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Stories / Poems

Stories by álvaro pombo

la frase de aragón

spanish

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Nadie se rio cuando Carlos llamó «papá» al señor Gutiérrez. Y menos que nadie Dulce Blanca de la Rosa, que tosió. Un segundo después de que la exclamación de Carlos nos sorprendiese a todos, Dulce Blanca carraspeó con su más preocupante tos improductiva. En esa ocasión, al menos, oír aquella seca tos de Dulce Blanca fue un alivio. Aquel insólito «¡papá!» de Carlos nos había electrizado repentinamente a todos. Nos sentimos muy incómodos. Como secretario que soy del club social de esta urbanización, Nueva Sevilla, me sentí más aludido y más comprometido por aquello –y por eso lo cuento– que ninguno de los otros doce miembros de la junta directiva que nos hallábamos en el bar del club cuando se produjo el incidente. Que yo sea el secretario no es casual, como tampoco lo es nada en la vida. Conozco personalmente a todos los socios de este club porque quince años dan mucho de sí si se es observador. ¿Qué fue lo que pasó exactamente? (1) Que Carlos se dirigió al señor Gutiérrez llamándole «papá» y (2) que ninguno nos reímos al oírlo. Lo ocurrido tiene, por lo tanto, dos momentos: un hecho físico consistente en la relación establecida entre Carlos y el señor Gutiérrez mediante aquel insólito «papá», y una interpretación del hecho o, si se prefiere, una reacción hermenéutica en cadena de todos los presentes por medio de la falta de risa.
Sin duda era extraordinariamente sorprendente que nadie se riera porque... ¿por qué habíamos de reírnos, sin embargo? No fue que nadie se riera porque la cosa no tuviera gracia. No la tenía, desde luego. Pero tampoco la hubiera tenido que Carlos hubiese llamado «señor Gutiérrez» al «señor Gutiérrez»: eso hubiera sido lo normal y lo normal no tiene gracia. Supongamos que en vez de «papá» le hubiese llamado «Godofredo». Posiblemente alguien se hubiera reído en ese caso por tratarse de un absurdo. El «señor Gutiérrez» se llama Joaquín. Hay mil apelativos que, aplicados al «señor Gutiérrez», hubieran, por inverosímiles, causado la risa de todos o de alguno de nosotros. «Papá» es el único que no. Porque es horriblemente verosímil. Es peor «papá» que «mariquita», por ejemplo; peor que «estafador». Peor que todo. ¡«Papá» era lo peor de todo! Y es que, a ojos de todos, a lo único a lo que ciertamente no sonaba era a algo inverosímil. Y no solo no lo era, a juzgar por las edades de los dos, sino que de pronto ahora todos empezamos a vislumbrar entre Carlos y el señor Gutiérrez un cierto parecido clandestinamente paternofilial. Es más: aquel «¡papá!» no nos parecía inverosímil porque Gutiérrez es el tipo de persona de quien hablamos todos bien porque es imposible hacerlo de otra manera pero que, sin embargo, contiene en el seno mismo de su normalidad y bondad absolutas –y por causa de ambas– una punta de inverosimilitud. ¡Es imposible que el señor Gutiérrez sea todo lo bueno que parece ser!
Precisamente porque el señor Gutiérrez no tiene más hijos que dos hijas y una esposa, y porque las conocemos a las tres, oír que alguien le llamaba «papá» era equivalente a confirmar lo que todos esperábamos: que se descubriese, más tarde o más temprano, alguna cosa imperdonable que el señor Gutiérrez había hecho. Y por fin había sucedido. Y era trágica: por eso nadie se rio. Y venía, como todos esperábamos, por el lado más aparentemente impecable de la imagen del señor Gutiérrez: el del pecado de la carne. Al darme cuenta de que nadie se reía, advertí a la vez la gravedad de lo ocurrido: el secreto del señor Gutiérrez acababa por fin de sernos revelado. ¿Qué iba a pasar ahora? Lo chocante, en resumidas cuentas, no fue que de pronto Carlos diera cuatro o cinco pasos en dirección al sofá donde se hallaba el señor Gutiérrez leyendo el ABC y que exclamase «Papá» a la vez que se acercaba. Lo chocante fue que aquello fuese lo que todos esperábamos que ocurriese un día y que, al ocurrir, lo reconociésemos como tal, a pesar de que nadie sabía de antemano que precisamente iba a ser eso. Y nadie se rio porque el asunto no era para reírse.
