idea ideae: luisín regaliz
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Era muy listo de joven, vivaz, despierto, audaz y, bajo el mismo aspecto, cobardeante, pensativo. Un ser-ahí involuntariamente sartreano que se educó en colegios católicos españoles. Sus fotos de entonces –las pocas que hay– le sacan distinguido, con jersey y corbata negra en la orla del colegio de los Jesuitas de Valladolid. En esa foto de la orla tal vez parezca fuerte o firme. O decidido, sin saber del todo él mismo a qué. Su niñez acabó bruscamente en Santander a los diecisiete, su juventud empezó en Valladolid. Floreció como un impetuoso aligustre en su carrera de Filosofía y Letras. Se escondió unos años en Londres. Ahí fue invisible. Al volver a España entró en un seminario diocesano y se volvió un aplicado joven seminarista que obtuvo rápidos ascensos y se ganó las simpatías y la confianza de todos sus colegas. Durante esos años de seminario fue, una vez más, invisible. Su madre, viuda, y sus tías solteras y casadas, dos y dos, pensaban que había alcanzado la perfección. Y la idea de perfección propia le rondaba a él mismo, le roía, como un gusano roe una manzana a lo largo de todo un largo invierno, invisible también el propio gusano. En esa ocasión había para el gusano un invisible mundo, aparte del ser-ensí de la manzana que iba royendo y que era muy sustancioso, un exterior interior, y otro invisible mundo que era interior del todo, la conciencia del joven seminarista. Desde un principio, desde que entró en el seminario, tuvo la habilidad de apagar su conciencia y sus pensamientos como quien cierra herméticamente una caja fuerte. No había nada que ver a simple vista en el muchacho excepto su seriedad, su aplicación y la velocidad con que transcurrió su carrera eclesiástica. Sus condiscípulos pensaban, fascinados, que era un elegido de Dios o de la Iglesia, o de ambos, y que llegaría a lo más alto: obispo, arzobispo, cardenal primado de España, lo que fuese. Estaba destinado a ser un prometedor diplomático vaticano. ¿Cuánto tardan en pasar sesenta años seguidos? Parecen muchos años, más de medio siglo. A la vez parecen instantáneamente transcurridos, fruto de un elástico instante, un ahora eterno, número del movimiento de un audaz y cobarde clérigo elocuentísimo. Su elocuencia en el púlpito y en los diferentes puestos que ocupó a lo largo de toda esta dilatada carrera era variadísima; abarcaba todo lo abarcable temáticamente y, a la vez, abarcaba todos los entonables tonos de voz y de expresión: uno de los mayores oradores sagrados habidos y por haber en este siglo. Así fue un seminarista-joya, un consejero y redactor de los documentos de la Curia en varias diócesis-joya, un obispo-arzobispo, un cardenal relativamente joven y definitivamente guapo, de muy buen ver, por lo menos, en sus capisayos rojos de las grandes fiestas católicas. Se dirá que no tenía biografía, ni autobiografía, ni perfiles civiles, porque iba de cabeza al cardenalato y a la beatificación, todo en uno. Era compacto, era pleno, era parmenídeo, como el ser-en-sí, sin fisuras, pero a la vez, como es natural, también era un ser-ahí, un individuo concreto y particular. Este atrayente individuo, este alto trepa, tenía, como La copa dorada de Henry James, una fisura invisible en su extremada delicadeza de copa o cáliz romano.
Debe añadirse que el cardenalato no acabó de sentarle bien porque detestaba oír decir a su alrededor, a muchos, con frecuencia, al verle: «Habemus papam». Era imposible no oírlo. Pero lo insidioso, lo que odiaba, era que le resultaba imposible a él mismo no creerlo.
