima intención de desesperarse y desear la muerte. Y era evidente también que Julio no lo falsificaba todo a causa del dolor, sino a causa de la pereza mental. Aquel «Ojalá» designaba únicamente el deseo que Julio tenía de parecer que quedaba a la altura de las circunstancias y eso era todo. La realidad era, sin embargo, muy otra: Julio Hurtado y Rafa no se habían amado nunca; se habían tolerado mutuamente; se habían hecho compañía, mal que bien. Y eso era todo. Le sorprendió la velocidad de su juicio: la rápida gesticulación mental y sentimental de aquel «Y eso era todo». El relampagueo de la conjunción ilativa. La sensación de poder y de sabiduría. Haber adivinado todo aquello es regresar ahora a la realidad para comprobarlo palabra por palabra. Pensó que no habían hablado lo suficiente. Pensó que no estaban hablando lo suficiente y que las palabras eran, al fin y al cabo, las palancas que arrancarían del suelo amorfo de Julio la verdad: el triunfal y trágico «Nunca nos quisimos». Así que se decidió a hablar a bulto: las palabras traerían consigo otras palabras que traerían consigo otras palabras que traerían, finalmente, la verdad.
–Julio, ¿te das cuenta de que es la primera vez en nuestra vida que paseamos juntos por Santander? Nos hemos visto los tres en otros sitios, pero nunca hemos paseado por aquí.
Habían llegado a la esquina de la Austriaca, al final del paseo de Pereda, en una de las conocidas esquinas desde donde solía contemplarse antiguamente la agitación resplandeciente de Puerto Chico. No pasaba ningún taxi. Y Julio pareció indeciso, mojado por la lluvia todo su lado izquierdo, que se salía del paraguas.
–Es tan romántico todo esto, tan provinciano y tan romántico, tan dulce, tan provinciano y tan romántico. ¡Mira la luz de las farolas muelle abajo, inolvidables, románticas! ¡Tan romántico!
Se sentía santanderino hasta la médula. Jubilosa sensación de pertenecer por nacimiento a aquel sitio del cual el pobre Julio Hurtado iba separándose, sin querer, tan deprisa.
Tomaron, por fin, un taxi. Julio Hurtado dio su dirección del Alta. Se metieron en la calle Martillo por debajo del gran arco del Banco de Santander. Martillo arriba hasta el teatro Pereda, ya desaparecido, la iglesia de Santa Lucía, la calle de Santa Lucía, el paseo de la Concepción con su gran bóveda de plátanos y sus villas. Apenas hablaban. Reconocía los lugares abreviadamente, oscurecidos y fugaces, tiernos esquemas mnemónicos. Pensó en los tranvías de los viejos veranos, paseo de la Concepción arriba. Recordó sus sandalias de playa, dadas de blanco España. Las copas nubilosas de los plátanos estivales se mecían arriba, verdor inmaterial de la noche de invierno y de las jardineras desaparecidas ya, incluso sus raíles. La plazuela del Alto de Miranda. Y la carretera del Alta hasta la casa de Rafa y Julio. Sentía los ojos llenos de lágrimas. Se sentía protagonista de una historia romántica. Un amor, una muerte. Bajaron del taxi. Julio sacó sus llaves, abrió el portal, subieron en ascensor, entraron en la casa. Toda la gran bahía y el puerto con sus luciérnagas, su misterio, su aire conocido y desconocido a la vez le entraron por los ojos a través de una gran cristalera, desnuda y fantástica.
–Una vista muy bonita –comentó Julio Hurtado.
–Sí, desde luego. Pero... panorámica. A los santanderinos nos gusta Santander detalle por detalle. Lo panorámico, desde luego. Pero lo íntimo, lo invisible, sobre todo.
–Lo íntimo es lo invisible, según tú, ¿no? ¿Quieres una copa? ¿Qué te apetece?
–Un whisky, un whisky con hielo.
Mientras Julio se afanaba en el mueble-bar, contempló toda aquella sala con sus rincones íntimos. Había, incluso, una especie de mirador, formando una rotonda, muy estilo inglés de decorador, no le faltaba un detalle.
–La casa es muy bonita, todo muy inglés. ¿Quién os la decoró?
–Nosotros mismos, poco a poco. A Rafa la encantaba. Buscó todos los muebles, uno por uno. Las alfombras, el papel de las paredes...
–Para mi gusto, un poco demasiado perfecto, pero en fin...
–He agradecido que vinieras esta tarde a la iglesia. Rafa hablaba mucho de ti.
–¿De veras?
