el respondón: una debilidad literaria
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Le seguía preocupando la carta que había escrito quince días atrás. Era una preocupación sonámbula que le circundaba, sin aumentar ni disminuir, como la sensación de estar gordo o un leve dolor de cabeza. Tras años sin escribir carta personal alguna, había emprendido esa carta con ganas. Se sentía asombrado por esas repentinas ganas, como un adulto que se sorprende a sí mismo hundiendo y empujando en la bañera un pato de goma. La carta en cuestión era la respuesta de Rogelio Sanz –un ilustre hombre de letras madrileño– a una carta de un amigo suyo, de su misma edad, abogado de un banco de provincias. Este amigo decía en su carta que durante años había obtenido una gran satisfacción de escribir él mismo a mano todo lo referente a sus asuntos profesionales; redactarlo con una fruición y un interés por el lenguaje en su uso legal, y también ordinario, que resultaba, a todas luces, excesivo para la finalidad práctica de sus escritos. A esto añadía que años atrás, casi en su juventud todavía, al acabar la carrera, había escrito un curioso y, según el propio Juan –así se llama el amigo de Rogelio–, un «casi impresentable» diario. A todo lo cual añadía finalmente lo siguiente:
Estas consideraciones me llevan a pensar que, en algún momento futuro (pero no demasiado), de mayor desahogo de trabajo, debería forzarme a escribir algo –lógicamente, por más fácil, algunos cuentos–: por un lado, para quitarme una espina o trauma raro que de siempre tengo sobre este asunto: el de ser o no capaz de escribir –se entiende, con algún valor literario–. Es obvio –me digo– que solo haciendo esa prueba (y va siendo ya tiempo) acabaré despejando esa duda. Si hasta ahora no lo he intentado ha sido por la convicción del resultado negativo de la prueba –negativo al menos con un valor universal, es decir, frente a otro–. Pero últimamente –y al hilo de las consideraciones sobre mi satisfacción escritora en parcelas aparentemente ininteresantes– me animo a mí mismo pensando que, en todo caso, tendrá un lector, yo, satisfecho, posiblemente en un grado superior al hasta ahora conocido –si lo hago acabaré sabiendo que de verdad puedo escribir.
Rogelio recordaba de continuo su propia contestación; casi era capaz de reproducirla de memoria, como algo, unas frases, un tono de voz, una manera de hablar, que se nos queda en la memoria tontamente como una astilla debajo de la piel, en la mano. Rogelio tenía la sensación de haber contestado solemnemente, quizá sin gracia, sin sentido del humor –lo cual, para Rogelio, era un gravísimo delito literario–. Pero, por otra parte, tenía la sensación –la seguridad absoluta– de haber contestado en serio:
Ponte a escribir inmediatamente, buen amigo [recordaba, más o menos, Rogelio]. No te empeñes en escribir un cuento, sin embargo. De momento, no. El cuento, a pesar de su aparente sencillez –una sencillez que dimana de la equívoca noción de brevedad–, es una pieza maravillosamente difícil de cobrar. Por cierto, tu frase «Lógicamente, por más fácil» es –y perdona que en aras de la literatura te hable francamente– un tanto presuntuosa, e indica que no sabes en realidad de qué va el asunto. Un cuento, para que sea bueno, tiene que ser una estructura cerrada, coherente consigo misma, brillante y perfecta. Lograr esto es muy difícil. Todo lo demás –todo lo que hoy en día pasa por cuentos en las revistas literarias– son relatos más o menos cortos, más o menos terminados. Generalmente insatisfactorios. Mi consejo es que empieces por abajo, con relatos, sin preocuparte de si son literarios o no. Lo literario, como el amor entre comillas, se te dará por añadidura. Se te dará o no se te dará, quiero decir. Las cosas claras. Lo más probable es que no. O solo un poquitín, línea a línea. Date por contento si de diez folios logras salvar dos frases inspiradas, o una. Lo normal, teniendo en cuenta tu edad, que es también la mía, y tus hábitos mentales, de hombre de leyes, es que casi todo lo que escribas con intención literaria sea insoportablemente aburrido o, como el estilo de tu propia carta, enrevesado, innecesariamente farragoso –¡todos esos paréntesis y apartes, tan repetitivos, tan pseudoprecisantes, tan sosos!–. Pero no debes desanimarte, eso tampoco. Recuerda que la primera condición del escribir verdadero, como del amor verdadero, es no contar con resultados nunca. El resultado, en el sentido de fruto o premio o fruición o verdad, o no aparece nunca, o el interesado –si de verdad escribe o ama en serio– jamás es capaz de percibirlo. Escribir es, de hecho, empeñarse en la cuadratura del círculo. Como todas las cosas verdaderamente importantes de la vida. Por eso, no te desanimo, te prevengo. Hay, además, otro factor negativo: un factor, si quieres, caracteriológico: y es que el que escribe o empieza seriamente a escribir tiene que escribir siempre y no dejarlo nunca, porque de lo contrario, como en el body-building, más vale no empezar, porque los resultados han de ser necesariamente desilusionantes o ilusorios. Acuérdate de Wallace Stevens: «If one is to be a poet at all, one ought to be a poet constantly».