Una vez obtenido el capelo cardenalicio, aún conservaba, no obstante, su aspecto juvenil de hombre maduro bien parecido, el mismo talento oratorio y el mismo buen ojo para distinguir entre sus feligreses a sus verdaderos fieles, sus inocentes admiradores. La admiración de estos últimos le seducía como una joya inasible en la distancia intervalar. La distancia entre este cardenal y su público, sus diocesanos, era siempre intervalar, además de horizontal: detestaba subirse al púlpito. Daba todas sus pláticas y sermones al pie del altar con una o dos manos apoyadas en la balaustrada, dos o tres escalones por encima de sus oyentes. Descubrió que la horizontalidad resultaba una forma discreta de ocultar su vanidad irreprimible. Parecía, como Jesús de Nazaret, alguien cercano que predicaba en medio de todos. Había un rasgo único que le asemejaba al Nazareno: su extrema delgadez en las pinturas y los crucifijos. Había enflaquecido con los años. Resultaba ser un hombre fuerte de anchos hombros y grandes manos con la cara delicada de un rostro del Greco. Un apóstol, un hombre espiritual. Había en su semblante, contemplado a un metro de distancia o dos, un aura como de infinitud doliente; un aire sacro, como un irreprimible más allá del ser-ahí que era, como cualquiera de sus oyentes, el propio cardenal. Tenía la costumbre, después de sus sermones, de acercarse a sus oyentes, la buena gente de su diócesis, que desde un principio se componía de gente mucho más joven de lo habitual en esas ocasiones. Considerado imparcialmente, diríase que atraía a un público muy especial, muy joven, además de a los habituales hombres y mujeres entrados en años. Acostumbraba a bajar los dos escalones del altar para recorrer todo el pasillo central saludando a izquierda y derecha a sus diocesanos. En una ocasión, en el primer banco a la izquierda, se inclinaron a besar su mano enjoyada una mujer morena, bellísima, y un niño de entre ocho y diez años de edad. Juntos e inclinados sobre su mano le recordaron repentinamente a un retrato histórico de Jesús niño acompañado de la Santísima Virgen María.
–¿Te ha gustado el sermón? –preguntó al chaval.
–Sí, le ha gustado mucho, beatísimo padre –respondió la madre.
El niño se inclinó reverente y al levantar la cabeza resplandeció una figura humana y divina a la vez. El rostro mismo de Jesús adolescente. Así que se entretuvo el cardenal un instante más del que solía dedicar a todos los que deseaban estrechar su mano y recibir directamente su bendición. Volvió a verlos a los dos, madre e hijo, en subsiguientes manifestaciones litúrgicas. No parecían parte de los grupos diocesanos. La delicada armonía de aquella pareja, madre e hijo, daba la impresión de ser aislante, una aureola virtual imaginaria, como en las grandes obras pictóricas del xvi. La belleza de ambos, tan recogida y humilde a la vez, les aureolaba una como distinción especialísima, una elegancia teológica pasada quizá ya de moda en estos tiempos del «ven como estés». Sintió curiosidad por la pareja. No fue un sentimiento vulgar, no sobrepasó en absoluto su papel en aquellas primeras ocasiones, pero sintió curiosidad en el sentido en que de pronto nos atrae un cuadro bellísimo en la pared de un museo y nos concentramos en esa pintura excluyendo de algún modo todas las demás. Se sintió sobrecogido y bendecido a la vez. Verlos juntos oyendo su plática era un don de Dios sin duda alguna.
