la casa y la estancia
spanish
Home is where we start from. Home, la casa familiar, es donde empezamos todos nosotros. Y parecería una simpleza si no fuera porque la lengua inglesa distingue nítidamente entre home y house. Home no significa necesariamente el lugar de nacimiento, pero sí donde discurre nuestra infancia y primera juventud. A veces eso tiene lugar en dos sitios distintos, como es mi caso: la Dehesilla los veranos, el Muelle 35 el resto del año, hasta los dieciséis o diecisiete. El primero de estos pisos era una entreplanta –creo recordar que así se llamaba en Santander–, es decir, no estaba a ras de suelo –lo que sería un bajo– pero tampoco llegaba a la altura del primero. Daba a dos calles paralelas: por delante al paseo de Pereda y por detrás a la calle de atrás, cuyo nombre nunca supe, pero que cobró con los años suma importancia porque mis dos cuartos, el de dormir y el de jugar, daban ahí. El cuarto de dormir tenía un balcón con barandilla de hierro desde el cual podía otearse una buena sección de Puertochico a la derecha y, a la izquierda, el bar de Las Olas, que hacía esquina con la cuesta de Lope de Vega. El cuarto de jugar –que tenía dos ventanas– estaba comunicado por una puerta de doble hoja con el dormitorio. Según se salía del cuarto de jugar había un pasillo corto y ancho en cuya pared estaba el teléfono, que tenía una extensión en el despacho de mi padre. Ese pasillo estaba separado del vestíbulo por una gruesa cortina marrón de argollas. Al corto pasillo del teléfono daban cuatro puertas, la de mi cuarto de jugar, la del dormitorio de Fräulein Maria, la del baño mío y de Fräulein, cuyos montantes –necesarios por ser un baño interior– daban al largo pasillo de atrás, y la puerta abatible que separaba el pasillo larguísimo del pasillo corto del teléfono. Por esos montantes del baño, sobre las once, salía el vapor del baño de Fräulein. Lo bueno de esa estructura era que dividía firmemente el piso en dos comarcas, la de delante –de los señores– y la nuestra de atrás –del servicio y mías–. Entre esas dos comarcas estaba el vestíbulo, todo un lujo con una columna en medio, que daba al comedor de los señores, a la sala de estar grande y al despacho, y de ahí al dormitorio de mis padres, que a su vez gozaba de un gran cuarto de baño con espejos y armarios empotrados donde mi padre se acicalaba y almacenaba sus bonitos trajes sastre y sus miles de corbatas, algunas de las cuales mangaba yo para ir al colegio los días de diario. El vestíbulo tenía una columna en medio y sus ventanas, con vidrieras de colores, daban al gran hueco del portal de entrada. Desde ahí podían verse bajar los ataúdes de los otros pisos y el gentío de las bodas y las primeras comuniones. Ese vestíbulo tenía unos comodísimos sillones de rejilla y un gran sofá igual que procedía de la casa de los bisabuelos paternos o quizá del abuelo Cayo, de su finca La Remonta, vendida al final al ejército. Se veía la antigüedad de estos sillones a ojos vista por los muchos agujerillos primorosos de la carcoma de la madera. Era resplandeciente la sala grande que daba al paseo de Pereda, con dos espacios con distintas alfombras. Desde allí podía entrarse también al comedor por una doble puerta de cristales. Ahí en la sala estaban los estupendos sillones de orejas que aún perduran y el sillón largo forrado de raso azul de la abuela Anita frente a una chimenea de mármol que no encendimos nunca.
Para mí este piso del muelle fue una estancia duradera hasta que ingresé en el colegio de los Jesuitas de Valladolid con diecisiete años, me parece.
Crujía la madera del piso al paso de zapatos y tacones a causa del suelo encerado que no cubrían las alfombras. No resultaban agradables las responsabilizantes idas y venidas de los señores, cuyas penas y esfuerzos no comprendíamos en la cocina. Temible la furia de los bocinazos del Studebaker abajo atestado de maletas y sacos de garbanzos. Estos sacos de garbanzos –también de harina– eran un contrabando menor de mis padres para abastecernos a nosotros, que no podía ser declarado sin peligro de multa en el fielato que había entre Palencia y Santander. La temible llegada de quince en quince días, los tediosos partidos de fútbol del equipo local, el Racing. No es esta la hora de la venganza, sino más bien la hora de las malas notas y las agotadas, incomprensibles madres. Hubiera sido preferible ser, como mis consentidos primos gallegos, parte de una familia más vulgar y corriente. Fue la etapa del abundante servicio doméstico, de oír la radio cuando se iban los señores de vuelta al campo. Dábamos por hecho –ni siquiera lo pensábamos en aquel momento– que los señores llegaban bien cuando volvían a la Dehesilla porque no había teléfono para comunicarnos. Eso era una ventaja. El teléfono más cercano a la Dehesilla estaba en el pueblo, en Ampudia de Campos, en casa del señor Benito, que era el albañil, y solo se utilizaba en caso de emergencia urgentísima. Una situación actualmente impensable aquella.
