la inmortalidad del alma de don cecilio fuello
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Recorrió con la vista el riguroso aspecto de todos los presentes. Ahora ya no estaban todos los que habían asistido al funeral, que se había celebrado en la pulcra capilla posmoderna del tanatorio. Tras el funeral, amenizado con fragmentos del Réquiem de Fauré y alguna otra pieza que Braulio Manglano no reconoció, no obstante sonarle conocida, la familia y allegados de don Cecilio Fuello acompañaron sus restos mortales, en su cerrada caja, a la parte baja del tanatorio privado, que disponía de su propio camposanto. Ahí fue donde, en semicírculo, se rezaron los últimos responsos y finalmente se procedió al descendimiento del ataúd. En una rápida y condensada rememoración, recordó a aquella preclara cabeza de la filosofía española y mundial, a quien Dios ahora ya habría revelado todos los jugosos detalles de la inmortalidad de esa anima forma corporis que don Cecilio siempre había defendido.
La vida no siempre es un cierto moverse o cambiarse que algo lleva a cabo por sí mismo. «La vida es una acción inmanente, y así, la vida más noble y más perfecta, la de Dios, excluye todo tipo de mutabilidad», recordó Braulio. Un cierto grado de inmutabilidad parecía haberse apoderado del reducido grupo de familiares y amigos de don Cecilio Fuello, tanta –llegó a pensar Braulio– que se sintió ligeramente mareado. «Ya está –se dijo–, ahora va a saberse lo que pasa de verdad. Mi buen don Cecilio al menos va a verlo con sus propios ojos...» Esta última expresión le hizo cerrar rápidamente los suyos propios, como si le hubiese iluminado de pronto un violento foco. «Con sus propios ojos quizá no –añadió mentalmente, y volvió a abrir los suyos–, con los ojos del alma, que no serían los suyos corporales y que no serían ojos, salvo metafóricamente, aunque sí del alma. Alma no es una metáfora del alma. Ahora verá por fin lo que hay que ver. ¿Es ver una metáfora de ver? Ahora conocerá como es conocido, ahora será reconocido», insistió piadosamente, mentalmente, Braulio, con un gusto como de lágrimas en sus ojos, a tono con el ánimo con que dijo «Te acompaño en el sentimiento» al hijo mayor de don Cecilio, a quien conocía desde hacía muchos años. Ahora, la imagen de don Cecilio enfundado en su traje cruzado, con corbata, incrustado en el raso un poco crema de la caja destapada, dentro de la pecera, como es costumbre en los tanatorios, las manos cruzadas sobre el pecho con los largos dedos de antigua nicotina firmemente entrecruzados, como si fuese un acto voluntario llevado a cabo por el propio difunto en el último momento, a fin de recabar una emoción cristiana en sus dolientes. Dentro de esta pecera, se produce un efecto de pompa y circunstancia, con el elidido olor a muerto sepultado, es de suponer, por las cortadas flores y gladiolos y otros ramos y coronas de todas las instituciones y amistades, incluidas las Reales Academias y toda la política española de derechas indistintamente civilizada y eclesiástica. Dentro de la pecera, y circundado por todas esas flores y coronas y gladiolos, don Cecilio parecía un poco incómodo, como si deseara, en un momento dado, o bien desanudar las manos y rascarse un poco la nariz, o bien incorporar lo que es cabeza y cuello, como mínimo, para ver quiénes tan fijamente le miraban del otro lado de este mundo y del cristal. Manglano pensó que el nudo de la corbata no era del todo natural, cosa comprensible, dado que el propio don Cecilio no pudo hacérselo él mismo al haberse muerto en pijama, como mucha otra gente de avanzada edad.