–Claro. Yo creí que lo sabías...
–No, no sabía nada. Al contrario. Más bien creía lo contrario, que Rafa me había olvidado ya... Las pocas veces que nos vimos juntos los tres, Rafa no manifestó ningún sentimiento especial.
–Estaba yo allí todas las veces –dijo Julio Hurtado con voz muy clara.
–Ya, y hubieras sentido celos...
–No creo que tanto. Rafa tenía toda mi confianza. Sentir celos (incluso pequeños) hubiera sido ofenderla, hubiera sido, sobre todo, muy injusto. Siempre tuve esto muy claro...
Se habían sentado en los asientos de cretona que rodeaban, como un forro acogedor, la rotonda. Habían ya consumido el primer whisky. Julio se levantó a rellenar los vasos. Volvió con los vasos tintineantes. Hubiera parecido una reunión tranquila de dos amigos de no ser por la palidez de la cara de Julio y sus ojeras. Tenía pinta de enfermo. Contempló la palidez de Julio como quien observa un dato concreto en un discurso, una cifra, que no puede combinar con el resto y que parece fosforecer ahí solo, incomprensible. ¿Estaba realmente Julio Hurtado sufriendo tanto? ¿Qué había querido decir con eso de que Rafa hablaba mucho de él? Tuvo la sensación, por primera vez en todo el día, de estar llegando al fondo del asunto, de comenzar a comprobar lo que había venido a comprobar. Pero a la vez tuvo la sensación de estarse entrampando en un falso reino sensiblero, de donde proceden todos los errores. Y por encima de ambas sensaciones se sintió alegre, como un diablo. A esto había venido y aquí estaba. La sensiblería formaba parte del emerger de su sabiduría.
–No acabo de ver qué quieres decir, Julio –dijo, y agitó con los dedos los hielos del whisky.
Julio abrió los ojos, se le subieron las cejas a lo alto como unas gafas de présbita. Como un relámpago, Julio advirtió una claridad que no había aparecido hasta entonces en sus ojos.
–Es posible –añadió Julio Hurtado– que no te dieras cuenta. Sí, es posible. Rafa se hubiera casado contigo si tú hubieras querido...
–¡Qué va! Rafa me dejó plantado.
–Porque te quería.
–¡Eso sí que no lo entiendo!
–No lo entiendes porque nunca la quisiste...
–¡Eso lo dirás tú!
–Rafa dice, decía, que no la mirabas o que no la veías, que la mirabas sin verla, como con prisa; cuando yo la encontré estaba muy apenada. Yo me hubiera casado con ella en cualquier circunstancia. Enseguida vi que toda mi vida iba a reunirse en ella como los ríos que desembocan en un lago, una imagen un poco cursi, quizá. Yo soy un poco cursi, no he tenido ninguna formación literaria, apenas sé expresarme...
–O sea, que te casaste con ella aunque no te quería, porque tú la querías y ella me quería a mí. ¡Qué cosa más absurda!
–Me casé con ella porque le rogué que se casara conmigo, se lo pedí como a Dios y ella tuvo compasión de mí...
–... pero nunca te quiso...
–¡Ah!, eso fue lo maravilloso, que empezó a quererme poco a poco, se acostumbró a mí, tan pronto como se casó conmigo, fuimos felices...
–Fuisteis felices. ¿Fue Rafa feliz?
–Sí, claro. No lo sé. Eso es lo que me atormenta ahora. Me atormenta que quizá parecía feliz y no lo era...
–Pero eso se tiene que notar, ¿no? Tiene que ser obvio...
–Además, como no tuvimos hijos...
–¡Ah!, eso tiene que ser terrible para cualquier mujer...
–Ya, y sin embargo hablábamos con frecuencia de estas cosas y Rafa decía lo contrario, decía que la felicidad puede ser completa con los hijos, pero que no hacen falta, realmente, los hijos para que una pareja sea feliz... como nosotros, por ejemplo.
La expresión de Julio había cambiado mucho: ahora parecía animoso, casi contento. Le contempló fríamente, con un desdén injustificable que a él mismo, sin embargo, le parecía justificado. «Tengo que hacerle hablar más», pensó. «Tengo que hurgarle más, sacarle todo lo que se refiere a mí.»
–Te encuentro mucho mejor ahora, Julio. Te veo más animado...
–Me anima hablar de Rafa, cualquier cosa que haga referencia a ella me consuela... No hubiera podido aguantar la compañía de nadie esta noche, pero la tuya me consuela. Para ti también fue Rafa una persona querida...
