la factura de la felicidad
spanish
De pronto me di cuenta de que entre los veintiséis y los cincuenta años de edad se me había ido el tiempo sin sentir. Como quien bruscamente se despierta, yo me encontré de pronto con que el cincuentón que reflejaban los espejos y las fotos era yo. De pronto me vi más reflejado de lo que solemos vernos reflejados. Como si se me hicieran más fotos y en las habitaciones y en las calles hubiera más espejos, más superficies reflectantes. En los reflejos reconocía una figura sustanciosa, había engordado, había encanecido, tenía los ojos un poco saltones y una tendencia a poner caritas de asco al afeitarme. Era yo. Y lo sustancioso de mi figura reflejada no casaba por así decirlo con lo gaseoso de la idea que yo mismo me hacía de mi propia vida. Mi vida era un gas que se había ido filtrando a través de las horas y los días y las semanas y los meses y los años hasta llegar a esa inverosímil coagulación de los espejos y las fotos que yo llamo yo. Pensaba que posiblemente nadie leería nunca estas frases que voy enganchando con considerable rigidez, tardando mucho, en un cuaderno de apuntes que encontré hace días. Pero, si por casualidad alguien leyera estas líneas, se asombraría viendo lo poquísimo de mí que puede verse o que puede decirse. Se puede decir de mí tan poco porque mi vida ha sido una curiosa expansión de solo el mínimo posible de una cierta entidad a lo largo de mis primeros cincuenta años. ¿Es posible ser lo mínimo posible?
Uno puede, por ejemplo, cuando está con otra persona, hablar lo mínimo posible. Uno puede comer lo mínimo posible, lo justo para no morirse de hambre. Pero eso son cosas concretas, determinaciones que admiten más y menos. Pero ¿admite la existencia más y menos? ¿He existido yo lo menos que podía? Se puede ser más o menos alto, más o menos guapo, más o menos inteligente, pero no se puede existir más o menos. O existes o no existes, no hay estados intermedios. ¿Puede un grano reducirse o ser reducido a lo mínimo posible que pueda ese grano ser sin dejar de ser ese grano? Quiero decir que tan pronto como es existe ya. Y por lo tanto no cabe más reducción que su negación absoluta. Una negación inverosímil, evidentemente. Pero el caso del grano y mi propio caso son muy distintos: el grano no puede y yo sí que puedo elidir todo lo posible mis posibles. Por ejemplo: yo tenía una constitución física fuerte. Durante los años del hambre, en la posguerra española, vivía con mis padres en el campo. Allí siempre hay de comer. Nací sano y me criaron robusto. Pero ahí quedó todo: mi cuerpo fue vivido por mí como algo dejado a la casualidad. El cuerpo que he llegado a tener –este del cual estoy siendo ahora tan consciente gracias a todos los espejos que repentinamente me circundan– me ha salido así. Al no esforzarme en hacer nada de él ni con él, su figura presente se ha compuesto sola. Este cuerpo es mi cuerpo verdadero porque me ha salido por sí solo. Precisamente la palabra española que traduce la expresión inglesa body-building enfatiza el carácter adquirido, cultivado, culturalizado de los cuerpos de los culturistas. Son falsos cuerpos llevados a sus máximos, forzados a crecer. Dejados tal cual son, los cuerpos son más o menos como el mío: una verdad que duele un poco a los cincuenta.
He dejado de escribir en el cuaderno durante varios días debido a que lo mínimo que se puede hacer si se pone uno a escribir es apenas escribir. No escribir nada nunca equivaldría a no existir, y eso es menos que el mínimo, eso es la nada sin añadir ninguna especie artificial de colorante. Así que escribo un poco, pero poco, lo mínimo que puedo. Por eso voy tan lento. Siempre me ha interesado esa curiosa especie de competiciones que se celebran por las fiestas en los pueblos de Castilla: ver quién tarda más en llegar de un sitio a otro. Tarda más, en bicicleta o a pie, aquel que sin pararse avanza cada vez lo menos que se puede. La cuestión es no pararse y casi no avanzar. Justo eso es el resumen de mi gaseosa biografía.