Se podía visitar al cardenal semanalmente; dependiendo de sus compromisos políticos y, sobre todo, cardenalicios, especialmente los viajes a Roma, quedaba a cargo del obispo auxiliar de la diócesis organizar las visitas. Se daba por supuesto que visitar a un príncipe de la Iglesia en su propio palacio contiguo a la catedral resultaba inspirador. Se daba por supuesto que la naturalidad y la majestad del prócer eran suficientes por sí solas para animar e iluminar las prácticas cristianas de quienes le visitaban. Se hacían a veces visitas grupales, familiares, y a veces visitas individuales o de una o dos personas. Las monjas que cuidaban al cardenal solían ser de clausura e imprimían un ritmo sedoso a las reuniones, que duraban, las más largas, una hora, de cuatro a cinco de la tarde, antes de la bendición apostólica de las seis. Al cardenal le gustaban esas visitas, a las que atendía en su despacho, revestido con sus capisayos rojos, aunque considerablemente menos ornado que en las ocasiones litúrgicas de gran relieve o en las festividades tradicionales como la Navidad o la Semana Santa. En cualquier caso, era digno de verse aquel hombre de Dios, la más alta jerarquía eclesiástica nacional, en comunicación frecuente con el pontífice romano, interesándose por los pequeños asuntos familiares de su diócesis. Lo hacía bien dentro de su esquema moderadamente archiducal, con su habitual facilidad de palabra y su aire serio –diríase que a la vez serio y juvenil–, propio de su espontánea convivencialidad. Entre los que iban a hacerle una visita con regularidad estaban la madre de Luisín Regaliz y el propio Luisín. Se podían considerar, como en las pensiones, visitantes fijos o estables, con los cuales el cardenal mantenía conversaciones que venían de atrás, del pasado próximo, y que eran equivalentes a esos anillos de madera con un número que en las pensiones se usan para colocar las servilletas de los clientes fijos. Quiere decirse que las charlas entre los bellísimos madre e hijo y el cardenal tenían una continuidad y familiaridad equivalentes a esos anillos de hotel que ordenan las servilletas de los habituales. La madre de Luisín confiaba en que la influencia beatificante de esta relación con ellos beneficiaría al niño, que ya iba creciendo, y que le mostraría un ejemplo elevado de cristiandad y savoir faire. De la misma manera que las monjitas de clausura aparecían y desaparecían quedamente y hacían sus servicios dejando como un rastro angélico –en opinión de la madre de Luisín–, así también madre e hijo se comportaban con un aire angelical, sobre todo el propio Luisín, que se sentía deslumbrado. Conviene detenerse un momento en esto del sentirse deslumbrado del niño. Las virtudes cristianas específicas del eclesiástico solo podían percibirse por analogía con su rica y cuidada presencia física y también por un cierto resplandor de buena salud que hacía que un hombre entrado ya en años, entre los sesenta y los setenta, sonriera y discurriera y hablara con la viveza propia de alguien mucho más joven. En aquellas visitas, comparadas con su magnífica presencia en las ocasiones litúrgicas, resplandecía el cardenal, aún más que sus sermones, como en un primer plano sacral que contenía la respiración y la atención de los presentes concentradas en sus ademanes y su figura como en un objeto de culto. Era, resumiendo, un objeto del culto católico de toda aquella gente que le visitaba con regularidad. A los visitantes, por cierto, se les ofrecía una merienda leve que consistía en una taza de chocolate a la francesa, un chocolate ligero, acompañado de uno o dos picatostes por persona de pan frito azucarado. Todo ello se servía en bandejas de plata con servilletas de hilo con el escudo del cardenal bordado con hilo azul en una o dos mesitas auxiliares cubiertas con manteles del mismo estilo que las servilletas, un juego de mantelería y porcelana tan liso y oficial, tan pulido y marfileño que parecía provenir de cocinas blancas de capellanías dieciochescas. Cuando las monjitas entraban con las bandejas se hacía un