–Y, sin embargo, acabas de decir lo contrario, acabas de decir que Rafa decía que yo nunca la quise, que me dejó por eso...
Se felicitó en su interior. Julio parecía desconcertado ahora, como si tratase de resolver para sí mismo aquel embrollo. Julio miraba fijamente el vaso de whisky vacío, en completo silencio. Su invitado se levantó y fue en busca de su abrigo, que había dejado encima de una silla, un poco más lejos.
–Me voy, Julio, es ya tarde y tienes que estar cansado.
–Por favor, no te marches ahora, ahora habíamos empezado a hablar, tómate siquiera otra copa...
Julio se levantó precipitadamente y se dirigió al mueblebar, llevando un vaso de whisky en cada mano.
Julio Hurtado llenó los dos vasos y tendió uno de ellos a su visitante, que, enfundado ya en su abrigo, con el paraguas en la mano, hacía ademán de irse. Tomó, sin embargo, el vaso y, sin quitarse el abrigo, volvió a sentarse en la rotonda.
–Por no despreciártelo –dijo. Y añadió–: Solo este vaso y me voy. Creo que no te conviene volver y volver sobre lo mismo.
–Te agradezco que te quedes. Me había hecho a la idea de pasar solo esta noche. Dormirme pronto. Tu llegada lo ha cambiado todo...
–Para peor, por lo que se ve. No hubiera debido acompañarte a casa, hablar de Rafa...
–Al contrario, al contrario. Soy yo quien te agradece...
Bebió su whisky a sorbos deliberadamente pequeños y continuos. Sentado en el mismo borde del sofá, con el abrigo puesto, tenía el aire de quien está a punto de irse. Julio Hurtado pareció a punto de decir algo en dos ocasiones consecutivas, pero no lo dijo. Y se sumió después de ambos intentos en un silencio de entrecejo fruncido que volvía su cara aún más sombría y determinada.
–Parece, a veces, en la vida –dijo Julio, rompiendo a hablar de pronto–, que nunca se dice nada, y que si nos ponemos a pensar en las frases que decimos en la vida, apenas recordamos cuatro o cinco y ni siquiera las más importantes, sino quizá las más corrientes y molientes, incluso las más tontas, así que parece que no recordamos nada de la vida, nada de lo que se hizo, nada de lo que se dijo, pero sí recordamos y jamás se nos olvidará, jamás, todo lo esencial que rara vez son las palabras, recordamos las cosas mismas, recordamos la vida misma, su excelencia, su miseria, con una nitidez de paisaje familiar que nos envolverá ya para siempre, y es un recordar y no un pensar o un decir esto o lo otro porque es un volver a ser la historia del corazón, toda la historia entera del corazón, eso es recordar, según el título de un libro de un poeta del que Rafa recordaba trozos de memoria, uno se acuerda de todo lo esencial y por eso me acuerdo de lo mucho que ella te quiso y cómo yo le rogaba humildemente que me hiciera la gracia de dejarme vivir un poco de tiempo junto a ella, aunque no me amara, como un animalillo que se acostumbra a una casa nueva y olisquea los zapatos, como un gato que se acostumbra al nuevo olor de la cocina, al nuevo olor del dobladillo de los nuevos pantalones, como lo infinitamente pequeño que se acostumbra a ser reconocido y a florecer, así yo me acostumbraría a ser amado y aprendería a amarla si ella me dejaba, y ella me dejaba, y se frotaba contra mis piernas con el morro, y yo me sentía poco a poco recordado también dentro de su amor por mí, el nuevo, que era un amor recordado y también viejo y que venía de lejos, como tiene que venir el amor, de un lugar lejano más puro que cualquier aquí o allí, y era alzado yo hasta el amor con que primero te amó a ti y luego a mí y luego a Dios, o primero a Dios y luego a ti y a mí, eso fue lo que yo entendí y por eso fuimos felices, nunca estuviste lejos porque todo el amor vuelve al amor de una criatura como Rafa, y también recuerdo que le gustaban menos las flores cortadas que las plantas y menos los domingos que los sábados, y el café del desayuno recién hecho con dos cucharaditas de azúcar, y recuerdo que sonreía todas las noches, me sonreía por mediación del espejo cuando yo la miraba, y todo lo que sé de la vida lo recuerdo de ella y es un puro recuerdo sin ninguna sombra...