El señor Gutiérrez dejó de leer el ABC y alzó los ojos hacia Carlos, que estaba en pie delante de él con un aire de perplejidad. También el propio Carlos, a pesar de haber sido él mismo quien había desencadenado la situación, parecía no saber seguir. Todos tuvimos la impresión de que aquel «papá» había sido una ocurrencia repentina que, por decirlo así, se le escapó a Carlos por entre los dientes y los labios, como un ratón de un cepo. Y esa impresión quedaba confirmada por el hecho de que, tras haber dicho «Papá» y haberse colocado justo enfrente de su padre, encimándose Carlos sobre el señor Gutiérrez como la justicia sobre el ajusticiado, no había añadido, sin embargo, nada más, ni de palabra ni de obra. Todos tuvimos una idea general de impropiedad, de incongruencia, de cosa incomprensible y a la vez de cosa perfectamente prevista y comprensible. Ahora, por fin, cuadraba todo. Todos sabemos lo de todos en el club, pero ese saber se divide en dos partes iguales: lo que sabemos ya y lo que todavía no, pero sospechamos. La más profunda satisfacción espiritual que depara este club a sus socios –y muy especialmente a su junta directiva– es el porcentaje de sospecha aún sin confirmar que aureola a la mitad de la figura de cada uno de sus socios. El señor Gutiérrez era el único que hasta la fecha se había librado de esa jugosa otra mitad... por plomo. Hasta la tarde en que Carlos le llamó «papá» el señor Gutiérrez era el socio más aburrido de este club. Solo le aureolaba, por pura compasión, un pequeño coeficiente de sospechosidad abstracta, un soso blanco que tiraba a gris y a cero. Sin el empujón de Carlos, el señor Gutiérrez hubiera acabado por desaparecer por pura y simple falta de interés. Aquel «papá» rellenó de pronto en tromba, como un sucinto maremoto, la falta de interés psicosocial del señor Gutiérrez, de la que participaban, por cierto y por contagio, su esposa y sus dos hijas.
El señor Gutiérrez dejó que descansara el ABC sobre sus dos rodillas a la vez que distraídamente pasaba hojas con el dedo índice haciendo un leve ruido seco, paralelo a la tos improductiva de Dulce Blanca de la Rosa. Carlos siguió inmóvil. Pero no el señor Gutiérrez, que se levantó sin fijarse en que al hacerlo dejaba caer al suelo el ABC. Y una vez de pie solo habría un par de palmos de distancia entre las caras de los dos.
–¿Cómo dice, joven? –preguntó el señor Gutiérrez.
Y Carlos respondió preguntándole a su vez:
–En vez de cómo digo, ¿no debería preguntarme usted por qué le llamo como le acabo de llamar?
–Es que de este oído no oigo nada bien... –respondió el señor Gutiérrez, a la vez que señalaba el grueso lóbulo de su oreja izquierda con el grueso dedo corazón del mismo lado.
A esto siguió una pequeña pausa que fue para todos un descanso y que todos empleamos en preguntarnos mentalmente qué iría a decir o a hacer ahora el señor Gutiérrez con su secreto pública y notoriamente desvelado como estaba.
Solo cabían dos alternativas: empeñarse inútilmente en silenciarlo o empeñarse lógicamente en hablarlo. Para la concurrencia, ambas eran indistintamente seductoras. El señor Gutiérrez optó por la segunda:
–¡Si me llama usted «papá» será por algo...! –declaró Gutiérrez.
Y Carlos dijo:
–Es por algo, sí, señor: le llamo a usted «papá» porque lo es.
