el solitario
spanish
Entre los quince y los dieciséis años se le ocurrió que era un solitario. Era una idea compleja: se componía de muchas otras ideas colindantes. Como los pueblos de la montaña se componen de prados y casitas colindantes unas con otras, y los habitantes de esas casas acaban reconociéndose como vecinos de un pueblo, que por relación con otro ya establecido y más cerca del río denominan Casas Altas. Casas Altas es una barriada de casas altas en la loma de una colina de la provincia de Santander. A este chico, Joaquín, se le ocurrió que estaba solo un domingo que se había quedado solo, con gripe o con una fiebre muy alta que parecía un gripazo, embutido en su cama. Muy raras veces se hallaba realmente solo. Generalmente su abuela materna o la hermana de su madre o su propia madre o toda su familia, incluido el padre, andaban por la casa o por sus alrededores, que eran una huerta frondosa. Pero en esta ocasión sus cuatro o cinco familiares habían ido a misa, a la misa mayor de la Feria del Carmen. Habían salido de casa temprano, a las diez, para llegar cómodamente a la ciudad donde se celebraban las fiestas. Al principio, cuando todos se fueron, Joaquín se había sentido satisfecho. «Me viene bien quedarme un poco en paz. Ahora vendrá a verme el gato, que se quedará conmigo hasta que vuelvan», pensó. El gato era un amable gato mayor, grande, pelirrojo, con tendencia a quedarse dormido en los butacones y en las camas. Normalmente, si Joaquín le llevaba a su cama dormía con él todas las noches. El Carmen coincidía este año con la tercera semana de julio y el estrépito florido de los fuegos artificiales se llevaba viendo ya toda la semana. Era una preparación para la fiesta mayor que tendría lugar el domingo. Junio y julio eran meses fiesteros que traían por lo regular buen tiempo. Traían además primos y parientes de Madrid y de Palencia a pasar unos días. Eran pues unos meses en que la barriada de Casas Altas doblaba su población. En todas las casas altas había uno o dos invitados a pasar las fiestas; a veces más. Se hacían comidas especiales, cocido montañés, se asaban pescados especiales y cordero a la castellana. Así que no era una temporada que se ajustase a aquella ocurrencia de Joaquín de que estaba solo. Únicamente de manera momentánea dio la casualidad de que lo estaba ese domingo. El caso fue que este chico, Joaquín, entró en su breve soledad con una voluntad romántica: «Ausente de ruidosa mascarada / divierto mi tristeza sin amigo / contigo, dueña de la faz velada / siempre velada a dialogar conmigo». La dueña de la faz velada era una excelente invención fantasmal. Era una presencia en femenino que no acababa de presentarse nunca, pero que en determinadas ocasiones se dejaba ver por los cambios de aire o de colorido de las habitaciones. Los gatos no daban la menor importancia a esta figura misteriosa. Pero Joaquín sí decidió, al hilo de los versos de Antonio Machado, usarla como palanca de aquella su soledad gripal o catarral, inusitada a esas alturas del verano. Era interesante no sentirse del todo bien, como la hermana menor de su madre, su tía Elisa, o como su abuelo, que se cabreaba si se le preguntaba cómo se sentía y contestaba «A ti qué te importa». Pero decía esto sonriente y todos le reían la gracia. Joaquín pensaba que iba a tardar mucho en llegar a la condición de ser capaz de hacer gracia repitiendo todos los años una misma frase. De momento solo se repitió a sí mismo: «Estoy solo porque soy un solitario. No es que se vayan los demás, el que se va soy yo. Pero no me voy a ningún sitio, solo me quedo aquí en la cama y me acomete una tristeza sin amigo. Es una acometida en toda regla. Un ataque a traición que yo sé cultivar. Me defiendo de la soledad cultivándola como una planta rara». Es verdad que nunca había dicho eso de estar solo a nadie, porque todos se hubieran alarmado mucho en su casa. Sobre todo se hubieran negado a reconocer que le dejaban solo, porque la verdad era que Joaquín era el niño más acompañado de Casas Altas. Se arrebujó