Más o menos así seguía la carta. Lo esencial quedaba indicado. Y era este conjunto esencial el que iba y venía con modificaciones y arreglos, pero siempre invariable, en la memoria de Rogelio.
He sido demasiado duro –pensaba–. Pero a la vez pensaba: He dicho la verdad. He hablado como hablaría a un profesional. ¿Debería haberlo hecho como se habla a un simple aficionado, a un amateur? Pero a la vez pensaba: ¿De qué le sirve escribir al simple aficionado a escribir? De nada. Solo satisface una mediocre curiosidad por sí mismo que, sin embargo, por más que él diga, no se quedará en sí mismo, sino que serán folios y más folios acartonados, desangelados y mortalmente aburridos que tendremos que leer, pronto o tarde, los demás, y sobre todo yo, con una sonrisita de conejo, avergonzados de elogiar por puro compromiso lo que nos parece una pura y simple pesadez.
En literatura no hay términos medios: o la pesadez insufrible, o la grandeza entusiasmante. Pero a la vez, recorriendo velozmente, en un abrir y cerrar de ojos, los momentos cumbres de su propia obra, Rogelio pensaba: Y yo mismo, ¿qué soy?, ¿un genio?, ¿o un pelma? Y la verdad era que tampoco Rogelio, a fuer de sincero, estaba totalmente seguro de no ser más de una vez y más de dos y más de mil, un vulgar pelmazo... con oficio.
Pasaron los meses. Pasó el verano entero. Durante el verano Rogelio escribió desesperadamente. O mejor dicho, escribió mucho, todos o casi todos los días, con la profesionalidad y el rigor que le caracterizaban. Que en ese escribir hubiera desesperación es cosa que Rogelio solo advirtió muy tarde, al final casi del verano, durante una semana de repentinas y gratificantes lluvias. No era un sentimiento punzante. Todo lo punzante había ido poco a poco eliminándose de la vida de Rogelio, una vida que resultaba así como blanca, porque no había en ella nada innecesario, solo la necesidad de escribir, una necesidad literaria. Pero el caso es que Rogelio no se sentía satisfecho. Constantemente le asaltaba el deseo de releer lo escrito y de juzgarlo. Lo cual, el juicio acerca del resultado objetivo de sus esfuerzos, era, según la definición del propio Rogelio, o imposible llevarlo a cabo, o moralmente –literariamente– despreciable. Era, a ojos de Rogelio, tan ridículo y tan indigno como amar y esperar, a la vez, contar secretamente con ser correspondido. Y recordaba una y otra vez que Eliot decía: «You must go by a way wherein there is no ecstasy». Y, para poner las cosas aún peor, y como confirmando el lado negativo de su analogía entre el amor y la literatura, recordaba: «Love is most nearly itself / When here and now cease to matter».