silencio reverente que chispeaba en los ojos de los niños como Luisín y hacía sonreír a sus tías y abuelas y madres. ¡Aquel piscolabis antiguo, tan bien servido, tan ligero y tan rico, les encantaba a todos! Y se comentaba al salir: «Desengáñate, que estas meriendas son un ejemplo del valor divino de lo humano. ¡Qué suerte la nuestra de tener este cardenal tan educadísimo, elegantísimo, tan divino y humano como es!». Y era verdad que le había tocado en suerte una diócesis castellana donde costaba ver lo divino a pura fuerza de presencia humana labriega, campera, provinciana. Apenas había allí cristianos nuevos, en sentido histórico. Los mayores todos eran cristianos viejos y los niños, relucientes ángeles del cielo, inclusive los feíllos. Dada la familiaridad regulada que ofrecía ese cardenal y en general toda su corte de auxiliares, obispos, etcétera, volvió por entonces un gusto por las santas ocasiones litúrgicas, las grandes celebraciones festivas cristianas que habían ido quedándose, tras el Concilio Vaticano Segundo, muy desolemnizadas y como de alpargatas. El caso es que las celebraciones congregaban multitudes y en la gran catedral gótica no se cabía. Había que contentarse con quedarse devota y sacrificialmente en pie entre las ojivas medievales, junto a las rejas de las tumbas de los próceres locales. Todo era en esas ocasiones precioso, relumbrante y oscuramente anticuado. Un gigantesco templo que alcanzaba al gótico florido, con grandes ventanales de colores emplomados y hierros forjados, y, de algún modo, oscuro, semioscuro, nublado, fresco en verano, casi frío, y helado los inviernos, salvo en esas ocasiones de gran festividad en que el calor humano hacía las veces de calefacción. Después de las ceremonias había un besamanos que consistía en permanecer sentados respetuosamente en los bancos o de pie en los laterales para dar tiempo a que el cardenal, la corte cardenalicia entera, pasara a saludar a la diócesis. Esas despedidas podían durar una hora larga o, por lo menos, tres cuartos de hora. Y tenían un punto de rebatiña o romería popular, todos con todos ante la mirada de Dios. En esas ocasiones, incluso los habituales visitantes de la gran catedral y del gran cardenal tenían que practicar ciertas estrategias, una cierta logística de sacristía. ¿Dónde convenía situarse para mejor ver y ser visto? ¿En las proximidades del altar? ¿En los lados del pasillo? ¿En las puertas mismas de las sacristías? Luisín y su madre se instalaban siempre a las puertas mismas de la sacristía –que era de por sí ya todo un espectáculo nacionalcatólico, con sus preciosos cuadros y revestimientos litúrgicos–. Se producía una estampa antigua. El cardenal, rodeado de obispos y sacerdotes y seminaristas con velas, avanzaba por fin tras su largo paseo desde el altar y por todo el recinto y acababa su trayecto en las puertas de la sacristía. Ahí la gente se apelotonaba más que en ningún otro sitio, de tal suerte que a la vez parecía un espectáculo de profunda piedad nacionalcatólica y de muchedumbre futbolera en los vomitorios de los grandes estadios. No se podían pedir autógrafos, pero sí se podía y se debía hacer el saludo de corte al cardenal y besar sus anilladas manos. Había en todos esos movimientos una progresiva aceleración, como si toda la piadosa población, cardenal y acólitos incluidos, tuviera ya ganas, unos de regresar a la sacristía y otros de marcharse a sus casas, como si todo el mundo a la vez pensara en el irse y abandonar la muchedumbre y al tiempo la engrosara más y más. El caso fue que la comitiva, la muchedumbre, llegó, cardenalicia ella entera, a la altura de Luisín y su madre. Y esta hizo la reverencia y besó la mano de los obispos que conocía y del propio cardenal. Y Luisín hizo lo mismo, solo que, a imitación quizá de la quietud agilizada, resbaladiza, de las monjas de clausura, nadie se fijó en él, ni siquiera el propio cardenal, cuando se acercó y se le encimó para besar su anillada mano. Una vez dentro de la sacristía, el cardenal notó que le faltaba su gran anillo episcopal de amatista.