Durante muchos años Braulio Manglano se reunió con el doctor Fuello una vez por semana como mínimo, cuatro veces al mes, algunos meses cinco veces. Como ayudante de cátedra de Metafísica, Manglano dio durante mucho tiempo la clase semanal que el doctor Fuello no daba porque se encontraba investigando unas cosas y otras. Después vino el periodo de catedrático emérito, un tiempo afortunado a juicio del doctor Fuello, porque ya no tenía que sufrir ni siquiera ese residual remordimiento de no dar clase teniéndola que dar, y que, de paso, conllevaba un cierto goce venial, equivalente a un juvenil fumarse las clases. En los años que precedieron al emeritaje, Braulio acudía puntualmente a la casa del doctor Fuello a darle cuenta de la clase que había dado en su nombre y de cómo la había dado. Era una tarea semanal rutinaria, agradable, que tenía lugar entre las cinco y las seis de la tarde y que, al cabo de una hora, incluía una invitación a tomar un jerez seco con unas almendras. Entonces hablaban. En esas tardes, que duraron muchos años, Braulio se acostumbró al doctor Fuello, a quien había admirado desde siempre. Era un pensador claro, ordenado, que se tomaba su tiempo para explicar las cosas, y que daba todo el tiempo necesario a los demás para exponer los argumentos. En aquel despacho un poco anticuado del doctor Fuello, con su bronce de don Quijote y Sancho cabalgando por tierras de La Mancha, los dos interlocutores fueron cambiando, con los años, sus posiciones respectivas. Al principio el doctor Fuello se sentaba a un lado de la mesa de despacho y frente a él, al otro, Braulio detallaba su gestión académica semanal. La amplia mesa confería oficialidad a la ceremonia. Al cabo de los años, sin embargo, ambos abandonaron la austeridad castellana de sus sillas para trasladarse al tresillo, en cuya mesita baja depositaba Manglano los apuntes y el doctor Fuello, en un amplio cenicero, las colillas de sus muchísimos pitillos rubios. Una vez al año –porque en la cátedra de Metafísica no se celebraban parciales– Manglano acudía con un listado de alumnos, con sus exámenes ya clasificados y las actas de las calificaciones de cada cual. El doctor Fuello las firmaba y el curso quedaba clausurado. Había otro repunte de actividad en septiembre, aunque no todos los septiembres, porque la cátedra consideraba que, salvo casos excepcionales, lo suyo era dar por supuesta la competencia filosófica de los alumnos y conceder, en principio, un aprobado general. Suspender Metafísica en junio y en septiembre era realmente una proeza que muy pocos lograban. Y debe decirse que el doctor Fuello, con un peculiar sentido del humor, manifestaba siempre una considerable curiosidad por aquellos alumnos que, no obstante el benevolente criterio de la cátedra, suspendían en junio, y volvían a suspender luego en septiembre. Estos protervos chicos que suspendían dos veces –no solían ser chicas, aunque abundaban en los cursos de Filosofíainteresaban mucho al doctor Fuello, que en ocasiones había llegado a manifestar su voluntad de conocerlos personalmente. Tal fue el caso de un muchacho, de nombre Damián Escudo, no del todo mal parecido, aunque tal vez un poco demasiado pálido, que suspendió Metafísica en cuatro convocatorias consecutivas, dos junios y dos septiembres, y que comenzó el quinto curso de especialidad con la Metafísica pendiente, a pesar de tener la tesina ya escrita y todas las demás asignaturas aprobadas. Su tesina trataba acerca de las tres almas en la filosofía de Aristóteles: alma vegetativa, alma sensitiva y alma racional. Una tesina antropológica, dicho sea de paso, y no en absoluto metafísica... Y lo bueno fue que nada más iniciar Damián Escudo este quinto y último curso pendiente de aprobar la Metafísica se suicidó en su casa el día de Difuntos. Braulio recuerda ahora aquel noviembre aventado y sombrío, que encajó con la muerte de Damián Escudo como anillo al dedo. El doctor Fuello pensaba que la muerte no es asunto de la filosofía. Creía completamente equivocada la noción de Séneca según la cual la filosofía es y debe ser una meditatio mortis. Es y debe ser –declaraba siempre el doctor Fuello– justo lo contrario: una meditatio vitae. Y ello –añadía– porque acerca de la muerte no hay nada que pensar. La muerte es un acontecimiento que no nos concierne intelectualmente porque, desde el punto de vista de la vida, es una mera cesación, un cambio de registro, pues el alma es inmortal. Vistas así las cosas, el doctor Fuello daba la impresión, con frecuencia, de no sentirse afectado por la muerte: no podía negar su existencia, pero no le parecía que reflexionar acerca de ella tuviese interés más allá de la literatura, la imaginación. Al ser la muerte de cada cual una situación inimaginable para cada cual, es fácil tratarla imaginariamente, puesto que no da pie forzado alguno. Allí donde no hay nada que imaginar, la imaginación se pone en marcha con gran facilidad y sin trabas. El doctor Fuello creía, sin embargo, que la muerte, aun dando por sí misma poco de sí, generaba colateralmente algunos problemas notables. Por ejemplo, este de la inmortalidad. La forma era inmaterial, el conocimiento humano es inmaterial. ¿Cómo puede afectarle la muerte? El hombre no solo está físicamente en el mundo, sino que el mundo, a su vez, está intencionalmente en el hombre. El hombre es excéntrico respecto del mundo. El hombre está integrado en el mundo, aunque no es una cosa del todo material. El mundo está en el hombre de una manera que no puede ser material. Es concebible, pues, que esa dimensión humana irreductible a la materia continúe existiendo después de que el hombre haya muerto. Muere el hombre, pero no todo muere en él. No es que el individuo perviva de algún modo como una existencia fantasmal, no es eso, es que algo del hombre subsiste tras la muerte porque su alma no se corrompe al corromperse el cuerpo. Acerca de esto sí que valía la pena meditar, en opinión del doctor Fuello: acerca de la inmortalidad del alma.