La casa es, para cada cual, una conciencia en sí misma paralela a la propia conciencia del individuo. De ahí que la descripción de pisos y de hogares y de casas sea un cometido esencial de escribir novelas.
Cuando los señores se iban, la comarca nuestra se volvía confortable, y el piso entero, fantasmal. Nos volvíamos irreales porque cerrábamos la puerta principal y entornábamos Santander desconectándonos. Que desconectáramos y nos volviéramos irreales se me ocurrió, en realidad, mucho después. Es una ocurrencia reptiliana. Lo acabo de pensar ahora mismo, al enumerar los cuartos y pasillos del piso vacío de la cortina marrón del vestíbulo en adelante. Los adentros reptilianos del piso como los adentros de nuestro cerebro reptiliano. ¿Qué significa reptiliano? Significa la naturaleza convertida, transformada en adentro. Dentro de dentro y dentro de fuera está nuestro subconsciente tejiendo el telar de la araña gigantesca del alma. La naturaleza es interior, como un gato, como un Prunus color ciruela creciendo en la terraza y adentro su naturaleza haciéndole florecer en febrero con solo sol y agua. «No quieras salir fuera, vuélvete hacia ti mismo, en el interior del hombre habitan la naturaleza y la verdad. Est Deus in nobis. Deus sive natura.» Dios está dentro de nosotros como adentro está la naturaleza. La naturaleza es Dios. No hay afuera, todo es adentro. Todo era adentro cuando se iban los señores. Entonces la realidad quedaba afuera, en la calle de atrás. Se cerraba la puerta principal. La puerta del servicio nos clausuraba y carecía de timbre. Quienes llamaban a esa puerta –Rosuca, por ejemplo, que venía a buscar su litro de leche diario– llamaban con los nudillos. Yo mismo, cuando volvía del colegio, golpeaba tres veces la puerta con la mano como en «Alí Babá y los cuarenta ladrones». El interior era una cueva. A cambio de clausurar el mundo exterior, el mundo de la comarca de delante, se acendraba la de atrás, el largo pasillo, la cocina con su mesa de mármol gastado donde nos sentábamos a cribar las lentejas, el cuarto de plancha, la fresquera de la cocina, tras la cual nos parapetábamos Manuela y yo para ver pasar a la negra, la aborrecible querida del cojo del bar de Las Olas.
Ahora, entre nuestra entreplanta y la tercera planta, se cruzaban similitudes inconscientes, súbitos parecidos reptilianos de las dos inmovilidades, como si la renta fija de la tercera planta se asimilara a nuestra propia renta fija accidental, mucho más vulgar y dramática. El tío Pitilo me llamaba «el niño de los gatos» porque en esos paréntesis de libertad llegué a tener cuatro o cinco de todas las edades y colores. Recuerdo con horror que un tal Juan, el inestable butler, breve mayordomo, se llevó uno a uno los gatos hasta dejar solo uno. Se los comió en lugar de conejos. Aún eran entonces los años del hambre. Abajo estaban los imposibles deseos nuestros, los fantasmas, ávidos visitantes de las medias tardes. Y las mañanas eran vulgares. Se agotaban en el ruidoso limpión con bayetas de la comarca señorial, que quedaba crujiente y hueca como un museo cerrado. Y se iba uno a la cocina, al cuarto de plancha, donde surgían la conversación, los maliciosos chismes, el dramatismo. El bien estaba en la comarca de delante. El mal era la comarca de atrás. El mal éramos nosotros. Fantasear como fantaseábamos allí, atrás, era contagioso como un mal de amores, como una ebriedad inadvertida. Había su poco de ebriedad, eso es cierto. Una o dos veces por semana bajaba yo al bar de Las Olas a rellenar dos botellas de tinto. Y cuchicheaban allí: es el niño de los señores de enfrente. Yo mismo bebía vino con mucha agua porque el vino me parecía dramático, fantasmal y asqueroso. El caso era, sin embargo, que no hubiera habido dramatismo y cháchara y fantasmas que llamaban con los nudillos a la puerta de atrás de no haber habido la otra mitad del piso desempolvado y hueco, cuya peculiaridad descarnada presionaba contra la vulgaridad encarnada en nosotros, que éramos el pueblo, el rojerío, los pelirrojos, el bailongo, los hombres casados. Las doncellas llevaban sus uniformes negros sin cuellos ni puños. Fräulein Maria se encerraba en el cuarto de baño dos horas. Yo iba en camiseta y descalzo y acariciaba al gato.