Hubo, es de suponer, un hiato irreflexivo entre la sustracción en acto del anillo y el alojamiento del mismo en el bolsillo de Luisín, en compañía, pues, de una cuerdecilla y de un chiflo. El propio cardenal disfrutó de ese hiato al no darse cuenta de la desaparición de su anillo. Aquellas multitudes que arengaba, enardecía, convencía, cristianizaba eran absorbentes. Pasear ritualmente entre ellas con los capisayos de la bendición del Santísimo y con los ornamentos litúrgicos de la santa misa era una satisfacción íntima equivalente al ser amado en silencio, o incluso a amarlos y encomendarlos a todos en el silencio divino de sus horas de oración. No reparó, pues, en la falta hasta la hora de acostarse, hora en que cotidianamente, tras ponerse el pijama y descalzarse, dejaba en un recipiente de cristal su monedero, su cartera, sus joyas. El reloj lo conservaba en la muñeca izquierda, pero se despojaba, con un cierto gesto de ascetismo, de los tres anillos que solía usar: dos aros de oro de su abuelo y su madre, gruesos aros matrimoniales, y la sortija de amatista propia de su cargo. Echó en falta la amatista con un gesto raro que no puede ser interpretado del todo porque nadie tuvo oportunidad de presenciarlo. Solo aquí, en la rinconera de este cuento, se le presupone al cardenal un sobresalto, un susto. Con voz tranquila llamó por el teléfono interno a su ayudante personal, el canónigo monseñor Benedicto Jiménez, y le pidió que mirara a ver si en la gran mesa de la sacristía, incluso en el propio altar, había dejado, tras la bendición apostólica de todas las tardes, olvidado su anillo. Sabía que sus largas y delgadas manos y dedos afilados no retenían los metales preciosos del todo bien; los retenían más mal que bien. Aquella noche, cuando telefoneó con noticias el canónigo de guardia, se abrió como una heridita en un costado por la sorpresa, si bien la entidad del susto no fue en aumento. ¿Qué es, al fin y al cabo, a los ojos de Dios, una sortija, por preciosa que sea? Se acostó y no durmió ni del todo bien ni del todo mal, sino a tramos; sin pastillas, desde luego. Se obligaba a sí mismo a no tomarlas, no solo porque fueran adictivas –aunque en su caso no lo eran–, sino porque implicaban un viejo miedo a no dormirse, o a no ser capaz de tranquilizarse, indigno de su cardenalicio estatus. Un cardenal se duerme a su hora en punto. Y amaneció el desabrido día siguiente comprensiblemente sin la amatista y sin ninguna explicación coherente. Lo más coherente, dentro de la incoherencia, era que en el besamanos posterior a la celebración del Santísimo la tarde anterior el anillo se hubiera resbalado del dedo. Recordó una oportuna exclamación de César Vallejo en aquel momento que no venía al caso: «¡Oh, botella sin vino! ¡Oh, vino que enviudó de esta botella!». «Oh, anular sin amatista, o amatista que enviudó del anular. ¿Dónde estarás ahora?» Se registró, por supuesto, minuciosamente toda la superficie del altar y del centro del templo y de las capillas laterales y, una vez más, las mesas y cajones y armarios de la sacristía. Ahí había de todo, toda suerte de cajitas, llenas unas, vacías otras, significativas todas, pero no una sortija de amatista. Y no podía el cardenal creer para sí mismo, y de hecho tuvo que desmentirlo varias veces porque sus adláteres se habían atrevido a sugerirlo, que hubiera habido un explícito latrocinio con relación a la joya. Un robo era impensable en semejante ambiente familiar y místico a la vez. Pero lo impensable era pensable y pensarlo era jodido, pensó el cardenal irritado en recuerdo del habla de sus veraneos en un pueblo de Castilla la Vieja. «Sanseacabó. No se hable más. Aparecerá.» Pero no apareció en los próximos días, ni semanas, ni a lo largo de todo el mes, ni había de aparecer quizá nunca, siendo los niños, los luisines, lo que a veces son: difíciles de entender.
A ojos del niño, era como haber pescado un pez del estanque de peces de colores, una pesca prohibida, o como haber cazado a una liebre para luego malherirla y asesinarla contra una piedra del camino. Había asesinato en aquella matanza de la pobre liebre que Luisín había presenciado, y había, acumulándose por días, mortalidad y más mortalidad en el pecado mortal de robar al cardenal su anillo. «Igual no es tan mortal este pecado, quizá solo venial. Al fin y al cabo, ¿qué falta le hace un anillón así para ser quien es y será siempre? A ojos de Dios sigue siendo un poderoso y guapo cardenal español que viajará a Roma en breve en compañía de dos o tres sacerdotes de la Curia que se ocuparán de las maletas.»