–Desde luego que sí –respondió el señor Gutiérrez, echando en vano balones fuera–. Y bien orgulloso estoy de serlo. Mis dos hijas son, con mi mujer, las tres gracias de mi hogar.
–Pues para tenerlo todo solo le faltaba la desgracia que soy yo...
Carlos, tras decir esto, se abalanzó, perdidos a todas luces los estribos, sobre el rechoncho cuerpo del señor Gutiérrez con objeto, aparentemente, de abrazarle. El señor Gutiérrez entonces pretendió dar marcha atrás, tropezando al hacerlo con el sofá y quedando así involuntariamente sentado, con un presunto hijo natural encimándose sobre él, como antes. Desde esa posición logró decir:
–Usted, joven, no es una desgracia solo mía, sino de este club, y voy a darle a usted un bofetón. –E hizo ademán de levantarse a la vez que exclamaba, semiahogado por el ejercicio–: Por su insolencia, sinvergüenza. –O cosa que lo valga.
En ese momento, el presidente de la junta directiva y yo nos acercamos a la vez para evitar que padre e hijo se liaran a tortazos. Y el presidente dijo:
–Pasen, por favor, señores, a mi despacho: ahí estarán más a sus anchas.
Y así se hizo. Los cuatro entramos al despacho capitaneados por el presidente: yo, por discreción, cerré filas con él, además de la puerta, una vez dentro.
–Vine a buscarte aquí, papá, a los dos meses de morir mamá, que en paz descanse. De esto hace tres años. Me apellido Sánchez, como ella. Pero mi sangre es tuya y de ella. De los dos.
Estábamos sentados los cuatro alrededor de una elegante mesita rectangular de tomar café de cristal negro. El negro del cristal, con la negrura de aquella situación, hizo que pensara yo que aquello era un mapa mudo. ¿Qué más cordilleras quedaban aún por emerger y qué más ríos de sangre quedaban aún por correr entre ellos dos?
–Tendrá usted que demostrarlo –dijo el señor Gutiérrez.
–Aquí lo tiene usted, estos son los dos análisis de las sangres de los dos. Tomé una muestra de la suya un día que se cortó usted al preparar un puro con el cortapuros.
Yo no pude reprimir un «¡Admirable!». Pero el presidente de la junta directiva, en cambio, justo en ese instante, rompió a llorar inexplicablemente. Tanto llegó a llorar el presidente de la junta directiva, que tanto el señor Gutiérrez como Carlos y yo mismo nos vimos obligados a poner entre paréntesis la acción principal. Como secretario del club, tuve que hacerme cargo de preguntar lo pertinente:
–¿Qué te pasa, Fernando, por qué lloras?
Mientras la llorera de Fernando amainaba y este se sonaba estrepitosamente las narices con un pañuelo distinto del que aún lucía flamante en el bolsillo de la americana, yo eché, de reojo, a los otros dos un vistazo y lo que vi me chocó mucho: el rostro del señor Gutiérrez, ambas cejas alzadas y plegadas casi al rape de la línea de su fuerte pelo ya canoso, manifestaba una perplejidad muy apropiada. El rostro de Carlos, su presunto hijo natural, con los ojos semicerrados y la cara contraída, reflejaba en cambio profunda irritación. ¿Por qué manifestaba Carlos tanto enfado? No parecía verosímil que le irritase hasta tal punto un simple llanto, por súbito que fuese, del presidente de la junta directiva de su club social. ¡Estaba visto que aquel día los sucesos iban produciéndose con su pregunta adjunta cada cual y de tal suerte que al irse sucediendo cada una era más contraespinada que la anterior, y la anterior, y la anterior!
–¡Lloro porque no lo puedo remediar, no puedo! –declaró Fernando, con la nariz enrojeciendo a pasos largos, como si el propio llanto, al verse reprimido para hacer sitio a lo que Fernando iba a decir, se hubiese convertido en embriaguez, y las lágrimas no derramadas en una especie de quitapenas o mistela, cada vez más colorado.