Julio Hurtado se echó a llorar desconsoladamente. Su visitante no sabía qué decir, fingió que se enjugaba, o quizá se enjugó de hecho, una inesperada lágrima y sintió, por un instante, intensa envidia. Y la envidia se le quedó instantáneamente, como una eternidad, como una púa debajo de una uña, y le condujo otra vez a la razón, a la ardiente razón del sentir daño físico en las propias entrañas; y la envidia se deshizo, dejando paso a la pura luz de la razón y al odio cristalino.
–¿Te das cuenta, Julio, de que te lías? No quieres reconocer la claridad de lo que tú mismo declaras, la evidencia de lo que, según tus propias palabras, resulta evidente a todos los demás. Y querrás saber quiénes son todos los demás y yo te digo que yo mismo los represento a todos. Yo soy la conciencia de todos los mortales, el sentido común de todos ellos. Rafa nunca te quiso y, por supuesto, nunca me quiso a mí, ni a ti ni a mí, ni a Dios, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no ves, si no amas al prójimo a quien ves? El Evangelio, tus Evangelios, saben ser ácidos y certeros de vez en cuando. No se puede amar a Dios por sí mismo y al prójimo a través de Dios. Eso es una falacia. ¿No ves que no te amaba? Tú mismo lo has dicho. Tú estableces un orden de primero yo, después tú, después Dios, primero Dios, después yo, después tú, como si simplemente invertir los términos sirviera para invertir también el orden de las realidades. Esto no es un juego de palabras, esto es la cosa misma en su pura y ácida verdad que se te ha escapado por la boca, tú lo has dicho, si me amaba a mí no te amaba a ti, porque una persona no es sustituible por otra, cada persona es un fin en sí misma, y si me amaba a mí no podía amar a Dios, ni antes ni después, porque entre Dios y yo hay una distancia infinita. Lo de Dios es una plantilla, lo del amor de Dios, una frase-plantilla, que os sirve a los católicos para ocultar que no os amáis los unos a los otros, que simplemente os aguantáis unos a otros sin amaros, os toleráis por cobardía y por miedo... Si me amó a mí primero, no pudo amarte a ti después... y la prueba, declarada por ti mismo, es que tuviste que humillarte y pedirle que te amara, que te permitiera ocupar un espacio ínfimo junto a ella... Tú mismo, tú mismo, Julio, sin darte cuenta has dado con la comparación exacta, como un animal doméstico, como un gatito que entra en una nueva casa, con la odiosa y abyecta humildad de quien no es querido y nunca será querido, te echaste a los pies de los caballos burlones de su no quererte, que como un vómito continuo lo pringaba todo, aceptaste vivir en ese pringue helado y ella lo aceptó por fin porque le resultaba cómodo, yo qué sé, tragicómico, cómodo, fuiste un comodín de su orgullo, ¿no ves que era una mujer orgullosa? ¿No ves que jamás pudo perdonarme? Pero si lo has dicho tú mismo. ¿No has dicho que me dejó a mí precisamente porque yo no la quería, no la miraba? ¡Pues claro! Jamás pudo tolerar que no se la adorara, que no estuviésemos a su alrededor como perros disciplinados, que no hiciéramos las gracias que le hacían gracia en el momento en que le hacían gracia, no quería ser amada, quería ser deificada. Y tú, pobre idiota, la deificaste de sobra. Y así salió todo...
–Tiene que haber un error en algún sitio... –murmuró Julio, muy pálido–. Un error que te hace equivocarte, un genio maligno que te vuelve elocuente y te confunde. A mí también me confundían los médicos, no sé por qué se ahogaba, no sé qué tenía que ver ahogarse con su cáncer, todo parecía fruto de una mala voluntad...
–¡Sería su mala voluntad de morirse jodiendo a todo Cristo!
–No quieres entenderme, de pronto parece que no quieres entenderme, parece que nos odias a Rafa y a mí... Es mejor que te vayas, perdona, es mejor que te vayas, te agradecería que te fueses, además es ya muy tarde, las noches no me sientan bien, todo este whisky no me sienta bien, ya no sé ni qué te he dicho, y todo este whisky, yo apenas bebo, no estoy acostumbrado...
–Entonces, ¿me echas? ¿Quieres que me vaya? Es eso, ¿no? O sea, que me echas de tu casa... Nunca creí que terminaríamos así, está visto que el género humano es incapaz de soportar demasiada realidad...
–Estás en un error...
–Acabas de decirme: «... te agradecería que te fueses». ¿No acabas de decirlo? Me voy, ya me voy...
–Quédate, por favor. No podemos dejar esta conversación inacabada...
–¿No podemos? ¡Claro que podemos! Podemos, y debemos... dejarla inacabada. La vida misma es una conversación inacabada, un acto único incompleto...