Entre los veintiséis y los cincuenta años pasó el tiempo sin peso. Como si mi vida fuera una materia gaseosa que se filtraba a través de los días y los años, sin pararse en nada. Cuando me fui de España era un muchacho, cuando volví era un hombre adulto que seguía soltero y en cierto modo intacto. Doce años no habían sido casi nada más que un paisaje urbano, el de Londres y unas cuantas personas de las cuales solo tenía a los cincuenta un confuso recuerdo. Esta levedad de mi vida me avergonzaba un poco, como un padecimiento crónico, una molestia que sin llegar a ser dolorosa no nos permite nunca olvidarla. Había conocido a mucha gente. Pero al hacer, al cabo de los años, el recuento mental, el balance, nadie había significado nada. Era escritor. Había alcanzado una cierta notoriedad. Era una persona de recursos propios. Podía vivir moderadamente bien, como los antiguos rentistas, teniendo cuidado, ayudándome en ocasiones con los adelantos de los editores, con las colaboraciones en la prensa. Una vida sin gastos, un poco monótona. Agradable si no se examinaba muy de cerca. Me vi obligado a hacerlo al morir mis padres. De algún modo hasta entonces había podido vivir como un hijo de familia. Ahora tenía que ocuparme de pagar a la asistenta y hacerme mis comidas. Y todas esas pequeñas tareas cotidianas, sumamente corrientes por lo demás, me condujeron a la situación de examen de conciencia en que me hallaba metido en este momento. No he sido feliz, pensaba. Siempre lo he sabido. Pero nunca me había preocupado hasta ahora. Ahora quería ser feliz. Y para empezar encontraba difícil fijar con claridad esa noción de «ser feliz». ¿En qué consistía? ¿Sería feliz si cambiaba de estado, si me casaba? Traté de imaginarme a mí mismo casado sin lograrlo. Resulta muy difícil encontrar una vida en compañía sin imaginar esa compañía en concreto. Y si la felicidad no era una situación exterior, sino un estado anímico, ¿cómo podía reconocerse? Me consta que este tema de los mínimos ha estado de moda a lo largo del siglo pasado. Al fin y al cabo, un hombre sin atributos como el protagonista de Musil es la historia de cómo puede decirse de alguien que es todavía un hombre, una singularidad humana, cuando es lo único que puede decirse. Y la «muerte del hombre», que anunciaba Foucault, no es más que la desaparición del sujeto humano, el yo romántico, en el entramado del texto social y político y biográfico donde en un abrir y cerrar de ojos aparece y desaparece. Yo soy ese sujeto que la microfísica del poder estudia. Un mínimo que no por ser indispensable cobra la más mínima importancia. A los cincuenta años de vida –gaseosa, bien es cierto– no había logrado hacer de mí, salvo como dije al principio para mí mismo ante el espejo, una cosa seria o sólida. Me consta que esta es la manera de empezar a escribir un mal relato. Un relato de tesis con una tesis que carece del más mínimo interés para nadie que esté en su sano juicio. Pero ahora me doy cuenta de que quizá yo no me dirija aquí a los juiciosos porque tal vez yo mismo no esté en mi sano juicio. ¡Hace falta no estarlo para querer lo que yo quiero! Tenía cincuenta años y quería ser feliz. Pero la felicidad es un máximo y yo un mínimo. Voy a ver si logro explicar esto con alguna anécdota: estoy enamorado y soy correspondido, hasta cierto punto. Entre esa chica y yo hay treinta años de diferencia. Pero eso no es ningún problema. Eso es incluso la gran facilidad de todo esto: somos todo lo distintos que se puede ser sin dejar de ser los dos seres humanos. Y ¿no es cierto que cada vez que lo igual busca lo igual empieza a aburrirse en el instante que lo encuentra? Ella y yo cumpliríamos la primera condición del buen amor: que la diferencia entre los dos amantes sea abismal, los treinta abismales años que nos separan. Pareceríamos padre e hija, por no decir ninguna de las otras cosas que pensaría la flor de la barriada. Un tramo bien pequeño del espacio del mundo. Parece un tanto absurdo decir que se quiere ser feliz y después, a renglón seguido, decir que se está enamorado. ¿No han sido esas dos cosas tradicionalmente incompatibles? Nos vemos todos los días un rato. Quedamos para ir al cine, pero no vamos al cine. Quedamos en dar un buen paseo porque la chica insiste en que a todo trance tiene que añadir una dimensión aeróbica a su vida, pero no nos paseamos. Nos sentamos nada más entrar en el parque en el primer banco que vemos, que suele ser el más ruidoso porque da a un bulevar muy frecuentado los veranos. Ahora es verano y la enfática estupidez de los altavoces de las terrazas que velan el murmullo o susurro de los árboles se intercala en nuestra conversación y en el tono de nuestros sentimientos, y, sin embargo, estamos bien. Nos sentimos, como suele decirse, muy felices juntos. Si esto pudiera universalizarse, la felicidad sería la fácil superación de los contrarios cuando dos que se aman están juntos. Sabrás que eres feliz cuando no te contradigas, cuando las contrariedades faciliten las cosas y nos hagan reír en vez de molestarnos.