–¡Ea, ea, no se ponga usted así! –exhortó el señor Gutiérrez–. ¡Fíjese lo que tendría que llorar yo si me pusiese, y no he llorado ni una lágrima!
Estaba claro que el momento requería toda la diplomacia y la firmeza de un líder de juntas directivas acostumbrado, como yo, a la discreción de los segundos planos.
–¡Tranquilidad, señores! Las emociones están bien cuando no se puede echar mano a nada más. Pero, a Dios gracias, ¡nosotros sí podemos! Nosotros disponemos de conceptos que, además de abrir al universo mundo grandes ventanales, vuelven las emociones redundantes. Conceptualicemos provisionalmente todo lo ocurrido desde que Carlos exclamó «Papá» hasta la llorera, aún inexplicable, de Fernando.
E iba yo a ponerme a describir la situación en su conjunto cuando Carlos se levantó y dijo:
–¡Yo me voy!
De inmediato me apresuré yo a cortarle el paso:
–¡Tú te quedas!
Y era tal la fuerza de aquel «tú» que Carlos obedeció sin rechistar y se sentó de nuevo donde estaba. E iba yo a mirar la hora en la negra esfera de mi Rolex cuando el presidente de la junta directiva me distrajo con su trágico:
–¡A mí también me lo llamaste un día!
Oír eso y poner yo inmediatamente punto en boca fue todo uno: para mí, al menos, todo estaba ya perfectamente claro.
Para el señor Gutiérrez, sin embargo, todo ahora se había vuelto confusión. Lo que dijo, bien que incoherente, reflejaba a las claras su turulata situación mental:
–¡El qué usted también, pero por qué también con ella, pero cuántas veces, si no se conocían!
A esto añadió el señor Gutiérrez una exclamación descontrolada:
–¡O sea, que todo era mentira!
–¡Todo no! –dije yo–. Porque todo, suponiendo que se pueda pensar todo, es una multiplicidad inconsistente y, por consiguiente, no un conjunto susceptible de ser pensado de hecho por usted, señor Gutiérrez, o por uno cualquiera de nosotros.
Viendo que el señor Gutiérrez me miraba de hito en hito con la boca casi abierta por completo, me apresuré a añadir:
–El primer elemento, por lo pronto, de un conjunto donde todos los elementos son mentira no puede ser él mismo una mentira porque, si lo fuera, no sabríamos si lo son o no lo son los otros. Tiene que haber una verdad primera para que todas las mentiras subsiguientes lo sean.
Esta curiosa idea me había empezado a gustar tanto que iba a seguir desarrollándola en voz alta. Me abstuve, sin embargo, porque me di cuenta de que ninguno de los otros tres presentes me prestaba la más mínima atención. Lo que querían era sacar los trapos sucios. Cuantos más, mejor. El presidente de la junta directiva interpeló ahora directamente a Carlos:
–¿Por qué me hiciste, Carlos, esa faena precisamente a mí?
Y el señor Gutiérrez, merecedor del título, sin duda, de más ignorante de los cuatro, preguntó:
–Pero ¿qué faena le hizo a usted? Vamos a ver.
–¡A mí también me llamó «padre»! –exclamó el desdichado presidente de la junta directiva, retornando al llanto y a los mocos y al pañuelo que no era el pañuelo del bolsillo del pañuelo, como quien retorna a un refugio duradero en medio de los huracanes de la vida.
Yo guardé silencio. Porque ya sabía demasiado.
El señor Gutiérrez preguntó entonces:
–¿Dice usted que también a usted le llamó «papá» este sinvergüenza?
–Sí, lo digo.
–¡Fernando, yo seré lo que tú quieras, pero un sinvergüenza sí que no!
–¡Yo no te he llamado «sinvergüenza»! –dijo el presidente de la junta directiva.
Y yo puntualicé:
–Así es. El calificativo proviene del señor Gutiérrez.
–Normal: siempre habla el que más tiene que callar –comentó entre dientes Carlos.