–¿Por qué no puedes creer que Rafa te quisiera, que Rafa me quisiera? No lo entiendo...
–Si me hubiera querido, se hubiera casado conmigo, bien fácil lo tenía.
–Eras tú quien no la quería. Es imposible casarse sin amor por las dos partes.
–¡Pero si tú mismo te casaste así! Rafa no te amaba, tú mismo lo dices, acabas de decirlo...
–Aprendió a amarme, al ver que yo la amaba de verdad...
–¿Y cómo vio Rafa eso? ¿Por qué no vio que yo la amaba? No lo vio porque a pesar de sus maneras dulces y abiertas, a pesar de su aparente camaradería, Rafa no quería un amor entre iguales, no consentía que nadie la igualara, yo la amaba pero no podía renunciar (ni ella tampoco) a la voluntad egoísta de vivir, no podía renunciar a limitar su sagrado espacio, el de ella, siempre tan astuta, para hacerme el mío, poderoso ya aunque muy joven, mi propio espacio desgarraba ya mi corazón, Rafa debió entenderlo y hacerme mucho sitio, eso equivalía a amarme realmente... Era una cuestión de o ella o yo... Así que lo dejamos... Solo que yo lo dejé sin engañarme y ella, en cambio, se engañó adrede, y te engañó a ti... ¡que llegaste al año justo! ¿Tienes algo que decir? ¿Qué más querías decirme?
Julio no respondió nada. Su silencio se extendió por el aire cargado de la habitación como una veloz mancha de aceite. «Es imposible que la haya querido», pensaba Julio, no se comportaría ahora así. No es cierto que no podamos saber qué sentimos o qué sienten los demás por nosotros. Si eso fuera cierto...», añadió tímidamente, mentalmente, como una conclusión que no concluye nada, temiendo al hacerlo la sensación de que se iba por las ramas y de que no podía pensar claramente. «Si eso fuera cierto, yo no sufriría ahora, el pasado borraría toda la larga playa...» La imagen de la playa, como si pensar fuera soñar y haberse ya dormido, la imagen de la playa se le escapaba por momentos, carecía de significación...
–No hay ningún refugio, ningún abrigo, el pasado borra toda la larga playa de nuestra vida juntos, y yo no quiero olvidar nada, no puedo olvidar nada, y todo se me ha olvidado a la vez... Y tú me traes ahora un recuerdo estéril que yo no puedo combatir porque no es mío, tú niegas a Rafa en tu recuerdo, tu presencia aquí es una negación, me impides verla tal y como era... De la misma manera que tú mismo te impides toda visión a ti mismo... No me daba cuenta... Estás tan lejos de la paz...
–Y tú estás borracho. Me voy ahora. Mañana quizá hablemos de nuevo. O quizá no. Probablemente no. ¿Para qué?
Bajó a la calle. Llovía y no llovía. Respiró el aire húmedo y fresco del Alta. No sabía qué pensar. Y el no saberlo le condujo, confortablemente, hacia sí mismo. Por un momento pensó en Julio allá arriba, en aquel piso tan absurdamente anglófilo. Las cretonas y el whisky. El mal gusto de todo buen gusto adquirido. Los sentimientos hogareños y convencionales del pobre Julio y de Rafa. Echó a andar en dirección al Alto de Miranda. Iba andando como si flotara. Sin saber cómo –andando mucho calle abajo, cuesta abajose encontró en el muelle. La noche en el muelle coincidía enteramente con las noches de sus recuerdos. Volvía a su niñez, a su adolescencia anterior a Rafa, recuperadas ahora de verdad y no, como durante tantos años amargos, contempladas desde su vida adulta. Rafa había sido un mal paso. Un amor que no había tenido lugar, una existencia pisoteada, ridícula. Muelle arriba y abajo. Tenía la sensación de que dejaba atrás lo inacabado puro. «¿A qué habré venido?», se preguntó. Era imposible contestar porque el olor del mar y el olor de la lluvia en aquel muelle apenas alterado, desierto ya a estas horas, le llenaban los ojos de lágrimas, tierna compasión de sí mismo. Había regresado sin motivo y ahora el olor a lluvia, el tamborileo de la lluvia sobre su corazón idéntico, le enternecía como de adolescente. Su soledad le había enternecido... A los sesenta años ninguna pena, sin embargo, es ya desgarradora. ¡Qué instinto suyo tan profundo, el de volver, ahí estaba, a ojos vistas, su adolescencia, su vida, caladas por la lluvia!