Casi como una pieza del decorado del despacho del doctor Fuello, este resumen había formado parte de la rutina semanal de Braulio Manglano. El hombre muere, pero no todo muere en el hombre. Lo que queda de él le sobrevive, y no como un fantasma, sino como una forma del cuerpo separada. Era un pensamiento reconfortante de la misma manera que la presencia física a lo largo de los años, la longevidad, del doctor Fuello era reconfortante. Nada parecía irse a morir en su presencia, debido al hecho de que él mismo no parecía ir a morirse. Y su pensamiento, sus conceptos, tenían la frescura y la claridad de esas reflexiones muy pensadas, dentro de una tradición terminológicamente muy ajustada, que podían recorrerse de detrás hacia delante y de delante hacia atrás, a distintas velocidades según las ocasiones.
Braulio nunca se atrevió a sugerir a su maestro que todo su pensamiento se encaminaba a negar la muerte, a circular alrededor de ella con conceptos, de tal suerte que nada mortal quedase libre de inmortalidad al final de la jornada.
Braulio ha regresado a Madrid en un coche particular con tres académicos afines a don Cecilio, uno de ellos al volante. Acudió al tanatorio en taxi pensando que encontraría a alguien que le trajese de vuelta a Madrid y así ha sido. La afinidad de los cuatro académicos entre sí, a diferencia de la existente entre los cuatro en relación con don Cecilio, es muy tenue. Son queridos colegas académicos y la cosa acaba ahí. Disienten en todo lo demás, incluida su idea de corbata adecuada para un funeral. Braulio, que no usa corbata habitualmente, decidió no llevar una negra, y entonces se puso la única otra que tenía, que era a rayas: una fea corbata de tergal a rayas que denota, quizá, un origen provinciano obliterado hasta la fecha, tanto por su tendencia tan contemporánea a no usar corbata como por su dedicación profesional a la metafísica. Braulio Manglano revisa mentalmente estas cosas a la vez que contempla con una cierta envidia las corbatas de sus acompañantes: tampoco son negras, pero en cambio son discretas, son corbatas de personas que habitualmente la usan y que disponen de una media docena de ellas en su guardarropa para alternar con esa otra media docena de trajes que les han cepillado y planchado sus académicas esposas. Por motivos que no vienen de ningún modo al caso, Braulio está soltero. Vive solo en un pequeño piso interior de Chamberí. Este piso, por cierto, le recuerda con frecuencia el de Damián Escudo, donde fue hallado su cadáver. Se trata de un estudio con un amplio cuarto de estar, un dormitorio, una cocina y un baño. El viaje a Madrid no trae consigo nada; tan poco trae que, en opinión de Braulio, es demasiado poco, y al despedirse de los tres en Rubén Darío y emprender el camino hacia su casa, que le queda a un paso, piensa, receloso, que ahora los tres hablarán mal de él. A diferencia de don Cecilio, que le quiso como a un hijo, el núcleo familiar de don Cecilio y sus amistades más próximas nunca han acabado de aceptarle. Es un no sé qué residual que Braulio tiene y que sabe que tiene, sin entender del todo bien en qué consiste. La cátedra era exigente porque requería de su encargado una amplia erudición filosófica, que incluía a Casiodoro, Rabano Mauro, Boecio, Descartes, Spinoza, Wolff, Locke, Kant y Fichte, pero no incluía a Nietzsche, y sobre todo no incluía a Sigmund Freud. Nietzsche era