Luisín Regaliz no consintió que su madre le cambiara el pantalón de pana por ningún otro pantalón hasta pasar siete días y siete noches consecutivas durmiendo solo con ese y encima la chaqueta del pijama. Esto era muy incómodo y venía a ser como tener que dormirse con zapatos en una estación de tren de provincias. Los zapatos se crecían en los pies y la joya se crecía en el bolsillo como una culebra o un extraño gusano cariacontecido, repentinamente encogiéndose y luego desplegándose debajo del matorral donde vivía y siempre había vivido. «Yo soy el gusano –pensó Luisín creyéndose endemoniado– y la joya, la culebra. Yo tengo que no contárselo a nadie ni a ninguno, a mi madre menos. Lo mío no es asunto para madres.» Más o menos lo mismo que hacerse pajas por las noches, que tampoco era para contárselo a mamá. Mejor que creyera, al ver la mancha, que era pis. Y eso es lo que, de hecho, al ver la mancha, la buena mujer creía. De pronto se encontró Luisín inmerso en el reduplicado mundo del paraíso terrenal, que en la Biblia se cuenta antes y después del pecado original. Pero su pecado no era original, y además no era ni pecado. Entonces, ¿qué era? Había sido un impulso irreflexivo. ¿Cómo, en pudiendo, no tirar del sortijón? ¿Y cómo no ocultarlo en el bolsillo una vez arrebatado? «Ahora, ¿qué va a ser de mí?», se preguntó Luisín con una entonación remotamente veterotestamentaria. Le costaba trabajo creer que podía desayunar un tazón de sopas de leche malteada cada mañana a primera hora, ir a la escuela y volver de la escuela, ir a misa y volver de misa, acompañar a su madre a los rosarios y acompañarla al volver a casa. Pero, por otra parte, si no lo hiciese, si no lo hubiese seguido haciendo como siempre, se habría, de algún modo, descubierto todo de golpe. ¿Dónde había sido escondida la amatista? Esa pregunta era, en cierta manera, menor e insignificante, pero también, de algún modo, natural. Toda casa familiar es infinitamente pequeña y reconocible para sus ocupantes. Todos saben dónde está todo, incluido lo que se guarda expresamente bajo llave por miedo al descuidero o al ladrón o a los amigos de Luisín, que venían a merendar a veces y alborotaban mucho y recorrían el piso a carrerones como descontrolados perdigueros. Luisín había, el primer día tras el robo, envuelto en papel de plata la amatista, que, una vez envuelta, podía pasar inadvertida a título de botón, o de sortijilla inclusive. La madre de Luisín era maravillosamente atenta y cariñosa con su hijo, pero no era una mujer inquisitiva. Daba por sentado que el mundo, todo el mundo, era tan bueno y soso como ella misma. De la misma manera que se confesaba un par de veces al mes con los curas de turno y la penitenciaban con un simple padrenuestro.
–Rece un padrenuestro, mujer, que Dios la quiere a usted más que a nadie –le dijo un párroco entusiasta una vez.
La mayoría la reñían un poco porque a veces se detenía en detalles de pecados sin naturaleza pecaminosa última ninguna, por ejemplo que era presumida y le gustaba ir muy arregladita a todas partes.
–Eso no es un pecado, doña Luisa: es más bien obligación, destreza, alegría de la vida.
Este último párroco que dijo estas frases le pareció a doña Luisa un poco descocado. Ella lo había entendido ya de sobra y confesaba solo sus no pecados cada quince días, por si acaso. Luisín, en cambio, confesaba todos sus pecados menos uno. Al no confesar ese único es como si nada confesara, como si en vez de hacerlo se sirviera de la confesión para olvidarse. Pero ni él se olvidaba de su acción ni el cardenal del robo de su anillo. ¿Qué iba a pasar ahora?
