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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

el sin cuento o lo incontable

spanish

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–¿No es incontable lo poco que nos pasa? La propia vida, ¿no resulta ser un buen-mal trago que dura lo que dura una cerilla encendida entre los dedos?
–Eso lo dice –se comentó en el bar– porque está viejo.
Oír esto y encresparse don Eladio fue todo uno. Carraspeó ferozmente y dijo:
–Eso se dice de ese porque él mismo está kaput, dando ya las boqueadas. Como lo está, por cierto, un resplandeciente mule recién pescado en la matina, trasladado de sopetón de su delicioso mundo circundante de defecaciones provinciales y comistrajos de la marinería arrojados desaprensivamente por la borda al agua aceitosa de la dársena...
Ese esto, todo ello, lo declaró de un tirón don Eladio, el semisabio, un erudito cliente habitual de La Austriaca. Su barroco esfuerzo expresivo mereció el espumeante autopremio de una media jarra de cerveza en la barra del establecimiento.
–Nuestras conversaciones –añadió quitándose la espuma con dos servilletas de papel– tienden a volverse cada día más y más un eterno retorno de lo mismo. ¡Siempre estamos con lo mismo! ¡En franca decadencia estamos! Y eso nos vuelve aquí dicharacheros y verbosos como los bizantinos de antaño.
No había nada que añadir. Y nadie, por supuesto, añadió nada. El vulgar pesimismo barrocamente expresado siempre es paralizante. Uno desearía en semejantes ocasiones apalear al pesimismo con una ingeniosa y acerada frase. Una elocuencia dura, nervuda, inmoble como las arquerías de las catedrales góticas, pero la mala intención y la pseudosabiduría provinciana son invencibles, como la ambigüedad que las certifica. Julio León, por eso, no hizo comentario alguno. Pensó, no obstante, en la acerada belleza de los infelices mules recién asfixiados al tragar el sabiamente diseñado anzuelo. Y pensó a la vez Julio León en los chavales, los raqueros que se pegaban, en la juventud de Julio, prohibidos coles desde lo alto del muelle o desde las escalerillas del palacete de la aduana. Ahí les veía sumergirse como proyectiles instantáneos y resurgir al poco tiempo de las aguas con las pelambres negras tapándoles los ojos. A Julio León los chavales y los mules le parecieron siempre análogos. Una misma y brillante naturaleza alternativamente acuática y subacuática.
Todo esto que Julio pensó en un abrir y cerrar de ojos fue acompañado de un imaginar lo que diría don Eladio si lo hubiese declarado Julio León en voz alta, fruncido el ceño.
«Los raqueros, estimado Julio, que tú admiras viven trampeando, robando el carbón de las vagonetas, exhibiéndose ahí en cueros, ganando una miseria a base de pesetas rubias y de perras gordas que les echa la necia buena gente. No hay carabinero con cojones para cortar el desafuero. No daría abasto el cuerpo entero de carabineros si, como es de ley, se propusieran hacerla cumplir y se llevaran a la perrera a esos raqueros...
»–¡Válgame Dios, don Eladio! Es usted un censor compulsivo. ¿No le da gusto a usted ver a los chavales disfrutar del agua? Disfrutar viéndoles en pelotas infringir la ley.
»–¡Compulsivo tu puñetera madre será! En esto se ve, Julio, que no fuiste a la guerra ni estuviste en el frente, en ningún frente. ¡Puñetero cobarde! La verdad es esa.
»–De ese horror horrible de la guerra me libró la tuberculosis. Que lo sepa usted, don Eladio. A punto estuve de espicharla.
»–Sí, sí, tuberculosis. ¡O cobardiosis! Que hay quienes tienen mucho cuento, y no estoy mirando a nadie.»
Julio León se echó a un lado. Más valía dejarlo que pelearlo, a estas alturas. Lo de la tuberculosis era verdad. Le coincidió justo con la edad militar. Le salvó de las largas milis de entonces. Se libró por tísico de la verosímil muerte. Y, lo que aún valía más en el fondo para Julio León, se libró de tener que optar por uno u otro bando. ¿Cuál hubiera elegido Julio León? Por geografía, estando en Santander, le habría tocado el bando republicano. Si hubiera estado en Salamanca, por ejemplo, le habría tocado el bando nacional. Ahora, después de la discusión con don Eladio, habría preferido estar geográficamente posicionado en el bando contrario a él. Que nadie, por cierto, en La Austriaca de aquel momento, sabía con exactitud cuál era. Se sospechaba que don Eladio fue un chaquetero que cambió de camisa para escaquearse. Se refugió en su pueblo, pasiego tal vez, o se escurrió monte abajo y cruzó Extremadura hasta llegar a Portugal. Nadie supo nunca –o se atrevió nunca a pensar– que don Eladio fuese un palabrón cobarde. Cobardes, en el fondo, se sentían todos los santanderinos a la vez aquellos años. Y es cierto –hasta cierto punto es cierto– que hallarse de verdad gravemente enfermo en aquel complicadísimo momento de España era una rabona suerte. Así, probablemente le haría a Julio León su madre comidas especiales, le traería incluso raciones de ensaladilla rusa del bar de abajo, día sí día no, que a Julio le encantaban. Le harían, su madre o sus hermanas, paellitas de pescado con muchas amayuelas.