considerado un filósofo subjetivo en la línea de Kierkegaard, y Freud era considerado, con toda la razón, un psiquiatra. Así que la idea de Freud sobre la muerte no hacía al caso en la cátedra de don Cecilio Fuello. Tuvo, pues, Braulio que estudiarla aparte. ¿Y por qué? Quizá este porqué –de llegar a saberse y a explicitarse en este cuento– tenga que ver con el restringido aprecio que Braulio inspiró siempre en los familiares y allegados de don Cecilio Fuello. Nada más llegar a su estudio, abrió Braulio uno de los ensayos incluidos por Freud en El malestar en la cultura y leyó: «Ante el cadáver de la persona amada nacieron no solo la teoría del alma, la creencia en la inmortalidad y una poderosa raíz del sentimiento de culpabilidad de los hombres, sino también los primeros mandamientos éticos. El mandamiento primero y principal de la conciencia alboreante fue “No matarás”. El cual surgió como reacción contra la satisfacción del odio oculta detrás del duelo por la muerte de las personas amadas, y se extendió paulatinamente al extraño no amado, y, por último, también al enemigo». Saltó Braulio Manglano a un texto subrayado una página más adelante: «Dejemos ahora al hombre primitivo y volvámonos hacia lo inconsciente de nuestra propia vida anímica. Con ello entramos de lleno en el terreno de la investigación psicoanalítica, único método que alcanza tales profundidades. Preguntamos: ¿cómo se conduce nuestro inconsciente ante el problema de la muerte? La respuesta ha de ser: casi exactamente lo mismo que el hombre primitivo. En este aspecto, como en muchos otros, el hombre prehistórico pervive inmutable en nuestro inconsciente. Así pues, nuestro inconsciente no cree en la propia muerte, se conduce como si fuera inmortal. Lo que llamamos nuestro inconsciente –los estratos más profundos de nuestra alma, constituidos por impulsos instintivos– no conoce, en general, nada negativo, ninguna negación –los contrarios se funden en él–, y, por tanto, no conoce tampoco la muerte propia, a la que solo podemos dar un contenido negativo. En consecuencia, nada instintivo favorece en nosotros la creencia en la muerte». Braulio llevaba muchos años ya pensando que la especulación de don Cecilio Fuello acerca de la inmortalidad del alma, sus esfuerzos, como él decía, por hacer una investigación exclusivamente filosófica, no de teología de la fe, con la que compartía, sin embargo, la inequívoca afirmación de la inmortalidad del alma propia del hombre, era una manera de negarse a aceptar inconscientemente la muerte. «Mi punto de partida –solía decir don Cecilio–, así como los conceptos y los datos que utilizo, no vienen de ningún dogma revelado sino del análisis pura y simplemente racional de la vida del hombre en este mundo, con todos sus efectivos condicionamientos materiales.» Braulio Manglano siempre defendió oficialmente esta doctrina, y siempre pensó en Freud cuando lo hacía. Era una reserva mental, una especie de diminuto non serviam que fue creciendo con los años hasta convertirse, a la muerte de don Cecilio, y aparecer de pronto como, ese mismo día, una pequeña plantita de indefinido aspecto carnoso o carnívoro quizá subtropical, ligeramente maloliente, con un aroma que recordaba un poco el de la ruda. Una plantita que representaba, ante la escandalizada conciencia del propio Braulio Manglano, un odio injustificado contra su maestro, su admirado don Cecilio Fuello.