Le pareció a Luisín, después de su acto, que el presente se esfumaba sin notarse y que el pasado apenas existía. Le pareció, en cambio, que el futuro, los sucesivos después del acto, se amontonaba a gran velocidad. Parecía tener ahora Luisín mucho futuro por delante, muchos después, aunque entre el presente momento, este después, y el momento anterior del acto no hubiese pasado demasiado tiempo, tal vez un mes. Pero un simple mes, treinta simples días o treinta y uno, pueden convertirse en mucho tiempo después, en mucho futuro imprevisible e incluso previsible si la acción realizada ha sido ejecutada en un visto y no visto, en un instante cumbre que no ha durado apenas nada, solo lo suficiente para hacerle sentirse a Luisín muy avanzado en edad y sabiduría. Puede que ninguna de estas dos cosas tuviera, en ese instante en que pensaba en su acción, pero estaba claro –para el propio Luisín al menos– que no se arrepentía. Había hecho lo que había hecho a ciencia y conciencia, que se entremezclaban a la vez velozmente con la irreflexión o inconsciencia propia de su edad, entre ocho y diez años. Cuesta trabajo imaginar una inconsciencia pura, aunque cuando todo sucedió hubiese una característica movilidad de vodevil en el numeroso y piadoso gentío que asistía a la bendición cardenalicia, que se habían puesto de pie o que todavía continuaban de rodillas o sentados con un ojo puesto en ver cómo podrían felicitar al cardenal sin necesidad de hacer una cola que daba ya la vuelta al templo entero, más o menos semicircular, y que estaba compuesta básicamente de familias con uno o dos críos de la edad de Luisín y parejas jóvenes y ancianas de todos conocidas. Era un instante postlitúrgico de familiaridad y apostolado, una ocasión para felicitarse unos a otros por lo bien que todo había salido en la organización de la bendición cardenalicia. Lo que para un espectador casual o desinteresado solo representaba un guirigay devoto, para los participantes de esa diócesis era una como continuación eucarística que recordaba los arremolinamientos descritos en el Nuevo Testamento de las muchedumbres alrededor de Jesús de Nazaret. El cardenal, por supuesto, doblaba la edad de Jesús de Nazaret: andaría por los sesenta en aquel momento, pero había conservado todo el pelo negro, blanco ahora, cano, lustroso, y una cierta deportividad en sus andares y en los movimientos de sus largos brazos que abrazaban a la multitud, virtualmente a todos y a ninguno en particular. En el abrazarse virtual, en el abrazarles virtual, vio Luisín representada la ocasión que no puede decirse que buscaba, pero que tampoco rehuía, porque había tenido una idea de la idea: esa acción a título de prueba o ensayo o pura acción, y no como maldad. Precisamente, lo excitante de la ocurrencia era que era factible ser visto sin ser visto. Un existir y actuar de pronto prorrumpiente sin significación moral o religiosa o metafísica ninguna. Un acto gratuito, claro, gratuitamente dado sin motivaciones antecedentes ni consecuencias visibles a simple vista. Un acto gratuito no se debe a nada y, una vez ejecutado, no se debe nada a nadie. El caso era que, en su gratuidad, el acto a ejecutar no dejaba de ser del todo improvisado ni del todo gratuito por la chusca –por llamarla de algún modo– imaginación del chiquillo. Habían surgido varias ondas preludiales que solo ahora se volvían impulso, un único impulso. «No quiero causar a nadie, y menos al cardenal, daño ninguno. No voy a cortarle el dedo anular de la mano derecha. Voy solo a quitarle provisionalmente el anillazo.» Era un anillo de amatista grande que bailoteaba un poco en el anular del cardenal. Por el volumen de la piedra, engastada, al parecer, en oro de ley, veíase que era una joya importante, un joyón. Y a eso se añadía que, con frecuencia, el propio cardenal, distraídamente, daba vueltas a la piedra, que se había ido deslizando hacia abajo, hacia la palma de la mano. Nada costaría, a la vez que le besaba la mano, quitarle el ostentoso anillo. Porque ostentoso era. Otra cosa es que tuviera la obligación de llevar un anillo así debido a su cargo.