La verdad es que Julio León, encamado largo tiempo a lo largo del conflicto, se sintió mimado, agradecido, avergonzado, pesaroso cada vez que le contaban –y siempre lo hacían sus visitas– que en los dos frentes habían caído chavales santanderinos de su edad. Imploró en vano al Santo Cristo de Limpias –cuya conmovedora estampa tenía clavada con chinchetas en la cabecera de su cama– que aquello, todo aquello, se acabara. Honradamente en oración ofreció su vida a cambio de la paz. «¡Por lo que valgan, Señor, te ofrezco todas las perras chicas de mi vida, todas las pesetas rubias de mi vida para que acaben los odios, las venganzas, las victorias, las derrotas de todos de una vez!»
Cuando por fin llegó la paz al tenebroso paso de la paz, Julio León rezó más todavía, más aún que nunca. Y su dolencia, paradójicamente, fue cediendo, al paso, esta vez sí, de su propia paz respiratoria. Acabó por fin saliendo ya a la calle, encontró un empleíto, de chupatintas, en Nueva Montaña Quijano, perdió a la vez, por indecisión, dos novias. Acabó en La Austriaca, a mediodía, tomándose su cerveza con patatas fritas, pensando que la vida vivida era incontable porque sentía que él mismo no tenía nada que contar. Y, por cierto, ahora no se atrevía ni a rezar. ¿No era impagable lo muchísimo que debía a Dios? Dejó de rezar pidiendo mercedes con humildad y confianza y a cambio, con extremada humildad, acabó pensando boquiabierto, extático casi, en Dios. ¿Fue al final santo Julio León? Yo no lo creo, y a la vez sí creo que estaba hecho de la endiablada materia dubitante, responsable, de los verdaderos anónimos santos.
En este asunto de la fe cristiana acabó Julio León no entendiéndose a sí mismo. Desde el punto de vista de las costumbres del Santander de su época –limpio ya de rojerío, que diría don Eladio–, lo más cómodo y sensato era hacerse a un lado sin comentar ni, por supuesto, discutir la fe de los demás y, a la vez, invocar, medio de refilón, a Dios solo a título de idea, de estructura innata de la mente humana alimentada por nuestros innatos miedos, confusiones, vanas esperanzas, que se crían en el marco polimorfo de la propia conciencia. Pensar eso le hizo sentirse bien, adecuadamente acomodado al siglo o siglos que nos han caído en suerte, de tal manera que incluso el temor a la propia muerte ha dejado de inquietarnos. ¿Qué va a haber después? Nada, hombre, nada. Creer que Dios existe va bien con todo, simplifica mucho los debates.
Julio León no daba para más. Filosofar no era lo suyo. Ni discutir tanto. Lo suyo era la contemplación del mundo, que en su caso se arracimaba en Santander y provincia. Un mundo contemplado desde el paseo de Pereda, exento, pues, en principio de preocupaciones. Julio León era un rentista. Y esto significa vivir con especial cuidado, evitar las locuras. Una locura era embarcarse, otra casarse. León había extendido el dicharacho «los martes, ni te cases ni te embarques» a toda la semana y todo el resto de sus días. La verdad es que no contaba León con que hubiese en su vida un accidente grave o leve. Contaba, en resumidas cuentas, con que no fuese la mortalidad mortal del todo. La implicación de lo anterior era que tampoco eran normales los accidentes graves. No pasaba nunca nada. Sucedió, sin embargo, lo impensable: que don Eladio se cayó de cabeza por la escalera de su casa y hubo que llevarle, medio desahuciado al parecer, a Valdecilla. Este accidente impresionó a Julio León tanto que se plantó inmediatamente allí para ver a don Eladio con sus propios ojos. En Valdecilla le dijeron que el anciano no podía ser visitado de momento. Más adelante sí, sin duda, una semana o dos más tarde. Cuando por fin pudo verle con sus propios ojos, en la UCI del hospital, don Eladio le pareció desnutrido, esquelético, despintado, un boceto extraño, goyesco quizá, del vejestorio malintencionado que había sido. Apenas le sobresalía la cabeza de entre las vías y el cableado, apenas agitaba las manos inmóviles a lo largo del cuerpo, apenas podía girar la cabeza. Pudo, sin embargo, hacerlo lo suficiente para ver quién venía a visitarle. Don Eladio contempló a Julio León un instante fijamente con su mirada turbia y después balbuceó con nitidez:
–Por creído perdí lo incontable, Julio. No lo pierdas tú.
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