Indefinidamente se tendió el mediodía todo por Chamberí como una lengua de agua sucia. Braulio Manglano pensó que nada podía hacerse ya ni con el amor ni con el odio, puesto que su objeto, don Cecilio, no solo había fallecido hacía dos días y esa misma mañana le habían dado tierra, sino que hacía muchos años ya que tenía la vida cerrada, puesto que, a partir de esa edad, la vida de un hombre se cierra y ya no se reabre: no es como si a partir de los ochenta se pudiera ya agredirle o desentenderse de él o faltarle al respeto o herirle o alegrarle; no se puede hacer ya nada. Estaba a salvo en su sede octogenaria, rodeado de sus nietos y sus hijos y sus lauros y sus libros y sus pensamientos aristotélico-tomistas: no había ya nada que hacer. Solo cabía ya reconcomerse dando vueltas a lo sucedido en el pasado, que estaba ya muerto y enterrado en la conciencia del difunto, que había dejado ya de ser conciencia e inconsciencia al mismo tiempo. Fue un amor trivial que tuvo su acmé cuando don Cecilio era todavía catedrático y Braulio Manglano ayudante de cátedra, y su punto más bajo cuando Manglano dejó de dar clases y no tuvo ya nada que hacer. A él también le llegó la hora de retirarse, con su ínfimo sueldo y su canso ser consciente de que no había llegado a ningún sitio. Si al menos la inmortalidad del alma pudiera demostrarse, si pudiese no tener la menor duda, pero ¿cómo no iba a tener dudas? Pensó que se iría deshaciendo lentamente, no podía creer que estuviera tan solo. No hay nadie en este mundo que no pueda llamar a alguien por teléfono y preguntarle qué tal va. ¿Cómo no va a haber una mujer, una chica algo más joven, una dependienta de librería, una auxiliar de biblioteca, alguien a quien poder telefonear? Esto es estar muerto en realidad. No recordar ya los teléfonos, ni las direcciones, ni las caras, ni los argumentos, ni los resúmenes de los libros, ni los paisajes, ni las tertulias, ni los libros de las presentaciones. Un día más, dos días más, tres días más y nadie le había llamado por teléfono. Todos los hombres son mortales. Al no poder hacer memoria, se sintió encajonado él también en una caja, como don Cecilio, inmóvil, carente de conciencia de sí mismo, sin la menor gracia, sin ningún motivo para bajar a cenar al bar de abajo. Se asomó a la ventana de su sexto piso y vio la calle insonorizada y luminosa y gris. Pensó: «Si saltara por encima de esta barandilla, sentiría horror durante al menos un minuto, el tiempo que tardo en asfixiarme». Tenía entendido que uno muere asfixiado al saltar desde una altura grande, aunque quizá no al hacerlo de un sexto piso.
En las horas que siguen al regreso de Braulio Manglano a su piso de Chamberí, tiene lugar un concentrado repaso de toda su vida. Esta clase de recorridos que la conciencia individual lleva a cabo desde un punto del tiempo hacia atrás no son infrecuentes en individuos como Manglano. No son recorridos conceptuales sino figurativos. Braulio Manglano recorre su vida hacia atrás mediante figuraciones de esa vida. Así recompone su afecto por don Cecilio Fuello. Para el joven Manglano la manera de filosofar de su maestro se parecía al cielo madrileño, a los días claros de primavera, o los evocaba: una poética del azul y el verde en el parque del Oeste. Una imprecisa pero poderosa sensación de afirmación y de poder claro, frente al poder oscuro y la negatividad de sus deseos de entonces. La bella palabra alma, con su significación de «aire» y «aliento» y «soplo» y últimamente también «inspiración» y «respiración», le parecía designar todo lo que en el joven estudiante era libre, diurno, firme: sus aspiraciones eran así. Pensar que el alma era forma corporis en latín le parecía equivalente a decir que, mediante el alma, todo él, todo Braulio Manglano, estaba en forma, y no deformado, como parecía estarlo cuando sentado en las terrazas de Princesa se dejaba arrastrar, codicioso, por las ágiles figuras de las chicas que circulaban a su alrededor, o de sus inasibles compañeras de facultad, o cuando, no pudiendo resistir más, se iba de putas. Aquello bajuno de las putas y las copas le hacía sentirse a la mañana siguiente deforme y pringado, desanimado, sin ganas de vivir, aunque hubieran sido precisamente las ganas de vivir las que le habían arrastrado la tarde anterior a ello. Todo esto, tan elemental, lo tenía Manglano nítidamente catalogado en su conciencia gracias a su educación católica. La unificación informada del alma –e incluso uniformada, cuando hizo el servicio militar– era por antonomasia el alma sin pecado, el alma firme, liberada del aguijón de la carne. Así que la conceptualización aristotélico-tomista le pareció animosa y liberadora sobre todo porque podía ponerla en juego mentalmente, por sí mismo, de día y al sol, a la luz del sol, a la vista de todo el mundo. En cambio, las copas y las putas empezaban al anochecer, coincidiendo con el crecimiento de sus informes deseos –por otra parte naturalesy con el apocamiento del aliento, con el desaliento y el cansancio. Era curioso ya entonces el hecho de que un obvio componente de estar y sentirse en forma en las luminosas mañanas de primavera fuera haberse sentido deformado la tarde precedente y haber cedido a sus deseos de perder la forma engolfándose en las putas. Cuando no lo hacía así, cuando no cedía al desaliento, cuando no descargaba el mal aliento católico de sus deseos, se encontraba, a la mañana siguiente, muy desanimado.