Había en juego, más que una cuestión de picardía, una prueba de destreza. «Tengo que hacerlo para saber que puedo hacerlo», se dijo Luisín. Y se acercó al cardenal con mesurados pasitos sin ponerse del todo a la cola, fundiéndose momentáneamente con un coro de monaguillos y misacantanos y sacristanes que iban y venían en torno al prelado como animales jóvenes y risueños, como perrillos y chicuelos. Había en el aire sombrío del templo una afectuosidad de vidriera gótica iluminada por el sol, un instante solar de media tarde, un último instante. Ahí estaba. Acababa de darle la mano y la retuvo un momento con la cabeza bajada, y el cardenal, con su mano izquierda libre en aquel momento, le dio unos golpecillos en la cabeza y le hicieron a un lado y se dejó empujar hasta perderse en el gentío y descubrir que su madre seguía arrodillada en oración en la primera fila, que había ocupado con ella, y se acercó y se sentó ahí, y eso fue todo. El resbaladizo dedo anular de la mano derecha del cardenal era fácil de entender y un como reclamo y un objetivo que requería atención, que requería tratamiento. Era fácil de entender y de ver porque tenía además el cardenal unas bellas manos espirituales, bien manicuradas y consolidadas uñas –no como Luisín, valga la comparación, que no acababa de reasegurar sus propias manos húmedas y sus dedos en parte despellejados o roídos un poco–. El dedo anular mismo del cardenal apenas tenía nudillo, como la bella tenue mano de un cardenal de un cuadro y, más aún, como los homólogos uña y dedo anular de la propia santa madre de Luisín. Este se sintió accionado por su propia ocurrencia. Al fin y al cabo había jugueteado muchas veces con los anillos que su madre tenía en ese mismo dedo anular, sacándolos y volviéndolos a meter, juego maternofilial donde los haya. Había una homología, un parecido deslumbrante, entre aquellos dos dedos. Y Luisín se dedicó a, delicadamente, deslizar su mano, la misma que había sostenido la propia mano del cardenal al besarla y al retirarse para dar un paso atrás al acumulado gentío, y darse cuenta de que llevaba el anillo apretado, empuñado, por así decirlo, en su mano derecha.
El final de Luisín –el de su vida– no puede imaginarse ahora en serio. No puede saberse si vivirá setenta años más o quizá ochenta. Hoy en día somos octogenarios media España. Podemos suponer que fue una chiquillada, pero chiquillada no es un término inventado por niños ni chiquillos ni gente joven. Chiquillada es una palabra inventada por personas mayores que desean referirse a su propia niñez y juventud o a la de sus propios sobrinos o sus nietos en un tono benevolente, exculpatorio. Y el caso es que la intención de este relato no es exculpatoria. Luisín roba o manga a ciencia y conciencia el anillo del cardenal en un arrebato de furor irritativo. Una especie de «por qué coño lleva usted esa joya», «por qué va usted enjoyado así». Creo que, solo por este acto, Luisín se encamina por el camino de la ambigüedad moral. No quiere declararse culpable, ni siquiera ante su madre, porque no se siente reo de ninguna culpa: el anillo era obsceno, demasié para tan poco cardenal. En esto de medir los cardenalatos en términos de ostentación o lo contrario hay mucha voluntad maligna taponada, que en la acción instantáneamente se destapona y vuelve a taponarse. Seguramente, Luisín no acabará siendo un ladrón. Quedarse con objetos o con dinero ajenos requiere una rara voluntad negativa: «eso es demasiado para ti, te voy a reducir a tus justas medidas», algo así. Pero las joyas eclesiásticas, a diferencia de las medallas militares, con las cuales pueden relacionarse, llevan ínsita una explicación teológica: tal es la grandeza de la Iglesia de Dios que sus representantes deben presentarse ante el pueblo de algún modo revestidos y enjoyados. Ahora bien, el Dios vivo no se presentó nunca así. Al revés. De tal manera que la ascensión teatralizada de la Iglesia puede verse aquí, en esta chiquillada, muy críticamente. «Antes entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos.» El asunto es que, al cardenalato, hoy en día, llegan más los pobres que los ricos. Los ricos más bien son altos ejecutivos, los cardenales más bien son de origen humilde. Y más vale así. Lo difícil de lo humilde es que requiere un desequilibrio psíquico casi continuo. Es muy difícil serlo porque uno es demasiado humilde siempre, de la misma manera que demasiado bueno o demasiado generoso. El primer y quizá único consejo que cabe dar a quien se propone llevar una vida recta o incluso religiosa es huir del laberinto del yo. El yo es una inacabable serpiente que devora todos los objetos que ve. Non nobis, domine, non nobis: sed nomini tuo da gloriam. Ese es un canturreo de los viejísimos cruzados de los siglos xi y xii. No a nosotros, Señor, no a nosotros: sino a tu nombre sea la gloria.