–¡Pero vamos a ver, Carlos, hijo mío! ¿Llamaste o no llamaste «padre» también a este señor? –quiso saber el señor Gutiérrez, quien, al parecer, había empezado ya a considerar su paternidad indiscutible.
–Le llamé «padre», pero no «papá» –confesó Carlos, y el señor Gutiérrez confesó que seguía sin entender ni una palabra.
–¡Ya no sé ni quién es quién! Eso es lo que no sé a estas alturas –dijo el señor Gutiérrez con toda sencillez.
Entonces yo decidí, por fin, mostrar mis cartas:
–Señores, está visto que aquí tenemos un conjunto finito de cuatro elementos conscientes de los cuales uno ha sido hallado declarándose hijo de uno de los otros dos (o quizá tres) bien llamándole «padre», bien llamándole «papá». A mí me parece que lo justo es que el declarante manifieste claramente de qué modo y hasta qué punto se considera hijo de los tres.
–¿De qué tres? –inquirió el señor Gutiérrez, alcanzando al hacerlo así el punto de candidez más elevado de toda la sesión.
Comprendí que era el turno de confesar y confesé con toda sencillez:
–Yo también, naturalmente, entro en esto. Yo también tengo derecho, el derecho y el deber de considerarme paternofilialmente relacionado... con aquí.
Dije «aquí» porque decir «Carlos» me hubiera hecho llorar a mí también. «Tampoco es cosa –pensé– de repetirlo todo igual.» Y esta vez sí que el señor Gutiérrez nos superó con mucho a todos tanto en energía como en rigor expositivo:
–¡Cuéntalo todo, tú, chico, de una puñetera vez!
Un gran silencio se extendió por todo aquel despacho y a través de la puerta nos llegó, como el eco de un reino más perfecto, repetida dos, tres y hasta cuatro veces, la tos improductiva de Dulce Blanca de la Rosa.
–Es una historia un poco larga de contar –empezó Carlos–, pero no creo que a ustedes les importe. Pienso más bien, al contrario, que, cuanto más larga sea, más les gustará. Y, sin embargo, seré breve porque se puede resumir en cuatro frases: mi madre murió soltera y sola. Y, además, aposta. «Hijos, sí; maridos, no», decía siempre la pobre. Hijos solamente tuvo uno, que fui yo, pero como maridos no reconoció a ninguno, me dejó a mí sin ningún padre, cosa que por lo demás es muy de agradecer, porque me ahorró los traumas de las separaciones, los divorcios y la incompatibilidad de caracteres. Solo un trauma no me pudo ahorrar la pobre: el de querer tener un padre yo también, o, mejor dicho, tres o cuatro, o cinco, todos los padres que podía. Cada vez que veía un hombre que por edad pudiera ser mi padre, yo hacía lo posible por ponerme en relación con él; ustedes tres, vosotros tres, cada cual a su estilo me ofrecisteis una visión codiciable de paternidad: la más fuerte, sin duda, la más física y real me la ofreció el señor Gutiérrez, y por eso fue que me sentí obligado a entrar en los detalles del chequeo de la sangre. Después vino Fernando, el presidente de este club, que me pareció un padre espiritual. Desde un principio empecé a tratarle como un padre, y él a mí como un hijo, hasta que un buen día por fin le llamé «padre». Se lo llamé por probar y eso fue lo peor de todo. Nada más pronunciar esa fatídica palabra me di cuenta de que quería tener otro, y otro, y otro. Es como si la palabra fuese un pegamento que coartaba mi libertad de seguir buscando padres por el mundo. El único que logró guardar las distancias y salvarlas a la vez fue este hombre, el secretario de este club, que cuando vio que empezaba a decir «papá» cortó la relación. Con él, pues, empezó lo transfinito, la verdadera vertical irracional de mi deseo de la cada vez más acusada, y singularizada, y personalizada paternofiliación... Lo siento mucho, pero todo acaba así al empezar aquí... Pedro, antes y después de que fueras secretario, y siempre, antes incluso de nacer tú o yo, fuiste mi pa...
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