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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

gobernación

spanish

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Fue imposible olvidarlo. En cambio, fue solo difícil tragarlo, como un trozo crudo de hígado de vacuno, aún tibia la pegajosidad de la sangre. Pensarlo, sin embargo, a lo largo de los años fue parte, como un tic, de una costumbre que se quedó y no se fue. Y casi imposible, al principio, fue contarlo. Porque incluso disponiendo de un indiscutible espacio dramático objetivo, Gobernación, no acababa de surgir un espacio estético propio. «Pulcra sunt quae visa placent» –es bello lo que complace a la vista–. Un puro estado estético animoso. Y el asunto tenía un lado ambiguo, confesional, ya apagado casi a aquellas alturas de mi vida, pero todavía vigente. ¿Fue una acción delictiva en algún sentido? ¿Un delito mío, aunque menor, o un delito o una brutalidad menor de la policía? Lo cierto es que yo no sentía entonces –ni tampoco ahora mismo– ningún arrepentimiento moral y, aún menos, religioso o cristiano. Lo inolvidable, pues, acabó siendo un fastidio. Y, si se quiere, un acto involuntariamente antifranquista. El caso es que yo no fui antifranquista nunca. Como mucho antipolítico. Ahora mismo soy menos antifranquista quizá que nunca. Ahora, en las tertulias, se habla a veces a lo bobo de aquel tiempo, que no fue bobo de ninguna manera, pero sí, a veces, arduo de sobrellevar.
Yo fui muy noctívago en mi primera juventud. Ahora que me acuesto a las diez, y antes, me sorprendo a mí mismo pensando lo nocherniego que llegué a ser. «A las diez en la cama estés, si es antes mejor que después.» Es un dicharacho de Fraulein Maria Hirschle pronunciado con un fuerte acento bávaro. Nunca supimos a ciencia cierta el nombre del pueblo de Fraulein. A lo más que llegó conmigo fue a decir «einen unter Donau». Ahora, a la vejez, cumplo con eso: me retiro bastante antes de las diez y unas tres horas más tarde me duermo.
Lo noctívago eran paseatas. Nunca entraba en ningún sitio. Una subjetividad cautelosa la mía de entonces, cancelada, invasiva. «Noli foras ire», por un lado, «De novis ipsis silemus», por otro, y otro tercer lado fuertemente eliotiano que rezaba «Poetry is an escape from personality». Una búsqueda de poderosos y justos objetos correlativos que hiciese las veces de las emociones inmediatas o sangrantes o crudas. Una voluntad de transformación verbal, formal, pura, incluso a costa de que resultaran incomprensibles los textos. He aquí un ejemplo de Protocolos (1973):
Me detuvieron dos veces en Atenas
por esperar el Santo Advenimiento.
Me forzaron los guardias de la porra.
Y volví a no dormir donde no había dormido cinco años atrás
entre el Rey de Bastos y el de Espadas.
Y ¿qué dije ahí? La verdad poética, en este caso, consiste en una serie de negaciones. No sucedió en Atenas. Ni dos veces. Ni esperaba el Santo Advenimiento: estaba tomando el aire a las tres de la madrugada en la plaza de España. Es verdad que volví a no dormir donde no había dormido cinco años atrás. Pero el Rey de Bastos y el de Espadas tenían caras reconocibles y realistas.
En la comisaría de la calle de la Luna, en un cuartito mondo y lirondo con sillas de tijera que servía de calabozo provisional pasé esa noche. Temprano, por la mañana, me llevaron a Gobernación. Sin esposar, eso no. El coche entró en el patio de Gobernación por la calle del Correo. Me bajaron a los sótanos. En el sótano que me tocó a mí éramos bastantes. Había un ventanuco al rape del techo, protegido por barrotes incrustados en el cemento, que daba a la Puerta del Sol. Por el ventanuco veíamos pasar pies y más pies, cientos de pares de zapatos y también pasos más cortos de tacones más frágiles, femeninos parecía, quizá más acelerados. El interior de la celda era rectangular, con un tabuco de cemento incrustado en uno de los laterales. Esa noche nos echamos vestidos en el tabuco y nos dieron una manta a cada uno. Eran mantas de cuadros grises y azules que recordaban las muy baqueteadas mantas de las mulas de la Dehesilla. Fueron tres noches en total: una en la comisaría de la Luna y otras dos en Gobernación en la Puerta del Sol.