Rogelio no era un hombre intenso –o su intensidad era solo profesional–, de suerte que este sentimiento de desesperación le resultaba nuevo; nuevo como experiencia personal, aunque había, por supuesto, oído hablar con frecuencia del escritor bloqueado. Lo suyo era, a decir verdad, una cierta clase de bloqueo: la imposibilidad de sentirse satisfecho con el resultado de su esfuerzo literario. En este punto, difícil de precisar cronológicamente pero nítidamente determinable desde el interior de la propia conciencia de Rogelio, comenzó de nuevo a recordar a su amigo Juan y, sin poder evitarlo, a repasar mentalmente las solemnes y probablemente verdaderas frases de la carta que le había dirigido. Comenzó, asimismo, a preocuparse de que su amigo Juan no hubiera respondido a su carta. Y esta preocupación, ahora sí, se volvió tan aguda que volvió a escribirle:
Querido Juan:
Hace ya casi cinco meses que no sé nada de ti. Confío en que recibieras mi carta contestando a la tuya en la que hacías referencia a tus deseos de estrenarte como escritor literario. Digo «literario» porque jurídico, como tú mismo decías, ya lo eres. Me temo que mi carta –escrita de todo corazón y con la sincera intención de ayudarte– haya sido, en resumidas cuentas, excesiva. Una carta demasiado radical. Por eso te escribo ahora, si no para desdecirme, sí para rematar un poco lo que entonces dije. Para, por así decirlo, aliviarlo. Al fin y al cabo, tu caso es el de todos, profesionales de la literatura o no: escribir es siempre empezar a escribir y todos somos principiantes. Lo que algunos llamarían tu «debilidad literaria» –un como irreprimible gusto y deseo de escribir literatura– es una debilidad que nos afecta a todos; tanto a los que escribimos desde siempre como a quienes empezáis ahora. Incluso los que escribimos desde siempre deseamos, avergonzados y como en secreto, poder seguir escribiendo cada día. Porque no está nada claro que seamos en realidad capaces ni siquiera de eso. Continúa, pues, con entusiasmo tus esfuerzos, que pronto o tarde darán fruto.
Un abrazo de tu amigo
ROGELIO
Pasaron unos días, quizá no muchos, pero que a Rogelio le parecieron una eternidad de sinsosiego. Por fin llegó, por correo urgente, respuesta de Juan. Era una carta breve, escrita a mano y que decía:
Querido Rogelio:
Tu carta –que, efectivamente, me llegó hace mucho en un momento, por lo demás, dificultoso tanto en el banco como en casa– me ha divertido mucho. Ya veo que me consideras un perfecto pelmazo y que te aterra –acostumbrado como estás a lecturas de la más alta y deslumbrante calidad literaria– tener que tragar, uno tras otro, mis muchos folios literarios. Creo que tu carta era verdadera –tanto por la intención como por el contenido– y, tras haberla leído y releído un millón de veces –por lo menos diez o doce, para ser exactos–, he comenzado a escribir como un demonio. Me has animado muchísimo. Muchas gracias. Y por eso no te he escrito hasta la fecha: porque quería presentarte tres o cuatro cuentos de diez folios, a cual más acartonado. Ahora que el resultado ya no importa –yo estoy ya tan convencido como tú–, me siento libre y feliz de escribir y escribir. Dentro de unos días te mando los cuentos –cuentos, que no relatos–. ¡Así de chulo!
Recibe un abrazo de tu amigo
JUAN
Rogelio se quedó, tras leer lo anterior, de una pieza. Ahora no sabía a qué carta quedarse. ¿Cuál había sido su intención al escribir la primera carta? ¿Poner en su sitio a un principiante excesivamente animoso? ¿Advertirle que no todo el monte era orégano? ¿Decir sencillamente la verdad? ¿Decir maliciosamente la verdad? ¿Darse unos pocos aires? ¿Hablar de hombre a hombre, de profesional a profesional, con un amigo? Algo –sintió Rogelio– le había fallado. Sintió una debilidad literaria. Específicamente literaria. Pero no sabía ni podía entender quién era el más débil de los dos.