Todo lo anterior está pensado para hacer ver al lector que quien lo ha escrito tiene la mínima capacidad de expresarse y de pensar sin dejar de ser un ser que se expresa y que piensa. Todo lo anterior es lo mínimo que puede alguien decir acerca de un asunto. Después ya solo queda no ser capaz de decir nada. Lo grave es que, en la medida en que la chica me ama, mis mínimos son sus máximos. Mi más mínima nimiedad tiene para ella la máxima importancia. Por ejemplo, el otro día dije que la obsesión por los deportes de la moderna sociedad española, la preocupación por la buena forma, etc., me resultaba tediosa y me irritaba. La verdad es que lo dije por decir, porque, aunque es cierto que me aburren los deportes y muy en especial el voleibol (al cual la chica era adicta), la cosa no hubiera llegado nunca a quitarme el sueño. Yo tengo buen carácter. Casi todo me aburre un poquitín pero nada me irrita demasiado. ¿Puede un hombre así, un flemático, sentirse realmente inflamado por el amor? O ¿puedo yo enamorarme de verdad? Enamorarse, al fin y al cabo, es un estado de excepción, un estado de alarma. Y yo aborrezco todas las alarmas. Una de las grandes ventajas de lo mínimo es que no requiere, para vivirlo, estar alerta o estar pendiente o preocuparse de ello o hablarlo. Una vida insignificante tiene la ventaja de ser cómoda. Pero no hay nada más incómodo que sentirse enamorado. Nada más inquietante, si, como en mi caso, el amor es correspondido. El problema de las cosas inquietantes es que te inquietan, aunque tú decidas que no deben inquietarte. Y así me ocurre ahora: estoy pendiente de la chica como se está pendiente, cuando se está a dieta, de una tableta de chocolate que sabemos que hay en la cocina. No puede uno estar pendiente de la chica y a la vez estar tranquilo. ¿Será esto señal de que la amo? ¿O será solo señal de que no soy capaz de amarla? Porque podría ocurrir que mi intranquilidad dependiese solamente de la alteración de mi rutina. En una vida tan ordenada como la mía, casi cualquier nuevo personaje es un trastorno. ¿A dónde conduce todo esto? A donde no conduce, desde luego, es a la chica.
Siguiendo con nuestro ejemplo: el otro día llovió mucho y tuvimos que meternos en un café –un lugar que yo detesto–. Detesto los cafés porque son sitios donde mirar es tan importante como hablar. Y yo no quiero mirar ni ser mirado. Hablar, en cambio, es una actividad irreflexiva. Por eso, para sacar a la chica de la corriente insulsa de todo aquel mirar y ser mirado, empecé a contarle, más o menos resumidamente, lo que acabo de contar aquí. El caso fue que la reacción de la chica sirvió justo para lo contrario de lo que yo quería. Sirvió para llamar la atención de los demás en lugar de para que nos contentáramos con nuestros propios asuntos. El caso fue que la chica empezó a sollozar y a hipar sin que lograse yo entender a qué venían los sollozos. Y no saberlo me irritaba tanto que empecé a dar golpes en la mesa, mandándola callar, cosa que sirvió, al revés de lo que quería, para que aumentaran los sollozos. Todo el mundo tenía la atención fija en nosotros. Una situación insostenible. Por fin la chica dejó de sollozar y los demás dejaron de mirarnos y yo pude sacarla de allí y, como para entonces ya había escampado, llevarla hasta su casa. A cada paso que dábamos la veía más tranquila. Hasta tal punto diferente de aquella absurda chica de los sollozos que le pregunté qué le había pasado hacía un rato.
–Odio a los escapistas y tú eres uno de ellos si sigues dando vueltas a esos estériles juegos de palabras. ¿Qué es eso del mínimo y del máximo? La mitad de lo que dices no lo entiendo y yo no soy ninguna imbécil. Lo que tú quieres realmente es entretenerte conmigo para dejarme plantada cuando te venga bien. Las palabras solo sirven para eso, para rehuir las realidades. A las personas se las quiere o no se las quiere. Yo te quiero a ti y no le doy vueltas a si eres mucho o eres poco. Eres como eres y eso es de sobra para mí.
Era la serie más larga de frases que la chica había dicho en el tiempo que nos conocíamos. Y también la vez que se había expresado con mayor vehemencia. Confieso que me sentí molesto porque lo que yo decía añadía un componente reflexivo a una relación placentera, pero tal vez excesivamente simple.
–Teniendo en cuenta la diferencia de edad que hay entre nosotros, es natural que yo exprese las dudas y tú las seguridades.
–La edad es lo de menos –dijo ella–. Yo tengo tantas dudas como tú, pero no vivo acobardada. Puede que sea inclusive más mínima yo que tú. ¿Y qué más da? Somos los dos por un estilo. A mí me va bien como tú eres.
Tenía a aquella chica frente a mí, con los ojos abiertos y las arrugas de la frente alzadas en un gesto de perplejidad absoluta. Creí que iba a dar media vuelta y a marcharse. Yo casi deseaba que lo hiciera. Eso simplificaría todo mucho. Pero, en vez de irse, dijo:
–No sé qué crees tú que es el amor. Debe ser que lees muchas novelas o que ves muchas películas, o algo así. Tú te crees que lo que nos pasa a ti y a mí es de cine. Pero eso es una tontería. Lo del cine no le pasa a nadie.
Se notaba claramente que el asunto la sacaba de quicio por completo porque ahora sí se dio media vuelta, dispuesta a marcharse. La detuve por puro compromiso. Hubiera sido muy ofensivo no hacerlo. Pero ahí quedó todo. Yo no sabía qué decir. Y la chica tampoco. Y, sin embargo, estaba claro que era todo un asunto para hablarlo detenidamente. Hice lo mínimo que puede hacerse en un caso así. Me di la vuelta y me marché calle abajo. Nunca más la volví a ver. No lo sentí lo más mínimo. Una de las ventajas de una vida como la mía es que el tiempo la atraviesa y agujerea hasta volverla toda un hueco, una invisible nimiedad, nada de nada.