El sucedido policiaco que refiero fue ciertamente menor. Una de esas noches madrileñas de calor ligero. Me parecía maravilloso en aquel entonces dar un paseo por Madrid y sentarme en un banco en la plaza de España. Frente a mí se paró una lechera y salieron dos agentes de policía. Dos inspectores de paisano. El que me interpeló a mí llevaba la pistola cruzada en el cinto.
–¡Tú eres maricón!
Yo me puse de pie y contesté:
–¡Sí, señor!
Dicho esto, me subieron al coche directo a la comisaría de la Luna. No fue una chulería. Dije la verdad. Así más o menos fue la cosa. Confieso que la detención me asustó mucho. Mucho más, por cierto, que el sórdido ambiente de la perrera de Gobernación, donde éramos bastantes, más o menos de mi edad, con algún mayor, y donde se recibía con fosca exultación la llegada de detenidos nuevos. Un detenido de mi edad comentó conmigo:
–Aquí los que hay somos chorizos, mayormente. Y también mucho jula. Es lo que hay.
No sé si jula es una palabra de uso actual o de aquella época. Probablemente esté ya en desuso. No recuerdo haber contestado yo nada al compañero. Supongo que la situación era nueva para mí y era, válgame Dios, una curiosidad narrativa al fin y al cabo. Por un lado, estaba muy asustado y, por otro, interesado, entretenido con todo aquello. Limpiar Madrid. Muy abusivo. Muy de aquella época. Limpiar de chorizos, descuideros. ¡Y de julas! ¡Un imposible metafísico, supongo! Aquel chaval me hablaba con una cierta deferencia callejera. Llevaba días en el sótano, parece ser. Y había hecho amistades con el gris que le daba fuego para los pitillos a través de la reja. No era un ambiente tan terrible. Era un ambiente jocoso. Muy de la picaresca española con delincuentes menores. Ese chaval y yo acabamos hablando bastante. A título de veterano, me fue señalando algunos compañeros como el llorica, un chaval bien parecido y bien vestido a quien nunca volví a ver. Pensé que en su casa a ese chaval lloroso le llamarían señorito, como a mí en la mía. No pensé mucho en mis padres, aunque sí en que era una suerte que estuvieran de viaje aquellos días. Todo quedaba así desvanecido y no-sido, cosa que por supuesto no ocurrió.
Creo recordar que fue la primera mañana de las dos que estuve en Gobernación cuando me subieron al despacho del entonces director general de Seguridad, Arias Navarro. Era un gran despacho con cortinajes y visillos que velaban la luz de la Puerta del Sol. Al fondo de ese despacho, en una esquina, franqueado por dos personajes mucho más jóvenes, los secretarios particulares, estaba don Carlos Arias Navarro ameliorado por la magnificencia de la decoración decimonónica, empequeñecido por la gran mesa de despacho llena de expedientes y realzado por su pulcritud personal. Llevaba un traje con chaleco gris y un cuello blanco impoluto. Se movía muy poco. Eran la ley y el orden franquistas. Era una abstracción pulcra y severa. Siempre hubo pulcritud y una sobria elegancia en los trajes y corbatas de los prohombres franquistas. Eso, en mi opinión, es muy de agradecer. Detesto la actual incuria indumentaria de nuestros nuevos políticos populistas. Fue sorprendente que don Carlos Arias Navarro me reconociera de inmediato. Disponía, sin duda, de un expediente con mi nombre y apellidos, que le eran familiares. Me preguntó qué relación tenía yo con Eduardo García de los Ríos. En aquel tiempo recordaba el título nobiliario de este pariente mío de Reinosa, quinto marqués de Santa María. Acto seguido, me lanzó Arias Navarro otra pregunta chocante:
–¿Por qué no va usted con gente de su clase?