debajo de la manta y miró el radiante cielo a través de la ventana. Y pensó: «El cielo azul nos engaña. No tiene energía suficiente por muy alto que esté y por muy azul que luzca para imponerse a todos los demás sentimientos. El cielo azul es un sentimiento azul, una humorada o un capricho del rey de todos los cielos. Aquí abajo tenemos nuestros cielos rasos, que han ido ennegreciéndose con los años y que alumbran lámparas de dudoso gusto y aún más dudosa energía eléctrica. La luz eléctrica se va y viene porque es también, como el cielo, un estado de ánimo. Ahora se ha ido y está oscuro y estoy solo. Y no he sabido retener a nadie conmigo». Le preocupaba esta última idea esa mañana. «Me he quedado solo porque en el fondo prefiero estar solo, y no he sabido, no he querido retener a nadie. No todos mis primos y primas son graciosos, pero algunos sí lo son. A esos tampoco he sabido retenerlos. Me dicen en broma que soy un niño mimado porque soy hijo único, y yo digo que de eso no tengo culpa. Pero sí es verdad que me miman mucho. Y mientras me miman estoy bien, pero pienso: “Esto no durará mucho. La soledad volverá enseguida”.» Su tía mayor decía: «Los niños que cavilan siempre nos vigilan». Y era verdad: Joaquín los vigilaba a todos ellos, y se había convertido con los años en un niño incómodo, una especie de niño comisario o guardia que registraba las entradas y salidas de cada uno y las horas a las que volvían de noche. No era acusica, así que solo le contaba a cada interesado cuánto tiempo había estado por ahí dejándolo solo. Hacía que se sintieran incómodos uno a uno.
Aquella mañana, una vez que se hubo divertido, como muchas otras veces, con la idea de que los controlaba a todos, uno por uno, y de que por fin le habían dejado en paz un rato a solas, se sintió de repente en peligro y pensó: «Si esta situación se prolongara y no volviera nadie hasta la noche, y no me entrara el sueño, y tuviera fiebre como tuve anoche, y me sintiera mal como me siento ahora, y estuviera solo como he estado siempre, ¿qué me pasaría? Me arrebatarían las sombras arrinconadas de esta casa alta, se me vendrían encima en silencio las altas paredes. La noche se volvería sempiterna y la dama enlutada susurraría: “Lo tienes merecido, mereces quedarte solo para siempre, tanto que te gusta estarlo”». Y entonces Joaquín dijo en voz alta: «No me gusta tanto, es que no tengo más remedio. Estoy solo porque nadie se agarra a mí, todos se agarran entre sí por un ratito corto y temen que yo les agarre para siempre. Lo que todos temen son mis garras». Y contempló sus manos delgadas y sus uñas largas, que no estaban en aquel momento demasiado largas tampoco. Había leído en algún sitio que la soledad era un apeadero de Dios. Dios, que viajaba por los cielos, se paraba de vez en cuando delante de las puertas de las casas y algunas veces se colaba dentro y se sentaba, y otras no. Dios resultaba así difícil de prever. No se podía contar con Dios individualmente: por eso la gente se apelotonaba en las iglesias para por lo menos tenerlo ahí entretenido con rogativas y rituales. «Pero yo, ¿qué voy a hacer yo? –pensaba Joaquín–. No tengo un apeadero propio para Dios. El automóvil de Dios, el actus essendi de Dios, se para ante las puertas de mi casa. Y se convierte entonces en un motor inmóvil. Se sabe que es un motor inmóvil en esos momentos porque ronca, ronca Dios como roncan los gatos que duermen apaciblemente toda la mañana o toda la tarde. Emiten un breve sonido rítmico entrecortado, plateado, por momentos, a veces más profundo, a veces más superficial, como si los gatos al dormir estuvieran, como nosotros, soñando. Sueños a veces largos y apacibles, plateados, a veces discontinuos e incluso temibles.» Juan Ramón Jiménez escribió en una ocasión: «Dios está azul, la flauta y el tambor / anuncian ya la cruz de primavera. / Vivan las rosas, las rosas del amor / entre el verdor con sol de la pradera». «Esta bellísima y extraña estrofa –había pensado Joaquín cuando la leyó por primera vez (ahora la recuerda