Presionado, agobiado, cargado, esquinado, codicioso, en mala forma. Pero esta mala forma procedía de haberse empeñado en conservar la buena. Al haber cedido a la presión de la represión, su buena forma había cedido o perdido el paso también. Y estas niñerías tenían una expresión codificada en la moral católica, en las confesiones de san Agustín, en todas partes: el hombre es un ser dual: anēr dipsychos, el alma informada por la forma celeste, y la otra alma deformada por la forma corporal no celeste. No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero. En fin, Manglano descubrió que, a la larga, acostumbrarse a reprimirse le ayudaba a acostumbrarse a elevarse a la contemplación de los conceptos y las formas limpias y claras a cuya meditación se entregaba el doctor Fuello. Así que, durante muchos años, Manglano sintió un creciente afecto por un maestro que tan nítida y ejemplarmente le liberaba de la informe masa de deseos que le hacían sentirse deforme y malformado. Dentro de este esquema parecía lógico pensar que lo salvable en términos cotidianos, su alma, sería lo que también habría de salvarse una vez llegado Braulio Manglano a la barrera que separa la vida de la muerte. O, mejor dicho, a esa barrera que llamamos muerte y que parece que separa la vida terrena de la otra, la celestial. Durante toda la juventud y la madurez, Manglano no pensó en su muerte ni en la muerte de los demás, incluida la de sus padres, salvo en términos católicos tradicionales. Le parecía natural que quienes habían vivido, como sus padres, una vida recta, quienes no se habían deformado, tuvieran al final el consuelo de unirse a la forma de todas las formas, al acto puro que actualiza en sí todas las formas existentes, liberadas ya de las pesadas cargas de la existencia corporal. Este era un pensamiento terminante y clausurante que tenía como efecto colateral el ser consolador y parecer perfectamente adecuado a la vida recta, bien formada y unificada de los justos. Todo lo que Manglano hiciera por parecerse a los justos –y hacía muchas cosas por parecerse a ellos– había de encaminarle, andando el tiempo, a la otra vida, que es morada sin pesar. Mientras tanto podía dedicarse a estudiar filosofía aristotélico-tomista y dar clases de Metafísica en la cátedra, de la que era director emérito don Cecilio Fuello. A diferencia de la vida informe y mala, la buena vida era animosa y conforme con la razón natural y conceptual que Manglano había aprendido a analizar y a respetar. Y todo hubiera seguido igual de bien de no haberse cruzado en su camino la inevitable circulación de las sospechas que inundó durante todo el siglo xx el pensamiento filosófico tradicional. ¿Y si al examinar la génesis de nuestros conceptos resultaba, como sostenía Freud, que aquellos como el alma, o como Dios, o como la vida eterna, no eran más que codificaciones interesadas, dictadas por el temor a lo desconocido, por el miedo a la corrupción y a la muerte? Durante años trató de alejar esas sospechas a la vez que, como al desgaire, recopilaba textos que denunciaban el gran timo del alma. Entonces se formó en su conciencia un malestar que quedaba resumido en el mito del alma. Una argumentación donde se formulaba y explicitaba la tesis de que «la creencia en la existencia de un alma espiritual –personal o colectiva– con sus atributos de inmaterialidad, indestructibilidad e inmortalidad –denominador común de todas las religiones– se basa en un mito tan antiguo como la especie humana misma, y que hoy debe tenerse por prácticamente demostrado que es una falsedad».