–Salí a dar una vuelta. Se me hizo tarde. Me cuesta conciliar el sueño.
Recuerdo que dije eso. Y recuerdo que ahí se acabó el encuentro. El Carnicerito de Málaga otra vez cuchicheó algo al oído de uno de sus ayudantes y me bajaron otra vez a la perrera. Había sido tratado, pues, con fría benevolencia. Así lo cuento ahora.
Carlos Arias Navarro, con su elegante traje gris, me recordó a mi tío Gabriel Roiz de la Parra. Recordé otra vez el mote callejero que tenía, «el Carnicerito de Málaga». Al parecer había sido un franquista de la primera hora, tan carnicero como los demás, republicanos y nacionales por igual. Pero se le quedó el remoquete de «el Carnicerito de Málaga» quizá porque en aquel tiempo servía en Málaga o porque era de allí, con un diminutivo guasón y peligroso, «el Carnicerito». Era un burócrata franquista sin grandes iniciativas personales políticas, he leído después. Llegó a ser ministro del Interior y después presidente del Gobierno en la Transición. Tenía fama de ser muy querido por la familia del Caudillo en el palacio del Pardo. El franquismo fue todo un estilo político y cultural. Toda una elegancia almidonada, pulcra y bien educada. Era la clase media-alta española de la época, los prohombres que habían ganado la guerra a los descamisados republicanos rojos. Tenían buen aspecto y buenos modales. Y, por supuesto, toda una colección de fieles perros guardianes, que estos, sí, eran feroces. Los que me detuvieron a mí lo fueron. Recuerdo que estos últimos me preguntaron por mi lugar de trabajo. Yo entonces dije, supongo que temblorosamente, aunque no recuerdo mi voz y sí mi preocupación al decirlo:
–Preferiría no dar detalles de mi profesión y le ruego que omitamos ese asunto.
Y el inspector se puso de pie y, mirándome severamente, me dijo:
–Si no me dice usted ahora mismo dónde trabaja y en qué, le aplico inmediatamente la Ley de Vagos y Maleantes. ¿Sabe usted lo que eso significa?
–Sí, señor –contesté–. He oído hablar de esa ley. Soy profesor de Filosofía y Literatura en el colegio Tajamar del Cerro del Tío Pío de Vallecas, dirigido por el Opus Dei.
Debieron comunicarse telefónicamente con el director del colegio o quizá con Alberto Laverón, que era quien me había ofrecido ese puesto al principio de aquel curso. Acepté mi inminente desprestigio social y la segura pérdida de mi puesto profesional con una cierta calma. No había nada que hacer y no era el momento de considerar que se me había tratado con precipitación e injusticia. Pero de hecho no pensé que estaba siendo injustamente tratado en aquellos años porque fueron los años de mi intenso sentimiento de culpabilidad y mis noches furtivas, aunque inocuas, infructuosas. Desde el punto de vista erótico, no eran a mis ojos graves delitos. Yo no era realmente promiscuo entonces, ni lo he sido tampoco después, ni ahora. Pero sabía entonces y lo sé ahora, de sobra, sé quién soy, como he demostrado a lo largo de mi vida en mis libros con respecto a este asunto del homoerotismo. Cuando todo esto finalmente se recapituló y se recontó, yo no sentí vergüenza. Pero sí sentí que se había fijado para siempre mi destino. No me considero provocador ni, como ahora se dice, LGTB, pero sí considero que todos los que son de mi condición son mis hermanos. He despolitizado mi particular inclinación amorosa. Tuve muy pocas aventuras.
Pasé una noche más en la perrera de Gobernación. Me soltaron al tercer día. Sin cargos. Sin cargos, pero dando parte al colegio Tajamar. Dejé las clases, dejé el colegio o me dejaron a mí. Me fui a Londres y no volví hasta doce años después.
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