siempre)– refleja una idea panteística de Dios. Dios es azul porque ahora es el cielo azul, Dios es también un gato que ronca apaciblemente y emite un son de paz.» Joaquín pensaba que si uno se deja llevar por este son de paz, que viene a ser como una lejanía de Huelva oída desde muy lejos, una lejanía de flauta y de tambor, un sonido puro y alegre, pero a la vez misterioso, a la vez divino, si uno se deja arrastrar por la penumbra de este son entreoído, uno descansa en paz, y la soledad se vuelve abierta y clara, y durmiente también. Uno se entreduerme en paz. Alguna vez había tratado Joaquín de explicar esto a un amigo seminarista, un chaval tranquilo que venía de visita en sus vacaciones de verano y de invierno del seminario. Venía vestido de negro de pies a cabeza: zapatos, calcetines, pantalones y chaqueta, menos la camisa blanca. Era un misacantano, aquel año. No daba la impresión de saber mucho, pero sabía, sí, escuchar. Al escucharte, te tranquilizaba. Nunca se había atrevido Joaquín a ir más lejos en esta dirección. Solo recordaba que esa línea juanramoniana era la primera de un poema titulado «Espacio». Y era en verdad un espacio respiratorio que le sacaba de sí mismo y que le dejaba a salvo frente a un paisaje malva, marítimo, lejano, imaginario, y que Joaquín consideraba extremadamente deleitable. Una experiencia agradabilísima, pero discontinua. La discontinuidad era una bendición, una desconexión de su conciencia analítica, dubitante, sospechosa. Sospechaba de las noches, que le parecían endiabladas porque tenían lados repentinos, rincones impensados, ocurrencias absurdas. En algún momento llegó a pensar: «Estoy mal de la cabeza». ¿Estaba Joaquín de verdad mal de la cabeza? Se lo contó en una ocasión a su madre, que ni siquiera se sintió asustada. «Eso son figuraciones, Joaquín –declaró–. Tanto tiempo echado sin gran cosa que hacer, nada más que pensar y pensar. Eso no te conviene. Te convendría echar a andar, bajar a almorzar con nosotros, que no te subiéramos aquí las comidas y las cenas. Más valdría que te ocuparas de las gallinas ponedoras y recogieras diariamente las puestas y las trajeras luego en un cestito a la cocina. Más valdría que jugaras al cinquillo con tus primos, o a la brisca con nosotros, o al parchís. Más valdría que jugaras a la oca, de oca en oca y tiro porque me toca. Y toda esta actividad, por infantil o innecesaria que parezca, te vendría bien, te sentaría bien como una taza de valeriana o de tila. Y al vernos a todos reunidos contigo dejarías de imaginarnos convertidos en imágenes que se te enredan en la cabeza como telas de araña.» Todo esto lo dijo su madre de un tirón con un tono apacible, segura de sí misma. Y Joaquín se sintió seguro por un momento, y decidió aferrarse a ese momento como a una certeza absoluta, como aquel célebre «Pienso, luego existo» de Descartes que tanto le había impresionado al oír hablar de ello en la clase de Filosofía. «Si soy consciente de que dudo, existo. Si creo que no existo y que soy un fantasma, solo tengo que dejar pasar unos minutos y ver que sí que existo y que no soy un fantasma porque tengo hambre, por ejemplo, y pienso que tomaré un buen desayuno o una buena comida dentro de un rato. Si pienso que vendrán a verme, salteados, mis primos y mis primas, pensaré que nada malo puede ocurrirme porque mis primos y primas están sanos y fuertes y son divertidos como cestas de frutas, cestas de manzanas reinetas, cestas de cerezas en junio recién cogidas de los árboles, cestas de ciruelas claudias, redondos panes candeales recién horneados, todo esto es un decir que dice que yo vivo y lo veo y me alegro. ¿Por qué entonces me entristece esta retorcida tristeza sin amigo? Quizá porque se interpone en mi consciencia el motor inmóvil que ronronea y el motor diablesco que hace diabluras. ¿Saldré vivo y coleando de todo esto o acabará matándome toda esta insustancial seguridad sensible? ¿O acabaré saliendo al mundo de las cosas extensas, al invisible espacio de los acontecimientos y de la vida real que me desborda?»